Fue después de la muerte de Mitsuba que la situación se dió.
No tenía la intención de espiarlo, simplemente no esperaba verlo ahí, lo miró herido, vendado y totalmente sucio en el techo del hospital. Vestía su uniforme negro como de costumbre, lo miró comer un paquete de patatas picantes mientras lloraba.
Lo ignoró un momento mientras comía él también en silencio cuando un ruido repentino le llamo la atención.
El sonido de la tos del otro fue lo que le llamó la atención. Se asomó un poco para ver al contrario de reojo, pensó que quizá se estaría ahogando por el llanto y el picante pero su sorpresa fue otra cuando vió pétalos de flor caer al piso.
Abrió los ojos con sorpresa y se escondió de nuevo en su lugar.
¿Qué demonios acaba de ver?
La tos no paró en ningún momento, se escuchaba de manera agonizante, exactamente igual a la de Mitsuba, aquello le preocupó al peliplateado.
Cuando la tos del otro cesó, el vicecomandante del Shinsengumi reanudó su acción, comió más y más hasta que la envoltura cayó al suelo junto con los pétalos blancos que habían salido de él.
— Eres realmente un sujeto muy entrometido. — soltó a la nada el pelinegro.
¿Ah? ¿Tan rápido lo había descubierto? Pero si no había hecho ruido alguno.
— No tengo idea de que hablas, he venido a comer aquí. — respondió Gintoki.
— ¿Por qué aquí? — cuestionó el pelinegro. — Tú casa o la cárcel podría ser un mejor lugar para comer.
— ¿Cárcel? ¿Me vas a arrestar así de la nada? ¿Esto es abuso policial? Te voy a demandar por amenazarme. — le respondió Gintoki saliendo de su escondite con su bolsa de frituras entre sus manos.
— ¿Desde cuándo te gusta el picante? — cuestionó el policía.
— Me las regalo una amiga. — mencionó Gintoki de la nada con una simpleza espeluznante.
— Amiga... — repitió el joven azabache.
Ninguno de los dos dijo nada más, miraron el atardecer desde el barandal del techo y la noche cayó con lentitud. Hijikata sacó de su saco su cajetilla de cigarros, llevándose uno a los labios lo encendió rápidamente, dió la primera calada y dejó salir el humo disimulando un suspiro.
Una tos lo azotó de nuevo. Gintoki lo vió con sus propios ojos, como pétalos de flores blancas brotaban de su boca.
— ¿Qué demonios es eso? ¿Tenías tanta hambre que le robaste las flores a algún enfermo y te las comiste? — dijo el ojirojo tratando de quitar la tensión de la situación.
— Si, así es. — respondió Hijikata dejando salir el humo de sus labios.
Gintoki solo lo miró fijamente, no sabía que decir exactamente pero no fue necesario que dijera algo, ya que el pelinegro fue el que siguió con la charla.
— Nanobots. — dijo el pelinegro. — Encontré una especie de amanto extraño durante una misión, buscaban esparcir cierto virus en la tierra e inhale algo que no debí de haber respirado y enfermé.
— ¿Nanobots? — cuestionó un tanto incrédulo el albino.
Aunque no era nada descabellado lo que decía, después de todo en un mundo donde los alienígenas iban y venían a su antojo era una situación muy probable lo que el policía decía.
— Raíces en mi corazón. — soltó seriamente el azabache. — Feniletilamina es lo que activa el crecimiento de esto, es como tener un árbol creciendo dentro de mi y este árbol termina dando flores.
— ¿Metanfetaminas? — dijo Gintoki frunciendo el ceño. — Oye, oye, yo sé que eres policía y todo eso pero no deberías estar consumiendo esas cosas que hacen que un árbol crezca dentro de ti.
— ¡Feniletilamina idiota! Es una hormona que se segrega durante el proceso de... Enamoramiento. Una de tantas, esta cosa se alimenta de hormonas, absorbe todo y lentamente me mata. — dijo el policía.
— ¿Enamoramiento? ¿Hablas de ese sentimiento del que hablan solo en las novelas y parodias? ¿To love ru? ¿Dragan ball? ¿Beruto? Oi,oi,oi no hablas en serio ¿Tú? — se burló Gintoki, no le quedaba de otra, no quería seguir con el ambiente tan sombrío.
— No te hagas el desentendido imbécil. Sé que Sougo te contó todo. — respondió Hijikata conservando la seriedad en sus palabras. — Yo me dedique a robar muchas cosas pero su felicidad fue algo que no podía tomar.
— Yo pienso que eres un imbécil. — dijo Gintoki.
— ¡¿Ah?! ¡Bastardo! ¿¡Cómo te atreves?!
— Ella murió ahora, lo último que quería era verte. Mataste a su futuro esposo y ni una sola sonrisa pudiste regalarle. Y ¿Ahora que? Mueres por los síntomas de un enamoramiento que técnicamente no existe, entonces estás muriendo por un amor que se ha convertido en algo unilateral. — respondió Gintoki sin rodeos.
— Estando con ella también estaría muriendo, lo que me hacía sentir, solo abonarían más estas cosas. — dijo Hijikata.
La tos le azotó de nuevo, escuchar de ella, era algo que le encogía el corazón pero por alguna razón su mente recordaba su dulce sonrisa cuando eran más jóvenes. Si tan solo no la hubiera rechazado en ese momento.
— Que enfermedad tan aterradora. — respondió el albino. — Espero que le lleves flores en algún momento, a ellas les gustan. — se despidió el joven plateado sin mirar atrás.
¿Flores? Era verdad, Mitsuba siempre fue una chica muy femenina, le gustaba el color rosa, los fuegos artificiales, las estrellas y las flores.
Recordó esa vez que cerca del río donde solía lavarse, en la orilla encontró una flor muy bonita, blanca con unos pétalos preciosos. La cortó sin pensar y cuando se la encontró camino a la aldea se la extendió sin mirarla a la cara.
Solo de reojo vió, la cara de felicidad de la castaña.
La tos le atacó de nuevo, y solo por ese recuerdo las flores que comenzaron a brotar de él se tornaron de blanco, los pétalos eran grandes, algunos marchitos pero la mayoría eran pétalos bien cuidados y preciosos.
— Para ti. — dijo Hijikata mirando el cielo. Pues esa frase era lo que había pensado aquella vez que le extendió la flor.
