El primer sábado de febrero se encontraron delante del despacho de McGonagall.

— ¿Qué hacemos aquí?

— Aprovecharnos de tus privilegios de héroe lesionado, Potter.

Ya le conocía lo suficiente como para saber que le tomaba el pelo. O no, porque Draco dio la contraseña para entrar al despacho de la directora y subió con esa seguridad que mostraba siempre.

— Buenos días, directora —saludó con su habitual cortesía.

— Buenos días, señor Malfoy. Señor Potter.

Harry respondió con un intento de sonrisa.

— Mi chimenea está disponible para ustedes hasta las seis, ni un minuto más. ¿Entendido?

Miró con asombro a la directora y después a Malfoy, que se despidió con una inclinación de cabeza y se dirigió a la chimenea, arrastrándolo con él.

Cuando salieron de la chimenea de la salida privada de Las Tres Escobas, no pudo evitar preguntar.

— ¿Cómo se te ocurrió hablar con McGonagall sin decirme nada?

Draco levantó una ceja mientras se sentaba en uno de los cómodos sillones. La chimenea había vuelto a arder con normalidad y el ambiente en el cuarto era muy agradable.

— Ella te aprecia. Si se pudiera decir que tiene debilidades, tú serías una. En que le expliqué que era la mejor opción para tu salud, se avino a colaborar sin problemas.

Harry se dejó caer en el otro sillón, aún un poco enfurruñado. Un toque en la puerta los distrajo.

— Hola queridos —saludó Rosmerta calurosamente—. ¿Estáis cómodos? ¿Queréis que os traiga el almuerzo o preferís antes una bebida?

Se miraron indecisos, esperando que el otro diera la respuesta. Al final fue Draco el que habló.

— Una bebida antes estaría bien. ¿Cerveza de mantequilla, Harry?

No pudo evitar sonrojarse, era la primera vez que Malfoy usaba su nombre de pila. Se giró a la dueña de la taberna y le sonrió con timidez.

— ¿Puede ser una cerveza normal? Es una celebración.

La mujer miró a Draco, que le hizo un gesto afirmativo para dar a entender que quería lo mismo. Con una sonrisa, salió dejándolos solos de nuevo.

— ¿Alcohol, Potter? —Emitió un pequeño silbido admirativo— Sí que es una celebración por todo lo alto.

Iba a contestar, pero la puerta volvió a abrirse y la bandeja entró, depositando sobre la mesa dos pintas de cerveza rubia y un cuenco con aperitivos. Al salir la bandeja, escucharon la voz ausente de Rosmerta.

— Os subiré el almuerzo en una hora, pareja.

Se hizo un silencio espeso. Harry se sentía rojo como un tomate y no podía evitar mirar con mucho interés el dibujo de la alfombra, mientras daba pequeños sorbos a la cerveza fría.

— Harry…

No levantó los ojos. Las orejas le iban a entrar en erupción.

— Harry.

Draco entró en su campo visual, arrodillándose ante su sillón. También estaba sonrojado.

— Solo ha sido una forma de hablar.

Entonces, sin más, una pizca de valor Gryffindor debió de cruzarse en el pecho de Harry, porque estiró la mano, tomó a Draco de la nuca y le besó.

Draco lo inclinó contra el respaldo del sillón, sin dejar de besarle. Después de un tiempo que a los dos les pareció muy corto, se separó, pero permaneció cerca, con las manos apoyadas en el respaldo del sillón, a los lados de la cabeza morena, mirándolo con intensidad.

Respiró hondo para tratar de recuperar el aliento y lo miró también. Tardó treinta segundos exactamente en empezar a entrar en pánico por lo que había hecho. Cerró los ojos y se tapó la cara con las manos, avergonzado.

— Ey —escuchó la voz suave, de nuevo de rodillas ante él—, ¿qué te ocurre?

— Lo siento.

— ¿Qué sientes?

— Yo… no… —comenzó a balbucear.

Las manos suaves de Draco tomaron las suyas, obligándole a mirarle.

— Yo no lo siento. Quería que pasara, hace días.

— ¿Por qué?

— Porque me gustas. Mucho.

Harry giró la cabeza, lo suficiente como para no tener que mirar a esos ojos grises que le desconcentraban.

— Y tú a mí, pero pensaba que estabas fuera de mi alcance.

Alzó una ceja, cuestionando.

— Mírate. Y mírame a mí. ¿No lo ves?

Draco acercó una silla y se sentó frente a él, tomando sus manos de nuevo.

— Te veo a ti, pero no encuentro motivo para pensar que no podemos estar juntos.

Harry meneó la cabeza, negando.

— No puedo Draco. No soy nada a tu lado, ¿no lo entiendes?

Draco le cogió de la barbilla para obligarle a mirarle a los ojos.

— Lo único que entiendo es que eres una buena persona, Harry. Has ayudado a muchísima gente, empezando por mi. Se que salí libre gracias a ti.

Harry liberó sus manos, con el ceño fruncido.

— No quiero tu agradecimiento.

— No es lo único que siento, ¿quieres escucharme por favor?

Harry quería escuchar, pero el pánico fue superior a él . No quería pena, no quería agradecimiento, no quería ser un héroe. Quería que alguien le quisiera por él mismo. Sin dar tiempo a Draco a pronunciar una palabra más, se levantó y salió de la habitación por la chimenea.


Cuando Hermione era pequeñita, vivió durante un tiempo con su abuela. Mientras que sus padres eran una pareja moderna y pragmática, la abuela era irlandesa y por ende profundamente católica. En los meses que vivió con ellos, la anciana señora consiguió inculcar a la pequeña de seis años un par de conceptos de su rígida religión. Uno de ellos estuvo provocando pesadillas a Hermione durante años: el infierno. El lugar al que van los malvados y, sobre todo, los desviados.

En su octavo año, Hermione tenía material de sobras para sus pesadillas, así que se sorprendió cuando el infierno volvió a colarse en ellas. Al principio lo vinculó con el incendio que casi los mata. Pero no, en su subconsciente se estaba librando una batalla diferente.

Empezó en la biblioteca. En la mesa frente a ella estudiaban cuatro Slytherin, siempre juntos a todas partes. De frente a ella, Parkinson y Nott cuchicheaban entre ellos de vez en cuando, más cerca de lo que marcaría el decoro para una sala de estudio.

Trataba de concentrarse en sus tareas, pero dos pares de ojos verdes le distraían, los sentía resbalar sobre ella. Aquella noche soñó con ellos, preciosos demonios que se abrazaban y la miraban provocando que se despertara acalorada y muy confusa.

Se los encontraba cuando iba a cualquier parte, siempre muy juntos. En alguna ocasión le pareció que se estaban besando, pero al llegar a su altura sentía esos ojos mirándola, generando un calor que no entendía.

— Te quieren para ellos —le dijo una noche Ron en la cena.

Se había vuelto muy observador. Y conocía a los Slytherin, a uno en concreto muy muy de cerca. Era su sistema, hacerla sentir deseada hasta volverla loca. Abrió muchísimo los ojos tras escuchar las tranquilas explicaciones de su amigo.

—¿Ambos? Pero, pero, eso es…

Ron la miró con los ojos entrecerrados.

— Es un pecado, una acumulación de ellos —murmuró, más para sí misma que para Ron.

Su amigo no contestó, se limitó a levantarse de la mesa y dirigirse a la de Slytherin. Hermione se fijó en Zabini, en como miraba a Ron mientras caminaba hacia él. Pintaba una sonrisa cariñosa y luego una cara de sorpresa cuando Ron se agachó a besarle sin ninguna vergüenza. Los vio salir del comedor caminando muy juntos, y entonces volvió a mirar a la mesa. Parkinson y Nott la observaban ahora sin provocación alguna, más bien con cara de preocupación

Durante la siguiente semana, apenas los vio más que en las comidas. No la miraban, seguían cuchicheando entre ellos. Pero los sueños no desaparecían. Cada vez eran más explícitos, y no solo a nivel sexual. Sabía muy bien después de tantos años que eran dos personas muy inteligentes, y que eran fieles y leales y cuidaban los unos de los otros. En sus sueños Hermione dejaba de sentirse sola y perdida. Y eran condenadamente calientes juntos. Los tres.

Quizá era hora de dejar de temer al infierno, ya lo había atravesado durante la guerra. Era hora de recuperar su valentía y salir a buscarse la vida.

Aquella mañana de mitad de febrero, bajó muy temprano a desayunar. Al entrar al Gran Comedor la vio sola, sentada en una esquina de su mesa, con una taza y un libro. Sacó su valor Gryffindor y se acercó.

—¿Estás bien, Parkinson? —le preguntó, preocupada, al ver más de cerca las ojeras y la cara algo descompuesta de la morena.

Los grandes ojos verdes se alzaron a mirarla con sorpresa, rápidamente oculta tras una capa de desdén.

— No es asunto tuyo, Granger.

— Parkinson…

— Pecado, una acumulación de ellos.

Hermione la miró atónita, mientras Pansy se levantaba y recogía su libro.

— No ha sido Weasley.—Dirigió un fino dedo a su sien— A veces escucho , sin querer.

Hermione dio un paso adelante, con intención de sentarse y explicarle, pero Pansy la detuvo con el brazo extendido y la palma hacia delante.

—Aléjate de mi, Granger. Después de toda la mierda que he pasado, no va a llegar una mojigata a reprocharme lo que soy ni lo que hago.

Y se alejó con un revoloteo de túnica.

Le pilló por sorpresa, dos días después, que Nott se acercara en la biblioteca. Tomó asiento frente a ella. Con las manos junta , los codos apoyados sobre la mesa, se inclinó hacia ella y le habló.

— ¿Estás haciendo algo importante? Es sábado por la tarde, Granger.

A Hermione le sorprendió cómo se sintió dentro de ella la voz de Nott. Era la primera vez que le hablaba directamente.

— Distraerme más que nada —respondió sincera —. Ron está con Zabini y Harry desaparecido.

Nott sonrió y ella entendió que sabía perfectamente dónde andaba Harry y con quién. Se puso de pie, recogiendo las cosas de Hermione con un giro de varita y le ofreció el brazo, en una clara invitación a acompañarle.

No lo tomó, pero caminó con él fuera de la biblioteca. En el pasillo, Nott comenzó a andar sin decir una palabra. Mione le acompañó, sujetando con fuerza sus libros sobre su pecho.

— ¿Por qué estás tan tensa? —preguntó Nott cuando quedó claro que enfilaban hacia las mazmorras.

— ¿Dónde está Parkinson? —preguntó a su vez, a la defensiva.

— En su habitación. Sigue molesta contigo, ¿sabes?

— Lo que escuchó estaba fuera de contexto —Se defendió Hermione.

— No ha sido solo eso. Sintoniza contigo, incluso en sueños.

Hermione se detuvo en seco, ruborizada de golpe, recordando los sueños de las últimas semanas.

— Eso no es justo.

— No puede evitarlo.

— ¿Le pasa contigo también?

Nott afirmó con la cabeza, poniéndose nuevamente en marcha, sin explicarle más. Tres giros de pasillo después, se detuvo frente a un trozo de pared lisa. Puso su mano sobre uno de los bloques de piedra, que enseguida se abrió, permitiéndoles el paso a la sala común de Slytherin. Por suerte la sala estaba vacía y la atravesaron rápidamente para meterse en otro pasillo que llevaba a las habitaciones de las chicas.

—¿Aquí los chicos pueden acceder a las habitaciones de las chicas?

— Soy el Premio Anual, Granger, tengo acceso libre a todas partes —le contestó con una sonrisa torcida.

Se detuvieron ante una puerta con las iniciales P.P. y golpeó.

— ¡NO!

— Vamos Pans, dale la oportunidad de hablarlo.

— Theodore… —El tono de advertencia era audible incluso a través de la puerta.

Theo la ignoró completamente y abrió la puerta, aunque se apartó para evitar el hechizo punzante dirigido directamente a su entrepierna. Hizo un escudo y entró en la habitación, arrastrando a Hermione con él.

Lo primero que percibió Hermione fue el olor. Cerró los ojos para captarlo mejor, era perfume de violetas. Abrió los ojos y miró a su alrededor. Nunca había estado en un dormitorio que no fuera Gryffindor. Le sorprendió lo acogedor que era, a pesar de la piedra oscura y la falta de ventanas. Se notaba que Pansy había hecho un esfuerzo porque lo fuera. En la pared, sobre el escritorio, había una foto mágica enmarcada. Se acercó a mirar.

— La tomamos al día siguiente del juicio de Draco —explicó Pansy desde el sillón en el que se acurrucaba junto a una pequeña chimenea.

Se notaba que Malfoy estaba bastante decaído, pero aún así miraba a la cámara con su porte de siempre. Él y Pansy estaban en el centro de la foto, cogidos de la mano. Theo cogía a Pansy por la cintura en un extremo y Zabini a Malfoy por el hombro en el otro. La foto hablaba de unión, de férrea lealtad.

— Esa palabra se repite a menudo en tu mente, lealtad. —La voz de Pansy sonó mucho más cerca, no se había dado cuenta de que se había acercado tanto— No es una cuestión de casas, Hermione, sino de lazos. Ellos tres son mi familia.

— ¿Siempre es así? —le preguntó sin girarse, mirándolos a ellos dos en la foto— ¿También contestas los pensamientos de Nott sin escucharlos en voz alta?

— No, él es un buen oclumante, los tres lo son o me pasaría el día recibiendo imágenes. Cuando Blaise está distraído pensando en Weasley he llegado a ver mucho más de lo que me gustaría.

Pansy hizo un gesto de desagrado y se giró para sentarse en la cama muy pegada a Nott.

— ¿Por qué yo?

Fue Nott el que le sonrío antes de contestar.

— Eres la mejor bruja de tu generación, ¿será que las grandes mentes se atraen?

Hermione sintió una pequeña decepción al escuchar ese razonamiento.

— ¿Sois pareja?

Ambos asintieron.

— ¿Y qué hago yo aquí?

Se sentía en medio de una gran burla. Pansy se levantó rápidamente y se colocó frente a ella. Extendió una mano muy blanca y acarició con suavidad la mejilla morena.

— No hay trampa, Hermione. ¿Qué quieres hacer?

Hermione inclinó la cara hacia la mano y cerró los ojos, respirando profundamente el perfume de violetas. Se concentró en liberar todos los sueños y pensamientos acerca de ellos y colocarlos en su mente en lugar de sus miedos y dudas.

Sintió una mano más grande y cálida acariciando su cuello. Abrió los ojos y los miró a los dos, mientras una sola lágrima se deslizaba por su mejilla, recogida rápidamente por la mano de Pansy.

— Lo quiero todo —dijo, con voz más segura de lo que esperaba al abrir la boca.

Pansy sonrió como una gata antes de tomar su cara con las dos manos y besarla con ímpetu. Abrió la boca con timidez y dejó a Pansy hacer mientras sentía a Nott colocarse a su espalda y abrazarlas a las dos, pegando su pecho con la espalda y besando suavemente su nuca.


—¿ Con los dos?

Hermione asintió. Ron sonreía, cómplice. Harry, más ajeno a lo que había estado pasando últimamente, solo miraba a su amiga y trataba de analizar sus expresiones.

—¿Y dices que ella puede escuchar pensamientos? ¿Como con un legeremens?

— No es a voluntad. Sintoniza.

—Tendrás que aprender oclumancia —intervino la voz grave de Ron—. Ellos lo llaman escudos, Blaise dice que aprendieron de niños.

Ella asintió y señaló los libros que tenía sobre la mesa de estudio. Estaban en un rincón tranquilo de la sala común, hablando bajito, como en los viejos tiempos.

— ¿Cómo van las cosas con Malfoy? —Cambió de tema— El sábado por la tarde Theo dio a entender que estabais juntos en algún lugar.

Harry sonrió. Eso bastó para que supieran que había conseguido arreglar las cosas después de su torpe huida de Las Tres Escobas.

Ron se echó hacia atrás en su silla, los largos brazos cruzados sobre el pecho.

— Nos hemos resistido, pero al final los Slytherin han demostrado que tienen razón, somos tercos, cabezotas e impulsivos.

— Yo no —negó Hermione con la cabeza, los rizos castaños volando sobre sus hombros.

Los dos le miraron con cara de duda.

— Yo voy a meditar esto…

Una carcajada le interrumpió y miró mal a Ron.

— Mione, tú ya has caído. Y recuerda mis palabras, te harán arrastrarte para volver.