Seis años atrás de los acontecimientos previamente narrados:

La pequeña Raidne, luego de aquel incidente con Saori, había sido convocada por Mitsumasa Kido.

Mientras esperaba en aquel inmenso salón ubicado en el interior de la mansión, comenzó a enrollar las puntas de su ensortijado cabello sobre su dedo índice. La situación la inquietaba un poco.

Para distraerse, comenzó a recorrer con la mirada aquel recinto, el cual disponía de numerosos sillones, un reloj cucú muy antiguo, una lámpara araña de caireles de cristal relucientes sobre su cabeza y un televisor desenchufado sobre un mueble que llamó su atención por su proporción descomunal. Si bien su primer impulso fue el de satisfacer a su curiosidad abriendo las puertas del mismo, el calor de la hinchazón de su rostro, producto del bofetón de Tatsumi, la obligó a contenerse y en su lugar prefirió contar los distintos floreros de la habitación. Toda superficie de aquel sitio poseía uno diferente con distintas variedades de flores provenientes del inmenso jardín de la mansión.

El anciano apareció en el entrepiso de aquella habitación, su imagen imponente, a pesar de su avanzada edad, intimidaba a la niña.

Si bien era el abuelo de Saori, presentaba una actitud afable y predispuesta a escuchar otra versión de los hechos ocurridos. Raidne se relajó y conversó con él con total franqueza.

—Pequeña Raidne, estoy al tanto por Tatsumi de lo que incidentes acontecidos hoy, pero… Me gustaría que me contaras tú misma qué fue lo que te llevó a actuar así.

—Sentí que Saori no se había comportado bien con aquel niño… Jabu...

—¿Por qué?

—Porque él se había ofrecido amablemente y ella no tardó en abusar de la situación. No tenía por qué azotarlo. Jabu no la estaba pasando nada bien y me pareció muy injusto. Pero tampoco pensé otro modo de detenerla. Le pido disculpas —Raidne se inclinó hacia él a modo de Ojigi —.

—Lo que Saori hizo, no estuvo bien. Aún así, tampoco actuaste de manera prudente. Es la función de un adulto reprender esas acciones y lamento que Tatsumi haya preferido seguirle la corriente y castigarte de ese modo— El anciano detiene la mirada en la mejilla morada de la niña, hace un silencio y prosiguió— Debo destacar tu valentía y capacidad de intervención. Son pocas las personas que pueden hacer frente a ese tipo de situaciones, si bien no supiste de qué manera resolverlo mejor, puedo entender tu motivación… Al fin de cuentas, eres una niña.

Al señor Kido le preocupaba que Saori no tuviera amistades de su edad. Temía que al estar tan sola, no supiera cómo interactuar con otros niños para jugar y que el problema se fuera acentuando con el paso del tiempo… Por el otro lado, tampoco entendía la razón de que Raidne optara por vestirse de varón o usar un seudónimo masculino, así que decidió también preguntárselo.

—Señor Kido, desde que llegué aquí, sólo se me ha permitido realizar actividades como la danza, la equitación, el bordado… Pero yo quiero aprender a pelear y defenderme y cuando me topé con aquel gimnasio, sólo vi varones entrenando, no sólo no quería llamar la atención, sino que quería combatir en igualdad de condiciones.

—Si es lo que deseas, puedo concedertelo, con una condición.

—¿Cuál?

—Cuando lo logres, deberás regresar a este lugar, y jurarás usar tus habilidades para proteger la paz.

—Señor Kido, ¿Cómo sabe que lo conseguiré?

—Si tu convicción es tan grande como tu deseo, estoy seguro que lo lograrás.

Cuando Raidne salió de aquel Recinto, Isabella, que había estado en el entrepiso escuchando la conversación, exclamó:

— Parece que al fin y al cabo no se puede eludir el destino...

—Hiciste lo posible… Pero era cuestión de tiempo. Tarde o temprano nuestras niñas deberán afrontarlo con destreza y valentía. Ni nosotros ni nadie puede impedirlo.

—Quizás…. Si en lugar de enviarla a un sitio de entrenamiento convencional para Santos de Athena...

—En qué piensas, Isabella?

—¿Por qué no la envía a la Academia? Es el único lugar en donde no sólo recibirá instrucción para el combate, sino que podremos monitorear cualquier incidente extraño.

—Como todo lo que propones y sugieres; es una excelente idea.

Y eso fue lo que sucedió, Raidne viajó a los Alpes Suizos, donde se encontraba la Academia Santa Isabel, más conocida como la Saintia Academy, una academia para señoritas superdotadas. No sólo eran formadas a nivel educativo, sino también, se les impartía un duro entrenamiento marcial.

Dicha Institución, que había sido ideada por Isabella, fue edificada y apadrinada por la Fundación Graad, a la cual asistía Bianca.

El objetivo: Entrenar Saintias, las damas de honor al servicio de la Diosa Athena. Allí no había necesidad de abandonar la feminidad, por ello no eran necesarias las máscaras para cubrir los rostros de las estudiantes.

Sin embargo, apenas dos años después de haber llegado, Raidne decidió marcharse de allí.

La noticia tardía del fallecimiento del Señor Kido, la había tomado por sorpresa y durante un tiempo, meditó el motivo por el que seguía allí .

A pesar de los combates, muchas de las clases tenían la finalidad de fortalecer modales y ciertas cuestiones más diplomáticas.

Se suponía que ella había ido para hacerse fuerte y sin embargo, le daba la sensación que terminaría siendo una pseudo "asistente-guardaespaldas" de aquella persona que de comportamiento poco ejemplar.

Por más que lo había meditado, la situación incómoda en que el señor Kido la había puesto aquella vez, le resultaba ajena a ella. Había descubierto que quería tener la libertad de poder elegir cómo sería su propia vida. O al menos, no delegar esa elección a alguien que no fuera ella misma.

Luego de almorzar, momento en que la mayoría estaba adentro preparándose para las clases. Ingresó a uno de los baños, y se trepó por una ventana pivotante vertical. Mientras se deslizaba por la abertura, la falda de su uniforme se enganchó al herraje del marco, ubicado en el centro de ésta y como si fuera un telón, dejó expuestas sus bragas de moñitos el momento en el que descendía hacia el exterior. Mientras comenzaba a sentir una brisa particularmente fría en aquella zona, escuchó una voz jovial y masculina que le preguntó:

— ¿Son peces o moños?

Raidne, hubiera podido mimetizarse con un ají; entre el color y el calor generado en aquel momento se olvidó del frío. ¿Qué hacía un hombre en ese lugar? No debería estar allí sin autorización… le daría su merecido, por intruso, voyeur, e inmiscuirse en dónde no lo llaman.

Cuando sus metatarsos lograron tocar el suelo, dio un giro veloz, y le direccionó una buena y efectiva patada en el abdomen de aquel entrometido que lo desplomó al suelo, pero como consecuencia, rompió la parte trasera de su falda dividiéndola en dos .

Finalmente observó al pobre infeliz descubriendo a un bello jovencito de ojos violáceos y cabello lila ceniza que la hizo ruborizar aún más que el hecho anterior, obligando a desviar su mirada... El joven pudo haberlo notado pero no dijo nada, y mientras se incorporaba encorvado por el dolor del impacto, tomó sus maletas y se dispuso a revisar una en particular, cerciorándose de que la flauta traversa que contenía, estuviera intacta.… Dio un suspiro de alivio y luego, sin tono irónico, le agradeció por el recibimiento tan ameno.

En ese preciso instante llegó Bianca que luego de reconocer al muchacho sorprendida, lo socorrió de inmediato.

— ¡Sorrento! ¿Qué haces aquí, qué te pasó?

— Venía a visitarte… pero… ahora que lo pienso, no fue una buena idea intentar sorprenderte, lo mejor hubiera sido escribirte para avisarte primero.

— ¡Tonto!, no tenías por qué venir hasta aquí.

Era notoria la emoción de Bianca de volver a ver a Sorrento. Raidne, si bien aún era una niña, no necesitó más pruebas para convencerse de que su amiga, además de conocerlo muy bien, estaba profundamente enamorada.

—Tengo noticias de tu familia —contestó él, mientras retiraba su mirada de los ojos de Bianca para llevarla por detrás de ella— Quizá quieras…

Bianca conocía esa expresión… Probablemente no eran buenas noticias. Mientras buscaba un sitio en donde poder hablar con más tranquilidad, hizo un recorrido con la vista hasta que se detuvo en la pollera de Raidne. Con un importante corte que revelaba hasta la trama de sus bragas. Con la boca abierta del asombro, llevó su mirada hacia arriba, encontrando enganchada la parte del textil restante en el herraje de la ventana que se encontraba unos metros por encima de sus cabezas.

Su intuición le sugirió lo que su compañera menor pretendía hacer y la regañó fuertemente.

— ¡Eres una Inconsciente, niña egoísta, sólo piensas en tí y en nadie más, ¿Acaso pensabas en escaparte? ¿A dónde pretendes ir? ¿por qué no meditas alguna vez por las consecuencias de tus acciones?.

— No seas tan dura con ella —Sorrento se interpuso e intentó defender a la niña—. Cuando me vio desde arriba de aquella ventana, se desesperó pensando que intentaría hacer algo malo. Sólo intentaba proteger la academia.

Sorrento intentó volver a concentrar a su amiga por el verdadero motivo de su visita. Se acercó hacia ella, extrajo de su bolsillo un pequeño anotador de cuero y se lo ofreció.

Bianca lo tomó entre las manos y al abrirlo reconoció la letra de su madre, deduciendo por el color amarillento de las hojas que él mismo debió haber sido escrito varios años atrás…

— Es uno de los diarios de mi mamá… ¿Sorrento, de dónde conseguiste ésto?

— Lo guardaba tu abuela, Evanthia.

— ¿Alguna novedad?

— Nada, Isabella no se ha vuelto a comunicar, al menos no allí.

— Es muy extraño, jamás ha estado tanto tiempo sin contactar conmigo… Tengo que volver a casa.

— Voy contigo —Exclamó Raidne— Que se había quedado escuchando todo.

— De ningún modo— Renegó Bianca—, nadie puede abandonar la academia sin autorización...

—¿Excepto tú?— la interrumpió Raidne— No me importa, si tú puedes salir de aquí, entonces yo también puedo hacerlo, y lo haré para acompañarte.

Sorrento miró a la niña, luego a Bianca.

—Creo que esto nos compete a los tres. Hay un tren que sale en un par de horas, si nos ponemos de acuerdo, lo alcanzaremos a tiempo.

Bianca, que ya no quería perder ni un segundo intentando hacer razonar a la pequeña, deseaba marcharse de allí. Cerró el diario tan deprisa que sin darse cuenta, una página suelta se desprendió de su interior, y el viento se la llevó por los aires.

— De acuerdo, vienes con nosotros —cedió Bianca— pero con esa falda, NO!

Mientras aquel trío se alejaba ya alistado rumbo a la estación del Bernina express, trepadas a un árbol, dos mujeres con mantos sagrados oscuros, similares a una cloth, los observaban partir. La más joven, de cabello corto y azulado exclamó:

— ¡La encontramos, Comandante Lascoumoune!

Mientras que la mayor, con su ojo izquierdo cubierto por una venda, sostenía en sus manos aquella página desprendida del diario de Bianca en la que se leía:

"Impedir que las satélites encuentren a Raidne"

Lascoumoune sonríe y exclama

— Así parece Metztli...