Holis, he vuelto con más.

Nos estamos leyendo, lo prometo.

Cuídense muchito.


Hoy era el cumpleaños de su hermano. Quizá por ello no podía dejar de ver el perrito de madera que dejó con ella cuando tuvo que escapar; seguía resguardado con fiereza en el bolsillo de su pantalón y, cuando nadie veía, se quedaba con la vista fija en él. Le gustaría tener la oportunidad de ir a darle un abrazo, ya siquiera verlo, así fuera de lejos, pero sabía de antemano que era imposible.

Al menos se había quedado cerca de Keila, la chica conseguía distraerla con su conversación mientras se encargaban de limpiar los pisos del castillo. Trabajo complicado, aunque prefería eso que mantenerse allá afuera bajo el sol todo el día picándole los hombros y la cara. Además, adentro no hacía tanto frío como allá.

Keila se puso en pie e hizo una seña para darle a entender que iría a traer más agua limpia. La vio perderse entre los pasillos con la cubeta en mano, siguiendo el camino por donde venían con paso cansado, incluso se encorvaba un poco al caminar y se preguntó en silencio si sólo no se dio cuenta antes o era una cosa reciente.

Se fijó a ambos lados por si acaso venía alguien, y al no ver a nadie decidió ir a dar un paseo por los alrededores pues sabía que Keila tardaría; merodear comenzaba a convertirse en uno de sus pasatiempos favoritos, después de molestar a Bonnibel. Al principio era complicado porque los guardias no les perdían la pista, pero con los días cada vez se acostumbraban más a tenerlos cerca, e igual ayudaba lo revuelto que se encontraba el castillo después del reciente ataque a los guardias. Según sus investigaciones apenas habían tenido un par de heridos, pero era suficiente para preocupar a la reina, ahora ella y todos sus guardias parecían preocupados cada segundo.

A Finn todavía no conseguía encontrarlo solo, de modo que no podía saber cuánto conocía él del incidente ni si eso estaba relacionado con sus conocidos o no. Escuchó voces en el pasillo donde iba dando vuelta y entró en alerta, ocultó su cuerpo en la primera puerta que encontró a su paso la cual resultó ser una especie de trastero. Intentó no moverse mientras los escuchaba detenerse cerca de la puerta del despacho a tan sólo unos metros de donde se encontraba.

Vio al mayordomo con una taza humeante detrás de Bonnibel quien se masajeaba el puente de la nariz con una expresión cansada. No era habitual verla así, pero imaginó que no mostraría esa expresión frente a todos, una reina debía verse imponente, carismática, benevolente, pero nunca sobrepasada por la situación. Aunque siempre creyó que se mostraba indiferente porque no tenía ninguna preocupación y ahora se sentía un poco tonta por creerlo.

Eran escasas las ocasiones donde la consideraba una persona normal, pero sucedían; todavía tenía fresco el recuerdo de Bonnibel en su cama, absorta en la lectura, tanto que ni siquiera se dio cuenta de su presencia en la puerta. Y ella no se quedó mucho tiempo para no ser castigada, después de todo, estaba huyendo de sus obligaciones justo como hacía ahora.

Ese día lo tenía grabado porque el sol iluminaba el reflejo de su cabello con dulzura, y eran de esas pocas ocasiones en las que parecía una persona diferente. Le parecía extraño pensar en esa mujer tranquila como la misma descorazonada reina a la que estaba acostumbrada; y llevaba tiempo pensando en ello, en la persona tan distinta que encontraba por los pasillos en comparación con quién la recibió su primer día o incluso si veía a esa misma persona parada frente a las visitas constantes de otros reinos. ¿Quién sería la verdadera? ¿O sólo estaba pensando de más las cosas?

—No hay otra salida, majestad.

Volvió a centrar su atención en ellos al escuchar la voz del mayordomo, sonaba a una conversación que llevaban durante bastante tiempo. Abrió un poco más la puerta para tener un mayor alcance de su visión; la reina continuaba con esa expresión de cansancio, con la mano en la puerta, libre al fin de esas vendas que la tenían tan entumecida, aunque su piel en el brazo recién curado era más pálida de lo normal, de no ser por eso se veía tan radiante como siempre.

—Debe haberla, Pepper. Me niego a ceder en eso.

—Pero majestad, mire lo que está sucediendo, esos salvajes se acercan cada vez más y no puede dejar que las personas del reino sufran por culpa de ello. ¿Qué pasará cuando decidan atacar a personas inocentes o a usted?

—Eso no sucederá.

—No puedes estar tan segura, Bonnibel.

Sólo ese hombre tenía permitido hablarle así a la reina. Y ella, por supuesto.

—¡Pepper, por favor! Comprende lo que me estás sugiriendo.

—Y entiende tú porque lo hago —contratacó él—. Tu mayor anhelo debería ser darle un heredero al reino, alguien que pueda liderar cuando tú ya no estés, sin contar los beneficios que nos traería una alianza entre nuestros reinos.

—Pepper, basta. Lo pensaré ¿de acuerdo? Déjame considerar las opciones.

El mayordomo asintió y entregó la bebida. Tal vez era la primera vez que veía a Bonnibel así de agotada, incluso sus manos parecían temblar dejando caer pequeñas gotas del líquido en sus dedos, pero el hombrecillo ya no dijo más, se limitó a dejarla sola. Ella entró a su despacho con lentitud y decidió asomarse más de cerca.

Salió de su escondite cuando estuvo segura de que nadie la vería, los pasillos estaban desiertos porque la mayoría estaría ahora organizando el baile de invierno que había escuchado mencionar por los pasillos, al parecer otra gran obra de teatro a la cual asistir, con un montón de títeres, incluida la propia reina.

No estaba preparada para esa visión: Bonnibel lloraba sin hacer ruido. Fingía mirar por la ventana, pero sus ojos no parecían darse cuenta del paisaje y expresaban con claridad un dolor silencioso como sus lágrimas al resbalar por las mejillas húmedas. Llevaba todavía la taza entre las manos, pero su contenido resbalaba lentamente por el techo sin que ella pareciera enterarse de nada.

Por un momento fue como verse a sí misma cuando sus padres murieron, todo ese sufrimiento escondido por el bien de otros. En su caso, por su hermano, demasiado pequeño para demostrarle sus sentimientos, para abrumarlo con un dolor que sería incapaz de comprender; ella perdió a sus padres, pero lo único que ese niño conoció siempre fue a su hermana, no existía nadie más en su mundo, murieron cuando él todavía no era capaz de recordarlos.

Se acercó. Podía echar todo a perder, pero no lo pensaba, sólo quería que dejara de llorar o poder quedarse hasta que se cansara de hacerlo. Ni siquiera ella merecía soltar su dolor en soledad y a escondidas, por eso se escabullo dentro y cerró la puerta sin hacer apenas ruido; se detuvo a unos pasos de distancia sin saber si debía decir algo, casi estaba segura de que Bonnibel ya sabía de su presencia. Al final no tuvo que decir nada.

—Esto no cambia nada, sigo siendo tu reina.

Marceline no quiso contradecirla, aunque sus palabras la molestaron.

—Majestad —por primera vez no sonaba como una burla—, ¿por qué no se retira de la ventana?

Bonnibel miró abajo un segundo y obedeció. Soltó un suspiro mientras limpiaba sus mejillas con un pañuelo sobre su escritorio, tenía la nariz rosada, al igual que sus mejillas y sus ojos, pero no parecía avergonzarse por ello. Era como si nada importara en ese instante, ni su presencia, ni su muestra de debilidad, casi se atrevía a asegurar que tampoco su propia vida, no cuando miraba al vacío con esa expresión de anhelo.

—¿Puedes contarme ahora aquello de lo que no quisiste hablar antes?

—¿Para qué? Eso no va a cambiar tu opinión de mí, Marceline.

Se dejó caer en la silla con la mirada perdida en algún punto en la pared.

—Tu opinión sobre mí también sigue siendo la misma y aquí estamos.

Bonnibel respondió sin mirarla, ya no lloraba, pero la tristeza aún se dibujaba en su semblante.

—Te dije que dejarás de pensar que me conoces. Yo no creo que seas una mala persona, pero viniste a parar aquí y de momento no tengo forma de ayudarte.

Estaba sorprendida porque esa persona que hablaba ahora con ella no se parecía en lo absoluto a la tirana a la cual estaba acostumbrada y cada vez se confundía más respecto a quién era la verdadera Bonnibel, ¿de verdad había dicho eso? ¿La consideraba una buena persona pese a lo mucho que la odiaba y a como la trataba diario? Eso la hizo reír.

Se sentó en su escritorio, frente a su silla y tomó su barbilla con cuidado, obligándola a mirarla.

—Cuéntame —ordenó.

Le retiró la mano con un empujón, pero no dejó de mirarla. Se sostenía de los bordes del escritorio con el cuerpo inclinado hacia adelante; si Pepper se llegara a enterar de que le daba esa libertad… Si cualquiera llegaba a enterarse, no quería ni imaginar el escándalo.

—La vida en la corte no es sencilla, Marceline. A veces tengo que tomar decisiones que no me gustan y que incluso a mí me lastiman.

—¿Decisiones como cuáles?

—Todo —se rio con amargura—. Dejarlos aquí, hacerles daño. Crees que lo disfruto y soy un monstruo, pero siento la enorme carga de las decisiones que he tomado, y que no puedo dejar de tomar, aunque quisiera.

—¿Por qué no? Si tanto te duelen esas decisiones, cámbialas, tú eres la reina.

—No es tan sencillo. No todo lo decido yo sola, tiene que pasar por el consejo. Y sabemos que las cosas perderían su rumbo si me veo demasiado flexible con todos, sólo mira lo sucedido con mis padres, ellos…

No pudo seguir hablando y Marceline tampoco se lo exigió. El pueblo entero sabía la tragedia de los reyes anteriores, conocían la historia de cómo fueron traicionados por una persona a quien le tuvieron clemencia, no era de extrañar que Bonnibel pensara en tener la misma suerte si seguía su ejemplo.

Se quedó en silencio sin saber muy bien qué decir, sólo continuó con su mirada en ella y le pasó el pañuelo cuando una última lágrima se abrió camino hasta su barbilla.

—¿Por qué lloras? ¿Cuál es la decisión que te duele tomar esta vez?

Su voz no sonaba tan altanera como de costumbre, al contrario, la hizo sentir escuchada y aliviada de poder hablar de sus cargas por primera vez en años. El único antes de ella que la escuchó con atención fue su hermano, pero de eso era ya mucho tiempo.

—Es… mi boda.

—¿Vas a casarte?

—No, pero Pepper cree que debería hacerlo, y tiene razón, no hay alianza más fuerte que aquella con vínculos maritales, sin embargo, no es eso lo que yo quiero para mí.

—Ya veo. Sé que quizá mi opinión no importa, pero no considero que te haga falta ningún consorte, tienes un reino prospero, a pesar de los conflictos, no es gran cosa, no deberías sacrificar tu vida de esa forma sólo por eso.

—A veces esta situación me sobrepasa, eso es lo que acabas de ver.

—¿Necesitas un abrazo? Aunque no creo que quieras el de alguien con la ropa llena de tierra.

Bonnibel sonrió y colocó su flequillo hacia atrás con una mano.

—Les enviaré ropa nueva, no puedo seguir dejando que te veas así.

—Envidias mi atuendo.

Ahora también ella sonreía. No recordaba estar enojada con la persona frente a sí, sólo podía pensar en lo humana que se veía con el rostro sonrojado por el llanto, las manos en el reposabrazos del asiento y en su mirada celeste, tan limpia en esos momentos, tan natural, no como el color marino que resaltaba de sus iris cuando la vio en aquella celda mientras pronunciaba la orden de quemarle la marca que ahora llevaba a fuego en la piel.

Bonnibel era diferente a cómo la había pensado. Era una no tan mala persona, abrumada por su entorno como cualquier otro, pero con una responsabilidad mucho más grande.

Después de averiguar que se estaba saltando sus tareas, Bonnibel la echó de su despachó para que volviera a ello, aunque ya no fue tanto una orden llena de peleas sino más bien un amable recordatorio de que no quería verla con más problemas por su culpa.

Keila estaba enojada por haberla dejado sola, se lo hizo notar con una cantidad excesiva de miradas filosas. No le bastó disculparse en cada una para ser perdonada, y se enojó más al no obtener una respuesta por su repentina ausencia, sin embargo, era algo que no podía contarle, incluso dudaba poder hablarlo con Finn, a pesar de tenerle más confianza y saberlo de su lado; quizá justo por eso se negaba a decirlo en voz alta, ¿para qué? ¿La creerían una traidora si ahora la comprendía?

La comprendía, sí, pero eso no quería decir que justificara sus acciones. Si Bonnibel quisiera podría hacer la diferencia, quizá así no sería necesario un cambio de administración, sin embargo, se consideraba atada de manos, de modo que por más que se lo pidiera las cosas seguirían igual.

Se recostó en el pasto sin importar si podían verla o no, sólo quería un minuto de tranquilidad para despejar su mente; Keila la observó un momento, pero enseguida la imitó. Tener a los guardias tan acostumbrados a su presencia tenía sus ventajas, como la vigilancia menos severa. Dejó la mirada vagar por las ventanas del castillo en donde en estos momentos debía estar paseando la reina con su mayordomo, perro faldero, consejero o lo que fuese para ella ese hombre semi cano que la seguía a todos lados.

—¿Qué piensas de la reina? —preguntó todavía con los brazos bajo la cabeza.

Keila seguía mirando las nubes pasar con las manos sobre el abdomen como si estuviese en un ataúd.

—Ya sabes lo que pienso de ella, mi opinión no es muy diferente a las de los otros prisioneros. ¿Por qué la pregunta?

—No era nada, sólo estaba pensando en como parece tener todo bajo control.

La chica rio sin disimulo.

—No parece tenerlo, lo tiene, Marceline.

—¿Por qué estás tan segura? Podría tener miedo también o estar bajo presión por culpa de todas las cosas con las cuales tiene que lidiar.

Keila se dio la vuelta para quedar de cara a ella con un brazo sosteniendo su cabeza unos centímetros por encima de su mirada. Supo que lo había arruinado, si no tenía cuidado con sus palabras podían empezar a pensar que trabajaba para la reina o algo parecido.

—¿Acaso estoy escuchando bien? La chica que dijo que no era su reina está tratando de encontrar excusas para justificarla.

—Olvídalo, fue una tontería. Sólo estaba pensando en eso porque me cuesta creer que una persona haga lo que ella hace sin sentirse culpable, pero tal vez algunas personas no tienen sentimientos.

—Algunas personas no tienen corazón, Marceline. Ahora vámonos antes de que se den cuenta que estamos descansando.

—Bonnibel.

—¿Qué pasa, Pepper?

Tenía la vista pegada a unos documentos de quejas, no la levantó hasta un rato después cuando el silencio se extendió demasiado y la respuesta no llegaba. Dejó las hojas a un lado para ver al hombre de pie frente a la puerta con una nota en las manos, una nota con el sello real del reino vecino.

—El duque solicita una audiencia con usted.

No necesitaba aclarar de quién estaban hablando pues ambos lo sabían, pero su interés resultaba extraño pues no solía molestarla, ni siquiera en sus eventos cuando ambos estaban en la misma sala.

—¿Dice para qué?

—"Asuntos personales". No me agrada su falta de detalles.

—Pepper, a ti no te agrada nadie que no sea ese viejo loco de Icemount —dijo mientras estiraba la mano para pedir el sobre.

El hombre se acercó a darle la nota y se quedó con rostro serio mientras ella la leía en silencio.

—Ese viejo loco…

—Ya lo sé. Tiene una de las fortalezas mejor construidas y sería una adquisición asombrosa para proteger el reino.

—En efecto, y ha estado detrás de ti desde hace años.

—Pepper, retírate, por favor. No necesito más sobre mi plato en estos momentos.

—Como digas, Bonnibel, pero no digas que no te lo advertí cuando el pueblo vuelva a sufrir por no tomar una decisión. Mira lo que pasó la última vez.

—Esta es mi decisión. Ahora retírate como te lo pedí.

Cuando por fin se marchó Bonnibel se desplomó en la silla con el sobre en una mano. Estaba hasta el cuello de obligaciones y sólo podía permitirse sus arrebatos frente a ese hombre que acababa de marcharse porque para el resto debía sonreír, fingir que todo en el reino estaba bien, que no había una amenaza de invasión ni tampoco comenzaba a sentirse sofocada por la progenie que su pueblo necesitaba.

Recordar cómo se había comportado frente a uno de los presos lo empeoraba porque no tenía idea si podía confiar en ella, sólo que cuando se acercó con la preocupación marcada en los ojos se sintió importante para alguien por primera vez en la vida, más allá de acuerdos, títulos o su corona, se vio a sí misma como una persona normal con el derecho de sentirse agobiada y no sentir culpa por no saber qué hacer.

Así que, se aferró a esa sensación, a la calidez que desprendía su presencia y se preguntó cómo no pudo notarlo antes. ¿Por qué cuando acudió a ese interrogatorio no pudo ver en sus ojos lo mismo que veía ahora? Aunque es probable que sí lo viera y no pudiera reconocerlo, después de todo, de qué otra forma sería capaz de explicar el escalofrío que sintió cuando sus miradas se encontraron, el desafío con el cual la estaba retando, tratando de demostrar su inocencia.

Los ojos de esa chica tenían un tono limpio, a pesar de estar enojada con la vida —y con justa razón—, siempre parecía guardar esperanzas sobre las cosas. Era admirable, bastante tonto en su opinión, pero admirable, a fin de cuentas.

Revolvió la pluma entre las manos sin soltarla. Iba a ser un largo día.


Respuestas a los reviews.

KariChloe: ¡Gracias! Que amable de tu parte.

Setsuna M: Un abrazo para ti también, y agradezco el tiempo que te tomas para los comentarios. Nos estamos leyendo, ¡hasta pronto!