Hola, hola, tenía que haber vuelto antes y lamento que no haya sido así.
Los últimos meses del semestre fueron especialmente desmotivadores para mí y cuando comenzaron las vacaciones no tenía energía para nada, ¡pero bueno! No estamos acá para leer excusas sino la continuación de la historia. Gracias por su tiempo y su paciencia.
Me gustó cómo quedó este capítulo, así que espero lo disfruten también, nos estamos leyendo.
Les agradezco de todo corazón por sus comentarios y todo lo demás, besitos.
Anochecía dentro del castillo, ni siquiera la luz de la luna fue capaz de filtrarse a través de la gruesa capa de nubes cubriendo el cielo. Ese tipo de clima siempre conseguía hacerla recordar la tormenta que se lo llevo todo; aquella madrugada estruendosa donde su libertad fue arrebatada y se convirtió en esclava.
Llevaba días sin ver a la culpable de su prisión. No la extrañaba, pero le daba curiosidad; tampoco Finn se encontraba por los pasillos, quizá por eso se quedó a verlos cuando entraron al castillo en un carruaje. Ella no se veía por ningún lado, los vidrios estaban cubiertos por dentro e imaginó se encontraría ignorando al mundo como de costumbre.
El chico no la saludó, aunque sí notó su presencia a un lado de la puerta mientras llevaba una carga de ollas. La ignoró para ayudar a la reina a bajar; le dio la mano, ella apenas la tocó.
Marceline la observó, llevaba uno de sus vestidos ostentosos con el cabello sobre sus hombros, un tanto despeinado por el viaje, pero sin perder la elegancia. En otras circunstancias quizá se detendría a admirar más su vestimenta, su porte o, de haberse fijado lo suficiente, tal vez sus ojos turbulentos le mostrarían más de lo que quería ver, pero no fue el caso y la dejó pasar a un lado suyo, con los gritos déspotas atorados en la garganta; sabía de antemano que no podía soltar palabra contra ella, aunque quisiera.
Keila y Beltrán la distraían lo suficiente, pero no podía evitar preguntarse en silencio sino se convertirían en una amenaza para sus planes; planes que debía cuidar porque no eran suyos, eran trazados por alguien más, una persona escondida donde nadie fijaba su vista.
Eran buenos chicos, quizá podía contar con ellos, pero le asustaba arriesgarse. A veces sólo necesitaba hablar, contarle todas sus preocupaciones a quien fuese, pero Finn no estaba en su lista de amigos más cercanos y tampoco tenían el tiempo para ponerse a hablar de sentimentalismos. Con los chicos, en cambio, podía tirar todo por la borda sin querer, así que guardaba silencio mientras el sol le provocaba gotitas de sudor en el cuerpo.
Keila la acompañaba mientras cortaban las hojas del jardín con una enormes tijeras que, de tener oportunidad, le hubiera gustado usar para escapar de ahí. Si tan sólo pudiera sentarse unos segundos, pero los guardias miraban a no muy larga distancia, sabía que tomarían cualquier lo oportunidad para azotarla como de costumbre. Perdía la cuenta de los golpes y la indiferencia, pero lo olvidaba casi al instante a fuerza de monotonía, como si esas cosas fueran sólo una actividad más en su día a día.
—Estás muy pensativa —inquirió Keila trayendo su mente de nuevo a la realidad.
—Sólo pensaba en lo caliente que está el aire. Necesito agua.
—Yo igual.
Se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano.
—¿Querrán darme un poco si la pido?
—¿Estás bromeando? —se burló—. Te harán daño apenas pongas un pie frente a ellos.
Lo pensó y entendió que tenía razón; a ese tipo de personas no se les podía pedir nada, aunque fuera un gesto humanitario tan simple como aquel. Optó por tragar saliva, intentando, sin conseguirlo del todo, engañar a su organismo para suplir sus necesidades.
A pesar de estar acostumbrada a las largas jornadas laborales en el campo, se sentía más exhausta que antaño y no sabía si era debido a la precaria alimentación recibida bajo la tutela de su majestad, por las deplorables instalaciones de las celdas donde los mantenían o la evidente falta de sueño que, aunque ya no le causaba jaquecas, la sumía en ocasiones en una zozobra tejida con apatía.
El sol provocaba gruesas gotas de sudor bajar por un costado de su cuello y, con los brazos llenos de tierra, le era imposible secarse la frente porque no quería ponerse más sucia y después esperar hasta la noche para mojar la cara con el agua, fría e insuficiente, que les dejaban usar para su aseo personal.
No siempre todo era tan malo, pero en realidad no podía verlo de otra forma. Odiaba cada segundo que pasaba trabajando para alguien más, cuando no recibía ni siquiera lo mínimo por su esfuerzo. Día y noche, bajo el sol abrasador o las lluvias tormentosas; esas eran las peores, el suelo se llenaba de lodo y los pies se le sumían con cada paso entre el fango, los pantalones le raspaban las pantorrillas al ponerse tiesos y al final del día eran conducidos a las mazmorras mojados, adoloridos y el doble de cansados, por las escaleras laterales donde no hubiera necesidad de pisar los suelos del castillo. Ni siquiera los perros guardianes eran tratados de esa forma, los escuchaba ladrar incansables toda la mañana e incluso alguna que otra vez le había tocado alimentarlos con comida mejor que la recibida en su puerta todos los días; en esas ocasiones, robar un poco no sonaba como una idea tan descabellada, sin embargo, se negaba a llegar tan bajo y al final dejaba el alimento tal cual se lo entregaban.
En los días buenos, que no eran muchos, se permitía sonreír ante las ocurrencias de Keila e imaginaba que se encontraba en un día normal frente al campo verde, dejando la piel en donde podría ver pronto la cosecha salir como pequeños capullos; cuidaba las flores al arrancar la maleza con la presteza adquirida por los años y hundía las botas en los montículos de tierra esparcidos en paralelo junto a los árboles de pino que más adelante barrían con toda la vista, desde el primero con una altura no mayor a la de un niño pequeño hasta el gigante que tocaba el cielo más arriba de la montaña nevada; por supuesto, desde el castillo esa vista era minúscula, pero no por ello menos impresionante.
Con Beltran las cosas eran más tranquilas, hablaban poco, casi siempre para quejarse y en algún momento de olvido, cuando las miradas del castillo no se sentían caer sobre sus hombros, le contaba anécdotas de su vida fuera, de su familia, de sus diversiones banales, pero que le enriquecían la experiencia, como solía decir él. La vida le dio el don de sonreír casi por cualquier cosa, lo cual cambió en cuanto pisó aquel sitio olvidado por el mundo; así lo describía el muchacho cuando hablaba de su pasado con la nostalgia impregnada en la voz, a diferencia de Keila que poco a nada detallaba de sus días en las calles, sobreviviendo de limosnas y robando uno que otro pan hasta que consiguieron atraparla.
Le gustaba escucharlos, así se desconectaba unos instantes de sus propias preocupaciones; si preguntaban por su historia daba evasivas, después de intentar decirles un par de veces sobre la causa de su arresto se convenció de que quizá lo mejor era que no lo supieran, después de todo, ¿quién se quedaría junto a alguien que ha arrebatado la vida a otro ser humano? Aun cuando éste lo mereciera. Ni siquiera la reina había querido escucharla y no la sorprendía pues ella no escuchaba a nadie que no fuera parte de su círculo real.
Podía contar con los dedos de una mano las ocasiones en las que la avistó de lejos entre el gentío de la ciudad, acompañada siempre de dos o tres guardias que la seguían como aletargados; mostraban sus afiladas espadas en la cintura a desparpajo con la intención de intimidar, y lo conseguían. Un largo camino solitario se abría a su paso mientras ella se balanceaba con su hermoso vestido de seda rosa, suave incluso a la vista. En aquellas ocasiones guardaba distancia y estrechaba a su hermano contra sí con la intención de salvarlo de la corriente de personas que iban continuando su camino a medida que su majestad los dejaba atrás; sólo al desaparecer con sus largos cabellos freseados la ciudad se permitía respirar de nuevo por temor a ofenderla.
Recordaba todo eso y más, pero prefería deshacerse de esos pensamientos encerrándolos en el rincón más escondido de su memoria, bajo llave y con la luz apagada apenas era consciente de que seguían ahí; al menos hasta que volvía a divisarla por los pasillos deambulando como una exhalación. A veces dejaba su olor a frutas frescas por los lugares al pasar y entonces debía evitar la necesidad de taparse la nariz o menear la cabeza porque la observaban de cerca y bien podían tomar sus gestos como una señal inequívoca de repugnancia, aunque en realidad no fuera eso la razón de sus ganas de salir corriendo. No tenía nada en contra de su aroma, el cual le parecía evocar la primavera, sino que le causaba verdadero pesar saber a quién pertenecía esa visión tan fresca; se confundía, apretaba los dientes y se iba despacio al rincón más alejado para gritarle palabrejas desde su cabeza, aunque nunca traspasaran el hueco de su boca.
El día le anunció la lluvia mucho antes de sentir la primera gota caer en su hombro. Vio las nubes negras a su izquierda comenzar a filtrarse por los altos muros del castillo y se indignó con el clima por atreverse a hacerle esto justo ahora, cuando la tenían agazapada contra la tierra con las manos metidas en las raíces de las plantas y las tijeras aguardando para ser usadas en darle elegancia al jardín.
—Maldita sea —murmuró.
Keila apenas la escuchó tan metida como estaba en su propia tarea, pero giró unos segundos después para ver su expresión huraña, una expresión que comenzaba a quedarse en su rostro y le dejaba con los ojos a medio cerrar mientras aprendía a murmurar sin soltar palabra.
—¿Qué pasa?
Señaló el cielo. Los nubarrones ya se amontonaban tras un sol pálido, con vientos que soplaban por encima de sus cabezas.
—Maldita sea —repitió al comprender.
…
Los fríos días de invierno se iban retirando con lentitud, sin embargo, a su paso dejaban días como aquel: calurosos al punto de ebullición para después dar entrada a una lluvia torrencial que aplastaba las flores y llenaba de charcos los jardines. Una lluvia que para ellos sólo significaba desastre.
Como ajena al aviso del cielo, la reina se presentó en sus caballerizas dispuesta a pasear unas horas en su corcel. Llevaba la tarde estancada entre las puertas de su oficina con Pepper alrededor con aires de verdugo, así que en su primera oportunidad salió despavorida para recorrer en desorden el ancho perímetro de su propiedad. No se atrevió a salir para no alertar a los guardias y porque así podía gozar de un instante de absoluta tranquilidad sin compañía de su escolta ni de su mayordomo.
Con cada anochecer se incrementaba su estrés; desde la mañana cuando salía enrollada en la toalla de baño que muy dócilmente le preparaban sus empleadas hasta la merienda a medio día con algunos jugos naturales hechos con sus propias plantaciones se convencía de que ese día sería mejor al anterior: no iba a tener miedo, frenaría ese arrebato por saltar de la ventana y disfrutaría por primera vez ser aquella descorazonada que la gente pensaba; cada vez lo creía un poco más, pero nunca resultaba cierto. Tenía miedo de arruinarlo y de soltar demasiado las riendas si comenzaba a ponerse sentimental ahora cuando todo este tiempo había reinado con puño de hierro. Le era imposible cambiar el estilo a estas alturas, de modo que subía a su caballo y daba con la fusta al animal haciendo que éste corriera despavorido con ella sobre el lomo. Sólo entonces comenzaba a sentirse un poco más tranquila.
En la carrera apenas prestaba atención a su entorno, quizá por eso no vio las nubes grises que ya comenzaba a ceñirse sobre su cabeza, tampoco notó la correa a medio abrochar de su fiel compañero. Esa misma tarde el mozo de cuadra se había encargado de ensillarlo, aunque no terminó el trabajo porque el animal lo mordió, terco como era, y tuvo que ir enseguida a la enfermería de donde no salió el resto del día. De haber sido otro recordaría avisar a Pepper sobre el asunto y así evitar más accidentes, pero no lo hizo porque estaba convencido de que ni en sueños se le ocurriría a la reina salir a cabalgar con una visible tormenta en puertas.
El terreno era amplio, lo suficiente para recorrer un par de millas sin disminuir la velocidad, por eso sus esclavos terminaban rendidos cuando se encargaban de hacer limpieza, por lo general, les llevaba hasta toda la semana tener el sitio presentable y, por desgracia, el encanto duraba apenas un suspiro, entonces debían volver a empezar. En ocasiones los observaba por la ventana, con sus ropas modestas, sucias por la tierra y desgastada por el uso, aun cuando se las cambiara cada cierto tiempo, la visión seguía siendo la misma desde su posición; ella, con su fina costura y sus baños de rosas, no estaba ni siquiera cerca de comprender la precaria situación en la que se encontraban sus esclavos. Eran menos que basura, eso le repetían todos constantemente; en el comedor, la sirvienta dejaba caer ácidos comentarios en su contra como quien no se entera frente a quien se encuentra, en un vano intento por agradar más a la reina, y otros seguían su ejemplo a lo largo del día por lo que terminaba hastiada, con más ganas de meterse en las jaulas que de soportar aquellos enajenados lambiscones. Sabía, en realidad, que acercarse sería cometer otro error, después de todo, no existía alma dentro de aquellas celdas que permaneciera impasible al odio contra todo lo que la corona representa.
En cambio, en las patas de su animal se sentía a salvo de frivolidades; podría jurar que en todo el mundo no existía quien le tuviera más alta estima que el caballo excelso que esperaba paciente su visita a los establos a donde le llevaba frutas frescas y algunas caricias furtivas cuando nadie miraba. Era la única con la impunidad para tocarlo a su antojo sin recibir mordeduras, patadas o relinchos furiosos, por ello, al ensillarlo siempre debía permanecer con el hocico atado, y sin acercarse demasiado a donde sus duras patas pudieran alcanzarlos o dejaría a cualquiera fuera de combate por tiempo indefinido.
El primer relámpago iluminó el cielo en segundos y asustó al animal. Bonnibel no pudo hacer más que sujetarse con fuerza a las riendas a sabiendas de lo impredecible y miedoso de su corcel. Vio pasar los laterales del castillo por donde los guardias se resguardaban en conversaciones unos con otros, interrumpidas por un sórdido viento ocasional que penetraba por las baldosas y hacía silbar las puertas y ventanas.
Nadie reparó en el caballo desbocado que estaba a unos pasos de tirar a su jinete hasta que ocurrió. Ella se aferró al cuello del animal sin querer pedir ayuda a gritos por la vergüenza de verse sometida y empequeñecida por una bestia salvaje que creía incapaz de desobedecerla. Soportó cuanto pudo, con los dientes apretados, dándose cuenta pronto que no alcanzaría a detenerse como es debido ya que su silla comenzaba a deslizarse a la izquierda. Estaba lejos de sus guardias, lejos de Pepper, con el cabello golpeando su rostro y unos rosales de frente que su caballo pensaba atravesar de un salto y que la hizo, al fin, perder el equilibrio.
Soltó el agarre cuando la silla quedó prendida de un matorral; el caballo, todavía asustado por los incesantes estruendos del cielo, salió despavorido sin su jinete a quien acababa de tirar y pisar en su carrera. No tuvo tiempo de quejarse, se quedó tendida con las espinas a punto en su cuerpo, las costillas molidas y el brazo aplastado como una morcilla, con un cosquilleo punzante y errático desde la punta de los dedos hasta la base del codo.
Se llevó la mano al cabello cuando sintió algo resbalar sobre su frente y descubrió sangre. Pronto las gotas de agua empaparon su piel; apenas prestaba atención al cielo y su color, se maldijo por no haberlo anticipado, por dejarse cegar por sus responsabilidades e intentar huir cuando sabía de antemano que era inútil. Todo seguiría igual en cuanto terminara su paseo, pero no tuvo mucho tiempo de seguir pensando en ello porque sus ojos comenzaron a pesar, y al son de la única canción de cuna que sonaba en su cabeza, se sintió sumir en la inconsciencia.
…
Podría haberla ignorado, Keila lo hizo, incluso cuando pasó a una no muy larga distancia de ellas con los ojos cerrados y las manos fuertemente aferradas al pelo del animal. No entendía como nadie se dio cuenta, con tantas personas por los pasillos y los guardias apostados en cada salida y entrada del castillo, con las rondas por los jardines cada minuto e iba a caer justo donde no había nadie que pudiera auxiliarla.
Quizá si la dejaba ahí tendida moriría por la contusión y entonces sus problemas se resolverían solos, pero no pensó que esa fuera la mejor manera de terminar con ella; en realidad no le interesaba su destino, pero quería que viera como todo su reino cambiaba para bien cuando la gran guerra civil explotara en sus narices y no pudiera hacer nada para evitarlo. Con eso en mente dejó a un lado su herramienta y, pese a las insistencia de Keila para que no interviniera, se acercó al lugar donde la vio caer y donde todavía continuaba boca arriba como ausente.
Vio sus ojos cerrados, la sangre en su cabello, su ropa hecha un desastre y no pudo evitar sentir pena por su accidente. Así, desparramada sobre los rosales, a los cuales tuvo que entrar a pesar de las espinas, tenía la ilusión de considerarla una persona normal y como tal la levantó en brazos con la agilidad de un felino y la fuerza de un elefante, aunque le costó un poco no se rindió hasta tenerla fuera de ese lugar, quizá con algunos arañazos de por medio y todavía bastante masacrada por la caída, pero viva.
Sus ojos se abrieron unos segundos en que la miró fijo por lo que le pareció una eternidad y después, como si nada, volvió a su estado inconsciente sin dirigirle una palabra. En ese instante había podido apreciar el color azul cielo de sus pupilas y la fatiga que escondían en otros días al mirar al resto sobre los hombros. Ahora, unos centímetros debajo de sus propios ojos, le pareció inofensiva, casi transparente, pero no fue tan fácil creerse el cuento que seguro se inventaba por su buena disposición para ver lo bueno incluso dentro de la peor calaña, tal como solían decir sus compañeros en la resistencia.
El agua la empapó de pies a cabeza sin que le importara lo suficiente, en realidad sólo quería asegurarse de llegar dentro para resguardar el cuerpo entumecido de la reina quien se quejaba de dolor incluso sin percatarse de ello. Tenía la nariz sonrojada, aunque esto apenas era visible bajo la tormenta y lo que le quedaba de vestido se le pegaba al cuerpo como pedazos de periódico mojado, escurrían entre sus manos goteando por el camino y su camisón se adivinaba por debajo de la elegante ropa de salir.
Llamó al primer guardia que vio en el camino, casi cuando estaba a punto de pisar los grandes arcos que flanqueaban la entrada y éste al ver a su reina en brazos de una esclava imaginó lo peor. Corrió el poco tramo que los separaba y gritó para recibir ayuda, enseguida lo alcanzaron otros tres uniformados cuando estaba quitando el cuerpo de su majestad de las garras de esa sucia asesina; si no la golpeó por el atrevimiento fue sólo porque tenía las manos ocupadas, aunque otro se encargó de gritarle por explicaciones mientras los demás se alejaban.
Al principio no respondió porque estaba segura de reconocer al hombre aquel color canela y cabello blanco que se había llevado en brazos a la reina más rápido que alma en pena, ni siquiera se detuvo a pedirle las palabras que ahora el otro exigía porque la prioridad la tenía en atender a la persona herida y no en buscar culpables.
—El caballo se asustó —respondió cuando la tomó del cuello de la camisa y la alzó del suelo.
La obligó a mirarlo y entonces perdió de vista la sangre, las manos desvalidas, el cuerpo inconsciente e incluso la espalda recta del guardia.
—¿Esperas que me crea esas patrañas?
—Si lo crees o no eso no es problema mío.
—Tú…
La soltó y despachó su rabia sólo cuando vio a lo lejos el animal mojándose bajo el aguacero, ya no corría, pero de vez en cuando movía las orejas con la luz de los relámpagos y relinchaba asustado.
Marceline no insistió, se levantó para sacudir sus pantalones del lodo que se había pegado en ellos al caer por su empujón, pero le fue inútil, en fango estaba por toda su ropa, no sólo por la caída sino también por llevar consigo a alguien que ya estaba sucio, para empezar. Estaba por retirarse cuando sintió el breve tirón del hombre en su hombro y se dio vuelta para encararlo, él todavía miraba al animal, así que ella hizo lo mismo. Lo veía correr un poco entre las flores y luego trotaba hasta que volvía a asustarse y el ciclo se repetía.
—Llévalo al establo, es el favorito de la reina, no puede pasarle nada. Anda.
Marceline lo pensó por un momento antes de echar a andar. El guardia a su espalda sonreía, pero ya no fue consciente de este gesto; pasó largo rato tratando de alcanzarlo por pies cuando el animal era capaz de fugarse en un segundo de su agarre. Estuvieron así hasta que el agua cesó y al animal le dio por meter el hocico en el pasto, sólo entonces pudo sostenerlo de la brida y lo llevó con calma hasta el lugar donde la silla de montar había quedado olvidada tras la caída. La recogió de entre los rosales, ganando un par de rasguños en el proceso e ignoró a Keila que seguía a la distancia, observándola. Decidió que hablaría después con ella, cuando las voces se hubieran acallado en el castillo y la noche no fuera más que murmullos apagados por los corredores de las celdas.
…
Cuando volvió en sí se encontró en su habitación con la cabeza donde vueltas. Cerró los ojos hasta estar segura de que el efecto había pasado y los abrió de nuevo, a un lado de su cama descansaba un vaso de agua con alguna fruta picada en un pequeño recipiente que no se le antojó más que para inhalar su aroma dulzón. Se enderezó en la cama, no recordaba muy bien lo sucedido, además del caballo corriendo bajo la lluvia y su inminente caída unos segundos después.
Pensó por un instante que quizá lo había imaginado, al menos hasta ver uno de sus brazos entablillado con unas telas que lo cubrían por la mitad y lo sostenían desde su cuello. Intentó moverlo, pero un dolor la atravesó de punta a punta del cerebro por lo que no lo intentó una segunda vez.
Se observó al espejo en la esquina contraria de la habitación: estaba deplorable. Ni siquiera en su niñez se había convertido en ese amasijo de vendajes y desastre que era ahora; y no es que hubiera sido una chiquilla muy obediente, por lo general, el bueno era su hermano, a ella le apetecía más meterse en problemas buscando nuevos descubrimientos que pudieran satisfacer su curiosidad infantil que perduraría incluso en su adultez y que tuvo que acallar al hacerse cargo de todo.
Pepper entró al dormitorio con una flores amarillas en las manos, recién cortadas del jardín trasero donde nacían de todos colores y daban la ilusión de un arcoíris. Sonrió al verla despierta y se apresuró a acomodar el ramo dentro de un jarrón de cerámica con grandes dibujitos de personas en los costados. No le gustaba ese jarrón en especial, pero al haber sido de su madre, lo conservaba por la nostalgia que traen los objetos inanimados cuando se enlazan con el recuerdo de un ser querido.
—¿Cómo se encuentra, majestad? —preguntó de pie al borde de la cama—. Si siente demasiado dolor dígame y llamaré al médico para que lo solucione.
—Estoy bien.
Tomó su cabeza con la mano buena, aquella que el caballo había pasado por alto al momento de saltar encima suyo y que, por suerte, salió ilesa de aquel atropello. Su herida en la sien dolía, así que retiró la mano y la depositó de nuevo sobre sus piernas blancuzcas.
—¿Cómo llegué aquí?
Pepper procedió a relatarle lo ocurrido, desde el momento en que Root la trajo de emergencia, con su apariencia hecha un desastre y mojada hasta los huesos, pero antes de eso no podía darle más detalles porque no los tenían, sólo sabía que un esclavo la llevó hasta la puerta lateral del castillo donde el guardia la recogió.
Sintió las mejillas calientes al pensar que había pasado por un bochorno tan grande en tan pocas horas, aunque éste fue menor al notar que, de no haber sido por quien la rescató de entre los rosales, de donde tenía un vago recuerdo haber ido a parar, en esos momentos quizá no tendría la suerte de estar bajo sus cojines calientitos mientras la tormenta volvía a arreciar allá afuera. Agradeció no seguir ahí, pero el dolor le recordó que no todo estaba en su lugar, así que volvió a acomodarse, esta vez un poco más arriba en el respaldo con tal de quedar más erguida, lo suficiente para que su voz fuera audible en caso de necesitarla dado que, como bien comprobó, hasta moverse le causaba un sufrimiento irremediable. No quería tomar nada, conocía el efecto secundario y sabía que terminaría por dormir más de lo que tenía permitido, así que, sin mirar a ningún punto en particular dio un suspiro que pretendía ser de consuelo.
—¿Qué pasó con Tormento?
—Está en el establo. No se preocupe, se encuentra a salvo.
Recordó fugazmente una mirada penetrante de color castaño, quizá gris o verde… No pudo estar segura, su mente era un intento desenfrenado por parar el dolor y la memoria, quizá para no revivir el incidente de nuevo, así que terminó por hacerle caso y se rindió en su afán por averiguar de quién eran esos brazos fuertes que la levantaron de las rosas como a un recién nacido, que cargaron con ella bajo la lluvia con pisadas fuertes, pues era de lo poco que conseguía evocar al pensar en ello.
Tenía la sensación de las gotas cayendo sobre su rostro y el sonido de pies atravesando el lodo con leves chapoteos dándole la sensación de que se hundía, no podía mover el cuerpo, sus brazos se sentían desfallecer contra su abdomen donde permanecían quietos por el dolor.
El limbo en el que se encontraba no la sumió por completo en el estupor, adormiló su mente y raciocinio, pero pudo sentir el calor del pecho que la sostenía; al recordarlo comprobó que, si su memoria no le estaba fallando, su héroe fue una chica pues era fácil adivinarlo por sus formas femeninas, en donde ella había recostado su cabeza al ser incapaz de levantarse por cuenta propia.
—Puedes retirarte, Pepper, te llamaré si necesito algo.
Dudó, cosa poca habitual en él, si desde que lo conocía nunca lo vio sofocarse con las palabras; las soltaba sin preámbulo, usándolas para lo necesario, pero sin escatimar en ellas.
—Bonnibel, sé que esta responsabilidad te parece bastante grande, pero creo que tú eras la mejor opción para este puesto.
—Yo ni siquiera debería estar aquí.
Ninguno agregó nada más. Se despidieron y la reina pasó la tarde perdida entre sus quejas de dolor y la necesidad de salir por un poco de aire fresco, incluso cuando la luna ahora brillaba en lo alto de su ventana.
No encontraba la manera de acomodarse para dormir, si se daba la vuelta aplastaba su brazo contra las sábanas y emitía un gemido lánguido por el sufrimiento que todavía atormentaba su brazo, sus costillas y cada rincón de su cuerpo. Se preguntaba en silencio cuánto tiempo tardaría en sanar y si su estado sería una razón que le daría a su mayordomo el derecho de prohibirle salir. Quizá tendría razón.
Sus arrebatos no la habían llevado a nada últimamente, pero entre las cenas con reyes de otras tierras tratando de unir reinos y la parafernalia del pueblo en días de fiesta donde querían tenerla como la invitada principal, además de las incontables horas pegada a los papeles en su escritorio, la vida se le iba en un suspiro sin que pudiera darse cuenta y disfrutarla. Sus escapadas eran lo único que lograba mantenerla cuerda dentro de tanto teatro, y la soledad en un círculo lleno de voces era peor que el sonido del viento soplando la copa de los árboles en mitad de la nada.
Se encogió en su habitación oscura donde las luces de la luna entraban sobrias por la ventana. Gotas de agua alcanzaban su piso y, en otras circunstancias, quizá se mantendría encerrada para evitarlo, pero no quería ni podía moverse más de la cuenta; cerraba los ojos para dejar fluir el sonido entre sus cuatro paredes y cuando los abría su sombra se dibujaba en el espejo. Sólo así podía engañarse para creer que los golpes eran producto de su imaginación, que nunca había caído de su caballo favorito y que éste no le cruzó por encima reduciéndola a pedazos.
Se incorporó y encendió la luz de la mesilla que apenas alcanzaba a iluminar vagamente su cintura y parte de su rostro; alcanzó el libro en un cajón del mismo mueble, lo cual le valió otra sarta de improperios que no pudo evitar soltar cuando el dolor se le escurrió por las costillas y le llegó hasta el brazo fracturado.
A pesar de sus intentos, esa noche no pudo leer una sola línea.
