Capítulo Siete
En la Madriguera
Más tarde todos estaban dentro de la casa, repartidos entre la colección de sillones y sofás de diferentes colores y telas que había alrededor de la chimenea.
Draco sonrió cuando Hermione se sentó a su lado, ofreciéndole una taza de chocolate caliente. Él la cogió y se inclinó sobre ella, dejando un beso rápido en sus labios.
—¡Agh! no queremos ver eso, Malfoy —se quejó Ron, resoplando.
—Entonces no mires —contestó Draco, apoyando la espalda en el sofá y levantando las cejas.
Ginny, Molly y Luna se rieron.
—Eso me recuerda a algo. ¿Leíste El Profeta del viernes, Hermione? —preguntó Ginny, poniéndose de pie.
Hermione negó con la cabeza. Ni ella ni Draco estaban suscritos al periódico desde que la noticia de que estaban juntos salió en la portada, con una foto gigantesca del momento en el que Draco la besó en el estadio de Hogwarts tras el partido contra Gryffindor. Y Ginny lo sabía.
Su amiga pelirroja desapareció un momento, volviendo a los pocos segundos con un periódico en la mano.
—Mira la página catorce —murmuró, volviendo a sentarse al lado de Harry tras dárselo.
Hermione pasó las hojas y Draco se acercó más para poder ver.
Había una fotografía de la chimenea del Caldero Chorreante que ocupaba más de la mitad de la página donde se les veía a los dos apareciendo entre las llamas. Draco salía el primero y la esperaba a un lado, extendiendo una mano hacia ella. Hermione la sujetaba, sonriendo y mirándolo a los ojos.
Seguían mirándose lo que parecía demasiado tiempo hasta que Draco empezaba a caminar sin soltarla.
Y eso se repetía una y otra vez, sin parar.
Las mejillas de Hermione enrojecieron y agarró el periódico con demasiada fuerza, arrugándolo.
—Pensaba que ya habían dejado de seguirnos —murmuró Draco, frunciendo el ceño mientras observaba la fotografía.
Hermione leyó el título del artículo y suspiró.
'El romance entre el ex-mortífago y la chica de oro continúa'
—Rita Skeeter nunca se cansa, Malfoy —añadió Harry en voz baja.
Él y Ginny también salían en el periódico cada vez que tenían una cita en algún lugar público.
—Todas las fotos que os han sacado a los dos son preciosas. Siempre se nota que os queréis —comentó Luna con ojos soñadores.
Hermione cerró el periódico y se llevó una mano al rostro, muerta de vergüenza. Ron se cruzó de brazos, sintiéndose incómodo, y los señores Weasley contemplaron a Hermione y Draco con una pequeña sonrisa burlona en sus labios.
Draco resopló y volvió a concentrarse en su taza de chocolate, intentando ignorarlos a todos y no pensar en esa mujer rubia tan odiosa. Hermione y Ginny cruzaron una mirada y la chica pelirroja asintió.
—Antes de que os marchéis todos, tenemos regalos de la tienda —dijo George, entrando en el salón con una caja de cartón.
—Es un nuevo sabor. Ya me dirás si te gusta —susurró mientras le daba a Hermione una pluma de color morado.
A Draco le dio una piedra que anulaba todos los ruidos de la habitación donde estaba y le explicó que debía tocarla con la varita para activarla.
Harry recibió con ojos brillantes una pequeña maqueta de la futura Nimbus 2010, que saldría a la venta en marzo.
—Hace mucho que no visitamos la tienda. Nos pasaremos por allí el lunes —dijo Arthur, sujetando entre sus dedos unas gafas con las que se podía ver el mundo igual que los muggles, sin distinguir la magia.
—Allí estaremos, papá —respondió Ron con una sonrisa.
Poco después Hermione y Draco salieron de la casa junto a Luna, Harry y Ginny. Caminaron juntos hasta donde empezaba el bosque y, tras comprobar que no había ningún muggle cerca, Ginny sujetó la mano de Harry y los dos desaparecieron. Cuando estaba en Inglaterra, ella pasaba mucho tiempo en la antigua casa Black con él.
—Nos vemos pronto —se despidió Luna.
Ella también se marchó con un crujido y Draco pasó un brazo por los hombros de Hermione. Un segundo después, estaban de pie en el salón de su casa.
—No ha sido tan horrible como pensaba —admitió él, acercándose al sofá blanco para saludar a Crookshanks.
Hermione subió las escaleras hacia su cuarto, cerrando la puerta al entrar. Se cambió de ropa y abrió una de las ventanas,
apoyando los brazos en el alféizar y mirando al horizonte.
No tardó en ver una lechuza blanca, muy parecida a Hedwig. La nueva mascota de Harry.
Hermione se apartó y el ave se posó en la ventana, extendiendo una de sus patas. Ella desenrolló el trozo de papel y le dio una chuchería, acariciándole las plumas del cuello.
—Gracias, Night.
La lechuza picoteó sus dedos con cariño y se marchó.
Hermione cerró la ventana y observó lo que tenía entre las manos. Era la foto que había visto horas antes en casa de los Weasley, recortada y con una pequeña nota pegada que tenía la letra de Ginny.
Aquí tienes
Si necesitas más, avísame
Ginny
—Homenum revelio —susurró, apuntando con la varita hacia la pared.
Un pequeño mapa luminoso apareció ante ella, mostrando su casa y todas las habitaciones. Había un punto de luz en la planta baja, indicando que Draco seguía en el salón.
Hermione abrió uno de los cajones del armario y sacó una caja de madera. Dentro había un álbum de fotos.
Lo dejó sobre la cama y lo abrió. Lo primero que vio fue su foto favorita, la que alguien les hizo durante el partido de Quidditch y más tarde vendió al periódico consiguiendo que todo el mundo mágico se enterara de que Draco Malfoy y Hermione Granger tenían una relación.
Ese fue el segundo periódico más vendido de la historia, solo detrás del que publicaron el día que Harry derrotó a Voldemort.
Hermione suspiró al ver como Draco la besaba y, al separarse, los dos estaban muy sonrojados. Los labios de él se movían diciendo algo que recordaba muy bien y, tras besar el dorso de su mano, se alejaba en su escoba.
Pegó la fotografía que le acababa de mandar Ginny al fondo del todo y volvió a meter el álbum en su sitio, saliendo de la habitación y bajando las escaleras en busca de Draco.
Sabía que él apenas tenía fotos de sí mismo así que llevaba meses preparando ese álbum. Iba a ser uno de sus regalos de navidad.
Como todas las mañanas, Draco empezó a maldecir entre dientes en cuanto sonó el despertador de Hermione.
Ella lo apagó y giró su cuerpo hasta poder apoyar la cabeza en el hueco de su cuello. Le dio un beso justo debajo de su oreja y le escuchó suspirar.
—Buenos días, gruñón.
Draco pasó un brazo por su cintura y apartó su pelo, mordiéndole suavemente el hombro.
—Algún día voy a destrozar ese reloj muggle —susurró, con los ojos todavía cerrados.
—Siempre dices lo mismo —contestó Hermione, dejando salir una risita.
Draco gruñó y la apretó más entre sus brazos hasta que ella se quejó. Solo entonces se apartó, riéndose en voz baja, y se sentó sobre el colchón.
Hermione lo observó mientras él pestañeaba varias veces y se pasaba las manos por su pelo rubio, que estaba completamente despeinado.
Draco sintió su mirada sobre él y la miró de reojo, dedicándole una sonrisa traviesa. Ella tenía la cabeza apoyada en la almohada y se estaba mordiendo el labio inferior, contemplándolo desde abajo.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó con voz burlona.
—Pues claro —contestó ella, poniendo los ojos en blanco.
—A mí también —murmuró Draco, inclinándose y buscando sus labios.
Se besaron un momento pero, en cuanto él intentó profundizar el beso, ella se alejó.
—Mi aliento tiene que ser horrible —dijo Hermione, tapándose la boca con la mano.
—Sabes que me da igual.
Ella sacudió la cabeza y Draco puso los ojos en blanco, volviendo a incorporarse.
—¿Dónde está eso que querías que leyera hoy?
—¿El artículo que voy a enviar al periódico? Lo dejé en mi mesa. No sé si está bien... y quiero tu opinión antes de enviarlo —contestó ella, levantándose de la cama.
Draco asintió y salió del dormitorio, encerrándose en el baño del pasillo. Hermione sonrió y cruzó hasta la antigua habitación de sus padres. Se dio una ducha y, cuando salió, fue hasta el estudio.
Él estaba sentado sobre el escritorio de madera de cedro de Hermione. Tenía una taza de té en la mano y unos folios sobre el regazo, y estaba leyendo muy concentrado.
Hermione se sentó en su silla y no pudo evitar sonreír al ver que había dejado otra taza de té para ella sobre la mesa. La cogió y suspiró al oler a vainilla. Uno de sus favoritos.
Él siguió leyendo y ella no le interrumpió, disfrutando de su bebida caliente en silencio. Pocos minutos después Draco dejó los folios sobre la mesa y la miró fijamente, levantando una ceja.
—¿Qué? ¿Tan mal está? —preguntó Hermione, nerviosa.
Él torció los labios, chasqueando la lengua.
—No es que esté mal... pero se nota que eso lo ha escrito alguien que no tiene ni idea de Quidditch.
Los ojos de ella se abrieron, llenos de pánico.
—Tengo que enviarlo hoy y mañana va a salir publicado.
Draco resopló y se levantó, agitando la varita en dirección a su propio escritorio. Su silla voló hasta estar al lado de la de Hermione y se sentó, cogiendo una de las plumas que ella tenía en el segundo cajón.
—Voy a corregirlo y quiero que estés atenta. Tienes que aprender cómo funciona el Quidditch si te estás encargando de organizar tres partidos de la Copa Mundial.
Hermione asintió y él empezó a tachar frases, pasando los folios y escribiendo anotaciones al margen.
—Por Merlín, Hermione... los jugadores no pueden tocar la escoba de otro jugador ni ninguna parte de su cuerpo. Eso es falta y pueden hasta descalificarlos —murmuró Draco entre dientes, tachando un párrafo entero.
—¡Pero tú lo hiciste! En tercer año me acuerdo que sujetaste la cola de la escoba de Harry para que no atrapara la snitch.
Draco la miró de reojo y una de las comisuras de sus labios se torció hacia arriba.
—Que yo lo hiciera no significa que sea legal.
—Eras un tramposo —gruñó Hermione en un susurro.
—Y lo sigo siendo, así es más divertido. Pero no puedes escribir eso en algo que va a leer todo el país —contestó él con voz divertida.
Ella protestó entre dientes y la sonrisa de Draco se amplió. Siguió tachando párrafos y haciendo anotaciones durante un buen rato con una Hermione de muy mal humor a su lado.
Le iba a tocar volver a escribir el artículo entero otra vez.
Hermione apareció envuelta en llamas verdes en la chimenea del Caldero Chorreante.
Se sacudió la túnica que llevaba puesta sobre uno de los vestidos de bruja que se había comprado durante su último año en Hogwarts y salió al Callejón Diagon, buscando la pequeña tienda de té donde la había citado Narcissa Malfoy.
Hermione estuvo todo el camino retorciéndose las manos con nerviosismo. Era la primera vez que iba a estar a solas con la madre de Draco y eso la asustaba un poco.
Narcissa había sido amable con ella desde que visitó por primera vez la Mansión Malfoy y, con el paso de los meses, había empezado a ser más cariñosa. Hermione tenía la teoría de que ella también había cambiado de opinión lentamente, igual que Draco, y que quería tener una relación más cercana con la novia de su hijo.
Lucius al principio parecía que se mordía la lengua para no decirle lo que pensaba en realidad, pero en los últimos meses Hermione había notado un cambio en él. Hermione seguía sintiéndose incómoda al estar cerca del padre de Draco y no estaba segura de si alguna vez dejaría de sentirse así.
Se quedó sin aliento al ver a Narcissa sentada en una de las mesas de la terraza.
Esa mujer siempre iba vestida de forma impecable. Sus ojos azules destacaban más con sus labios de color rojo intenso y su pelo rubio platino brillaba bajo la luz del atardecer.
Narcissa se levantó al verla llegar y la saludó con un beso en la mejilla, indicándole que se sentara frente a ella. Hermione lo hizo y el camarero no tardó en acercarse. La madre de Draco ordenó un servicio de té inglés completo antes de que ella pudiera decir algo y el hombre se marchó.
—¿Has probado el té Earl Grey con aroma a naranja que ponen aquí? Es mi preferido— comentó Narcissa muy sonriente.
Hermione negó con la cabeza, mirando a su alrededor. Nunca había estado en aquel lugar.
—Estoy segura de que te va a gustar —añadió Narcissa.
Hermione la miró a los ojos y se dio cuenta de que ella estaba notando su nerviosismo.
—Lo siento. Estoy un poco nerviosa, Señora... Narcissa. No sé bien cómo actuar contigo —confesó en voz baja, apartando la mirada.
Los labios rojos de Narcissa se curvaron en una sonrisa.
—Relájate y actúa con normalidad, quiero que nos llevemos bien y seamos amigas. ¿Te parece bien, Hermione?
Ella asintió, correspondiendo a su sonrisa y cuadrando los hombros. Inspiró lentamente y se relajó, provocando que Narcissa se riera suavemente.
—No tienes por qué estar tensa conmigo, no voy a juzgarte. Sé que al principio no reaccioné muy bien, fue todo un shock cuando nos enteramos de que Draco y tú... pero ya no me siento así, eres una gran chica y me gustas para él. Le haces feliz y eso es lo que importa.
—Él también me hace feliz a mí. Agradezco mucho que no te enfadaras cuando decidió mudarse conmigo.
El camarero dejó una gran tetera sobre la mesa y una bandeja llena de pastas y galletas. Narcissa se rio entre dientes mientras echaba una cucharada de miel en su taza.
—Bueno, Lucius sí que se enfadó pero conseguí que entrara en razón. Draco ya era un adulto y tenía derecho a tomar sus propias decisiones. Además, me pareció bien que no quisiera dejarte sola —comentó, llenando su taza de té.
Hermione decidió imitarla y probar a tomarlo con miel en vez de con azúcar. Tras servirse bebió un sorbo y miró a Narcissa, levantando las cejas.
—Te dije que te iba a gustar —dijo la mujer, dedicándole una pequeña sonrisa.
Ella también sonrió y cogió una galleta de chocolate.
—Hay algo que todavía no le he contado a Draco y quería que me ayudaras a decírselo.
Hermione dejó la taza de té sobre la mesa y tragó saliva, temiendo que fuera algo malo. Narcissa miró a su alrededor antes de continuar.
—Hace unos meses, me puse en contacto con... con mi hermana.
—¿Andromeda? —preguntó Hermione, muy sorprendida.
Narcissa asintió.
—Ahora que te conozco mejor, creo que no fue correcto dejarla de lado cuando se casó con un hijo de muggles.
—Entonces... ¿has hablado con ella?
—Incluso la he visitado. Su nieto es un encanto —comentó Narcissa, sonriendo.
—Sí, Teddy es muy especial.
Ella, Harry y Ron visitaban al hijo de Tonks y Lupin todos los meses desde que salieron de Hogwarts. Alguna vez lo había comentado con Draco pero él siempre se ponía tenso y cambiaba de tema.
—Su madre era tu amiga... ¿verdad?
—Y su padre —añadió Hermione, asintiendo.
—Creo que Draco no va a reaccionar bien, por eso prefiero que estés tú cuando se lo diga.
—Vale.
Hermione desvió la vista un momento y suspiró. Odiaba pensar en que Teddy iba a tener que crecer sin sus padres, igual que Harry, aunque todavía era demasiado pequeño para entenderlo.
—¿Qué tipo de libro es el que quieres buscar? —preguntó con curiosidad.
Narcissa dejó salir un suspiro, sujetando su taza con las dos manos.
—Verás, todo esto del mundo muggle es nuevo para nosotros. Estamos empezando a conocerlo gracias a ti... y me gustaría que me recomendaras varios libros de literatura muggle.
Hermione pestañeó varias veces, confundida. Ni en un millón de años se habría imaginado yendo con Narcissa a comprar libros muggles por Londres.
—Yo... vale, de acuerdo —aceptó, bebiendo un gran sorbo de té.
—¿Conoces alguna librería en la parte muggle de Londres? —preguntó Narcissa con voz inocente.
Hermione tosió, intentando no atragantarse con el té. Parecía una broma pero la mirada de Narcissa era sincera.
—Sí, conozco varias. Iba antes de saber que era una bruja, y después también he seguido yendo —comentó, carraspeando.
Narcissa asintió, desviando la mirada.
—Alguna vez he oído hablar de Shakespeare y Dickens.
Hermione se rio en voz baja.
—Conozco todas sus obras. Te puedo recomendar las que más me gustan.
