Mientras tanto, en el santuario submarino, en un sitio en donde apenas llegaba la luz, desde una prisión, alejada de los 7 pilares, el cuerpo de Sorrento yacía en un suelo húmedo. Malherido y casi inconsciente, en sus pensamientos vagaban algunos recuerdos muy borrosos de su niñez. La sonrisa de una niña de cabellos rosados corriendo con su violín para que la ayudara a afinarlo, parecía la suave caricia de una pluma en medio de una tempestad... Pero así como llegaban como destellos en la oscuridad; desaparecían… Volviendo a caer preso del dolor, y de los innumerables golpes que recibía a diario para que ofreciera su confesión.

Las voces sin rostro repetían sin cesar: "¿Dónde está Raidne?" "¿Dónde está el matraz?"

… Pero era imposible, no recordaba nada, ni siquiera de cómo había ido a parar allí…

No muy lejos de allí, unos hombres se acercaban y sus pasos resonaban estrepitosamente por aquella mazmorra olvidada por la luz.

La voz de un hombre de piel morena y cabello rosado, parecían como un eco.

El General del Pacífico Sur, reclamaba respetuosamente hacia su superior:

—Señor Dragón de Mar. No me quedan dudas de que la devoción de Sorrento de Siren, por el señor Poseidón es auténtica. La misma le impediría traicionar su causa de Marina. Estoy convencido que Siren no ha faltado de su palabra. Aún si el aprecio de Sorrento por Raidne pudo haberlo obligado a ayudarla...

Dragón de Mar dibujando una mueca de burla le respondió en tono irónico

—¿Qué te sucedió Eo de Scylla? ... ¿Ahora defiendes a Sorrento?

—No se trata de él, Señor… si la niña no hubiese adquirido aquel poder, hoy no estaríamos en su búsqueda… Hasta yo sentí algo inexplicable.

—¿Celos acaso? Vamos, deja de decir estupideces. Raidne no es más que una simple ladrona que se llevó un tesoro de este santuario marino para su beneficio personal, y si debe regresar aquí, es para cumplir con su castigo, como cualquier marina o aspirante que ose abandonar el santuario marino sin autorización, eso incluye a Sorrento.

—... Pero señor...

—Basta! ¿Me crees lo suficientemente estúpido para no haber siquiera considerado todos los escenarios posibles antes de propiciar su castigo?

—No quise ofenderlo

Dragón de Mar recordaba cómo había logrado viajar desde aquella estación de tren hacia el santuario submarino con la pequeña Raidne, quien yacía inconsciente en un brazo, y a un púber sorrento, a quien sujetaba con el otro. Aún con el pecho perforado, Sorrento lo había desafiado teniendo un pie en el inframundo... Era claro que ese chiquillo, llegado a hombre, lo seguiría haciendo ante él o cualquier otro que se presente como una amenaza. Finalmente exclamó:

—Puede que Raidne engañase a Sorrento y le haya dado de beber del matraz de Lethe, pero aún así, también es posible que realmente quisiera ayudar a su amiga por un lazo afectivo que los ha mantenido unidos desde su llegada...

Dragón de mar hizo una pausa... y su memoria lo transportó al momento en que Raidne despertó en aquel santuario marino, y su primera reacción al ver a Sorrento malherido. Parecía que ni siquiera se había percatado de dónde estaba o cómo había sido llevada hasta allí. Ella no tenía ojos para otra persona que no fuera aquel muchacho. El delicado estado de salud de éste, le había impedido separarse de él, hasta se había olvidado de que había sido llevada por la fuerza. De haber sido consultada, probablemente, lo hubiera seguido por voluntad propia con tal de asegurarse que se pondría bien.

Cuando Sorrento se recuperó. Kanon le narró la razón del por qué estaba allí, y cuáles eran las cualidades excepcionales que había encontrado en él para convertirse en parte de su ejército. Luego de que le explicara cuál era su misión, el muchacho no le reclamó nada jamás. La lealtad de éste para con la familia Solo era legítima. Difícilmente hubiera rechazado la propuesta viniendo de cualquier otra persona si le aseguraba que su tarea sería velar por la seguridad y el servicio de Julián Solo, muy probablemente él hubiera aceptado de igual modo.

Luego recordó a aquella muchacha que quedó en la estación, del otro lado del andén, aunque la vio apenas un instante, por un momento le recordó a una niña que le salvó la vida cuando lo encontró en las costas del Cabo Sunión, malherido, 13 años atrás... Todavía no había podido resolver ¿Qué vínculo guardaría con los Solo o con el propio Sorrento? ¿Y si ella no fuera la clave para encontrar a Raidne?

Inmediatamente, un general con la cabellera platinada, portando una gran lanza, se acercó hacia Scylla y Dragon de Mar y no puedo evitar interrumpirlos:

—Sea cual fuera el motivo de su accionar, la Ley del Santuario Marino es clara. Y el general del Atlántico Sur, no sólo abandonó el santuario marino sin permiso, sino que usó sus facultades de guerrero contra sus compañeros. Ese error es inaceptable. Ya no es un niño inocente que se excusa por no saber cómo controlar su poder...

Eo se mostró perplejo ante aquel relato propiciado por Krishna de Chrysaor. Era conocida la rivalidad entre Sorrento y él, presente desde el inicio. Sin embargo, la misma le había permitido conocerlo suficiente para que dicho relato le hubiera sonado tan ajeno... Sorrento había demostrado ser un hombre pragmático y disciplinado.

Pero aún así, era demasiado extraño que tres Generales marinas hayan vuelto con las manos vacías, luego de haber encontrado a la ladrona del Matraz.

Antes de que Eo pudiera opinar, unos marinas rasos, habían llegado corriendo hacia aquel sitio. Sus rostros reflejaban que no eran precisamente buenas noticias las que tenían para comunicar: Thetis había regresado de su misión con algunas bajas y las manos vacías.

Dragón de Mar estaba furioso. A pesar del reclamo de Krishna, ejecutar a un General Marina era un hecho inadmisible. A pesar de que generaba una brecha que separaba a los generales, lo cierto era que no podía permitir ni justificar ninguna baja más de su ejército para perseguir a aquella muchacha, que para sus subalternos, era sólo un ladrona de tesoros sagrados. Debería encargarse él mismo.

Pero también, había otra batalla más importante por librar y aquel ejército tenía que prepararse, con o sin el matraz.

—Está decidido, cuando el emperador despierte, Sorrento, general del Atlántico Sur, le traerá en ofrenda, la cabeza de un santo de Athena, o a la diosa misma si es necesario.