Disclaimer: Si leen algo y les parece familiar, no es mío (y).
–Pero, él te gusta, no puedes negarlo.
–Claro que puedo negarlo, ¿quién te dijo que me gustaba?
–No hizo falta que nadie me dijera nada, sus manos sobre tu trasero y las tuyas sobre todas partes de él hablaron por sí solas.
Ignatia había aspirado té cuando Ann Marie iba en la primera mitad de la frase y había comenzado a intentar escupirlo desde las profundidades de sus pulmones al terminar la segunda mitad. ¿De verdad la mocosa tenía trece años, nada más?
Una de dos: O Ann se estaba juntando en secreto con Eva a tomar lecciones de "Aprenda cómo incomodar a Ignatia Fenwick en dos minutos"; o ella, Ignatia, en su apuro por hacerle caso a sus estúpidas hormonas y desnudar a Charlie antes de que alguno de los dos entrara en razón, había averiado la mente de la pobre niña.
La pequeña niña era ahora una pervertida y ella tenía la culpa.
Se iba a ir directo al infierno, maldición.
Cuando la tos hubo cedido, Ignatia miró entre lágrimas de "oh, por Dios, casi muero ahogada" a Ann Marie, que ahora no estaba sentada en la mesa leyendo Orgullo y Prejuicio, tal como la había dejado Ignatia antes del pequeño incidente de líquido caliente en los pulmones. Ahora estaba a su lado, golpeando suavemente su espalda.
–Ves Iggy, es más fácil simplemente aceptarlo. El tipo te gusta.
Merlín...
–Está bien, pequeñaja, el tipo me gusta.
–¡Ah! ¡Lo sabía! ¿Piensas casarte pronto? ¿Puedo ir? ¡Por favor! ¡Me prometiste que cuando te casaras me invitarías! ¿Ya sabes cómo se llamaran sus hijos? ¡¿Le pondrás Ann a la niña?!
Muy bien, la niña de trece años seguía teniendo mente de trece años, qué alegría.
–Por Dios, Ann, detén tu tren – Ann efectivamente detuvo su tren y se quedó callada (y quieta, porque ya había comenzado a dar pequeños brincos), pero sus ojos seguían disparando preguntas, en forma de dos enormes óvalos café-ambar brillantes de emoción –. Sí, acabo de aceptar que Charlie...
–¡Oh, se llama Charles! ¡Como Charles Bingley! ¡Tú podrías ser Jane!
Santísima Madre de Merlín, había creado un monstruo devorador de libros.
–Ann...no me obligues a tomar mi copia privada de ese libro, mi favorito por lo demás, y golpearte con él. Es un tomo muy, muy pesado, te lo advierto.
–Está bien, lo siento, lo siento –Ignatia no solía amenazar a la gente, menos a niñas de trece años, pero... ¡la chiquilla lograba que perdiera la paciencia!
–Cómo iba diciendo, sí, he aceptado en voz alta, lo que al parecer lo hace más oficial y cierto, que me gusta Charlie –Ignatia ignoró el pequeño ruidito agudo que salió de Ann –, pero recién lo he conocido. No, mentira, lo conozco hace años, éramos amigos cuando niños, pero...
Ah, maldición, si la chiquilla seguía gritando así, Ignatia se iba a quedar sorda.
–¡Se conocen desde niños! ¡Eso es tan romántico!
–¡Ann!
–Ay, perdón, perdón.
–Cómo iba diciendo...no nos habíamos vuelto a hablar desde hace años. La vez que entraste y nos encontraste...ocupados –muy, muy ocupados –era nuestro primer beso. ¡No, no grites! El punto es que, es algo reciente, no pienso casarme aún. Quizá no lo haga nunca.
–¡Oh, no digas eso, es muy triste!
–Triste estaremos todos cuando tus padres vengan a matarme por secuestrar a su hija, Ann. Es tarde, está casi oscuro y deberías irte a casa.
–Pero...
–Nada de peros, señorita. Mañana no abro, así que puedes llevarte la copia que estabas leyendo si quieres, me lo devuelves el miércoles, ¿sí?
Ignatia cerró la puerta detrás de ella, dos minutos después, cuando hubo despedido desde la entrada a su clienta favorita, no sin antes obligarla a ponerse toda la ropa abrigada que la madre de Ann se había asegurado de enviar con ella.
La niña era todo un caso y a Ignatia le daba una pena tremenda que sus compañeros en Hogwarts la molestaran. Los chicos solían ser crueles en esa edad, Ignatia lo supo de primera fuente, pero aun así, eso no lo hacía correcto. Ann Marie era brillante. Sería una gran bruja, una vez terminada su educación. Qué importaba que midiera más centímetros que varios niños de su curso.
Ignatia se adentró en Iggy Books, que en ese momento se encontraba iluminada por la gran lámpara de velas que colgaba en el centro del techo. Alcanzó su escritorio, miró el reloj y rápidamente calculó el tiempo que quedaba antes de cerrar. Treinta y un minutos.
Dudaba mucho que alguien entrara a una librería a esa hora del día, menos con el frío que estaba haciendo, pero bueno, no se podía estar segura y nunca se sabía cuándo alguien podría necesitar con urgencia un libro de...
La campana sobre la puerta de entrada resonó con fuerza e Ignatia sonrió para ella misma, antes de girarse a saludar al nuevo visitante.
El "Buenas tardes, en qué puedo ayudarle" murió en su boca, al notar que no era un visitante cualquiera. Ni que era sólo un visitante.
Los Patrulleros venían a presentarse y, mala suerte la de Iggy, no logró que la visita fuera en un momento en que ella no estuviese sola en la tienda.
Aunque pensándolo bien, prefería mil veces enfrentarlos sola que teniendo a Ann Marie en la mitad de todo.
Ignatia intentó calmar sus nervios e intentando hacer el menos movimiento posible, tomó de sobre el escritorio su varita y la enganchó en el bolsillo lateral de sus pantalones, antes de moverse hasta el costado del escritorio. Quedar tras él le hacía sentirse extrañamente encerrada.
Ignatia agradeció a sus hadas de la buena suerte la elección de ropa que había hecho aquel día. Se había puesto un pantalón tipo bombacha color marrón oscuro, así que su varita quedó bien oculta entre los pliegues del género.
Aunque, una vez que quedó a la vista de los cinco hombres en capas oscuras, no agradeció tanto a sus hadas de la buena suerte. Las bombachas sí cumplían la misión de ocultar de la vista su varita, pero en conjunto con la camiseta verde sin mangas que tenía puesta, lograban un efecto que Ignatia había considerado "súper" cuando se miró al espejo esa mañana.
Ahora era de todo menos "súper".
La camiseta era algo ajustada y, aunque no era escotada, lograba que sus pechos sobresaltaran un poco más de lo que lo hacía cualquier otra de sus camisetas. Y como era ajustada y las bombachas eran anchas en sus caderas (y sus caderas y maldito trasero ya eran suficientemente anchos, por Merlín), su cintura se acentuaba más.
Motivo por el que ahora Ignatia intentaba no sucumbir ante los temblores que provocaban las miradas de los malditos Patrulleros, recorriendo de arriba abajo su cuerpo, haciéndola sentir casi como que estuviese desnuda.
¿Dónde estaban los buenos clientes, amantes de los libros, cuando ella los necesitaba?
A esa hora del día, en sus casas, cenando, por supuesto.
Carajo.
Ignatia se sacudió mentalmente y se aclaró la garganta, logrando que los ojos de al menos dos de los hombres abandonaran su asqueroso recorrido y reconocimiento y se enfocaran en algo que estuviese por encima de su cuello. Le miraron la boca y no los ojos, pero algo era algo.
Peor es nada, solía decir su padre, en su eterno optimismo.
Aunque, si debía ser sincera, ella no se sentía tan optimista en ese momento.
–Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarles?
Quien debía ser el líder de la pequeña pandilla de imbéciles, dio unos pasos adelante e Ignatia tuvo que esforzarse para no retroceder la misma cantidad de pasos.
El hombre era alto, quizá unos centímetros más alto que Charlie y definitivamente, muchísimos centímetros más alto que ella. Tenía una barba bastante larga y unida a un bigote al que el muy idiota debía dedicarle varios minutos todas las mañanas. Tenía ojos pequeños y oscuros y una cicatriz que iba desde el inicio de su ceja izquierda, hasta las cercanías de la comisura de la boca, del mismo lado. Tenía la nariz levemente inclinada hacia la derecha, como si se la hubiese roto en algún momento y nunca la hubiese reparado y debía tener unos cuarenta años.
–Buenas tardes, quizá ya nos haya visto con anterioridad, patrullando el Callejón Diagon, pero de todas formas pensamos que sería más apropiado presentarnos directamente con usted.
Un "ah, pero qué cortesía más grande, mi buen señor" casi abandona la boca de Ignatia. Gracias a Dios, su cerebro reaccionó un poco antes que su boca y la mandó a callar.
–¿Y quiénes serían ustedes?
Ignatia sabía perfectamente quienes eran. Patrulleros. Idiotas con falso sentido de la responsabilidad, esforzándose por mantener un orden que, a las finales, ellos mismos (o más bien sus superiores) intentaban destruir. Idiotas con más kilos y malas intenciones que cerebro. Las manos sucias de todo el proceso de vigilancia de aquellos magos que estuviesen en contra del régimen que intentaba imponer el Ministerio.
Ignatia presentía que esa vigilancia se transformaría pronto en búsqueda y captura.
–Mi nombre es Gollen Callahan y nos conocen como los Patrulleros, señorita...
Carajo.
–Fenwick.
Nos les iba a dar más datos que ese.
–Señorita Fenwick –consintió Callahan, asintiendo brevemente antes de continuar –, es nuestro deber asegurar que la población mágica cuente con la seguridad mínima para poder vivir tranquilos. Estaremos realizando visitas como estas un par de veces al mes –oh, alegría...–, para asegurarnos de que todo esté yendo bien y para enterarnos de problemas que usted quiera comentar, que sienta que ponen en riesgo de alguna forma su seguridad.
Con cada palabra que salía de la boca del hombre y con cada paso que daba hacia ella, Ignatia sentía más y más ganas de sacar su varita y mostrarle la forma en que ella respondía cuando sentía amenazada su seguridad personal.
–¿Es obligatorio? –se encontró diciendo Ignatia, antes de poder contenerse. Por la cara de Callahan, no era aquello lo que esperaba que ella dijera.
–Es obligatorio, ¿ el qué, señorita Fenwick?
El tono de Callahan le dio un mensaje claro a Ignatia: había que elegir muy bien las palabras. Los otros cuatro idiotas, que seguían con los ojos pegados en sus pechos, eran poca amenaza. Pero Gollen Callahan tenía suficiente cerebro por los cinco e Ignatia debía irse con cuidado.
–Las visitas, quiero decir. Llevo muchos años en este lugar, nunca he sentido que mi seguridad se vea amenazada –a menos que contaran los tarados encapuchados con fijación con los pechos copa C, claro –no veo por qué habría de cambiar la situación ahora.
La voz de Ignatia se mantuvo tranquila y en tono de "acá no está sucediendo nada", pero Gollen leyó entre líneas claramente. Ignatia estaba viendo las amenazas exactamente dónde realmente estaban.
El hombre se acercó a ella y, aunque Ignatia hizo un primer esfuerzo de no retroceder, terminó dando unos pasos atrás de todas formas. Fue difícil no hacerlo, cuando su metro cuadrado estaba siendo invadido tan descaradamente.
Sus pasos atrás la llevaron directamente a una de las estanterías, deteniendo su escape. El hombre ignoró de forma olímpica la nueva posición defensiva de Ignatia y siguió avanzando hasta quedar a menos de un metro de ella, para luego inclinarse hasta casi pegar su asquerosa nariz contra la suya.
Ignatia comenzó a tragar saliva convulsivamente cuando el hombre no hizo más que mirarla en silencio, sus ojos tomando apuntes de cada pequeña reacción de Ignatia. Lamentable era que cada pequeña reacción, indicaba lo nerviosa que estaba.
–Señorita Fenwick –comenzó el hombre en voz baja y amenazante. Ignatia sintió como la bilis subía por su garganta cuando el aliento tibio y rancio de Callahan llegó hasta su cara –, no crea que no sé lo que está pensando. Las amenazas existen y yo sé exactamente dónde encontrarlas y, créame, cuando las encuentre, que las encontraré, a cada una de ellas, no podrán escapar de mis manos. Y como usted y yo sabemos, las "amenazas" suelen venir acompañadas...y me encargaré de que cada una de ellas sea detenida.
Ignatia dejó de sentir asco y miedo y empezó a sentirse llena de enfado. El infeliz no sólo la estaba amenazando a ella, sino a su gente. A sus "compañías". Y creía que podía incomodarla, en su propia tienda, usando su cuerpo grande y mal aseado.
Ni en sus sueños.
Los ojos de Gollen se abrieron en sorpresa en el momento exacto en que la varita de Ignatia se clavó en la base del cuello del hombre.
–Escúcheme bien, señor Callahan –para su eterna alegría, su voz sonó firme y no temblorosa, que era más o menos como Ignatia se sentía por dentro –, me importa poco lo que pueda salir de su boca en estos momentos, si son palabras endulzadas con falsedades o amenazas en mi contra. Me importa un poco, pero sólo un poco, que amenace a mis "compañías", porque sé que los míos son perfectamente capaces de defenderse solos. Pero me molesta de sobremanera que la gente invada mi espacio personal. Y usted, señor Gallahan, está invadiéndolo y lo quiero lejos de mi espacio, ahora. Porque no me pasaré el día haciendo alardes de lo buena que soy cumpliendo mi deber, defendiendo a la gente, como dice el discurso que usted y sus amiguitos tienen tan bien ensayado, pero sí soy muy buena usando mi varita y si no da un paso atrás en este preciso momento, se enterará de qué tan buena soy haciéndolo.
Ignatia escuchó atentamente cada palabra que salió de su boca, con la incredulidad a flor de piel. ¿Esa era ella, amenazando a quien podría ser perfectamente un mortífago?
¿Se había vuelto malditamente loca?
Callahan se había puesto de color granate más o menos en la mitad de su enfadado (y muy, muy Gryffindor y muy, muy poco Ravenclaw) discurso y justo al decir la última palabra, Ignatia escuchó la campanilla de la puerta, dándole un mensaje que no le gustó mucho. Las cosas iban a pasar rápidamente de oscuro a negro, porque al parecer, los cuatro amigos que se habían quedado atrás hacían abandono del edificio, seguramente para vigilar la entrada y Gollen tendría más espacio para dejar salir su yo-psicópat...
–¿Qué está sucediendo acá?
Ignatia casi se desmaya y hace pipí al mismo tiempo, lo que no sólo habría sido muy poco dama y digno de su parte, sino que habría hecho imposible que sus ojos buscaran y encontraran la visión más hermosa de todas: Charlie, ocupando todo el marco de la puerta con sus anchos hombros, enviando miradas asesinas a los cuatro hombres parados cerca de la puerta, antes de enfocar sus claras ideas homicidas en la nuca de Gollen.
Era una imagen hermosa, aunque no tan tranquilizadora. Lo último que quería Ignatia era que Charlie terminara intercambiando maleficios con cinco idiotas. La gente sin cerebro solía ser más peligrosa que las que sí tenían seso, cuando tenían una varita en la mano.
–No pasa nada, Charlie, el señor Callahan y sus amigos ya se iban, ¿no es cierto?
Si las miradas mataran, Ignatia ya iría camino al infierno (porque después de corromper la dulce e inocente mente de una adolescente de trece años, definitivamente iría al infierno), porque Gollen la estaba mirando como si no quisiera hacer nada más que tomarla del pescuezo y estrujar la vida (y sus ojos) fuera de ella.
Callahan se alejó de ella un paso, no sin antes soltar un "esto no ha terminado" que alcanzó sólo los oídos de Ignatia, y se giró para mirar a su pelirrojo de armadura dorada, que había llegado a rescatarla sin querer.
–Tal como ha escuchado, ya nos retirábamos. Un gusto hablar con usted, señorita Fenwick, espero que la próxima vez, podamos hablar con un poco más de tiempo.
Sí, claro, ella también se moría de ganas por verlo otra vez.
En el momento en que el último de los hombres salió por la puerta, el ceño arrugado de Charlie ya amenazaba con llegar hasta la punta de su nariz y sus puños seguían cerrados con enfado, con su varita firme en uno de ellos.
–¿Estás bien, Ignatia?
Uh, había dicho su nombre entero, pensó Ignatia de inmediato. Charlie NO estaba contento.
El problema era que ahora que Callahan y compañía se habían retirado y que Charlie representaba una nueva seguridad sólo con estar presente, Ignatia se sentía lista para desmayarse. O vomitar. Lo que ocurriera primero.
Charlie, que había estado siguiendo con la vista a los hombres a través de la ventana, se giró a verla al no escuchar una respuesta.
Ignatia no estaba segura de qué debía parecer ni de cómo debía verse en ese momento, pero de seguro y, como mínimo, estaba tan pálida como se sentía, porque Charlie alcanzó a soltar una palabrota antes de devorar el espacio que había entre ellos en tres zancadas y envolverla en sus brazos.
–Eh, Iggy, Pequeña, ¿estás bien? No alcanzó a tocarte, ¿no es cierto? ¿Llegué...llegué justo a tiempo, cierto? –Ignatia quería responderle que sí, que estaba bien, aunque fuera sólo para tranquilizarlo, pero las palabras no llegaron hasta ella. Sólo quería quedarse así como estaba, sus brazos y manos protegiendo su propio pecho, envuelta en el calor del abrazo de Charlie –.Vamos, no me asustes. Mírame, hey, mírame...
Charlie la obligó a levantar la cara, tomándola por el mentón y el corazón de Ignatia entró en modo turbo al encontrarse a menos de diez centímetros de Charlie. De sus ojos preocupados, de aquel color azul que combinaba tan bien con su cabello rojo, de su boca que incluso en siendo una tensa línea, se veía invitadora.
A la mañana siguiente Charlie le sacó en cara y se rió de su reacción. A Ignatia le importó poco, de todas formas, él debió verlo venir. A esa altura ya debía saber cómo reaccionaba ella cuando estaba asustada.
¡Hola! Tantas, tantas lunas! No, por favor, no intenten matarme!
Si leen también Ovejas Negras, sabrán que estas últimas semanas la vida ha sido un poco difícil para esta humilde autora ajaja Mi mamá estuvo hospitalizada así que entre eso y el trabajo, lo último que pude hacer fue escribir. Mis más sinceras disculpas. De todas formas, he vuelto y las musas han vuelto conmigo ajaja Estoy decidida a continuar esta historia (y la de Cassandra y Sirius)...y quizá hasta publique pronto algo que llegó hasta mi cabecita nada más ayer: Percy/Audrey. El que se sepa tan poco de ella hace que mi imaginación vuele!
Gracias a todos por seguir apoyando, incluso si los abandono por semanas, les juro que nunca es a propósito...es sólo que tengo pésima suerte :'(
Son los mejores. Cariños, abrazos y besos para todos! Nos leemos pronto! (Y, por favor, cuéntenme qué les pareció este capítulo...ya saben qué se vendrá en el siguiente: las reacciones de Iggy asustada...uff ajaja)
