Capítulo Cuatro
El antiguo cuarto de Draco
Hermione recordaba perfectamente haber visto a los Malfoy aquel día. Se cruzaron con ellos mientras buscaban sus asientos con el Señor Weasley y, como siempre, Draco y su padre aprovecharon para burlarse de ellos.
Tampoco había podido olvidar lo que pasó después, cuando una decena de mortífagos apareció en el campamento donde estaban todos los asistentes al partido y atacaron a varios muggles. Harry, Ron y ella se encontraron con Draco mientras intentaban escapar del caos, y él le advirtió a Hermione con voz burlona que se escondiera bien porque los mortífagos irían a por ella si la veían.
—Sí, me acuerdo de aquella final —respondió Draco con mala cara.
No le gustaba recordar su pasado, cuando todavía era un completo idiota lleno de prejuicios.
La final sería el día que hacía tres años de la muerte de Voldemort, cuando la profecía avisaba de que se alzaría un nuevo poder maligno... y habría un estadio con cien mil brujas y magos dentro, muchos de ellos sangre pura.
Todo aquello tenía muy mala pinta, tenían que descubrir lo que estaba pasando antes de que llegara aquel día.
En cuanto volviera a ver a Blaise en el Departamento de Misterios lo hablaría con él.
Hermione sintió la tensión que se había formado en la habitación al mencionar ese día y decidió hablar de otra cosa.
—Tal vez este año también llegue Bulgaria a la final, así que puede que vendrá Viktor y podría presentároslo.
—¿Conoces a Viktor Krum, Hermione? —preguntó Narcissa con ojos sorprendidos.
—Nos conocimos durante el Torneo de los Tres Magos. Somos amigos y de vez en cuando nos escribimos cartas —respondió ella, mirando a Draco de reojo.
Él había levantado una ceja y la miraba fijamente.
—Ese chico es uno de los mejores buscadores del mundo. Me encantaría poder conocerlo —comentó Lucius en voz baja.
Draco le lanzó una mirada de odio a su padre y Lucius apretó los labios para contener una sonrisa.
—Si viene al país os lo presentaré a los tres —dijo Hermione, sonriendo.
—Yo ya lo conozco —escupió Draco entre dientes.
—¿Llegaste a hablar con él? —preguntó ella.
Sabía bien que no. Recordaba haber visto a Draco tan emocionado como Ron cuando los alumnos de Durmstrang aparecieron en el Gran Comedor.
Pero, en cuanto vieron que Viktor estaba interesado en ella, la fascinación que los dos sentían por él desapareció... aunque por razones muy diferentes.
Draco sacudió la cabeza y dejó la cuchara sobre su plato.
—Pues te lo presentaré. Seguro que quiere conocerte —añadió Hermione, sospechando que Draco estaba sintiendo celos.
—No tengo ningún interés en conocer a ese búlgaro.
—No digas tonterías, Draco. Con trece años tenías varios posters de él en tu habitación, aunque con catorce los quitaste al volver de Hogwarts. ¿Por qué lo hiciste? —preguntó Narcissa, eligiendo uno de los tenedores sin mirar a su hijo.
—Madre —protestó Draco entre dientes.
Los platos vacíos desaparecieron y, en su lugar, apareció uno llano con un filete de pescado envuelto en salsa blanca.
Hermione se rio en voz baja e imitó a Narcissa, cogiendo el mismo tenedor que ella.
—¿Qué pasa? ¿Es algo que no quieres que Hermione sepa? —preguntó la mujer con voz inocente y un brillo travieso en sus ojos.
Draco resopló y clavó su tenedor en el pescado con demasiada violencia.
—Una vez que vi a Krum en persona, me di cuenta que era un idiota creído y dejó de ser uno de mis ídolos al instante.
—¿Qué fue lo que hizo que te molestó tanto? Porque tú también eras un creído y un idiota en esa época, Draco —comentó Hermione.
Lucius casi se atragantó con el vino, tosió varias veces y dejó la copa en la mesa. Narcissa se llevó una mano a los labios, intentando esconder su sonrisa, pero el movimiento de sus hombros la delataba. Se estaba riendo.
Draco entrecerró los ojos y apretó los puños, mirando fijamente a Hermione.
—Él era uno de los sangre pura más famosos en ese momento y decidió llevarte al baile. Eso no me gustó.
—¿Por qué? ¿Por que yo era una hija de muggles?
—Exacto.
—¿Seguro que fue solamente por eso? No lo veo una razón para empezar a odiar a Viktor, fue solo una noche.
—No fue solo esa noche. Se pasaba los días persiguiéndote, todos lo veíamos —gruñó Draco con voz grave.
—No me digas que sentiste celos —dijo Hermione con voz burlona, levantando una ceja.
Draco se limpió los labios con la servilleta sin apartar la mirada de ella. Parecía que los dos se habían olvidado de que no estaban solos.
—Puede ser... aunque en ese momento solo sabía que te odiaba, y odiaba mucho más que él estuviera cerca de ti.
Narcissa y Lucius cruzaron una mirada cómplice.
—Jamás imaginé que te escucharía diciendo estas cosas, Draco. Es demasiado divertido —comentó Narcissa, girando su copa de vino.
Lucius asintió en silencio, pero Draco seguía pendiente de Hermione como si no los hubiera escuchado.
—¿Por eso te molesta tanto que me escriba? ¿Crees que sigue interesado en mí? —preguntó ella con incredulidad.
—Obviamente. Krum no va a parar hasta que consiga tenerte.
Lucius carraspeó y su hijo lo miró de reojo.
—¿Qué pasa? A ti también te molestaría que un búlgaro famoso fuera detrás de ella —gruñó Draco, señalando con los ojos a su madre.
Lucius y Narcissa se rieron en voz baja.
—Eso no es verdad, Draco. Y aunque lo fuera, ¿crees que Viktor conseguiría algo de mí? —preguntó Hermione con ojos peligrosos.
Draco tragó saliva y bajó la mirada a su plato, que ya había vuelto a llenarse con un filete acompañado de verduras a la plancha.
—No —admitió en voz baja, sujetando un cuchillo.
El rostro de Hermione se suavizó y una pequeña sonrisa curvó sus labios.
—Entonces no hay ningún problema. Os lo presentaré a los tres, y tú serás especialmente amable.
Draco arrugó la nariz y siguió comiendo sin decir nada.
—Maravilloso. Estoy deseando volver a ir a una final de Quidditch y poder conocer a Viktor Krum —dijo Narcissa, muy sonriente.
—¿Nos avisarás cuando las entradas estén a la venta? —preguntó Lucius, mirando a Hermione.
Ella asintió y Narcissa cambió de tema.
En cuanto dejaron de hablar de Viktor los hombros de Draco se relajaron y Hermione se mordió el labio cuando lo notó, intentando no reírse.
Le encantaban sus pequeños ataques de celos, y él odiaba que a ella le resultaran tan divertidos.
Hermione dejó la servilleta sobre la mesa y suspiró. Después de tres platos y el postre no podía sentirse más llena.
—Estaba todo delicioso, Narcissa. Como siempre.
—Me alegra saberlo. ¿Te ha gustado la lubina hoy?
—Me encanta, es mi pescado favorito desde que lo probé aquí —admitió Hermione con una sonrisa.
—Lo sabemos, por eso Minsy siempre quiere prepararlo cuando vienes.
La sonrisa de Hermione se amplió y se sorprendió al ver a Draco a su lado. No se había dado cuenta de que él se había levantado.
Él la miró de reojo, con las dos manos sobre el respaldo de su silla. Ella se incorporó un poco y él la apartó, sujetando una de sus manos y caminando con ella hacia la puerta.
Ya llevaban casi año y medio saliendo pero Hermione no se acostumbraba a estar con alguien que fuera tan caballeroso.
—Espera, Draco.
Él se detuvo antes de abrirla y miró a su madre, extrañado.
—¿Por qué no os quedáis esta noche aquí? Es tarde y hay habitaciones de sobra, podéis usar una de invitados o tu antigua habitación.
Draco frunció el ceño y giró la cabeza hacia Hermione, que se encogió de hombros.
—No sé, madre. Tenemos todas nuestras cosas en casa de Hermione, y mañana madrugamos para ir al trabajo...
—Eso no es un problema. En tu dormitorio hay ropa tuya y seguro que a Minsy no le importa ir en un segundo a por algo para Hermione.
La elfa apareció al escuchar su nombre.
—¿Qué necesita la señorita Granger? —preguntó, mirando a Hermione con sus grandes ojos verdes.
Ella dudó, pero al final suspiró y se agachó para hablar con Minsy.
—Si pudieras ir a mi cuarto y traerme ropa limpia te lo agradecería mucho. En el armario hay un vestido rojo, y en el primer cajón guardo mi ropa interior —pidió en un susurro.
La elfa asintió y desapareció con un chasquido.
Narcissa se acercó a ellos. Lucius se quedó detrás, apoyando la cintura en la gigantesca mesa de roble.
—No creo que mañana podamos desayunar juntos, así que me despido ahora. Hermione, querida... ¿querrías tomar el té conmigo este domingo en el callejón Diagon?
Hermione pestañeó varias veces, muy sorprendida. Nunca había estado a solas con Narcissa.
—¿Nosotras? ¿Solas? —preguntó, confundida.
—Quiero comprar algunos libros y me gustaría que me acompañaras. Desde pequeño, Draco siempre nos contaba que te encanta leer.
Él se rio entre dientes.
—Más bien que era una tragalibros, y lo sigue siendo.
Hermione le dio un codazo en las costillas y él hizo una mueca.
—Será un placer acompañarte, Narcissa —aceptó ella, sonriendo.
Narcissa correspondió a su sonrisa y volvió a besarla en la mejilla.
—Nos vemos el domingo. Que descanseis.
Lucius no dijo nada y Draco volvió a tirar de su mano, sacándola del comedor.
Caminaron por la mansión en silencio hasta que estuvieron seguros de que sus padres ya no podían escucharlos.
—¿Por qué has tenido que nombrar a Krum delante de ellos? Sabes que no me gusta tu relación con él —preguntó Draco en voz baja, mirándola de reojo.
—Pues justo por eso —respondió Hermione, riendo.
Draco puso los ojos en blanco y soltó su mano. Pasó el brazo por sus hombros y la acercó más a él, apoyando la barbilla en su cabeza.
—Odio que una enana como tú se burle de mí.
Hermione volvió a reírse.
—No son tan enana, tú eres demasiado alto. Además, se supone que confías en mí.
—Lo hago.
—Entonces no deberías ponerte celoso.
—Confío en ti, pero no confío en él. Me pongo enfermo solo de pensar en que te mire de la misma forma que te miraba ese año —gruñó Draco entre dientes.
Los dos siguieron caminando por el pasillo, pasando por delante de unas puertas oscuras que llevaban más de dos años sin abrirse y que, probablemente, nadie nunca volvería a abrir, al igual que las del comedor principal de la mansión. Llegaron al recibidor y empezaron a subir las escaleras, girando hacia el ala oeste.
Hermione levantó una mano y acarició su mejilla.
—Es una tontería que te sientas así. Yo solo te quiero a ti.
Él suspiró y dejó un beso en su sien, enredando el dedo índice en la cadena de plata que ella llevaba alrededor del cuello.
—Lo sé —susurró, deteniéndose.
Abrió una gran puerta que tenía una D grabada en la madera y Hermione entró en la habitación.
Había estado en el cuarto de Draco antes, los días que le estuvo ayudando a decidir lo que se iba a llevar cuando se mudó con ella, pero no había vuelto desde entonces y nunca había dormido allí.
Sonrió al ver que encima de la cama estaba su vestido rojo junto con un conjunto limpio de ropa interior. Al lado de la mesita de noche Minsy había dejado unos zapatos por si no quería ponerse los mismos por la mañana, y también había traído su colonia favorita.
Draco cerró la puerta y entró en su vestidor, asegurándose de que tenía algo de ropa decente para llevar al Ministerio al día siguiente.
Sobre un mueble estaba la jaula de Dark, abierta al igual que una de las ventanas. El búho real a veces se quedaba en la Mansión Malfoy pero prefería estar cerca de Draco, por lo que casi siempre estaba en la enorme jaula que tenían para ella en el estudio.
—Hoy me ha gustado venir. Ha sido divertido —reconoció Hermione.
Escuchó un bufido que salía del vestidor.
—Claro, porque os habéis reído a mi costa.
Ella recorrió el dormitorio con la mirada. Todos los muebles que había eran de madera blanca.
Pasó un dedo por el contorno de los libros que había en una estantería, a los pies de la cama. Casi todos eran primeras ediciones y algunos tenían cientos de años.
Hermione recordó la primera tarde que pasó con Draco en la biblioteca de la mansión. Estuvo horas ojeando libros mientras él la observaba, sentado sobre una de las mesas. No se dio cuenta de que llevaba más de tres horas sin parar de dar vueltas alrededor de las estanterías llenas de miles de libros hasta que Draco no le avisó de que deberían parar para cenar.
Sintió unos brazos rodeando su cintura y sonrió, apoyando la espalda en su pecho.
—¿Algún libro que no hayas leído? —preguntó él, sus labios rozando su oreja.
Hermione detuvo su mano sobre un libro negro con letras doradas.
—Este no lo conozco. No sabía que existían libros sobre los sangre pura —murmuró, sacándolo de la estantería.
Draco hizo una mueca al leer el título.
—Es muy aburrido y está lleno de estupideces sobre la pureza de la sangre. No pierdas el tiempo con eso.
Hermione pasó un dedo sobre las letras de la portada, también doradas. 'Los Sagrados Veintiocho', por Brutus Malfoy.
—¿Lo escribió alguien de tu familia? —preguntó, sorprendida.
—Un antepasado del siglo diecisiete. No era una buena persona, tenía un periódico anti-muggles y siempre estaba escribiendo artículos en contra de los que son como tú —dijo Draco en voz baja.
Hermione abrió el libro, que explicaba el linaje completo de todas las familias de sangre pura más conocidas de Inglaterra. Se quedó sin aliento al ver el árbol genealógico de la familia Longbottom y de la familia Weasley.
—Nunca había pensado en que Ron y Neville son sangre pura —comentó, pasando las hojas del libro.
Estaba encantado para irse completando con el paso del tiempo y el nombre de sus dos amigos salía al final del todo.
Draco se lo quitó de las manos y lo volvió a dejar en la estantería.
—Oficialmente ya no forman parte de los sagrados veintiocho. Ahora son traidores a la sangre... y supongo que los Malfoy también lo somos, gracias a mí —susurró, apartando sus rizos a un lado para besar su hombro.
Ella se estremeció y cerró los ojos.
—¿De verdad te da igual todo eso? Nunca sé si estás bromeando o si hablas en serio.
Los brazos de Draco se apretaron más alrededor de su cintura.
—Tú y yo somos iguales, Hermione. Me da igual lo que piensen mis antepasados, quiero estar contigo y es lo que voy a hacer.
Ella dio media vuelta y lo miró a los ojos.
—Yo también quiero estar contigo.
—Pues eso haremos, y a quien no le guste que se joda —murmuró Draco, sujetando su barbilla con la mano.
Hermione se puso de puntillas y lo besó.
—Te encanta decir esa frase.
—Que se jodan —repitió Draco sobre sus labios.
Los dos se rieron y él se apartó, señalando con sus ojos un pijama gris que había dejado sobre la cama. Justo en ese momento Hermione se dio cuenta de que él ya tenía puesto uno de color verde oscuro.
Ella puso los ojos en blanco y empezó a desnudarse, dejando los zapatos junto a uno de los sillones que había cerca de la chimenea. Draco apoyó la espalda en la estantería y se cruzó de brazos, mordiéndose el labio inferior mientras veía cómo se desabrochaba el vestido.
Hermione enrojeció y le lanzó un cojín que él atrapó sin esfuerzo con una mano.
—Nunca pillarás a un buscador desprevenido —comentó Draco, alzando las cejas.
Ella resopló y dejó caer el vestido al suelo, agachándose para cogerlo y dejándolo sobre el sillón.
—Con Harry me pasa igual. Tenéis demasiados reflejos —se quejó entre dientes, sujetando los pantalones del pijama gris.
Iba a ponérselos cuando las manos de Draco se lo impidieron.
—He cambiado de idea. Mejor quédate así —susurró él, lanzando el pijama a un lado y hundiendo la nariz en su pelo.
Hermione se rio y Draco la empujó, haciendo que cayera sobre la cama.
—Esto no es buena idea. Nos podrían pillar tus padres —dijo ella en voz baja.
Él trepó por la cama hasta llegar a ella y la empujó, obligándola a que se tumbara.
—Su habitación está en la otra punta de la mansión.
Subió lentamente por sus piernas, dejando un rastro de besos húmedos sobre su piel.
Hermione jadeó y miró hacia arriba. Aquella cama parecía mucho a la que había visto en su dormitorio de Slytherin, hasta tenía los mismos colores verdes y plateados en el dosel, pero era mucho más grande.
—¿Y si Minsy nos busca para algo?
—Es lista y sabe que no debe entrar en los dormitorios sin avisar —contestó Draco, que ya estaba besando la zona de su ombligo, mientras una de sus manos se colaba por dentro de sus braguitas azules.
Hermione cerró los ojos y suspiró. Le daba miedo que los padres de Draco pudieran escuchar algo, pero... se le estaba empezando a olvidar por qué eso le preocupaba.
Él siguió subiendo, deteniéndose encima de su sujetador y mordiendo a través de la tela. Hermione hundió las manos en su pelo y tiró de él hasta que consiguió ver su rostro. Atacó sus labios con intensidad, entrelazando sus lenguas y disfrutando del sabor fresco de su boca. Unos meses antes él había inventado un hechizo que, además de limpiar los dientes, dejaba aliento a menta.
Draco se alejó unos centímetros y la miró a los ojos.
—Nunca he tenido sexo en esta cama.
—¿En serio? —preguntó Hermione, sorprendida.
—Ni en esta cama, ni en esta casa.
—¿Y quieres estrenarla conmigo?
Él le dedicó una sonrisa traviesa.
—Me gusta estrenarlo todo contigo —le recordó.
Habían ido recorriendo toda la casa de sus padres y 'estrenando' todos los muebles que se encontraban a su paso exceptuando el antiguo cuarto de los Granger, donde ninguno de los dos quería hacer nada.
Hermione soltó una risita y desabrochó los botones de su pijama. Draco inclinó la cabeza y besó su cuello, justo entre el hombro y la zona donde se le notaba el pulso. Sabía que ella sentía escalofríos cada vez que la besaba ahí.
Enseguida sintió que Hermione temblaba y sonrió sobre su piel, utilizando los dientes en la misma zona. Escuchó un jadeo y notó como ella tiraba de las mangas de su pijama con desesperación.
Draco se sentó en la cama y se quitó la camisa verde, dejándola caer al suelo. También se libró de sus pantalones y volvió a tumbarse encima de ella, suspirando al sentir su calor corporal.
Todo el cuerpo de Hermione se estremeció ante el contacto.
—Oh, Dios.
—Mencionas mucho a ese 'Dios' tuyo cuando estamos así... ¿Debería ponerme celoso? —preguntó, levantando una ceja mientras una sonrisa burlona curvaba sus labios.
Hermione se rio entre dientes, sacudiendo la cabeza.
—Cállate. Es solo una expresión.
Draco se inclinó más sobre ella hasta que sus narices se rozaron.
—Lo sé. Sale en muchos de esos libros muggles que me has hecho leer últimamente.
—No te quejes. La mayoría te encantan —respondió Hermione, mirándolo fijamente con mala cara.
Él buscó su boca y volvió a besarla, atrapando su labio inferior entre los suyos. Hermione arqueó la espalda y escuchó un ruido metálico. Se acababa de desabrochar el sujetador.
Draco aprovechó para quitárselo y lanzarlo a los pies de la cama sin dejar de devorar sus labios.
Un pequeño gemido escapó de su garganta al sentir los dedos de ella dentro de sus calzoncillos. Bajó una de las manos hasta la única prenda de ropa que le quedaba a Hermione puesta, pero se acordó de algo.
Rompió el beso y buscó con la mirada su varita, que estaba sobre la mesita de noche. Alargó el brazo y la cogió, apuntando al vientre de Hermione con ella. Su piel se iluminó con un tenue brillo azulado durante medio segundo y Draco volvió a dejar la varita en su sitio.
—Casi se me olvida —susurró, reclamando de nuevo sus labios.
Hermione se rio en medio del beso y lo ayudó a deshacerse de su ropa interior hasta que estuvieron los dos completamente desnudos. Rodeó su cintura con las piernas y él se apartó, sonriendo.
—¿Tienes prisa? —preguntó en tono burlón.
—Es muy tarde y quiero sentirte ya —protestó ella, sujetando su rostro entre sus manos y volviendo a juntar sus labios.
Draco gruñó y abrió más sus piernas, colocándose justo entre ellas. Se hundió lentamente en ella y Hermione gimió. Él profundizó el beso, ahogando todos los sonidos que salían de su garganta.
Sus dedos buscaron el punto más sensible de ella, justo encima de donde sus cuerpos se unían, y la acarició a la vez que movía sus caderas.
Ella clavó las uñas en su espalda, sentándose para que el ángulo fuera diferente. Draco jadeó y comenzó a moverse más rápido, agarrando su melena rizada con la mano que tenía libre. Sintió que a ella le quedaba poco y abrió los ojos.
—Mírame.
Hermione pestañeó un par de veces y clavó su mirada en los iris grises de Draco. Sus labios se rozaban sin besarse y sus alientos se mezclaban. Sus piernas temblaron y ahogó un gemido sin apartar la mirada. Él jadeó y se dejó ir junto a ella, perdiéndose en los ojos de color caramelo que lo estaban mirando fijamente.
Volvió a besarla mientras sus cuerpos se calmaban y sus respiraciones volvían a la normalidad, después se apartó para no aplastarla y se tumbó a su lado. Hermione se acurrucó junto a él y Draco tiró de la sábana hasta que los dos estuvieron tapados.
—Buenas noches —susurró, besando su frente.
Ella apoyó la cabeza en su pecho y suspiró.
—Te quiero.
—Y yo a ti.
Hermione sonrió y cerró los ojos, sumergiéndose en el mundo de los sueños.
Él tardó más en dormirse. No podía dejar de pensar en la maldita profecía y el día de la final de la Copa Mundial de Quidditch.
