Holaaa, lamento la demora.

Ustedes se merecen más que una escritora irresponsable, pero es lo que hay jaja

Paso a dejarles este nuevo capítulo que espero disfruten mucho, cuídense, un abrazo enorme.


Para Marceline los días se disolvieron en la penumbra de la habitación; al principio intentó contar lo que creía serían horas dentro, pero con el tiempo sus intentos por contabilizar el encierro se redujeron a cenizas y la desesperación comenzó a actuar en su contra.

Cada tanto una bandeja de comida era introducida por una pequeña abertura en la puerta, en ese momento la luz del corredor lograba filtrarse e iluminaba sólo el borde de sus pies; duraba unos segundos, pero era la única luz que era capaz de percibir.

Ahí dentro no llegaba un soplo de viento ni el canto de los pájaros, se frustraba tratando de adivinar si era de día o de noche; tomó por costumbre dormir cuando su cuerpo se lo pidiera y notó la llegada de la comida en los momentos donde su apetito estaba a punto de devorarla desde el interior por lo cual no podría asegurar que estuviera siendo alimentada más de una vez al día.

Se recostó en el suelo como llevaba haciendo desde que la dejaron en ese lugar; por alguna razón, siempre estaba húmedo. A veces imaginaba que era a propósito para disgustar más a cualquier "huésped" que tuviera la desdicha de terminar ahí y perdía un poco la cabeza con ese incesante goteo. Al principio lo ignoró, se preocupaba demasiado por dejar en orden sus pensamientos y pasaba por alto los sonido de la habitación, pero entre más lo escuchaba más ganas le daban de estrellar su cara contra la pared.

El dolor que sentía por los golpes también disminuyó considerablemente. Ahora podía abrir los ojos y observar con claridad las cuatro paredes donde se encontraba; intentaba entretenerse contando las manchas en la pared, las cuales con seguridad no serían otra cosa que el reflejo de pequeños insectos pues aparecían y desaparecían durante largos momentos. Podrían ser días, semanas, no sabría decirlo.

Sus ojos ya distinguían cada detalle y cuando mejor enfocado tenía un objeto, la rendija lanzaba su pequeño rayo de luz y el punto de enfoque volvía a empezar desde cero.

Volvió a pasar el juguete entre sus dedos. El recuerdo de su hermano era cuanto necesitaba para recobrar la compostura y dejar de sentirse en un constante estado de pánico, creyendo que en cualquier momento la puerta se abriría sólo para someterla a una nueva tanda de golpes.

El chirrido de la puerta la hizo reaccionar en automático y guardó con recelo el perro de madera en el fondo de su bolsillo. La luz la cegó por unos minutos donde sólo pudo distinguir una silueta de hombre recortada contra la lámpara del corredor.

Sintió el tirón en el brazo cuando la sacó del lugar y entrecerró los ojos; cuando al fin logró ver a su alrededor recordó a medias el pasillo puesto que la habían llevado inconsciente al encerrarla. Ahora, la llevaron arriba junto a otros dos chicos que ya se encontraban recogiendo las hojas del patio en bolsas de plástico.

Recibió un rastrillo y la orden de comenzar a trabajar; aun algo desorientada obedeció porque de no hacerlo se arriesgaba a recibir más maltrato. La chica a su lado le sonrío y la ayudó a incorporarse al trabajo cuando la notó cansada.

—No te había visto, ¿eres nueva? —preguntó.

Ella lo observó con cautela. A lo largo de sus años le enseñaron a no confiar en cualquier persona, en especial en ese reino donde las paredes tenían oídos tan agudos que podrían escuchar el aleteo de una mariposa.

La muchacha, en cambio, seguía esperando una respuesta sin dejar de barrer las hojas en el suelo. Llevaba el cabello negro recogido en un moño que apenas podía sostenerlo a causa de su amplio volumen, las manos se le notaban callosas y su piel morena parecía acostumbrada a largas jornadas de trabajo. Después de pensarlo unos minutos decidió que no era una amenaza y se relajó.

—Supongo que sí. Ya no estoy segura de cuánto tiempo llevo aquí, aunque no es mucho.

La vio asentir como si fuera algo normal no recordar el paso de los días.

—Así que te tuvieron en aislamiento. Debiste hacer algo terrible para conseguir ese castigo.

No respondió porque no era necesario. La chica no parecía interesada en saber más sobre su crimen, lo cual fue un gran alivio pues no quería hablar de ello.

—Mi nombre es Keila, por cierto, ¿cuál es el tuyo?

—Marceline.

—Lindo nombre. Aquel chico de allá es Beltran —dijo al señalar a un muchacho de cabello café y piel canela que continuaba abstraído en su tarea unos metros más lejos.

Él, al escuchar su nombre, levantó el rostro y les dedicó una breve sonrisa junto a un gesto de la mano que bien podía ser un saludo.

Ellas respondieron de la misma forma.

—¿Llevan mucho aquí? —se atrevió a preguntar.

—Un par de meses.

Marceline los observó de nuevo, esta vez con mayor atención, ambos llevaban el mismo símbolo que ella grabado en el brazo. Fuera de los muros del castillo era imposible encontrar alguien con esa marca porque quien la tuviera no salía nunca de ahí.

Se limpió la tierra del rostro con la camiseta. No se sentía con fuerzas para continuar y no era la única, notó la fatiga de Beltran incluso desde la distancia; lo vio detenerse y sostener con fuerza el rastrillo como medio de apoyo. Se veía en su rostro el cansancio, aunque continuó con su trabajo un segundo después.

El viento frío le golpeaba el rostro y agitaba las copas de los árboles provocando la caída de más hojas sobre sus cabezas y se preguntó en silencio si en realidad este trabajo tendría fin.

A lo lejos vio al chico resbalar con la humedad y caer de bruces al suelo. Al levantar el rostro tenía un hilillo de sangre en la frente y, por lo que alcanzó a notar, era incapaz de levantarse; no dejaba de tomarse la pierna sin quitar el rictus de dolor de su cara.

Quiso correr a socorrerlo, pero Keila se lo impidió sosteniendo con fuerza su brazo. Al principio no entendió el motivo de su reacción, incluso pensó en protestar por ello, sin embargo, no pudo hacerlo al notar su expresión seria en el rostro.

—No te atrevas a detenerte. Lo vas a empeorar todo.

—Necesita ayuda.

—Lo sé —la vio apretar la mandíbula y entendió que no estaba siendo indiferente por gusto—, pero si lo ayudas les irá peor a ambos.

Lo entendió, pero estaba en contra de su instinto dejar a alguien a la deriva mientras pudiera hacer algo al respecto. Cuando se acercó, ya venía un guardia en su dirección, con la fusta bien sujeta en su mano derecha y el cabello peinado hacia atrás. No parecía contento.

—¿Qué haces? —preguntó Beltran—. Van a regañarte también a ti, sólo déjame solo.

—Apoya tu peso en mí —dijo ignorando su petición—. Y pasa la mano sobre mis hombros.

A sólo unos pasos, el guardia ya gritaba en contra de ellos.

—¡A trabajar, holgazanes! ¿Quién les dijo que podían detenerse?

Lo levantó como pudo. Su cuerpo le resultó ligero, a pesar de su tamaño y le pareció preocupante; al parecer no la castigaban sólo a ella con una mala alimentación sino a todos.

—Estoy bien, por favor, vete.

Pero ella se negó a dejarlo porque era evidente que no podría mantenerse en pie por su cuenta.

El guardia llegó enojado, ni siquiera esperó a escuchar explicación alguna cuando asestó su espalda con la fusta. Casi cae de bruces ante el impacto y el peso del chico, sin embargo, logró detenerse a tiempo y le dio la cara. No quería someter su altruismo por culpa de personas incapaces de sentir empatía.

—¿Qué crees que haces? ¡Vuelve al trabajo!

—Necesita atención, se lastimó la pierna —respondió.

—Si no vuelves al trabajo ahora lo lamentarás.

—No puedo hacerlo hasta no saber que él estará bien —dijo con altanería.

Beltran la observa sorprendido ante su atrevimiento. Era incapaz de soltarse porque la mirada del guardia lo mantenía petrificado en su lugar.

Quizá era una tontería responder de esa forma a quien podía volver a golpearla, pero no le importó. Mantuvo la cabeza en alto incluso después de que el cuero le lastimara el rostro por la fuerza con la cual la agredió por segunda vez, y levantó la mano de nuevo; ella sólo cerró los ojos, esperando, pero el golpe nunca llegó. La reina se encontraba de pie junto a ellos y Marceline no supo explicarse cómo llegó ahí tan rápido sin que se diera cuenta.

—Llévalo a la enfermería —dijo al hombre quien sumiso ante la presencia de su majestad, asintió—. No nos servirá de nada si permanece lesionado.

—Como ordene, Majestad.

Arrancó el cuerpo del chico de sus brazos y lo vio perderse con él dentro de las inmediaciones del castillo. Quiso decir algo a la mujer que continuaba observándola, sin embargo, se vio interrumpida por su voz autoritaria y volvió a sentir ese recelo del primer día. No la quería cerca, ella no era humana, no era su reina y odiaba con todas sus fuerzas su forma de tratar a las personas. Como si valieran menos sólo por no ser parte de su mundo.

—Vuelve al trabajo —le ordenó—. No quiero más distracciones.

—Lo que diga, Majestad —escupió con disgusto.

—Estás loca —le dijo Keila en cuanto llegó a su lado—. Nadie en su sano juicio le hablaría de esa forma a las autoridades del reino, en especial a la reina.

—Ella no es mi reina.

Keila parpadeó sin entender, pero Marceline no agregó nada más.

...

—¿Cómo sigues, Beltran? —preguntó Keila.

Él giró en su lugar para ver a través de las rejas que los separaban. Marceline ocupaba la celda del centro, justo entre Keila y Beltran, así que constantemente participaba en la conversación.

—Mejor. Aquí no te atienden muy bien, pero al menos ya puedo caminar.

—Menos mal que apareció la reina, sino ese hombre los hubiera golpeado hasta el cansancio.

—¿De verdad lo ves como algo bueno? —preguntó Marceline sin poder contenerse—. Esa mujer es la razón por la que nos tratan así.

Keila se acercó a su celda y recargó el cuerpo contra los barrotes. Tenía las piernas cruzadas una sobre otra y las manos aferradas a las rodillas mientras su mirada se perdía en las paredes.

—Tú acabas de llegar, en estos meses yo he recibido infinidad de golpes, pero estos siempre se detienen cuando ella está presente —continuó hablando al notar que pensaba protestar—. No se trata de que la considere perfecta porque sé que estas absurdas leyes son idea suya. Lo único que quiero decir es que cuando está cerca te golpean menos, así que no me malentiendas, no la estoy defendiendo... Si pudiera... Olvídalo, no importa.

No quiso obligarla a hablar porque ella misma entendía el peligro de soltar amenazas contra la mujer al mando de todo. Si alguien la escuchaba se metería en problemas.

—Será mejor ir a dormir —sugirió Beltran—. Mañana será un día complicado.

—¿Por qué lo dices?

—¿No lo sabes? —preguntó Keila—. Mañana se dará una fiesta en el castillo para conmemorar los diez años desde que la reina subió al trono. Los reyes de otros reinos están invitados, así que habrá toda una conmoción.

—Diez años... Es bastante tiempo.

—¿Eso importa? De todos modos, siempre reinará ella, a menos de que tenga un heredero pronto. Lo cual dudo mucho.

—¿Por qué lo dices? —preguntó al chico quien ya se había recostado boca arriba con los brazos sobre el abdomen.

Parecía no importarle el frío que corría libre por los pasillos, pero su piel erizada lo delataba.

—Eres nueva, Marceline, todavía hay muchas cosas que no sabes, pero se dice por los pasillos que la reina no está interesada en sentar cabeza.

—¿En serio?

—Yo también escuché algo parecido —apuntó Keila—. Aquí las paredes oyen, pero también hablan bastante.

No volvieron a tocar el tema. Ellos se quedaron dormidos a los pocos minutos, pero para Marceline fue imposible sacar esas palabras de su cabeza. Si de verdad las paredes tenían tanto que contar, estaba dispuesta a escuchar hasta la última palabra.

...

Bonnibel escuchó los golpes a su puerta desde su lugar en la ventana. El sol aún no comenzaba a salir, pero el pueblo yacía despierto, en las calles se movía cada vez más gente y por el castillo podía escuchar los pasos de sus sirvientes en el ir y venir de sus labores.

Giró cuando la puerta se abrió. Su mayordomo de confianza iba en compañía de algunas doncellas, quienes de inmediato entraron a prepararle el baño mientras el anciano hombre se acercaba a ella con un café bien cargado.

—Siempre sabes lo que necesito, Pepper —dijo con una sonrisa mientras se llevaba la taza a los labios.

—No ha podido dormir ¿no es verdad?

Se quedó en silencio por un rato y dejó el café sobre la ventana.

—Ya van varias semanas así, no puede continuar de esa forma, Majestad.

Ella resoplo. Pepper se tomaba muy en serio su papel de niñera, desde que tenía uso de razón era un constante: no hagas esto, aquello es inapropiado para ti, deberías dormir más, comer mejor, evita hacer gestos, etcétera. No le parecía particularmente molesto, pero resultaba cansado vivir con reglas constantes que, según él, no debía romper si quería permanecer dando una buena imagen al resto del pueblo y a los soberanos de otros lugares.

Ese día en especial no tenía permitido ser una persona.

—Te lo digo por tu propio bien, Bonnibel.

—Lo sé, Pepper, ahora déjenme sola —pidió a él y a las doncellas que ya habían terminado y esperaban sus órdenes—. Hoy hay mucho por hacer.

Una vez con las personas fuera de su habitación, se relajó. Dejó caer la bata desde sus hombros y caminó con los pies descalzos hasta la bañera donde se sumergió lentamente; hundió el rostro en el agua unos segundos, tiempo suficiente para alejar las distracciones en su mente y enfocarse en la fiesta que tenía por delante, con la cual no estaba emocionada, pero consideraba necesaria.

Cuando emergió de nuevo se apartó el cabello del rostro con una mano y recargó su peso en la bañera. El espejo a un costado le devolvió su reflejo perfecto, matizado por el vapor del agua caliente, e incluso a la distancia pudo distinguir el tono rozado de su piel y el brillo de sus labios húmedos.

Observó su cuerpo desnudo al salir. Estaba limpia, sin cicatrices o imperfecciones y le resultaba extraño mantener un cuerpo en ese estado pues era como no haber vivido ninguna experiencia. Si miraba la calle los niños llevaban tierra en las manos y tanto grandes como chicos llevaban marcas de sol, de caídas, de vida, en cambio ella no tenía historias por contar debido a la protección y recato establecidos desde su niñez.

En un día normal se encargaría por su cuenta de la vestimenta del día, sin embargo, por ocasión especial dejó hacer a sus doncellas quienes, con una sonrisa, parecían encantadas de ayudar. Tocaban su cabello con cuidado mientras otra se encargaba de perfeccionar su atuendo y entre tanto, no podría sentirse más como un títere y menos como una persona.

...

Estaba en las caballerizas cuando llegó el primer carruaje. Vio de lejos los ornamentos brillantes, los colores con destellos ante el frío sol de invierno y escuchó el golpeteo de los cascos de los caballos contra el suelo pedregoso.

Las personas que bajaron llevaban gruesa ropa que los protegiera del viento mientras un par de criadas tras ellos temblaban con su ligero atuendo, no muy diferente al propio que apenas conseguía evitar la hipotermia.

Dejó de mirar cuando entraron al castillo. Bajo sus pies el heno regado alrededor picaba en sus tobillos y ella intentaba llevarlo a una esquina con una escoba para dejar el suelo descubierto, tal como le habían pedido que hiciera.

Beltran y Keila fueron asignados a tareas distintas, así que desde esa mañana se encontraba sola con una sensación inquietante subiendo por su espalda. La cual incrementó considerablemente al entrar a ese lugar, el cual estaba vacío en esos momentos pues la mayor parte de los sirvientes se encontraban ayudando con los preparativos de la fiesta.

Se detuvo de nuevo para ver sobre su hombro, pero no encontró otra cosa aparte de los caballos ondeando su cola contra las moscas. Sonrío al ver a un ejemplar blanco como la nieve con una pequeña marca de color negro en la frente; una vez se aseguró de no ser vista, se acercó y frotó el hocico del animal con suavidad.

—Hola amiguito —dijo con voz dulce—. ¿Tú también estás encerrado aquí? Se nota en tu rostro que necesitas libertad... Algún día la conseguiremos, te lo prometo.

Se quedó a su lado un largo rato antes de retomar su tarea. Era cansado, pero mantenerse en movimiento ayudaba para no sentir el helado viento del norte que se colaba por la puerta del frente.

Un instante después tenía sobre la boca una mano delgada pero fuerte y otro brazo la sujetaba por la cintura. Se sintió de la misma forma que cuando llegó ahí: sometida sin su consentimiento, con sus alas cortadas en pedazos mientras la rabia y el miedo se abrían paso a empujones en su interior.

El extraño se limitó a llevarla arrastrando hasta una de las caballerizas vacías a pesar de sus forcejeos e intentos vanos por alzar la voz. No fue hasta escucharlo hablar que optó por dejar de moverse y relajó la tensión en su cuerpo.

—Trigo y maíz.

Sonaba como una tontería sin sentido, pero eran las palabras clave utilizadas por su grupo y hacían referencia a una época anterior del reino cuando esos eran los principales productos que obtenían de las cosechas. Antes de que la hija menor de la familia real tomara la corona.

El agarre fue aflojado poco a poco y entonces respiró de nuevo. Se sentía acelerada, pero de igual forma se dio la vuelta para confrontar a la persona que la tomó desprevenida; un muchacho, probablemente menor que ella, le observaba con sus pequeños ojos azules, aunque en realidad lo más destacable de su aspecto era su cabello tan rubio y limpio como el oro.

—Intenta hablar primero la próxima vez. Casi me matas del susto —le reprochó y aun con desconfianza preguntó—: ¿Quién eres?

Llevaba puesto el uniforme de los guardias del palacio e incluso su postura era igual a la de ellos. No parecía campesino ni aldeano, ni siquiera daba muestras de pertenecer a una familia humilde sino al contrario por lo cual le creaba recelo incluso saber que conocía esas palabras.

—Me llamo Finn —Se acercó para hablar en susurros—. Soy parte del grupo.

—¿De qué hablas? ¿Se supone que debo confiar en ti? Eres un guardia.

Era un reclamo, una acusación breve y concisa que puntualizó al cruzarse de brazos y permanecer en silencio con la mirada desafiante.

—¿Entonces no te interesa la información que me dieron para ti sobre tu hermano? No hay problema, simplemente pasa de mí, imagina que esto nunca...

Lo tomó de la camisa con fuerza haciéndolo retroceder, pero él sólo sonrío, no como el resto de las personas ahí sino con amabilidad y confianza.

—Dime qué sabes sobre mi hermano.

—Él está bien. Lo están cuidando y quiere entrenar con el resto de los niños.

Marceline lo soltó, olvidando por un momento su desconfianza.

—No me gustaría que tuviera que hacerlo, pero quizá sea lo mejor.

Él se acomodó el cuello de la camisa y miró alrededor para asegurarse de que no hubiera nadie cerca antes de seguir la conversación.

—Me han dicho que estabas aquí y que contactara contigo. Cualquier cosa que necesites hacerles saber será mejor que sea a través de mí. No hay ningún otro amigo en este lugar.

—Sólo quiero que le digas a mi hermano que tendrá que esperar un poco más.

Él asintió.

—Me encargaré de que lo sepa.

Tardó un rato más en hablar. Se llevó las manos a la cintura y lo miró ya sin la nostalgia en los ojos.

—¿Sabes cómo van las cosas?

—Avanzando —respondió sin dar detalles—. Mientras estés aquí no me busques, yo me acercaré a ti. Si necesitas algo tendrá que esperar a que nos veamos.

—Entiendo.

Escucharon ruido de caballos y ambos reaccionaron tirándose al suelo. El polvo les hizo cosquillas en la nariz, pero no movieron un músculo hasta escuchar el carruaje entrar a uno de los compartimientos, sólo entonces se atrevieron a levantarse y salir de ahí.

—Te llevaré a tu celda —dijo el chico—, tengo órdenes de llevar a todos los esclavos dentro donde no puedan ser vistos por las visitas.

—¿Así que ya soy una esclava?

—Desde el preciso momento en que te pusieron esa marca —respondió señalando la cicatriz que ahora adornaba su brazo.

Se cubrió con la mano. Odiaba llevar el blasón de la familia a todos lados sin poder hacer nada al respecto, pero quitarlo de alguna manera sólo le complicaría las cosas. Cuando lo veía un suspiro involuntario escapaba de sus labios con fuerza pues se sabía sentenciada con esa marca.

Se detuvo de golpe al chocar con alguien frente a ella y sintió los brazos del chico de nuevo aferrados con fuerza a su cuerpo, esta vez a su brazo mientras la alejaba con rapidez y la brutalidad típica del resto de los guardias.

—¡Cómo te atreves, delincuente! —lo oyó quejarse y se sintió herida por confiar en él.

La persona con quien chocó la miró sin enojo, incluso se veía una sonrisa escondida en su rostro y respondió divertido.

—Tranquilos, no me ha pasado nada, déjenme en paz —pidió a sus sirvientes que lo habían rodeado para asegurarse de mantener su atuendo en posición—. En cuanto a usted, señorita, debería tener más cuidado por donde va.

Lo vieron alejarse y Finn la llevó todavía del brazo hasta cruzar el patio; una vez lejos de las caballerizas la soltó y ella comenzó a frotar su piel lastimada mientras lo acusaba con la mirada.

—Es mi trabajo comportarme así —se explicó—. De lo contrario nadie creería mi tapadera.

—Sí, sí, lo que sea —se quejó—. ¿Quién era ese sujeto?

—Otro invitado de la princesa, un duque de otro reino. Debes tener cuidado, no todos son tan clementes.

...

Estiró los brazos sobre la cabeza. Su momento favorito del día era cuando le permitían darse un baño, aunque fuera con el agua medida y sin la intimidad necesaria; el agua fría le daba escalofríos, pero se sentía limpia tras una larga jornada limpiando los desastres del castillo.

Beltran y Keila se quedaron dormidos de inmediato al tocar el suelo y alguno de ellos —o quizá alguno de los otros presos— roncaba con fuerza.

Arriba se escuchaba todavía el sonido de la música del salón principal donde en esos momentos la reina estaría celebrando con sus ricos amigos y le hervía la sangre al recordar la simpleza con la que vivían en su casa y en el resto del pueblo.

Muchos estaban acostumbrados a dar gracias por ser tratados como iguales y tener la tasa más baja de delitos que cualquier otro reino, sin embargo, no le parecía suficiente seguir en una jaula aunque ésta fuera de oro.

Keila era un ejemplo de ello. Vivía conforme con la realidad en la cual era esclava sin pensar en una posibilidad de mejorar porque para ella lo que ya tenían era bastante considerando su situación. A Beltran, en cambio, no era capaz de entenderlo todavía pues se mostraba indiferente, a pesar de su evidente inconformidad.

Respiró hondo. No tenía sentido perder el tiempo en vagos pensamientos; sonrío al recordar que al menos su única familia estaba a salvo y aprendería pronto a defenderse.

Arrugó la nariz al pensar en Finn. Parecía un buen chico con esa sonrisa amable y el carisma con el cual hablaba a las personas, pero era imposible olvidar que era parte de la guardia, ¿por qué un miembro del grupo sería servidor del reino? Incluso si era un espía, ¿cómo consiguió ganarse el puesto? Esperaría la ocasión adecuada para preguntarle.

En la oscuridad escuchó un crujido en alguna parte de las celdas, pero por más que intentó escuchar alguna otra cosa, el silencio se volvió denso de nuevo, incluso los ronquidos se habían detenido. No le dio más importancia y pronto cayó dormida también.


Respuestas a los reviews.

mblaqplus02: Aww, ¡que dulce!

Love novels: Owww, de verdad muchas gracias por eso.

UniverseOceanBlue: ¡Muchas gracias!