Personajes: Athanasius, Lilian, Jeannette, Lucas, Aethernitas, Roger, Ijekiel, Diana.
Pairings: Athanasius/Lilian. Lucas/Jeannette.
Clasificación: T
Nota de autora: recordemos que en este au, Penélope estaba casada con Athanasius, por lo tanto Jeannette es la sucesora directa desde su nacimiento.
also, no sé el título que tiene Lilian en la historia original, así que la puse como condesa, idk


Summary: Jeannette lo toma de la mano y ambos bailan mientras Lilian canta una melodía dulce, a mitad de un jardín casi abandonado, alejados de todo el mundo.


XI.

—¡Lili, te ves preciosa!

Lilian, quien se encontraba mirándose con nerviosismo en el reflejo de una ventana, quita su vista de allí y gira para observar a Jeannette, que se apresura para ir junto a ella con una sonrisa enorme, llena de admiración. Aunque sus vestidos compartan los mismos pequeños detalles, no se comparan entre sí, por decisión de la misma Lilian York. Aún a sabiendas de lo simple que se vería el atuendo de la única concubina del emperador, la mujer de ojos cian tenía en cuenta que no debía llamar la atención y que su único trabajo debía ser cuidar a la delicada princesa bajo sus alas. Pero pese a todo esto, ante los ojos de la misma niña, no es más que la imagen de un ángel impoluto. La emoción de la princesa no tarda en contagiarse a la dama.

—No más preciosa que usted, princesa —haciendo una ligera reverencia, consigue que la joven señorita se sonroje y empiece a jugar con sus manos. La dulce imagen de Jeannette enternece el corazón de Lilian—. Además, recuerde que hoy es su noche. Es su debut, puede alegrarse todo lo que quiera.

—Um, lo sé... —murmura ansiosa, todavía con la vista baja y sus dedos entrelazándose entre sí, cuidando que sus uñas recién preparadas no caigan al desastre por culpa de sus nervios—. Es sólo que... me inquieta un poco saber que no tengo un acompañante. ¿Qué tal si me miran raro por eso?

—No creo que alguien tenga el valor de hacer eso a la única princesa del imperio —le recuerda York, acercándose a ella para tomar suavemente las mejillas sonrosadas de la adolescente—. Pero no debe preocuparse por no tener acompañante. La princesa es la niña más hermosa de todas, no habrá quien no desee bailar con usted.

—¿Lo crees así? —Los orbes brillantes de la menor se iluminan más, como si fuera posible, y sujeta las manos amables de la mujer. Lilian se ríe y asiente—. ¡Entonces...! No me pondré triste, Lili. ¡Tenemos que ser felices hoy!

—Así se habla, princesa. Pero apresurémonos, no podemos llegar tarde a su propia fiesta.

Soltando una pequeña risa divertida, Jeannette asiente y es escoltada por su nana. Los guardias y sirvientas del Palacio de Rubí las ven pasando, y la mayoría queda embelesado.

Hasta que llegan afuera, y Lilian se detiene abruptamente en la puerta.

—Lili, ¿qué sucede...?

Cuando Jeannette alza la vista hacia el mismo lugar donde observa la mujer, se queda tan anonadada como ella.

—Veo que mi sorpresa tuvo éxito. —Comenta el emperador, acercándose a ellas mientras sonríe animado.

Lilian, quien había estado sosteniendo la mano de la princesa sobre su brazo, aprieta suavemente y llama la atención de la misma, haciendo que deje de mirar a su padre para dirigir una mirada preocupada a ella. Jeannette se sorprende aun más en cuanto nota la expresión severa nunca antes vista en el dulce rostro de su cuidadora.

—Su majestad. —Saluda la mujer, tomando por sorpresa a la niña, quien rápidamente regresa su vista al frente.

Él continúa sonriendo hacia ambas, como si no reparara ni un poco en la atemorizante expresión de la dama York. Incluso se atreve a quitar su vista de ella para posar sus brillantes ojos azules sobre Jeannette, y saludarla alegremente. Eso último hace que la pobre chica quede todavía más en blanco, sin saber si sería correcto devolver el gesto de la misma manera o hacer una reverencia completa.

Al final, solamente se atasca en el primer pensamiento que tuvo desde que Lilian llamó a este hombre con un título tan alto.

«Entonces este hombre es mi...».

—Padre... —susurra sin querer, rápidamente cubriendo su boca después. Sin embargo, esa palabra llega a oídos del rubio.

—Me alegra que me reconozcas, Jeannette —él hace una ligera reverencia. Su traje perfecto, casi brillante, hace que la jovencita quede un poco embobada y preguntándose si no sería mejor regresar al palacio a buscar algo que combinara. Pero es él de nuevo quien habla, deteniendo sus ideas—. ¿Te parecería correcto si te acompaño hoy en tu primer baile, hija mía?

Lilian aprieta los dientes en cuanto ve al emperador extender su mano hacia la princesa.

«No tienes derecho a tal cosa» son las palabras que quiere soltar y, sin embargo, ni un sólo sonido sale de su boca.

Jeannette observa la mano enguantada en blanco de su progenitor, pero en cuanto hace el ademán de querer tomarla, se detiene. Entonces se aferra con ambos brazos a Lilian.

—En realidad, yo esperaba tener mi primer baile con Lilian... su majestad.

Ese último honorífico hace que algo dentro de Athanasius se quiebre.

Aun así, no se muestra molesto. Dirige una rápida mirada a Lilian, quien está realmente sorprendida y mira detenidamente a la princesa, la que ahora observa nerviosamente sus pies.

—Lamento si eso–

—Está bien —asiente el hombre, deteniendo cualquier intento de disculpa de la niña. Luego simplemente se hace a un lado, y señala el dolorosamente llamativo carro que los espera al final de las escaleras de la entrada—. ¿Nos vamos?

De esa forma, los tres entran al trasporte y el viaje se vuelve ligeramente incómodo. Pese a ello, Jeannette no se desanima, y observa detenidamente a su recién conocido padre con cierta adoración, intentando grabarse su rostro más allá de lo que unas pinturas le hubieron mostrado antes. Se alegra al notar sus ojos de gema, idénticos a los suyos, lo que le recuerda que tiene una familia de verdad fuera de los muros del palacio en el que ha crecido. No piensa en los años de ausencia ni en la desfachatez de que el hombre se hubiera aparecido recién en su décimo quinto cumpleaños, ni siquiera se molesta por no haber recibido una mísera noticia en sus primeros años.

No necesita pensar en esas cosas porque, de todas formas, Lilian se encuentra junto a ella y con Lilian había sido suficiente todos esos años. La mujer siempre le había regalado tanto cariño y amor y le había repetido incansablemente que la princesa no sería abandonada por el emperador, aún cuando ella misma hubo dudado varias veces. Su único soporte y la figura materna que había estado todo el tiempo a su lado, todavía permanecía allí, tomándole la mano y dedicándole sonrisas cargadas de puro amor.

Antes de perderse en la imagen de los palacios brillando por la celebración en honor a Jeannette, la niña se pierde en los ojos de topacio desgastado de Lilian.

Piensa que estaría tan feliz si ella hubiera sido su verdadera madre. De esa manera, no sólo estaría su adorado padre en el mismo carruaje que ella, sino también su preciosa madre.

Y tal vez así también tendría el valor de llamarla...

—Presentando al Sol de Obelia; su majestad el emperador, Athanasius de Alger Obelia.

Como despertando de un trance, Jeannette se da cuenta de que acababan de entrar al salón del banquete donde se llevaba a cabo la fiesta principal. Instintivamente, su cuerpo se vuelve rígido y mira al montón de gente que se halla al final de las escaleras.

—Presentando al Pequeño Sol de Obelia; su alteza la princesa imperial, Jeannette de Alger Obelia.

Los títulos recién dichos por el presentador marean a la pobre joven, quien hace lo posible por mantener su espalda erguida y olvidar el dolor que causa el corsé de su vestido.

—Presentando a la Estrella de Obelia; su gracia la condesa, Lilian York.

Es entonces que Jeannette siente que todo el poco aire que había logrado inhalar se escapa por completo de su ser. Rápidamente gira la cabeza, viendo hacia la mujer que le acompaña, sin llegar a comprender cómo aquel título estaba ligado a su adorada cuidadora.

Porque ser una estrella sólo significaba que era la amante del emperador.

Aun así, Lilian no muestra expresión alguna frente a Jeannette. Y es la primera vez que la muchachita no sabe cómo digerir esta información, ni cómo actuar al respecto. Siente que quiere decir algo, cualquier cosa, mas su boca se siente entumecida y hay una sensación dolorida calando en su interior.

De repente, escucha un montón de murmullos. Bajando la vista, puede percibir a los culpables; toda la gente del salón. Y sus ojos están llenos de veneno, Jeannette nunca había visto tanto desprecio, aún si no fuera ajena a tal cosa (después de todo, nunca había recibido alguna visita oficial de su padre, y eso le hubo ganado títulos desagradables con respecto a su abandono directo), por lo que acaba perdiendo de a poco la energía de mantenerse siquiera en pie. El miedo la recorre.

Todos estos sentimientos se mezclan. Le duelen. Le duele el pecho.

—Parece que hemos dado mucho de qué hablar.

El comentario de su padre hace que Jeannette vuelva en sí, y al levantar su cabeza hacia él, nota que la mirada fría de sus ojos tiene rastros carmín que se asemejan a terroríficas gotas de rubí manchando su mirada con algo parecido a una sed de sangre. Sin embargo, su mirada de advertencia no está puesta sobre ella o Lilian, sino a la gente bajo sus pies, quienes no tardan en cerrar sus bocas inmediatamente y bajar sus cabezas, haciendo reverencia a la familia imperial.

Eso solamente consigue que Jeannette tiemble.

Nunca antes había podido ver el poder que tenían los de su estirpe, y ahora esto sólo le causa escalofríos.

—Vamos, princesa.

Finalmente, vuelve a escuchar la dulce voz de Lilian, sacándola de aquel pozo de miedo en el que sentía que estaba cayendo. Al volver a verla, puede animarse gracias a la sonrisa dulce que le dedica la dama.

—Demos el primer baile.

Olvidando todos los títulos, Jeannette decide que puede actuar como una niña junto a ella otra vez. Ya no importan los murmullos ni las dudas de la gente, ni sus desagradables comentarios acerca de que la princesa recluida no se veía apropiada dando su primer baile a la concubina. Ignorando todo eso, tanto la pequeña señorita como la dama danzan y se pierden en la música que silencia las voces maliciosas que quieren llegar a sus oídos.

Athanasius, quien las observa desde cerca, simplemente sonríe y se hace una lista mental de cuántos nobles tendría que destituir luego de hablar mal de la heredera al trono.

—No necesitamos gente que dude de la sangre imperial. —Comenta en voz alta luego de que Roger, su más cercano compañero de artimañas, le hubiera preguntado la razón de su intención de hacer caer varias de las casas que habían asistido al banquete.

El hombre blanco suspira con resignación, sabiendo que no podría hacer nada en contra de los deseos del emperador. Luego se retira, excusándose de que hay alguien a quien necesita encontrar.

Más tarde, sentada en un trono al lado derecho de su padre, Jeannette conoce personalmente a Ijekiel Alpheus, quien dicta sus deseos de volverse amigo de la princesa.

Jeannette se siente en las nubes ante el aspecto de príncipe del muchacho presentado frente a ella, pero reconoce las mentiras en sus ojos.


XII.

—¿Cómo le fue en su fiesta de té, princesa?

—¡Increíble, Lili! —Exclama la joven, mientras extiende las sábanas junto a su fiel compañera. No es que sea su trabajo destender su lecho antes de dormir, pero en cuanto no hay sirvienta alguna que interrumpa su tiempo junto a la mujer, también comparten el trabajo de arreglar partes de la habitación. Jeannette adora ver cómo las suaves sábanas caen lentamente sobre el colchón—. ¡Hoy siento que hice muchos amigos! Incluso el joven Ijekiel, ¡me elogió diciendo que era una de las chicas más bonitas que ha visto!

—Me alegro que eso le haga feliz —sonríe Lili, genuinamente contenta por la alegría de su princesa—. ¿Y qué hay de las chicas, ha hecho alguna amiga?

—Um... No del todo —menciona, un tanto ansiosa. Se acomoda bajo las frazadas, mientras Lilian acaricia su frente para tomarle la temperatura y peinar sus lacios mechones sueltos. Pronto recibe una mirada curiosa de la mujer—. ¡Quiero decir...! No me trataron mal ni nada parecido, pero... siento que no encajo mucho.

—No se preocupe, sólo ha estado nerviosa porque ha sido su primera reunión —alienta la dama, dándole un beso en la frente—. Pronto empezará a llevarse mejor con todos. No hay quien se resista a los encantos de usted, princesa.

—N-no creo tener los encantos de los que hablas, Lili. —Se lamenta Jeannette, subiendo las mantas hasta su nariz mientras su rostro enrojece debido a la pena.

La dama se ríe suavemente y le desea buenas noches, acabando con la conversación. Jeannette también le desea buenas noches y la mujer se retira de los aposentos.

Una vez fuera del cuarto, Lilian observa el corredor del palacio, incomparable al del anterior. Varias mucamas continúan trabajando bajo las tenues luces de los candelabros, pero sus pisadas son prácticamente mudas, no se oyen en lo absoluto. Aun así, York sabe que no tendría por qué temerle a estas mujeres, sabiendo que había hechizos de protección por todos lados y cualquier traidor sería descubierto al instante si rondaba cerca de la heredera. Después de todo, desde el día del debut, Jeannette había sido cambiada de residencia para que viviera justo a lado del emperador, en el palacio que debía pertenecer a la emperatriz, causando que el respeto y los cuidados por ella aumentaran muchísimo más.

Agradecía que su niña finalmente fuera reconocida y amada como debía ser. Sin embargo, sentía que esto también la estaba alejando de ella.

Suspirando, empieza a caminar tranquilamente por el pasillo, dirigiéndose a la salida para encontrarse con el guardia designado a escoltarla al Palacio de Rubí. Sería una noche solitaria de nuevo, lejos de Jeannette.

Agarrando una capucha antes de salir por las puertas principales, y poniéndosela en medio de la oscuridad, camina presurosa en dirección al único hombre con capa imperial que está al final de las escaleras de la entrada.

—Ya podemos irnos.

—¿Tan temprano? Creía que sólo los niños dormían a estas horas.

Sorprendida, observa al hombre a su lado. No es el guardia de siempre, de hecho sólo es Athanasius, usando el disfraz que ha usado tantas veces sólo para observar a Jeannette es sus tiempos libres.

Lilian nunca había odiado el cabello negro tanto como ahora.

—¿Cuál es la importante razón por la que el emperador ha venido a escoltarme personalmente? —inquiere directamente, manteniendo un rostro sereno que no dejara ver más de la incredulidad que la abruma por dentro. Aún se encuentra incapaz de pensar en que, incluso a estas horas y tan lejos del lugar habitual, Athanasius buscara estar cerca suyo.

El hombre sonríe.

La dama York se sorprende de que, a pesar de que mantenga sus ojos brillantes frente a ella, de nuevo estén libres de los rastros carmesíes a los que se había acostumbrado todos esos años.

Se pregunta qué habrá pasado.

«¿Es porque ha borrado los rastros de magia negra, ahora que hay un mago tan poderoso cerca?».

Sus dudas nunca serían contestadas.

—¿Debería haber una razón para que quiera ver a mi amante?

Lilian se abstiene de mostrar una mueca de absoluto asco.

Aun así, Athanasius parece saber bien lo que causan sus palabras en ella, por lo que deja escapar una ligera risa.

—Parece que se divierte mucho estando a mi lado, su majestad. —Masculla Lilian, sonriendo apenas por pura cortesía.

—He de admitir que me sorprende que lo haya notado, señorita —él hace una ligera reverencia, y luego extiende su brazo hacia ella—. ¿No piensa que es una buena noche para dar un paseo?

A Lilian le gustaría negarse, pero no puede puesto que no tiene excusa que la respalde. Observa a los alrededores, notando que los guardias cerca simplemente desvían la vista, y no hay otro ser vivo que ronde cerca. Al final, simplemente suspira con cansancio disimulado y sujeta el brazo del hombre, comenzando la silenciosa caminata por el jardín delantero del palacio.

Rosas blancas brillan a su alrededor, las favoritas de la princesa. Parecen alumbrar la noche con luna creciente, la cual Lilian no quiere mirar porque sentiría que incluso el cielo se estaría burlando de su mala suerte. Aun así, evita dejar ver algún signo de incomodidad y se pierde en la idea de lo genial que sería pasear con Jeannette a esas horas, en cuanto hubiera luna llena otra vez y el paisaje se mostrara incluso más bonito que antes.

Ese pensamiento alegra su interior, haciendo que olvide momentáneamente su desagrado ante la situación.

—¿Has pensado en la propuesta que te hice?

Hasta que la voz de Athanasius tiene que tirarlo todo por la borda.

—¿A qué se refiere, su majestad?

—A convertirte en emperatriz, por supuesto. Creí que una idea como esa no se quitaría de la cabeza de una mujer con tanta facilidad, pero veo que no ha funcionado contigo, Lilian.

—Me temo que no soy tan ambiciosa como espera, su majestad. —Declara con suavidad, bajando la cabeza a los pétalos marchitos en el camino de piedras. Siente tristeza, por alguna razón que no comprende.

—Me pregunto... ¿Qué es lo que deseas, Lilian? ¿Alguna cosa que pueda darte para que dejes de mirarme tan fríamente?

Aunque sus palabras estén acompañadas de ese tono desinteresado y tranquilo, Lilian inevitablemente es capaz de captar los ligeros movimientos tensos de su compañero. Piensa en lo tonto que él ha sido por haberla dejado agarrarlo y que le diera el beneficio de darse cuenta de estos detalles, o, por el contrario, también se le viene la idea de que es un genio por usar la estrategia de estas diminutas expresiones para llegar al blando corazón de una dama como ella.

A pesar de esto, Lilian York no piensa doblegarse. No tan fácilmente, menos con el culpable de sus desdichas.

—Quiero mi libertad.

—Discutible. Tú ya eres libre.

—Quiero ser libre, pero sabiendo que mi familia no sufrirá por mi egoísmo. —Aclara, volviendo a bajar la mirada a las flores destrozadas bajo sus zapatos.

El emperador se detiene, justo antes de pisar una rosa blanca. Lilian lo mira, soltándose de él y apartándose un par de pasos. Athanasius tiene una expresión cansada.

—¿Qué hay de malo en ser egoísta? —Pregunta él distraídamente. Poco a poco, sus ojos vuelven a tornarse rojos. Lilian no se siente aliviada por este hecho—. Dígame, lady York, ¿qué tiene de malo querer hacer lo que uno desea, sin importar lo que los demás piensen?

—El egoísmo no es sólo hacer lo que uno quiere, su majestad —esa respuesta toma un poco por sorpresa al hombre. Ella le dedica una sonrisa amable, como la de un profesor enseñando con paciencia a un alumno—. Es hacer lo que uno quiere y dañar a otras personas en el proceso, sin importarte tal cosa. Es crueldad en su máxima expresión.

—Bueno, vivimos en un mundo cruel.

—Eso no necesariamente debería convertirnos en personas crueles. Se supone que el ser humano es lo suficientemente fuerte como para no ceder ante las desgracias que suceden a su alrededor.

—Qué divertido —deja escapar otra risa, esta vez más sonora que la anterior. Es el turno de Lilian de sorprenderse, pero se siente repentinamente aliviada de ver que los ojos del hombre vuelven a ser puramente azules—. Tienes buenas respuestas, Lilian.

—¿Lo cree así, su majestad?

—Sí, aunque... —lleva una mano a su barbilla, y la mira de arriba abajo cuidadosamente. La mujer se siente avergonzada y retrocede por inercia, escondiendo su cuerpo completo bajo la capa que lleva puesta. Él le sonríe amablemente—. Lo lamento, es sólo que acababa de darme cuenta de que no estás usando la ropa de sirvienta.

—¿Tiene algún problema con mi atuendo, su majestad?

—Para nada, no soy quién para juzgar —declara amigablemente, y luego se quita los primeros botones del uniforme de guardia—. Después de todo, a mí también me gustan este tipo de ropas. No son tan... llamativas.

La castaña enarca una ceja.

—¿Al emperador Athanasius no le gusta la ropa llamativa? —pregunta, tanto con sorpresa como con ironía.

De repente, la expresión del hombre cambia ligeramente.

—¿Cómo... me llamaste?

Ahora ella enarca ambas cejas.

—¿«Emperador»...?

—Después.

—¿«Emperador Athanasius»? ¿Hay acaso algo malo con que lo llame así?

—No, es sólo que... —lleva una mano a su boca, y de repente ya no la mira a los ojos. Lilian se siente confundida por ese actuar—. Nunca me habías llamado por mi nombre antes.

Ahora Lilian está frunciendo notoriamente el ceño. Una mirada de extrañeza se posa sobre este hombre extraño.

—Lo hice —le recuerda, con una seriedad increíble—. La primera vez que nos conocimos.

—¡Ah! Así que recuerdas esa noche, Lilian —celebra el hombre. York aprieta los labios, sintiendo que de alguna forma ha cavado su propia tumba—. Me alegra saber que había dejado una impresión tan fuerte sobre ti.

—No fue una impresión fuerte. Es que usted prácticamente amenazó con degollarme si no mostraba modales adecuados.

—¿Cuándo yo dije que haría...?

—Lo pensó.

Esta vez, él no puede decir nada al respecto.

Es Lilian quien ahora se encuentra incapaz de evitar una risa al ver el rostro nervioso y culpable del emperador. Y el sonido de la risa que deja escapar llega a lo profundo del alma marchita de Athanasius.

—Yo... lamento haber actuado así.

Lilian York se hubiera esperado muchas cosas, excepto esta disculpa.

Antes de poder decir algo más, él se aleja de allí.


XIII.

—¿Qué tal ha estado la monstruosidad que llevas dentro, eh, emperador?

Ante el claro insulto del mago de ojos rubí, Athanasius deja un momento de prestar atención a las cartas que le ha escrito Jeannette para lanzarle una mirada de advertencia al muchacho. El mismo que le ignora y se come las galletas sobre la mesa del monarca, que estaban destinadas a ser su merienda pero que acabaron por convertirse en el bocadillo del azabache.

Cuando termina de masticar, el rubio le dedica una expresión falsamente alegre.

—¿Has terminado de comerte mis galletas?

—Muy buenas, por cierto —declara Lucas, sacudiendo sus manos para quitarse las migajas y dejarlas caer entre los documentos de trabajo de Athanasius—. Hm... Siento que reconozco este sabor.

—Cómo podrías —se ríe el rubio, tirándose hacia atrás y guardando las cartas en un cajón con llave—. Se suponía que mi hija las había hecho para mí, pero te las acabas de comer todas. Qué desagradable.

—Así que las hizo la quimerita... —murmura el de ojos carmín, recostándose un poco contra el mueble y pensando en esa niña. Frunce el ceño, haciendo otra vez ese sonido de desagrado—. Debería dejar de perder el tiempo en hacer dulces para unos idiotas.

—Con respecto a eso —rápidamente toma la palabra, sintiéndose cada vez más molesto al escuchar las frívolas palabras de este sujeto—. Karax ha estado bastante tranquilo estos últimos meses. Me atrevería a decir que incluso me ha dejado en paz. ¿Puedo saber la razón de esto?

—¿Qué? ¿Crees que yo hice algo con respecto a eso? —Se carcajea ruidosamente, y después da un par de palmaditas en la cabeza del hombre. Él tiene una vena resaltando en su sien, pero manteniendo su sonrisita—. Bueno, pero olvidando eso, ¿qué clase de nombre es «Karax»? Se nota demasiado que quiso lucirse.

—¿Qué tiene que ver el nombre en todo esto?

—Tú dime.

—Tal vez me guste perder el tiempo, pero ahora mismo estoy–

—Ese idiota, me dijiste que ha dejado de molestarte tanto —le interrumpe, pero Athanasius se guarda el demostrar la molestia que le ha causado esa grosería para prestar atención a las palabras del arrogante mago milenario. Asintiendo, Lucas se levanta de su asiento improvisado y camina hacia el centro del cuarto—. Entonces es mejor que empieces a preparar tu testamento, oh gran emperador. No te queda tanto tiempo como piensas.

Dicho eso, desaparece usando magia, no sin antes mirar con burla al hombre y sonreír con sorna. Segundos después, la habitación se vuelve completamente silenciosa, sin las bromas ni palabras molestas del mago, o los comentarios falsamente amables del emperador, ni siquiera las apariciones repentinas de un ente oscuro que vuelve pesado el aire hasta desaparecer el oxígeno. No queda nada. Sólo el sol de la tarde entrando por una ventana y los papeles abandonados sobre un escritorio sucio de migajas.

Al encontrarse completamente solo, Athanasius suspira pesadamente. Se levanta y observa por el ventanal a sus espaldas, a un jardín de rosas blancas. Le da una desagradable sensación de paz y lo obligan a pensar en si sería correcto tener un día libre.

—Tiene que ser una jodida broma.

Por supuesto, nada de esto quita el hecho de que ahora no sólo tiene a un maniático dentro de su cabeza, sino que también estaba la muerte acechando su cuello.

—Karma, supongo —se convence, dejando olvidado todo el trabajo para salir del lugar. Afuera, ordena al primer ministro encargarse de los deberes y él abandona toda idea de hacer algo importante en las siguientes horas—. Me pregunto si...

Inconscientemente, se dirige al Palacio de Esmeralda.

A lo lejos, puede ver a Jeannette y Lilian recorrer las afueras del bosque. Su hija, por supuesto, no tarda en notar su presencia y pronto va junto a él, invitándolo a pasar tiempo juntos. No se niega a ello, pero tampoco ignora la expresión de preocupación que le dedica la mujer castaña.

Se siente como si ella supiera que su interior no es más que un completo caos.

Aun así, es lo suficientemente inteligente como para no mencionar algo al respecto. En cambio, actúa anormalmente amable ese día, consiguiendo que así, sólo un poco más, Athanasius sienta este deseo de querer mantenerla a su lado por todo el tiempo que va en su contra. No lo menciona, no lo piensa siquiera. Solamente que allí está ese sentimiento.

Jeannette lo toma de la mano y ambos bailan mientras Lilian canta una melodía dulce, a mitad de un jardín casi abandonado, alejados de todo el mundo.


XIV.

—Quería salvar a Jeannette.

Las palabras del hombre sentado en mitad del dormitorio hacen eco contra las paredes. Lilian, quien se había esmerado en poner atención solamente en el cerrojo de la puerta, no puede evitar dirigir su vista a Athanasius, quien bebe un par de vasos de licor a esas altas horas de la noche por una razón que ella no comprende. O al menos, que no comprendía. Pero ahora puede ver culpa volviendo a brillar en su mirada, sentimientos a los cuales la mujer tal vez jamás se acostumbraría por completo ver en él.

Ella lucha con la idea de ir a tomar asiento a su lado en ese mullido sofá. En cambio, camina descalza por el cuarto, sintiendo el frío mármol bajo sus pies hasta que se detiene frente a ese hombre, siendo separados por la pequeña mesa que sostiene la botella de whisky y un vaso vacío, y el sofá que estaba destinado a ella, pero es que ha rechazado la idea de tomar asiento. Ella prefiere perderse en el reflejo de la luz aquel aquel objeto de cristal que está, por supuesto, entre los dedos del emperador, aunque el líquido dorado en su interior apenas llega a la mitad.

Lilian se pregunta si acaso tomará más. Si piensa hacerlo durante toda la noche. Si eso es mejor que dormir y tener pesadillas hasta el amanecer.

—Jeannette, ella... —vuelve a murmurar él, con la vista un poco perdida en algún punto enfrente suyo. La castaña se siente preocupada—. Tenías razón, Lilian. Yo no amaba a Penélope, pero... Eso no impidió que me encariñara con mi hija.

Lo ve tomar un trago largo. La dama suspira suavemente, aliviada de escuchar finalmente esas palabras. Aquello sólo significaba que su princesa en realidad era amada por su padre y, por lo tanto, no habría problemas graves en su vida.

—Esa vez que colapsó cuando era pequeña, creo que me di cuenta ese día. —Suelta una pequeña risa, dejando el vaso vacío en la mesa.

Lilian aprieta los labios antes de atreverse a hablar.

—Su majestad, ¿por qué me está contando esto ahora?

Él hace un sonido vago, y recuesta su mejilla sobre una de sus manos, ahora mirando directamente a la mujer frente a él.

—¿Por qué será...? —Pregunta en voz alta, llevando una mano a su pecho. Ella observa sus reacciones, sin llegar a comprender—. Creo... que es porque me gustas.

—¿Eh?

Como si le acabaran de tirar un balde de agua encima, de la nada, Lilian York entra en un trance del que no cree volver a salir. Al mismo tiempo, su mente no deja de buscar una respuesta a una pregunta nunca dicha, desesperadamente, como si intentara encontrar el significado de la existencia y sólo de eso se tratara todo su trabajo. En tanto, su propio cuerpo pierde sentido y ella misma hace que su vista se vuelva tan perdida como la que tenía el hombre frente a ella. Podría culparlo de contagiarle este mal, debería hacerlo, y sin embargo sólo se encuentra en un estado catatónico donde todo lo que sucede frente a sus ojos son las memorias de un montón de momentos.

Lo que obviamente quiere decir que no encuentra una razón coherente para lo que estaba escuchando.

—¿Eh? —repite, volviendo a mirarlo. Su expresión aún en blanco, los ojos perdidos, los dedos entrelazados y su cabello castaño suelto volviéndose una maraña, como si entendiera los complicados pensamientos de ella y quisiera ilustrarlo de alguna manera. Por supuesto, eso solo le causa una imagen desastrosa.

Athanasius suelta una risa en cuanto pasan más y más segundos, viendo esa expresión perdida perdurar en el bonito rostro de la mujer.

—¿Tan difícil de creerlo, Lilian?

—Mis disculpas, yo... —parpadea repetidas veces, y mueve la cabeza de un lado a otro. Luego frunce el ceño—... No entiendo, su majestad.

—¿En serio? Es más que simple. Así que no entiendo por qué no entiendes —él se ríe, poniéndose de pie y mirando con cierta tristeza a la mujer—. ¿Qué es lo que no entiendes, en realidad?

—Nada de esto. No lo entiendo —declara firmemente, no aparta la vista esta vez. Su ceño fruncido se pronuncia más, y lo ve acercarse a ella, pero esta vez no retrocede—. ¿Qué está tratando de decir su majestad con esto? ¿Que su capricho por mí ha aumentado más de la cuenta?

—Supongo que podría llamarse así —afirma, pensativo—. Aunque tal vez también podría llamarse–

—Le recuerdo, su majestad —lo interrumpe fríamente—, que estoy a su lado debido a un intercambio. Soy una rehén, bajo el título falso de amante. Mi deber no es convertirme en su compañera de cama, usted mismo lo había dicho.

Athanasius rueda los ojos.

«Eso había sido así porque tenía un contrato con Penélope» no le aclara este hecho, sabiendo que solamente conseguiría que ella se enfurezca al nombrar a aquella mujer.

Además, tampoco es como si...

—No te estoy pidiendo que te acuestes conmigo, Lilian.

—¿Ah, no?

—No... en el sentido metafórico de la frase.

Lilian hace una cara de asco, que él evita mirar demasiado para no reírse.

—¿Entonces me lo está pidiendo literalmente, que me acueste con usted?

—Podría decirse que...

La expresión de la mujer se vuelve cada vez más molesta, así que el rubio decide que es mejor cerrar la boca antes de que algún objeto dentro de la habitación acabe golpeando su cabeza o algo por el estilo.

Sin embargo, nada ocurre. Ni siquiera en cuanto pasan y pasan los segundos. Lilian no se mueve, pero poco a poco su bonito rostro cambia, mostrando distintas expresiones, desde enfado al continuar con el ceño fruncido hasta una pizca de alegría que no deja ver más allá de una mirada brillante y un temblor en sus labios que quieren formar una sonrisa. Pese a eso, su boca no suelta palabra alguna.

Hasta que, finalmente, ella deja escapar un suspiro leve.

—Supongo que... —empieza a hablar suavemente. Athanasius puede ver, entre la casi oscuridad del lugar, que sus mejillas se tiñen de suave rosa, lo cual le parece encantador aunque no entienda la razón—... puedo conceder este deseo suyo. Si me promete que–

Antes de que pueda terminar de hablar, él se acerca por completo hasta ella, subiendo una rodilla al sofá que los separa y extendiendo la mano hasta tomar la parte trasera de la cabeza de ella y acercarla a él. Un choque de labios que, al principio, deja a Lilian completamente horrorizada. No obstante, su cuerpo no rechaza el toque ni se aparta del beso apresurado. El corazón le golpea la garganta y hay un millar de pensamientos contradictorios surcando su mente.

Antes de darse cuenta, sus manos se aferran a la camisa del emperador y cierra los ojos, dejándose llevar por los movimientos de su compañero sobre su boca.

«Sabe... amargo. Y caliente».

Atribuye todo el alcohol, aunque ella no haya bebido ni una gota y él no haya ido más allá de un mísero vaso pequeño.


XV.

—Bendiciones al Sol y la Luna de Obelia.

La voz de este hombre se le hace conocida a Lilian pero, al contrario de conseguir concentrarse en ello en vez de las miradas a su alrededor, solamente consigue que algo dentro de su interior de remueva desagradablemente. El título recién dicho no hace más que causarle náuseas, aunque no exactamente porque lo odie sino porque, tal vez, jamás podría acostumbrarse a él.

Empero, no es como si hubiera pasado un día entero de ello todavía. Lilian se dice a sí misma que debe ser positiva.

—Como regalo por este día tan especial, he traído a la bailarina más talentosa del continente.

Finalmente, las palabras de este sujeto llaman la completa atención de la mujer. Ahora que su cabeza ha dejado de resonar tan incómodamente con sus ideas pesimistas, puede reconocer el rostro y las vestimentas de noble del hombre, aunque no son de su país, pero claramente pertenecen al incomparable imperio de Siodonna.

Lilian traga pesado y observa a la persona sentada a su lado, preguntando en silencio qué significa esto.

—¿Qué? —Aventura Athanasius, con una sonrisa despreocupada y los ojos brillantes—. ¿Te molesta que haya elegido esto como regalo de bodas?

—Me pregunto qué necesidad tendría su majestad de darme un regalo de bodas —explica la dama, con un tono suave. No está molesta, sólo completamente sorprendida. Regresa su vista enfrente, donde ya ha empezado el espectáculo. Pero antes de perderse en la brillantez de la bailarina que le roba el aliento desde la primera vez que la vio, vuelve a dirigirse a su recién dicho compañero—. Yo no he preparado algo así. Lamento los inconvenientes.

—No estás obligada a retribuirme, no te preocupes —asegura el rubio, recostando un codo en el reposabrazos de su trono y luego dejando caer su mejilla en su palma, acercando así su rostro a la mujer a su lado—. Pero... me haría feliz si no me ignoraras toda la velada por esa mujer.

Lili siente su rostro volverse rojo.

No es que fuera intencional el ignorarlo, es que esta bella bailarina de ojos rosas que tan pocas veces había visto, era simplemente la imagen más espectacular que Lilian York había visto antes. Le es inevitable perder el aliento ante ella y perderse en sus movimientos y aura tan libre.

La envidia un poco. La adora muchísimo.

—¿No es una imagen para empezar rumores? —La voz de Athanasius se escucha cerca de su oído, y su aliento choca con su piel. La mujer de ojos cian en realidad ya está acostumbrada a esto, pero aun así es incapaz de mantener su rostro sereno—. Quiero decir, que la emperatriz esté mirando de esta manera a otra mujer. ¿No estaría bien sólo convertirla en tu amante, Lilian?

—¡¿Q-qué está tratando de decir, su majestad?! —Exclama por lo bajo, girando de nuevo para mirarlo, pero entonces se encuentra a sí misma con su rostro a demasiados pocos centímetros. Maldice a quien hubiera puesto las incómodas sillas imperiales tan jodidamente juntas—. ¿A qué se refiere con amante? No haga bromas de mal gusto.

—Quiero decir, no me molestaría —como si ignorara por completo el estado casi histérico de su compañera, él se muestra pensativo con la idea que acababa de dar—. No acordamos nada sobre otras parejas.

De pronto, el rostro de la recién nombrada emperatriz cambia por completo.

En este punto, Lilian ha olvidado por completo la danza perfecta de Diana, y observa únicamente al hombre a su lado. Una expresión en blanco, pero unos ojos cargados de temor.

—Su majestad... ¿piensa tener amantes?

Como si acabara de darse cuenta de lo insinuado de su propia frase, Athanasius pone una cara de sorpresa. Mira rápidamente a Lilian, negando con la cabeza rápidamente.

—No, para nada —asegura prontamente. Suspira, volviendo a calmarse, y mira al frente, con una expresión cansada—. Sólo me preguntaba si eso te gustaría a ti. Yo no lo necesito.

—Entonces yo tampoco lo necesito, su majestad.

Athanasius se sentiría aliviado de escuchar eso, pero no lo hace. No ahora, mientras observa a su esposa regresar su vista al frente y volver a maravillarse con la bailarina, en tanto él se hace de nuevo a la idea de que le quedan días contados viendo esa expresión tan dulce, esa cara tan bonita y sus ojos que dejan escapar todas sus emociones.

Su pecho duele demasiado. Tal vez estaría sangrando, pero su traje negro y rojo no le dejaría saberlo ni a él ni a los invitados, aunque está seguro de que Lilian lo descubriría si es que no estuviera tan embelesada en la actuación. Lleva una mano a ese lugar, mientras sonríe despreocupadamente para no levantar alguna sospecha. No está húmedo ni cálido, pero continúa doliendo.

A lo lejos, puede ver a Jeannette siendo escoltada por Lucas. Quiere fruncir el ceño ante el mago, que no había abandonado a su hija desde que la misma cumplió sus dieciséis años. Sin embargo, no se molesta más de la cuenta, recordando que en todo el imperio ese desgraciado era el único que podía mantener estable la salud de su unigénita. Además, a ella no parecía desagradarle ni temer más a ese sujeto, como solía hacerlo en los primeros años. Estaba un poco aliviado por eso.

De repente, se da cuenta de que los ojos carmín del mago se encuentran encima suyo.

Sin querer, termina borrando su propia sonrisa. Sus ojos se oscurecen, mientras que los de Lucas brillan, acompañados de una sonrisa burlona.

Decide regresar su atención a Lilian. Ella sigue perdida con Diana.

«Tendré que hacer que esa mujer se quede junto a ella» decide, con cierto hastío, observando cómo la rubia termina finalmente su baile de una manera hermosa. No se siente del todo impresionado, pero sabe que lo mejor sería conseguir que ella permaneciera junto a Lili a cualquier costo.

Por otro lado, también tendría que encargarse de preparar la futura coronación de Jeannette, que se llevaría a cabo cuando ella cumpliera sus veinte años. O al menos, eso espera conseguir. Sería sencillo ahora que había alguien más en el puesto de monarca, además de él.

Lo único malo en todo esto es, por supuesto, imaginarse cómo acabaría todo una vez su propio cuerpo ya no pueda continuar en pie.

—¿Podría venir conmigo, su majestad?

La voz de su compañera lo saca de sus pensamientos, y al verla, recién percibe que ella se ha puesto en pie.

Desde allí, erguida a su lado y sonriendo amablemente, combinando sus ojos dulces con su vestido de blanco puro y la luz de los candelabros en el techo creando una aureola alrededor de su cabello de chocolate, Athanasius piensa que ella se parece demasiado a un ángel. Aunque, por supuesto, sabe que ella no sería menos que una deidad, lo cual evita mencionar para no hacerla estallar de pena como suele hacerlo.

Asiente a su pedido y ambos avisan que se retirarán un momento, pero que volverían enseguida. Una vez dicho eso, es ella quien toma la mano del hombre y lo guía por los corredores del palacio más grande entre todos, hasta que los guardias desaparecen y las luces dejan de quemar las pupilas.

—Su majestad, ¿lo sabía? —pregunta entonces la dama, sin detener sus pasos suaves por el pasillo sin luces.

—¿Saber qué?

Entonces, ella se detiene y gira para mirarlo. Nunca suelta su mano.

—Que en realidad no estoy enamorada de usted.

Athanasius suelta una pequeña risa ronca.

—Qué lástima. Y yo que me había esforzado tanto en–

—Pero sí he aprendido a amarlo, así que espero... —soltándole de una vez, consigue que él borre esa expresión falsamente confiada y ponga un rostro culpable. No lo deja hundirse, no quiere, así que se acerca a él y toma sus mejillas con delicadeza, para regalarle una mirada luminosa—. Espero que, algún día, deje de mentirnos a todos.

Cual si acabara de echar por la borda todos sus planes, él siente el vacío en su interior volverse cada vez más molesto y doloroso.

Al mismo tiempo, Lilian observa los ojos cansados de su emperador.

Ya no hay serpientes rojas, ni una gota de sangre pero, en vez de darle la sensación de alivio que hubo buscado por tanto tiempo para el momento en que por fin dejara de ver tales cosas, ahora solamente se siente llena de incertidumbre.

—No te preocupes, cariño.

Tomando entre sus propias manos a las pequeñas manos femeninas, él las aparta de su rostro, mientras pone otra sonrisa divertida.

Lilian piensa que Athanasius es como las tormentas en el mar.

Nunca se detienen y pueden ahogar a cualquiera, incluida ella.


¿fin?


N/A: final abierto porque me gusta dejar que cada uno se haga su idea con respecto a ello, ¡y me encantaría leerlo! 3

En fin, no ahondé mucho en la lenta/repentina desaparición de Aethernitas, queda a idea del lector saber la causa, si es que realmente se fue o sólo está esperando el momento adecuado para volver, idk

Tampoco hice mucha alusión a Claude (nada, en realidad), pero pensaba dejarlo vivo porque pues ajá, sabemos que Athanasius no odia a su hermanito así que hagamos como que no lo mató (?), pero ya no forma parte de la familia imperial así que nunca se encontró con Diana, chale

De Félix no hablamos. Esto se hubiera convertido en un triángulo amoroso si decidía agregarlo a la historia.

Y el Lucannette lo hice pq me gusta el shipp /wink

Perdón por este desastre, les juro que no soy así en la vida real /corre

—Milo K.