Hola, les traigo nueva actualización.
Gracias a los que siguen por acá leyendo a esta alma que muchas veces se tarda una vida en volver.
Les mando besitos y abrazos.
—¿Qué haces aquí?
Dio un respingo.
Estaba muy concentrada acariciando el hocico del caballo; no la notó al acercarse sigilosa como una sombra, quizá por eso adoptó una posición de defensa, sus músculos se tensaron, pero se relajó al notar que se trataba de ella. No le tenía miedo, y menos con el brazo atado al pecho y el rostro rasguñado; incluso quiso reírse.
—Sólo atendía los caballos, su majestad.
Bonnie odiaba esa manera burlona de hablarle. Nadie la trataba así, por eso cuando la chica usaba su título para ridiculizarla apretaba los dientes con tal de no darle a entender que la molestaba.
Para Marceline era muy obvio que era así.
—Te perdono la falta de respeto por tu ayuda pasada, pero vuelve a hablarme así y…
—¿Y qué? ¿Qué otro daño podría hacerme?
Se tragó las ganas de asestarle un golpe con la fusta a un lado suyo, para empezar, porque de hacerlo conseguiría aumentar el dolor en su brazo lastimado; no necesitaba dañarse ni aumentar la creencia de que era igual de desalmada que sus guardias. No era así, y no pensaba darle razones para que lo creyera, aunque seguro ya lo hacía.
Marceline era una persona complicada, se aseguró de reconocer su nombre y su rostro cuando supo quién la sacó de ese nido de espinas hasta las puertas de su palacio, pero nunca encontró el momento oportuno para darle las gracias. La última vez que lo intentó no llegó a decir una palabra al respecto tras ver su actitud.
Por otro lado, cuando la observaba por las ventanas del castillo veía otra cosa: reía con los otros esclavos, ayudaba, era la última en terminar por cargarse más tareas en ayuda de sus amigos. Era una buena persona hasta que le tocaba hablar con ella; su buen humor se desvanecía en el aire al tenerla cerca, peor si intentaba mantener una conversación, simplemente desacreditaba su esfuerzo con sarcasmo cruel y desinterés evidente.
No podía culparla, quizá por eso no la mandaba castigar, a pesar de su actitud. Le quitó todo, pero ella quitó una vida y eso era algo que en ocasiones olvidaba al ver su valor junto a su empatía, ¿por qué sería capaz de hacer algo así? ¿Se trataría de un error? ¿Cómo le preguntaba al respecto si no la tenía atada a su merced obligándola a contestar? Por las buenas quedaba claro que no le diría nada.
Contó hasta tres en su mente antes de volver a dirigirle la palabra.
—Debes tener más cuidado con tu vocabulario.
—No tengo nada más que perder, ya me lo has quitado todo.
Decidió ignorar también que le habló como a un igual porque la forma en que lo dijo fue un duro golpe a su resistencia. Le costaba tanto convencerse cada mañana de que ese era su trabajo, de que no tenía otra opción aparte de continuar y entonces iba ella a darle un bofetada imaginaria con las críticas más dolorosas.
Lo siento. Intentó decirlo, pero no emitió un sólo sonido, sólo permaneció en silencio con su pose más autoritaria, tomando en cuenta los vendajes que le quitaba parte de su soltura.
—Da igual, seguiré trabajando, su majestad —. Casi escupió la oración a sus pies.
—No, necesito otra cosa de ti.
—¿Ahora qué? —preguntó al darse vuelta para verla de nuevo—. ¿Cuándo será suficiente?
—Quizá si te ocuparas menos en quejarte y más en trabajar.
—¿Más? ¡No tienes idea de todo lo que hago en tu estúpido reino!
—¡Deja de hablarme como si fuéramos iguales! Maldita sea, me debes respeto, ¿por qué no haces lo que los demás? ¿Por qué me lo pones tan difícil?
—¿Ponértelo difícil?
Se acercó enojada y por primera vez Bonnibel tuvo que retroceder hasta quedar atrapada entre la chica y la pared. Bajar la mirada lo consideraba indigno, por eso consiguió sostenerla cuando intentó intimidarla. Estaba acorralada, aunque no pensaba admitirlo, después de todo, tenía a todos sus guardias a una orden de distancia si se atrevía a hacerle algún daño.
De cualquier modo, no podía olvidar que asesinó a alguien, bien podría tener una segunda víctima.
—¿Difícil qué exactamente? —preguntó—. Si chasqueas los dedos y corren a ejecutar tus órdenes.
—Si te acercas un paso más te juro que mandaré te castiguen.
Marceline la observó un rato que le pareció eterno, paseó su vista de arriba abajo, y se alejó. Apenas unos pasos, pero lo suficiente para dejarla libre de la situación.
Finn le advirtió no correr riesgos de más, sin embargo, en días como ese le era imposible dejarse violentar verbalmente por ella cuando sólo quería estamparle el puño en la cara. Verla retroceder tenía que bastar por hoy, ese era su pequeño triunfo.
—¿Qué es lo que quiere, su majestad? ¿En qué puede ayudarle esta humilde sierva?
Lo dijo con seriedad pese a las palabras usadas. Bonnibel se mordió el labio, preguntándose si realmente sería buena idea lo que estaba por pedirle.
—Desde hoy te harás cargo de mi caballo, tanto de sus cuidados como de ensillarlo cada que quiera montar.
—¿Ya confía tanto en mí después de un pequeño rescate?
—En lo absoluto, pero mi caballo lo hace. No es usual que se deje tocar —explicó—. Aunque, por alguna razón, contigo es más dócil.
—Los animales son inteligentes, supongo.
Se había cruzado de brazos con gesto de indiferencia. Le daba un poco lo mismo si cortaba césped como si cuidaba el caballo, pero entre ambos trabajos quizá el animal diera menos problemas, por ello no discutió la orden.
—¡Majestad!
Un guardia llegó corriendo y se detuvo al verla acompañada, enseguida irguió su lanza en posición de ataque.
Para Marceline fue un fastidio; rodó los ojos y levantó las manos a la altura de los hombros. No necesitaba empeorar más su día por un malentendido, mucho menos cuando fue precisamente la reina quien se acercó primero.
—Está bien, puedes bajar el arma. ¿Qué sucede?
Él todavía dudó unos segundos, pero enseguida obedeció.
—Pepper me mandó a buscarla, dijo que tenía una reunión importante en unos minutos.
Asintió.
—Iré enseguida.
Al ver que no se marchaba lo despidió con la mano, después de un poco de indecisión, por fin las dejó solas de nuevo. Marceline seguía con la vista en ella, esperando quizá, no lo sabía, tampoco planeaba dejarla ahí parada para que perdiera el tiempo.
—Avisaré a mis guardias para que sepan de tu nueva labor. Comienzas mañana, por ahora continúa con tu trabajo normal.
—Como digas.
No hizo una rabieta por decencia. Apretó los dientes antes de dejarla sola, aun con la sonrisa de Marceline provocando su respuesta. Una respuesta que no llegó.
…
La mañana la sorprendió con la cara pegada sobre el suelo como de costumbre, aunque por lo general solía dormir de cara al techo con los brazos extendidos a ambos lados de su cuerpo como una crucifixión. Hoy el frío no la dejó, tiritaba, a sus pies alguien había dejado una manta, probablemente un guardia o Finn, aunque no lo creía capaz de arriesgar su tapadera con tal de solucionarle parte de sus problemas.
Durmió otro rato hasta que los sonidos se intensificaron bajo la superficie; cuando eso sucedía sólo podía significar una cosa: era hora de salir y comenzar con su trabajo. Casi olvidó la conversación con la reina el día anterior de no ser porque un guardia la llevó al establo. No pasaría el día ahí, pero por ahora debía encargarse del caballo de la reina, y de los otros, lo cual parecía una lista interminable.
A veces le costaba soportar el tiempo, la ausencia de su única familia, las noches incómodas atrapada junto a un montón de desconocidos que pasaban por ahí un par de días para después dejar a los demás preguntándose si abrían sido liberados o simplemente no volverían a saber de ellos.
Su única constante eran los guardias, la reina y el par de chicos que no había podido ver demasiado a causa de los trabajos separados; apenas y hablaban al volver a las celdas porque el cansancio los vencía al tocar el suelo y destensar los músculos.
También se preguntaba cada tanto cuándo llegaría el momento de darlo todo por salvar ese reino; como en realidad no permanecía en contacto directo con nadie fuera del castillo y Finn no hablaba mucho al respecto, le costaba enterarse. Confiaba en su gente, pero los días pasaban sin tener noticias y sin ningún acontecimiento relevante, intentaba sacar algo de información por medio de las conversaciones, en especial las de las cocineras, pero sabían guardar silencio si veían a alguien cerca, por lo que al final terminaba con rumores a medias o habladurías sin sentido.
Se detuvo de nuevo junto al caballo de la reina; no lo admitiría frente a ella, pero le agradaba ese ejemplar en especial. Había mencionado que solía ser agresivo con el resto de las personas, pese a que ella nunca tuvo ningún problema en acercarse y ahora con la orden de cuidarlo, sabía que podría tener alguna oportunidad de sabotaje, sin embargo, sería incapaz de tocar a ese noble animal. Tampoco lo usaría para su conveniencia. ¿Cómo? Era ridículo, la salvó, no quería dañarla y su participación se veía reducida a nada al ser un esclavo que no puede moverse con libertad por el palacio.
Estaba un poco frustrada, ¿por qué debía quedarse de brazos cruzados cuando allá afuera se orquestaba algo tan grande?
—¿Tú qué piensas? —le preguntó al caballo mientras cepillaba su melena—. Estoy perdiendo el tiempo ¿No es así? Si tan sólo pudiera escapar de este lugar todo sería tan distinto. Extraño a mi hermano, sabes, siempre pensé que esto iba a terminar sin que tuviera que dejarlo ir, pero…
Escuchó movimiento y guardó silencio. Dejó el cepillo a un costado de la barda para asomarse con cautela, al ver que era Finn salió despreocupada, de todos modos, estaban solos en ese momento. Las caballerizas comenzaban a convertirse en el lugar ideal para conversaciones ajenas a oídos indiscretos.
El chico ni siquiera se esperó a recibir su saludo, la tomó con fuerza del borde de la camisa y entró a un cubículo vacío donde la arrojó sobre el heno. Marceline cayó de nalgas en el suelo y levantó el rostro con mirada acusadora; estaba molesta, pero él también. Nunca lo había visto así, además de aquella ocasión en la cual casi se cuela en la oficina de la reina.
—¿Qué diablos pasa contigo? —se quejó.
—¿¡Qué pasa contigo!? Esa es la verdad pregunta. ¿No te dije claramente que no volvieras a ponerte en el camino de la reina? Vas a estropearlo todo.
—¿Qué? Yo no hice nada, ¿Acaso querías que la dejara muriendo bajo la lluvia?
—¿Muriendo bajo…? ¿De qué rayos hablas?
Parecía en verdad confundido. Ya no gritaba, sólo se quedó callado, esperando.
Marceline habló al tiempo que se ponía en pie limpiándose los pantalones llenos heno con la mano. Odiaba cuando la trataban así, ya tenía suficiente con aguantarlo de los guardias reales como para soportarlo de él.
—¿No sabías? Qué raro, a estas alturas ya todo el castillo se enteró de cómo su reina cayó del caballo.
—Esa parte la conozco —aclaró él—. ¿Qué tienes que ver tú con eso? No me digas que…
—Cálmate, yo no hice nada, fue sólo una buena casualidad del destino. Ella cayó, yo la ayudé a llegar dentro, eso es todo.
Finn se relajó, aunque no demasiado, podía ver que continuaba con la duda en sus palabras.
—No haré nada contra ella, ya sé que no me corresponde esa parte y no arreglaría nada si sólo muere. Por eso la salvé, ahora incluso confía lo suficiente en mí para ponerme a cargo de su caballo.
Finn vio la pared a su lado como si con ello fuera capaz de pasar la vista a través de material sólido y dar con el animal a unos pasos de distancia. Se quedó pensativo con la mano en la barbilla y la final se recargó en la puertecilla.
—Pensé que… No importa. Escuché por ahí que la reina se encontraba contigo ayer en este lugar e imaginé que… En fin, si estás consiente de que acercarte a ella no es tu obligación ni tu papel, entonces no tengo nada más que hacer aquí.
—Espera —lo tomó del brazo cuando estaba por marcharse—. ¿Sabes algo sobre mi hermano?
—No demasiado, sólo sé que está bien.
—¿Y de lo demás?
—Va bien —dijo sin más.
Marceline suspiró con fuerza y lo soltó.
—Si me dijeras algunas cosas más concretas sería muy útil.
—¿Para qué? Sabes que no saber mucho del tema es mejor.
—¿Y por qué tú sí puedes saberlo? —se quejó—. No hay diferencia entre tú y yo.
Es posible que estuviera desquitando parte de su frustración con el chico, pero ¿podía culparla? Llevaba mucho encerrada, comenzaba a perder la paciencia con respecto a cualquier cosa y no saber qué pasaba fuera no ayudaba a sentirse mejor. Sabía que el secretismo era parte importante del plan, que entre más se revelan los detalles las cosas tienen más posibilidades de salir mal, pero necesitaba algo más que sólo un "todo va bien", de lo contrario comenzaría a perder la cabeza.
—¿Crees que yo sé más que tú? Es lo único que me dicen, que todo va bien. No quieren arriesgarse a tener espías también de nuestro lado. Si te sirve de consuelo, escuché que pronto pedirán ayuda de otros reinos para conseguir aliados. Hasta ahora tenemos la ventaja, la reina no sospecha nada y no se le ven intenciones de aliarse con nadie.
Se quedó sopesando sus palabras incluso cuando él ya no estaba ahí. Eso era mucho más de lo que había logrado escuchar a lo largo de esos meses; recordó las palabras de Keila sobre su nulo interés por contraer matrimonio. Casarse era la forma más rápida y fácil de unir dos reinos, por el tiempo que llevaba ahí podía decir con seguridad que ofertas no le faltaban, pero nunca se concretaba nada. Ella parecía dispuesta a morir sola, a pesar de la insistencia de su mayordomo por conseguirle a alguien; lo había escuchado unas cuantas veces y siempre la respuesta era la misma.
Le recordaba un tanto a ella misma, a pesar de que admitirlo le resultaba fastidioso. Cuando quedó huérfana tuvo miedo de no poder hacer nada por su hermano, sin embargo, encontró la manera de ganar suficiente dinero, aunque tuviese que trabajar con los hombres para ello, al final del día resultó no ser tan malo, pero constantemente escuchaba comentarios sobre su vida amorosa puesto que no estar casada a su edad era algo inusual. Con un hermano que mantener les gustaba sugerir, casi imponer, su futuro matrimonio antes de que fuera demasiado tarde, pero nunca llegó a escucharlos y con el paso del tiempo las personas a su alrededor dejaron de insistir. Con la reina quizá no podían hacerlo, después de todo, un reino sin heredero caería en desgracia y problemas.
El caballo relincho como si reclamara su atención; sólo entonces recordó dónde estaba, caminó hasta él, soplaba su melena con cada respiración e incluso le apartó a ella el flequillo del rostro. Sonrió ante su gesto, amaba los animales, sobre todo uno tan grande y majestuoso.
Por su condición económica nunca pudo conseguir un caballo, pero solía mirarlos a la distancia llevando a otros en sus lomos y admiraba su fuerza; ahora que lo tenía tan al alcance de la mano le costaba querer separarse, principalmente porque era un excelente escucha.
—¿Cómo te puede caer bien esa mujer? —preguntó.
La vio tocarlo sin obtener ni un rasguño por parte del animal, al contrario, fue tan manso como lo era con ella. Tormento movió el hocico para masticar y sacudió las orejas: quizá lo sabría después, cuando pudiera ponerle las garras más cerca, lo suficiente para saber la respuesta a su pregunta. Y tal vez un par de cosas más.
…
—¡Son un puñado de incompetentes! —gritó arrojando algunos documentos en su dirección.
Los guardias estaban rígidos, guardaron silencio porque conocían a su reina; un reclamo no era una invitación a defenderse o podían pagar caro por ello. Su palabra no era contradicha por nadie, mucho menos por alguien a su servicio, por eso la habitación se llenó de tensión cuando alguien abrió la boca.
—Pero majestad, no había suficientes guardias, éramos sólo un par y…
—¿Estás diciendo que mis órdenes son incorrectas?
Aunque la pregunta fue hecha con anestesia, el filo los cortó a todos por igual.
—No… Yo no quise…
—¡Cómo te atreves a cuestionar a su majestad! —atacó Pepper.
Root, el jefe de guardias, era el único con quién podían contar para defenderse pues ella lo escucharía, así que lo miraron con expresión suplicante. Él dio un hondo respiro antes de interceder; seguía de pie junto a sus hombres con las manos tras la espalda, había guardado silenció mientras escuchaba el regaño, pero era hora de poner las cosas en orden.
—Su majestad, si me permite.
Bonnibel guardó silencio con la mirada fija en él, luego se dejó caer en su silla y le hizo un gesto con la mano indicándole que podía hablar.
—No quiero contradecirla, su majestad, sé que le fallamos, pero nos tendieron una emboscada. Éramos cinco personas para proteger un amplio cargamento y por muy capaces que sean estos hombres, ni siquiera ellos podrían contra una docena de arqueros bien informados.
—¿Estás tratando de justificar la ineptitud de tus hombres, Root?
Apoyaba su mejilla en la mano derecha todavía medio recargada en la silla. Pepper enseguida le dio unos toquecitos en la espalda para hacerla corregir esa postura tan impropia de una reina.
—Asumo la responsabilidad de la enorme pérdida que hemos sufrido, su majestad.
Ella lo miró con atención; nadie dijo nada para ayudarlo, lo cual consiguió ponerla de peor humor, sin embargo, si su mejor guardia estaba dispuesto a ofrecerse así con tal de no dejarles algún tipo de castigo a los demás, no podía ignorar su empática acción. La enterneció, comprobó una vez más porque él estaba a cargo y la lealtad que podía esperar de ese hombre ancho con mirada de sabio.
Por regla general, expresar sus sentimientos estaba prohibido, en especial frente a sus súbditos, así que asintió.
—No dejes que se repita o habrá serias consecuencias.
—Entendido, su majestad.
Hizo una breve reverencia; los demás lo imitaron. Bonnibel los odiaba a todos ellos por no haber intercedido en favor de la persona que les salvó la vida, tenían sentimientos egoístas casi todo el tiempo, pero ¿podía culparlos? Matar o morir, esa era la ley de la vida, bastante bien aplicada en esta situación en específico.
Una vez fuera sus guardias, se recargó en el respaldo de la silla; estaba agotada, tocó su rostro con la mano tratando de ignorar el creciente dolor de cabeza que comenzaba a abrirse paso de forma acelerada. Sus hombros dejaron la tensión de lado mientras Pepper se quedaba parado a su lado, observando el proceso de su estrés al crecer.
Fue el consejero de sus padres como ahora lo era de ella, pero ellos no pasaron por lo mismo, parecían tener el lugar bajo control, al menos hasta aquel fatídico día donde fueron asesinados; siempre creyeron en la bondad de la gente, y esa creencia los mató.
Bonnibel no cometía el mismo error, sin embargo, se abrumaba con mayor facilidad; él no era tonto, podía notar como aborrecía el llevar la corona puesta, la carga que representaba en su vida, pero no podía ayudarla con eso, la responsabilidad la consumía; escapar de ella era imposible. Por eso intentaba poner sus atenciones a su disposición, si bien no era capaz de hacer mucho, al menos cumplía con facilitarle la existencia o darle un pequeño respiro, aunque la mayor parte del tiempo, lo metía en un lío por tratar de alargar esos momentos de descanso e intentar desaparecer un rato.
—Le traeré un té, su majestad. Por favor, no vaya a ningún lado.
Bonnibel asintió y fijó su vista en la ventana cuando lo escuchó partir; algunos guardias estaban reunidos en una de las puertas laterales cotilleando, reían mientras otros le gritaban cosas a sus prisioneros, los cuales mantenían la cabeza gacha.
En los últimos días habían llegado más presos, pero al ser crímenes sencillos bastaba con un castigo antes de lanzarlos de nuevo al mundo exterior; las personas abajo, incluyendo a Marceline, eran los más recientes, a pesar de llevar meses aquí. Le alegraba sobremanera no haber tenido que dejar a nadie más a sus servicios y arruinarle la vida de ese modo, aunque los castigos tampoco estuvieran dedicados precisamente a brindarles ayuda.
Se levantó e intentó recargar su peso en el alfeizar, sin embargo, el dolor en su brazo la detuvo. A veces olvidaba que su brazo seguía inutilizado. Soltó un gruñido, frustrada, la pared donde se apoyaba se sentía fría pues el aire entraba libre por la ventana revoloteando su cabello.
Pepper entró un rato después. La encontró ahí, de pie frente a la pared trasera con una mueca de aburrimiento; pese a ello, se guardó sus opiniones pues tenía días sin la paciencia suficiente para escuchar cualquier crítica, de modo que optaba por evitar los comentarios que parecieran regaños.
—Su té, majestad.
Lo dejó sobre la mesa y después de echar un rápido vistazo alrededor, se inclinó a recoger los papeles que Bonnibel había arrojado al suelo minutos antes.
—Deja eso, Pepper. Lo haré yo.
—Nada de eso, sigue herida y ni siquiera debería estar fuera de la cama.
—Ya te dije que estoy…
—Lo sé —la interrumpió sin detener su labor—. Sólo me preocupo por usted.
Volvió a sentarse en el escritorio y, cuando él se levantó a entregar las hojas, asintió en agradecimiento.
—Déjame sola unos minutos, por favor. Necesito pensar.
Él asintió.
—Nos recuperaremos de este ataque, su majestad. Tiene a los mejores guerreros.
—No lo sé, Pepper. Nos llevan ventaja y me temo que sean más de los que sospechábamos.
—Si me permite, podría tener a su disposición al Rey Simón si…
—¿Ese viejo verde? Jamás me prestaré para ser su esposa, Pepper.
—Ese viejo verde tiene la mejor tecnología de todas las tierras existentes, si no lo abordas tú…
—Lo sé —se quejó—. Ya lo sé… ¿Puedes dejarme sola?
Bajó la cabeza para desaparecer unos minutos después. Por fin estaba sola, pero sentía tanto ruido en la habitación que terminó por tomarse con fuerza la cabeza, ¿sería producto del golpe que se dio durante la caída? Determinó que iba a ser un día bastante largo.
…
El sol comenzaba a ocultarse, las riendas del palacio caían lento como canción de cuna, la actividad frenética de las horas diurnas comenzaba a menguar y las farolas alrededor del patio se encendían una a una.
Se limpió la tierra de las manos con la vista fija en el cielo. No era usual permanecer en la superficie cuando la oscuridad estaba a un paso de engullir el reino; lo atribuyó a la agitación general del castillo, por alguna razón los guardias entraban y salían hoy, pero la reina se mantuvo dentro donde no podía verla a menos de que fijara su vista en la ventana del piso superior, pero de hacerlo la encontraría mirando.
Era consciente del hábito de la reina por observar todo su territorio desde la seguridad de su despacho, la había visto en otras ocasiones, pero le gustaba fingir que no se daba cuenta o enseguida se escondía de nuevo tras las paredes.
Ese día no fue distinto. Y ahora, lejos de su mirada, libre de guardias alrededor, se tomó un momento para contemplar aquello que ignoraba desde su ingreso a esa prisión: el color de la luna, las estrellas y los rayos de luminosidad insuficiente que la dejaba viendo el camino a medias. Quizá de no haber estado tan distraída con el cielo, tendría la oportunidad perfecta para escabullirse, pero la encontraron antes de que siquiera pudiera pensarlo. Un guardia la sujetó del brazo para llevarla de vuelta a su celda; a un costado otros llevaban a Keila y Beltrán de igual modo.
A pesar de los constantes empujones y jalones consiguió echar un vistazo alrededor, en especial a la una esquina del castillo, justo detrás de unos grandes árboles donde una sombra misteriosa observaba toda la escena. Se detuvo en seco, no parecía ninguno de los guardias pues todos tenían más o menos la misma complexión corpulenta; una capa ondeaba a sus espaldas y la capucha le cubría el rostro, sin contar que la oscuridad jugaba a su favor. Pensó que podría ser algún aliado, que sería el primer movimiento dentro del castillo y comenzaría la guerra, pero no ocurrió nada. Cuando el guardia la arrojó con fuerza hacia adelante la sombra ya no estaba.
Buscó con la vista por todo el lugar sin encontrar rastro alguno de quien fuese aquella persona que parecía moverse en ondas con el viento. No pudo sacarse la imagen de la cabeza ni siquiera cuando se encontró en su celda, sentada sobre el suelo con las piernas una sobre otra y la mano apoyada en la barbilla tratando de que eso le ayudara a pensar mejor.
—¿Pasa algo? —preguntó Keila al otro lado de los barrotes.
Llevaban días sin tener una conversación de verdad y no es que hoy se sintiera menos agotada que de costumbre, pero su rostro era una pregunta enorme por lo cual le ganó la curiosidad.
—Creo que vi a alguien sospechoso dentro del castillo.
Beltran se acercó también desde su propia celda con la cara vuelta hacia ellas, aunque acostado usando sus brazos de almohada.
—Seguro era algún invitado de la reina —aseguró el chico.
—No, no me refiero a eso. Hace un momento había alguien oculto entre los árboles, pero luego ya no estaba.
Keila se acercó todo lo que pudo hasta tener sus mejillas pegadas a los barrotes, los cuales aferraba fuertemente con ambas manos. Parecía entretenida con sus palabras, incluso sorprendida.
—¿Y si se trata del fantasma que ronda el castillo?
—¿Fantasma? —preguntó con incredulidad.
Beltran se rio.
—Eso no son más que cuentos para asustar al personal o a nosotros, Keila.
—¡Podría ser real! —objetó—. Se dice que por las noches se escuchan ruidos en los pasillos, a veces se ven sombras también, una sombra con capucha, pero cuando alguien se acerca simplemente desaparece. También han revisado cada rincón del lugar creyendo que es un intruso sin encontrar nada fuera de lo normal.
Todo esto lo dijo con una voz misteriosa que pretendía asustarlos, sin embargo, Beltran era bastante escéptico en ese tipo de cosas y sólo se rio. Marceline no se rio, aunque nada tenía que ver con el cuento de su amiga sino con el hecho de que alguien era lo suficientemente inteligente como para burlar a los guardias e infiltrarse en el castillo. Si alguien podía entrar entonces también debía entender cómo salir.
—La historia es real.
Parecía fascinada con la idea y no quiso romper su burbuja.
—Podría ser.
—¡Qué suerte tienes! Yo quisiera verlo también.
La dejó perderse entre sus desvaríos. Para ella lo importante ahora era hablar con Finn al respecto, si alguien conocía alguna entrada debía ser parte de la rebelión y sino… Mejor averiguarlo cuanto antes.
Nota: Lamento si no respondí sus comentarios la última vez, les aseguro que los leí todos, los responderé acá.
Respuestas.
Setsuna M: Tienes toda la razón, hacer pequeños cambios sería la opción más fácil, aunque a veces es difícil ver con claridad desde dentro.
nocapla5: Aww, eso me llena el cora jaja gracias.
Love novels: Gracias por esperar y por tomarte el tiempo de comentar, ¡un abrazo!
Spynx: ¡Muchas gracias!Es muy amable de tu parte decirlo. Espero disfrutaras también este capítulo.
