¡HOLA! VOLVÍ.

Bien, sé que tendría que darles muchas explicaciones, pero sólo les ofreceré mis disculpas por la demora, no es mi intención demorar tanto en cada actualización, pero esta vez no pude regresar antes por una u otra cosa.

Y bueno, si alguien sigue aquí, debe saber que jamás abandono una historia, eso seguro. Gracias por la paciencia, los quiero y les mando un gran abrazo y muchos besitos.

No se expongan demasiado, ya volveremos pronto a salir. Nos leemos pronto.


Se despertó con el sonido de botas en el pasillo y cuando logró incorporarse vio los rostros de Keila y Beltrán pegados a los barrotes de la celda, espiando el camino por donde pasaba en esos momentos dos guardias y la reina. Por un momento pensó que habría llegado algún otro desgraciado durante la noche al cual se encargarían de interrogar ahora, pero cambió de idea cuando vio el final de su camino a unos pasos de distancia.

En otra celda, una persona permanecía suspendida con la sabana atada al cuello y recordó de pronto el sonido misterioso que escuchó la noche anterior. Se le revolvió el estómago viendo como los guardias cortaban la sabana sin ningún tipo de consideración; el golpe resonó en las celdas y vieron cómo lo tomaban en hombros para sacarlo del lugar.

Marceline también se levantó al igual que el resto de los presos y sujetó con fuerza los barrotes. Sentía impotencia y rabia de ver a esa pobre alma sucumbir ante el castigo al que era sometido por esa fría mujer la cual caminaba frente a los dos guardias, guiando su paso y dejando en claro que una muerte más no era de su interés.

Sus zapatos todavía resonaron en las escaleras largo rato, y poco a poco se dejó caer en el suelo, incapaz de soportar más tiempo esa imagen en su mente, ¿cuánto habría de sufrir para llegar a tomar una decisión como esa? Se cubrió el rostro con las manos y de no ser por la voz de Keila llamándola, continuaría así por un rato más.

—Está bien, tal vez es mejor así. Al menos ha dejado de ser un esclavo.

—¿Y qué pasa con su vida? —reprochó—. Las personas que ha dejado... Jamás sabrán lo que pasó.

—Su familia probablemente ya ni siquiera lo quería. Siempre pasa cuando llegas aquí —respondió.

Beltrán le dio la razón.

—Pasas inmediatamente a ser un rechazado —dijo.

Se puso en pie, molesta. No podía soportar la idea de que decidieran normalizar eso también, de que pensaran que era mejor así y sólo agacharan la cabeza.

—¡Qué dicen! ¿¡De verdad están de acuerdo con ser nada para ellos!?

—Baja la voz, Marceline —le pidió Beltrán—. Van a escucharte.

—¡Que me escuchen! No les tengo miedo.

—Dale tiempo. Ya entenderá —dijo al chico y habló de nuevo, esta vez hacia Marceline—. Te lo dije antes y te lo repito, al igual que a ti me asquea todo esto, pero no hay nada que podamos hacer más que aceptarlo.

—Eso no es verdad —respondió con tristeza al ver la poca esperanza que conservaban ambos—. Hay salidas, Keila.

—Te lo digo por tu bien, Marce, adáptate o sólo conseguirás pasar un infierno. Tú me agradas, pero esa personalidad que tienes terminará por meterte en problemas.

—Te agradezco tu preocupación, pero no la necesito.

Beltrán y Keila se miraron nerviosos, sin embargo, guardaron silencio al verla tan enojada. Tenía los brazos cruzados y miraba fijamente el extremo opuesto de su celda, aunque sus pensamientos estuvieran perdidos en los rincones más altos del castillo, en una mirada azul toda poderosa que conseguía asesinar sin mover un sólo dedo. Y la odió.

Se encerró en su despacho e intentó fingir desinterés. Los guardias se marcharon a sus respectivas tareas y el único en quedarse frente a la puerta cerrada fue su mayordomo; bajo la luz del pasillo, podía ver la sombra de sus zapatos al otro lado de la habitación.

Su presencia consiguió hacerla sentir peor porque sólo él podía entender sus sentimientos en este momento y no le apetecía enfrentarlos. Merecía un descanso, arrellanarse de nuevo en la mentira ensayada, fingir una entereza que se iba resquebrajando con cada vida terminada a causa suya.

El día anterior pasó demasiado tiempo con un montón de desconocidos a los cuales impresionar. Tanto esfuerzo resultaba desgastante, pero estaba acostumbrada, no conocía otra vida aparte de esa; incluso cuando era niña y sus padres eran los encargados del reino, su comportamiento, su vestuario, el peinado, hasta las palabras, todo debía ser controlado o medido. Si algo inadecuado salía por accidente era reprendida por el hombre tras la puerta porque ni su padre ni su madre eran capaces de decirle nada al respecto, tan buenos como eran.

Ahora, con el paso de los años las cosas iban por el mismo rumbo, a diferencia de que actualmente llevaba tanto en su propio engaño que ya le resultaba sencillo. Por eso reguló su tono de voz para sonar indiferente cuando echó a Pepper de su puerta. Su presencia resultaba perturbadora con el paso de los minutos, a pesar de ser casi parte de la familia, tanta atención le causaba desazón e incomodidad.

—Puedes retirarte, Pepper, estoy bien.

La silueta desapareció dejándola sola.

Los cultivos le devolvían la vista por la ventana donde el sol creaba tenues efectos dorados que llegaban hasta su escritorio. El ruido poco a poco comenzaba a llenar los vacíos, la ayudaba a concentrarse en otra cosa; los murmullos, las risas a la lejanía… Casi podía sonreír, si no fueran visibles desde su alto rincón los esclavos trabajando en su patio. Hoy había sido ese chico, mañana podía ser cualquier otro.

A veces, la responsabilidad la aplastaba. En ocasiones pensaba en dejarlo todo y huir tan lejos como fuera posible, correr a donde el mismo viento no pudiera alcanzarla, donde el reino terminara por ser un recuerdo lejano y no una sentencia. Pero entonces recordaba a sus padres, se preguntaba si no habrían tenido ellos también los mismos pensamientos a lo largo de su gobierno y se convencía de que no era posible, ellos amaban su reino con una devoción casi enfermiza y despreocupada, quizá de no haber sido así su tragedia hubiera podido evitarse.

Suspiró, pensar en lo que podría haber sido era una pérdida de tiempo.

Recargó su espalda en el asiento. Por cada muerte, castigo o injusticia que caía sobre sus hombros se sentía un poco menos como ella misma. No le gustaba la idea de convertirse en la villana de la historia, pero entendía que era necesario si no quería perder el control, no sólo de su pueblo sino también de su vida personal, si es que eso existía todavía.

Acercó su asiento a la ventana donde el fresco aire matinal consiguiera sacar de su cabeza aquellos pensamientos y, aunque fue inútil, le ayudó a serenarse.

Era consciente de la mirada en el rostro de los demás presos, incluso sin saberlo a ciencia cierta podría adivinar lo que pensaban sobre ella, podía verlo en sus ojos al pasar por ahí esa mañana arrastrando a sus espaldas un cadáver más; miedo, resentimiento, odio. Y esas expresiones le arrancaban vergüenza o cobardía, la hacían sentir miserable, por ello decidía evitarlas, aunque al final el resultado fuera parecer inamovible ante sucesos tan lamentables.

—Algún día renunciaré.

Llevaba toda su vida con esa frase, incluso Pepper se había cansado de escucharla pues ambos sabían que se trataba de una mentira contada a media voz para ella misma. Un escape, difuso e irreal con el cual sentir una salida, aunque ésta fuese falsa.

Si tan sólo el suelo dejara de sentirse caer bajo sus pies, si no tuviera que esconder la mirada, reprimir las náuseas, llevar la cuenta a escondidas de los días mientras el deseo silencioso de terminar con todo se cuela como si tuviera vía libre, y la atormenta con fuerza cual hoja azotada por el viento en otoño.

El reino se convirtió con el paso de los años en su condena merecida y, sin embargo, en la soledad de sus cuatro paredes se permitía la idea del cambio y la libertad, ¿debería ser ella misma quien decidiera hacer las cosas de forma distinta? Después de tanto tiempo gobernando con mano dura sería imposible, las personas no podrían verla distinto e incluso podrían creer que su supuesto cambio era mentira. No tenía más opción que continuar así, con la frente en alto y una fingida indiferencia.

El sol reflejó su silueta en la habitación y se sintió atrapada; salió del castillo todavía con la desesperación aferrada a sus hombros y con el paseo por la ciudad consiguió olvidarse de sí misma por un momento. Saludó a cada ciudadano y dejó al sol tocar su piel casi con agradecimiento pues el frío aire de invierno le dejaba la piel sonrosada.

Metió las manos en su abrigo en un intento por calentarlas, mientras sus mejillas y su nariz se encontraban marcadas por tiernos toques de colores rojizos y su cabello se deslizaba libre sobre su espalda con el viento a su alrededor. Regaló sonrisas a los aldeanos con cada saludo y se esforzó en aparentar la calma de quien no tiene un cadáver escondido en sus puertas.

Por una vez, le gustó sentirse libre, sin escoltas que asustaran a quien quisiera acercarse, normalmente los niños corrían a esconderse en las faldas de sus madres, pero ahora, sin la supervisión de nadie encontró un amigo en un pequeño que tropezó frente a ella; lo ayudó a levantarse y limpió la tierra de su rostro. Él, a modo de agradecimiento despegó una enorme sonrisa y la acompañó en su caminata, incluso la tomó por sorpresa al atreverse a tomar su mano.

Según Pepper estaría cometiendo un acto inconsciente para una reina, salir sin escolta y además dejar a los niños jugar con ella de esa forma, sin contar el riesgo que corría al salir por su cuenta, cualquier persona podría atacarla y no encontraría refugio en ningún sitio, nadie saldría a defenderla, pero la sonrisa del niño, los saludos y todo lo demás, le pareció razón suficiente para quedarse y entender que no sólo eran su motivo por el cual fingir sino también la fuerza para continuar porque sin su ayuda el reino se vendría abajo; si debía mancharse las manos de sangre y cargar con mil cuerpos más con tal de ver esa calma predominar sobre los buenos ciudadanos, entonces era un trato justo.

Y caminó hasta ya no vislumbrar más la puerta del reino, donde para tocar las plantaciones de la ventana bastaba con alargar la mano. Los brotes apenas asomaban sus pequeñas hojas a través de la tierra, húmedos a causa del rocío matutino.

—¡Majestad!

Uno de sus guardias venía corriendo en su dirección y su enorme cuerpo atrajo la atención de los trabajadores, además de asustar al niño quien la soltó y echó carrera pasando por los huertos como si hubiera visto un fantasma.

Antes de siquiera tenerlo frente a ella supo que su breve instante de libertad había terminado. Pepper, seguramente decidido a no soportarle más su egoísmo, querría llevarla de regreso con un guardia cuidándola como de costumbre.

—Me ordenaron venir a buscarla.

No se equivocó. Suspiró sin hacerlo, su respuesta se trataba más de intento por ganar unos cuantos minutos y no porque quisiera mantener una conversación.

—¿Sucedió algo?

—No… No fui informado al respecto, majestad —pareció dudar—. Pepper dijo que debía acompañarla y pedirle regresar de inmediato.

Por fin, no sin algo de resignación, emprendió el camino de vuelta con su guardia a unos pasos de distancia, alejando de nuevo a las personas que antes le habían devuelto el saludo.

Se sumió en el silencio. Tanto Beltrán como Keila se convirtieron en seres ajenos mientras veía en cámara lenta una y otra vez la caída de esa vida; se preguntaba si ella o algún conocido terminaría igual, ¿quién sería el siguiente en rendirse? ¿Quién tiraría de la cuerda primero?

Intentó concentrarse en las plantas arrancadas por sus manos, pero el castigo le parecía vano e insignificante; sólo el frío conseguía forzar algunas quejas de sus labios y como si quisiera golpear contra su rostro las diferencias entre sus mundos, la reina apareció por la puerta principal con un abrigo caliente cubriendo su cuerpo y uno de sus guardias detrás, asegurando su bienestar.

Envidió su tranquilidad, quiso borrarle la sonrisa del rostro y destruir su vida como ella había hecho con la suya; pese a eso, no tuvo oportunidad más que de odiarla a la distancia, la vio entrar a su palacio e inconscientemente la siguió.

Pasó desapercibida por la puerta trasera y la buscó por los corredores; fingió trabajar dentro al encontrarse con los guardias y tuvo suerte porque ninguno se fijó en ella, incluso los empleados la ignoraron.

No sabía en realidad a dónde estaba yendo ni qué ganaría al encontrar a la reina. Sus guardias no la dejarían sola y hablar con ella estaba fuera de cuestión, pero aun así no pudo detenerse.

Al final la encontró en su despacho, tenía la puerta entreabierta, pero no escuchó ruido alguno en el interior, a pesar de saberla dentro pues su silueta se reflejaba en el espejo de la pared. Tenía la cabeza apoyada en el respaldo de su asiento y los brazos descansaban sobre su regazo; estaba dormida. Así, vista sin su mirada altanera o su indiferencia, con una expresión suavizada por el sueño, casi parecía una persona con sentimientos.

Le extrañó no ver a sus guardias por ningún lado, pero aprovechó para quedarse un poco más. Tenía órdenes por seguir, fuera del castillo, en la oscuridad del bosque donde ni los más insensatos se atrevían a entrar, se encontraban sus compañeros dispuestos a enfrentarla en el debido momento, sin embargo, si acababa con ella ahora las cosas podrían finalizar antes de tiempo.

A pesar de todo, no consiguió acercarse demasiado; consiguió el valor para entrar con discreción justo cuando alguien la tomó de la cintura, alzándola y cubriendo su boca. Pataleo, pero no consiguió soltarse; el individuo la soltó cuando estuvieron en el jardín, lejos de la reina y de miradas ajenas.

—¿¡Qué crees que haces!? —reclamó conteniendo la voz.

Se sintió avergonzada; no era una criminal, sin importar su razón de encarcelamiento, jamás conseguiría el valor para una cosa como esa.

—Nada…

—Marceline, te recuerdo que tú no estás aquí para hacer nada contra la reina. Observa y avisa, eso es todo.

—Ya lo sé, Finn, no tienes que recordármelo.

Él se cruzó de brazos. Se notaba molesto y de pronto se preguntó si realmente estaría con ellos o, por el contrario, era fiel a la corona.

—Te ves muy alterado —dijo—. ¿Estás seguro de que eres un espía?

—Si no lo fuera te habría mandado directo a la horca ¿no crees? —bajó los brazos—. Te lo digo por tu bien, podría haberte visto cualquiera y hubieras puesto en peligro toda la operación. Años de reclutamiento y espionaje tirados a la basura por las tonterías de un novato.

—Hey, de acuerdo —se rindió—. Ya entendí, tranquilo. No volverá a ocurrir.

—¿Qué hacías ahí de todos modos? Pensé que te encontrabas en el patio.

Se encogió de hombros y volteó a ver la muralla que los separaba del exterior; era demasiado alta como para saltarla, las aves en cambio pasaban de un lado a otro sin el mayor esfuerzo.

—Quería ir al baño —mintió—. Y la vi entrar en su despacho.

—No lo vuelvas a hacer, la próxima podría encontrarte alguien más peligroso que yo.

El sonido de un caballo los interrumpió y Marceline corrió a asomarse por la esquina del castillo, el chico la siguió. En la entrada se detuvo un mensajero, lo supieron por su ropa. Fue Pepper quien se encargó de recibirlo y entraron juntos al castillo.

—¿Quién crees que sea?

—No lo sé, pero iré a ver qué puedo averiguar. Tú quédate a hacer tu trabajo y no cometas otra estupidez.

Finn entró de nuevo al castillo dejándola sola. Se recargó en la pared donde nadie podía verla de momento; estaba frustrada por verse limitada, pero el chico tenía razón, si alguien la veía podía ser su ruina y la de cualquier intento de rebelión.

Suspiró y volvió a mirar, el caballo seguía ahí custodiado por uno de los guardias. Sus amigos, en cambio, estaban lejos de la entrada cortando las hierbas en el lugar donde ella debería estar también. Volvió con cuidado de no ser vista antes de meterse en problemas cuando notaran su ausencia, por suerte sólo los chicos se dieron cuenta y la interrogaron al llegar.

—¿Dónde has estado? —preguntó Keila en voz baja sin dejar de trabajar.

Marceline ya se había arrodillado y comenzaba a arrancar las hierbas junto a ellos. Los guardias ni siquiera les prestaban atención, pero hablaban a lo lejos de algo que los tenía divertidos.

—Fui al baño, ¿qué me perdí?

—Llegó un mensajero de otro reino —apuntó Beltrán—. No creo que sea nada bueno.

Observaron en silencio. El sol había bajado cuando el mensajero se marchó; los chicos lo siguieron con la mirada hasta verlo desaparecer tras las puertas. Pese a eso, el día terminó de lo más normal, con ellos de vuelta en sus celdas antes del anochecer, con los ruidos sordos de un montón de cuerpos a medio vivir entre cada reja. Los bostezos se mezclaron y la voz de alguna persona sonó a medias en la oscuridad.

Pensó de nuevo en la reina casi sin querer, el recuerdo de su cuerpo relajado la hizo comparar la diferencia de verla cuando mantenía la frente erguida contra el pueblo, como si fueran el enemigo en lugar de ser sus súbditos, y ese gesto inofensivo que era capaz de mantener al dormir.

Cuando estaba fuera le gustaba prestar atención, allá en las calles había más cantidad de rostros a observar. Extrañaba casi todo, su cama, por ejemplo, porque una sábana no podía suplir a su adorado colchón; la ducha, la intimidad. Si se paraba a pensar en ello, como ahora, sonreía al pensar que todo cuanto echaba en falta era lo más básico de la condición humana.

Pensaba en su hermano constantemente, y pensaba en aquel hombre sangrando en su sala, incluso se detenía en la imagen del rostro de la única persona con las agallas para hacer frente a esta situación de esclavitud. Y soñaba, a veces dormida y en ocasiones despierta, pero siempre el mismo sueño: libertad. ¿Eso debía contar como un sueño?

Lo peor era cuando veía pasar los días con las cosas del mismo modo. Resultaba frustrante tener que esperar, sobre todo depender de la información de aquel guardia cuya lealtad todavía no terminaba de crearle la confianza suficiente. No es que fuera un mal chico, hasta su rostro lo descubría ante el mundo con su bondad transparente, sin embargo, al verlo la recorría un escalofrío inexplicable, y después de las razones tras su crimen, no quería desconfiar de sus sentidos otra vez.

¿Cómo seguiría la vida allá en el pueblo? Porque ahí dentro los días eran lo mismo a todas horas. La vista siempre se detenía en cuatro paredes, ya fuera las rejas actuales o los altos muros del castillo, la sensación de encierro era la misma. En cambio, recordaba con vehemencia los amaneceres en casa con la luz filtrándose tras las mantas en las ventanas, donde los ruidos de animales eran su primer sonido del día seguido del llamado de su hermano, hambriento y estresado de estar en cama, con las ansias de correr al pasto bajo el sol con el resto de los niños.

Donde antes le sobraron colores hoy sólo quedaba una amalgama grisácea, pueril, desencajada de lo que era vivir. La soledad a veces, a mitad de la noche, resultaba abrumadora, a pesar de los cuerpos de Keila y Beltrán tirados cada uno en su propio espacio, visibles a través del encierro particular.

Quizá por eso se quedó sumergida en la imagen de la reina al verla dormir, porque en ese momento se sintió afín, aunque sonara absurdo; se veía tan solitaria como ella misma.

Se rio casi sin darse cuenta. ¿Cómo podía siquiera pensar que una persona en su posición estaría sola? E incluso si así fuera, eso no cambiaría nada porque era la reina y tendría todo cuanto deseara en su mesa sin apenas pedirlo. Tenía el control de todo, de todos, de ella.

Se levantó a medias sin poder conciliar el sueño. Pensar en la reina, en su situación o cualquier cosa enraizada tenía el poder de hacerla enojar con facilidad. Se sentía frustrada por permanecer ahí sin poder hacer nada al respecto, sin noticias de lo que allá fuera se gestaba en esos momentos. Finn no daba muchas explicaciones y eso crispaba sus nervios; a veces sólo tenía ganas de darle de patadas hasta cansarse. Sabía que esta clase de arranques eran producto de su propia frustración, pero aun así…

—¿Marcy?

El sonido en la oscuridad la sobresaltó. A pesar de la costumbre ya en su vista, le costó distinguir la silueta que la llamaba por su nombre.

—Deberías volver a dormir, Keila —susurró.

—¿Por qué estás despierta? —respondió con un bostezo acercándose a los barrotes entre ambas—. Mañana hay que levantarse temprano.

—Eso es cosa de todos los días... Descuida, sólo estaba pensando en cosas sin importancia.

—¿Qué cosas?

A mitad de la noche sus siluetas difusas se confundían con el resto de las sombras danzantes. Una rendija apenas visible era la única fuente de luz en aquella prisión que no sólo les robaba el tiempo sino también desfiguraba poco a poco la imagen de realidad que creía recordar.

—¿Crees que la reina...?

Keila esperó unos segundos y al no escuchar el final de la pregunta la cuestionó de nuevo. Su voz parecía no penetrar en lo absoluto en su compañera quien permaneció impasible otro rato antes de hablar otra vez.

—Nada, olvídalo. Vayamos a dormir.

—¿Estás bien?

—Sí —rio—. Tan bien como puedo estarlo en un lugar como éste. Anda, vuelve a dormir.

Keila obedeció y volvió a acostarse en la penumbra. Sus palabras sonaron como una advertencia entumecida con el efecto del sueño adherido a sus huesos.

—Podría ser peor.

Estaba casi segura de que lo sería.


Respuestas a los reviews.

Love novels: Muchas gracias por el apoyo! Lo aprecio muchísimo.

Setsuna M: Gracias por leerme acá en esta otra historia también. Gracias por comentar, ¡Saludos!

Peebels Pek: Y claro que lo habrá, te agradezco el comentario.

P. D. No sé si lo había comentado, pero me gusta tu nombre de usuario.