Disclaimer: si leen algo y les parece familiar, no es mío.
31 de agosto de 1997, Callejón Diagon
Habitualmente Ignatia le daba la vuelta al pequeño cartel de "abierto" colgado en la puerta de Iggy Books cerca de las seis de la tarde, aunque no apagaba las luces hasta aproximadamente las siete, cuando aprovechando que no había clientes que atender, ordenaba y limpiaba para dejar todo listo para la jornada del día siguiente.
La alternativa era levantarse más temprano al día siguiente a hacer todo eso y...nop. No era opción.
Aquel día sí había dado la vuelta al cartelito casi a la hora de siempre y el "cerrado" se podía ver desde la calle, pero quedaba una cliente dentro de la librería. No que a Ignatia le importara ni sorprendiera aquella cliente en particular.
Ann Marie no sólo era una ávida lectora, sino además silenciosa y tranquila; lo que permitía que Ignatia pudiera seguir con su rutina habitual y contar el dinero de la caja, reordenar libros fuera de su lugar y barrer un poco, todo mientras la niña seguía con la nariz enterrada en algún libro.
-¿Y qué tal todo con tu novio, Iggy?
Ignatia alzó la mirada lejos de los papeles que intentaba ordenar y miró a Ann, que se había girado en su silla y apoyaba un brazo sobre el respaldo de madera, mirándola directamente y claramente esperando una respuesta.
Ignatia volvió a concentrarse en los papeles sobre el mostrador/escritorio. Charlie no le había pedido ser su novia, pensó, sintiendo como si sus tripas se retorcieran por su cuenta hasta formar un par de nudos marineros.
No debía por qué sentir las tripas así, se regañó mentalmente Ignatia. Charlie y ella estaban saliendo y todo iba maravillosamente. No necesitaba la formalidad de ser la "novia" de nadie para estar tranquila y contenta.
¿No?
-Charlie no es mi novio, Ann, si es a él a quien te refieres.
Un bufido muy poco propio de una niña de 13 años abandonó la boca de la Ann.
-Claro que me refiero a él ¿Y cómo que no es tu novio? ¿No tuvieron sexo ya?
Ah, maldición.
-Um, sí –suspirando, Ignatia se puso de pie y rodeó el mostrador hasta pararse a la altura de Ann, apoyándose/sentándose en la superficie de madera -...pero eso no significa que seamos novios. Es complicado, la verdad.
-No entiendo –Ann giró la cabeza hacia un lado y la imagen de un tierno cachorrito labrador llegó a la mente de Ignatia.
-Por eso dije que es complicado.
Ann no se veía satisfecha con esa respuesta. Pero por Merlín, Ignatia no estaba dispuesta a explicarle nada más. Era una chiquilla, no tenía por qué enterarse sobre los pormenores de tener sexo sin compromiso.
No aún, al menos.
Sobre todo porque de sólo pensar en ello comenzaba a cuestionarse si ella quería aquella ausencia de compromiso.
Carajo.
-Debe haber una forma de hacer que Charlie se dé cuenta de sus sentimientos y pida tu mano. Sólo debemos pensarlo y planear algo.
Ignatia tuvo que reírse en voz alta. Cómo quería a esa niña.
-Y yo creo que quizá no debí recomendarte leer esto –respondió Ignatia acercándose a la mesa donde había estado leyendo Ann Marie y cerrando su copia de Emma, otro clásico muggle -. Ahora vas a ir por la vida intentando hacer de casamentera -la niña tuvo la la decencia de parecer avergonzada-. Es hora de irse, Ann. Ya está oscuro y mañana comienza Hogwarts. De seguro debes revisar varias cosas con tu madre antes de acostarte.
Ann Marie bajó la mirada, viéndose de pronto triste.
-Si quieres puedes llevarte mi copia de este libro, si prometes cuidarlo mucho, mucho –le dijo Ignatia, tomándola de un hombro y malentendiendo a propósito sus motivos de tristeza.
Ignatia sabía, incluso si no lo había discutido con la niña, que por primera vez en muchísimos, muchísimos años ir a Hogwarts no sonaba emocionante ni maravilloso para todos los niños. La asistencia este año era obligatoria. El nuevo Director era un viejo cuervo sin mucho cariño por los estudiantes y nuevos profesores eran parte del staff docente. Profesores que tenían vínculos con mortífagos.
Vínculos que nadie se había esforzado en ocultar.
Suspirando, Ignatia se agachó para abrazar a la niña por sobre los hombros.
-Todo saldrá bien, Ann. Ya verás que...
Sus palabras fueron interrumpidas por un agudo grito proveniente de la calle, seguido de inmediato por más gritos.
Ignatia ya había tomado a Ann en un agarre firme hasta sentarla en el suelo, junto a donde ella se había agachado, todo antes de que terminara el primer grito.
Y con dos movimientos de su varita, apagó las luces y bloqueó la puerta al entender que los gritos no se detenían.
Por un segundo todo fue silencio. Un silencio lleno de electricidad.
Ignatia se giró a mirar a Ann Marie, la cara de la niña suavemente iluminada por la escasa luz proveniente de la calle. Se veía pálida y asustada como el infierno, pero Ignatia no iba a culparla por aquello. Merlín sabía que ella también se sentía más que un poco pálida y asustada.
-Ann –le susurró en tono firme Ignatia, llamando su atención y esperando que la niña la mirara antes de seguir hablando -, necesito que te muevas hasta detrás del mostrador, gateando. Vamos, iré justo detrás de ti –agregó aun susurrando, cuando la vio dudar.
Ann Marie la miró por unos segundos sin moverse, con ojos enormes y con el labio inferior temblándole levemente, antes de asentir y empezar a moverse sobre sus manos y rodillas hasta el mostrador, justo detrás de ellas.
-Eso es, buena chica.
Cuando Ann ya estuvo a medio camino, Ignatia comenzó a retroceder manteniendo su postura agachada y la varita firme en la mano, atenta a cualquier movimiento o ruido.
Ann se había quedado quieta, de rodillas detrás del escritorio y cuando Ignatia llegó hasta ella le dedicó un asentimiento y una sonrisa, diciendo en silencio "lo hiciste bien".
Ignatia se quedó a su lado, de rodillas, pero sin colocarse detrás del escritorio que hacía de mostrador en su tienda. Qué buena adquisición había sido aquel mueblecito, pensó brevemente Ignatia. Era madera buena, gruesa y firme. Podría repeler un par de maldiciones sin problema y funcionaría perfecto como escondite, pero Ignatia sólo mantuvo oculta a Ann Marie.
Necesitaba poder ver hacia la calle, estar atenta a cualquier movimiento, cualquier detalle.
El corazón de Ignatia, que ya se había acelerado en el último minuto, redobló su carrera cuando vio, a través del primero de los ventanales que daba a la calle, aparecer un par de figuras encapuchadas.
Caminaban lentamente e Ignatia los siguió con la mirada mientras con toda calma cruzaban delante de los amplios ventanales de su tienda. Sin quitar la vista de las figuras, que ahora cruzaban por delante de la puerta principal, Ignatia llevó su mano libre hasta sus labios, en señal de "silencio", sabiendo que Ann, oculta tras el escritorio la miraba con atención y recibiría el mensaje.
Ignatia aguantó la respiración mientras veía que el grupo de seis encapuchados continuaba su lento caminar, más allá de su puerta y por delante del último de los ventanales en el frontis de la librería. Y comenzó a soltar el aire cuando vio que el grupo comenzaba a desaparecer, uno a uno...
Y entonces todo pareció ir en cámara lenta. Y varias cosas sucedieron casi simultáneamente.
Una explosión sacudió el edificio y luz dorada pareció iluminar todo en la calle. Ann Marie gritó asustada. Ignatia notó, gracias a la nueva y momentánea luz, que el último encapuchado que quedaba aún por cruzar más allá de su tienda llevaba además una máscara plateada.
La luz se fue un segundo después e Ignatia atrajo a Ann hasta tenerla bajo su brazo, con su mano libre cubriendo la boca de la niña.
Y con Ignatia volviendo a retener la respiración, todo pareció moverse a velocidad normal, los destellos de luces, los gritos en la calle, su corazón desbocado...
Todo menos el último encapuchado, que ahora estaba quieto frente a ella, más allá del escritorio y de varios grupos de libros, justo detrás del último ventanal.
Charlie, enfadado, dio vuelta la página que había estado leyendo, del último número de El Profeta que tenía sobre la mesa de la cocina.
Qué montón de mentiras y estupideces habían impreso, Merlín. Página tras página. Sólo malditas mentiras.
La última gracia había sido publicar diversos "estudios" que respaldaban la idea de que la magia era una cualidad que se heredaba sólo de un mago o bruja a otro y que esta cualidad podía ser "tomada" por otros. No decían con qué medio alguien podría quedarse con la magia de otro, pero "los estudios respaldan esta teoría" sí podía leerse varias veces.
No mencionaban nada sobre muggles, pero el mensaje era claro de todas formas: alguien de origen muggle no podía heredar de sus padres muggles la magia, lo que sólo dejaba la teoría de que tendría que haber "tomado" de alguien más.
Muggles, ladrones de magia. Esa sí que era buena.
Merlín y sus malditos pantalones estrellados, carajo.
El ruido de vajilla chocando con otra vajilla hizo que Charlie mirara más allá del periódico y de la mesa en el centro de la cocina, hasta donde su madre ordenaba, por segunda vez, las montañas de platos, tazones y ollas.
Molly Weasley, luego de dejar un grupo de platos sobre el mueble de cocina, hizo una nueva pausa para mirar los relojes sobre la puerta.
Estaba pálida y había manchas oscuras bajo sus ojos cansados. Sus hombros se veían tensos incluso bajo las capas de ropa que llevaba puestas.
Su madre estaba preocupada y Charlie no había querido hacer intento de decir nada al respecto. Porque no había nada que Charlie pudiera decir o hacer para hacer que su madre se relajara.
Ginny, que al día siguiente comenzaba su penúltimo año en Hogwarts, ya se había retirado a dormir, hace aproximadamente una hora. Viéndose algo pálida ella misma, había besado la mejilla de Charlie y luego la de su madre, antes de salir con paso lento y postura derrotada en dirección a la escalera, no sin antes mirar a Charlie a los ojos y apuntar a su madre, que en ese momento había estado dándoles la espalda.
Charlie había entendido claro el mensaje y con un asentimiento le hizo entender que podía irse tranquila, que él acompañaría a su madre.
Charlie, volviendo al tiempo actual, notó que su madre volvía a mirar los relojes.
Molly Weasley estaba preocupada y no tenía pocos motivos. Ya tenía suficiente con mandar a su hija a la inseguridad que significaría Hogwarts aquel año y con que el reloj de nueve manecillas tuviera a su familia de forma permanente en "peligro mortal", como para encima sumarle que el otro reloj marcaba las once con veinte minutos y su padre aún no llegaba a casa desde el trabajo. Y habitualmente llegaba antes de las siete de la tarde.
Arthur Weasley llevaba más de cuatro horas de atraso.
Charlie intentaba no preocuparse, pensando en que las malas noticias se movían con rapidez y que, si algo malo hubiese pasado con su padre, ya se habrían enterado.
El ruido de la puerta delantera de la casa abriéndose hizo que Charlie respirara profundo. Miró a su madre cuando no la vio salir a toda velocidad de la cocina, como había esperado que hiciera. Cuando la vio apoyada en el mesón, con los ojos cerrados y respirando lentamente entendió que su madre no habría podido correr al encuentro de su esposo aunque lo hubiese intentado. Necesitaba recuperarse.
Charlie, con el corazón adolorido, se puso de pie y se acercó en dos largas zancadas hasta su madre, para abrazarla con fuerza y besar su cabello.
-Papá ya está acá, madre. Todo está bien.
-Así es, querido –le respondió su madre, alejándose un poco de su abrazo, viéndose más compuesta y mirando hacia la puerta –nunca tarda tanto, al menos no sin avisar. Quizá lo mate por hacerme esto, Charlie mío.
"Charlie mío".
Charlie sonrió al escucharle decir eso, solía llamarlo así cuando era pequeño.
Su padre apareció en el umbral de la puerta cuando Charlie ya volvía a retomar su lugar junto a la mesa. Se veía todo lo agotado que podría verse alguien, pero no parecía herido.
Arthur Weasley le dio un solo vistazo a su mujer, aún de pie junto al mesón de cocina y pareció decidir que la prioridad era ir hasta ella, porque en pocos segundos ya la tenía abrazada firmemente contra su pecho.
Charlie miró la escena con un nudo en la garganta. Sus padres eran buenas personas. Y no lo pensaba solamente porque eran sus padres, sino porque de verdad y objetivamente, lo eran. Tenían siempre buenas intenciones en sus corazones, eran amables, eran sensibles. Eran esforzados y carismáticos.
Y aun así, avanzaban sus días a tropiezos y a sustos. Miedo por los suyos, miedo por ellos. Él no era juez ante ninguna justicia, como bien le había dicho sutilmente Audrey, la chica de cabello azul, amiga de Percy.
Charlie no era juez de nada, pero que sus padres vivieran así de asustados no parecía ser justo.
Su padre se acercó a la mesa, donde palmeó el hombro de Charlie cariñosamente, como solía hacerlo siempre, antes de sentarse frente a él en la mesa.
Charlie iba a ofrecerse a servir él mismo las tazas de café y calentar los bollos de canela que sabía que su madre había guardado para cuando llegara su padre, pero se detuvo a medio camino. Conocía a su madre y ante las crisis, necesitaba mantenerse ocupada en algo.
-¿Qué sucedió, papá? –decidió abordar el tema como solía hacerlo siempre, de forma directa.
Arthur tardó unos segundos antes de responderle. Charlie sabía que se debía a que estaba reordenando su mente antes de hablar y que no tenía que ver con decidir qué información compartir o no. Primero, porque solían estar en la misma página y habitualmente compartían sin conflicto información, pensamientos o dudas. Y, segundo, porque el lugar era seguro.
Podrían hablar del tema que fuera y decir exactamente lo que pensaban con la seguridad de que contaban con la privacidad para hacerlo. Después del pequeño desastre en que terminó la boda de Bill, y después de que el Ministerio se había aburrido de meter sus narices en sus tierras, Charlie, junto a Bill y su padre, habían reforzado la seguridad de La Madriguera y sus terrenos.
Podían hablar tranquilos.
-Hubo un nuevo ataque, por supuesto que llevado a cabo por Mortífagos.
-¿Muggles otra vez? –intervino su madre, mientras colocaba tazones sobre la mesa y los rellenaba con café caliente.
-No. Por eso más revuelo del habitual. No que considere menos terrible que ataquen a muggles –agregó rápida e innecesariamente su padre. Charlie y su madre sabían que no había un hueso malintencionado en el cuerpo de Arthur Weasley -, es sólo que no es habitual en ellos un ataque directo a...nosotros.
-Era evidentemente más fácil, sutil y cobarde atacar Muggles indefensos y hacerlo pasar por alguna fuga de gas.
-Sobretodo cobarde –agregó su madre, sentándose junto a su esposo. Cafés servidos y bandeja de bollos sobre la mesa.
-Bueno, parece que se acaban las sutilezas. Kingsley se comunicó conmigo, diciendo que había un ataque de Mortífagos en curso y que necesitaban refuerzos –Charlie frunció el ceño, extrañado ¿La Oficina de Aurores sin gente suficiente para enfrentar Mortífagos? –Claramente los altos mandos del Ministerio debían tener alguna información ya. Todos menos Kingsley, que se encontró con el aviso de ataque y con sólo cuatro varitas disponibles en toda la oficina a esa hora. Cuatro incluyendo la de él y la de su Asistente, Audrey. ¿La recuerdas, cariño?
-Claro que la recuerdo –respondió sonriendo su madre –de voz ronca y ojos grandes y amables. La amiga de Percy.
-Ella misma.
Charlie bajó la vista a su taza de café durante esa partecita de la conversación. Debía admitir con algo de vergüenza que después de hablarlo con Iggy un par de noches atrás, había entendido que se había comportado como un idiota tamaño XL y que aún le debía una disculpa a la mujer de cabello azul.
-Yaxley, ahora a cargo de la seguridad, Merlín en los cielos, envió temprano a casa a todo el mundo en la Oficina, sin que Kingsley supiera hasta demasiado tarde. Así que buscó refuerzos, quienes quisieran prestar apoyo eran bienvenidos.
-Sospecho que no muchos estuvieron muy dispuestos a prestar ayuda, ¿no?
-Exactamente –le respondió su padre, mirándolo con ojos cansados –No es secreto la posición que tiene el Ministerio respecto a estos ataques. Nadie lo discute abiertamente, pero queda implícito. Así que no mucha gente iba a poner su cuello bajo vigilancia y ofrecer ayuda.
Era obvio que su padre sí había arriesgado el cuello. Su madre volvía a verse un poco pálida.
-¿Dónde fue el ataque? –preguntó Charlie, intentando devolver la conversación a terreno menos sensibles.
-En el Callejón Diagon. Fue uno de los motivos por los que fui con Kingsley, si debo ser sincero, para asegurarme de que Fred y George estaban a salvo. Lo están, por cierto.
Un zumbido había comenzado a sonar en los oídos de Charlie al escuchar la primera parte de la respuesta. Dios...
-¿Hubo heridos? –escuchó que decía su madre. Charlie estaba ocupado intentando mantener el café en el estómago, así que sintió gratitud hacia su madre, que lograba hacer las preguntas correctas cuando él creía que se iba a infartar.
-Dos muertos, tres heridos en San Mungo. Dos tiendas transformadas en nada más que cenizas calientes y una que aún arde bajo alguna maldición que no logramos identificar.
Su madre se había llevado una mano al pecho, claramente afectada.
Y entonces Charlie, con frío pánico abriéndose camino en sus venas, se puso de pie de golpe, sobresaltándolos y derribando la silla en el proceso.
Merlín, no podía estar pasando lo que creía que estaba pasando.
-¿Qué tiendas? –su voz sonaba como la de una rana, pero le importaba un carajo.
-¿Charlie? –esa era su madre.
-¿Qué tiendas, papá?
-Madam Malkin, una botica y una librería pequeña. Charlie...
Charlie no se quedó a escuchar qué era lo que quería decirle su padre. Una librería pequeña. En cenizas.
O aún ardiendo.
Con el corazón latiendo a un ritmo doloroso, Charlie echó a correr fuera de la cocina y hacia el patio trasero y en menos de diez segundos logró llegar hasta el punto entre los árboles donde podía aparecerse.
Charlie se dio a sí mismo medio segundo luego de aparecerse en Londres, en el callejón junto a la entrada de El Caldero Chorreante, antes de reiniciar su carrera hacia el Callejón.
Cuando atravesó la puerta trasera de El Caldero, se encontró con un Callejón Diagon tan irreconocible, que era triste.
El aire estaba cargado con cenizas y el olor a madera quemada hizo que se le contrajera el estómago. Esquivó a la gente que caminaba hacia El Caldero cuando él salía, intentando que los ojos llorosos y las ropas rasgadas de aquellas personas no le afectaran; y volvió a correr calle abajo en dirección a la librería de Iggy.
Pasó como una bala por la esquina donde estaba Sortilegios Weasley, notando de reojo que no había ni una luz encendida en la tienda y dobló a la izquierda, sólo para detenerse de golpe ante la imagen que lo recibió.
Aún había un edificio en llamas. Casi al final de la calle.
"Casi al final", era donde estaba Iggy Books.
Sintiéndose incapaz de correr sin el riesgo de caer de cara al piso, Charlie retomó su camino con paso rápido e inestable. Como sus latidos.
Merlín, no podía estar pasando aquello.
No a Iggy. No a él.
No a ellos.
El calor de las llamas tocó su piel y sólo entonces entendió que había llegado hasta el frontis de la tienda que aún era consumida por el fuego. Dos tiendas a la derecha, estaba Iggy Books. En pie. Luces apagadas.
Y sin llamas saliendo por sus ventanas.
Charlie tuvo que agacharse por la cintura y afirmarse en sus propias rodillas para no caer desparramado al suelo de piedra.
Oh, mierda.
Sólo eso se repetía en su cabeza, una y otra vez. Oh, mierda.
Debía encontrarla. Encontrar a Iggy. Pero infiernos si no era capaz de enderezarse sin caerse primero. O sin vomitar.
Una pequeña mano manchada de cenizas apareció ante sus ojos, y tomó una de las manos de Charlie.
Charlie levantó la vista hasta la persona dueña de la mano y le saltó encima. Literalmente.
-Dios, Iggy. Pensé que...carajo, no vuelvas a hacerme eso –le dijo/gritó, hundiendo la cara en su cabello, que olía a una mezcla extraña entre manzanas y humo. Ignatia intentó salir de su abrazo y Charlie la apretujó más contra su pecho –Merlin, no te muevas, dame un segundo. Creo que voy a desmayarme –le temblaban tanto las piernas que no entendía muy bien si aún estaba sosteniendo su propio peso o si Iggy era la que lo mantenía en posición vertical -. Nunca me he desmayado, pero de seguro se siente así de mal.
Ignatia fue generosa con su penoso estado y le dejó abrazarla por un minuto más, sus manos agarrando con fuerza la parte trasera de su camisa; antes de alejarse suavemente de su abrazo, aunque Charlie se negó a soltarla.
Tomándola por los hombros, la repasó rápidamente, reparando en su cabello enmarañado que daba reflejos dorados con cada movimiento de las llamas del edificio que tenían en frente, en sus hermosos ojos verdes, que se veían brillosos y tristes y en la piel pálida de su cara, las pecas quedando ocultas detrás de una capa de hollín.
Tenía una herida en la sien derecha, con un hilo de sangre casi seca recorriendo un costado de su cara, pero no parecía ser grave, y lo que parecía ser una quemadura de primer grado sobre la clavícula izquierda y otra en el dorso de la mano derecha.
-¿Estás bien?
Charlie era parcialmente consciente de que era una pregunta algo idiota, pero la hizo de todas formas. Quería escuchar su voz, al menos.
-He tenido días mejores –le respondió Ignatia en voz ronca, justo después de regalarle una sonrisa cansada.
Dios, qué hermosa era.
-¿Está bien Eva? Escuché que la tienda...
-Sí, está bien. Asustada, pero bien. Madam Malkin se fue a casa de su hermana, mientras las cosas se calman y solucionan un poco. Eva está con Fred. Creo que son novios ahora.
Ah. Qué rápido movía fichas su hermanito.
-Pensé que atacarían la librería –dijo de la nada Iggy en voz rota, deteniendo repentinamente el avance que habían comenzado a hacer hasta Iggy Books –Ann Marie estaba conmigo. Creo que envejecí veinte años en diez minutos.
Charlie decidió rápidamente que necesitaba abrazarla otro par de minutos y tiró de ella hasta tenerla entre sus brazos, protegida del mundo de mierda que les estaba tocando enfrentar.
-Pues podrías envejecer veinte más –respondió Charlie besando su cabello -, y aun así estaría enamorado de ti, anciana.
Estoy de vuelta! Como siempre, pido disculpas por la tardanza. Espero de todo corazón volver a actualizar en pocos días. Gracias por leer! Un abrazo grande para ustedes! Besos!
Nicola.-
