Dean Thomas lo había perdido todo durante la guerra. Mientras él huía de los carroñeros, su casa fue asaltada y quemada, con su familia dentro. Víctimas muggles todos, completamente al margen de la guerra entre magos.

Descubrió aquello cuando quiso volver a casa antes de los funerales. Al no ser una familia mágica, nadie los había protegido ni habían aparecido en ningún registro de víctimas.

Se apareció en el único lugar que le vino a la mente en ese momento, el patio trasero de la casa de la madre de Seamus. La señora Finnigan había huido durante la guerra a refugiarse con su familia a Irlanda, y habían tenido suerte de que la casa vacía había pasado desapercibida para los saqueadores.

Cuando la puerta se abrió y Seamus salió con una sonrisa a buscarlo, alertado por las protecciones de la casa, lo encontró de rodillas en el suelo, abrazándose el cuerpo con los brazos y llorando tanto que apenas podía respirar.

Seamus lo levantó como pudo y lo condujo hasta el sofá del salón. Asustada por el llanto, Alora Finnigan salió de la cocina y se encontró a su hijo abrazando en el sofá a su amigo Dean, que lloraba desconsolado.

Volvió un rato después, cuando escuchó que Dean empezaba a calmarse. Llevaba una bandeja con té, que casi dejó caer cuando se encontró a su hijo besando con ternura a su amigo y limpiándole las lágrimas.

— Traigo té —fue lo único que atinó a decir, después de carraspear.

Dejó la bandeja sobre la mesita, las manos un poco temblorosas y se sentó enfrente de los chicos.

— ¿Queréis contarme? —trató de mantener un tono afable— ¿Qué ha ocurrido, Dean?

Dean meneó la cabeza, aún no podía articular palabra. Seamus le sirvió un té y se lo acercó, murmurándole algo al oído, a lo que Dean asintió.

— Dean ha vuelto hoy a su casa y no había nada. Quemada.

Alora no necesitó más explicaciones para entender. Se sirvió una taza de té, mientras reflexionaba sus siguientes palabras.

— Mamá, Dean no tiene a donde ir.

Miró a su hijo, que estaba sentado muy pegado a su amigo, pasándole el brazo por la cintura protectoramente. Vio muchas cosas en los ojos de Seamus, en su postura.

— Hijo…

— Mamá, por favor.

Alora nunca había oído ese tono de súplica en él. Y había sido una madre consentidora, su hijo sabía manejarla muy bien.

— De acuerdo. Pero voy a preparar el cuarto de invitados. Cuando estemos más tranquilos, hablaremos de lo que no me estáis contando.

Dean se dejó acompañar un rato después al cuarto de invitados. Sobre la cama, unas toallas limpias le invitaban a una ducha que en ese momento se le antojaba muy apetecible.

— Voy a darme una ducha.

Sean asintió, ligeramente ausente.

— Siento haber desbaratado tus planes.

Al separarse esa mañana, habían quedado en encontrarse para los funerales, previstos en una semana. Seamus quería aprovechar esos días para hablar con su madre sobre ellos dos.

Seamus levantó la mirada y le sonrió, un poco nervioso.

— Había que hacerlo igualmente. Lo importante eres tú ahora —Se acercó a darle un abrazo y alzó la barbilla pidiendo un beso, que Dean le dio un poco vacilante.

Seamus se quedó un rato más abrazándole.

— Estamos juntos en esto —le murmuró Dean al oído, sintiendo su tensión—. ¿Vas a esperar a que salga y hablamos los dos con ella?

— Creo que voy a hablar primero yo con ella. Cuando te sientas con ganas, ven.

Seamus se separó y caminó hacia la puerta, arrastrando un poco los pies. Dean no pudo evitar sonreír con ternura. Desde que había sabido que era mago y entrado en el colegio, Seamus había sido mucho más cercano a él que su propia familia. Y ahora era todo lo que tenía.

— Te quiero, Seamus.

Le salió casi sin pensar, como un agradecimiento. Y le valió una sonrisa muy radiante y un beso tan entusiasmado que hasta dejó caer las toallas que llevaba en las manos.

Alora se sirvió su segunda taza de té y caminó hasta el patio trasero. Suspirando, se dejó caer en una de las sillas que tenía allí y contempló el cielo despejado. No sabía exactamente cómo se sentía en aquel momento. Por un lado, había visto crecer a Dean, lo conocía, podía empatizar con él, con todo lo que había pasado en el último año. Y su hijo, sabía que había muchas cosas que Seamus aún no le había contado de lo que había vivido en el colegio durante el último curso.

Por otro lado, tenía la sensación de haber visto a dos desconocidos hace un momento en su sofá. La homosexualidad no era ajena al mundo mágico, pero sí muy poco visible. No había muestras de afecto en público, de hecho las familias tendían a no hablar de ello. Seamus era su único hijo y sentía un dolor inmenso por él, por las consecuencias de algo que podría ser una confusión de chiquillos.

— Mamá.

Alzó la mirada y se encontró a su hijo mirándola, entre nervioso y asustado. Y aun así no vio a un chiquillo, vio a un hombre.

— ¿Dean?

— Dándose una ducha. ¿Podemos hablar?

Por toda respuesta, le señaló la silla de enfrente mientras dejaba la taza sobre la mesa.

— Tenía intención de hacer esto con más calma.

— ¿Pensabas contármelo entonces?

Seamus la miró, con la mandíbula apretada.

— Dean y yo decidimos aprovechar esta semana antes de los funerales para poner al tanto a nuestras familias.

Alora respiró hondo.

— ¿Esto viene de muy lejos?

Le dolía pensar que su único hijo no había hablado con ella.

Seamus se rascó el cuello y dio un sorbo a su propio té antes de arrancarse a hablar.

— Lo descubrí a finales de quinto curso. Me costó entenderlo, ¿sabes? Yo… no soy bueno para estas cosas, mamá.

Respiró hondo, pasándose varias veces la mano por la cabeza casi rapada.

— No se lo dije a nadie. Neville creo que se dió cuenta, este año hemos pasado mucho tiempo juntos, es un buen tipo.

— ¿Ha habido otros?

Seamus puso cara de "ni muerto". Jugueteó con la taza un minuto, ambos en silencio.

— Ni siquiera estoy seguro de qué soy. Para mi solo ha estado él.

Alora asintió y miró por encima de su hijo. Dean estaba a unos metros y por su gesto se podía deducir que le gustaba lo que acababa de escuchar. Seamus se giró a mirarle y su cara se iluminó de tal manera que no pudo evitar enternecerse. Su hijo. Su problemático hijo con tendencia a hacer explotar cosas y a meterse en peleas. Enamorado. Le parecía a la vez enternecedor y atemorizante.

Dean se sentó junto a Seamus y apoyó la mano en su pierna en un gesto reconfortante.

— Le voy a ser muy sincero. Yo no había pensado jamás en Seamus más que como mi mejor amigo. Hasta que me detuvieron. Pasé varios días en una mazmorra con un goblin y un anciano muy enfermo. Y Luna Lovegood.

Seamus se giró un poco más hacia él, no conocía tampoco esa historia. En realidad apenas habían hablado en las horas que habían pasado tumbados en su cama en la torre de Gryffindor.

— Luna y yo pasamos mucho rato hablando, mientras nos turnábamos para cuidar de Ollivander. Ella… tiene una capacidad especial para percibir cosas, sentimientos. —Dean sonrió recordando a su amiga— Ella me contó sobre cómo Neville y Seamus se habían organizado para proteger a los alumnos.

Dean paró un momento y tomó la mano de Seamus bajo la mesa. Se giró también en la silla para poder mirarle mientras seguía con su relato.

— Me contó de todas las veces que te interpusiste en un castigo a uno más pequeño. Me habló de que cada noche os curabais unos a otros las heridas, para dejar a Pomfrey ocuparse de los de cursos menores, porque la enfermería no daba a basto. De las veces que renunciaste a tu comida o tu cena en favor de un compañero. Y yo creí que te conocía, pero en aquellas horas te ví a través de sus ojos, Seamus. Y te admiré.

Seamus apretó la mano de Dean, con un nudo en la garganta.

— Cuando nos liberaron, todo en lo que podía pensar era en que quería estar dentro del colegio, para apoyarte. Uno de los días en la playa junto al Refugio, Luna me habló de lo cercanos que os habíais vuelto Neville y tu. Entonces lo supe, porque me comieron los celos. Y en el momento en que entré en la Sala de los Menesteres y te vi… me quedé sin aire, ¿sabes?

Dean usó su mano libre para secar una lágrima que caía por la cara pecosa, como Seamus había hecho por él un rato atrás. Alora, olvidada por los dos, se sentía profundamente conmovida, arrebujada en su túnica, aferrada a su taza de té.

— Durante la batalla, traté de estar cerca, atento. Tenía un miedo estúpido de que a uno de los dos nos pasara algo y no poder decirte lo importante que eres para mi. Y hace unas horas, cuando me di cuenta de que no tenía a nadie más, solo pude pensar en llegar hasta ti, ¿sabes?

Dean rompió a llorar de nuevo y Seamus tiró de él para poder abrazarlo, viendo por encima de su hombro como su madre se levantaba, con una pequeña sonrisa, y se metía en la casa para dejarles a solas.


Harry se marchó de los funerales protegido por su capa invisible y sus inseparables guardaespaldas. Cuando llegó a Grimmauld Place, lo primero que agradeció fue el silencio.

La semana transcurrida desde la batalla había sido un ruido continuo a su alrededor. Después de los meses huyendo, estar continuamente rodeado de gente había sido extenuante. Todo el mundo quería algo: una opinión sobre la reconstrucción, un relato de sus aventuras, un consejo sobre los pasos a seguir. Le pedían entrevistas, fotos, autógrafos. Y su gente, su gente necesitaba apoyo, consuelo. Ahí sí que quería estar. Quería estar consolando a los Weasley. Logró escaparse unas horas a ver a Dean, desecho por la pérdida de toda su familia. Quería ver a Andrómeda y pasar tiempo con Teddy, pero no había ya tiempo para nada que no fuera organizar funerales, rechazar medallas o negarse a hacer discursos.

Su cama le llamaba de una manera irresistible. Deseaba acostarse y dormir sin sueños durante días, pero le daba pavor tomar pociones que le dejaran fuera de combate. Porque no acababa de quitarse de encima la paranoia de que seguía en peligro, la tensión del que ha pasado meses pendiente del más mínimo ruido o de la sombra de una rama.

Se dejó caer en el sofá del salón del primer piso. Cuando la esperada nube de polvo no apareció, recordó que tenía un elfo doméstico, que seguramente había vuelto de Hogwarts y preparado la casa para él. Le llenó por dentro un ligero calor de agradecimiento y lo llamó con voz cansada.

— ¿Kreacher?

El elfo apareció en unos segundos. Seguía estando limpio y pulido y tenía un aura de paz.

— Amo Potter. —Se inclinó— Me alegro de tenerle de vuelta en casa. ¿Querrá cenar aquí o en la cocina?

— Es temprano aún. ¿Qué tal en una hora en la cocina?

— Por supuesto, amo. —Volvió a hacer una referencia— ¿Quiere que le traiga el correo?

Harry arrugó la nariz.

— ¿Hay mucho?

— Me he permitido hacer selección, amo. He quemado los howlers, cartas de admiradores, peticiones de entrevistas y todo lo que no fuera correo de sus amigos o del Ministerio o Hogwarts.

Harry sonrió, seguramente por primera vez en unas tres semanas.

— Muchas gracias, eres muy eficiente. Sí que querré ver el correo, en ese caso.

Kreacher chascó los dedos y una pequeña pila de cartas apareció sobre la mesa junto al sofá, además de una taza de té.

— Me permito indicarle que he puesto en primer lugar una carta de la señorita Andrómeda.

El elfo desapareció y Harry tomó la carta con un suspiro. Había tenido que cancelar dos veces esa semana la visita a Andrómeda y Teddy, así que esperaba una nota con reproches, pero no.

"Querido Harry,

sé que esta carta va a sorprenderte, pero no puedo permitirme esperar a verte en persona. No sé si sabes que el Wizengamot ha puesto en marcha una serie de juicios rápidos para mortífagos. Empezaron dos días después de la batalla.

Harry, tú y yo apenas nos conocemos, pero mi yerno y mi hija hablaban siempre de ti como una persona buena y con fuertes valores. Sé que eres joven y muchas cosas han reposado ya en tus hombros, pero necesito pedirte algo.

Mi hermana, mi única hermana, está en Azkaban a la espera de juicio, al igual que su esposo y su hijo. La salud de Cissy es frágil, ha recibido un gran número de castigos físicos durante los últimos meses. No he visto a mi hermana en veinte años, Harry, pero es la última familia que me queda. Los amigos de Draco me han buscado y suplicado para que yo a mi vez te suplique a ti que ayudes a mi hermana y a mi sobrino.

Sé que crees en la justicia, pero estos juicios están siendo una pantomima, Harry. Sin ayuda, mi hermana morirá en Azkaban en pocos días y no creo que a Draco le espere un futuro mucho mejor.

Andrómeda Tonks."


Draco parpadeó cuando las cadenas de la silla le dejaron libre. Inocente. Miró a su abogado. Mc Gowan, un ex Slytherin especialmente estoico, tenía ambas cejas levantadas en señal de perplejidad.

El juicio había sido aún más breve de lo habitual. No se habían leído cargos, directamente se le había declarado inocente. Se quedó, impactado todavía, sentado en la silla. Sentía las miradas de sus amigos en la nuca. Al levantar la mirada al público por primera vez, la vio. Aunque no la conocía en persona, el parecido con sus hermanas y el aire Black la delataban: Andrómeda Tonks. La analizó brevemente. Se veía tranquila, pero apretaba entre sus manos un pañuelo. Y echaba furtivas miradas por encima de la cabeza de Draco, donde él sabía que se sentaban sus amigos.

El presidente del Wizengamot llamó al orden para anunciar el siguiente juicio: Narcisa Malfoy. De nuevo, ni siquiera hubo lectura de cargos. Inocente.

No se giró a ver a su madre, temía derrumbarse. Los murmullos hostiles en la sala no ayudaban. Se centró en su tía, que rebosaba alivio por todos sus poros. Entonces ella le miró. Se sostuvieron la mirada unos segundos y ella sonrió, una sonrisa de esfinge que le recordó que ella también había sido Sly.

El presidente volvió a llamar al orden para comenzar el juicio contra Lucius Malfoy. Vio la postura de su abogado cambiar a una más combativa. El ambiente en el tribunal se había vuelto mucho más hostil. La lectura de cargos se le hizo eterna, y eso que era consciente de que no estaba ni de lejos completa.

Fue consciente de que su padre iba a ir a Azkaban. Empezó a despedirse de él. Los últimos meses sus sentimientos hacia Lucius se habían vuelto muy confusos. Había admirado a su padre como solo un niño puede, hasta que fue consciente en cuarto año de que formaba parte de los mortífagos.

Saber de lo que era capaz su padre con tal de ver sus ideales prevalecer había supuesto un antes y un después. Verle tan tranquilo, tras saber que había sido testigo y partícipe de la vuelta de Voldemort y la muerte de Diggory, había minado profundamente su fe en él.

En la mansión, cuando Potter y sus amigos escaparon, Draco fue obligado a ver como sus padres eran castigados durante horas por su culpa. Se destrozó la garganta gritando al ver a su madre siendo cruciada una y otra vez por su propia hermana, pidiendo que se lo hicieran a él y la dejaran a ella tranquila.

Su padre, en que se recuperó del castigo, volvió a postrarse a los pies de su torturador. Esa imagen era la que Draco veía cuando lo miraba desde su asiento en el tribunal. Lucius era una sombra de pie, encadenado, esperando a escuchar su pena.

— Lucius Abraxas Malfoy. Este tribunal entiende que su participación en las actividades de los mortifagos fue enteramente voluntaria. Personalmente —recalcó el presidente del tribunal—, creo que es usted merecedor de un castigo ejemplar, pero su abogado ha sido rápido haciéndonos llegar su testimonio y compromiso de delatar a otros mortifagos. En base a eso este tribunal le condena a un mínimo de cinco años y un máximo de veinte en Azkaban. La cifra definitiva se establecerá en función de lo que su testimonio ayude a desmontar la red mortífaga.

Aquella tarde, Draco tuvo oportunidad de sentarse en la terraza de su habitación a reflexionar. Tras llegar a casa, evitando a los periodistas gracias a la ayuda de sus amigos, había dejado a su madre en manos de los elfos para que la ayudaran a bañarse y a prepararse para descansar.

Había conseguido que ella tomara un caldo y accediera a que llamaran a un sanador para que la revisara al día siguiente. La había dejado descansando antes de sentarse en aquella silla. Desde la terraza, escuchó la chimenea de su habitación sonar antes de que sus tres amigos salieran por ella y se unieran a él, en silencio.

Sentados los cuatro en cómodas sillas, contemplaron la tarde de primavera. Todo les parecía incongruente después de la oscuridad en la que habían vivido los últimos meses.

— Deberíamos irnos unos días a algún sitio —afirmó Pansy—. Necesitas un descanso y sol. A todos nos vendría bien.

Draco permaneció en silencio, observando el jardín en silencio. Tenía tantas cosas que hacer, la casa necesitaba una limpieza a fondo, y no solo física, también energética. Y necesitaba reunirse con el abogado para organizar los asuntos de los negocios ahora que su padre no estaba. Su padre no estaba…

Comenzó a sentir que le ardían los ojos y un dolor en el pecho. Cada vez era más difícil respirar. Se estaba ahogando, se estaba ahogando y no encontraba su voz para pedir ayuda.

Sintió la mejilla de Pansy apoyada en la espalda cuando le abrazó. Ante él se agachó Theo, tomando sus manos y hablándole con suavidad mientras Blaise pedía a los elfos una tila.

— Es un ataque de ansiedad, Draco. Puedes respirar, no te vas a ahogar. —La voz de su amigo le llegaba como si tuviera la cabeza metida en un balde de agua.

Cerró los ojos un momento y trató de respirar en inhalaciones cortas. Sabía lo que era, lo había visto muchas veces de niño cuando Pansy perdía los nervios. Todos habían aprendido a respirar con ella para ayudarle. Sentía el calor de la mejilla de su amiga, las palmas de Blaise sobre sus hombros y las manos de Theo sujetando las suyas.

En ese momento, cuando conseguía poco a poco que su corazón volviera a latir acompasado, al quitar el nudo de su garganta, lo supo. Ellos serían su familia. Su padre saldría, o no, de Azkaban, su madre recuperaría, o no, la salud, pero ellos cuatro siempre estarían juntos.