Disclaimer: Si leen algo y les parece familiar, no es mío.
-Aquella señora no deja de mirarte con cara de estar pensando algo de importancia nacional.
Ignatia levantó la vista desde el pequeño librito-carta-menú hasta Charlie y siguió su mirada hasta encontrar a quién se refería él. Y vaya sí que tenía razón. La Señora Applebean ni siquiera se esforzaba en pasar desapercibida.
-Esa es la Señora Applebean. Su misión es la vida es ser como la representante de Cupido en la Tierra, vive para emparejar gente. Y lleva años intentando encontrarme marido.
-Pues me alegro de que la señora Applebean sea mala haciendo su trabajo, entonces.
Ignatia le sonrió, pero no estaba de acuerdo con Charlie. La Sra Applebean era la propietaria de la única floristería en el Callejón, Apple Bloom & Beans . Y en sus vitrinas y mostradores podría encontrar flores y plantas que no podría ver nadie en otra parte del mundo.
-Bueno, eso del romanticismo va un poco de la mano con los ramilletes de flores. Nadie sabe mezclar tipos de flores, según la ocasión, como lo sabe ella. Quieres desear feliz cumpleaños a tu mejor amiga, ella sabe cuales son las flores perfectas. Quieres pedirle disculpa a tu madre, ella sabe exactamente qué flores necesitas. Y la persona que recibe las flores también recibe fuerte y claro el mensaje. Siempre. Es una bruja muy sabia, la verdad.
Ella misma había recibido algunas flores de aquella floristería.
Charlie volvió a mirar a la Sra. Applebean, quien ahora intentaba mirar (muy poco) sigilosamente por encima de un ramo de algo así como hortensias, y con un "mmh" desvió la vista hasta la mujer que aparecía en ese momento a su lado, libretita en mano y claramente en busca de sus pedidos. Ya que el desayuno había ido tan bien, iban a seguir con el almuerzo, esta vez en público, en el Callejón Diagon.
-Hola, bienvenidos -dijo, sus ojos deteniéndose un segundo de más en los brazos descubiertos de Charlie, antes de mover la mirada hasta ella - Hola, Iggy, ¿que tal? ¿qué van a pedir hoy?
-Hola a ti, Andra. ¿Cómo se comporta el chiquillo?
-¿Nico? Ah, tienes sus momentos. Pero es un buen chico. E inteligente como el demonio. Claramente lo sacó de su padre.
Ignatia se rió ante eso. No era que Andra, corto de Andrada, se sintiera poco inteligente. Pese a que había tenido que cargar un poco con el estigma de Rubia-tonta, especialmente porque era muy, muy rubia, todos los que la conocían sabían que no era así. Era una mujer inteligente. Pero Frances, su marido, era un maldito genio. Trabajaba tanto para el Ministerio de Magia, como para el Ministerio Muggle, en inteligencia, estadística y estrategia. O algo así. Andra, por su lado, manejaba el negocio que había iniciado la madre de Frances, Madam Portia. Ad Portia's era un lugar pequeñito en el gran Callejón Diagon, pero tenía una buena clientela, ganada a pulso y a buen servicio. Y tenían unas tartaletas de manzana que eran la gloria.
-Podrías enviarlo a la librería, ¿sabes? Tengo una amiguita más o menos de su edad que va casi todos los días. Quizá se conocen de Hogwarts.
Andra había abierto la boca, pero no alcanzó a responder nada. Porque entonces Charlie interrumpió. Y fueron dos las que quedaron con la boca abierta.
-Andra, ca Andrada? Sunteți română?
-Da, și tu? -respondió Andra, recuperándose de la sorpresa antes que Ignatia, que seguía con la boca abierta. Eso debía ser rumano. ¿Andra era de Rumania?
-Nu, dar eu lucrez acolo. -Charlie acompañó su respuesta, lo que sea que ésta haya significado, con una sonrisa de esas maravillosas que le arrugaban los ojos a cada costado.
-Ah. Accentul dumneavoastră este foarte bun.
Ignatia se quedó mirando de Andra a Charlie y de vuelta, mientras ellos se sonreían cómplices.
-Wow. Eso fue...sexy.
Andre le sonrió antes de seguir su conversación secreta con Charlie.
-Noi toti iubim Ignatia, ce căutați?
Okey, podía no entender un diablo lo que decían, pero definitivamente era su nombre el que había salido de la boca de Andra.
Ignatia buscó la mirada de Charlie, esperando su respuesta. Lo que era una idiotez porque no sabía ni qué había dicho/preguntado Andra. De todas forma lo miró y le mantuvo la mirada cuando Charlie movió la vista desde Andra a ella. Había algo especial en aquellos ojos, cuando le respondió.
-Cred că sunt îndrăgostit- dijo, sin dejar de mirarla a los ojos. A Ignatia le dio la impresión de que algo importante había sucedido, aunque seguía sin entender ni un carajo. Algo de "drago" había dicho. Quizá hablaba de sus dragones. Quizá la estaba comparando con alguna criatura alada, de piel escamosa y muy poco agraciada.
-Ah, maravilloso -respondió Andra, volviendo al español y sacándola de las posibles posibilidades de comparaciones entre ella y un mega-lagarto -, entonces, ¿qué les traigo?
-Ah...-comenzó Ignatia, levemente desorientada, volviendo a repasar rápidamente el menú-, yo pediré la empanada de camarón y calabaza y una bebida de alelí con miel.
-Y yo el budín de Yorkshore y un jarro de hidromiel sin alcohol.
Andra se retiró con sus pedidos luego de sonreír nuevamente a ambos e Ignatia se quedó mirándolo, el mentón apoyado en la palma de una de sus manos. El día estaba algo fresco aquel día, las temperaturas ya comenzaban a mostrar ganas de descender, a tono con el otoño, pero él llevaba encima sólo una camiseta negra, que en un hombre más...normal, quedaría holgada. En él, parecía una segunda piel. Su cabello volvía a su lugar habitual, cabello rizado cayendo sobre su grente y orejas, ya seco después de la ducha.
Ay, esa ducha.
Carajo, de verdad le gustaba el hombre. Incluso si había estado comparándola con un dragón. Casi se había infartado cuando lo escuchó cambiar de idioma. Ignatia no sabía un comino de Rumania y su acento, pero le había parecido que Charlie sabía hablarlo muy bien.
-¿Cuanto tiempo llevas trabajando en Rumania?
-Ah, siete años este año, gracias -se interrumpió a sí mismo cuando Andra volvió con sus bebidas antes de volver a retirarse -. Diría que se han pasado rápido, pero la verdad es que no. Se ha sentido como toda una vida. Aunque quizá tiene sentido, siento que formé mi vida allá.
Ignatia notó que los ojos de Charlie tomaban un brillo especial cuando hablaba de su vida allá, junto a sus dragones.
-Cuéntame más. ¿Vives cerca de los bosques o en la ciudad y te apareces allá? ¿Tienes un dragón favorito? ¿Cuánto tardaste en aprender el idioma? ¿La gente habla inglés también? ¿Trabajas con mucha gente? ¿Tienen equipos de gente para trabajar o algo así?
-Woah. Okay, okay -Charlie se apoyó en el respaldo de la silla, claramente divertido -. A ver, vivo en una comuna llamada Baciu. queda cerca de una ciudad llamada Cluj-Napoca. Hay un bosque cerca, Hoia Baciu, ahí está nuestra Colonia de dragones. Leagăn de aur, solemos decirle, aunque lo oficial es Dragonshrine, Santuario de dragones.
-¿Qué significa? -preguntó rápidamente Ignatia, no perdiéndose una palabra de lo que decía Charlie. Podría imaginarse a la perfección el tono verde del bosque, al amanecer. Casi podía sentir el aire fresco en la cara, el aroma de los árboles, plantas y hierbas.
-¿Leagăn de aur? -Ignatia asintió entusiasmada -. Cuna de oro. Existen varias colonias en Europa, siete para ser exactos, dos en Rumania, pero la nuestra es la más grande. Cada una con sus cualidades, no necesariamente una con una especie exclusiva por Colonia. Pese a lo que se piense en general, los dragones son buenos socializando con otros dragones. No suelen ser violentos entre ellos. En nuestra leagăn trabajamos diez personas, incluyéndome, además de un millón de auxiliares a cargo nuestro. Seis hombres y cuatro mujeres. Dos especialistas por área. Iorana e Irina son nuestras expertas en crianza. Se encargan de ellos desde que están en huevo y hacen el seguimiento hasta que cumplen los dos años. Trabajan muy bien juntas. Maddy y Luca son nuestros Vet. En general ven a las dragonas que están en proceso de poner huevos y de mantener saludables a nuestros niños. Y también son expertos en quemaduras, gracias a Merlín por eso -Ignatia sonrió a eso, y aún distraída por la conversación unilateral, repasó con los dedos la gran cicatriz de quemadura en el dorso de la mano que Charlie tenía sobre la mesa -. Y después tenemos a Gavril y a Razvan, nuestros etólogos. Estudian y conocen el comportamiento de los dragones, saben cómo piensan, lo que quieren, en general hablan su idioma. Aunque logran entenderse a la perfección con nuestros dragones, son un desastre entre ellos, pelean todo el tiempo, pero son buenos amigos. Luego Andrei y yo, comenzamos el adiestramiento cuando cumplen el año, en esa edad ya tienen la plasticidad cerebral suficiente como para incorporar órdenes y conductas. Andrei es mi mejor amigo. Es un mujeriego terrible, pero tiene buen corazón.
Charlie detuvo ahí su discurso e hizo una pausa para probar su hidromiel.
-Suenan como un grupo genial. Nombraste sólo ocho personas.
-Ah, estás atenta a lo que digo.
El muy idiota.
-Siempre lo estoy, Charlie.
Charlie sonrió y secuestró, con reflejos inhumanamente veloces, su mentón hasta acercarla para un breve beso.
-Bueno sí, faltan dos. Ahí entra Stefan, nuestro experto en seguridad. Trabaja codo a codo con Gavril y Razvan, y es en general quien los separa cuando pelean. Stefan es hermano de Luca y trabaja para que el Santuario sea un ambiente seguro tanto para los dragones, como para quienes trabajan con ellos, como para los muggles en los pueblos vecinos. Y es quien mantiene vivo el aspecto de "embrujado" que se ha ganado el bosque de Hoia Baciu a lo largo de muchos, muchos años. Y finalmente Lavinia, la administradora. Es magizoologista en dragones, como todos los otros, incluyéndome nuevamente, pero sin estudios en ninguna especialidad. Su familia se ha movido en el ámbito de la administración de empresas por décadas y de ahí su facilidad con el tema. Es quien se asegura de que todo...se mueva. Incluido el personal auxiliar.
-Les tienes mucho cariño -comentó Ignatia, luego de que Andra volviera con sus platos de comida humeante.
-¿Mmh? -Charlie tuvo que tragar el budín que ya se había comenzado a zampar, antes de responder algo más -. Ah, sí. Malditos, los quiero con el alma.
La mente de Ignatia se perdió entre el sabor de su deliciosa empanada y las imágenes de grandes jaulas con bebés dragones en la mitad de un bosque color verde brillante. Ah, qué distinta debía ser la vida. No cambiaría sus libros por nada, pero carajo...¿un bosque, a cambio del centro de Londres? Oh, sí. ¿Con un Charlie sensual rondando los alrededores? Oh, carajo, sí.
-Así que -comenzó otra vez Ignatia unos minutos más tarde, llamando nuevamente la atención de Charlie, y mirándolo por encima del marco de sus anteojos -, basaremos nuestra relación en...comida y sexo?
Charlie, que ya había levantado la vista al escucharla hablar, tragó el trozo de budín que tenía en la boca, antes de que una sonrisa perezosa se abriera paso con lentitud en sus malditamente bien formados labios.
-Espero que precisamente en ese orden. Creo que ya comí suficiente por hoy.
A Ignatia le gustaba Charlie por ese motivo (y por varios otros, que iba a estar con cosas), porque le seguía el juego fácilmente y sin dudarlo.
-Olvidalo, Tigre. Ya empezamos con el orden contrario y tu madre nos espera más tarde, no lo olvides.
Charlie se limitó a dispararle una de sus sonrisas de "sé que quieres", antes de volver a hundir el tenedor en su plato.
La cena sería luego en La Madriguera, con chocolate caliente, por supuesto, e Ignatia debía admitir que estaba algo nerviosa, lo que era una idiotez enorme, porque ella conocía a la señora Weasley desde hace muchísimos años.
-Sabes -interrumpió sus pensamientos Charlie, limpiándose con una elegancia inesperada el bigote y la barba -tengo curiosidad. La gente te mira.
Ignatia miró rápidamente a su alrededor, intentando ser sutil en el proceso (y probablemente no lográndolo mucho) y vio...bueno, no vio nada raro. O al menos más raro de lo habitual. Lo habitual era gente yendo y viniendo, niños riéndose, personas comprando helados, jóvenes pegados como estrellas de mar a las vitrinas de artículos de Quidditch. Lo levemente menos habitual era lo que se había visto en las últimas semanas, donde la gente parecía moverse con más cuidado por las calles y tiendas del callejón y con los niños bien agarrados de las manos, esperando que algo saliera mal en cualquier momento y con claramente menos entusiasmo que en los viejos tiempos. Eran tiempos de guerra, después de todo. Era triste, pero esperable.
-Deliras, Charlie. Nadie nos mira.
-No dije "nos". Dije te miran. El hombre tras el mostrador en la tienda de Quidditch no te quita el ojo de encima. El vendedor de helados tiene cara de estar esperando que le devuelvas aunque sea una mirada de las treinta que ha lanzado en tu dirección. Hay una señora escondida tras unos helechos, justo a tus nueve -okay...sí que le faltaba empezar a considerar más sus alrededores, pensó Ignatia intentando frenar el rojo que amenazaba con aparecer en sus mejillas-. Y eso sin contar a Eva, que está agachada tras aquel barril junto a las cajas de frutas deshidratadas de ese local a tus espaldas.
Ah. Por supuesto. Cómo pudo dudar por medio segundo que Eva iba a resistir sus locas ganas de acosarla.
Ignatia se giró sobre su asiento y encontró sin mucha dificultad a Eva, que la miró con ojos sobresaltados antes de intentar esconderse de su vista, detrás de un gran barril de madera. Y obviamente no tomando en consideración que el barril, incluso así de grande, no alcanzaba para esconder a una persona de su estatura.
-¡Eva! ¡Ya vete a hacer algo útil!
Si la gente no la estaba mirando antes, lo hacía ahora, pero a Ignatia le importaba un pepino. Y a Charlie parecía importarle poco también, si tomaba como buena señal que se reía abiertamente de ellas. Su amiga lograba a veces sacarla de quicio, Merlín en los cielos.
Eva se quedó donde estaba por otro par de segundos, antes de ponerse de pie de golpe, mirando sus uñas, antes de alejarse del lugar calle abajo como si no hubiese pasado nada, su cabellera larga y rubia bailando a sus espaldas, obviando y pasando por alto las miradas que conseguía en su camino.
Volviendo a mirar al frente, Ignatia se encontró con la amplia sonrisa de Charlie, acompañada de esa expresión levemente arrugada al final de sus ojos, que lo hacía ver tan feliz y relajado.
Y hermoso, no olvidar lo hermoso.
-No te rías -lo regañó Ignatia, alejando de su cara el cabello que había sacudido sin querer en su acalorado y breve encuentro verbal con Eva.
-No me río. Ya no, al menos -agregó cuando encontró la mirada de enfado de Eva.
-Exageras, no me miran todos. Sólo...algunos. La señora tras los helechos es Madam Portia, la dueña del local y la suegra de Andra. Y le hace competencia a la Sra. Applebean en eso de la casamentería, así que probablemente está muy contenta de verme con un hombre. El chico de los helados es Frank, es sólo muy amistoso -Ignatia ignoró a propósito el "hmm" que salió de la boca de Charlie con eso último -. Y Félix...bueno, Félix es otra historia. Me ha invitado a salir varias veces, pero nunca he aceptado.
-¿Félix es el de la tienda de Quidditch? -Ignatia asintió mientras bebía un sorbo de su infusión de alelí -¿Por qué nunca has aceptado?
Ignatia pensó un poco la respuesta, antes de abrir la boca.
-Porque...demonios, permíteme ser cursi un momento. Porque no sentí...la chispa.
-¿Sentiste...la chispa, conmigo?
Ja. Maldita explosión nuclear, eso fue lo que sintió.
-¿Tú qué crees?
-Creo, que si vamos a seguir en el plano cursi, debo decir que tienes mucho fuego en ti. Y me gusta el fuego. Me gusta mucho.
Cuando Charlie terminó de decir eso, ya estaba a un par de centímetros de su cara. De su boca.
Y la tentación fue demasiada. Ignatia eliminó en un sólo movimiento aquella distancia y buscó sus labios y su lengua. El beso, pese a lo intenso, fue muy breve. Ignatia no era de hacer shows y, bueno, Charlie lo había dejado claro. Tenían público.
Veinte minutos después, se despidieron de Andra y pagaron la cuenta y se levantaron, con intención de dar una vuelta por el callejón y hacer tiempo hasta la hora en que debían moverse hacia La Madriguera.
No habían dado ni tres pasos, cuando Charlie la tomó por el brazo y la detuvo.
-Dame un segundo, vengo de inmediato.
Charlie no se movió "de inmediato". Se quedó a su lado y repasó con la mirada los alrededores. Los locales. La gente. Y luego de medio minuto, avanzó en dirección a la floristería al otro lado de la calle.
"Ay, no" fue lo primero que cruzó la mente de Ignatia, mientras veía desaparecer al pelirrojo en la tienda. Vio como se acercaba a la Sra. Applebean y le decía algo. La Sra. Applebean la miró directamente entonces, a través de los ventanales y entre los helechos que colgaban sobre las ventanas. La miró por un segundo, mientras Charlie seguía hablando, antes de asentir y girarse a buscar...flores, probablemente.
Tres minutos después, un Charlie de apariencia de encontrarse muy satisfecho con él mismo, abandonó Apple Bloom & Beans, con una Sra. Applebean muy contenta siguiéndole los pasos.
Roja como el más maduro de los tomates, Ignatia esperó en su lugar, intentando quedarse quieta, mientras Charlie se acercaba a ella con paso seguro y un ramo de flores en la mano.
Era un ramo muy lindo. Y era para ella.
Ignatia nunca se auto calificó como una mujer con gusto por las flores, pero debía admitir que tenía un encanto especial, eso de recibirlas. Y de recibirlas de aquella manera, particularmente.
-Ten, Iggy. Son tuyas. Y si lo que dice Úrsula es cierto, es el ramo perfecto para regalarte.
El movimiento de acercarle el ramo fue acompañado con una sonrisa sincera y amable e Ignatia sintió que se derretía ahí mismo. Asumía que Úrsula era la Sra. Applebean y ella sabía como expresar en flores lo que uno sentía.
Identificó una flor de Hibisco, el maravilloso color rosa fundiéndose en el centro con el amarillo-anaranjado. Identificó dos orquídeas, una roja y una blanca. Una Rosa del Japón, que conocía sólo porque una vez había preguntado directamente cómo se llamaba. Y en la base, un mar de pequeñas flores azules que no había visto nunca.
-¿Significan algo?
-Ella dice que sí. Al menos yo sé lo que significa para mí.
Ignatia no le pidió que se explicara, sintió que no hacía falta.
Ignatia era una mujer de literatura, le gustaba saber lo que era y lo que significaban las cosas, pero era una mujer de sueños también. Y aunque no siempre lograba entender lo que significaban sus sueños, sabía lo que provocaban en ella, lo que le hacían sentir.
Y eso, por el momento, era todo lo que necesitaba.
Hola, hola. Vuelvo con este capítulo, enfocada en hacerlos pasar por todas las comidas, aunque el postre se lo comieron primero ajajaja
Estoy en plan mental de escribir y escribir y escribir. Pero no puedo asegurar que me resulte mucho actualizar. Pido, además, disculpas por las desapariciones tan largas. Sé que no hace falta, pero siento que les debo una explicación. Ya había comentado un par de veces que mi mamá había estado enferma, de hace varios meses ya. A principios de junio, falleció. Pese a lo enferma que estaba, no se lo esperaba nadie. Fue un muy mal junio. Pero ella era una amante de las letras y fue ella la que sembró en mí esa semillita, el gusto por la lectura. Y por escribir.
Así que seguiré haciendo lo que me gusta hacer, lo que ella me enseñó a hacer, y agradezco de corazón a todos aquellos que siguen mis locuras y mis historias. Saben mejor que yo que mis tiempos de actualizaciones no son los mejores, pero pueden tener por seguro, de que aunque tarde, mis historias van a tener un Fin.
Un abrazo grande para todos. Si pueden, cuéntenme qué les pareció. De adelanto les digo: El capítulo que viene, la cena. Habrá más invitados en La Madriguera. El primer acercamiento a La Orden, al menos de parte de Ignatia. Y Charlie tendrá una nueva misión, una que incluye volver a Rumania. Quizá no se vaya solo ;)
Besos! Y gracias por leer!
