Esta historia la vengo formando hace ya un par de años y creo que mejoró gracias a mis clases en la universidad y lo que ahí aprendí, así que espero hacer buen uso de lo que mis maestros me enseñaron jaja
Los dejo leer, sin mucho que agregar en realidad además de desearles un bonito día, cuídense mucho, se lavan las manos y les mando muchos abrazos y besitos virtuales. Extrañaba estar aquí.
Los estaré leyendo como siempre lo hago y larga vida al bubbline, que jamás me olvidé de mi pareja favorita.
La oscuridad envolvía cada centímetro en la habitación cuando escuchó un golpe seco seguido de un leve y agudo sonido. Levantó el rostro para ver a su hermano agazapado en un rincón, tomando con ambas manos su pie lastimado. No gritó, se mantuvo en la misma posición hasta terminar ahogando su dolor en una mueca antes de levantarse y seguir deambulando de un lado a otro para encontrar por encima de la oscuridad todo juguete rezagado en los recovecos.
Por la ventana apenas se podía vislumbrar la lluvia caer más el impetuoso murmullo de los árboles al agitar sus ramas con el viento. Tenían una tormenta a punto de comenzar, las ventanas parecían partirse en dos ante la violencia desatada por la madre tierra, pero no era eso lo que tanto le preocupaba.
Observó el reloj una vez más, eran cerca de las dos de la mañana. La mochila donde había estado ordenando la ropa de su hermano estaba llena, él parecía tener listos sus juguetes también, su mirada estaba fija en un perro de madera tallado a mano. Lo reconoció como el regalo de su séptimo cumpleaños que le hizo hace dos meses; esta vez no tenía dinero para comprarle algo, el año fue muy duro para las cosechas, la mayor parte del cultivo se perdió y lo poco rescatable fue a dar a las arcas reales lo cual dejó a los trabajadores con menos ganancia de la usual.
Un relámpago la devolvió a la realidad y se puso de rodillas para quedar a la altura del niño, quien ahora la observaba con atención mientras su pulso iba en aumento. Quería poder asegurarle que no tenía motivos para tener miedo, pero no quería engañarlo sin importar su corta edad pues si no terminaba de comprender el peso de la situación iba a complicarle su intento por salvarlo. Lo abrazó como si fuera la última vez, podía sentir sus pequeñas manos aferradas a la camisa y su respiración agitada golpeando contra su cuello como si ya hubiera comenzado la huida; el miedo y la desesperación casi la hacen soltarse a llorar, pero debía ser fuerte por él.
—Escucha con atención —dijo con las manos todavía sobre sus hombros —. Vamos a estar lejos un tiempo y necesito que seas bueno con las personas que van a cuidarte.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero no dijo nada, permaneció en silencio con las mejillas empapadas. Verlo así le devolvió el nudo a la garganta justo cuando pensó que podrían pasar por esto sin tanto dolor.
—Vas a portarte bien ¿cierto?
Asintió.
—¿No puedes venir conmigo? —preguntó.
—No, lo siento.
Le entregó la figura de madera y ella la tomó con cariño. Casi esbozo una sonrisa cuando escuchó dos golpes en la puerta, entonces supo que había llegado el momento; tomó las cosas de su hermano y guardó su recuerdo en la bolsa del pantalón.
Afuera una chica se mantenía oculta tras un frondoso árbol, empapada de pies a cabeza a pesar de ir cubierta con un impermeable. Su hermano llevaba uno también pintado de color negro para volverse uno con la oscuridad y llegar a salvo a su destino.
—Es hora de irte.
Él se quedó un rato parado a su lado.
—Te quiero.
Lo observó reunirse con la muchacha y cerró la puerta. Estaba cansada, temerosa, con los nervios a flor de piel; daba un respingo al mínimo sonido. Los árboles continuaban azotando su ventana e incluso así fue inconfundible el golpeteo en la madera tras ella, de la cual no quiso separarse, esperando este momento.
Permanecieron largo rato así y entonces pararon. La puerta cayó, apenas alcanzó a moverse, pero su cuerpo chocó con la mesa y quedó sentada en el suelo sin poder defender su hogar de la intrusión inminente.
Un relámpago silencioso iluminó el rostro de tres hombres grandes con gesto serio, parecían militares o villanos de alguna película de terror, sin embargo, ella sabía que la realidad era mucho peor. Intentó correr, pero un objeto la golpeó en la espalda haciéndola perder el equilibrio y caer de bruces contra la madera donde su cabeza rebotó abriendo una herida en su frente.
Aún desorientada trató de arrastrar su cuerpo lejos y un peso sobre ella se lo impidió. Sus brazos fueron llevados a su espalda con fuerza y, aunque pataleó constantemente, sólo consiguió un nuevo golpe que la derrotó. Pudo sentir a medias su cuerpo siendo arrastrado hacia arriba antes de empujarla fuera de la casa, sobre el lodo; con las manos atadas le fue imposible detener su caída, las voces de los hombres seguían instándola con furia a levantarse y lo hizo con la cabeza en alto, a pesar de la sangre bajando por su frente y del lodo adherido en su rostro. Se limpió como pudo acercando su hombro a los ojos y con ayuda de la lluvia estaba casi libre de la suciedad al poco tiempo de partir.
Las casas a su alrededor se encontraban cerradas con las luces apagadas, pero sabía que en alguna alguien estaría viendo en esos momentos como esos hombres la llevaban maniatada en dirección al castillo. Incluso así, la tormenta empeoraba la visión a distancia, apenas podía ver unos pasos delante de sus pies y seguía tropezando cada tanto con las piedras mojadas, aunque no volvió a caer.
Al llegar la condujeron por un camino con antorchas en los costados, la luz reflejaba su silueta en las paredes, empequeñecida ante la de aquellos monstruos que la acompañaban. Sus manos estaban adoloridas por las cuerdas en sus muñecas y con cada movimiento podía sentir la piel irritada desgarrándose; sus hombros también se sentían agotados por mantenerse en la misma posición durante tanto tiempo. Pero ni todas sus laceraciones le impidieron dar cuenta de las personas en las celdas, sus rostros demostraban resignación, no había el más mínimo resquicio de lucha en sus miradas y a sus cuerpos les quedaba demasiado grande la ropa.
Cerró los ojos con fuerza, tenía náuseas y ganas de salir corriendo de aquel lugar oscuro con olor a desesperación. Un tirón a su cabello la devolvió a la realidad y no tuvo más remedio que continuar caminando con la mano de su agresor fuertemente aferrada a su cráneo. Con la misma fuerza de un animal la arrojó dentro de una celda sin quitarle las cuerdas que la aprisionaban.
Por un momento se quedó ahí, en el suelo, con la angustia encendida en cada músculo de su cuerpo, pero al verlos salir del lugar y dejarla sola pudo relajarse y dejar caer la cabeza en el piso. Miró alrededor, las celdas contiguas estaban ocupadas con unos niños, no podían tener más de veinte e incluso así habían terminado en esa pesadilla como el resto de los criminales.
Intentó quitarse la soga por todos los medios a su alcance y, sin embargo, le fue imposible. El único resultado que obtuvo fue mantener sus manos rojas y adoloridas, lo cual, junto al desagradable hedor en el ambiente y el miedo silencioso al mañana, le impidió descansar. Logró cerrar los ojos una hora nada más y pasó el resto de la noche mirando el techo, perdida en sus pensamientos, preguntándose si su hermano se encontraría a salvo en esos momentos y se convenció de que así era, después de todo, sólo ellos podrían protegerlo.
Se acurrucó contra su propio cuerpo con las rodillas cerca de su abdomen. No era consciente de cuánto llevaba encerrada, algunos presos ya comenzaban a despertar y cada vez que veía entrar un guardia apretaba la mandíbula con fuerza, aunque hasta el momento no se habían acercado a su celda.
Cuando por fin su puerta se abrió tomaron su brazo con brusquedad y halaron de ella hasta dejarla de pie. Esta vez sólo era un hombre quien la guio hasta una especie de cuarto desolado con dos sillas a modo de muebles, eso era todo, no encontró espejos, armas o cualquier instrumento de tortura como imaginó al principio. Hasta cierto punto, pudo respirar mejor con ese descubrimiento.
Sus manos y piernas fueron atadas a una de las sillas. Con la luz encendida pudo ver mejor el rostro del guardia, llevaba el cabello marrón hacia atrás y se ajustaba la camisa a la altura de los codos, dejando a la vista sus brazos fuertes con abundante vello.
—Sabes cómo funciona esto ¿no?
Antes de poder evitar su respuesta sarcástica ésta ya había salido de su boca.
—Por supuesto. Las personas que liberan hablan tanto de su estadía en este maravilloso lugar.
Sin previo aviso el hombre estampó el puño en su rostro. La habitación le dio vueltas y tuvo que parpadear un par de veces para orientarse de nuevo a donde el sujeto se frotaba las manos como si nada.
—Parece que no lo entiendes. Yo pregunto cosas y tú respondes lo que quiero escuchar, de lo contrario, te golpearé justo como acabo de hacer ahora —se quitó la corbata y la dejó caer al suelo—. Ahora, empecemos.
...
Despertó con los toques de su sirviente en la puerta y se dio vuelta en la cama dispuesta a quedarse entre las sábanas un rato más. Por desgracia, su leal empleado no dejó de llamarla una y otra vez hasta que no se levantó a abrir la puerta todavía con el sueño marcado en el rostro y el cabello revuelto.
—¿Qué pasa, Pepper?
—Se hace tarde, su majestad. Le recuerdo que tiene un itinerario por cumplir.
Soltó un gruñido de frustración, pero no tuvo más remedio que asentir y asegurarle bajaría en unos minutos. Su baño estaba preparado desde hace rato y, aunque el agua se encontraba algo fría por su tardanza, le resultó lo más acertado para despertar a su cerebro cuanto antes.
Se detuvo frente al espejo con la bata sostenida sobre los hombros y peinó su cabello hacia atrás con los dedos; sus mejillas estaban rojas por el clima frío que lograba colarse por la ventana y su cuerpo dio un respingo con la piel erizada.
Unos minutos después bajaba las escaleras enfundada en un grueso abrigo mientras se frotaba las manos para disminuir el efecto del clima en sus dedos. Al inicio del pasillo la esperaba el jefe de los guardias con su cabello blanco bien peinado y el uniforme prolijo sobre su piel canela. Tenía los brazos en la espalda y esperaba con paciencia su permiso para hablar.
No se lo concedió, sin embargo, al instante. Con un gesto le ordenó seguirla hasta su despacho donde se detuvo para tomar la taza de café que Pepper había dejado sobre su escritorio; observó por la ventana, era muy temprano para tener malas noticias.
—¿Cuántos?
—Dos.
—Delitos.
—Robo y asesinato.
Devolvió la vista al guardia quien continuaba mirándola sin expresión.
—¿Asesinato? —le costaba creerlo—. ¿Hablas en serio?
—Me temo que sí, su majestad.
Hizo una mueca y quedó con la vista fija en el líquido marrón en el cual le gustaría poder hundirse en esos momentos.
—¿Quiere que me haga cargo, majestad?
El guardia irrumpió en su silencio con una sugerencia tentadora, pero negó con la cabeza, esa era su responsabilidad.
—¿Qué clase de reina sería si no atendiera los asuntos del pueblo?
—Usted es la mejor reina, majestad.
—Gracias, Root —sonrío y se puso en pie—. Vamos.
Hicieron el camino de regreso por los pasillos del castillo donde llevaba toda su vida. Conocía cada rincón de ese lugar, aunque le gustaría no tener que pisar algunos lugares tan seguido.
Las escaleras en caracol estaban a media luz e incluso así podía bajar con la seguridad de quien ha usado el mismo recorrido una infinidad de veces. Levantó unos centímetros su abrigo para evitar arrastrarlo por el suelo pues quitárselo no era una opción; en las celdas el frío corría libre e incluso cubierta por completo lograba erizarle la piel.
Se detuvieron junto a una enorme puerta metálica donde Root se encargó de dar unos suaves golpes. No esperaron mucho cuando ésta se abrió con un crujido de bisagras y salió uno de sus guardias con el sudor enmarcando su rostro. No pudo evitar el notar la sangre seca en sus manos y lo desaliñado de su aspecto.
—Majestad —dijo con una leve inclinación—. No la esperaba tan temprano.
Le cedió el paso dejando ver a una muchacha atada en la silla con el rostro caído a un lado, fijo en el suelo mientras su cabello le cubría los ojos. Su ropa estaba sucia y lo que alcanzó a ver de su barbilla tenía rastros de sangre; no fue hasta que su guardia la tomó del cráneo obligándola a levantar la cara cuando notó las gotas rojas resbalando por todo el contorno de sus mejillas; sus grandes ojos se habían convertido en dos hematomas y su labio estaba destruido. Se veía indefensa.
—Levanta la cabeza, estás ante su majestad —vociferó.
Ella no dijo nada, pero la miró de una forma que le provocó escalofríos y la obligó a erguirse en toda su estatura con los brazos cruzados bajo el pecho.
—¿Qué sabes hasta ahora?
—No ha dicho nada, Root. Le he preguntado mil veces por lo que pasó, pero...
Dejó la frase a medias. El silencio volvió a ser el invitado principal al esperar la respuesta que daría la reina, pero ella parecía más concentrada en observar el estado de la joven a quien continuaban sosteniendo del cabello y que, todavía en esas circunstancias, la miraba con autosuficiencia.
Se guardó un suspiro al darse cuenta de que no tenía más alternativa y se vería obligada a aplicar el castigo más severo de los muchos en la colección. Porque una golpiza a cambio de un asesinato no era suficiente, no lo era para ella ni lo sería para el resto de su pueblo, acostumbrados como estaban a la ley del ojo por ojo que con tanto esfuerzo había logrado imponer.
—¿Tiene familia?
Casi deseó que la respuesta fuera negativa.
—Sí, un hermano.
—Ya veo —guardó silencio un momento y dejó de mirarla para enfocar su atención en el guardia quien seguía esperando por sus órdenes—. Háganse cargo.
—Majestad... Nadie sabe dónde está.
Su sonrisa, a pesar de los golpes y la sangre, fue evidente.
—En ese caso —respondió ella—, llévenla a la celda de contención. Dos semanas. Cuando salga se quedará para servir en el palacio.
El guardia, despeinado, estiró con más fuerza el cabello de la joven y mostró una expresión desagradable, la de alguien que disfruta con el sufrimiento ajeno.
No quería seguir viendo como su destino era decidido por una tirana mientras los sujetos a su alrededor se regodeaban en su miseria, pero tampoco quería bajar la mirada y dejarla ganar. No pensaba mostrarle miedo ni sumisión, jamás, pasase lo que pasase.
—Majestad... —la llamó antes de irse—. ¿Quiere que sea marcada?
Se veía ansioso. Bonnibel detestaba eso, el hedor a sangre y la felicidad ante ésta, aunque en lugar de mostrar su desagrado por la pregunta, asintió.
—Por supuesto, sabes que cualquier persona que vaya a quedarse como esclavo debe llevar la marca.
—Muy bien.
Casi deseó verla quedarse porque con su presencia los golpes se habían detenido, pero la reina no volvió a mirarla ni se quedó mucho tiempo en ese lugar. Salió tan rápido como entró, dejándola sola con ese animal que tenía por guardia, quien apenas quedarse solos de nuevo le dio un golpe tan fuerte que la dejó semiconsciente. Sus piernas no respondieron cuando intentó levantarla de la silla, ya con las manos sueltas, todo cuanto pudo hacer fue tocar el suelo.
Sintió cómo la tomó de los brazos y levantó su cuerpo fácilmente, sus pies arrastraban su peso a medias y ni siquiera intentó limpiar la sangre en su rostro pues sus brazos no respondían igual. Apenas notó el nuevo espacio donde se encontraba; vio fuego, algunos instrumentos desconocidos para ella y una mesa donde fue atada otra vez, aunque ya no tenía fuerzas para oponer resistencia a nada.
Sus ojos se quedaron fijos en el techo de la habitación, una lámpara dejaba siluetas difusas dentro de aquel lúgubre sitio, pero no podía mirarlas porque su frente estaba sostenida también con una gruesa cuerda de cuero para mantenerla en su sitio. No entendía lo que estaba ocurriendo, pero las palabras de la reina resonaban en su memoria como taladros gigantes, perforando las brumas de su desorientación.
De pronto, un ardor se extendió desde su cuello hasta la punta de los pies. Alguien sostenía una placa de metal sobre su brazo con tal brutalidad que tan sólo sentirla la dejó exhausta, no pudo seguir resistiendo el dolor ante tanto abuso y en un instante ya no pudo ver ni oír nada más, la obscuridad envolvió su voz, sus ojos y el entorno completo.
...
Un sonido metálico la despertó. Estaba sobre el suelo en una habitación vacía, apenas un baño en una esquina, pero no había ventanas por donde pudiera entrar la luz por lo cual apenas podía ver el vacío a su alrededor. Se recargó en la pared, tenía el cuerpo adolorido y revisó su brazo al recordar el dolor que logró hacerla desmayar.
No veía con claridad, pero distinguió el emblema de la casa real en su piel con sangre seca por las orillas. Esa marca sólo la había visto antes en una persona, aunque la otra llevaba tachado el escudo.
Frente a la puerta había un plato con pan y agua. Comer así le resultó una humillación, pero también sabía que de rehusarse a tocar bocado podría permanecer un largo tiempo hasta que alguien volviera a darle algo. Así que comió con las manos, sentada en el suelo mientras escuchaba ese incesante goteo en alguna parte de esas cuatro paredes.
En su pantalón, algo le molestó en la pierna y al sacarlo recordó el obsequio de su hermano. Esa figura de madera la observaba desde la oscuridad y la acarició con gesto ausente. Quería a su hermano a su lado, pero sin duda prefería saberlo a salvo al otro lado de ese castillo donde pisar ese lugar era motivo suficiente para ser apaleado casi hasta la inconsciencia.
Quería salir de ahí, pero sólo limpió su cuerpo magullado con la ropa que llevaba puesta. Podía sentir sus mejillas pulsando ante los hematomas, sus manos y piernas todavía temblaban y ponerse en pie le recordó el par de costillas rotas por lo que volvió a sentarse. Acababa de entrar en una pesadilla.
...
La luz de la luna se colaba por su ventana abierta donde ella se asomaba en ese momento; llevaba la bata puesta sobre los hombros con un camisón por debajo y el cabello suelto se le enredaba en el rostro de donde intentaba quitarlo una y otra vez sin mucho éxito.
Bajo sus pies, las personas volvían también a sus celdas con la escolta pertinente y pronto el castillo se vería envuelto en completo silencio. Sus sirvientes hacia rato ya que dormían plácidamente en sus habitaciones, pero ella no conseguía mantenerse en la cama porque al cerrar los ojos encontraba esa mirada desafiante que tanto la había perturbado.
No podía ver en esa chica la capacidad de asesinar a alguien, no con una mirada como esa y, sin embargo, ahí estaba, encerrada en su castillo por un crimen de tal magnitud.
Revisó el expediente: su nombre era Marceline Abadeer, trabajaba en los cultivos y vivía en los límites de la ciudad con su hermano menor. Se quedó huérfana cuando apenas tenía dieciocho años y cuidó de su hermano desde entonces; los vecinos juraban no haber visto salir a nadie de su casa la noche del arresto, así que ahora el niño continuaba desaparecido.
Le quedó claro que había encontrado la manera de esconderlo y su sonrisa al mencionarlo durante el interrogatorio se lo confirmaba. Y quizá era mejor así, su hermano tenía apenas siete años, no merecía castigo alguno por un crimen cometido por alguien más.
Sonaron dos golpes en la puerta y se envolvió el cuerpo en la bata antes de ir a abrir. Un cabello blanco quedó al descubierto; Pepper llevaba su ropa de dormir y una taza humeante entre las manos que le tendió a la reina en cuanto abrió la puerta.
—¿Qué es esto?
—Té. Parece que lo necesitas.
—Gracias, Pepper.
Entró en su habitación y él la siguió cerrando la puerta al pasar. La conocía desde que era una niña pues llevaba largo tiempo sirviendo a la familia real y podía decir con certeza cuando algo estaba atribulando sus pensamientos.
—¿No puede dormir, majestad? ¿Es por su familia?
—No —respondió enseguida—. No se trata de mí, sino de los presos.
—¿Qué pasa con ellos?
Bonnibel cerró los ojos, un gesto que sólo podía permitirse en presencia de su mayordomo, y se llevó la taza a los labios. Cuando los abrió de nuevo Pepper seguía esperando una respuesta con las manos cruzadas al frente.
—Me gustaría no tenerlos aquí. ¿Por qué siguen cometiendo crímenes si conocen el precio?
—No a todas las personas les importan las consecuencias, Bonnibel.
Se sentó al bordo de la cama y dejó la taza sobre un mueble donde descansaba una lámpara encendida. Su mayordomo tenía razón, llevaba años con su sistema y, aun así, había personas que seguían desafiando su autoridad y aceptando los castigos como si no fueran gran cosa, aunque al final todos terminaran sin esperanzas, rotos por completo, atrapados para siempre en la esclavitud.
—No lo entiendo, Pepper —confesó.
—No hay nada que tú debas entender, sólo cumples con la responsabilidad que se ha puesto sobre ti, depende de ellos tomar sus propias decisiones.
La luna volvía difusas las sombras a través de la cortina. Afuera, en cambio, el silencio era abrumador, demasiado solitario para su gusto pues a esas horas el reino entero dormía —o la mayor parte de él—, y en su habitación las luces todavía permanecían velando su insomnio.
Pepper esperó junto a ella con la mirada en la misma dirección, como si observando la ondulación provocada por el viento en los aposentos de la reina pudiera comprender aquello en sus pensamientos que no la dejaba dormir.
—Puedes irte, Pepper, gracias por el té.
—Su majestad...
—Necesito estar sola —lo interrumpió y se puso en pie—. Me iré a la cama e intentaré cerrar los ojos, así que no te preocupes, hablamos mañana.
El hombre asintió, no podía desobedecer órdenes directas, de modo que dio vuelta y se retiró. Sólo entonces cerró con llave para meterse bajo las suaves mantas de seda, aunque sus ojos permanecieron irremediablemente abiertos por un par de horas más.
Así, en su cama, bajo la protección de la noche, se recordaba a sí misma de niña, siendo abrigada por los brazos amorosos de sus padres. En aquel entonces no llevaba ni siquiera la mitad de la carga que pesaba sobre sus hombros en esos momentos; se divertía imitando a su padre cuando daba órdenes, pero nunca imaginó que realmente llegaría a hacerlo y que de eso dependerían muchas vidas… No era tan divertido como imaginó.
