Personajes: Athanasius, Lilian, Jeannette, Aethernitas, Lucas, Roger.
Pairings: Athanasius/Lilian.
Clasificación: T
Nota de autora: probablemente me estoy encariñando mucho con este au
algo que aclarar: por acá Lucas despertó siendo aún el mago principal de la torre, por lo que sería más sencillo para él acercarse a Jeannette y descubrir a Aethernitas


Summary: Antes de poder preguntarle por qué está siendo tan cruel, Athanasius extiende las manos hacia Jeannette y ahueca con suavidad sus mejillas llenas de lágrimas. La joven York se sentiría aliviada si no conociera la sensación de la magia negra en el aire.


VI.

—Su majestad, ¿ha pensado en tomar más concubinas?

Athanasius sonríe con diversión hacia el hombre de pelo oscuro, el que también le dedica esta extraña expresión amable y expectante, como si hubiera soltado la frase más interesante de la larga reunión que ya llevaban. El emperador observa por un minuto más al conde, como si se encontrara sopesando una respuesta apropiada para él, dejando así en duda a todas las otras personas dentro del salón.

Finalmente, Athanasius suelta una pequeña risa seca que llama la atención de los presentes.

—¿No es usted el padre de mi actual concubina, conde York?

—Así es, su majestad —el señor barbudo de astutos ojos topacio ensancha su sonrisa—. Además de mi primera hija, tengo otra más, por si desea conocerla. Ella al igual que su hermana ha sido bendecida con una belleza increíble y–

—¿No está siendo demasiado codicioso? —Le interrumpe, todavía con esa mueca petulante. El aire alrededor no tarda en volverse pesado—. ¿Con mandarme a una de sus hijas no fue suficiente? ¿Quiere que tome a todos dentro de su familia, acaso? ¿Tal vez incluso a su esposa?

—S-su majestad... no quería decirlo así —trata de aclarar con torpeza. Su expresión pronto se deforma en temor y nerviosismo. Todos los ojos están sobre él ahora—. Disculpe mi–

—Déjeme recordarle que, debido a su traición a mi posición, la suya continúa siendo inestable y realmente no debería estar en este concejo —declara Athanasius con absoluta crueldad, nunca borrando la sonrisita de gato que ya se ha vuelto un rasgo distintivo en él. Los presentes sudan, temerosos de las palabras de su emperador, y también aterrados ante la idea de estar en el mismo lugar que los York—. Aun así, se lo he perdonado porque... bueno, sería un desperdicio acabar con los beneficios que otorga su familia a este imperio.

Por supuesto, todas esas palabras no son más que mentiras. La familia York bien podría ser rica, pero no sería una pérdida grande el hacerlos desaparecer por completo. Aun así, nadie en la sala se atrevería a soltar tal verdad, menos teniendo en cuenta los rumores que andaban cerca del emperador con respecto a la joven Lilian York que residía en el Palacio de Rubí junto a la princesa imperial. Esa sin duda era una historia que nadie fuera de los muros del castillo tenía permitido mencionar, al menos no en voz alta, mucho menos si no pertenecía al círculo de personas con más importancia para el tiránico monarca.

Todos los lores y ladys dentro de la habitación observan con terror la imagen de su frívolo pero astuto emperador. Él mantiene su fachada amable y su lengua mordaz, mientras que en las lagunas de sus ojos continúan los resabios de una magia inigualable que sólo causa escalofríos a quien mire por más de lo necesario.

—Si no tienen algo más para decir... —suspira de repente el rubio, logrando un respingo colectivo de parte de estas personas. Su sonrisa divertida se ensancha—. Demos por terminada esta reunión.

Días más tarde, ronda el rumor de que el emperador se ha enamorado de esta única concubina que cuida de su hija.

Vaya que eres un idiota.

Como si ya se hubiese acostumbrado por completo a la voz mortífera del antiguo emperador, hablando en sus oídos y gruñendo como un animal rabioso encadenado a él, Athanasius ni siquiera deja escapar la expresión de descontento que se le antoja cada vez que este tipo se cuela entre sus pensamientos.

—No entiendo la razón de tu enojo.

Tendrías que haber aceptado la propuesta de ese idiota. Así conseguirías más amantes y podríamos hacer más experimentos.

—¿Qué acaso con uno no te basta? —masculla de mala gana, deteniéndose un segundo frente a la puerta del dormitorio de Lilian.

Aethernitas guarda silencio un momento. Por primera vez en años, Athanasius siente algo de paz interior.

Hasta que escucha esa risita demoníaca haciendo eco desde dentro de sus oídos.

Suenas como si te diera miedo traer más bastardos inútiles al mundo.

—No es que me dé miedo, sin embargo... —poniendo una mano en el pomo de la puerta, se detiene un segundo a pensar bien en sus palabras—... ¿No sería absolutamente sospechoso si de pronto el emperador tomara un montón de amantes, y todas ellas empezaran a morir?

Sólo decapita a quien piense que es sospechoso.

—A veces no entiendo cómo conseguiste volverte un emperador, abuelo.

Cállate. Bastardo inútil.

Athanasius sólo puede reírse fuertemente del enojo irremediable del demonio en su interior, y luego observar la puerta cerrada frente a él. Puede sentir el rechazo de Aethernitas brotar dentro suyo, mezclándose con sus propios sentimientos y chocando dolorosamente entre sí. De alguna forma, también hay un deje de miedo que rasguña su coraza y hace que, con irritante pesar, suelte el metal bajo sus dedos y se aparte un par de pasos de la cerradura abierta.

No dice nada a nadie. Solamente se retira de allí.

Tal vez era mejor si no la molestaba el mismo día en que los rumores comenzaran a esparcirse hasta debajo de las rocas. Se lo merecía un poco.


VII.

—¡Lili! ¡Lili! Mira, mira. Mamá era realmente bonita...

Lilian observa, con una sonrisa dulce, cómo la pequeña princesa mira embelesada el cuadro que cuelga en la pared más amplia del salón. Había sido realmente difícil lograr entrar a este lugar lleno de las pinturas de las emperatrices y emperadores, siendo que tal habitación no estaba dentro del Palacio de Rubí, sino en el Palacio de Esmeralda, cerca del emperador. Sin embargo, se sentía como pura suerte el hecho de que no hubiera algún guardia custodiando los alrededores, o siquiera se hubiese topado con la servidumbre. La edificación estaba bien cuidada, así que no estaba abandonada ni nada por estilo.

Aun así, Lilian prefirió no dudar mucho. Si el camino ya estaba libre, no tendría por qué quejarse. Además, Jeannette se había puesto realmente contenta al saber que que irían a ver un retrato de la madre a la que nunca llegó a conocer.

Con un marco de oro y las pinturas más preciosas usadas sobre ese lienzo de primera calidad, se alza la preciosa imagen de quien alguna vez había tomado el puesto de emperatriz y madre del imperio. Aunque el dibujo no hiciera completa justicia a la verdadera dama noble de sus recuerdos, Lilian puede elogiar con absoluta verdad el indiscutible talento del artista que había tomado el trabajo de hacer tal obra de arte.

—Yo... ¿me parezco a mamá, Lili?

—Claro que sí, princesa. —Sonríe la mujer, y se guarda el comentario de que sólo es similar en apariencia, por la gracia de los dioses. La pequeña no necesitaba escuchar algo tan desagradable.

Viendo el cuadro por un minuto más, la joven York piensa que el pintor incluso ha conseguido que los ambiciosos y fríos ojos de Penélope se volvieran piezas de cariño invaluable. Cual si realmente hubiera sido más que sólo aquella emperatriz sabia que no toleraba que la rebajaran. Como maquillaje, esconde la frivolidad de la historia.

Penélope había sido astuta. No una mujer malvada ni mucho menos una asesina a sangre fría, sólo demasiado astuta. Y eso había disgustado a tantas personas.

—Lili, ¿cómo era mamá? —pregunta suavemente Jeannette, mientras apoya sus pequeñas manitos sobre el marco de oro de la pintura.

Lili baja la vista hacia la niña, preguntándose si sería correcto contarle acerca de su madre. No hablaban mucho de ella. Jeannette nunca había hecho muchas preguntas sobre Penélope, solamente alguna acerca de su apariencia o si la hubiera amado si continuara con viva. Lilian había agradecido mucho esas cosas simples.

Pero ahora se siente presionada en demasiado. Ella nunca tuvo una buena relación con Penélope. Aun así, Jeannette, quien era la hija de esa mujer, se había convertido en el mundo entero de la joven York.

—Princesa, su madre era... —murmura, mordiéndose suavemente los labios mientras piensa. Agradece mucho que los ojitos azules de Jeannette estén todavía perdidos en la imagen de Penélope—. Era... era una mujer inteligente. Conocía de etiqueta, dominaba las artes como cualquier mujer noble, tenía perfectos modales, sabía de moda y conocía a todo el mundo, era la flor de la sociedad y... siempre tenía un plan.

«Aunque nunca planeó morir» suspira la muchacha por dentro. Y después de eso, ya no sabe qué más decir.

La niña frente a ella baja la cabeza. Lilian no entiende su repentina expresión triste.

—¿Princesa...?

—Lili, ¿papá quería a mamá?

Finalmente, un callejón sin salida.

La sonrisa de la joven dama titubea demasiado, no importa cuánto intente mantenerse serena. Los pensamientos contradictorios dentro de su cabeza no la dejan, golpean con demasiada fuerza, causándole dolor de cabeza.

Si le decía a Jeannette que no, solamente la lastimaría. Si le decía que sí...

No podría decir una mentira. Aunque tampoco sabía la verdad completa. No había una respuesta correcta ni adecuada.

Tenía una espada en la garganta.

—Princesa...

De pronto, escucha un chapoteo.

Al levantar la vista, puede ver a Jeannette mirándole, con una expresión cargada de terror. En sus diminutas manos hay sangre, que había escapado por su boca, creando un charco en suelo y pintando de rojo el bonito vestido y las puntas de su largo cabello.

Lilian entra en shock por un segundo, antes de apresurarse a agarrar en brazos a la niña, quien la llama por su nombre una última vez antes de cerrar los ojos y quedar inconsciente en las manos de la mujer.

—¡JEANNETTE!

Los gritos de Lilian no tardan en oírse por todo el lugar, y en menos de un minuto hay varias personas acercándose al lugar para socorrerlas. Ella no sabe si estaban allí desde el principio o es que su voz consiguió ir tan lejos, pero tampoco deja que separen a la niña de sus brazos, sólo llama y da las órdenes para trasladarla de inmediato y que tuviera atención médica rápida.

No sabe lo que está sucediendo con la pequeña, pero no piensa soltarla.

Y, mientras el Palacio de Esmeralda se llena de gritos y se vuelve un caos, la edificación más cercana continúa con su momentánea paz. Eso hasta que uno de los guardias principales es informado del suceso que había ocurrido, y este mismo se apresura al salón del emperador.

Lo primero que piensa Athanasius al ver cómo las puertas de su estudio son abiertas tan descuidadamente, es que sería bueno dar una ejecución pública. Pero esa idea se desvanece totalmente en cuanto el hombre uniformado abre la boca.

—¡La princesa Jeannette...!

Antes de darse cuenta, ha olvidado su trabajo pendiente, y el sello imperial habrá quedado abandonado bajo la mesa luego de haberlo soltado por accidente. Sus pies rápidamente lo sacan de allí y lo guían hacia aquel lugar el cual ya había dejado de interesarle hace años (en cuanto las visitas a su difunta esposa se volvieron en recuerdos desagradables), mientras se pierde en un mar de pensamientos que nada tienen que ver con el problema que le traería mostrarse tan terriblemente afectado frente a las personas que trabajan en esos interminables pasillos. Como si hubiera olvidado incluso la compostura, solamente se abre paso empujando a los que custodian las puertas del cuarto donde se encuentra Jeannette.

Al entrar allí, su rostro se vuelve incluso más pálido.

Un par de magos se encuentran vertiendo magia sobre el diminuto cuerpo de una niña que ya casi no respira.

Camina un par de pasos, tambaleándose suavemente, imperceptiblemente.

La única que nota su presencia es Lilian, quien observa todo desde los pies de la cama, manteniendo una expresión aterrorizada y llena de dolor.

—¿Qué están haciendo? —Gruñe el rubio, llamando la atención de los eruditos y las sirvientas. Todos tiemblan bajo la mirada anormalmente fría del hombre—. Largo... —masculla, demasiado bajo como para que alguien le escuche—. ¡Largo! ¡Lárguense de aquí!

Al final su orden es acatada inmediatamente, y todos salen asustados de allí.

Todos excepto Lilian.

Ella ahora no deja de mirar a Jeannette, quien ha empezado a retorcerse y llorar luego de que el suministro de maná se hubiera detenido. Hay lágrimas bajando por su cara dolorida y su cabello ahora limpio de sangre. Luego grita, horriblemente, causando que la mujer no pueda evitar que el sentimiento de impotencia le consuma tan horriblemente como fuego sobre su piel.

Intenta dar un paso para tratar de consolar a la pobre princesa, pero es el emperador quien vuelve a estar en su campo de visión.

Athanasius se detiene justo a lado de la cama, viendo con pánico el frágil cuerpo de Jeannette hacerse pedazos desde adentro.

Se pregunta una y otra vez quién habrá causado este quiebre anormal.

Déjala morir.

Athanasius podrá no verlo, pero puede imaginarse la desagradable sonrisa de Aethernitas mientras suelta esas palabras.

De todas formas, ambos sabíamos que era un producto fallido. Era cuestión de tiempo.

El hombre aprieta los dientes y sus manos se vuelven puños.

—Cállate...

Lilian, ajena al dilema que ocurre en la mente del emperador, observa al rubio como si fuera un monstruo, no creyendo que acababa de decirle una palabra como esa a una niña que no podría parar de llorar debido al inimaginable dolor que estaba sufriendo. Antes de poder preguntarle por qué está siendo tan cruel, Athanasius extiende las manos hacia Jeannette y ahueca con suavidad sus mejillas llenas de lágrimas. Varios destellos rojos se desprenden de sus dedos y entran bajo la piel de la niña, quien poco a poco, lentamente, deja de retorcerse.

La joven York se sentiría aliviada si no conociera la sensación de la magia negra en el aire.

Antes de que pase otro segundo más, rodea la cama a toda velocidad y agarra entre sus brazos a la delicada princesa, apartándola de las manos de su padre y acercándola completamente a su propio pecho, envolviéndola protectoramente. Da varios pasos veloces hacia atrás, alejándose de la cama, sin dejar de mirar con fiereza a Athanasius, quien apenas tarda más de un segundo en notar que Jeannette ya no se encuentra entre sus manos.

En cuanto sus ojos azules se detienen sobre la mujer, ella siente un frío helado subir por su espalda.

—York, ¿qué demonios estás haciendo?

—¡¿Qué le está haciendo usted a la princesa?! —Grita histérica, abrazando más fuerte el párvulo cuerpecito de Jeannette, sintiéndola respirar con dificultad pero ya no llorando más. Retrocede más al ver cómo Athanasius tiene intención de acercarse—. ¡Usted... estaba usando magia negra! ¡En la princesa Jeannette!

Si esa habitación no estuviera insonorizada, probablemente todo el imperio se hubiera enterado de este terrible acto de parte del monarca. Sin embargo, la única que ahora sabe de esto es Lilian York, quien continúa apartándose del hombre como si este no fuera más que la muerte misma, que se encuentra en busca de la niña que tiene en sus brazos.

—Lilian, dame a mi hija. —Exige Athanasius, con una voz absurdamente tranquila, extendiendo un brazo hacia la castaña. Pero ella aparta su cuerpo y se aleja otra vez.

—Su majestad, le pido que por favor no haga esto. —Ruega la muchacha, sintiéndose desesperada, sabiendo que no podría salir corriendo y huir con la niña.

Deberías matarla de una vez —de nuevo, Aethernitas podría estar sonriendo burlonamente en su contra—. Eso nos ahorrará problemas futuros. Mata a esta perra insolente.

—¡Cállate!

Lilian se vuelve más pálida, creyendo que esas palabras van dirigidas a ella. Observa fijamente los ojos del hombre, con las mismas serpientes rojas que nunca desaparecen por completo, y lo odia en su totalidad.

Se siente asfixiada.

—Lilian, dame a Jeannette.

—Su majestad... —hay lágrimas no derramadas en los orbes cian de la mujer, y sus dedos se niegan a soltar las telas del suave vestido de su princesa. Jeannette se siente fría, y eso la asusta cada vez más—. Por favor, no le haga daño. Es su hija. Si usa magia negra en ella...

—Lilian.

Pero la mujer no suelta a la niña.

De repente, unos golpes detienen a Athanasius de ir directamente a tomar por su cuenta a la princesa. Instantáneamente, la mirada de ambos se dirige hacia la entrada de la habitación, viendo cómo un temeroso guardia abre la puerta apresuradamente.

—Su majestad, el mago Lucas está aquí.

Antes de que el emperador pueda mostrar su sorpresa ante esa noticia, Lili toma la oportunidad y se dirige corriendo hacia la salida, escapando del cuarto, todavía con la pequeña princesa en sus brazos. El guardia no tiene tiempo de detenerla, pero Athanasius prontamente va detrás de ella.

Antes de que pueda detenerla, la encuentra al final del corredor, de rodillas frente a la figura imponente de Lucas.

Athanasius puede sentir a Aethernitas hervir en rabia.

—¡Mago Lucas, le pido que por favor salve a la princesa!

El hombre de congelados ojos rubíes observa sin interés a la mujer, pero luego su expresión se vuelve en asco en cuanto dirige su atención a la niña moribunda que sostiene.

Después, esos mismos ojos viajan al hombre rubio más allá.

Y una sonrisa cruel es lo que le dedica.

—No pudiste ser más idiota.

Athanasius sabe que la ira desbordante que burbujea dentro suyo no le pertenece. Él no podría estar así, porque su hija continúa muriendo frente a sus ojos.


VIII.

—¿Piensa recluirse en su palacio durante toda tu vida, su majestad?

—Estoy trabajando —gruñe el rubio, separando un par de papeles y colocando cada uno en una pila diferente. De reojo, ve al hombre aquel todavía frente a su escritorio—. ¿Alguna novedad que contarme? ¿Tal vez algo sobre que tu hijo mejoró sus notas o algo así?

—No sería tan descarado como para presumir de mi hijo frente al emperador —con una sonrisa falsamente amable, el duque Alpheus observa cómo Athanasius frunce el ceño y detiene su trabajo para prestarle atención, sólo por un momento—. He oído que la salud de la princesa ha mejorado. Me gustaría pasarle mis buenos deseos.

—Jeannette no necesita los halagos vacíos de un hombre tan codicioso como tú —se burla el monarca, sonriendo de lado. Roger borra su expresión amable, volviendo su rostro en seriedad—. Sé sincero. ¿A qué has venido?

—La condesa Rosalia me ha pedido el favor de hacerle saber que quiere reunirse con su sobrina.

Athanasius se reclina en su asiento, mostrando una cara pensativa.

—¿Rosalia, la hermana mayor de Penélope? —Tras recordarla, la sonrisa divertida regresa a su rostro—. ¿Esa mujer astuta piensa moverse frente a mí?

—¿Cree que es mejor rechazar su pedido?

—No del todo, sin embargo... Si viene hasta aquí, no perderá la oportunidad de iniciar rumores extraños. Pienso que tal vez incluso tú sabrás de eso, ¿no es así?

Roger está a punto de contestar, pero unos golpes en la puerta le interrumpen. Athanasius da el permiso de entrar a la persona que estuviera molestando, aunque rápidamente se arrepiente al ver que se trata de la última persona que hubiera deseado ver.

—Me gustaría tener una audiencia privada con su majestad.

Como si se tratara de nada, Lucas entra tranquilamente al estudio, haciendo sonar sus pisadas sobre el azulejo y enmarcando una sonrisa altanera frente a ambos hombres. Se detiene justo al lado del duque y cruza los brazos en dirección al emperador, asumiendo una postura que nadie en el país tendría el valor de mostrar frente a alguno de esos dos sujetos. Así que, por supuesto, recibe una mirada desaprobatoria del tipo de pelo blanco.

En cambio, Athanasius también sonríe de manera arrogante ante el mago.

—Se lo concedo.

Despidiendo a Alpheus, Lucas decide tomar asiento en una silla cercana y mira con obvia burla al emperador.

—Oye, sé reconocer magia barata cuando la veo —masculla, divertido. Athanasius enarca una ceja—. Quiero decir, ¿una quimera? ¿En serio?

—¿Te refieres a la princesa imperial? —Inquiere el hombre, remarcando las palabras al referirse a Jeannette. Inclinándose hacia adelante para colocar los codos sobre su mesa, sonríe amable en cuanto el mago ancestral suelta un bufido desdeñoso—. ¿Hay alguna cosa importante que necesite saber, Lucas?

—Sí, que no tenía conocimiento de que la nueva generación de emperadores sería tan estúpida —escupe el azabache como si nada. Athanasius, lejos de molestarse, deja escapar una pequeña carcajada. Lucas frunce el ceño—. Bueno, no me refiero completamente a la última generación. ¿No lo piensas así, Aethernitas, bastardo?

Athanasius deja atrás su expresión amable. Sus ojos en joya se tornan completamente rojos.

—Sabía que eras un imbécil —declara el mago con clara burla, causando que su contrario le mire con odio, lo cual ignora olímpicamente—, pero no creía que serías tan cruel como para perseguir a tu prole. ¿No te da vergüenza aprovecharte de los hijos de tus hijos?

—Los hijos solamente existen para servir a sus padres —Aethernitas, quien ya se encuentra controlando completamente el cuerpo de Athanasius, cruza los brazos y tira sus labios en una mueca presuntuosa. Lucas rueda los ojos—. ¿Vino para darme un sermón, Lucas?

—No, vine para deshacerme de tu estupidez —el mago se pone de pie, y aplaude una vez para llamar por completo su atención—. La chica esa... Eh, me olvidé como se llamaba. La mamá de esa quimera.

El rubio frunce el ceño.

—Lilian.

—Sí, esa —el azabache mueve una mano distraídamente, como si no le importara en lo más mínimo. Aethernitas se guarda aclararle que esa mujer no es madre de la princesa—. Me sorprende que siga viva, luego de estar tanto tiempo con esa niña. Incluso también me siento sorprendido de que ese títere aún respire. Voy a aplaudir tu talento, sólo por hoy.

Aethernitas enarca una ceja.

—¿Me está elogiando?

—Nah. Bueno, tal vez —se encoge de hombros—. En fin, no era eso a lo que venía. Sólo quería decirte que es mejor que te salgas del cuerpo de este tipo inútil.

—¿Ah, sí? —El demonio sonríe, de manera desafiante—. ¿Y si no lo hago?

—Si no lo haces, tendré que matarlos a ambos. Y después, claro, tendré que deshacerme de esa cosa a la que llamas hija.

—No puedes tocar a la sangre imperial.

—Oh, pero si esa niña no es del todo sangre imperial —declara con sorna, causando que la expresión del hombre titubee, aunque Lucas no está seguro si es Aethernitas o Athanasius el que deja ver tan claramente su temor. Sin embargo, ambas respuestas son positivas—. ¿Qué crees que pasaría si suelto información acerca de que no es más que un experimento? ¿Piensas que sería perdonada sólo porque es una niña? ¿Piensas que incluso tú continuarás sentado en el trono?

—¿Planeas estallar una guerra?

—Si eso es divertido, por supuesto.

—Definitivamente, no cambiaste ni un poco en estos doscientos años —escupe con desagrado. Lucas se ríe—. Sin embargo, hay algo importante que estás olvidando aquí.

—¿Qué es?

—Si yo salgo de este cuerpo, él morirá.


IX.

—¿Se encuentra cómoda, princesa? —pregunta Lilian suavemente, acariciando por sobre las mantas el calentito cuerpo de la niña recostada en la cama.

Los ojitos adormilados de Jeannette apenas enfocan la figura de su cuidadora entre la penumbra de la habitación, pero aun así le sonríe con cariño.

—Sí. Gracias, Lili.

—Bien —la dama suspira suavemente, y deja un beso en la frente de la infante—. Que tengas dulces sueños, Jeannette.

—Tú también, Lili. Y lamento haberte preocupado mucho.

—No necesita lamentarse —acaricia con suavidad la cabecita de cabellos caramelo, mientras mantiene su sonrisa dulce y amorosa—. Es mi trabajo cuidar de usted y preocuparme por su bienestar. Siempre voy a estar cuidando que se encuentre bien, princesa.

—Gracias...

—Ahora duerma, que mañana viene a visitarla de nuevo el mago Lucas, para revisar su salud.

Jeannette asiente y se acomoda mejor bajo las mantas. Lilian se queda a su lado en todo momento, hasta que los párpados de la pequeña se cierren por completo y su respiración se vuelva suave. E incluso cuando ya ha empezado a soltar ligeros suspiros, dictando su sueño profundo, ella continúa allí, con una mano sobre el suave cabello de la niña y una expresión triste en la cara.

Por su mente regresan las palabras dichas por aquel mago de sangre fría que, pese a todo, había conseguido salvar la vida de Jeannette. Pero aun así, el sentimiento de miedo y horror que le hubieron causado la información que le dio luego de que el desastre se calmara, se mantienen en Lili hasta el punto de oprimir su pecho.

«¿Qué quiso decir con que Jeannette no es humana?».

Lilian York no lo sabe, pero está segura de que eso tendría que ver totalmente con el emperador. Incluso podría ser la respuesta a la muerte prematura de Penélope, quien a pesar de haber sido una mujer sana, no pudo soportar el parto. O es que tal vez sólo estaría siendo demasiado paranoica, al tener tantas malas suposiciones con respecto a Athanasius.

«No todas las desgracias que ocurren a tu alrededor son culpa de ese hombre, Lilian» se alienta a sí misma, dejando escapar el aire que había retenido sin darse cuenta.

Está a punto de dejar pasar todas sus ideas para retirarse de una vez de la habitación, pero el sonido de la cerradura en la puerta le hace ponerse en alerta. Por el rabillo del ojo percibe a la persona que acaba de entrar cuidadosamente al lugar, sintiéndose descolocada al reconocer la figura entre la escasa luz que permanece a su alrededor.

—Su majestad... —lo llama, manteniendo su voz baja para no despertar a Jeannette. Antes de que pueda levantarse para preguntar algo, él hace una señal para que no haga más ruido del necesario—. ¿Qué... qué hace aquí...?

Lilian tiene miedo. El sentimiento no desaparece ni siquiera en cuanto él toma asiento en el otro extremo del lecho, y observa a la niña dormida entre ambos. La mujer siente que toda su presión sanguínea baja cuando ve cómo Athanasius extiende la mano hacia Jeannette.

Por inercia, ella misma se mueve y agarra el brazo del hombre, deteniéndole antes antes de que toque a la princesa.

—¿Qué significa esto, lady Lilian? —Inquiere el emperador, no con un tono molesto ni nada parecido. De hecho, está sonriendo como siempre que quiere jugarle una broma o burlarse de ella. Empero, Lilian sabe que esta vez no tiene tiempo para molestarse por esas cosas—. ¿Me estás impidiendo que me encargue de mi hija?

—¿Qué piensa hacerle a la princesa?

—Técnicamente, eso no es de tu incumbencia, no eres su madre —Lilian aprieta los labios, saboreando el sentimiento desagradable que se extiende por su lengua al oír esas palabras, sabiendo que son verdad—. Pero como sé que te preocupa tanto Jeannette, solamente te diré que no pienso hacerle daño.

—Usted... —masculla entre dientes y, sin querer, aprieta más el brazo del hombre, sus uñas clavándose en la piel del emperador a pesar de la tela que los separa—. Usted usó magia negra en la princesa. Si es verdad que le importa tanto Jeannette, ¿entonces por qué...?

—¿Que acaso Lucas no te lo dijo? Jeannette es...

—No me importa lo que sea Jeannette, es una niña —declara, con la voz rompiéndose levemente. Athanasius borra su sonrisa y observa a la pequeña, todavía durmiendo, ajena a los sentimientos de los adultos a su alrededor—. Es la niña que yo cuido y amo. Y si es necesario, voy a tener que alejarla de usted para mantenerla con vida.

—Te volviste realmente arrogante, Lilian —el hombre se aparta de ella, no de manera brusca, pero manteniendo una expresión severa. Si fuera otro momento, la joven York probablemente se hubiera echado hacia atrás, pero ahora la presencia de la infante a su lado le recuerda que no puede darse ese lujo—. ¿Olvidas que soy su padre?

—¿Y usted olvida que soy yo quien la ha cuidado de que es una bebé?

—No eres su madre.

—Ella no tiene madre por culpa suya, su majestad.

—Qué insolente.

De pronto, ambos ven cómo Jeannette se remueve entre las mantas, causando que los dos adultos detengan toda discusión, incluso retengan la respiración. Al menos, hasta que la niña vuelve a quedarse quieta y completamente dormida. Al ver pasado el peligro, tanto Athanasius como Lilian deciden parar con esa cuasi silenciosa discusión y levantarse de la cama, dirigiéndose inmediatamente a la salida del cuarto.

Una vez afuera, y apenas Lili suelta el cerrojo de la puerta, Athanasius la toma del brazo. No es un toque brusco, pero aun así, la muchacha se retuerce por dentro y le dedica una mirada de desagrado.

—Sígueme.

Y en silencio, le obedece. Los dos caminan por los casi abandonados corredores del Palacio de Rubí. Solamente un par de guardias y algunas mucamas del turno nocturno los ven, pero nadie se atreve a decir o comentar algo al respecto. A pesar de eso, Lilian sabe que al día siguiente empezaría otra ola de rumores con los que tendría que lidiar y hacer lo posible porque no llegaran a oídos de Jeannette.

—¿A dónde piensa llevarme, su majestad?

—Lo sabrás cuando lleguemos allí. —Declara el hombre, girándose para darle una sonrisa que finge ser reconfortante.

Sin embargo, en lo único que Lilian se fija al ver su rostro de nuevo, es que no hay serpientes en sus ojos.

Pero no hace más preguntas.


X.

—Te encariñaste mucho con ellas, ¿no es así?

Athanasius quita la mirada de Jeannette y Lilian, quienes tan animadamente se encuentran riendo mientras navegan en el bote de la familia imperial, y sus brillantes ojos cielo se dirigen a la persona que acababa de aparecer a su lado sin que se diera cuenta. Los rastros rojos en la mirada del emperador chocan con el rubí helado de la mirada del mago, pero ninguno de los dos hace algo más que observarse con asco entre sí por otro rato.

Finalmente, el que primero cede es el monarca. Sonríe de lado, volviendo su atención al lago cristalino.

—¿Tal vez el mago Lucas también se ha encariñado con mi encantadora Jeannette?

—¿De qué hablas, bastardo? —Gruñe el azabache, llevando sus manos detrás de su cabeza y haciendo un chasquido con sus dientes—. Es una quimera, no está a la altura de que sea algo más que un experimento fallido para mí.

Aun así, el de ojos azules se ríe, sabiendo que no lo dice en serio. No después de los años que habían pasado juntos.

—Escuché que dentro de poco será su debut —habla el mago, volviendo su atención a las damas en el bote. Se pregunta por dentro si estaría bien poner un hechizo de protección extra al objeto, para que ninguna se cayera al agua, pero se abstiene inmediatamente al recordar a quién tiene a su lado—. ¿Qué harás al respecto? Sabes bien que si esa enana se encuentra bajo emociones fuertes, podría morir.

—Lilian sabrá encargarse de eso.

—Confías mucho en esa mujer.

Esta vez, Athanasius no dice nada al respecto, tomando un poco por sorpresa a Lucas, quien le lanza una mirada de extrañeza. Al ver el rostro del emperador puede notar que su expresión, pese a ser la habitual, tiene un algo distinto lo cual, por supuesto, le asquea en su totalidad.

—No muestres una cara de idiota como esa, me da escalofríos.

—Qué frívolas palabras para decir al emperador, mago.

—¿Cuál es el problema? Sólo estoy avisando que sería mejor si escondieras esa expresión, a menos que tu deseo sea que todo el mundo descubra tus debilidades.

Contrario a conseguir otro comentario en contra de tal idea, esta vez el emperador guarda silencio, como si sopesara la veracidad de esas palabras y, al mismo tiempo, estuviera dándole toda la razón al erudito que le acompaña. Lucas de nuevo se siente sorprendido de encontrar esta respuesta, pero atribuye al hecho de que, quien se encuentra junto a él no es Aethernitas, sino solamente este sujeto que es el recipiente que tiene que convivir con aquel tipo tan déspota.

Lucas continúa pensando que ambos son unos imbéciles, y que cortarles el cuello sería más simple. Sin embargo, sabe que si hace algo contra Athanasius, la molesta media princesa que ahora le saluda con tanto cariño se pondría triste y, después, podría morir frente a sus ojos. Así que no, no tiraría todo su trabajo por la borda solamente porque un par de idiotas continuaban sacándole de quicio.

Sin devolver el saludo de Jeannette, Lucas da media vuelta y comienza a alejarse.

—Voy a hacer un viaje —anuncia, su voz acompasando sus pisadas sobre el césped—. Volveré en unos meses.

—Será mejor que regreses, entonces.

—¿Qué? ¿Tienes miedo de que Aethernitas intente controlarte mientras no esté?

—No, pero tal vez Jeannette se ponga triste si no ve a su mejor amigo.

El muchacho vuelve a chasquear la lengua, como si escuchar aquello le hubiera causado repulsión.

Pero, por supuesto, eso no era verdad.

A lo lejos, es Lilian quien observa con cansancio la imagen del emperador, también alejándose de la orilla. Sabe que es él, a pesar que su cabello sea otro tono y sus ojos tengan un sentimiento distinto.

—Ese hombre, siento que lo he visto antes. ¿Tú no, Lili?

Se lamenta no poder decirle a Jeannette que su padre siempre está cerca de ella.


¿continuará?