Título: Tormentas en el mar.
Personajes: Athanasius, Lilian, Jeannette, Penélope.
Pairings: Athanasius/Lilian.
Línea de tiempo: Semi-AU.
Advertencias: Disclaimer Who Made Me A Princess/Princesa Encantadora; los personajes no me pertenecen, créditos a Spoon y Plutus. Posible y demasiado OoC [Fuera de personaje]. Semi-AU [Universo Alterno]. Situaciones exageradas. Nada de lo ocurrido aquí tiene que ver con la serie original; todo es creado sin fines de lucro.
Clasificación: T
Categoría: Drama, Suspenso, Romance
Nota de autora: ¡no es mi culpa! ¡este tipo de ideas siempre aparecen en los peores momentos!
es tu culpa, Yukki (noesciertomiamorteamo nomedejesxfa)
tengo el headcanon de que la familia de Lilian eran partidarios de Claude, y es que por eso eran tan poderosos aún luego de toda la disputa de la familia imperial, y es por esto que Lilian pudo estar frente a Diana y cuidar de Athanasia
teniendo esto en cuenta, la cosa que estoy escribiendo ahora es lo que hubiera pasado si es que Claude no hubiera ganado y los York tuvieran que pagar un precio por traicionar al primer príncipe heredero (Athanasius) porque, no sé, me gustan estas tramas /wink
tal vez haga una segunda (y tercera) parte, quién sabe (¿)
Summary: Lilian de nuevo puede ver ese rastro carmesí nadando en los irises benditos del hombre, como una serpiente astuta y cruel envenenando su ser. Pero, de nuevo, no se atreve a pensar mucho al respecto y mantiene su boca cerrada.
I.
—Déjennos solos.
Apenas escuchan las palabras del emperador, todas las damas de pulcros uniformes y frías expresiones no tardan en salir de la amplia recámara. Los repetidos pasos dejan de oírse una vez las puertas son cerradas, y lo último que ve la única joven que se ha quedado allí es a la sirvienta principal sacar unas llaves. Eso sólo podría significar que, aunque intentase salir corriendo por la puerta, no podría abrirla porque acababan de dejarla sola en una habitación bajo llave.
Aunque no exactamente sola. Lastimosamente.
Lilian muestra el rostro más serio que es capaz de mantener, pese al miedo que le produce la sola idea de encontrarse completamente indefensa frente al supuesto hombre más poderoso del imperio. Observándolo fijamente, bajo las luces de los tenebrarios mágicos, se pierde un segundo en los ya conocidos pero no menos impresionantes ojos de joya azul. Brillan como cristales.
Aun así, también hay un rastro carmesí entre los recovecos de la cruel mirada del emperador. Pero Lilian no tiene derecho a pensar cosas acerca de eso.
—Lady York, ¿no es así?
La voz del rubio la obliga a prestar completa atención. Su cuerpo entero se vuelve rígido, hasta que él da un paso más cerca y ella retrocede por inercia.
La sonrisa del hombre le causa escalofríos.
—Me alegra que haya entendido la decisión de su familia, señorita.
Lilian aprieta los labios con fuerza. La furia burbujea en su interior, deseando escaparse en un arrebato violento en contra de este sujeto que la mira con tanta burla, como si no encontrara en ella algo más que un juguete divertido. Empero, ella tampoco es idiota y lo sabe, sabe que no podría catalogarse de una manera distinta luego de todo el desastre por el que pasó el país luego de las disputas entre los herederos de la corona, resultando en que ganara Athanasius y se proclamara absoluto gobernante.
Por supuesto, este desenlace sólo ponía a los York como parte de los traidores, por haber apoyado a otro príncipe. El destino de toda la familia sería morir, sin derecho a clemencia.
Y aun así, Lilian York y sus padres y todos con los que comparte apellido continúan respirando, con los cuellos intactos. Todo porque el reciente emperador de Obelia lo había decidido así, salvar la existencia de un apellido con bastante poder que en algún momento quiso ir en su contra. Absoluto perdón, aunque claramente no de manera gratuita.
Lilian era el precio.
—¿Qué ocurre? Tienes una mirada sombría —él se ríe. Está sólo a un par de pasos. Lilian sólo quiere correr lejos—. ¿No era que los York criaban a sus hijas para ser buenas damas? ¿Por qué ni siquiera da un saludo, lady York?
Lilian traga con pesadez, y deja de apretar las telas de su vestido para agarrarlas suavemente y hace una reverencia perfecta.
—Lamento mi actuar, su majestad —habla suavemente, su voz en un tono armonioso. Mira al suelo, a la sombra del hombre—. Gloria al sol de Obelia. Que las bendiciones estén siempre de su lado, emperador Athanasius.
—Eso suena mejor —él aplaude una vez. Lilian vuelve a erguirse, poniendo ambas manos juntas enfrente suyo y mostrando una sonrisa dulce. Athanasius se acerca y le extiende la mano—. ¿Me permite?
La muchacha parpadea un par de veces, y siente un tic en la ceja, sin embargo hace caso de inmediato y levanta la mano que hace poco estaba casi dispuesta a golpear contra la cara de este hombre. Él la toma con suavidad, y Lilian ve con asco disimulado cómo él deja un suave beso en el dorso.
Siente náuseas.
—Entonces, ¿cuál es tu opinión al respecto, lady York? —inquiere de repente, sin soltar su mano y manteniendo su falsa sonrisa amigable.
—¿Disculpe? Su majestad, no logro entender a qué se refiere.
—No necesita fingir ser tonta conmigo, señorita —estirando de pronto la mano ajena, Lilian pierde el equilibrio y tropieza hacia adelante. Es él quien la sujeta de la cintura y su expresión se vuelve sombría, tanto que asusta a la muchacha—. Sé bien que los condes la mandaron sin pensárselo dos veces, para salvar la vida de toda su familia. Sin embargo, ¿qué hay de usted?
Ella quiere librarse de su agarre, empujarlo y gritarle que no vuelva a tocarla. Quiere salir de allí y volver a casa o, de no ser posible, sólo desea no estar en la misma habitación.
Pero sabe que no puede pedir tanto ni desear tanto.
—¿Está contenta con la idea de vivir para el emperador?
—Por supuesto que sí, su majestad.
Lilian vuelve a sentir la furia burbujear dentro suyo, pero no se muerde los labios ni convierte en puños sus manos. Como si no existiera un sólo rastro del dolor que la embarga, vuelve a sonreír con dulzura inmaculada.
—¿Es así, de verdad? —Athanasius la suelta suavemente, pero no permite que se aparte. Se inclina hacia ella, casi pegando ambos rostros. En ningún momento deja de sonreír—. ¿O preferiría simplemente morir antes que estar aquí?
«Sí, lo preferiría».
Lilian respira profundo.
La expresión suave y perfecta. Sus ojos ardiendo en odio. Sentimientos de enojo consumiendo su interior. Y la imagen de su familia haciéndose trizas en lo profundo de su mente.
—Estoy bien aquí, con su majestad.
Athanasius suelta una pequeña risa ronca, apartándose de ella por completo. Libera la suave mano femenina y se dirige a la puerta con toda la calma del mundo. La castaña, al contrario, tiene un rostro cargado en confusión, con la duda creciendo rápidamente con cada paso que lo ve a él empezando a alejarse.
Finalmente, abre la boca.
—Su majestad, ¿no vino a...?
Él se detiene y la mira por sobre el hombro, todavía con esa expresión divertida que parece nunca abandonarle. Lilian retrocede un paso, arrepintiéndose de hablar justo cuando ya se estaba librando del problema. Se siente completamente estúpida y pone una expresión lastimera, pero Athanasius simplemente vuelve a reírse, llamando su atención.
—¿Qué? ¿Creíste que pasaríamos la noche juntos, lady York?
Lilian percibe su rostro comenzando a enrojecer. No contesta, sólo desvía la mirada de nuevo al suelo, completamente nerviosa.
—Lo siento, pero la emperatriz armaría un escándalo si es que hago algo así —explica como si nada, encogiéndose de hombros. Lilian abre grande los ojos, sorprendida por toda la información—. Y preferiría ahorrarme problemas.
—¿E-eso quiere decir... que yo...?
—No, no te estoy tomando como concubina, lady York —declara tranquilamente, aunque su sonrisa se vuelve mucho menos maliciosa con esas palabras—. Por ahora, no es una opción. Simplemente serás mi invitada.
«Una rehén» nota Lilian de inmediato. Antes de poder decir algo sobre eso, o preguntar el por qué, este hombre sale del cuarto luego de usar magia para destruir la cerradura, dejándole también a ella la oportunidad de salir corriendo de allí. Empero, Lilian ya no tiene esa necesidad porque ya no hay nadie más junto a ella de quien escapar, sólo está ella misma y sus pensamientos, comenzando a hundirse de a poco entre un millar de situaciones con las que no sabría cómo lidiar.
Pero incluso así, se siente mucho más aliviada porque no tendrá que estar dentro de los problemas que suelen abundar en el palacio entre las mujeres del emperador.
—Aun así, ¿cuál era la necesidad de tocarme de esa forma? —se pregunta angustiada, llevando una mano a su cabeza antes de decidir tomar asiento en la cama.
Suspira pesadamente, observando la mano que él había besado.
Hace una mueca de asco.
—Tengo que darme un baño.
II.
—Tú debes de ser Lilian York.
—Así es, su alteza —Lilian hace una reverencia hacia la elegante mujer sentada frente a ella. Al levantar la mirada de nuevo, queda maravillada por la belleza de la emperatriz—. ¿En qué puedo serle de ayuda, su alteza?
Penélope enseña una sonrisa astuta y maliciosa.
«Son el uno para el otro» piensa Lilian, recordando las frívolas expresiones del emperador.
—Escuché que mi esposo te trajo hace ya un par de meses —habla Penélope, con un tono suave y que simula amabilidad. La joven York asiente y luego la de ojos verdes bebe un poco de té, sólo para después hacer señas a sus criadas para que se retiren. En cuanto ambas se encuentran solas, Penélope abandona toda sonrisa, volviendo su rostro en una expresión amenazante—. ¿Eres acaso su amante?
—No es así, su alteza. —La menor baja la cabeza de inmediato, como para dar credibilidad a sus palabras.
—Bien, porque ya debes saber que soy yo quien lleva al hijo de su majestad. —Declara la emperatriz, con orgullo. Lilian se alegraría por ella, de no ser por este hecho de que en realidad no le gusta la nueva familia imperial.
Aun así, evita cualquier expresión de desagrado.
—No lo sabía, pero me alegro de enterarme de la boca de la emperatriz. —Afirma con toda sinceridad, después de todo, era mejor saberlo de parte de ella misma que de rumores absurdos que sólo servirían para ser una molestia.
—Me halaga saber que estás contenta por esto, lady York —suelta una risa suave, encantadora—. Pero cambiando de tema, ¿puedo saber qué haces en el Palacio de Rubí, que es donde son llevadas las concubinas del emperador?
—Tan sólo soy una enviada de parte de mi familia, no he venido a tomar el puesto de amante —explica prontamente, volviendo a bajar la mirada con respeto—. He sido movida allí por pedido de mi familia, y fue su majestad el emperador quien decidió aceptar esa propuesta. Aun así, no he sido nombrada como concubina y el emperador nunca ha dicho que lo sería.
Penélope ensancha su sonrisa.
—Eso quiere decir que no tienes nada que hacer por aquí, ¿verdad?
Lilian inhala profundamente. Debe mantener la calma, no puede dejarse llevar solo por ser insultada de esa manera luego de haberse esforzado tanto por verse como alguien nada peligroso ante los ojos de la emperatriz. Debe tener en cuenta, se recuerda, que su posición seguía siendo ambigua y todo lo ambiguo era peligroso.
—Así es, emperatriz. No tengo un puesto de ningún tipo.
—Entonces, ¿qué te parecería trabajar como una de mis mucamas?
La muchacha esta vez, de hecho, ni siquiera quiere pensarlo mucho. Frente a sus ojos acaba de pasar una oportunidad de oro, así que de inmediato se yergue y sonríe radiantemente hacia la bella mujer de ojos verdes.
—Eso sería un inmenso honor para mí, su alteza.
Penélope no entiende el motivo de su reacción tan animada, pero no parece verla más de una manera tan desconfiada.
—Bien. Trabajarás para mí.
Lilian York ha encontrado la manera perfecta de sobrevivir.
Para suerte suya, trabajar como mucama no es algo que odie. Aun siendo de una de las familias más poderosas, Lilian no olvida a quienes alguna vez le sirvieron y hace uso de todo lo que sabe y quiere saber, intentando de esa manera ser completamente de ayuda para la codiciosa emperatriz, quien nunca deja de verla completamente como una amenaza, pero no le hace daño. La joven York agradece la misericordia de esta mujer, quien a diferencia de las anteriores mujeres del emperador, hace oídos sordos a los rumores ridículos y deja en paz a las supuestas amantes de Athanasius.
Lilian no sabe si es porque Penélope está al tanto de que él ha decidido no tener concubinas, o es porque realmente no le interesa lo que haga ese hombre. Sin embargo, ninguna de esas dos cosas explicaba por qué la tenía a ella bajo la mira.
Hasta que lo descubre, una noche de verano.
—De todas las mujeres que podrían volverse concubinas de su majestad, tú eres la única que podría hacerme frente.
Las palabras de la emperatriz, quien se mantiene recostada contra el respaldo del sofá y acaricia su vientre abultado, suenan un tanto amargas. Lilian frunce un poco el ceño, sintiéndose repentinamente triste, pero no deja de peinar el lacio y suave cabello de caramelo de la mujer, manteniendo la boca cerrada porque ha aprendido que no debe hablar hasta que ella le pida que lo haga.
—Eres molesta, Lilian —declara Penélope, con desagrado. Lili sonríe, para nada molesta, sólo un poco cansada—. Siempre llamas la atención de los hombres, aún sin intentarlo. Eso me enoja mucho.
La menor cierra los ojos, manteniendo la paciencia a tope. Se recuerda que está tratando con una mujer embarazada, con las hormonas enloquecidas y una personalidad cruel que siempre es reprimida frente a los demás. Sabe comprenderla.
—Y todavía así... lo único que haces es quedarte a mi lado, aun cuando siempre te doy un trato horrible, Lilian. ¿Qué hay sobre eso?
—Su alteza no es tan mala como me hubiera imaginado, sólo es usted —dicta, con una sonrisa algo forzada. Deja de peinarle en cuanto ha terminado y rodea el sofá para quedar frente a ella—. Por favor, le pido a su alteza que también tome en cuenta que no tengo otro lugar a donde ir. Y que es gracias a usted que estoy siendo útil entre estas paredes.
—Siempre tienes una lengua formidable, Lilian —Penélope sonríe, orgullosa—. Me alegro de no haberte asesinado hace rato.
Lilian siente escalofríos subir por su espalda.
Al volver su vista hacia la emperatriz, se da cuenta de que esas palabras no son una broma.
III.
—¡Su alteza! ¡Su alteza, resista!
En mitad del cuarto casi a oscuras, siendo iluminadas por un par de velas y la luna llena que se asoma por la ventana, Lilian sostiene el bulto de llantos que es la nueva princesa de Obelia. Sin embargo, aunque sus brazos aseguren la supervivencia de la bebé entre el barullo causado por las comadronas y las sirvientas, Lilian no puede dejar de ver a la mujer que yace acostada e inerte sobre el colchón ensangrentado.
—La emperatriz... ha muerto.
Y en cuanto el doctor dicta esas palabras, las puertas de la recámara son abiertas de par en par, dejando pasar al emperador. Todo el escándalo de murmullos que habían empezado tras esas palabras, son completamente silenciados ante la presencia del gobernante, y el único eco es el de sus pasos.
Él todavía tiene el uniforme real encima, dictando que no hace mucho acababa de llegar de algún viaje, pero a pesar de eso no dice nada a nadie. Sólo observa alrededor un momento, y luego va inmediatamente hacia Lilian, quien retrocede sólo un paso hasta que ve cómo el hombre se detiene frente a ella y extiende la mano. Su toque esta vez no se dirige a la joven York, sino a la bebé en sus brazos, quien ya ha parado de llorar gracias al silencio que había en el lugar. Él la mira detenidamente por varios segundos, sus ojos enjoyados brillando intensamente entre la oscuridad y una expresión que nadie sabría descifrar.
Lilian de nuevo puede ver ese rastro carmesí nadando en los irises benditos del hombre, como una serpiente astuta y cruel envenenando su ser. Pero, de nuevo, no se atreve a pensar mucho al respecto y mantiene su boca cerrada.
—Así que es una niña.
Con esas simples palabras, él sonríe ligeramente y luego da vuelta, volviendo a salir del lugar.
No da una sola mirada hacia atrás.
Todos quedan conmocionados.
—Entonces era cierto, que el emperador nunca amó a la emperatriz.
Lilian observa a la atrevida mujer que acababa de soltar esas imprudentes palabras, pero al verla se da cuenta de que es quien alguna vez había sido llamada la nana de la señorita Penélope Judith, y es quien también sostiene la mano de la difunta mujer bañada en sangre, mientras llora en silencio por la pérdida de la misma.
Lilian debe soportar sus propias lágrimas.
Y es allí que escucha a Jeannette llorar otra vez. Por eso, no le queda más opción que abrazar a la niña y dedicarle la calidez que el cuerpo muerto de su madre no podrá darle, y la arrulla y le besa las mejillas rojas empapadas en lágrimas hasta que llega el amanecer y los gritos dentro del palacio cesan por completo, siendo olvidados gracias al sol y las aves que cantan, como felices de la nueva vida que estará entre las vidas de los demás.
Pero Lilian sabe que eso no será así, porque la princesa en realidad no tiene a nadie en el mundo.
Y con la muerte de la emperatriz, sólo queda en manos de la sirvienta principal del Palacio de Esmeralda. Lili no puede hacer nada, porque no fue ella a quien Penélope le confió esa tarea y, de todas maneras, ser la madre sustituta de una niña abandonada nunca había sido parte de su plan de vida. Por lo tanto, su puesto como mucama pronto es removido y no tiene más opción que dejar el palacio de la difunta emperatriz para ir de vuelta al Palacio de Rubí, a pasar el resto de sus días como una prisionera política bajo las garras de su tiránico emperador.
Y no es que le moleste tanto. Ya no como antes, porque ahora no tiene una mirada verde encima suyo, odiándola en silencio. Porque, al parecer, Athanasius ha olvidado su existencia. Porque incluso su familia parece haberla olvidado por completo, ya que no hay cartas para abrir ni rostros para recordar. Y las sirvientas que rondan cerca suyo no le miran ni le hablan, no la odian ni envidian. Lilian York no es digna de algo así, porque ella es solamente un fantasma que ronda por unos pasillos abandonados y observa con cansancio las estaciones pasar.
Todo mientras escucha los llantos de Jeannette resonando en sus oídos.
—Soy una cobarde.
No era culpa de esa niña haber nacido en un mundo así, tener unos padres como esos dos. No es culpa de ella.
Sin embargo, sí es culpa de Lilian haberla abandonado en brazos de un completo desconocido, entre paredes que desprecian la sangre de Penélope y personas crueles que temen la presencia de Athanasius. Es su culpa por haber girado la vista en cuanto entregó a la pobrecilla a la injusta suerte, aun cuando bien pudo aceptar la idea de quedarse con ella y cuidarla hasta que fuera autosuficiente.
—Soy una... cobarde... —solloza entonces, en soledad, viendo la misma luna llena de aquella maldita noche.
A la mañana siguiente, encuentra el vestido negro de sirvienta y decide ponérselo. Esconde sus lágrimas con maquillaje y ata su cabello, tan perfectamente que no hay un solo mechón o hilo suelto. Observa un reflejo borroso en un espejo y estira sus mejillas doloridas hasta sentir un inquietante y desagradable dolor. Sus ojos cian, cansados por culpa de la soledad y la culpa impuesta por sí misma, están apagados como un par de topacios desgastados, pero no es algo que un tirano fuera capaz de notar.
De esa manera, preparada hasta la médula, decide salir de la habitación a la que se había confinado por voluntad propia, lista para ir en busca de aquello que tanto la aflige.
Empero, es detenida de inmediato porque afuera de allí está justamente ese hombre.
—Su majestad.
—Lady York, ha pasado un tiempo.
Antes de que ella pueda saludar apropiadamente, él camina hacia adelante y la obliga a retroceder, hasta entrar otra vez al cuarto. Entonces ambos se encuentran completamente solos, como antaño.
Pero es el hombre quien cierra con llave la puerta esta vez.
—No ha cambiado, señorita —Athanasius sonríe, divertido y extasiado. Lilian aprieta sus manos en puños—. Sigue teniendo esa mirada asesina. ¿No es peligroso ver de esa manera a su emperador?
—¿Qué necesita de mí, su majestad? —Inquiere directamente. Si ha de acabar de una vez con su vida para deshacerse de toda su inaguantable culpa y de la desagradable presencia de este hombre, prefiere hacer lo que debe hacer sin pensar mucho más en las consecuencias—. Ha pasado un año entero desde que tuvo conmigo una reunión. ¿Cuál es la razón de que venga sin aviso hasta mí, una simple rehén?
—¿Sabes por qué decidí dejarte en el Palacio de Rubí?
La pregunta la toma por sorpresa. No obstante, no necesita pensarlo mucho para saber la respuesta.
Frunce el ceño y aprieta los puños.
—¿Es porque planeaba convertirme en una concubina?
—En efecto —sonríe, enseñando los colmillos—. Al menos, hasta que consiguiera que mi difunta esposa y yo llegáramos a un acuerdo.
—¿Usted planeaba esperar a que ella muriera?
Instantáneamente, el rostro del hombre cambia por completo. Toda expresión divertida se esfuma, espantando a Lili, quien no puede evitar retroceder de manera inconsciente.
—¿Qué dice, que yo mataría a Penélope? Qué cruel de su parte pensar eso, lady York.
Lilian baja la cabeza al suelo. Sabe que ha metido la pata.
—Sólo fue... una suposición, su majestad.
—Incluso una suposición como esa, sería razón suficiente como para llevar a cabo una ejecución.
Lilian tiembla.
La sombra en el suelo se mueve hacia ella, engulléndola. Los pies del emperador se detienen a pocos pasos de los suyos, y puede incluso sentir el calor que emana su cuerpo, pese a ello, no es capaz de moverse esta vez. No porque tenga miedo, tampoco porque sepa que no debe hacerlo, es simplemente porque no puede, porque hay una fuerza mayor que no la deja mover sus músculos y la mantienen en esa sonrisa posición. Es magia bruta, deteniendo todo intento de escape de su pobre presa.
Al menos, hasta que él la agarra del mentón y la hace levantar la cabeza. La joven lo mira con horror.
—Tengo una duda —habla suavemente, relamiendo sus labios un momento antes de hablar—. ¿Cuál es la razón de estar usando ese uniforme hoy? Cuéntame.
—Yo... —Lilian tiene rastros de lágrimas en las comisuras de sus ojos. Se siente indefensa—. Yo... iba a pedir una audiencia con su majestad.
—¿Ah, sí? ¿Con ropa de sirvienta? ¿Crees que lo aceptaría?
—Simplemente iba a pedirle a su majestad... que me dejara ser la nana de la princesa.
Athanasius de nuevo borra todo rastro de sonrisa. Ahora está sorprendido, ni siquiera lo oculta de ella.
—¿En serio? Oh, vaya, eso suena divertido.
La suelta por completo, pero la muchacha cae al suelo debido al cansancio. Aun así, él no la ayuda a ponerse de pie, sólo la observa con ligera lástima. Lilian no alza la cabeza, sólo observa sus manos sobre la alfombra y respira profundamente, tratando de calmar el terror que abunda en su mente.
—Bien, lo serás. De todas maneras, para eso venía a buscarla, lady York.
Como si acabaran de soltar un insulto para ella, Lilian siente la rabia hervir en su interior. Se muerde los labios, conteniendo las lágrimas que se le quieren escapar y los insultos que desea soltar en contra del hombre. La sangre de sabor metálico mancha su lengua y su paladar.
—La princesa será trasladada al Palacio de Rubí.
Y dando ese último decreto, la deja completamente sola.
Lilian en serio tiene miedo, tanto miedo de estar bajo las garras de ese hombre despiadado.
IV.
—Lili, ¿cuándo vendrá papá a visitarme?
Lilian, que ya se encontraba preparando la cama para que la joven princesa descansara esa noche, detiene sus manos sobre las sábanas y dirige su vista a ella. Una expresión un tanto triste se asoma por su rostro al tiempo que observa la diminuta figura de la pequeña niña sobre el marco de la ventana, observando con añoranza las luces del Palacio del Emperador, donde se estaba llevando a cabo una de las más grandes celebraciones del imperio.
Y aun así, ellas se mantenían en estas paredes, incapaces de ir allá.
A Lilian realmente no le gusta.
—Tenga paciencia, princesa Jeannette —alienta la dama, sonriendo con cariño en cuanto se acerca a tomar en brazos a la pequeña, hasta llevarla a la cama. Toma asiento a su lado, la arropa y le regala un beso en la frente—. No se preocupe por eso. Estoy segura de que el emperador no la ha olvidado.
—Papá… no lo haría, ¿verdad?
Lili sonríe más grandemente.
—Por supuesto que no, princesa.
Lilian York realmente odia mentir. Y pese a ello, aquí se encuentra, contando sencillas tonterías e ilusiones a la pobre niña encerrada en el palacio menos apropiado de todos. Aun así, no dice nada más, solamente canta una canción agridulce para Jeannette y la deja dormir temprano, prometiendo que al día siguiente volverían a bailar y a leer cuentos con príncipes y princesas.
Para cuando la princesa se ha quedado profundamente dormida, Lilian sólo debe abandonar la habitación. Su rostro sin sonrisas, sus ojos cansados y su postura fantasmal hacen que las muchachas fuera no tengan el valor de preguntar si desea irse a dormir.
De todas formas, nadie puede decir nada a la principal concubina del emperador.
—¿Jeannette ya se ha dormido?
La mujer apenas alza la mirada para verlo, al hombre recostado en la pared a pocos metros de ella.
Él tampoco la mira, aun así, Lilian ya se ha acostumbrado a los cambios extraños de Athanasius —tal vez a veces la ve como una valiosa pieza de valor, tal vez a veces la ve con cierto cariño, tal vez a veces la desprecia totalmente y tal vez—, por eso prefiere mantener la boca cerrada, evitando que se la corten. O quizás que le corten el cuello entero.
Sonríe suavemente, caminando hacia él, pero sin girarse a mirarlo directamente.
—Así es —observando apenas al hombre, nota sus vestimentas—, su majestad. ¿Ha tenido una buena celebración?
Athanasius suelta una risa seca.
—Tan buena como sería nadar en un estanque de cocodrilos.
La dama no sabe si eso significa que fue bueno o malo, después de todo, el emperador nunca había dicho que odiara los cocodrilos.
—Hubiera sido más divertido si asistieran ustedes dos —suspira, levantándose y acercándose peligrosamente a Lilian, quien mantiene su expresión amable ante todo—. ¿Puedo saber la razón de su petición de no asistir al banquete junto a la princesa imperial, lady Lilian?
«No me llame por mi nombre, por favor».
Sin importar cuánto tiempo pasara, tal vez nunca se acostumbraría a ser nombrada por Athanasius.
—Preferiría evitar cualquier percance —explica suavemente, girando suavemente para mostrar sin querer una expresión preocupada—. Además, la princesa aún es muy pequeña para asistir a ese tipo de fiestas. Temo que haga mal a su cuerpo.
—¿Y qué hay de ti?
—No soy muy aficionada a las fiestas.
—Qué lástima —él vuelve a suspirar dramáticamente—. Y eso que volvieron a mostrar el espectáculo de aquella bailarina de Siodonna. Estoy seguro de que le hubiera encantado, lady Lilian.
—Antes de maravillarse tanto con espectáculos de países vecinos, ¿no sería mejor empezar la educación de la princesa Jeannette como heredera? ¿O se le ha olvidado?
Ante ese comentario tan mordaz y lleno de advertencia, Athanasius no evita soltar otra risa seca.
—¿Cómo olvidaría a mi propia hija?
—He oído que su majestad tiende a olvidar ciertas cosas.
—¿Ha oído rumores?
—A mi parecer, no lo creería así.
—Tiene una lengua astuta, lady Lilian.
—¿Piensa cortármela, su majestad?
—Más bien, me pregunto de dónde saca el valor de hablarme así. ¿Tal vez tenga que ver con que está pidiendo por la princesa, y no por usted? ¿Cree que recibirá clemencia si habla en su nombre?
—Nunca dije tal cosa. Además… —vuelve su mirada hacia otro lugar, haciendo un reverencia—… no tengo derecho de hablar en nombre de la familia imperial. Si me disculpa, debo retirarme.
Athanasius no la molesta y la deja irse. Lilian no necesita mirar hacia atrás para saber que el hombre observa con pesar a la puerta que da a la habitación donde duerme Jeannette.
Él nunca ha entrado allí.
No parece querer hacerlo.
Las serpientes carmesíes en sus ojos no se lo permiten.
—Supongo que ya será hora de enviar maestros al Palacio de Rubí.
Las palabras del emperador detienen los pasos de la castaña, quien lo mira apenas, desde la distancia que los separa. Y allí está, lo que Lilian más odia de él.
Una sonrisa arrepentida.
V.
—Usted nunca amó a la difunta emperatriz.
Con un semblante severo, ojos de topacio vacíos y la boca soltando falacias mudas, Athanasius observa con algo cercano al horror la imagen de la dama debajo suyo. Ella que no tiene expresión alguna en su rostro de porcelana, y su cabello sobre el colchón es como un manto de oscuridad bajo la oscuridad, contrastando con su piel de luna y los labios de cerezo.
Aun así, está triste.
Pero él sonríe, enredando los dedos en los mechones achocolatados de la mujer. Desde su posición, sentado sobre la fría cama pero inclinándose sin miedo sobre la imagen celestial de Lilian, quien ya no tiene intenciones de odiarlo más allá de lo que ya lo desprecia, es como una pintura que cobrará vida y en un santiamén creará un baño de sangre.
Empero, no le quita belleza al momento.
—¿No es así, su majestad?
—¿Por qué tanto afán en querer saber sobre ello, Lilian?
Lilian, quien ha acabado por acostumbrarse a ser llamada tan cariñosamente por este sujeto, sólo inspira aire y desvía la mirada. Sus manos sobre su vientre, sobre la tela de su vestido de dormir, se sienten cálidas y contrastan con el ambiente helado.
—Usted… no puede amar a la princesa.
—¿Qué te hace creer eso?
—No amó a su madre. No podría amar a su hija.
—Quizás te equivocas en eso.
—Lo he visto —traga pesado y vuelve a verlo—, a padres que desprecian a los hijos de sus esposas pero aman a los de sus amantes. Usted no amaba a Penélope, en tal caso, no veo posible el que ame a la princesa Jeannette.
—Qué pensamiento más cruel —menciona con falso pesar, soltándola para ponerse de pie y mirarla con burla—. ¿Y acaso piensas que amaré al hijo de una amante?
—Aún no ha tomado amantes, su majestad.
—Y tampoco tendré más hijos —declara firmemente, tomándola por sorpresa. Lilian se da cuenta de que sus palabras no son una broma, porque su expresión ya no es la habitual—. Sólo Jeannette… será mi única hija.
—¿Aún si ha decidido abandonarla?
—No la he abandonado. Cielos, sueltas comentarios muy fríos, Lilian.
—Lamento mi manera de dirigirme a usted, su majestad —tomando asiento en la cama, la castaña mantiene la mirada baja por cualquier razón plausible. Sus ojos cansados, ocultos entre su cabello oscuro, reviven la imagen de Jeannette llorando en sus brazos mientras pide que no la abandone como su padre—. Sin embargo…
—Esa niña es muy débil.
—¿Disculpe?
—Jeannette, quiero decir. En cualquier momento podría desmoronarse, ¿verdad?
—No estará insinuando que–
—No, pero aun así…
De nuevo, están esas malditas serpientes en los ojos de joya del emperador.
—Lilian, cuida a Jeannette.
Y, al igual que todas las veces en las que viene a irrumpir en su habitación a mitad de la noche, Athanasius sale de allí sólo dándole una última sonrisa despreocupada y mal disimulada.
Lilian York aún se pregunta cómo sobrevivirá a este infierno.
¿fin?
