Si habéis leído Fictober, lo que viene a continuación ya lo conocéis, pero me parece bonito leer al final las historias que inspiraron este fic. Gracias por llegar hasta aquí, he disfrutado de vuestra compañía en los comentarios. Nos vemos pronto en otra historia.
En el Cielo (atención, +18)
Había maneras y MANERAS de despertarse. Para Hermione, la mejor de todas era la que tenía desde que había salido del colegio. Cada mañana despertaba en una maraña de brazos y piernas, en una gran cama, bajo un cálido edredón. Y el fin de semana, sin prisa por ir a clase o a trabajar, el despertar solía venir acompañado de interminables suspiros.
Un domingo de primavera le despertó una lengua, una suave lengua paseándose por sus muslos en clara dirección ascendente. Entreabrió los ojos y gimió, la temperatura ascendiendo rapidísimo al ver la cabeza morena de Pansy entre sus piernas, su rostro ruborizado mientras Teo se clavaba en ella desde atrás. Al verle abrir los ojos, Teo detuvo el suave vaivén y se estiró por encima de la cabeza de Pans como pudo para besar a Hermione con fuerza.
— Buenos días, amor —jadeó, mientras aceleraba el ritmo de penetraciones, haciendo que Pansy acelerara también el suyo.
Hermione se incorporó sobre los codos para disfrutar mejor de las vistas. Una de las perfectas manos de Pansy se paseó por su vientre de camino a un pecho, haciendo coincidir un sensual pellizco con sus dientes mordisqueando la parte carnosa del monte de Venus. No pudo evitar remover la cadera para intentar que Pansy le prestara atención a su clítoris tan bien como sabía hacerlo, aunque seguramente estaría escuchando a su mente gritar por ello.
Pansy empezó a removerse y a lloriquear, incómoda porque Theo la llevaba muy cerca del orgasmo y luego se detenía. Levantó la cara de entre las piernas de Hermione y le miró suplicante.
— Venid los dos aquí arriba —pidió, golpeando con la mano la cama junto a ella.
Los dos Slytherin se abalanzaron sobre ella, en un revoltijo de cosquillas, besos y suspiros.
Theo acabó tumbado boca arriba, siendo montado por Pansy, feliz en su postura favorita. Con los ojos cerrados, la morena se movía en círculos, sintiendo la profunda penetración, mientras Hermione, a sus espaldas, le abrazaba apretando sus pechos contra ella mientras acariciaba sus pezones con una mano y con la otra estimulaba su clítoris y el pene de Theo al entrar y salir de ella. Los ojos verdes de Theo la miraban nublados de deseo mientras besaba el cuello de Pansy e introducía un dedo en su vagina junto al pene de Theo, llevándolos a los dos al orgasmo.
Pansy cayó sobre Theo, jadeando, mientras Hermione, de rodillas en la cama, respiraba aceleradamente. No pudo evitar sonreír con ternura y con orgullo al verlos allí, sabiendo que eran suyos. Pansy rodó hacia un lado, bocarriba, y le sonrió a su vez, mientras la llamaba con una señal para que se acostara entre ellos.
— Eres feliz —afirmó—. Mereció la pena.
Hermione se estiró por encima de ella para besarla con suavidad, apartando el flequillo húmedo de su frente con cariño.
— Estuve leyendo. —Sus compañeros rieron por lo bajo, apretándose contra su cuerpo cuando se dejó caer en el hueco entre ellos— Mi madre me recordó que los católicos creen en el cielo, en contraposición al infierno. Vosotros sois mi cielo, mi paraíso.
Pansy volvió a besarla, mientras Theo le abrazaba por detrás, como aquel primer día en las mazmorras, aunque claramente con ideas más perversas en mente, porque pudo sentir sus dedos acariciando su entrada aún húmeda de la saliva de Pansy, haciendo círculos y estimulando el clítoris antes de penetrarla mientras Pansy le mordisqueaba los pezones. Cuando, apenas unos minutos después, se deshizo en un ruidoso orgasmo, envuelta en un apretado doble abrazo, supo que tal y como lo había pedido un año atrás, lo tenía todo.
Lluvia
Acurrucado en el sofá del mirador, con un grueso jersey que no es suyo y una manta tapándole las piernas, Harry mira la lluvia a través del cristal. Está solo. Los elfos de la mansión, que de normal no se dejan ver, han pasado varias veces para ofrecerle bebida, otra manta o una botella de agua caliente. Rechaza todo con una sonrisa un poco congestionada, mientras se frota la nariz con un pañuelo.
Odia estar enfermo y solo, le recuerda a todos los momentos de soledad en casa de sus tíos, donde no era importante si tosía o las amígdalas se le ponían como pelotas de tenis. A ratos dormita, amodorrado por la fiebre y por el sonido monótono de la lluvia.
Cae en una cabezada un poco más prolongada y despierta sobresaltado al notar un cambio en el sofá. Ahí está, él, su pelo bien peinado, en contraste con su propio desastre, su traje perfecto y una sonrisa de preocupación.
—¿Cómo te encuentras? —le pregunta con su perfecta dicción.
—Un poco mejor —intenta responder, aunque suena como "un moco mejor".
Una mano firme se acerca a su frente para comprobar, de una manera sorprendentemente muggle, si tiene fiebre. Está fresca, le alivia. Saca la varita y lanza un hechizo que apenas escucha para tomarle la temperatura. Mira con el ceño fruncido el pañuelo estrujado y húmedo en su mano y con otro movimiento de varita hace aparecer uno nuevo y desaparece el desastre.
—Estarías mejor en la cama, no sé porqué te empeñas en quedarte aquí —le reconviene suavemente, subiéndole la manta para taparle mejor.
—Me gusta ver la lluvia —le contesta, un poco adormecido por la sensación de las manos frescas acariciando su pelo—. Y a ti te encanta esta habitación.
Draco no necesita más explicación, porque lo conoce, son muchos años.
Otra tarde de lluvia, lejos, en octavo año, los dos se habían encontrado por casualidad, solos y deprimidos, sentados en ventanas contiguas del mismo pasillo. Llovía la primera vez que se sentaron juntos a tomar un té. Y la primera vez que, valiente como solo él podía ser, Harry se había decidido a besarle. Diluviaba cuando se enfrentaron juntos a sus padres y también cuando se instalaron a vivir en el otro ala de la mansión.
—Te he traído algo —le dice, sin dejar de pasar los dedos entre su pelo, observando el brillo de las primeras canas entre los oscuros mechones.
Harry entreabre los ojos y le mira con cansancio.
—¿Más poción pimentónica? —trata de bromear acerca de su costumbre de atiborrarle de ese brebaje asqueroso.
Draco saca un sobre de bolsillo interior de su chaqueta. Harry frunce el ceño intentando enfocar el sello oficial en el sobre, una modernidad extraña entre magos. Y entonces lo ve: departamento de servicios sociales.
Entre la bruma aflora el recuerdo de la ordalía de los últimos meses, las discusiones con los funcionarios del ministerio y con su suegro, la búsqueda de ayuda en el mundo muggle. Bendita Hermione y sus infinitos conocimientos de la ley mágica y la no mágica. Le tiembla la voz al preguntar:
—¿Y bien?
—Estamos dentro. Seremos padres, Harry.
Y Harry sonríe, mirando de nuevo a los cristales mojados, pensando en todo lo bueno que le trae la lluvia.
