Capítulo Cinco
Malas noticias
Draco entró en la Cámara del Espacio, una de las salas del Departamento de Misterios. Allí estaba casi siempre Blaise, intentando crear un nuevo tipo de trasladores que podías activar y desactivar a tu voluntad.
—Tenemos un problema.
Blaise levantó la mirada al escuchar la voz de su amigo. Draco se estaba acercando a él con la punta de su varita iluminando la zona. Aquella sala era muy oscura y lo único que se podía ver eran cientos de planetas que flotaban y giraban en el aire.
—¿Qué ha pasado? Me estás distrayendo, creo que estoy cerca de conseguirlo —protestó Blaise, desviando la mirada hacia la pequeña mesa que tenía llena de objetos extraños.
—La final de la Copa Mundial va a ser el día del tercer aniversario de la muerte del Señor Tenebroso.
Los ojos oscuros de Blaise se abrieron más que nunca.
—¿Qué? Ese es el día que va a empezar una nueva guerra, según tu profecía.
—Ya lo sé —gruñó Draco entre dientes.
Blaise suspiró y se frotó el puente de la nariz con los dedos.
—Mierda... necesitamos atrapar a los culpables antes de ese día. Nos quedan menos de siete meses y no tenemos ni puta idea de lo que va a pasar.
—Algo sí sabemos. Alguien va a atacar a los sangre pura, de eso no hay duda. Tenemos que estar pendientes y en cuanto haya un ataque nos tocará actuar. Hermione será la primera en enterarse si ocurre algo, por lo que yo también lo sabré enseguida —dijo Draco, apuntando con su varita a uno de los planetas y haciendo que girara más rápido.
—¡No lo toques! Ya sabes que el espacio aquí funciona de forma diferente, podría volverse gigante y aplastarnos en cualquier momento —gruñó Blaise, apartando la varita de su amigo.
Draco puso los ojos en blanco y la guardó en uno de sus bolsillos.
—Esta sala te asusta demasiado... es mucho peor la del tiempo.
—¿En cuál estás tú ahora?
—Llevo unas semanas en la de los pensamientos —murmuró Draco en voz baja.
—¿La de los cerebros? ¿Y qué estás investigando ahí?
—Es un secreto.
Blaise maldijo entre dientes y volvió a girarse.
—Pues vete con tus secretos y déjame tranquilo. Si hay algún ataque, avísame.
Draco resopló y se dio media vuelta, volviendo a salir por donde había entrado. Llegó a la sala de las profecías y giró a la derecha, atravesando otra puerta.
Entró en una sala rectangular y muy larga iluminada por lámparas de baja altura. A la derecha había un tanque enorme lleno de líquido verde donde decenas de cerebros nadaban como si estuvieran vivos. De cada uno de ellos salían seis tentáculos de color oscuro que se retorcían dentro del agua.
Draco mantuvo la distancia y caminó hasta una mesa, sentándose en la única silla que había. Sacó un pequeño frasco del bolsillo interior de su túnica y lo sostuvo con cuidado.
Dentro se veía un hilo brillante. Un recuerdo.
Suspiró y sacó su varita, activando un artefacto circular de color plateado que estaba sobre la mesa. Este empezó a girar y un cerebro salió del tanque, completamente paralizado. Sobrevoló la sala y aterrizó sobre la mesa, a pocos centímetros de Draco.
Él abrió el frasco y dejó caer el recuerdo sobre el cerebro, que lo absorbió al instante.
Draco tocó con la varita uno de sus tentáculos, que brilló con una luz muy intensa. Cerró los ojos y se concentró en ese cerebro, intentando ver los recuerdos que tenía dentro.
Ya le faltaba poco para conseguirlo, después solo tendría que probarlo en alguien vivo... y ya había pensado en la víctima perfecta.
—He decidido que vengas conmigo a la reunión, Hermione.
Ella pestañeó varias veces con confusión.
—Pero... el Ministro de Magia y el Ministro muggle siempre se han reunido solos, Arthur. Nunca han ido secretarias ni otras personas.
El señor Weasley hizo un movimiento con su mano.
—Cada vez tengo más claro que tú eres la futura Ministra de Magia. Te vendrá bien aprender a tratar con los políticos muggles, cambian cada poco tiempo y nunca reaccionan bien la primera vez que se enteran de que los magos existimos.
—Me lo puedo imaginar —murmuró Hermione, sonriendo.
Todavía recordaba el día que llegó del colegio con su madre y vieron una lechuza junto a la puerta de casa.
El animal llevaba un sobre en el pico y no se alejó por mucho que Jean Granger intentó asustarlo. Dejó caer la carta a los pies de Hermione cuando las dos estaban cerca y se fue volando.
Hermione cogió el sobre con letras verdes donde ponía su nombre completo y su dirección. Su madre y ella entraron en casa y la leyeron dos veces. Jean pensó que era una broma y se la enseñó a su marido cuando él llegó de la clínica.
Decidieron tirarla a la basura e ignorarla, aunque Hermione apenas durmió aquella noche pensando en que a lo mejor era cierto. Desde que cumplió cinco años a veces pasaban cosas raras a su alrededor, y la magia era una buena forma de explicarlo.
Tres días después apareció otra lechuza con un sobre exactamente igual.
Los padres de Hermione decidieron que lo mejor era ir al lugar que describía la carta. Les citaban en un pub de Londres una semana después.
Aquel día, los tres se asombraron cuando solo Hermione pudo ver la entrada al Caldero Chorreante.
Una vez dentro conocieron a la profesora McGonagall, que ese año era la encargada de dar la bienvenida a todos los hijos de muggles. El local no tardó en llenarse de muggles con sus hijos magos.
Allí Hermione conoció a los que serían sus futuros compañeros de colegio, pero no fue capaz de hacer amigos. Nunca se le había dado bien.
Pasaron la tarde recorriendo el Callejón Diagon con McGonagall, que les mostró todas las tiendas y les explicó que debían permitir a sus hijos abrir una cuenta en Gringotts para que pudieran usar el dinero que se utilizaba en el mundo mágico.
Esa noche, cuando volvieron a casa, sus padres estaban en shock y apenas hablaron.
Hermione se fue a dormir muy emocionada. Estaba deseando ir a ese castillo llamado Hogwarts y empezar a usar la varita que sus padres le habían comprado.
A la mañana siguiente los dos la esperaban con un enorme desayuno sobre la mesa. Se disculparon con ella por no haber asimilado bien la noticia y celebraron juntos que Hermione hubiera sido aceptada en el único colegio para magos de Gran Bretaña.
Peter y Jean prometieron apoyarla en todo, y esa semana fue la última que Hermione fue a un colegio muggle.
Pasaron el verano visitando el Callejón Diagon para comprar todo lo que ella necesitara. Tras cada visita Hermione volvía con un libro de Flourish y Blotts que luego devoraba por la noche. Todavía tenía en su habitación el primero que compró, 'Historia de Hogwarts'.
Hermione hizo una mueca al pensar en que sus padres ahora se llamaban Wendell y Monica Wilkins, y no recordaban tener una hija.
—¿Hermione? ¿Estás bien?
Ella se aclaró la garganta y asintió.
—Lo siento. Estaba pensando en mis padres.
El Señor Weasley sonrió con tristeza.
—Los recuerdo, me encantaba hablar con ellos. ¿Siguen en Australia?
—Supongo que sí. No he vuelto a verlos desde que los visité tras la guerra y no fui capaz de conseguir devolverles sus recuerdos —admitió Hermione en voz baja.
Arthur se levantó de su silla y rodeó la mesa para poder abrazarla.
—Seguro que están bien y son felices, todo gracias a ti. Les salvaste la vida, Hermione.
Ella asintió, aguantando las lágrimas.
—¿Me acompañarás entonces a la reunión del miércoles?
—Claro, Arthur. Cuenta conmigo —respondió Hermione, intentando sonreír.
El Señor Weasley le dio un beso en la mejilla y volvió a su escritorio.
—Es tarde, márchate a casa y descansa. Nos vemos mañana en la Madriguera.
Hermione asintió y salió del despacho, cerrando la puerta. Ordenó su escritorio y guardó su varita en el bolsillo del abrigo. Al ver un pequeño paquete que había sobre su mesa abrió de nuevo la puerta del despacho del Ministro.
—Casi se me olvida, Arthur. Esto es un MP3, los muggles lo usan para escuchar música. El sábado contestaré todas las preguntas que tengas al respecto.
Los ojos del Señor Weasley se iluminaron y abrió el paquete con rapidez, cogiendo el pequeño aparato rectangular y observando sus botones.
Hermione sonrió y salió al pasillo central que llevaba a los ascensores. Entró en el primero que llegó, que estaba bastante lleno, y se sujetó a una de las pocas cuerdas doradas que no estaban ocupadas.
Poco después salió en la octava planta y caminó hacia las chimeneas de red flu, entrando en una de las pequeñas.
—Callejón Diagon.
Las llamas verdes la envolvieron y Hermione apareció en la chimenea del Caldero Chorreante, igual que el día anterior con Draco.
Saludó a varias personas que estaban allí cenando y fue hasta el pequeño patio trasero donde estaba la entrada secreta al callejón Diagon.
No tardó en atravesarla y recorrió las calles llenas de magos de todas las edades. Los restaurantes estaban abiertos y algunas de las tiendas ya habían cerrado.
Hermione siguió caminando hasta el pequeño edificio donde estaba la sede de la revista 'El Quisquilloso'. Sonrió al ver a Luna tras el mostrador de la recepción y abrió la puerta.
Su amiga rubia levantó la vista y su rostro se iluminó al verla.
—¡Hermione!
Las dos se fundieron en un abrazo.
—¿Quieres venir a casa? Te invito a cenar con nosotros.
Luna se separó de Hermione con una sonrisa.
—¡Claro! Ya iba a cerrar la oficina. Dame un momento.
Hermione esperó mientras Luna comprobaba que todo estuviera apagado y que no quedara nadie en ninguno de los despachos. Volvieron juntas al Caldero Chorreante y pasaron por turnos a través de la chimenea, apareciendo en el salón de la casa Granger.
—Ya sabes que el año pasado activé la red flu en casa cuando se mudó Draco, pero hace poco hemos cambiado las barreras mágicas. Ahora admiten a Harry, Ron, Ginny, a ti... y a algunos amigos de Draco. Puedes venir a visitarnos siempre que quieras —explicó Hermione, agachándose para acariciar a Crookshanks que se había acercado al verlas llegar.
—Los amigos de Draco son divertidos —comentó Luna entre risas.
—Si tú lo dices... —añadió ella, riendo también.
Entró en la cocina con su amiga siguiendo sus pasos. Tras unos cuantos movimientos de su varita, la cena empezó a prepararse sola.
—¿Quieres beber algo, Luna?
—¿Tienes cerveza de mantequilla?
—Creo que queda alguna.
Abrió el frigorífico y sacó un par de botellas, vaciando su contenido en dos vasos. Le dio uno a Luna y las dos volvieron al salón, sentándose en el sofá blanco.
—Cada vez que vengo me sorprende que Draco no haya cambiado el color de todos los muebles a verde o negro —comentó Luna, bebiendo un sorbo de cerveza.
Hermione se rio entre dientes.
—Lo intentó, aunque al final llegamos a un acuerdo. No me apetecía estar viviendo en algo tan parecido a la sala común de Slytherin.
Las dos cruzaron una mirada y volvieron a reírse.
—Oye, Luna... mañana Molly nos ha invitado a todos a comer a la Madriguera, tú incluida. Tenía que haberte avisado antes con una lechuza pero he estado muy ocupada todo el día —se excusó Hermione, atrapando uno de sus rizos entre los dedos.
—Ginny me escribió hace tres días diciendo que este fin de semana vuelve y que odia estar lejos sin nosotras.
—Lo sé, a mí también me ha escrito esta semana. Parece que a partir de ahora va a poder vivir aquí. Ya ha terminado la liga en Irlanda.
Luna suspiró, apoyando la espalda en el sofá.
—Mañana iba a ir a comer con mi padre pero supongo que puedo cambiarlo al domingo para ir con vosotros.
—Sí, por favor. Es la primera vez que Draco va a ir a la Madriguera y seguro que le ayudará que tú también estés allí. Se va a agobiar al verse rodeado de tantos Weasley— comentó Hermione, resoplando.
—Probablemente —dijo Luna, soltando una risita.
—Y lo mejor es que todavía no lo sabe.
Las dos amigas volvieron a reírse pero pararon al ver que las llamas de la chimenea aumentaban de tamaño, cambiando a color verde.
Draco surgió entre ellas, sacudiendo su capa negra antes de pisar la alfombra. Sus ojos se cruzaron con los azules de Luna y levantó las cejas.
—No sabía que hoy cenabas con nosotros, Luna. Me alegro de verte.
Ella y Hermione se levantaron. Draco le dedicó una pequeña sonrisa a Luna y después se acercó a Hermione, besándola en la frente.
—Estoy preparando risotto —dijo ella, mirándolo a los ojos.
Draco le quitó el vaso de las manos.
—Hmm... la comida italiana es la mejor.
Hermione frunció el ceño mientras él se terminaba la cerveza de mantequilla en dos tragos, y escuchó la risa de Luna.
—Sé que siempre te lo digo, pero me encantáis juntos —murmuró, riendo entre dientes.
Ella acarició la larga trenza de Luna con cariño y se fue a la cocina para comprobar que la cena se estaba preparando bien. Draco se cruzó de brazos y miró a la chica rubia.
—¿Cómo estás?
—Estoy bien, de verdad. Tenéis que dejar de preocuparos por mí —respondió ella, dándole otro sorbo a su cerveza.
—Nunca he pasado por una, pero sé que las rupturas son complicadas —añadió él, carraspeando.
Luna se encogió de hombros y volvió a sentarse en el sofá.
—Neville y yo no estábamos hechos para estar juntos. Es mejor así.
Draco arrugó la nariz. Neville había roto con ella hacía tres meses y se había marchado a Grecia. Le habían ofrecido un trabajo en el colegio de ese país como profesor de Herbología.
—Encontrarás a alguien mejor. No creo que te resulte muy difícil —gruñó entre dientes con el ceño fruncido.
Luna se rio en voz baja.
—Siempre eres muy simpático conmigo. No te he visto ser así con Harry o con Ron.
—Eres la única que me cae bien. Puede que sea porque no eres una Gryffindor —murmuró Draco, arqueando una ceja en su dirección.
Hermione salió de la cocina con tres platos levitando tras ella. Él agitó su varita y tres vasos salieron de un mueble que había cerca de la mesa, posándose encima.
—¿Qué queréis beber? —preguntó al ponerse de pie.
—¿Queda vino blanco?
Draco asintió y entró en la cocina, volviendo a salir un minuto después.
Las dos chicas ya estaban sentadas en la mesa. Él se sentó al lado de Hermione y les sirvió vino a las dos. Ella arrugó el entrecejo cuando vio la botella de Whisky de Fuego que llevaba en la otra mano.
—Ha sido un día duro —comentó Draco, sirviéndose un vaso y haciendo aparecer un par de hielos dentro.
—Entonces supongo que no te apetecerá mucho el plan de mañana —comentó Luna, sonriendo.
Hermione tragó saliva y Draco arqueó las cejas.
—¿Ir a casa de Potter? Bueno, podría ser peor... ¿Tú también vas?
Luna y Hermione cruzaron una mirada y la última se mordió el labio inferior con nerviosismo.
—Ha habido un pequeño cambio de planes —confesó Hermione en voz baja.
Draco giró la cabeza y la miró fijamente con el ceño fruncido.
—¿Qué cambio? Estás nerviosa y eso no es buena señal.
—El Señor We... quiero decir, Arthur nos ha invitado a todos a la Madriguera.
Él palideció y Luna intentó ahogar su risa bebiendo vino.
—¿Quie-quieres que yo vaya a una casa llena de pelirrojos? —tartamudeó Draco.
—Ya estuviste una vez, la navidad que viniste a traerme esto —contestó ella, sacando el colgante plateado de una runa que llevaba en el cuello.
—Estuve en la maldita puerta, Granger. Entrar dentro es muy diferente —protestó él con voz grave.
—Yo también estaré allí, Draco. Podrás hablar conmigo— aseguró Luna.
Él resopló y le lanzó una mirada de odio a Hermione, que puso los ojos en blanco.
—Eres un exagerado, ni que fueran a torturarte. Son como mi familia y ya va siendo hora de que vengas conmigo. Llevamos más de un año viviendo juntos.
—Con tanto Weasley puede ser peligroso. Os usaré de escudo a las dos si me atacan —les advirtió Draco, señalándolas con su vaso de whisky antes de darle un buen trago.
Hermione suspiró, negando con la cabeza, y Luna soltó una carcajada.
Siguieron comiendo mientras Luna les hablaba del artículo que estaba escribiendo para su revista sobre los thestrals y lo incomprendidos que estaban. Tras el postre, Hermione la acompañó hasta la chimenea y le dio un abrazo antes de que desapareciera entre las llamas verdes.
Al girarse Draco estaba apoyado en la pared, removiendo su vaso de whisky mientras la miraba de reojo.
—El rey del drama, como siempre —susurró ella, acercándose a él y rodeando su cuello con los brazos.
Draco sonrió y alzó una ceja.
—No sé de qué te sorprendes.
Los dos se rieron y se fundieron en un beso con sabor a Whisky de Fuego.
