Buenas, buenas. Aquí estoy otra vez.

No tengo mucho qué decir, aparte de que adoro encontrarme trayendo esto para ustedes otra vez y que todavía tienen mis escritos por mucho tiempo más porque no tengo planes para dejar de escribir pronto.

Felices fiestas, espero se hayan divertido en navidad y tengan un día maravilloso en año nuevo. Brindo por un año más de buenas historias, y no me refiero a las mías sino a las de los otros escritores, por un 2022 con más bubbline.


No encontró a Finn por días, pero desarrolló un nuevo pasatiempo, a tal punto de casi olvidar lo que debía hablar con el chico. Claro, pensaba constantemente en la visión de aquella noche, sin embargo, cada vez le parecía más una alucinación a la cual no tomar importancia porque ahora se topaba con su juguete tantas veces al día que, cuando apenas comenzaba a pensar en ello, su atención se desviaba de inmediato.

Si era su día de montar la esperaba junto a su caballo, ya ensillado, peinado, con las riendas en la mano, aunque en lugar de entregarlas alejaba la mano, obligando a la reina a ir tras su movimiento.

Y no, no era que la hubiese perdonado, el rencor continuaba ahí, lacerando sus entrañas, de modo que esta era el método más efectivo para soltar parte de ese odio sin necesidad de dañarla; por alguna razón Bonnibel no decía nada. Sus rabietas se escuchaban en todo el establo, pero jamás levantaba una mano en su contra ni llamaba por ayuda a alguno de esos desalmados con uniforme de guardias. Así que Marceline la molestaba, todo el tiempo, abusaba de sus beneficios, aunque las razones para tenerlos no fueran del todo claras, es decir, era la reina, podía castigarla si quería y no podría evitarlo, pero se abstenía, quizá porque salvó su vida.

De modo que diario pasaban por la misma rutina, justo como ahora que la tenía delante. El brazo seguía atado a su cuello, pero seguro era cuestión de días para terminar con eso y volver a tener la soltura de siempre.

—Hey, princesa.

Bonnibel chasqueo la lengua. Ella tenía un título muy por encima de una princesa, sin embargo, no la contradijo. Llevaba ya unos días con la misma tontería, y odiaba permitirlo, frente a otros ya su rostro estaría rojo del golpe, pero estaban solas, así que lo dejó pasar una vez más.

—¿Sabes lo mucho que me fastidias?

—No debe ser demasiado si todavía me conservas cerca.

—No te creas tan especial. Eres a quien tengo menos estima.

—Y aun así aquí estás.

Acarició el lomo del caballo que resopló en su dirección. Se veía ansioso por salir, pero aguardó paciente mientras daba pequeños golpecitos a la tierra con su pata.

—Puedo caminar por los rincones de mi castillo si así me apetece.

—Tienes todo el castillo y siempre vienes a encontrarme a mí.

—¡Ay, por favor! Ya te lo dije: no te creas tan especial. Ahora dame a mi caballo y deja de hacerme perder el tiempo, a menos de que quieras trabajo extra qué hacer.

Marceline subió las manos en señal de rendición, pero su sonrisa le decía que consideraba ese final como una victoria suya y eso la enfadó.

—No ganaste —le informó.

—¿Ah no?

Entonces Bonnibel desapareció con las riendas de su caballo porque no soportaba ni un minuto más al lado de una persona capaz de sacarla de quicio de ese modo, y ni siquiera entendía cuál era su motivo para permitir tremenda falta de respeto, ¿el salvar su vida automáticamente le dio un pase gratis para insultarla siempre que quisiera? Porque no le parecía un trato justo, en especial cuando su muerte le hubiese ahorrado tantas cosas.

Caminó más lento todavía con las riendas de Tormento en la mano; un suspiro se escapó de sus labios al darse cuenta de la dirección de sus pensamientos, en realidad pensaba en ello con frecuencia, si ese día Marceline no aparecía o si su caballo, tan nervioso como era, golpeaba algún órgano sensible, quizás ella no estaría ahí. El golpe no fue gran cosa, le rompió un brazo y la dejó inconsciente, pero vivía y no era suficiente daño como para matarla, así que decir que Marceline le "salvó la vida" era como exagerar a medias. De todos modos, no le quitaba el mérito de socorrerla a pesar de su evidente odio hacia su persona.

Pero a veces deseaba que nadie la rescatara. Caer tan hondo de donde no pudiera escapar, donde el mundo decidiera olvidarla y continuara sin ella porque refugiarse en algún sitio apartado y desentenderse de sus responsabilidades no era una opción, de modo que morir a veces parecía ser la única salida viable.

Intentó alejarse de esos pensamientos mientras seguía caminando con las bridas en la mano. Odiaba admitirlo, pero sin ayuda de Marceline subir a su propio caballo sería imposible, en especial con el brazo atado al pecho que, si bien estaba a punto de sanar, todavía seguía un tanto entumecido por mantenerlo rígido todo ese tiempo. Se sintió como una tonta dando vueltas sin poder subir a Tormento, pero buscar ayuda sólo la haría sentir peor, así que como pudo se quitó los mechones de cabello en su rostro y optó por regresar el animal al establo, aunque la vergüenza se la tragara viva al ver la sonrisilla burlona de la muchacha.

No era lo que esperaba, Marceline se veía concentrada dando de comer al resto de los caballos como para prestarle atención; sonrió, pero no más, no hasta tenerla al frente con la mano extendida entregándole las bridas, sólo entonces soltó su primera reacción, como si esperara verla a los ojos para burlarse.

—¿Qué tal el paseo?

Bonnibel no respondió con la voz, pero su mirada se dirigió a otro lado. Sopesaba la opción de largarse o pedirle ayuda para subir, aunque al final tenía claro cuál sería su decisión.

—Cuida bien de él, hay otro lugar donde debo estar ahora mismo.

—¿Asistirá a alguna ejecución? —preguntó por molestarla.

—Sé qué te parece difícil de creer, Marceline, pero tengo otras cosas más importantes que ocuparme de personas como tú.

—Personas como yo… —repitió despacio—. No eres muy diferente, princesa.

Bonnibel seguía en su sitio, con la mirada en el animal que comía su heno sin preocuparse, deseando ser él y no tener que pasar por estas acusaciones, en especial porque le dolía que fueran verdad. Cuánta sangre no tendría ya en sus manos si incluso su propia familia sufrió a causa de sus decisiones. Hizo cosas de las que no se sentía orgullosa, pero odiaba recordarlas por su culpa; si era una asesina las palabras no tenían el valor suficiente viniendo de ella.

—Yo jamás mataría a alguien.

Quería convencerse a sí misma, defenderse de su propia conciencia, sin embargo, la respuesta de la chica la dejó en el limbo otra vez.

—No, tienes razón, tú tienes a otras personas que lo hagan por ti.

—No tienes ni idea, Marceline.

—¿Por qué no pruebas contándome a ver si realmente me equivoco contigo? ¿No matas a cualquier persona que ose interferir con tus planes? Disculpa, quizá entendí mal este reinado de terror del que tanto presumes.

—Yo no…

Nunca antes se sintió tan débil frente a una persona que no fuera Pepper, pero la forma como ella la miraba le penetraba las entrañas. Se quedaba sin aire al pensar en la realidad y cómo, por más que intentaba ser una buena gobernante, su pueblo sufría, se resistía, peleaban contra sus normas, obligándola sin remedio a tomar medidas. Entonces volvían a su memoria los rostros de los niños, las familias tomadas de la mano paseando por los mercados con expresiones tranquilas y toda esa culpa se disipaba de golpe porque quizá, si todavía podían poner esa expresión, su trabajo servía de algo.

—Tú no entiendes nada, no tienes idea de cómo vivo y de las decisiones que me toca tomar. Nunca serás capaz de entenderlo.

—Quizá. De la misma forma que jamás escucharás mi historia, siempre seré para ti una persona que es capaz de matar a otra y eso no va a cambiar ¿No es así? Si pudieras encontrar a mi hermano lo matarías sin dudar.

—¿Cómo esperas que entienda algo que no eres capaz de explicarme?

Podía sentir el viento filtrarse por las entradas del establo. En el patio se oían los murmullos lejanos de los guardias y algún grito con órdenes hacia los más inexpertos, o tal vez contra los otros prisioneros, no podía estar segura.

Su atención estaba puesta en la chica que la observaba con enojo, mantenía los brazos cruzados bajo el pecho y por un momento pensó que lo mejor sería retirarse, estaban llevando la conversación a temas delicados y, si Marceline hablaba, se sentiría con la responsabilidad de hacerlo ella también, de explicar cómo su vida se venía abajo con cada mancha de sangre en su conciencia y cómo ese peso bajo sus hombros la arrastraba a un abismo del que le costaba regresar cada minuto del día. ¿En serio debería contarle?

Marceline, por su parte, no tenía ganas de decir nada, habló por hablar, sin embargo, algo en la expresión de la reina la convenció de contarle su versión de la historia. Tal vez lo desolada que se veía en ese momento o las ganas de enseñarle que no todo era blanco o negro, en su caso, por ejemplo, se vio forzada a tomar esa decisión por un bien mayor y quiso mostrarle que no eran los monstruos que ella creía. Ninguno lo era. Sus prisioneros tenían una vida, a pesar de cometer errores porque la perfección tan anhelada por su supuesta doctrina no era lo imaginado, ni siquiera parecido, y cuanto antes lo notara mucho mejor.

No sospechaba ni por asomo que ella ya conocía esa dolorosa verdad.

—Ese hombre me pidió asilo una noche —empezó. Nunca había contado esa parte de la historia y su propia voz sonaba extraña al relatar lo sucedido—. Decidí ayudarlo, pero cuando dormíamos comenzó a robarse todo lo que vio a su alcance. No era gran cosa, nosotros no poseemos artilugios de valor, y eso lo hizo enfadar, supongo, ni siquiera sé si estaba en todos sus sentidos en ese momento.

Bonnibel quiso tomarle el brazo, ¿Para qué? ¿Infundirle confianza? Sabía que podía desatar reacciones en ella, pero serían de aversión y enemistad, de modo que se quedó en su sitio, observando la vista gacha de la chica quien ya no podía o no quería mirarla a la cara. Por primera vez el deje de burla desapareció de su rostro.

—¿Qué pasó entonces?

—Quiso llevarse a mi hermano. Tal vez pensó en venderlo, pero yo no iba a permitir que eso sucediera, forcejeamos un poco, hubo algunos golpes hasta que una patada lo mandó directo al asadero. Murió al instante, pero todo fue un accidente, yo sólo quería que dejara a mi hermano en paz.

—¿Por qué no dijiste eso desde el principio? —la cuestionó a unos pasos de distancia.

No se dio cuenta cuando comenzó a moverse y ahora las separaban sólo unos pocos centímetros. Marceline la miraba otra vez, apretaba los puños todavía con los brazos cruzados; la mirada endurecida delataba su enojo.

—Aunque lo hubiera dicho, no me creerías. Siempre vas a elegir el camino fácil y dejarme libre no lo era.

—Deja de imaginar que me conoces —respondió indignada—. No soy el monstruo que crees que soy.

—¿No? —Marceline se rio—. Disculpa que discrepe contigo.

Intentó contarle su vida también, ayudarla a entender porque no tenía más libertad que ella pese a ser la reina, pero no tenía caso porque había tomado su decisión. No creería en otra cosa por más explicaciones que le diera, y eso la entristeció.

—Me gustaría que entendieras, que entendieran, que a veces las cosas no son lo que parecen.

—Entonces demuéstralo —le dijo—. Eres la imagen que proyectas y tú tienes toda la pinta de tirana.

Bonnibel carraspeo, era suficiente debilidad por hoy o Pepper terminaría por reñirla al enterarse de que había estado hablando tanto con una prisionera, sin importar que la prisionera fuera precisamente quien la llevó cargando al castillo cuando su caballo estuvo a punto de aplastarle los pulmones.

—Tengo que irme.

—¿Vas a huir así? ¿No pensabas contarme tu historia?

—Otro día.

—Por supuesto, otro día.

No le creía, lo notó enseguida con ese tono de escepticismo.

—Lo prometo, otro día.

No era necesario explicarle nada, pero una parte de sí quería decirle y la obligó a prometer aquello. No sé arrepintió, ni siquiera al ver la ceja alzada de Marceline, ni su forma de rodar los ojos antes de darse vuelta para ocuparse de Tormento.

—Será mejor que te vayas, te esperan esas cosas qué hacer.

Bonnibel dudó. Quiso despedirse, pero ni siquiera la estaba mirando, así que salió en silencio del establo con los pies como plomo y la respiración pesada. Sin duda la confesión de Marceline lo cambiaba todo.

Soltó un suspiro lastimero porque sabía era demasiado tarde para hacer algo por ella.

El plan era asistir al banco de comida que preparaba en unas carpas cercanas al castillo para aquellas personas sin casa o con necesidades por encima de lo usual. Le gustaba estar ahí, a pesar de la escolta que la protegía a cada paso.

Para Pepper era un trabajo insignificante y perdió la cuenta de la cantidad de veces que le pedía quedarse para atender asuntos de mayor importancia para el pueblo, para ella y para sus trabajadores, pero todavía insistía en ir, tanto que el mayordomo dejó de ponerle trabas porque de igual forma no iba a obedecer.

En otro momento las personas a su alrededor la distraerían suficiente de sus propios problemas, incluso de las palabras de Marceline horas antes, pero no alcanzó a poner un pie fuera del castillo cuando un guardia la detuvo, se veía asustado y Bonnibel supuso tendría poco en la unidad porque era bastante joven; sus brazos, su rostro, eran los de un niño.

Cuando instauró la seguridad en su reino nunca imaginó la cantidad de familias que pelearían por un sitio dentro, sin embargo, no era para menos si tendrían la educación, las armas y el dinero, hasta gozaban de cierto estatus aquellos que tuviesen un guardia entre sus parientes. El resultado convirtió su excelente sistema en una campaña de niños y personas desesperadas, aunque las pruebas eran duras por lo que al final del año siempre eran menos los intentos y más los aceptados, a veces personas como aquel chico. Parecía tener apenas la edad suficiente para ser un guardia y eso la hacía sentir culpable.

Su reinado debía estar en problemas si unos niños debían estar ahí, pálidos, asustados, con manchas de sangre seca en la ropa.

—Está bien, cuéntame lo sucedido.

Intentó tranquilizarlo, parecía al borde del desmayo. Si el oficial al mando envió a un chico que apenas podía decir palabra, debía ser importante.

—Nos atacaron —articulo al fin—. Una emboscada con armas. Todo fue tan rápido que apenas tuvimos tiempo de escapar…

—¿Dónde está Root?

El chico a punto estaba de echarse a llorar, no parecía herido, pero entendía su conmoción tras la primera vista de cerca con los rebeldes.

—En la enfermería, me envió a avisarle que era urgente su visita.

No perdió más tiempo, los dos guardias que la acompañaban corrieron con ella a la enfermería junto al chico quien dejó de temblar sólo cuando se sentó en un catre libre y se pasó las manos por el rostro.

Bonnibel vio heridos por todas partes con diferentes niveles de gravedad, por suerte Root no estaba entre los recostados, una enfermera se encargaba de curar una fea herida en su frente, pero por lo demás parecía encontrarse en condiciones. Se puso en pie cuando la vio acercarse y no se sentó pese al gesto de ésta para que lo hiciera.

—Tenemos que hablar —miró a los guardias que iban con ella alternadamente—. A solas.

Asintió.

Les ordenó a los guardias quedarse a ayudar y salió de ahí con el canoso hombre tras sus pasos. Encontró los pasillos vacíos, se preguntó en silencio si estaría todo el mundo ocupado o no querían cruzarse con ellos justo ahora.

Al entrar al despacho recargó la espalda en el escritorio, sin Pepper para corregir su postura a veces olvidaba sus modales, pero en esos momentos, con Root observando desde su ojo sano, aquel sin un parche en él, le importó poco dar una apariencia indebida para una reina. En su cabeza sólo tenía espacio para la sangre que todavía llenaba el hombro derecho del teniente y el rostro asustado de aquel joven de quién desconocía hasta su nombre.

—¿Estás bien? —preguntó antes de ir al tema.

No podía dejar de pensar que quizá salieron de la enfermería de forma un tanto apresurada.

El hombre dirigió la mirada a su hombro y de nuevo a su reina, luego dio unos golpecitos en el lugar antes de asentir.

—Es sólo sangre seca, estoy bien. Tenemos asuntos más urgentes que tratar.

—¿Qué pasa?

Root guardó silencio unos segundos en cuanto decidía cómo empezar. Se llevó la mano a su pronunciada barba.

—Esta es la segunda vez que nos toman por sorpresa —admitió con rabia—. Y nadie sabía sobre ese almacén además de nosotros y un par de guardias.

—Al punto, Root.

—Creo que tenemos un espía entre nuestras filas, majestad.

Bonnibel apretó los bordes del escritorio.

—Concuerdo contigo, pero ya me he adelantado, tengo a alguien siguiendo los pasos de cualquier sospechoso.

El hombre estaba un poco sorprendido pues creyó ser el único con la confianza suficiente de la reina para tal misión, pero no dijo nada y su semblante tampoco representó su asombro, siguió igual de impertérrito, con la mandíbula endurecida sin mover la vista de donde la tenía en un principio.

—Es bueno saberlo, su majestad. No me gustaría que mañana encontrarán la forma de llegar hasta usted.

—Si es así, estaremos preparados —le aseguró—. Ahora retírate, necesito un informe lo antes posible con la cantidad de heridos y la gravedad del daño a nuestro almacén. Que alguien vaya y haga un recuento, pero lleven más guardias por si acaso siguen cerca.

—Entendido, majestad.

Hizo un saludo militar y salió a cumplir con las órdenes.

No le gustaba la idea de mandarlos de vuelta a donde podían estar esperándolos, sin embargo, no podía permitirse dejar desprotegida esa área, si robaron parte del arsenal con mayor razón debía proteger el resto de las armas o las cosas podían salirse de control.

No desconocía la existencia de esa resistencia, en ocasiones la acosaban, daban problemas con los guardias o con sus reservas en las plantaciones, pero el asunto comenzaba a crecer a pasos agigantados, lo que comenzó como unos saqueos sin importancia se convirtió en las caras amoratadas de hace un momento. Si seguía así… No le gustaba pensar en el final de esa frase porque la carga en sus hombros se volvería más pesada y no tenía idea si su fuerza era suficiente. No, en realidad sabía que, si las cosas empeoraban, ya no iba a poder con todo sola.

Se sobó el puente de la nariz cuando comenzó a sentir un pinchazo en las sienes, ya veía venir el horrible dolor de cabeza que se avecinaba.

—¡Y estaban ahí! Todo el tiempo estuvieron ahí, pero nadie los vio hasta que…

Keila hablaba sin parar sobre alguna cosa, aunque era incapaz de entender la historia porque no le prestó atención desde el principio. Se distrajo cuando la primera oleada de guardias entró al palacio con los rostros partidos, los siguió con la mirada mientras pasaban rozando los hombros unos con otros, y cuando vio salir a otro grupo, diferente al del principio, su vista volvió a perderse entre los oficiales donde encontró la melena rubia que ya conocía.

Él no la miró, parecía distraído con los gritos del oficial al mando; algo grande debía estar pasando, la reina tampoco había asomado su cabeza por la ventana hoy.

Se sacudió la tierra de las manos en el pantalón, casi era hora de volver pues las luces rosadas del cielo comenzaban a volverse moradas, casi negras con pequeños puntos luminosos a un paso de dejarse ver. Le hubiera gustado quedarse en su sitio y observar con mayor atención cuando estuvieran de regreso, hablar con Finn al respecto, tal vez él podría contarle sobre lo ocurrido con los guardias lastimados.

Podría preguntarle a la reina, pero sería muy sospechoso y no era tan idiota como para dejarse llevar por la curiosidad.

—¿Has visto a los que entraron? —preguntó la chica de repente.

A veces parecía no prestar atención a su alrededor por eso le sorprendió escucharla preguntar. Keila era desentendida con la mayor parte de las cosas, como si se negara a sí misma lo visto o escuchado. Quedaba claro que eso era sólo una fachada.

—Iban heridos.

—¿Qué habrá pasado? ¿Será que estamos en peligro?

Sí, Marceline sabía que lo estaban, pero no inmediato, pasarían semanas o incluso meses antes de ver a los rebeldes por ese lugar. A veces se preguntaba si estaría ahí cuando eso ocurriera, bien podría morir de alguna infección o molida a golpes por los guardias encargados de los esclavos.

—No, descuida. Estaremos bien.

Keila asintió.

—Incluso si no es así, prefiero cualquier cosa a quedarme toda la vida encerrada.

—¿Te irías? —preguntó con la vista fija en la barda del castillo—. Si pudieras, ¿escaparías?

Giró primero atrás donde los guardias terminaban de marcharse; todavía nadie daba la orden de regresar, a pesar de que divisó algunas personas por los corredores al otro lado de la puerta principal. Sólo entonces devolvió la vista a Marceline quien tenía los ojos en ella.

—¿Crees que alguno de nosotros no lo haría? Esta vida es un chiste, no estamos aquí por voluntad propia.

Cuando Keila hablaba en serio su tono de voz era distinto. La carga emocional que conseguía dilucidar a través de sus palabras la confundía, no porque su odio fuera injustificado sino por todas esas veces en las cuales su sonrisa o su charla desvanecían la sensación de encierro.

Se acostumbró a que estar con ella era escuchar conversaciones a medias por permanecer perdida en sus propias preocupaciones, tratar un tema serio con ella, a pesar de no ser la primera vez, era un asunto atípico, incómodo incluso porque le gustaría poder contarle todo, traer más aliados, sin embargo, no sabía si podía confiar en ella. No al nivel en que lo necesitaba.

No tardó mucho en venir alguien a su encuentro. El guardia comenzó a empujarlas fuera del patio, rumbo a la puerta de las mazmorras; acostumbrarse al cambio de luz era todos los días del mismo modo, al principio resultaba complicado seguir a sus propios pies, en especial al bajar los escalones, pero a los pocos segundos su vista conseguía enfocar y salvarla de una caída peligrosa.

Las antorchas que vio cuando la llevaron a rastras seguían ahí, aunque pronto comprendió que rara vez eran encendidas. Al llegar a su celda se dejó caer en el suelo, exhausta, una parte de sí estaba molesta por haber sucumbido a contarle su historia a la reina, ¿tenía algún sentido? Incluso si intentaba convencerla de ver el otro lado de la moneda, no podía estar segura de que fuera a funcionar. La reina podía o no sentir culpa, pero su confesión ya estaba ahí, en el aire, a su merced.

Recordó su promesa, sin embargo, no la creyó. ¿Por qué habría de contarle algo referente a su vida? ¿Y qué podía ser tan importante como para creerle? Porque dudaba poder hacerlo. Tenía una opinión de esa persona que veía todos los días desde incluso antes de entrar en el castillo. Todos la tenían.

Le gustaría saber cuáles eran las opiniones de Keila y Beltrán; por un lado, la chica ya le mencionó su aversión a ser prisionera, el ansia de la libertad y podía entenderlo, sin embargo, era diferente estar en desacuerdo con la doctrina que con quien la imparte.

Fingía dormir y dio vuelta a su rostro en silencio para observar el de los chicos; Beltrán tenía el cabello sobre el rostro cubriendo sus ojos y las manos apoyadas en la barriga, su respiración regular le indicó que cayó dormido apenas tocó su celda, lo cual no era sorpresa pues se veía exhausto cuando lo topó en la superficie. Keila también dormía vuelta abajo con el rostro hacia su celda; removía los pies cada tanto, pero no se despertó.

Si pudiera evitarles seguir ahí, lo haría. Quizá si encontraba una salida podría ayudar, aunque tuviera ella que quedarse como moneda de cambio.


Respuestas a los reviews.

Setsuna M: Gracias a ti por estar tan al pendiente de las actualizaciones y por comentar, felices fiestas, ¡un abrazo!