Pequeña advertencia: Creo que...¿mayores de 15?
Disclaimer: Si leen algo y les parece familiar, no es mío (y).
Charlie salió de su casa esa mañana, sintiendo que su buen ánimo se aguaba un poco entre una sensación a la que no estaba muy acostumbrado. Los nervios.
Se levantó aquel día, decidido a que fuera un buen día. Era cerca de las nueve de la mañana y la casa estaba en silencio. No había nadie más en la habitación con él, pues el número de gente que habitualmente conformaba la lista de habitantes de la Madriguera había disminuido de forma importante y no hacía falta que compartiera habitación con nadie.
Ron se había ido con Hermione y Harry y, lo último que supieron, era que estaba bien en la casa de Sirius en Grimmauld Place. Fred y George se levantaban muy temprano para abrir su tienda en el Callejón Diagon y ese detalle era la explicación más relevante del por qué la casa estaba en silencio.
Ginny tenía su propia habitación, en el piso inferior y generalmente era tranquila y silenciosa, a menos que Ron estuviese cerca y dijera algo que la molestara. Situación en la que se desataba el caos.
Y Bill, que era su habitual compañero de habitación, estaba en su nueva casa en la playa, probablemente iniciando el día de mucho mejor forma que él, considerando que tenía a una hermosa mujer a su lado todas las mañanas.
Y considerando que llevaban sólo una semana de casados.
El buen ánimo de Charlie, iniciado por una idea que llevaba rondando en su cabeza ya varios días, se reafirmó al entrar 30 minutos más tarde a la cocina y encontrar a su madre moviéndose de un lado para otro, cantando y bailando al ritmo de Celestina Warbeck.
Charlie no pudo evitar sonreír mientras se sentaba a la mesa. Le alegraba mucho ver a su madre contenta después de los últimos días, que habían sido muy difíciles para todos, pero más para ella. Había tenido que ver partir a Ron y a Harry, a quien consideraba uno más de sus hijos, sin saber si volvería a verlos. Había tenido que ver su casa, su santuario familiar, convertido en un campo de batalla. Charlie la había visto llorar, mientras limpiaba el caos que había quedado después de la boda.
Y su preocupación no cedía, al tener que despedir todos los días a su padre, que iba camino a Ministerio, sabiendo que ahora trabajaba para el mismísimo Voldemort. Era mucha presión para cualquier persona.
Así que sí…Charlie estaba de muy buen humor.
–Charlie, querido, ¿piensas quedarte un tiempo con nosotros, antes de volver a Rumania?
La voz de su madre sonaba esperanzada y el corazón de Charlie se agrietó un poco. Terminó de masticar y tragar sus tostadas, antes de limpiarse la boca y responderle.
–Ese es el plan, madre. Quizá hasta fines de septiembre. Aunque no creo que me demore mucho en volver. Intentaré hacerlo todos los meses, quiero estar cerca.
Su madre se acercó y lo besó en la cabeza, antes de alejarse y seguir con sus movimientos de allá-para-acá. Septiembre sería un mes difícil y Charlie lo sabía, por eso iba a quedarse. Con Ginny viajando a Hogwarts, lejos de la seguridad de su casa hacia un lugar que ahora era de todo menos seguro y cuyo nuevo director no había sido anunciado formalmente aún, pero que todos sabían ya quién sería. Severus Maldito Snape.
Media hora más tarde, Charlie había salido de su casa y había caminado hasta la cerca de madera que rodeaba la propiedad en busca de un lugar para desaparecerse.
¿Dónde? Al sitio al que estaba pensando ir hace ya muchos días. Lugar que había sido el primero en aparecer en su cabeza esa mañana y había sido la primera causa de su buen humor.
Iba al Callejón Diagon. A hacerle una visita a Ignatia Fenwick.
Y ahí estaba el motivo de su nuevo y creciente estado de ánimo. Estaba nervioso.
Y, definitivamente, no era algo que le ocurriera a menudo.
Por algún motivo que escapaba a la comprensión de Charlie, llevaba varios, varios minutos, repasando qué iba a decirle. Cómo iba a saludarla. ¿Sería inapropiado besarla en la mejilla?
Se estaba comportando como un idiota, eso era lo único que Charlie tenía claro.
Era bastante sencillo.
Iba a entrar a su tienda, iba a saludarla con una sonrisa, iba a preguntarle cómo iba todo e iba a invitarla a su casa, a cenar quizá, para que probara el chocolate caliente que preparaba su madre y pudiese hablar con ella un poco más sobre lo que habían hecho en el tiempo que no se habían visto. Así podría explicarle también por qué se había visto envuelta en la mitad de una guerra hace una semana. Y quedaría con ella para salir a algún lado otro día.
Sencillo.
¿Por qué había comenzado a sudar, entonces?
Caminando por el Callejón, esquivando niños y padres corriendo tras los niños, logró abrirse camino entre el gentío que era normal en esa época del año. Estaban a un poco más de tres semanas del inicio del año escolar en Hogwarts y la gente comenzaba la temporada de compras.
Un par de minutos después, Charlie estuvo parado justo afuera de la tienda que estaba buscando. Era pequeña y estaba algo apartada de las tiendas más grandes y conocidas, lo que en parte explicaba por qué no la había notado en sus muchas visitas al Callejón en los últimos tres años. La otra parte de la explicación era porque era un enorme idiota. El cómo había obviado la existencia de Iggy Fenwick durante tanto tiempo era algo que no comprendería nunca.
La tienda tenía un ventanal grande, que abarcaba el 70 por ciento del frontis del edificio y cientos de libros se podían ver en vitrina, tras el vidrio. El otro porcentaje era la puerta, de color púrpura, que también tenía una ventana y que tenía un pequeño aviso de "Abierto". Encima de la puerta y el ventanal, colgando de la parte del edificio que se erguía como segundo piso, estaba un gran letrero con letras hermosamente talladas, donde se leía "Librería y Biblioteca Iggy Books", las últimas dos palabras más grandes que el resto de la frase.
Charlie debía decir que estaba sorprendido. La pequeña y delgaducha Iggy de Hogwarts se había abierto paso en la vida y era propietaria de un negocio. Y ya no era nada delgaducha, sino exquisitamente redondeada en los lugares perfectos, pero eso no iba al caso.
Se adelantó y abrió la puerta, el sonido de una campanilla acompañando el aroma a vainilla que lo rodeo apenas puso un pie adentro. Cerró la puerta a sus espaldas, haciendo sonar otra vez la campanilla y miró a su alrededor.
La librería era pequeña, pero de muros altos y era definitivamente una librería. Había libros, aproximadamente, en todas partes. En grupos en el suelo, sobre una mesa redonda en la mitad de la habitación. En las paredes, llenando los cientos de escaparates que en ellas había.
Aún con los miles de libros por todas partes, el lugar no se veía desordenado. Sólo…atiborrado. Y una lámpara que colgaba del techo le daba al lugar un resplandor cálido, llenando la habitación tanto de luz como de sombras.
A simple vista, no se veía nadie en el lugar y Charlie se adentró en la habitación, acercándose al escritorio que al parecer hacía también de mostrador, pensando que quizá, Ignatia estaría detrás y no lo había escuchado entrar.
Charlie no alcanzó a llegar al mostrador. No.
Se distrajo con algo y no podría haber vuelto a enfocar sus esfuerzos en llegar hasta el mostrador aunque su vida hubiese dependido de ello; porque, en lo alto de una escalera de madera apoyada contra una de las paredes, a la izquierda del bendito mostrador que ya no significaba nada en la mente de Charlie, estaba Ignatia, enfundada en unos jeans claros que se ajustaban a sus caderas y a su, oh-precioso trasero, de forma sublime.
Ignatia, claramente, estaba demasiado concentrada en la tarea que estaba realizando y no había notado que Charlie estaba a sólo unos metros de ella, sintiéndose afortunado ante la hermosa vista que tenía en frente.
Charlie debía agradecer que estuviese tan concentrada, no sólo porque podría quedarse un rato ahí, admirándola, sino porque era una tarea difícil de realizar si se estaba distraído. Iggy hacía equilibrio sobre la escalera, que por lo demás no se veía muy firme, mientras sujetaba una pequeña montaña de libros con un brazo y los colocaba uno a uno en un espacio libre en el escaparate que tenía en frente.
Se veía muy distinta a cómo se había visto el día de la boda, notó Charlie, mientras se colocaba detrás de ella con movimientos lentos, y se acomodaba apoyando la cadera contra el mostrador.
Llevaba el cabello recogido en una coleta, en lo alto de la cabeza y las ondas rubias caían con gracia hasta la base de su cuello. Tenía el cabello más largo de lo que Charle había pensado. El día de la boda lo llevaba sobre los hombros, en una linda melena y ahora a Charlie le entraban ganas de liberar su cabello de la coleta, y descubrir hasta dónde le llegaba cuando lo tenía suelto y al natural.
No podía verle bien la cara, pero notó que no llevaba maquillaje. Tampoco había llevado tanto el día de la boda, a excepción de los labios pintados de rojo y la máscara de pestañas. Ahora, lo que alcanzaba a ver de su perfil, se veía limpio y luminoso. Sus gafas ahora tenían marco negro y no rojo.
Y, lamentablemente, ya no llevaba el maravilloso vestido negro que le había quitado más de una hora de sueño en los últimos días. Pero, además de los pantalones ajustados (y maravillosos), llevaba puesta una camiseta de manga larga de color vino tinto y que era amplia en el cuello, yendo de un hombro al otro, dándole un vistazo de lo que debían ser las tiritas de su sujetador. Era una camiseta amplia, que parecía flotar alrededor de su cintura.
Para terminar su vestimenta, tenía puestas unas zapatillas de lona, de aquellas que tenían una estrella en los costados. Eran de un color similar a su camiseta, sencillas y cómodas. Como ella.
Lo único que a Charlie le molestaba de toda la visión que tenía en frente, era el hecho de que Ignatia aún no notaba que él estaba ahí. No porque le ofendiera que su presencia fuera tan poco notoria, sino porque era peligroso no estar atento a lo que ocurría alrededor. No en tiempos donde el peligro siempre se las arreglaba para encontrar a todo el mundo. Podrían haberla atacado de diez formas distintas y ella no se habría enterado.
–¿Sabes? Deberías estar más at…
Charlie no alcanzó a terminar su frase, porque fue interrumpido por tres cosas. La primera de ellas, el agudo grito de Ignatia, que resonó por todo el lugar dejándolo sin sentido por medio segundo.
Segundo, su propia voz en forma de una áspera palabrota abandonando sus labios a toda velocidad.
Y, tercero, la carrera loca en la que se encontró Charlie, por alcanzar a Ignatia antes de que la mujer diera contra el suelo.
Gracias a Merlín, Morgana y todos los antiguos genios del mundo mágico, alcanzó a llegar hasta ella, tomándola por una pierna y bajo los brazos, en la mitad de una lluvia de libros y pergaminos sueltos.
Como resultado, Charlie quedó clavado en su lugar, encorvado sobre Ignatia, mientras ella quedó media desparramada, una rodilla y una mano contra el piso, la otra pierna (y el resto de su cuerpo) en el aire, en manos de Charlie.
Charlie se apresuró a enderezarla y ayudarla a colocarse sobre sus propios pies, sin soltarla, por si le fallaba el equilibrio. Y porque necesitaba tocarla. Santo cielo, se había llevado el susto del año.
–Por Dios, Iggy, ¿estás bien? Lamento haberte asustado, no pensé que…–Charlie se detuvo cuando notó que Ignatia aún no decía nada. Ni se movía–...¿estás bien?
Tenía la vista fija en el piso y al ser mucho más baja que él, su cara quedaba completamente oculta. Charlie tomó con una mano la barbilla de Ignatia, buscando sus ojos. Un segundo después, Iggy, con grandes y brillantes ojos verdes, le devolvía la mirada.
Charlie no pudo evitar mover la mano desde su mentón hacía una de sus mejillas y acariciar su piel. Unos mechones de cabello habían escapado de su coleta y caían sobre su frente y aprovechó el movimiento para alejarlos de su cara. Era tan guapa, más aún sin maquillaje que con él.
Su piel era pálida y contrastaba con su propia piel, curtida por el sol y el calor. Tenía pecas sobre las mejillas y el puente de la nariz, donde además estaban las marcas de sus anteojos, que debían estar ahora en alguna parte del piso, bajo algún libro. Sus labios eran de color rosa pálido y estaban tan bien delineados como lo estaban con lápiz labial.
Era toda ella. Al natural y hermosa.
Charlie se obligó a abandonar su descarada inspección y actuar tranquilo.
–¿Iggy? ¿Sigues acá conmig…?
Charlie volvió a ser interrumpido, pero oh, tenía que amar las interrupciones de Ignatia. Porque si eso significaba ser besado por ella, podía interrumpirlo todo lo que quisiera.
Charlie se quedó congelado en el lugar por un segundo. Había esperado que le gritara un poco…que le lanzara un par de libros por darle un susto de muerte, pero que le saltara encima, rodeando su cuello con los brazos tirando de su cara hacia abajo era, como mínimo, inesperado.
De todas formas, Charlie se recuperó rápidamente y, rodeándola con los brazos y atrayéndola todo lo que podía, la alzó para que quedaran a la misma altura, devolviendo el beso con ímpetu. No habían pasado más de tres segundos cuando la situación escaló de un beso "Woah" a un beso "Oh, santísima mierda".
Ignatia, en un solo movimiento, alzó las piernas y rodeó su cintura, mientras enmarcaba el contorno de los labios de Charlie con la lengua. Y fue un game over para Charlie. Soltando un gruñido bajo, la sujetó por el trasero y la empujó contra los estantes de libros. Ignatia soltó un jadeo ahogado y Charlie tuvo la entrada que estaba buscando. La entrada al cielo. Y recorrió con urgencia ese cálido cielo, urgiéndola con sus labios y lengua para que le siguiera el paso en esa pieza de baile.
Ignatia era como fuego entre sus brazos. Fuego líquido y espeso con aroma floral. Y el fuego era algo que le encantaba a Charlie. No tenía miedo a quemarse. Claramente, Ignatia tampoco.
La boca de Charlie abandonó un segundo la de Ignatia y se abrió paso hacia su esbelto cuello, dejando un camino de húmedos besos, mientras usaba las manos para acariciar y apretar toda la piel que encontraba a su paso. Ignatia estaba haciendo unos ruiditos absolutamente exquisitos que estaban volviéndolo loco y Charlie no podría estar más contento al notar (y saborear, ya que estaba con cosas) la forma en que ella respondía a sus caricias.
Las manos de Charlie encontraron la suave carne de sus caderas y apretó con fuerza, amortiguando con su propia boca el gemido ahogado que abandonó los labios de Ignatia. Santo cielo, se iba a morir de un infarto, pero iba a morir como un hombre feliz.
Sus manos se aventuraron bajo la camiseta de Iggy, y encontraron sus pechos cubiertos de encaje, mientras ella enredaba los dedos en su cabello y mordía sus labios, para luego acariciarlos usando la lengua.
Encaje, por Merlín, encaje…Charlie debía admitir que estaba sorprendido con la mujer que tenía en los brazos.
Quien iba a pensar que la ratoncita Iggy de hace ocho años se iba a transformar en una sensual diosa rubia de culo y pechos perfectos que usaba ropa interior de encaje. ¿Sería la parte inferior de su ropa interior igual de sexy? ¿Se sentiría igual de bien bajo sus manos?
El sólo pensamiento fue suficiente para hacerle sentir mareado y se apoyó más en ella, clavándola contra los libros a su espalda y hundiéndose más entre sus piernas en el proceso. El ruidito de sorpresa que quedó atrapado en la garganta de Iggy le dijo que ella había notado perfectamente lo mucho que deseaba tirarla sobre la mesita de madera, quitarle la ropa y…
El sonido de campanillas se abrió paso en su cerebro nublado, congelándolo en el lugar. El lugar siendo entre las piernas de Iggy, con una mano en su trasero y la otra sobre su pecho izquierdo, bajo la camiseta.
Ignatia, al parecer, también había escuchado el suave sonido de las campanas, y se quedó quieta en su lugar, aún con las piernas alrededor de la cintura de Charlie, una mano en su cuello, la otra entre su cabello rojo.
Con las respiraciones entrecortadas, se miraron a los ojos brevemente, antes de girar sus cabezas casi coordinadamente, en dirección a la puerta.
Ahí, quieta como una estatua, estaba una niña de unos 10 u 12 años, mirándolos con ojos enormes y con la boca abierta. Charlie se habría reído de la pobre chiquilla y de la situación completa su hubiese logrado que su cerebro funcionara.
Lamentablemente no le estaba llegando sangre al cerebro, porque estaba toda acumulada en su…
–¡Ann Marie! –gritó Ignatia, soltándolo tan de golpe que Charlie se balanceó un poco sobre sus pies.
Ignatia se arregló la camiseta, mientras Charlie aprovechaba el momento para esconderse tras el mostrador. No hacía falta seguir dándole sobresaltos a la niña.
–Eh…volveré en otro momento. Sí…ehm…adiós.
–No, Ann, ¡espera!
Ignatia no alcanzó a avanzar mucho, porque la niña, Ann Marie, había salido corriendo, no sin antes girar el cartel de la puerta, para que dijera "cerrado". Charlie no pudo hacer más que largarse a reír.
–¿De qué te estás riendo? ¡Por tu culpa Ann tendrá un trauma a la corta edad de 13 años!
Charlie de verdad intentó ponerse serio, pero las palabras de Ignatia no ayudaban mucho. Lo que sí consiguió de forma efectiva cortar su ataque de risa fue un pequeño libro de bolsillo que le dio justo entre los ojos.
–Ouh…
–Te lo mereces.
Charlie miró a Ignatia, que se veía regiamente enfadada, además de terriblemente sexy con los ojos brillosos, toda despeinada y con labios levemente inflamados por los besos.
–Hey, no es mi culpa, tú me atacaste –le dijo Charlie con tono acusador.
Y había sido el ataque más espectacular que había sufrido Charlie en su vida, pero eso no iba a decírselo. Estaba molesta y Charlie quería seguir viendo ese fuego en sus ojos.
–¡Tú me asustaste de muerte primero!
–¿Y siempre besas a quienes te dan sustos de muerte? Voldemort se va a llevar una gran sorpresa si alguna vez te enfrentas a él en un duelo.
Charlie vio como Ignatia abría la boca, para luego cerrarla. Pareció pensarlo un poco antes de ponerse roja como tomate.
–Yo…uh…–Ignatia bajó la vista al piso, mientras se peinaba el cabello de la coleta de forma nerviosa, claramente avergonzada –lo lamento, no suelo…no siempre…ehm…
Charlie se apresuró a salir detrás del mostrador y estuvo rápidamente enfrente de ella. Nuevamente la tomó del mentón y buscó sus ojos. No la quería avergonzada. Ni que anduviese caminando en puntillas a su alrededor. La quería…ni idea, pero no así.
–Hey, no pasa nada, ¿sí? –le dijo sonriendo, mirando a las profundidades verdosas de sus ojos –No me estoy quejando para nada, ha sido probablemente el mejor beso de mi vida –Ignatia volvió a enrojecer –Pero sí has logrado distraerme de mi misión.
Ignatia se aclaró la garganta antes de hablar.
–¿Qué misión?
–Invitarte a tomar chocolate caliente a La Madriguera.
La reacción de Iggy tuvo a Charlie riendo nuevamente. Era increíble como el brillo volvía a sus ojos con la sola mención de "chocolate".
–El día que puedas está bien, también la hora. Te debemos algunas explicaciones y quería hablar contigo también, ponernos al día, por así decirlo. Y juro intentar no volver a asustarte. –Charlie le sonrió al ver como las mejillas de Iggy adquirían un adorable tono rosado –Al menos no frente a mi madre, no queremos que le dé un infarto ni nada, ¿sí?
Ignatia hizo una mueca al escuchar eso último.
–Sí, sobre eso…
–No, hablaba en serio, no hay nada que aclarar. Pero dime algo, ¿es esa tu reacción habitual al miedo?
–¿Qué? ¡Por supuesto que no!
–Entonces es sólo conmigo…–le dijo Charlie, ladeando la cabeza, viendo como Ignatia volvía a sonrojarse.
–Eh…
–Excelente…excelente. Entonces, ¿mañana en la tarde? –Iggy sólo lo miró, con cara de no entender nada –El chocolate.
–Ah…¿sí?
–Excelente, ¿a las ocho estaría bien? –preguntó Charlie sonriendo ampliamente.
–Emh…
–Maravilloso, mi madre estará encantada. –Charlie se agachó para besarla en la mejilla y se apresuró a salir de la tienda, antes de que fuera él el que le cayera encima y se la comiera a besos –Nos vemos entonces, Iggy. ¡Ya sabes cómo llegar!
Charlie le dirigió una última mirada y se despidió de ella con la mano, antes de cerrar la puerta púrpura. Se alejó por la calle, chocando con todo el mundo a su paso, pero con una sonrisa pegada en la cara, preguntándose por qué había estado tan nervioso en un comienzo pensando en qué hacer y qué decirle cuando la viera.
Claramente no tenía sentido ponerse nervioso por ese tipo de cosas, porque con Iggy, sin importar lo mucho que planeara todo, al final de día siempre se llevaría una sorpresa.
Bueh...¿cómo estuvo eso? Parece que tendremos que subirle el rating a la historia ajajajaja Espero que les haya gustado! Si pueden, cuéntenme qué les parece, porque no acostumbro a escribir escenas así de...hot y hace falta el feedback ajajaja Besos para todos! (Besos de Charlie 1313).
Nos leemos en tres semanas! (sí, lo lamento, pero es inevitable u_u)
