Draco paseaba por su habitación en Malfoy Manor. Era el día siguiente a Navidad. Un año terrible que estaba deseando terminar.

Volvió a acariciar la varita que llevaba en la mano. Era su antigua varita de espino, la que había añorado durante meses. El tacto de la madera pulida era reconfortante y familiar. Aún no se había atrevido a probar a hacer magia, temía que, al haber perdido su lealtad a favor de Potter, la varita ahora no volviera a él.

Le había llegado el segundo día de Yule, el relacionado con la madera. Colocada en una caja sencilla, sobre forro verde, cuando la había abierto el corazón le había dado un vuelco. La nota que la acompañaba, escrita con una caligrafía inesperadamente buena, era breve y concisa.

"Debería habértela devuelto antes. Gracias, tú compañía ha sido importante para mí estos meses.

Feliz Yule,

Harry"

Llevaba desde ese día queriendo hacer algo en respuesta, pero no sabía que. Después del día de Navidad, de preguntarle a Blaise "¿Y qué estás haciendo al respecto?", una vocecita en su cabeza, que sonaba muy parecida a Theo, le preguntaba que iba a hacer él con Potter.

Estaban en una especie de tierra de nadie. Se veían casi a diario, se acompañaban y se cuidaban. Diría que eran amigos. Pero el regalo de Yule le había descolocado.

En su tradición, Yule era una celebración para cortejar, al menos cuando se trataba de adultos solteros. No tenía claro que Potter estuviera al tanto de esto, y solo había sido un regalo, pero había encendido la llamita de la duda en el fondo de su mente.

Su mente analítica se bloqueaba cuando trataba de razonar sobre sentimientos. No podía racionalizar el rechazo a su padre, ni la inquebrantable lealtad a sus amigos, así que mucho menos podía entender lo que le daba vueltas en la cabeza y en el estómago con Potter.

Se había dejado convencer por Ron para pasar las fiestas en su casa. Craso error. La familia Weasley oscilaba a ratos entre una gran tristeza y una gran euforia, y Harry no llevaba bien ninguna de las dos cosas. Después de la comida de Navidad, decidió que necesitaba tranquilidad e iba a volver a su casa.

Aquella noche deambuló por las habitaciones vacías y silenciosas. La casa estaba brillante, limpia y bien cuidada. Se sentía incluso hogareña, aunque él no conseguía que lo fuera realmente. No podía entrar a la vieja habitación de Sirius, era superior a sus fuerzas. Se había instalado al otro extremo del pasillo, cerca del salón donde estaba el árbol de los Black.

Sus pies le llevaron casi sin darse cuenta hasta allí. El tapiz relucía, obviamente el elfo había puesto mucho empeño en limpiarlo, lo que resaltaba aún más las zonas quemadas. Evitó mirarlas, su atención se dirigió al último Black. No Teddy, el árbol no lo reconocía, sino Draco.

Hacía cuatro días que le había enviado la varita. Había recibido un escueto gracias, nada más. Y le estaba costando admitirse a sí mismo que estaba decepcionado. En realidad, lo había hecho casi sin pensar, sin esperar nada a cambio, pero también era verdad que estaba malacostumbrado a que Malfoy fuera el de los detalles: un té, un cojín, una manta cuando el pasillo se puso frío. Si hasta le había llevado libros muggles a la enfermería, asegurando que necesitaba descansar la mente.

De pie frente al tapiz, observó el retrato. El hechizo del árbol lo había actualizado desde que lo había visto por primera vez, ya no era un adolescente. Había sido muy sincero al decirle que su compañía había significado mucho para él los últimos meses. Lo que Malfoy seguramente no sabía era que aquella había sido la primera vez que había expresado sentimientos por alguien en palabras. Le había costado, y recibir solo una palabra como respuesta le había dejado un poco bajo de moral.

En los últimos meses, con más tiempo para sí mismo que nunca, había tenido la oportunidad de analizarse, de intentar entenderse. Había concluido, entre otras muchas cosas, que era inseguro. El dolor le había mantenido alejado de la tentación de centrarse en sus defectos, le había servido como armadura, su mente solo concentrada en eso. Al empezar a sentirse mejor, había tenido que enfrentarse a todo eso que había guardado en un cajón: no había en él nada que hiciera que otra persona le quisiera. Por él, no por su apellido, su fama y todas esas cosas con las que no se identificaba.

Él era torpe, un mago regular, poca cosa físicamente, tímido, no le gustaba hablar en público. Incluso había perdido ese espíritu rebelde y contestón que había tenido durante su adolescencia. Se sentía un globo de cumpleaños desinflado en una esquina. Y cada día se medía silenciosamente con Malfoy. Más inteligente, mejor mago, más fuerte, porque había conseguido salir de toda aquella mierda con la barbilla alta. Y condenadamente atractivo. A pesar de que había gente que se metía con él por los pasillos, también con Harry, no lo veía nunca perder la calma ni su aristocrática postura. Lo admiraba.

Pasó los días siguientes alternando entre reunirse con alguno de sus amigos y tiempo tranquilo a solas explorando la biblioteca de su casa. Y aprovechando para disfrutar de Teddy. Su relación con Andrómeda se había hecho sólida durante el verano. Con muletas y todo, había decidido que los tres necesitaban un respiro lejos del mundo mágico y la había invitado a pasar unos días en la costa de Gales. Hermione le había ayudado a alquilar una casa muggle y Andrómeda se había mostrado entusiasmada por la posibilidad de alejarse también de las secuelas de la guerra durante unos días.

Habían congeniado porque los dos eran personas tranquilas y poco habladoras, centradas sobre todo en Teddy y en tratar de recuperarse de los golpes recibidos durante ese año. Seguramente por eso la casa de Andrómeda era el lugar donde encontraba más paz. Y ver crecer a su ahijado era algo increíble. Cuando ella le invitó a cenar la noche del 31, aceptó sin dudar. Lo que no esperaba era que hubiera otros invitados.

Al entrar en el salón de Andrómeda, cojeando ligeramente y con una túnica nueva comprada para la ocasión, dió un pequeño traspiés, sentados en el sofá estaban Draco y su madre.

Después se diría que no debería haberle sorprendido tanto, Andrómeda le había contado que había acudido a celebrar con ellos la Navidad a la mansión, para que no estuvieran solos. Y porque ambas hermanas se habían acercado, para alegría de Harry y del mismo Draco, que había animado a su madre a hacer un acercamiento durante todo el verano.

Su ¿amigo? se levantó raudo del sillón, como si quisiera sostenerle si caía. Se acercó con esa pequeña sonrisa que a veces le dedicaba y la mano extendida.

— Potter. —Le estrechó la mano con firmeza— Me alegro de verte. Y de que cojees menos.

Narcisa Malfoy también se puso en pie, con su sobrino en brazos. Caballeroso, se acercó a saludarle con una pequeña inclinación y un beso en el dorso de la mano, como Andrómeda le había enseñado ese verano.

— Señor Potter, un placer verle de nuevo —le saludó con voz más suave de lo que cabía esperar en su gesto innatamente altivo.

— Lo mismo digo —respondió, sentándose con cuidado—. Me alegro de que estén aquí esta noche.

El bebé, reconociendo a su padrino, cambió el color de sus cabellos de rubio a negro y le estiró los bracitos. Con una sonrisa, Narcisa se levantó para dejarlo en su regazo.

— Si me disculpan, iré a ayudar a mi hermana —les dijo con el mismo tono suave, saliendo de la habitación con calma.

— ¿Cómo está ella? —preguntó Harry, después de ver la puerta del salón cerrarse— Andrómeda me dijo que su salud estaba delicada.

No le dijo que ese era el argumento que Andrómeda había usado para suplicar su ayuda para su hermana ante el tribunal. Aún no tenía claro si quería que los Malfoy supieran que les había ayudado.

Draco se levantó para sentarse más cerca de Harry, y así poder hablar más bajo y evitar ser escuchado por el fino oído de las hermanas Black.

— Está mejor. Ha venido para las fiestas nada más, está viviendo en nuestra casa del sur de Francia. El clima es más amable y el ambiente más tranquilo.

Harry asintió, entendiendo.

— Ha invitado repetidamente a Andrómeda a acompañarle una temporada. Quizá podrías convencer a mi tía, ellas se harían mucho bien juntas.

Volvió a asentir.

— Hablaré con ella antes de volver a Hogwarts.

Un silencio se hizo entre los adultos. Solo el pequeño hacía ruiditos, intentando mantener la atención de ambos adultos.

— Me gustaría darte las gracias otra vez por devolverme la varita.

Harry levantó la mirada de las manitas de Teddy, que se aferraban a su túnica. El rostro de Draco era de repente serio, casi ansioso.

— Como decía en mi nota, debería haberlo hecho mucho antes. Sé muy bien lo que es echar de menos la varita que te eligió de niño.

— Tardé varios días en atreverme a usarla, ¿sabes?

Las cejas morenas se arquearon de sorpresa. No se imaginaba a Draco dudando en nada relacionado con la magia.

— Me preocupaba que, al haber perdido su voluntad, no pudiera recuperarla.

— Temías que no te funcionara —planteó Harry.

Ahora fue Draco el que afirmó con la cabeza.

— ¿Y bien?

— Hace un par de días vine a visitar a Andrómeda para devolverle unos libros que mi madre le había pedido prestados. —Draco miró con cariño al pequeño Teddy—. Me pidió que vigilara a Teddy mientras ella preparaba el té. Al salir ella de la habitación se puso a llorar.

Estiró la mano para hacer cosquillas en la redonda barriguita. No se dio cuenta de la mirada de Harry al hacer ese gesto.

— No sabía cómo calmarle y comencé a ponerme nervioso. No quería que mi tía pensara que no puedo cuidar de mi sobrino. —Enrojeció levemente al expresar aquello en voz alta— Entonces simplemente pasó, tomé la varita sin pensarlo.

Sacó su varita de su bolsillo y convocó decenas de burbujas de colores, que hicieron reír y aplaudir al pequeño, igual que dos días antes.

— Me alegro.

Draco se echó hacia atrás y se sentó con una postura que su madre aprobaría mucho más, con la rodilla sobre la otra rodilla y la espalda recta.

— He estado reflexionando mucho sobre un regalo para ti.

Los ojos verdes brillaron al escuchar aquello. Cambió al pequeño para que quedara apoyado entre su brazo y su estómago, para poder sentarse también correctamente y no perder detalle de los gestos de Malfoy.

— Creo que no eres una persona que ansíe cosas materiales. No te falta el dinero, podrías tener lo que quisieras, y aún así vives con austeridad.

Harry se sorprendió ante el preciso análisis, preguntándose cuándo había llegado Malfoy a conocerle casi mejor que él mismo.

— He observado estos meses que tenemos algo en común: los dos nos preocupamos por nuestros amigos, porque los consideramos familia. Así que he pensado ofrecerte, como regalo, ayudar a Thomas.

Eso sí que no se lo esperaba. Del Draco del pasado habría esperado algo muy ostentoso, el del presente estaba claro que era alguien que había cambiado, avanzado, pero no esperaba que recordara aquella conversación, no habían vuelto a hablar de ello.

— Le he contado a mi abogado su caso —explicó, un poco nervioso por la falta de respuesta de Harry—. Es bueno, muy bueno. Y cree que podría ayudarle. Correré con los gastos...

— No es necesario —interrumpió Harry, levantando su mano libre para colocarla en el brazo del sofá donde se sentaba Draco, porque no se atrevía a tocarle directamente—. Hacía tiempo que quería hacer algo por él, pero no conozco la ley mágica ni tengo los contactos necesarios. Dile al abogado que yo me haré cargo de las facturas, cómo has dicho hace un momento, lo que me sobra es dinero.

— No va a ser barato, Potter.

Harry se encogió de hombros y miró un momento a Teddy, entretenido con un muñeco que había tomado de la mesa para él.

— ¿Sabías que mi abuelo creó algunas pociones que se comercializan aún?

Por supuesto que lo sabía. Para un fanático de las pociones como él, que había crecido agarrado a la túnica de otro fanático de las pociones, Fleamont Potter no era un desconocido.

— Aunque me gastara todo lo que hay en mis cámaras, seguiría pudiendo vivir con lo que generan esas fórmulas cada día. De hecho —se quedó callado un momento, observando a su ahijado jugar—, de hecho quizá tu abogado podría aconsejarme.

— ¿Sobre? —interrogó Draco, aunque la mirada que Harry le estaba dedicando a Teddy le daba una pista de por donde andaban los pensamientos de su amigo.

— Quise devolver la herencia Black a Andrómeda, pero no quiso ni oír hablar de ello. ¿Quizá podría hacer algún tipo de legado a favor de Teddy?

Draco no pudo evitar estremecerse al ver, en el gesto y la mirada de Harry, el intenso amor que tenía por el pequeño.

— Seguro. Cuando quieras te pido una cita con él.

— ¿Me acompañarás? —preguntó anhelante, sin mirarle— Ese tipo de cosas me ponen nervioso —reconoció en un susurrró.

Volvió a sonreír y a acercarse un poco más para jugar con el pequeño. Sin mirarle tampoco, para que Harry no se sintiera aún más expuesto, respondió con otro susurro.

— Lo que necesites.


Harry se sentó junto a él una mañana a desayunar. Dean se preguntó cuántos hacía que no veía a Harry a la hora del desayuno. Y qué habría hecho en vacaciones que le había cambiado la cara.

— Me han dado esto para ti. —Le tendió un pergamino— Es un abogado, muy bueno. Te va ayudar a recuperar las propiedades de tu familia.

Dean lo miró como si se hubiera vuelto loco.

— No puedo pagar a un abogado, Harry. Me tuvieron que dar una beca para poder acabar el colegio —Su piel morena se sonrojó al reconocer esto e hizo ademán de devolverle el pergamino.

Harry lo detuvo con un gesto.

— Yo lo pagaré —le contestó en el mismo tono—. Déjame ayudarte, si algo me sobra es dinero, pero de amigos voy bastante justo.

Dean lo miró a los ojos y se preguntó de nuevo que le estaba pasando a Harry, casi volvía a ser el de antes.

— Está bien. Pero te lo devolveré.

Harry sonrió, tan abiertamente que hasta Seamus, que desayunaba enfrente, se quedó mirando sorprendido.

— Tienes una cita el sábado. McGonagall ya lo sabe, y se ofrece a acompañarte incluso.

Harry comenzó a desayunar con auténtico apetito. Dean y Seamus se miraron sorprendidos, sin acabar de entender qué narices acababa de pasar.

— Ha sido Malfoy.

Estaban los dos tumbados en la cama de Dean. Seamus leía una revista recostado sobre el pecho de su chico y giró extrañado la cabeza para mirarle.

— ¿Que ha hecho el hurón?

Dean frunció los labios antes de hablar, un gesto que Seamus sabía que hacía cuando quería ordenar sus ideas.

— Cuando hemos llegado al despacho del abogado, hemos tenido que esperar un poco. La recepcionista no encontraba la cita y justo cuando la ha localizado a dicho "aquí está, solicitada por el señor Malfoy".

Seamus se quedó callado, tumbado de nuevo, mirando el mismo punto del dosel de la cama que miraba Dean.

— ¿Qué te dijo Harry exactamente?

Dean volvió a fruncir los labios.

— Dijo "Me han dado esto para ti" y me dio el pergamino con la cita anotada. Lo olvidé aquí con los nervios, por eso no podía enseñársela a la recepcionista.

— Así que ellos han hablado de ti. —Dean se removió molesto— ¿Vas a preguntar a Harry?

— Me preocupa no saber qué pinta Malfoy en esto.

Su novio se incorporó hasta quedar sentado y observar la cama vacía de Harry. Tenía un gesto reflexivo poco usual en él.

— ¿Qué estás pensando? —preguntó, sentándose tras él y abrazándole.

Seamus se apoyó en su pecho, el pelo color arena cosquilleandole la nariz.

— Harry está cambiado. Para mejor creo. Apenas cojea, aparece en el comedor, incluso en la biblioteca. Pero aún así hay cantidad de tardes que no sabemos dónde está, ¿te has dado cuenta? porque van muchas tardes que Hermione está sola en la biblioteca. Y que Malfoy no está con sus amigos.

Dean no pudo evitar sorprenderse, Seamus nunca había sido especialmente observador. Al notar el silencio tras él, y una ligera tensión, el irlandes se explicó.

— El año pasado nos acostumbramos a controlar siempre donde andaban nuestros amigos. Y nuestros enemigos. Se me ha quedado el hábito.

Sintió que el abrazo se hacía más fuerte y unos labios besaban su mejilla.

— Ojalá haber estado aquí contigo para ayudarte el año pasado.

Movió la cabeza negativamente, poniendo sus manos sobre las de Dean, las cuatro enlazadas en su pecho.

— Ahora pienso que cada uno tuvimos nuestro papel, tenía que ser como fue –respondió en voz algo más baja, tratando de dejar los detalles de todo lo sufrido metidos en el cajón de su memoria.

Se quedaron un rato más callados, abrazados, hasta que el sonido de voces en la escalera les hizo moverse, la hora de la cena estaba cerca.

— Hablaré con Malfoy cuando le vea. Para darle las gracias —explicó mientras se ponía los zapatos.


Sentados en la ventana, con un té y un hechizo de calor, Draco leía un grueso tomo de pociones, mientras Harry hacía como que leía sus apuntes de transformaciones. Lo que en realidad hacía era intentar tomar valor para decirle algo.

— Malfoy.

Vamos Harry, es Malfoy, puedes hacerlo, se dio ánimos interiormente.

El rubio levantó los ojos y le miró, con su cara de ¿por qué me molestas cuando estudio?

— Este sábado hay salida a Hogsmeade.

La mirada siguió igual. Harry tomó aire.

— Me han dado el alta oficialmente. —La cara de Draco cambió, incluso su postura— Me gustaría invitarte a algo para celebrarlo.

Las cejas rubias se alzaron. Los dos habían sido muy cuidadosos con que no les vieran juntos en público.

— Si no quieres que me vean contigo, puedo pedirle a Rosmerta la sala privada.

— ¿Por qué no iba a querer que me vieran contigo? —preguntó con voz controlada.

— Bueno, ni siquiera nuestros amigos saben que pasamos las tardes juntos, ¿no?

A Harry le tembló la voz ligeramente al preguntarlo.

— Porque no quiero a nadie emitiendo juicios, no porque no quiera que me vean contigo. ¿Tú se lo has contado a los tuyos?

— No. Empecé a venir aquí para darles espacio.

Se quedaron un momento callados.

— ¿Entonces no te importa que te vean conmigo en Hogsmeade?

El tono de Malfoy era, de largo, el más vulnerable que le había escuchado nunca.

— Te acabo de invitar. También te digo que es posible que al día siguiente salga en El Profeta. Parece que tienen a una persona dedicada exclusivamente a perseguirme.

Ahí estaba el problema. El Profeta liaría las cosas, y Draco lo que quería era desliarlas. Además, la cojera de Harry aún era evidente, dudaba que hacer el camino a Hogsmade de ida y vuelta fuera buena idea.

— Puede que no sea la mejor idea en este momento. ¿Tu rodilla aguantará bien el paseo?

La mirada de Draco era de preocupación, por él. En esos meses, con su hábito de hablar poco, había aprendido a interpretar su cara muy bien.

— Había pensado ir volando —contestó con los ojos brillantes.

La cara de preocupación de Draco no desapareció.

— Potter… ¿has vuelto a volar después de la lesión?

No necesitó responder a Draco, ambos sabían que no. Seguramente la rodilla no estaba en condiciones de hacer la fuerza con las piernas que se necesitaba para gobernar una escoba, y más con el viento frío de esos días.

— Puedes llevarme tú — contestó con la voz pequeñita, mirando por la ventana.

— Podemos aparecernos.

Potter se sonrojó fuertemente.

— Odio la desaparición. Y no llegué a sacarme la licencia.

Draco suspiró fuerte y se frotó los ojos.

— ¿Seguro que quieres ir?

Levantó la mirada. Potter se veía… desvalido. Alargó la mano, la posó sobre su antebrazo y le contestó, sosteniéndole la mirada para que no quedara duda de su sinceridad.

— Claro que quiero celebrarlo, pero no a riesgo de que tu rodilla se resienta. Déjame pensar cómo lo hacemos, ¿vale?

Harry asintió, mirándole aún, y luego miró la mano sobre su brazo. Malfoy hizo ademán de retirarla, pero fue más rápido y puso la suya encima.