Capítulo Dos

La profecía


La alarma empezó a sonar y Hermione abrió un ojo, buscando el despertador que había en su mesita de noche. Pulsó el botón para apagarlo y escuchó un gruñido de Draco.

—Puto reloj muggle. Lo odio.

Ella se giró, encontrando el rostro de Draco a muy pocos centímetros. Sonrió y le apartó el flequillo rubio de su frente.

Él abrió los ojos, pestañeando varias veces, y Hermione sintió que su corazón se aceleraba al ver esos iris grises contemplándola con tanta intensidad. Él no miraba a nadie de esa forma... solo a ella, y todavía se ponía nerviosa cuando lo hacía.

Una sonrisa torcida apareció en los labios de Draco al notarlo y subió una mano hasta su cuello, enredando los dedos entre sus rizos y tirando de ella hasta que pudo besarla.

—Buenos días —dijo Hermione al separarse con una sonrisa.

—Buenos días, preciosa —murmuró Draco, bostezando y sentándose en la cama.

De repente escuchó un jadeo y miró a Hermione, que se había puesto pálida.

—¿Qué pasa?

—Ayer... no hicimos el hechizo ...

Él frunció el ceño y se levantó, saliendo al pasillo. Diez segundos después volvió a entrar con un frasco en la mano.

—Aún quedaba una. Bébetela, esta noche prepararé más.

Hermione cogió el frasco lleno de una poción de color transparente y se lo bebió de un trago, dejándolo ya vacío en su mesita de noche y poniéndose de pie.

—Últimamente se nos olvida mucho, Draco.

Él estaba buscando ropa en el armario.

—Da igual. Para eso está la poción —dijo, encogiéndose de hombros.

—¿Y si un día también se nos olvida la poción? Somos muy jóvenes, y no...

Draco se dio media vuelta con mala cara, pero sonrió al verla con su pijama violeta y el pelo revuelto.

—Tranquila, no dejaré que vuelva a pasar. Yo me encargo del hechizo a partir de ahora.

Hermione asintió y él salió del cuarto, dirigiéndose al baño del pasillo para darse una ducha.

Ella eligió ropa para ese día y entró en el cuarto de sus padres, la única habitación que seguía exactamente igual. Draco nunca entraba ahí y se negaba a usar el que fue el baño del matrimonio Granger así que se había convertido en su aseo personal.

Veinte minutos después bajó las escaleras con su vestido gris ya puesto y un abrigo en la mano. Draco estaba en la cocina, esperándola en la mesa con una taza de té entre las manos.

Ella se sentó en la otra silla y sonrió al ver el desayuno que había preparado.

—Se ha hecho un poco tarde. Tendrás que comer rápido —le advirtió él, que ya había terminado.

Hermione hizo una mueca y terminó las tostadas lo más rápido que pudo. Mientras, Draco llenó de comida el comedero de Crookshanks y, cuando el gato se acercó para agradecérselo, le rascó la barbilla.

Ella bebió un último sorbo de té y con un movimiento de varita hechizó todos los platos para que se limpiaran solos.

Acarició suavemente el lomo de su mascota y salió al salón. Draco ya la estaba esperando junto a la chimenea.

—A Ron no lo puede ni ver, a Harry lo tolera... pero a ti te adora desde el principio. No lo entiendo —comentó, levantando una ceja y cogiendo un puñado de polvos Flu.

—Tu gato es listo. Sabe que yo soy mucho mejor que esos dos idiotas —contestó Draco con una sonrisa burlona.

Hermione le dio un pequeño empujón con el hombro y lanzó los polvos sobre la chimenea, gritando su destino. Las llamas verdes la envolvieron y poco después salió al Atrio del Ministerio de Magia, rodeada de decenas de magos que caminaban en todas direcciones.

Aunque ya llevaba algo más de un año trabajando allí, todavía le impresionaba. En el techo flotaban símbolos y figuras doradas que no dejaban de moverse, tan brillantes que se reflejaban en el oscuro suelo de madera.

Miró hacia la derecha y suspiró al ver la nueva fuente. La habían instalado cuando terminó la guerra, destruyendo la anterior. Era una escultura donde había más de treinta figuras humanas sujetando sus varitas y entre ellas se podían distinguir rostros como el de la profesora Mcgonagall o Luna Lovegood. Delante de todos ellos tres figuras miraban al frente, cogidas de la mano.

Hermione arrugó la nariz. Odiaba verse a sí misma esculpida en piedra... aunque la imagen de Ron y Harry sujetando su mano mientras los tres sonreían era un bonito recuerdo del final de tantos años de lucha contra Voldemort.

Dos segundos después, Draco salió de la misma chimenea y ambos se dirigieron a la puerta que conducía a los ascensores.

Se subieron en uno donde había un hombre joven con una túnica negra y las rejas de oro labrado se cerraron de golpe. Draco sujetó una de las cuerdas doradas del techo y Hermione hizo lo mismo. El ascensor salió despedido hacia atrás a toda velocidad y ella tuvo que agarrarse a su hombro para no golpearse contra una de las paredes.

Escuchó una risita y su brazo derecho le rodeó la cintura, acercándola más a él y establizándola. Hermione miró al techo donde cuatro memorándums morados volaban sobre sus cabezas.

El ascensor bajó una planta y se detuvo.

"Novena planta. Departamento de Misterios."

—¿Te recojo luego para comer? —preguntó Draco, inclinándose sobre ella y mirándola a los ojos.

Ella asintió y él le dio un beso rápido mientras se abrían las verjas doradas del ascensor. Salió al pasillo central y miró hacia atrás, guiñando un ojo.

Hermione sonrió y se sujetó mejor a las cuerdas. El ascensor empezó a ascender muy rápido, sin detenerse en el resto de plantas.

—No entiendo cómo puedes estar con alguien como él.

Hermione pestañeó varias veces y miró al hombre que estaba a su lado. Lo conocía de vista, era hijo de muggles como ella y un par de años mayor. Trabajaba en el Departamento de Mantenimiento Mágico y era uno de los que se encargaba de controlar y reparar los veinticinco ascensores.

—¿Por qué dices eso, Wilson?

—Los sangre pura me dan asco. Son todos unos racistas que desearían vernos muertos —respondió él, haciendo una mueca y apartando la mirada.

Ella se quedó callada un momento, intentando asimilar lo que acababa de escuchar.

—No todos son así. De hecho ya casi ninguno piensa de esa forma, solo los que están en Azkaban.

—Son todos iguales —contestó Wilson, arrugando la nariz.

Hermione iba a hablar pero el ascensor se detuvo de golpe, anunciando que ya estaban en la primera planta. Las verjas doradas se abrieron y ella salió.

Miró hacia atrás mientras se cerraban otra vez.

—Estás muy equivocado.

Wilson se encogió de hombros y el ascensor salió disparado hacia abajo, desapareciendo.

Hermione se frotó la sien y avanzó hacia el despacho del Ministro de Magia. Abrió una puerta caoba y entró.

Al fondo estaba una mesa oscura tras la que había una enorme ventana desde donde se podía ver el cielo azul. El Ministerio estaba escondido bajo tierra, pero las ventanas tenían un hechizo para que no lo pareciera.

Apartó la silla giratoria y se sentó tras su escritorio, suspirando. El día anterior había estado lloviendo en todo el Ministerio y era deprimente trabajar así. Alguien debía haberse quejado para que ese día decidieran poner una mañana soleada tras las ventanas.

Hermione sacudió la cabeza y decidió olvidar la extraña conversación con Wilson. Desde la caída de Voldemort muchos hijos de muggles odiaban a los sangre pura, culpándolos por todos los asesinatos y torturas que hubo durante el año que los mortífagos controlaron el Ministerio.

Empujó su silla hasta una de las estanterías y sacó un archivador. Necesitaba preparar todo lo referente a la reunión que Arthur Weasley iba a tener con el Primer Ministro muggle en una semana. En seis meses iba a empezar la Copa Mundial de Quidditch, que se había retrasado varios años debido a la guerra, y necesitaban tener todo listo para la llegada de magos de todas partes del mundo.

Unos minutos después, la puerta se abrió y entró el señor Weasley.

—Tan puntual como siempre, Hermione —dijo como saludo, acercándose para besar su mejilla.

—Buenos días, Arthur. ¿Todo bien?

—Molly me ha pedido que os invite a ti y a tu novio a comer con nosotros este fin de semana. Ya va siendo hora de que lo conozcamos.

—Pero si ya lo conocéis —respondió Hermione con una risita nerviosa.

—No formalmente. Eres parte de la familia y quiero comprobar eso de que Draco Malfoy ha cambiado. Por mucho que Ron, Harry y Ginny aseguren que es cierto, no me lo creeré hasta que lo vea —comentó él, sonriendo.

Ella asintió.

—De acuerdo, lo hablaré con Harry. Este fin de semana íbamos a ir a comer con él.

—Pues venid todos a la Madriguera. Cuantos más, mejor —contestó Arthur, alzando las cejas.

Tras eso, abrió la puerta negra que daba a su despacho y entró, dejándola entreabierta.

Hermione suspiró, pensando en la cara que iba a poner Draco cuando le dijera que el sábado iba a comer con todos los Weasley además de con Harry Potter.

Sacó una pluma del segundo cajón y escribió lo que debían tratar con el ministro muggle, al igual que todas las personas que necesitarían protección durante los días que hubiera partidos de la Copa Mundial en Inglaterra.


Tras pasar todos los controles que había al salir del ascensor, Draco recorrió el pasillo de azulejos negros sin ventanas. La única luz que había provenía de las antorchas que estaban repartidas por la pared que eran algo extrañas y de luz blanca.

Sus ojos se detuvieron un momento en las escaleras que bajaban hasta la décima planta, donde estaba la sala del Wizengamot. Draco arrugó la nariz al recordar su juicio, encerrado en esa jaula como si fuera un asesino mientras todos los miembros del tribunal mágico lo observaban.

Sacudió la cabeza y abrió la única puerta que había al final del pasillo, entrando en el Departamento de Misterios.

Saludó con un gesto a los dos guardias que estaban en el recibidor circular y se dirigió a una de las seis puertas. Colocó su mano izquierda sobre la madera negra y, tras unos segundos, la puerta se abrió sola. Draco la atravesó y volvió a cerrarla, suspirando.

Empezó a caminar entre los estantes repletos de pequeñas esferas. La mayoría estaban cubiertas de polvo y brillaban, aunque las más antiguas ya apenas emitían luz. Repartidos por los estantes había velas que iluminaban todo con un tono azulado, y hacía bastante frío.

Draco cerró mejor su túnica y siguió caminando por el pasillo central, ignorando los susurros que se escuchaban saliendo de algunas de las esferas.

Giró a la derecha. Al final de aquel pasillo había dos mujeres y uno de sus mejores amigos, Blaise Zabini. Él también había empezado a trabajar en el departamento de Misterios el año anterior y, desde hacía siete meses, se juntaban cada dos semanas en la sala de las profecías.

—Te estábamos esperando —dijo una de las mujeres, que tenía unos veinticinco años y ojos azules.

—Solo he llegado un minuto tarde, Evans.

—Seguro que es culpa de Granger —murmuró Blaise con voz burlona.

—Cállate —gruñó Draco.

Blaise se rio entre dientes y las dos mujeres se apartaron, dejando que Draco se acercara a la estantería. Una de las esferas, la más brillante de todas, tenía una etiqueta donde estaba escrito lo siguiente:

Sybill Trelawney
Draco Malfoy
12 de Octubre de 1998

—¿Has conseguido averiguar si ese día pasó algo importante? —preguntó Blaise, mirando la esfera con curiosidad.

Draco apretó la mandíbula y alargó la mano izquierda, rozando el pequeño cristal. Los únicos que podían tocar las profecías eran los que salían en ella y el guardián de la sala, que actualmente era Kate Evans, una de las mujeres que estaba a su lado. Cualquier otra persona que intentara cogerlas se volvería loca al instante.

—Aquel año leía el periódico todas las mañanas. He estado revisando mis recuerdos en el pensadero de mi padre y ese doce de octubre fue el primer día que le di un beso de verdad a Hermione, cuando me colé en su dormitorio —susurró, levantando la esfera con cuidado.

Los otros tres magos lo rodearon cuando la esfera brilló con más fuerza. La voz de su antigua profesora de Hogwarts surgió del pequeño recipiente, recitando la profecía que ya se sabían de memoria.

"Tres años después de la derrota del Señor Tenebroso, un nuevo poder maligno se alzará... los amigos se volverán enemigos, familias enteras perecerán a manos de aquellos a los que tanto despreciaban... y solo ellos podrán detener la masacre... aquel que renunciará a todo para estar con ella y que se enfrentará a su propia familia... aquellos que se odiaban pero pronto se amarán... solo juntos podrán hacer frente a la nueva amenaza... sangre pura y sangre sucia, juntos descubrirán quién quiere acabar con lo que queda de las antiguas familias... y evitarán que un nuevo régimen llegue al poder... tres años después..."

La voz se fue apagando hasta desaparecer. Draco volvió a dejar la esfera en su sitio y cerró los ojos, llevándose la mano al cuello y ladeando la cabeza hasta que sus músculos crujieron. La profecía de su profesora le daba escalofríos desde que la había escuchado el día que conoció a Evans, cuando ella se la mostró.

—¿Quién decidió que esta profecía hablaba sobre mí? —preguntó, mirando a las dos mujeres.

—En cuanto se hizo público que estabas saliendo con Hermione Granger, los Inefables que la habíamos oído lo decidimos y por eso escribí tu nombre. Pero no pensé más en ello hasta que te vi y recordé que por aquí había una profecía para ti —respondió Kate con una ceja levantada.

Draco asintió. La primera vez que la escuchó estaban Kate y él solos, y esa noche Hermione tuvo que despertarlo porque se estaba retorciendo en medio de una pesadilla.

—Pero podría ser cualquier otra pareja que esté formada por un sangre pura y una hija de muggles —añadió Mary White, la otra mujer.

Ella tenía treinta y nueve años y era la que más tiempo llevaba trabajando allí.

—Es una posibilidad, aunque vosotros sois los únicos que os odiabais desde pequeños. Y, si lo que has dicho es verdad, justo el día que se hizo esta profecía empezó a cambiar todo, y os enamorasteis poco después. Tú mismo lo has dicho, Draco... las fechas coinciden. Y te enfrentaste a tu padre y a todos por ella. Está claro que habla de ti y de Granger —opinó Blaise, rascándose la barbilla.

Draco frunció el ceño.

—Yo no lo tengo tan claro, y eso que ya la hemos oído decenas de veces... pero sí, puede ser —admitió entre dientes, resoplando.

—Estamos en octubre y el tercer aniversario se cumple en siete meses. Todavía nos queda tiempo para averiguar lo que va a pasar y detener a los culpables antes de que sea demasiado tarde —comentó Mary, observando la esfera con atención.

—Seguimos igual de perdidos que al principio. Que sepamos, el mundo mágico está en paz y no hay nadie que esté tramando algo malo —murmuró Blaise con rostro serio.

—Exacto... que sepamos —añadió Draco, entrecerrando los ojos.

Le daba la impresión de que la profecía hablaba sobre "Los Sagrados Veintiocho", las familias británicas de sangre pura que nunca se habían mezclado con mestizos o nacidos de muggles. Todo eso sobre las familias antiguas probablemente se refería a ellos.

—¿Sigues pensando que se refiere a las familias de sangre pura? —preguntó Blaise, como si pudiera leerle la mente.

Draco asintió.

—"Los Sagrados Veintiocho" son las familias más antiguas de Inglaterra... pero también puede referirse a las familias de sangre pura en general. Tal vez todos estemos en peligro.

Blaise torció los labios y desvió la vista, seguramente pensando en sus hermanos. Las dos mujeres suspiraron aunque sus rostros estaban más tranquilos. Ellas eran mestizas y por lo tanto no tenían de qué preocuparse.

—Seguiremos atentos por si pasa algo, y nos vemos aquí en dos semanas para poner las ideas que tengamos en común. Al final se nos ocurrirá algo —dijo Kate antes de alejarse por uno de los pasillos.

Mary la siguió y los dos amigos se quedaron solos.

—¿De verdad crees que estamos en peligro? ¿Vienen a por nosotros? —preguntó Blaise con voz preocupada.

—Parece que sí pero no tengo ni idea de quiénes son.

Draco giró sobre sus talones y caminó por el pasillo que había recorrido para llegar hasta allí.

—Tal vez a Granger se le ocurriría algo.

—Sabes que no puedo decirle nada... y además, solo serviría para que se preocupara. Esto tenemos que solucionarlo nosotros —murmuró Draco entre dientes.

Los dos recorrieron los estantes en silencio, comprobando que las miles de profecías estuvieran bien. De vez en cuando cogían las que se habían apagado por completo, desvaneciéndolas con un gesto de su varita.

Aquellas que ya se habían cumplido o que habían dejado de tener sentido se apagaban, y cualquier Inefable podía tocarlas y hacerlas desaparecer.