El pasillo estaba silencioso. Le gustaba aquel pasillo, era tranquilo y la vista desde sus ventanas era relajante y tranquilizadora: el lago y el bosque, a lo lejos las montañas, que se veían cambiar de color de día en día por el otoño.

Pasaba las horas muertas sentado en esa ventana, observando los pequeños cambios del paisaje. Desde que había vuelto al colegio, o más bien desde que había pasado su juicio, tenía muy pocas ganas de hablar. Su tiempo se iba en estudiar, cuidar silenciosamente de sus amigos, y observar.

Su mente estaba tranquila. Había tenido tiempo de sobra para reflexionar sobre sus actos, ahora dedicaba su energía a pensar en el futuro. Necesitaba un plan. Se había librado de un matrimonio concertado a causa de la guerra, pero eso no quería decir que a su padre no se le ocurriera volver a proponerlo cuando saliera.

Un ruido de pasos, acompañado de un suave tac tac, le sacó de sus pensamientos. Tres ventanas más allá, una figura se acababa de sentar en otra ventana, dándole la espalda. Era la cuarta vez en las últimas semanas que se lo encontraba. Suponía que él sabía que estaba ahí, pero no habían interaccionado hasta ahora.

Suspiró silenciosamente. Potter. No había sido difícil conseguir que Pansy confesara la participación de su tía y de Potter en su declaración de inocencia. Durante el verano se había debatido interiormente acerca de hablar con su tía, pero al final había decidido que su madre era la que debía iniciar el acercamiento a su hermana. Por su parte, ese momento era tan bueno como cualquiera para hablar con su… ¿su qué? ¿némesis? ¿antagonista? ¿enemigo? No lo tenía claro, la guerra había desdibujado muchas líneas.

Harry pasaba las horas muertas en aquella ventana, disfrutando del silencio. Un silencio que se había vuelto un bien muy preciado en los últimos meses. Necesitaba paz. Sus dos amigos estaban distanciándose rápidamente tras el fracasado intento de relación del verano. Y él necesitaba evitar que le pillara de nuevo en medio de una batalla campal como la de sexto curso. Los tres necesitaban su espacio.

Se sentó en el banco bajo la ventana con cuidado y estiró su pierna dolorida. Ese era otro buen motivo para pasar tiempo a solas, poder poner cara de dolor sin tener que dar explicaciones. Exhaló aire despacio al tocar la rodilla destrozada. No iba a poder disimular mucho más. Tampoco sabía si quería hacerlo.

Un roce a su lado le sobresaltó. Cuando levantó los ojos de su pierna, se encontró a Malfoy sentándose en el otro extremo del banco, apenas a un metro. Se miraron en silencio por un momento, antes de que la atención del rubio cayera sobre la muleta dejada junto a la pierna estirada.

El mes que llevaba en el colegio se las había ingeniado para dejarse ver lo justo y necesario, no quería comentarios sobre su cojera, así que el uso de la muleta era un secreto que sólo sus compañeros de habitación, Hermione, McGonagall y Pompfrey conocían. Y ahora Malfoy.

La cara del Slytherin era claramente una pregunta cuando volvió a mirarle. No dijo nada, no le hizo falta. Harry suspiró y se puso la mano en el muslo, sobre la férula, para que se marcara en el pantalón del uniforme.

— Una lesión durante la batalla.

La interrogación seguía ahí, pero Harry no quería hablar más de ello.

Se quedaron los dos un rato más sentados, observando la lluvia a través de la ventana. Cuando la luz empezó a menguar, Harry tomó la muleta para levantarse, tratando de disimular el dolor. Más ágil que él, Malfoy se puso de pie y se colocó delante suyo, con una mano tendida. Miró aquella mano, extendida de nuevo hacia él tantos años después, y la tomó con una sonrisa.

El apretón fue firme. Con un movimiento de brazo, Draco lo ayudó a levantarse del banco con facilidad, sin tener que apoyar la pierna. Esperó a verlo estable y con la muleta en su lugar y se despidió con un gesto antes de darse la vuelta y caminar con su habitual elegancia por el pasillo hacia las escaleras. Habían pasado más de una hora juntos y no había dicho palabra.

Se encontraron varias veces más en el mismo lugar. Tenían una pequeña rutina silenciosa, Harry estiraba su pierna, Malfoy hacía aparecer una pequeña almohada para que estuviera más cómodo. Después, observaban el paisaje.

Aquella tarde, la semana antes de Halloween, Harry llegó algo más tarde de lo habitual. Malfoy ya estaba allí, silencioso como siempre, con un té en la mano. Otra taza y el cojín esperaban a Harry. Le miró mientras se sentaba con cuidado y se sujetaba la pierna con las dos manos para colocarla estirada. El dolor le hacía apretar los dientes y sentía la frente sudorosa.

Cerró los ojos un momento, apoyando la cabeza contra el muro de piedra, para recomponerse. Al abrirlos, Malfoy le miraba preocupado y le tendía la taza que olía maravillosamente a té negro.

— Gracias —murmuró tomándola—. Vengo de la enfermería, Pompfrey quería revisarme.

A Draco no le hizo falta más explicación, ya se había dado cuenta de que Potter no usaba la muleta en público, así que había hecho el recorrido por media escuela sin ella. Tratando de distraerle, señaló a un punto a la orilla del lago.

Sentados contra un árbol, tomados de la mano, Seamus y Dean hablaban. A ratos, Dean apoyaba la cabeza en el hombro de su compañero.

— Dean ha sabido esta semana que todo lo que su familia tenía está retenido porque la policía muggle sospecha que no fue un accidente. Y como él es el único superviviente, sospechan de él. Una vecina le ha dicho a la policía que se llevaba mal con el padrastro.

Draco lo miró sin entender.

— Cuando volvió a casa en mayo, tras la batalla, su casa había sido quemada con su familia muggle dentro. Su madre, su padrastro y sus hermanos pequeños. No tiene más familia, la madre de Seamus le acogió.

Siguieron observándolos en silencio. Vieron a Seamus hablándole al oído y los estremecimientos de Dean al llorar abrazado a su novio.

— Son valientes.

El susurro de Draco a su lado le sobresaltó, eran las primeras palabras que le oía fuera de clase.

— Son afortunados de tenerse —contestó Harry con algo de envidia.

Malfoy movió la cabeza negativamente.

— Me refiero a que son valientes mostrándose en público, el mundo mágico no lo va a ver bien.

Incluso susurrando, el tono de Malfoy era entre preocupado y algo envidioso.

— El muggle seguramente tampoco. Aún así, los envidio.

Siguieron observando en silencio, tomando el té caliente a pequeños sorbos. Cuando Harry empezó a deslizarse hacia el borde del asiento para ponerse en pie, de nuevo la mandíbula apretada por el dolor, Malfoy se adelantó con la muleta en la mano para ayudarle a ponerse de pie.

— ¿Necesitas que te acompañe?

Le miró, sorprendido por la oferta. Cuando se cruzaban en clase o por el pasillo, Malfoy lo ignoraba.

— Si vas a desaparecer la muleta, no creo que llegues a tu sala común.

Tenía razón, el dolor al ponerse de pie era intenso, iba a tener que elegir entre su orgullo o mantenerse en pie sin desmayarse.

— Usaré la muleta hasta la torre —dijo con resignación—, y pediré que me dejen cenar en mi cuarto, McGonagall me lo autorizó.

La mirada de Malfoy le dijo que esperaba que fuera sensato, luego se despidió de nuevo con un gesto y camino pasillo abajo con las manos en los bolsillos de la túnica.

Al día siguiente era sábado, así que asumió que Potter no saldría de su habitación en todo el fin de semana. Se había reconocido a sí mismo hacía días que tenía mucha curiosidad por esa lesión. Una de las pocas cosas buenas de la medicina mágica sobre la muggle era la reconstrucción de huesos con pociones.

Después de desayunar, se acercó a la biblioteca. El plan inicial era investigar para un trabajo de Encantamientos. Pero no pudo evitar vagabundear por la sección de sanación. Tomó un par de libros que no le sacaron de dudas, pero que le remitieron a un texto clásico sobre lesiones deportivas.

El libro no estaba, pero la bibliotecaria le informó de que sería devuelto ese día. Consiguió un vistazo al libro de registro, y esbozó una sonrisa diminuta. Granger era la que lo había sacado.

Al volver a su sala común, se encontró a Blaise sentado, solo. Se reprochó por un momento andar tanto a su bola y dejar a su amigo a merced de la pareja.

Se dejó caer en el sofá junto a él. Blaise lo miró de refilón y se acercó, apoyando la cabeza en su hombro, un gesto muy parecido al de Dean, pero con una carga emocional completamente distinta.

— Mi madre me ha escrito.

Draco le pasó el brazo por el hombro y lo acercó más a él. Tener noticias de Paola Zabini nunca era algo bueno.

— Lo ha vendido todo, se queda en Italia.

Maldita mujer egoísta, pensó Draco, abrazando un poco más fuerte a su mejor amigo. La casa en la que Blaise había crecido, cercana a la mansión Malfoy, era lo único que ataba a su madre a Inglaterra. También era el único hogar que había tenido y el sitio donde se conservaban los pocos recuerdos que tenía de su padre.

— Ya no tengo casa aquí. Bueno, creo que ya no tengo casa, no voy a ir tras ella y su futuro marido. Al menos tengo la herencia de mi padre. —La voz de Blaise se animó un poco— ¿Crees que cuando salga de aquí seré capaz de encontrar un lugar donde vivir? No necesito una mansión, me vale con un apartamento. ¿Tú seguirás viviendo con tu madre? sabes que puedes venir conmigo si quieres…

Draco sonrió y se dejó acunar por el monólogo de Blaise sobre el futuro, acostumbrado como los demás al mutismo de Draco.