Capítulo Seis

Partido amistoso


Draco gruñó cuando escuchó el pitido del despertador, rodeando a Hermione con su brazo y apretándola contra su pecho.

—Joder, hoy sí que no quiero levantarme.

Tras apagarlo ella giró en la cama hasta que pudo verle la cara.

—¿Tan horrible es pasar un rato con la familia Weasley?

—Una maldita pesadilla.

Hermione resopló y se sentó, buscando a Crookshanks con la mirada. Estaba aún dentro de su cama, en una de las esquinas de la habitación.

—Espero que hoy no hagas nada que yo no haría —dijo mientras se ponía de pie.

Draco apretó la mandíbula y se levantó de un salto.

—Lo que tengo que sufrir por estar contigo —murmuró entre dientes, encerrándose en el baño del pasillo.

Hermione puso los ojos en blanco y suspiró, eligiendo un jersey que le había regalado la señora Weasley y unos vaqueros para ese día.

Draco se atragantó con el café al verla entrar en la cocina.

—¿Qué haces con esa horterada puesta? —preguntó, arrugando la nariz mientras contemplaba con odio el jersey morado con el escudo de Gryffindor en el centro.

Él llevaba una camisa blanca con las mangas remangadas lo justo para que no se viera la Marca Tenebrosa de su brazo izquierdo. Hermione resopló, sentándose frente a él y sirviéndose café en la taza que Draco había dejado en la mesa para ella.

—Molly me lo regaló la navidad pasada y le gustará ver que me lo pongo.

—Ya me había olvidado de que existían esos malditos jerséis. Tienes diez iguales.

—Estás de muy mal humor... ¿Es por ir a la Madriguera? ¿Y por qué has hecho café hoy? —dijo ella, frunciendo el ceño.

—Necesito algo fuerte para poder soportar lo que me espera —murmuró Draco, alzando las dos cejas y bebiendo un gran sorbo de su taza.

Hermione se rio en voz baja y suspiró.

—Todos van a ser amables contigo, Draco.

—Lo dudo mucho. La única que me trata bien es tu amiga —gruñó él, refiriéndose a Ginny.

—Tampoco es que tú seas muy simpático con Harry o con Ron.

—Uno es tu ex-novio y el otro fingió estar enamorado de ti solo para joderme. Disculpa si no me entusiasma pasar un rato con ellos.

—Lo de Harry fue una broma.

—Sí, fue tan divertido como cuando se hizo pasar por ti. Maldito Potter...

Hermione empezó a toser y tuvo que dejar la taza sobre la mesa para no derramar el café.

—¿Qué? ¿Cuándo hizo eso?

Draco cuadró la mandíbula y se cruzó de brazos, apoyando la espalda en la silla.

—Es verdad, no te lo he contado... fue poco después de que me regalaras esto —comentó, rozando con sus dedos la pulsera de piedras azules que llevaba en la muñeca izquierda.

—Nunca te la quitas, aunque ya no creo que otra criatura mágica intente entrar en tu mente —respondió ella, sonriendo.

Draco se encogió de hombros.

—Es un regalo tuyo —contestó en voz baja, mirándola intensamente.

Hermione se ruborizó y desvió la mirada a su desayuno.

—Cuéntame eso de Harry haciéndose pasar por mí —pidió, volviendo a buscar sus ojos.

Draco suspiró y sacudió la cabeza.

—Te va a hacer gracia pero no la tuvo. Él y tu amiga Weasley prepararon poción multijugos a escondidas, estuvieron un mes planeándolo todo... Un día ella apareció en la puerta de la sala común de Slytherin buscándome. Salí para ver qué quería y me dijo que tú estabas muy rara y que estabas yendo hacia el lago.

Hermione levantó una ceja pero no dijo nada. Quería seguir escuchando esa historia.

—Salí corriendo a buscarte y te vi en la orilla empezando a meterte en el agua. Pensé que te había pasado lo mismo que a mí con la sirena y te seguí. Conseguí sujetarte antes de que te hundieras y te saqué del lago.

Ella trató de disimular pero Draco se dio cuenta de que estaba intentando aguantar la risa y entrecerró los ojos en su dirección.

—No tiene gracia, me asusté bastante. Estaba preguntándote por qué habías hecho eso cuando tu cuerpo empezó a cambiar. Unos segundos después el que estaba delante de mí era Potter —siseó él, apretando los puños con rabia.

Hermione se cubrió la boca con las dos manos, sin poder parar de reír.

—No le partí la cara porque su novia estaba delante, pero se lo merecía —añadió Draco, golpeando la mesa.

—¿Dónde estaría yo para haberme perdido todo eso? —preguntó Hermione, intentando recordar su último año en Hogwarts.

—Seguro que con tu querido ex-novio Weasley —gruñó él con la mandíbula apretada.

Hermione negó con la cabeza mientras terminaba su café.

—No me puedo creer que no me lo hayas contado hasta ahora.

—Prefiero no recordar ese día, Granger.

Ella alargó un brazo sobre la mesa y el rostro de Draco se suavizó. Enseguida sujetó su mano y entrelazó sus dedos.

—Al final todo salió bien —dijo ella con una sonrisa.

Draco le regaló una sonrisa torcida y su corazón se aceleró. Los dos se sobresaltaron al escuchar unos golpecitos en la ventana que había cerca de la chimenea.

Hermione arrugó el entrecejo y se levantó, saliendo de la cocina. Pig, la lechuza de Ron, la miraba a través del cristal.

Abrió la ventana y la pequeña ave entró, chocándose con una de las lámparas. Draco salió al escuchar el golpe y miró a la lechuza con mala cara.

—Tan torpe como siempre, Pig —murmuró Hermione, desenrollando el trozo de pergamino que llevaba en una de las patas una vez que la lechuza aterrizó en el respaldo de uno de los sillones.

Reconoció la letra de Ginny y leyó el mensaje, haciendo una mueca al final.

—¿Qué pasa? —preguntó Draco, acercándose a ella pero manteniendo cierta distancia con Pig.

Hermione torció los labios hacia abajo.

—Ginny dice que vayamos a la Madriguera ya. Van a jugar un partido de Quidditch antes de comer.

Él la miró con ojos burlones y se pasó una mano por su pelo rubio platino.

—Es una buena idea... me gusta verte volar.

Hermione le lanzó una mirada de odio.

—Has mejorado desde que empecé a enseñarte —añadió él, ladeando la cabeza.

—No es cierto. Lo sigo haciendo fatal.

Draco dio unos pasos hasta que estuvo frente a ella y levantó su barbilla con la mano, obligándola a mirarlo a los ojos.

—Por eso me gusta verte. Es lo único que se te da mal.

Hermione resopló y él se rio entre dientes, inclinándose hasta que sus labios se rozaron.

—Voy a por mi escoba y mi uniforme —susurró Draco, desapareciendo a toda velocidad escaleras arriba.

Hermione suspiró, usando sus dedos para trenzarse el pelo. Si iba a volar necesitaba llevarlo sujeto o parecería un león cuando terminara el partido.

Un brazo de Draco rodeó su cintura y sus labios le rozaron la oreja.

—A ver si hoy consigues ganarme.

Hermione iba a contestar, pero jadeó al sentir el típico cosquilleo de una aparición. Pestañeó varias veces y vió que estaban en las afueras del bosque que había junto a la Madriguera, justo frente al camino de tierra que llevaba hasta la casa.

—¿Vas a jugar contra mí? —preguntó, mirando a Draco.

Él soltó su cintura y sujetó una de sus manos, empezando a caminar. En la otra llevaba su Nimbus 2001 y una bolsa.

—Pues claro, contra ti y contra Potter.

Poco después Hermione llamó a la puerta principal de la casa y escuchó a Draco suspirar. El señor Weasley abrió.

—¡Hermione! Veo que te ha llegado la lechuza de Ginny. Pasad —saludó, apartándose.

Hermione entró en la casa que era como su segundo hogar. Desde la ventana se veía a varias personas en el jardín y se escuchaban sus voces discutiendo mientras repartían las escobas del cobertizo.

—Bienvenido, Malfoy —dijo Arthur con rostro serio, ofreciéndole una mano.

Draco apretó los dientes y se la estrechó.

—Ministro —murmuró, asintiendo con la cabeza.

Ya no le guardaba tanto rencor como antes. Tuvo que participar en la reconstrucción de Hogwarts con su familia como castigo pero, tras ese verano, el Señor Weasley perdonó los crímenes de los tres y les dio una segunda oportunidad. Y, en su primer día como inefable en el Departamento de Misterios, Draco descubrió que lo habían admitido porque el mismo Ministro había intercedido en su nombre. No le permitieron ser auror aunque, ahora que lo pensaba, era mucho más interesante ser un inefable.

Y su padre Lucius había logrado volver a trabajar en Gringotts, aunque no en un puesto importante como antes de la guerra.

—En esta casa solo soy Arthur Weasley. No hace falta ser tan formal —comentó Arthur, riendo suavemente.

—De acuerdo, Señor Weasley.

—Puedes llamarme Arthur. Os están esperando en el jardín.

Draco volvió a asentir y siguió a Hermione, que ya estaba junto a la puerta trasera. Al atravesarla vieron que había una enorme mesa de madera con doce sillas en la zona donde el suelo era de piedra. Luna estaba cerca del viejo cobertizo, mirando las plantas que lo rodeaban con curiosidad, y los demás se encontraban en el centro del jardín.

—¿Dónde está Marissa? —preguntó al no verla.

—Está en Irlanda con su familia hasta final de mes.

Draco resopló, asintiendo. No le gustaba ser el único Slytherin entre todos esos Gryffindors.

Harry sonrió al ver a Hermione y corrió hacia ella, rodeándola con sus brazos.

—Cuidado, Potter.

Harry se separó de ella pero dejó una mano en su cintura y miró a Draco con una chispa de diversión en sus ojos verdes.

—¿Todavía no has superado mi bromita? —preguntó con voz burlona.

Draco entrecerró los ojos.

—Nunca la olvidaré —escupió entre dientes.

—No vayáis a empezar a discutir por eso otra vez —les advirtió Hermione, paseando su mirada entre los dos.

Harry se rio y agitó su varita, haciendo que una de las viejas escobas de la familia Weasley levitara hasta ellos. Hermione la cogió a regañadientes.

—¿Equipos? —preguntó, mirando a Draco de reojo.

Él le dedicó una sonrisa torcida.

—Tú y yo los capitanes, como la última vez.

Aunque Draco nunca había estado en la Madriguera, había ido varias veces con Hermione al pequeño claro que había muy cerca donde los Weasley jugaban al Quidditch.

Harry asintió y giró la cabeza hacia donde estaban los hermanos Weasley.

—Ron, vas conmigo.

Él asintió y se acercó a ellos, saludando a Hermione con un beso en la mejilla. Draco cuadró los hombros y maldijo en voz baja, haciendo que ella lo mirara y soltara una risita al verlo celoso.

—Weasley, ayúdame a derrotarlos —gruñó Draco, buscando los ojos castaños de Ginny.

—Un placer —dijo ella, subiéndose en su escoba y sonriendo.

Siguieron escogiendo hasta que solo quedaban Hermione y Percy, los que peor jugaban. Harry escogió a Hermione porque sabía que sería más divertido si ella y Draco estaban en equipos diferentes.

Tras desilusionarse para evitar que algún muggle pudiera verlos, volaron hasta la colina siendo invisibles con Luna subida en la misma escoba que Ginny. Una vez allí estaban rodeados de árboles y no había peligro.

De todas formas Hermione lanzó el encantamiento para repeler muggles. No le gustaba arriesgarse.

—Quien llegue a cien puntos antes gana —propuso George, dándole uno de los bates a Bill.

Todos asintieron y se elevaron en el aire mientras Harry conjuraba tres aros de humo a cada lado del claro. Hermione se agarró al palo de su escoba con nerviosismo y escuchó una risita burlona de Draco, que ya se había puesto su uniforme de Slytherin. Le lanzó una mirada envenenada y se colocó en el centro del campo, junto a Ginny.

George y Bill se pusieron a los lados, con sus bates preparados. Luna se acercó con la pequeña caja de madera que había llevado Ron y la abrió. Dentro había una quaffle amarilla y una bludger negra.

—Cuando me digáis —dijo la chica rubia, mirando hacia arriba.

Percy se colocó delante de los aros que había a la izquierda y Ron voló hacia los de la derecha.

Harry asintió, mirando a Luna, y ella soltó la pequeña cadena que sujetaba a la bludger. Salió disparada hacia arriba y Hermione jadeó, inclinando la escoba hacia atrás para esquivarla. Draco voló hacia ella y sujetó el palo de su escoba con una mano, estabilizándola.

—No te pongas nerviosa —murmuró, mirándola de reojo.

Ella refunfuñó entre dientes y se sujetó la escoba tan fuerte que sus nudillos se pusieron blancos.

—¡Ahora! —gritó Luna, lanzando la quaffle hacia arriba.

Harry y Draco se abalanzaron sobre ella y Harry la atrapó, esquivando a Ginny y girando su saeta hacia arriba.

Draco y Ginny lo siguieron y Hermione se quedó más abajo, mirando hacia donde estaban los dos bateadores con desconfianza. Vio a George guiñándole un ojo antes de golpear la bludger y ella gritó, bajando en picado para evitarla. Bill estaba tras ella un segundo después, bateando la pelota en dirección a Ginny.

—¡Hermione, cógela! —gritó Harry, lanzándole la quaffle y girando bruscamente para esquivar la bludger.

Hermione tragó saliva y voló hacia la quaffle, atrapándola con las manos. La colocó entre sus rodillas, sujetándola con una mano, y con la otra se agarró a la escoba y voló hacia donde estaba Percy.

Él frunció el ceño y se colocó delante del aro central, preparándose por si se la lanzaba.

Hermione suspiró y soltó la escoba, agarrando la quaffle con fuerza. Fingió lanzarla hacia el aro derecho y, cuando Percy se movió, lo lanzó con todas sus fuerzas hacia el izquierdo.

—¡Hermione estrena el marcador! —gritó Bill, acercándose a ella y dándole unas palmaditas cariñosas en las espalda.

Ella sonrió, un poco ruborizada, y miró hacia arriba. Harry estaba sonriendo en su dirección y, al mirar a Draco, él arqueó una ceja y sus ojos chispearon con malicia.

Percy le lanzó la pelota a Ginny, que giró a la derecha y esquivó a Hermione. Harry consiguió quitarle la quaffle y se la volvió a lanzar a Hermione.

Ella la colocó de nuevo entre sus piernas y empezó a volar hacia Percy. Se sobresaltó al escuchar una risita a su lado y giró la cabeza, encontrándose con los ojos grises de Draco. Con un solo movimiento él le quitó la pelota y giró en el aire, volando en dirección contraria lo más rápido que podía.

—¡Tienes que esquivarlo, Hermione! —protestó Harry, acelerando para alcanzar a Draco.

Él lanzó la pelota hacia donde estaba Ginny y ella giró su escoba, dándole a la quaffle con el pie. La pelota amarilla salió disparada hacia los aros y atravesó el de la izquierda.

Por todo el bosque retumbó la maldición de Ron. Ginny y Draco chocaron las manos y volvieron hacia atrás, muy sonrientes. Hermione arrugó la nariz cuando llegaron junto a ella y él le guiñó un ojo.

Harry suspiró, sabiendo que su equipo iba a perder. Hermione lo intentaba pero Draco y Ginny hacían muy buen equipo.


—Al final ha merecido la pena venir —murmuró Draco entre risas.

Su escoba estaba apoyada contra una de las paredes del cobertizo de madera junto a la Saeta de Fuego de Harry.

Hermione gruñó y se alejó hacia la mesa donde ya estaban sentados la mayoría de los Weasleys. La sonrisa de Draco desapareció al ver que Ron se sentaba en la silla libre que quedaba al lado de ella.

—Vamos, Draco. Siéntate conmigo, los rubios nos tenemos que apoyar entre nosotros —propuso Luna, que estaba a su lado y lo miraba con ojos divertidos.

Él asintió y se sentó justo enfrente de Hermione, con Luna a un lado y George al otro.

—Eres bueno, Malfoy. Hoy les hemos dado una buena paliza —comentó George, levantando la copa de vino mientras le dedicaba una sonrisa burlona a Hermione y Harry.

—El equipo que tenga a Hermione siempre pierde. No tiene ningún mérito que hayáis ganado —protestó Ron, resoplando.

—¡Ronald! —gritó Hermione, dándole un codazo en las costillas.

—Ni caso, cielo. Cada vez vuelas mejor —dijo la Señora Weasley, sentándose junto a su marido.

Agitó su varita y las bandejas de comida se repartieron por toda la mesa. Todos empezaron a servirse en sus platos.

—Tenía ganas de que vinieras por aquí, Malfoy.

Draco levantó la mirada al escuchar la voz de Arthur. Frunció el ceño, sin saber qué contestar.

—Jamás me habría imaginado que acabarías siendo amigo de mis hijos —añadió el Señor Weasley con una sonrisa.

—No somos amigos —aclaró Ron, mirando de reojo a Draco y ganándose otro codazo de Hermione.

—Se puede decir que ahora nos toleramos —confirmó él, bebiendo un sorbo de vino.

—Yo sí te considero mi amigo —dijo Luna.

La mirada de Draco se suavizó y le dedicó una pequeña sonrisa a la chica rubia.

—Y a mí me caes bien, aunque siempre serás mi hurón favorito —comentó Ginny, riendo entre dientes.

Harry y Ron también se rieron y Draco entrecerró los ojos.

—Dejadlo en paz —protestó Hermione con mala cara.

—Cierto, Malfoy es nuestro invitado y si le decís esas cosas no va a querer volver —dijo Bill con la boca llena.

—Espero que vengas más veces. Siempre serás bienvenido—murmuró Molly, sonriendo en su dirección.

Draco asintió.

—Gracias.

—Por cierto, los alrededores del cobertizo están llenos de gnomos —dijo Luna de repente.

Ron puso los ojos en blanco y su hermana sacudió la cabeza.

—Los echamos cada verano pero siempre vuelven —contestó Ginny, suspirando.

George cambió de tema para hablar de los nuevos productos que él y Ron estaban vendiendo en sus dos tiendas de Sortilegios Weasley. La de Hogsmeade llevaba año y medio abierta y estaba siendo todo un éxito.

Draco agradeció dejar de ser el centro de atención. No le gustaba tener a toda esa familia pendiente de él.

Cruzó una mirada con Hermione y vio que ella no paraba de sonreír.

Solo por verla así merecía la pena haberla acompañado a la Madriguera.