Pansy supo que estaban en problemas antes de despertar. Oía con toda claridad las dudas de Hermione en su cabeza. Maldito don y malditos Gry que eran demasiado nobles para la oclumancia.
Se giró hacia la morena y la abrazó por la cintura.
— Herms, estás gritando.
Los ojos oscuros se clavaron en los verdes.
Detrás de Hermione, Theo abrió los ojos, pero permaneció en silencio, sin tocarlas.
— Esta situación… no sé si voy a saber manejarlo —respondió, sincera, sabiendo que no tenía sentido intentar mentir.
— Nosotros tampoco hemos estado nunca con otra persona —le contestó Pansy, estirando la mano vacilante para acariciarle la mejilla, temerosa de un rechazo.
Hermione cerró los ojos al recibir la caricia y se permitió transmitirle a Pansy la sensación cálida que le producía.
— La cuestión es si quieres tomar el riesgo o esto se queda aquí, Hermione —continuó Pansy—. Anoche querías tenerlo todo.
Pansy no quería presionar más, la mente de Hermione era un auténtico torbellino.
— Si quieres salir de aquí con discreción, será mejor que nos vayamos. La gente va a empezar a levantarse —dijo Theo, incorporándose para ponerse los zapatos.
Hermione se giró a mirarle con el ceño fruncido. A sus espaldas escuchó el suspiro de Pansy y un "Theo" con un leve tono de reproche.
Antes de salir de la habitación, Hermione se acercó a Pansy, tumbada en la cama. Sin una palabra, le pasó una mano por la nuca y le dio un beso. Las cejas de Pansy se levantaron con sorpresa, pero tomó la caricia sin decir nada más mientras se concentraba en no leer la mente de Hermione.
Theo la guió fuera de la sala común en silencio, los dos todavía con el ceño fruncido.
— Hermione —le dijo, cuando la morena ya había echado a caminar sin despedirse—. Hagas lo que hagas, no le hagas daño.
No la vieron en varios días. El primer día podría haber sido casual, pero al cabo de tres fueron conscientes de que les estaba evitando. A todos los niveles, porque lo último que había conseguido ver Pansy de ella era el título de un libro sobre oclumancia.
Theo miraba a Pansy con preocupación. La conocía como nadie, sentía que la había querido desde el momento en que la vió por primera vez con cinco años.
Los Nott habían emigrado durante la primera guerra a Alemania. A su vuelta al país, retomaron las amistades.
La primera vez que Theo había visto a Pansy fue en un cumpleaños de Draco. Nervioso, porque no conocía a ninguno de los niños de la fiesta, había permanecido en una esquina del salón, a pesar de los esfuerzos de su madre porque socializara. Entonces la vio, vestida de violeta, con el cabello negro recogido en dos trenzas.
La había observado durante mucho rato desde su esquina. Ella correteaba junto a Draco por la habitación. A ratos se les unía Blaise. De repente, Pansy frenó en seco y se acercó a él, escoltada por los otros dos niños. Se plantó delante de él, mirándole con sus enormes ojos verdes y la cabeza un poco inclinada, y le sonrió. Aquel gesto debió ser una señal para sus amigos, porque en un instante lo arrastraron a jugar con ellos.
Pansy era el centro de su grupo, los tres orbitaban a su alrededor. Su don le hacía perder los nervios muchas veces cuando eran pequeños, lo que activaba su instinto protector. Al llegar al colegio, los tres sabían ya dominar sus pensamientos y ella su don. Raramente perdía ya el control, pero él había seguido siendo su protector.
Cuando tenían catorce años, una tarde de primavera, se sentaron juntos bajo un árbol en los jardines del colegio. Ella le cogió la mano y él alzó aún más sus escudos de oclumancia.
— Mi padre quiere comprometerme con Draco.
Si Theo no hubiera sido el rey del estoicismo, se habría derrumbado en aquel momento.
— A Draco no le gustan las chicas —continuó, con una sonrisa triste—. Ni a mi los chicos.
Theo se sintió al borde, todas sus secretas ilusiones rotas en dos frases. Pero siguió escuchando, cogido de su mano.
— Lo hemos hablado y a los dos nos conviene.
Pansy estiró la mano y le giró la cara, enlazando sus ojos. Inclinó un poco la cabeza y le sonrió. Theo dejó caer, por primera vez desde que había aprendido, todos sus escudos.
La sonrisa de Pansy flaqueó un poco. Apretó su mano y se inclinó hacia él, depositando un suave beso sobre sus labios.
— Eres el hombre de mi vida, Theodore —le dijo, su frentes apoyadas una en la otra—. Siempre estaremos juntos.
Theo llevó aquel momento consigo como mantra a través de todo lo que les tocó vivir los años siguientes. Era el momento que inspiraba su Patronus. Por suerte, el compromiso no había llegado a formalizarse, postergado por la guerra.
Habían sido solo ellos dos, aunque siempre habían sabido que en la vida de Pansy había un hueco que llenar. Theo había vivido con el miedo de que otra mujer llegara y la alejara de él. Y parecía que el momento había llegado.
Fue de nuevo en la biblioteca. Theo trataba de estudiar, pero estaba más pendiente de Pansy que de sus libros. Las ojeras habían vuelto y tenía un aire ausente que no presagiaba nada bueno.
Quizá por eso no la vio venir. Pansy levantó la cabeza violentamente, con un brillo de enfado en los ojos y él siguió su mirada hasta encontrarla. Tres mesas más allá, Hermione le sostenía la mirada a Pansy.
Observó en silencio el intercambio de miradas, analizando los cambios en sus rostros. Estaba seguro de que Hermione se estaba disculpando por algo, podía leer la súplica. Lo que estuviera escuchando acabó de enfadar a Pansy, que recogió sus cosas con un movimiento de varita y se levantó, haciéndole un gesto para que se quedara.
— Ella quiere hablar contigo.
Sorprendido, Theo se quedó sentado mientras Pansy salía de la biblioteca con la barbilla alta y Hermione recogía sus cosas para acercarse a él. La observó sentarse, con su máscara imperturbable en su lugar.
Al tenerla cerca, vio que también ella tenía ojeras, no había pasado buenos días. Que se joda, se permitió pensar, vengativo.
— Te dije que no le hicieras daño, Granger —le espetó antes de darle la oportunidad de hablar—. ¿Qué quieres?
Hermione respiró hondo y se giró a mirarle con sus expresivos ojos color café.
— Disculparme.
Theo arqueó las cejas, sorprendido.
— Estaba sobrepasada y actué egoístamente. Lo siento.
Él frunció el ceño y cruzó los brazos sobre el pecho, recostándose un poco hacia atrás en la silla.
— ¿Por qué se ha ido Pansy enfadada?
— Supongo que porque le he dicho que quería disculparme con cada uno por separado.
Theo asintió con la cabeza, tenía lógica conociendo a Pansy.
— ¿Y ahora qué? ¿Qué esperas conseguir disculpándote?
Hermione le lanzó una mirada que decía claramente "maldito Sly, buscando siempre algo más allá de cualquier gesto".
— Me gustaría saber si podemos quedar los tres.
— ¿Quedar?
— Una cita. Los tres. Fuera de la escuela. ¿Te explico más?
Theo la miró, el ceño aún fruncido y los brazos cruzados. Le sostuvo la mirada un par de minutos antes de ceder y asentir con la cabeza.
Hermione sonrió, pero no se levantó para irse como él esperaba. Se inclinó hacia él y le preguntó bajito.
— ¿Haces esto por ella o porque realmente lo deseas? Creo que sabes que si se trata de lo primero, no va a funcionar.
Y se levantó y salió, dejándole sorprendido por lo rápido que había visto la dinámica de su relación.
Encontró a Pansy en su habitación. Su enfado se sentía en el aire, literalmente.
— ¿Qué le has contestado?
— ¿A qué en concreto? —respondió, tratando de mantener un tono neutro.
— ¿Lo haces por mi o porque realmente lo deseas?
Por una vez, Theo consideró la posibilidad de mentir. Sería mucho más fácil. Pero el enfado, que estaba cargando de estática el aire, le decía que Pansy sabía la respuesta real.
— Haría cualquier cosa porque seas feliz, Pans.
Pansy le taladró con la mirada.
— Me has mentido, Theo. Se suponía que esto era algo de los dos.
— Pans…
El fuego chisporroteó fuerte y las velas se apagaron y volvieron a encender.
— Cálmate, por favor —suplicó acercándose, hasta quedar de rodillas delante de su sillón—. Tenía miedo, Pansy.
— ¿Pensabas que te dejaría, que me iría con ella o con otra? ¿De verdad, después de todo?
Theo intentó coger su mano pero le saltó una chispa.
— Déjame sola, Theodore. Vete.
— Pansy, por favor …
Pero Pansy ni siquiera le miró. Con un suspiro de derrota, se levantó y salió de la habitación.
Al día siguiente, cuando bajó solo a desayunar, se las encontró desayunando juntas en un extremo de la mesa de Slytherin. No era el único sorprendido, en ambas mesas había personas mirándolas con sospecha. Se sentó lejos, pero no pudo evitar observarlas mientras se tomaba el té. Había una cierta armonía en ellas. Físicamente contrastaban muchísimo, pero él podía detectar la química.
Se preguntó cómo habría conseguido Hermione que Pansy hablara con ella. Un movimiento a su derecha le distrajo. Se giró y vio a Draco sentándose a su lado, ya con una magdalena en la mano.
— La has hecho enfadar.
El comentario de Draco, que no estaba demasiado hablador en los últimos meses, le sobresaltó. Se giró un poco más a verlo y se dio cuenta de que hacía al menos dos días que no coincidían fuera de clase. Al contrario que él, que apenas había dormido, su amigo tenía el aspecto de alguien que ha descansado mucho y bien.
— Creo que enfadar se queda corto —contestó Blaise por él, sentándose enfrente—. Me ha dicho Millicent hace un rato que anoche se sintió una corriente de estática fuerte. ¿Fue culpa tuya?
Theo asintió, sin ganas de hablar.
— Parece que con Granger no está enfadada.
La observación de Blaise le sentó como una patada en el estómago, porque era real. Estaba fuera, él solito se había condenado. Se levantó para marcharse, pero Draco le agarró del antebrazo, deteniéndolo y haciendo que se volviera a sentar.
— Sea lo que sea que haya pasado, no puedes rendirte sin más —le dijo con voz calmada mientras untaba una tostada y se la pasaba a Blaise—. Ella desea a Granger, pero a ti te quiere.
Los tres continuaron desayunando en silencio, observándolas.
No estaba acostumbrado a dormir solo. Salvando pequeños periodos durante la guerra, llevaban durmiendo juntos desde quinto curso. Después de un buen rato dando vueltas sin poder dormir, encendió una vela y tomó un libro, dispuesto a atontarse el cerebro para conseguir desconectarlo.
Estaba tan concentrado que se sobresaltó cuando la puerta de su habitación se abrió de repente. Pansy entró como un torbellino y se metió en su cama sin decir una palabra. Sorprendido, se la quedó mirando a la espera de una explicación, con el libro de runas aun entre las manos. No solo no le contestó, sino que se giró de costado, dándole la espalda.
Con un suspiro, entre la exasperación y el alivio, dejó el libro sobre la mesilla, lanzó varios hechizos a la puerta y apagó la vela. Se apretó contra ella, abrazándola por la espalda y enredando sus piernas.
La sintió relajarse despacio y él también se relajó, la nariz pegada a su pelo, disfrutando del perfume de violetas. Casi estaba dormido cuando ella le habló.
— No lo haré. No sin ti.
— Hermione quería que tuviéramos una cita.
— ¿Y tú qué quieres? —hizo mucho hincapié en el pronombre.
— ¿Qué tal un té?
Aunque no la vio, sintió a Pansy sonreir.
— ¿Eres virgen?
Hermione se atragantó con el té y empezó a toser. Theo la ayudó con un pase de varita y un anapneo, mientras apretaba los labios para contener una carcajada.
— ¿Te refieres a alguna práctica sexual en concreto o al concepto arcaico de la rotura del himen por penetración? —le respondió Hermione muy digna, aún sonrojada por la tos.
Pansy soltó una carcajada y Theo se permitió relajarse y sonreír abiertamente. Hasta ese momento, la cita había sido bastante tensa e incómoda. La conversación no fluía entre los tres, los silencios se estaban haciendo excesivamente largos.
— No tengo experiencia sexual. De ningún tipo que no sea conmigo misma.
— ¡Venga ya! Viajaste con dos tíos llenos de hormonas durante meses, ¿en serio no pasó nada?
Theo se inclinó sobre la mesa y le quitó a Pansy de delante las galletas de chocolate, estaba empezando a darle un subidón.
— En ese momento ninguno de los tres estaba para pensar en sexo. Y bueno, —Se encogió de hombros con una sonrisa pícara— a estas alturas ya nos ha quedado claro que a ninguno de los dos les interesaba lo que yo podía ofrecer.
— ¿Y a ti? Todos habríamos jurado que Weasley y tú…
Hermione sonrió y se la devolvió.
— Todos habríamos jurado que tú te ibas a casar con Malfoy.
Pansy soltó otra carcajada. Tomó la mano de Theo sobre la mesa y se inclinó hacia delante, para decir en tono confidente:
— En realidad a mi me gustan las chicas. Y Theo.
Theo se revolvió un poco incómodo.
— Yo no me lo había planteado nunca. Pensaba que simplemente el amor y el sexo no eran para mi —respondió también en tono confidente—. Hasta que empecé a soñar con vosotros. Con los dos —recalcó—. Así que parece que me gustan con pelo negro y ojos verdes.
Sonrió victoriosa y se recostó ligeramente en la silla, después de robar con gracia una de las galletas de Pansy.
Ese año parecía que la primavera quería llegar antes. Tumbado a orillas del Lago Negro, reflexionaba con los ojos cerrados, disfrutando de la calidez del sol. No era el único que trataba de exprimir el fin de semana, podía escuchar las voces de otros compañeros que habían tenido la misma idea.
Sonriendo, pensó en el lluvioso febrero que había vivido. En lo furioso y decepcionado que se había sentido cuando Potter le había plantado en Las tres escobas. Había sido muy humillante tener que dar la cara ante Rosmerta y disculparse mil veces por marcharse sin almorzar. Había pagado y dejado una cuantiosa propina, pero aún así la voluntariosa mujer le había mirado con ojos de sospecha.
Durante casi una semana, Potter le había estado esquivando. No solo no aparecía por las ventanas, sino que estaba seguro de que iba de un lado al otro con su capa invisible. Le dolía muchísimo el rechazo, pero aun le dolía más que su amigo se estuviera escondiendo de él.
Aquella tarde, tras salir de la biblioteca, iba camino de su sala común cuando, al girar una esquina, se topó de frente con la persona a la que no se sacaba de la cabeza.
— Malfoy —fue lo único que atinó a farfullar, clavando los ojos verdes en el pasillo vacío tras él.
Draco estrechó los ojos, sin contestar, contando diez segundos interiormente antes de seguir caminando si Potter no iba a decir nada más. Al llegar a diez, lo rodeó y continuó pasillo abajo, más enojado todavía si cabe.
— Espera —le oyó decir a su espalda, sus pasos levemente desiguales intentando alcanzarle—. Draco, espera por favor.
Era la primera vez que oía su nombre de los labios de Harry. No pudo evitar parar, a pesar de que su orgullo quería seguir alejándose. Pero no se giró.
Le rodeó y se puso frente a él, esta vez mirándole a los ojos. Draco conocía todas las expresiones de esos ojos, llevaba mucho tiempo analizándolas, así que no tuvo duda de que Harry estaba asustado. Y avergonzado.
— Tengo prisa, Potter. —Le azuzó, viendo que se había quedado mudo.
— Lo siento. Mucho.
Hizo un esfuerzo por mantener su fachada de frialdad. Necesitaba que Harry se esforzara más, que luchara.
— Déjame compensarte, por favor.
Levantó una ceja por toda expresión.
— Una cita. El domingo es San Valentín y acabo de conseguir que nos autoricen a los mayores de edad a salir del colegio. Por favor, Draco.
Aquello le pilló desprevenido, esperaba más farfulleos e intentos de explicarse. Parpadeó aturdido mientras la esperanza se le escurría a Harry de los ojos y de la sonrisa. Cuando se dio cuenta de que llevaba un rato esperando su respuesta y sus ojos estaban sospechosamente brillantes, dio un paso adelante.
— Espero que sea una cita espectacular. Y muchas, muchas, muchas explicaciones.
Y le dejó un rápido beso en la mejilla antes de seguir caminando.
Acunado por la calidez, Draco rememoró la cita. Harry le había llevado al Londres muggle, a comer a un lugar elegante. Habían paseado y hablado. Le había explicado mientras caminaban tomados de la mano. La sociedad muggle no era mucho más agradable con los gays que la mágica, pero al menos nadie se había vuelto por la calle para insultarles como temía.
A media tarde, llegaron a un pequeño teatro. Disfrutaron viendo a un ilusionista, tratando de descubrir sus trucos mientras comían parte de los chocolates que Harry, todo un clásico haciendo regalos, le había obsequiado justo antes de entrar.
Había sido un día bonito y relajado. Casi a la hora límite para volver al colegio, se adentraron en un callejón oscuro para que Draco desapareciera a los dos. Entonces había llegado su momento favorito de ese día, el que llevaba rememorando un mes: Harry, tras tomarle las manos para aparecerse, sonrió y se acercó de nuevo a besarle. Esta vez fue un beso tranquilo, largo, que acabó en un confortable abrazo.
Los desapareció aun abrazados, aprovechando que su chico, porque se había asegurado ya en la comida de que eso era algo inapelable, de que su chico tenía los ojos cerrados y la frente apoyada en su hombro.
Habían pasado prácticamente un mes en esa nube del principio de una relación. Harry había empezado a mostrar lo que ocultaba tras su gruesa armadura: era cariñoso, le gustaba dar y recibir cariño y tener detalles. Como aquella mañana en la que, al levantarse, había en su mesilla una cesta de magdalenas con chocolate, porque el día anterior le había comentado que hacía mucho que los elfos no las servían en el desayuno y eran sus favoritas. O la noche que cruzó todo el colegio bajo su capa para darle un beso y un abrazo antes de ir a dormir, porque había estado cumpliendo un castigo por llegar tarde a clase (por andar besuqueándose y perder la noción del tiempo) y no se habían visto por la tarde.
Una sombra se interpuso entre él y los rayos solares, sacándole de sus pensamientos azucarados y haciendo que abriera los ojos con el ceño fruncido.
— Thomas —saludó, suavizando el gesto—. ¿Ocurre algo?
Dean se sentó junto a él.
— Venía a darte las gracias por lo del otro día. Ese hombre me hace sentir como un crío pequeño, tú lo manejas mucho mejor.
Draco sonrió. Los Gryffindor eran tan nobles y tan agradecidos…
— No hay de qué. Puedo acompañarte de nuevo la próxima vez, si quieres. Reconozco que Mc Gowan puede ser intimidante, yo ya tengo práctica con él.
Dean sonrió de oreja a oreja, tenía una bonita sonrisa. Siguió la línea de su mirada y entendió rápidamente, Finnegan se acercaba por la orilla.
— Creo que Seamus quería darte las gracias también.
Le quedó claro cuando el irlandés se plantó ante él, primero con el ceño ligeramente fruncido, seguramente porque Dean estuviera tan familiarmente sentado junto a él, luego más sonriente cuando su novio tiró de él para que se sentara junto a ellos. Estiró una mano y se la ofreció a Draco.
— Gracias, Malfoy. Con gestionar la cita era suficiente, no tenías que haberte molestado. Pero te lo agradecemos mucho y …
Un movimiento frente a ellos desconcentró a Seamus e interrumpió lo que fuera que iba a decir. Harry acababa de quitarse la capa de pie frente a ellos, casi en el mismo sitio en el que había estado Seamus un momento antes. Tenía una sonrisa orgullosa en la cara. Se agachó frente a Malfoy, le susurró algo y, para consternación de todo el que estaba tomando el sol a la orilla del lago, le tomó la cara con las dos manos y le plantó un beso que dejó a todo el mundo mudo.
