A Draco le pareció extraño no ver a Potter en el primer partido de la temporada de Quidditch. Todo el colegio estaba allí. Y sabía que no era por nostalgia, lo había visto apoyando a los dos hermanos Weasley, capitanes del equipo ese año, en los entrenamientos. Paseó la mirada por las gradas. A unos metros, Blaise se comía con los ojos al guardián de Gryffindor. Meneó la cabeza divertido, era tan obvio. A su lado, Theo soltó una risita por lo mismo.

— Te apuesto lo que quieras a que tenemos a Weasley paseando por Slytherin antes de acabar el mes.

Draco sonrió, afirmando con la cabeza. Siguió su búsqueda por la grada. No estaba. Ni tampoco Granger. No le había pasado desapercibido que cada vez era más raro verlos a los tres juntos. Toda la escuela sabía que la relación entre Weasley y Granger había fracasado durante el verano, así que era fácil deducir que Potter se había negado a tomar partido entre ellos.

Aún así, era extraño que sus amigos no vinieran a apoyarle al primer partido como capitán. Intentó recordar si había visto a Potter los últimos días. Esa semana había estado más saturado de trabajos y no había tenido tiempo para subir al pasillo de las ventanas. Hizo memoria, hacía al menos dos días que no veía a Potter ni en clase ni en el comedor.

— ¿Dónde vas?—preguntó Theo, al verlo levantarse y colocarse bien la capa.

— Necesito comprobar algo. Nos vemos en la comida.

Marchó con paso rápido de vuelta al castillo. Subió con determinación las escaleras hasta la enfermería. La puerta estaba abierta, asomó la cabeza y lo vió. Granger no estaba a la vista, pero aún así entró con prudencia. Potter dejó de mirar al techo para mirarle a él cuando se situó junto a la cama. Tenía mal aspecto, ojeras, los ojos enrojecidos y el pelo aún más revuelto de lo habitual. Y barba de dos días, que en otras circunstancias a Draco le habría parecido muy atractiva.

— Malfoy —le saludó con voz enronquecida, señalando la silla junto a la cama.

Draco se quitó la capa y la dobló con cuidado antes de sentarse. Bajo las mantas, la pierna se veía ligeramente elevada. Al notar que la observaba, Harry se tocó el muslo con cuidado, antes de explicarle.

— El dolor ya no me deja dormir.

Necesitaba saber, así que preguntó por fin.

— ¿Qué ocurrió?

Potter suspiró sonoramente antes de intentar levantar la espalda. Más rápido, Draco se puso en pie para ayudarle a sentarse, colocándole una almohada extra. Harry sonrió agradecido.

— Durante la batalla, una maldición perdida debió de golpearme, no me enteré en ese momento. Empecé a tener molestias al cabo de un par de días, pero no le di importancia, tenía cardenales por todo el cuerpo. A mitad de mes, un día, sin más, subiendo las escaleras de mi casa me falló la rodilla.

Draco comenzó a entender, había leído en el libro de la biblioteca sobre maldiciones que actuaban lento, al estilo de los cánceres muggles, destrozando tejido silenciosamente.

— Resulta que entonces debería haberme dolido muchísimo, pero tengo el umbral del dolor tan alto que no lo distinguí entre los demás dolores de la batalla. Consiguieron detener la maldición, pero no revertirla, porque mi núcleo mágico está inestable, no tolero la magia sanadora y tengo que tener cuidado con las pociones.

Supo que se le estaba cambiando la cara, lo vio reflejado en la de Potter. Sin pociones ni magia, solo restaba medicina muggle.

— Veo en tu cara que entiendes el problema. Hasta que mi núcleo no se estabilice, no hay nada que se pueda hacer mágicamente. Y la medicina muggle no es viable.

— ¿Por qué?

— Demasiado tejido deteriorado. El médico muggle que me vio solo me dio como alternativa cortarme la pierna. Pensó que era algún tipo de cáncer rápido que me estaba comiendo.

— Necesitas recuperar tu núcleo.

Harry asintió. Draco entendió su presencia en la enfermería.

— Pompfrey cree que necesito una semana sin hacer magia.

— ¿Y el dolor?

— La única manera de evitar el dolor es dormir.

Malfoy levantó las cejas en muda pregunta.

— Tiene que ser un sueño profundo, con drogas. Y me da miedo lo que pueda soñar y no poder despertarme.

Vio muchas cosas en esa respuesta. Y entendió, sabía bastante de pesadillas.

— El sanador que me ha visto hoy me ha dicho que me voy a quedar cojo, la magia no va a poder reponer los tejidos perfectamente por el tiempo que ha pasado.

— ¿Por qué no lo has hecho hasta ahora? El reposo.

La cara de Potter se cubrió de sonrojo y miró hacia otro lado.

— El dolor me mantiene conectado a la realidad— susurró, con la voz rota.

Podía entenderlo, de verdad, pero no era justo. Ese chico había sacrificado todo, incluso su vida, por salvarlos a todos. Y nadie a su alrededor había visto lo mal que estaba.

— Necesitas reposar. ¿Quieres que te traiga algo? ¿libros? ¿revistas?

Harry se giró a mirarlo, los ojos verdes brillantes.

— ¿Por qué estás aquí?

Draco se encogió de hombros, refugiándose de nuevo en su mutismo.

— Hermione ha salido a por libros y revistas. Creo que ahora necesito más algo de compañia. ¿Te quedas un rato?


Blaise Zabini era un Slytherin un tanto atípico. Era simpático y sociable, incluso fuera de su Casa. Y su color preferido era el rojo

Ron había descubierto esto por sus propios medios. Lo primero, observando. Desde que volvieron para octavo año, había hablado poco y analizado mucho a la gente alrededor. Era difícil pasar por alto a Zabini, era casi tan alto como él y emitía un algo atrayente. Sonreía, sonreía mucho, y era tocón, siempre andaba abrazando y tratando de animar a los de su casa, especialmente a Malfoy.

Lo del color rojo lo había aprendido más recientemente, muy de primera mano. Empezó cuando una mañana, en el desayuno, Zabini levantó la mirada y le pilló observándole. Ron se puso rojo, un color entre el tomate y la remolacha, y Zabini le sonrió. No la sonrisa que usaba con sus amigos, esta sonrisa decía otras cosas.

Ron lo dejó pasar, se convenció de que era un espejismo, hasta que llegó el primer partido de Quidditch. Mientras hacían la vuelta de calentamiento lo vio, en las gradas, junto a Parkinson. Y ahí estaba la sonrisa de nuevo. Mientras iba hacia los tres aros, sintió un escalofrío.

Fue el mismo Zabini quien se lo dijo. Ese mismo día, cuando caminaba con la escoba al hombro, sudado y un poco dolorido por los golpes recibidos, alguien le arrinconó antes de llegar al vestuario. Abrió mucho los ojos cuando se dio cuenta de quién era. Y la boca también cuando, sin llegar a tocarle, invadió mucho su espacio personal para decirle al oído.

— Me gusta el rojo. Y este uniforme te queda de muerte —Se separó un poco para observar su reacción con esa sonrisa—. Me gusta tu pelo y cuando te sonrojas.

Ron sintió una llamarada de calor subirle desde los pies, cerró los ojos un momento para escapar del magnetismo animal de los ojos rasgados de Zabini. Cuando los abrió, estaba solo en el pasillo, acalorado y confuso.

— Zabini me está acosando.

Lo soltó así, a bocajarro. Harry y Hermione le miraron boquiabiertos.

Las cosas con sus amigos habían mejorado desde que Harry estuvo quince días en la enfermería. Cuando Hermione vino a contarle lo que estaba pasando, no pudo evitar sentirse como el peor de los amigos. De nuevo, centrado en sus sentimientos confusos, en este caso acerca de su relación fallida con Hermione, había abandonado a su amigo cuando más lo necesitaba.

Aquel día había tomado dos decisiones. Bueno, tres en realidad: la primera, que arreglaría las cosas con Hermione; la segunda, que empezaría a ser un adulto y a estar más pendiente de lo que ocurría a sus amigos, especialmente a Harry. Y la tercera, la tercera era alta y con piel de ébano: iba a observar aún más detenidamente a Zabini.

Resultó que el Slytherin era muy hábil aún así. Tras el partido, comenzaron dos semanas de tortura: miradas, roces, susurros, notas que aparecían en su bolsillo. Tuvo que hacerse a la idea de que Zabini hablaba en serio, que le gustaba y que el fetiche con el rojo iba mucho más allá de lo decente.

— Le gusto.—Sacó la última nota del bolsillo y se la tendió— Quiere que quedemos.

Hermione siguió mirándolo, su cara cambió de sorprendida a una sonrisilla al ver que Ron hablaba en serio. Y que no parecía estar teniendo una pataleta de crío, realmente estaba confiando en ellos y contándoles algo que lo tenía confuso. Su amigo por fin empezaba a ser un adulto.

Harry tomó la nota y la leyó, las cejas subiendo conforme leía. Se la pasó a Hermione antes de volver a mirar a Ron con un gesto indescifrable.

— ¿Nada de esto te hace sospechar algo extraño?

Ahora fue Ron el que alzó las cejas, confuso.

— Hace unos meses, cuando los amigos de Malfoy pidieron ayuda para él, te pasaste dos días despotricando acerca de Slytherins y como no se podía confiar en ellos. Y ahora estás planteándote quedar con uno. Y no precisamente a tomar el té —Señaló el contenido de la nota, que Hermione leía con cara de no creer lo que veía.

No pudo menos que reírse por las caras de sus amigos. Era lógico, de los tres seguramente él era el más intransigente y el que más odiaba a las serpientes. Quiso explicarles, que entendieran lo que había cambiado.

— Creo que es sincero. —Trató de poner en palabras sus observaciones— Cada vez que se ha acercado a mi... me atrae, no puedo describirlo con palabras.

Hermione tendió su mano sobre la mesa llena de pergaminos, ahora su sonrisa estaba llena de cariño. El la tomó y apretó ligeramente, confortado.

— ¿Vas a decir que sí entonces? ¿A todo lo que pone en la nota?

Ron afirmó, enrojeciendo. En ese momento, una lechuza entró por la ventana abierta y le dejó caer un rollo de pergamino. Lo tomó, lo abrió y enrojeció aún más mientras leía.

— ¿Es él? —preguntó Hermione curiosa.

Negó con la cabeza, enrollando el pergamino y guardándolo en el bolsillo de la túnica.

— Es Charlie. Le escribí para que me resolviera algunas dudas.

Ahí sí que Hermione y Harry no pudieron evitar romper a reír.

El siguiente sábado, por la noche, Ron revisaba sus conclusiones sobre su cita. Blaise era guapo, alto, simpático y tenía una sonrisa irresistible. Y le gustaba el rojo, en su pelo, su cara, su ropa, sus pecas... y en su trasero.

Se revolvió un poco incómodo en la cama, el culo le ardía de una manera que era a la vez incómoda y muy caliente. A su espalda, escuchó el murmullo de un hechizo y enseguida sintió un frescor que calmó la incomodidad.

Sonrió cuando lo sintió abrazarle desde atrás, su pene frotándose sin ningún disimulo contra su trasero enrojecido mientras le llenaba el cuello de besos.

— ¿Estás bien? —le preguntó al oído, con sincera preocupación, al sentir que Ron se removía y trataba de separarse— No había hecho esto antes, Ron, necesito que me digas.

Ron se giró para quedar cara a cara. Estaba sonrojado y tenía una sonrisa que Blaise no le había visto todavía. Entonces Ron le besó.

— Estoy bien. Sólo necesito un rato.

Y se acurrucó entre los brazos de Zabini, dispuesto a dar una cabezada antes de volver a sentirse rojo.