Capítulo Tres

La Mansión Malfoy


La puerta volvió a abrirse y Hermione levantó la vista, encontrándose con los ojos verdes de su mejor amigo. Harry se acercó a ella y se sentó en una de las sillas frente a su mesa, sonriendo.

—Me dijiste que hoy vendrías a hablar conmigo a las once.

Hermione frunció el ceño y miró hacia el reloj que había en una de las paredes, comprobando que eran las once y media. Llevaba más de tres horas trabajando sin parar y ni siquiera se había acordado de subir al segundo piso y buscar a Harry en la Oficina de Aurores.

—Lo siento, Harry. Todo esto del mundial me pone nerviosa, hay muchísimas cosas que hacer —murmuró, cerrando una de las carpetas y dejando su pluma sobre ella.

Hermione apoyó los dos codos sobre la mesa y suspiró, cerrando los ojos.

—¿Entonces vendréis el sábado a Grimmauld Place? Ginny tiene descanso, las Arpías de Holyhead no tienen partido y va a pasar el fin de semana allí conmigo —comentó Harry, mordiendo la manzana que llevaba en la mano.

—Creo que hay cambio de planes... Molly quiere que todos vayamos a la Madriguera.

Harry torció los labios.

—No me gusta cuando nos juntamos tantos allí. Es como si nos aprovecháramos de los Weasley y su hospitalidad —dijo, mirando a su amiga a los ojos.

Hermione se encogió de hombros. La puerta del despacho del Ministro se abrió del todo y Arthur salió con varios pergaminos en las manos. Sonrió al ver a Harry y se acercó a ellos.

—¡Harry! ¿Qué haces por aquí?

—Tengo un rato libre y he venido a hablar con Hermione —respondió él, levantándose y estrechando la mano del Señor Weasley.

—¿Ya te ha dicho que el sábado estaremos todos juntos? Molly va a preparar estofado y comeremos en el jardín. Me temo que somos demasiados para caber en el comedor —dijo Arthur, riendo entre dientes.

—Lo sé, creo que es mucha molestia...

—¡Tonterías! Ella y tú sois parte de la familia y siempre sois bienvenidos. De hecho, si veis a Luna, decidle que venga también. Hace mucho que no la vemos —propuso el Señor Weasley, golpeando cariñosamente a Harry en el hombro.

Tras eso, salió del despacho de Hermione y lo vieron caminar hacia los ascensores.

Harry miró a su amiga y los dos se rieron. El Señor Weasley siempre había sido como un padre para él y ella se sentía igual desde que perdió a los suyos.

—Parece que toca reunión familiar —comentó ella, todavía riendo.

—Sí, nos vemos el sábado allí. Será divertido ver a Malfoy en la Madriguera —dijo Harry, mirando su reloj de pulsera y rodeando la mesa para darle un abrazo rápido.

Salió del despacho a toda prisa y Hermione volvió a concentrarse en las medidas de seguridad que se iban a tomar para el campeonato, revisando que todo estuviera bajo control.

No mucho rato después sintió una sensación rara, como si alguien la estuviera observando. Levantó la mirada y palideció al ver a Draco apoyado en el marco de la puerta, mirándola fijamente con una sonrisa traviesa.

—No está mal. Esta vez solo has tardado un minuto en darte cuenta de que estoy aquí —murmuró con voz burlona.

Hermione cerró los ojos y exhaló lentamente.

—Odio que hagas eso. Desde que eres un inefable eres peor que un ninja, te has vuelto demasiado sigiloso —protestó en voz baja mientras intentaba organizar el desorden de su mesa.

—¿Ninja? —repitió Draco, frunciendo el ceño.

—Son unos guerreros muggles que saben moverse sin ser vistos y luchan mejor que nadie. Salen en muchas películas —explicó Hermione, poniéndose de pie y caminando hacia él.

El reloj de la pared decía que eran las doce y media. Aquella mañana se le había pasado volando.

Draco rodeó su cintura con los brazos en cuanto la tuvo cerca y besó su frente.

—Ninja... me gusta, puedes llamarme así.

Ella puso los ojos en blanco y le dio un golpe en el hombro, provocando su risa. Caminaron juntos hacia los ascensores y bajaron hasta la octava planta, donde se encontraban el Atrio y las chimeneas doradas conectadas a la Red Flu. Todas estaban siempre en funcionamiento y las llamas verde esmeralda nunca desaparecían. Entraron juntos en una de las grandes, que permitía que viajaran hasta tres personas juntas, y Draco dijo su destino.

Pocos segundos después salieron a través de la chimenea del Caldero Chorreante. Hermione sujetó su mano y, una vez que él transfiguró su túnica en un abrigo negro, atravesaron la puerta que daba al Londres muggle.

Recorrieron un par de calles hasta que llegaron a un pequeño restaurante chino, uno de los favoritos de Hermione. Una camarera los recibió y los acompañó hasta la única mesa libre que había junto a una ventana. Los dos se sentaron y ella les dejó una carta, marchándose en silencio.

—Nos queda solo media hora para comer. Deberíamos haber ido a la cafetería del Ministerio —comentó Hermione mientras decidía lo que iba a pedir.

—Estoy harto de esos sándwiches de mierda. Si no cambiamos de vez en cuando me volveré loco —gruñó Draco, dejando la carta sobre la mesa.

Ella sonrió, negando con la cabeza.

—Pansy tiene razón. Eres la reina del drama, Draco.

—¿Reina? ¿Acaso soy una mujer? —preguntó él, entrecerrando los ojos.

La camarera volvió y ambos pidieron sus platos favoritos. Hermione también pidió una cerveza para cada uno. Cuando la chica se alejó, Draco apoyó los codos sobre la mesa y se inclinó, acercando más su rostro al de Hermione.

—Si necesitas que te recuerde lo hombre que soy, puedo hacerlo cuando quieras —susurró, arqueando las cejas y mirándola con un brillo peligroso en sus ojos.

Hermione sonrió y sintió que sus mejillas se encendían.

—Déjame cambiar lo que he dicho. Eres el rey del drama, Draco.

—Mucho mejor —aceptó él, entrelazando los dedos de sus manos sobre la mesa.

Hermione observó un momento el anillo que llevaba en la mano izquierda, símbolo de la casa Malfoy.

—¿Cuándo te dio ese anillo tu padre? Recuerdo verte con él desde tercer año pero no estoy segura de si lo llevabas antes —murmuró, levantando la vista para mirar a Draco.

Él le dedicó una sonrisa torcida.

—Con catorce años ya te fijabas en mí, ¿eh? Ese fue el año que me lo dio.

—No me fijaba en ti, simplemente eras un idiota que me insultaba y me gustaba tenerte controlado —contestó Hermione, chasqueando la lengua.

—Si quieres engañarte a ti misma, de acuerdo... pero seguro que no me mirabas solo por eso —dijo Draco en voz baja, moviendo las cejas.

Ella resopló y se cruzó de brazos.

—No empieces con tus tonterías de creído, Malfoy. Además, creo recordar que te pillé muchas veces mirándome —respondió, ladeando la cabeza y mirando a Draco a los ojos.

Vio algo en ellos que le dio un escalofrío.

—Eras bastante guapa pero tenía que odiarte. Por eso te insultaba cada vez que estabas cerca, tenía que hacer algo para no pensar en ti de esa forma.

Hermione se quedó sin aliento.

—¿Lo dices en serio? ¿Pensabas que era guapa?

—Me empezaste a llamar la atención en tercer curso, aunque nunca lo admití ni conmigo mismo. Y ya sabes cuándo me fijé en ti de verdad —confesó Draco, jugando con el tenedor entre sus dedos.

Sí, Hermione lo sabía. Recordaba perfectamente cuando entró en el compartimento donde él estaba sin querer, aquel primer día de su octavo año en Hogwarts, y sus ojos grises recorriendo su cuerpo rápidamente.

La camarera apareció con su comida y, tras dejar los platos, volvió a alejarse. Hermione empezó a comer sin dejar de mirar a Draco, que seguía girando el tenedor con su mirada fija en ella.

—¿Eso es verdad?

—Yo no miento. A ti no.

Hermione asintió y bajó la mirada a su plato, sonrojándose otra vez. Draco y ella habían cruzado miradas cientos de veces mientras estuvieron en Hogwarts y siempre creyó que él la miraba porque la odiaba. Saber que en realidad estaba intentando encontrar más razones para odiarla y no pensar en ella lo cambiaba todo.

Ella siempre había pensado que él era uno de los chicos más atractivos de su edad, pero como tenía una personalidad horrible nunca se fijó en él.

—¿Y por qué no lo llevas en la mano derecha?

Él la miró fijamente con el entrecejo arrugado.

—Ya sé que eres zurdo pero supongo que la tradición dice que se lleve en la derecha.

—Deberías tener claro lo poco que me importan las tradiciones —contestó Draco.

Comieron rápido mientras compartían anecdotas sobre sus años en el colegio y, tras pagar la cuenta, volvieron hacia el Caldero Chorreante. Atravesaron la chimenea por turnos y, cuando Hermione salió al Atrio del Ministerio, Draco la estaba esperando junto a uno de los ascensores, sujetando la verja dorada.

Corrió hacia él y los dos entraron en el ascensor, que se cerró y empezó a subir al instante. Draco se agarró a una de las cuerdas y Hermione se sujetó a su cintura, apoyando la cabeza en su hombro. Estaban solos en el ascensor y podían ser todo lo cariñosos que quisieran.

Como si él le hubiera leído la mente, levantó su barbilla con una mano y la besó despacio, profundizando el beso poco a poco. Hermione suspiró al sentir sus dedos acariciando su mejilla y enredándose en sus rizos mientras él mordisqueaba suavemente su labio inferior.

Se separaron cuando la voz metálica anunció que estaban en la primera planta y ella salió del ascensor.

—Nos vemos en casa.

Hermione se dio media vuelta y le dedicó una sonrisa. La verja dorada se cerró y el ascensor volvió a bajar.

Avanzó hacia la puerta de su despacho tocándose los labios. Los besos de Draco todavía la dejaban un poco atontada y necesitaba estar concentrada lo que quedaba de tarde.

Todavía le parecía increíble que, antes de empezar a estar juntos, él nunca hubiera querido besar a las chicas. A ella siempre tenía ganas de besarla, y a todas horas.

Pocas cosas la hacían sentirse tan especial como eso.


Draco surgió entre las llamas verdes de la chimenea de casa de los Granger, encontrando a Hermione sentada en su sillón favorito.

Tenía la cabeza apoyada en uno de los brazos y los pies colgando del otro. Crookshanks estaba sentado sobre su barriga y ella tenía la varita en su mano.

Un libro estaba levitando sobre su cabeza. Hermione agitó la varita al verlo y este se cerró de golpe, volando hasta posarse sobre la mesa del comedor.

—¿Llevas mucho esperando? —preguntó Draco, caminando hacia ella.

Crookshanks bajó de un salto al suelo y Hermione se levantó, mirando de reojo el reloj que había sobre la pared. Las seis y media.

—No, solo media hora. Hoy has vuelto antes.

—Porque mi madre se enfada si la hacemos esperar. Le gusta cenar a esta hora.

—Creo que debería cambiarme de ropa —comentó Hermione, girándose hacia las escaleras.

Draco la detuvo agarrando uno de sus brazos y sacudió la cabeza.

—No lo hagas. Me gusta este vestido —susurró, recorriendo la cintura de Hermione con sus manos.

—Es muggle... seguro que ellos preferirían verme con una túnica.

—Si no les gusta, que se jodan.

—¡Draco! No me gusta que hables así de ellos, son tus padres —protestó Hermione en voz baja, mirándolo a los ojos.

Él se encogió de hombros.

—Me da igual lo que piensen, tienes que ser tú misma. Si les gusta, bien... y si no, también.

Ella puso los ojos en blanco pero no pudo evitar sonreír. Se puso de puntillas y dejó un beso rápido en sus labios, tras lo que agitó su varita. Su abrigo levitó hasta ella y se lo puso, sujetándose al brazo de Draco.

Él la miró de reojo, levantando una ceja, y justo después los dos desaparecieron con un pequeño crujido.

Aparecieron justo delante de los límites de la Mansión Malfoy, en Wiltshire. Draco sujetó una de sus manos y caminó con ella hasta la verja, atravesándola como si estuviera hecha de humo. Los dos siguieron el sendero de piedra que conducía hasta la gigantesca casa.

—Me molesta que no puedas aparecerte dentro de la mansión o usar sus chimeneas. Eso de que solo podamos hacerlo los Malfoy es un atraso —gruñó Draco entre dientes.

Hermione apretó su mano.

—Esta magia es muy antigua. Voldemort pudo cambiarla, pero con su muerte todo volvió a la normalidad. Y no me importa tener que estar agarrando tu mano para poder pasar —dijo, inclinándose sobre su hombro mientras andaban.

Draco apretó los dientes y no contestó, apoyando la mejilla en la cabeza de Hermione. Como siempre, ella era demasiado comprensiva y no le daba importancia a esas cosas, pero a él le fastidiaba no poder utilizar las chimeneas de la mansión con ella, y no poder aparecerse directamente en el jardín o en su cuarto si tenía que ir con Hermione.

Las enormes puertas de la mansión se abrieron cuando se acercaron y una pequeña elfa les recibió.

—¡Amo Malfoy! —gritó con entusiasmo al verlos.

—Te he dicho cientos de veces que me llames Draco, Minsy. Hace años que eres libre y ya no somos tus amos —respondió Draco, poniendo los ojos en blanco.

Ella se tiró de las orejas con nerviosismo.

—¡No hagas eso! Tranquila, Minsy —susurró Hermione, agachándose y sujetando las manos de la elfa para apartarlas de sus orejas.

—Señorita Granger, hoy Minsy ha preparado su plato favorito.

—Muchas gracias, de verdad. No hacía falta —contestó Hermione, volviendo a ponerse de pie.

—¡Claro que sí! La señorita Granger viene poco y Minsy quiere que se sienta como en su casa. Los amos les esperan en el comedor del ala este —añadió la elfa, desapareciendo con un chasquido.

Draco volvió a sujetar la mano de Hermione y juntos caminaron por el ala este de la mansión, llegando hasta el comedor donde ella había comido por primera vez con la familia Malfoy hacía más de quince meses.

Él abrió una de las puertas y Hermione la atravesó. Lucius y Narcissa Malfoy estaban sentados en uno de los sofás que había en la esquina de la habitación y se levantaron al verlos.

—Hermione, querida —saludó Narcissa, acercándose para besarla en la mejilla.

—Hola, Señora Mal... quiero decir, Narcissa.

Narcissa le dedicó una pequeña sonrisa y Lucius inclinó un poco la cabeza.

—Bienvenida, Señorita Granger.

Hermione se sintió incómoda, como cada vez que estaba cerca de Lucius. Un apretón en su mano le recordó que Draco todavía no la había soltado.

—Gracias, Señor Malfoy. Siempre es un placer venir a visitaros.

Lucius alzó las cejas y Hermione desvió la mirada. Los dos sabían que eso era una gran mentira y que preferiría estar en cualquier otro sitio.

—Bien, vamos a la mesa. La comida ya está preparada —les apremió Narcissa.

Draco apartó una silla y, una vez que Hermione se había sentado, tomó asiento justo enfrente. Narcissa siempre insistía en que Hermione se sentara a su lado para poder hablar con ella. Lucius ocupaba la silla principal teniendo a un lado a su hijo y al otro a su mujer.

Hermione cogió la servilleta y se la puso en su regazo, frunciendo el ceño al ver que había dos tenedores diferentes junto a su plato. Solamente veía cosas así en la Mansión Malfoy.

Al levantar la vista, se dio cuenta de que Draco la estaba observando con expresión divertida.

—Cuéntanos, Hermione. ¿Cómo va todo por el Ministerio? A Draco no puedo preguntarle, nunca quiere decir nada sobre su trabajo —comentó Narcissa en voz baja, mirando de reojo a su hijo.

El primer plato apareció delante de ellos. Una crema de pepino con queso y trozos de jamón.

—No es que no quiera, es que no puedo decir nada —protestó Draco, cogiendo la cuchara.

Hermione sonrió y también empezó a comer. Minsy apareció y llenó todos sus vasos de vino tinto, desapareciendo de nuevo sin decir nada.

—Todo va bien. Ahora estamos preparando la reunión con el Primer Ministro muggle para hablar sobre sobre las medidas que vamos a tomar para la Copa Mundial de Quidditch. Hay que intentar que los muggles no se den cuenta de nada y cuando vienen magos de todas partes del planeta es bastante complicado —explicó Hermione, bebiendo un sorbo de vino.

—¿Ya hay fecha? —preguntó Draco con curiosidad.

—Los partidos empezarán el quince de abril, y la final será el dos de mayo.

Draco frunció el ceño y apretó la mandíbula.

—Lo sé. La final va a coincidir con el aniversario de la Batalla de Hogwarts pero no puede ser en otras fechas. Tiene que ser antes de verano —añadió Hermione, suspirando.

—¿Qué partidos se van a celebrar en Inglaterra? —preguntó Lucius.

—Dos de los cuartos de final, y la final. Van a utilizar el mismo estadio que construyeron cuando fue la final entre Irlanda y Bulgaria... ¿te acuerdas, Draco? —respondió Hermione, buscando la mirada de su novio.

Sus ojos grises se oscurecieron.