Capítulo Ocho
Encuentro desagradable
Las dos mujeres entraron en una librería que había cerca de Trafalgar Square. Antes de salir del Caldero Chorreante Hermione había transfigurado sus ropas para que parecieran vestidos y abrigos muggles, evitando llamar la atención.
Narcissa observaba a los jóvenes muggles que había dentro de la tienda con ojos curiosos.
—Aquí suele venir sobre todo gente joven. La sección de ficción es gigantesca —explicó Hermione en voz baja, andando a su lado.
Narcissa asintió y la siguió hasta una de las esquinas de la tienda, donde estaban las novelas de los autores más famosos.
Hermione recorrió la fila central con la mirada, buscando los autores que había mencionado la madre de Draco mientras tomaban el té. Sacó dos libros del estante y se los mostró.
—Estos son mis favoritos de Dickens, Oliver Twist y Tiempos difíciles.
—Me voy a llevar todos los que me digas —respondió ella, asintiendo y cogiéndolos.
Hermione se mordió el labio inferior, girando de nuevo hacia la estantería. Los libros de Shakespeare estaban en el estante más alto y la tienda estaba bastante llena.
Los dos dependientes estaban ocupados y no sabía cómo le sentaría a Narcissa tener que esperar.
Suspiró y, tras colocarse un mechón rebelde tras la oreja, se puso de puntillas intentando alcanzar Romeo y Julieta.
Sus dedos apenas llegaban a rozar el contorno del libro. Narcissa era casi de la misma altura que ella, así que no iban a poder alcanzarlo. Y no podían utilizar la magia delante de tantos muggles.
Hermione jadeó y se sujetó a uno de los estantes con la mano izquierda, intentando llegar más alto. De repente, una mano muy pálida cogió el libro que ella estaba tocando con la punta de los dedos y, al girar la cabeza, se encontró con esos ojos grises que conocía demasiado bien.
Draco le dedicó una sonrisa burlona, dándole el libro.
—Me había parecido veros entrar aquí —murmuró, mirando de reojo a su madre.
Narcissa tenía los brazos cruzados y una ceja levantada como si supiera que ese encuentro no era casualidad. Su hijo probablemente las había seguido para asegurarse de que trataba bien a Hermione.
Ella se sonrojó y volvió a mirar hacia el estante más alto.
—¿Cuál más quieres? —preguntó Draco, siguiendo su mirada.
—Creo que a tu madre también le gustará Sueño de una noche de verano.
Draco alargó la mano y bajó el libro que ella había dicho, dándole la vuelta para leer la parte de atrás.
—¿Tú has leído estos libros, hijo? —preguntó Narcissa.
—Este todavía no pero cada semana leo uno de sus libros, y ella me suele regalar nuevos de vez en cuando —contestó él, levantando la mirada.
El sonrojo de Hermione empeoró y Narcissa escondió una sonrisa.
—Me llevaré estos cuatro para empezar. Cuando los termine podemos repetir lo que hemos hecho hoy, querida —propuso la mujer, buscando la mirada de Hermione.
Ella asintió y los tres fueron hasta el mostrador donde Draco pagó los libros.
—Te los regalo, madre. Tus primeros libros muggles —susurró mientras le daba la bolsa a Narcissa.
Ella sonrió y besó su mejilla, apartándole un mechón rubio de los ojos.
—Gracias, Draco.
El corazón de Hermione revoloteó al verlos así. Por fin Draco estaba volviendo a llevarse bien con sus padres y eso no podía hacerla más feliz.
Salieron juntos a la calle y volvieron hacia el Caldero Chorreante.
—¿Me acompañáis a la tienda de Quidditch? Hace un rato ha llegado una lechuza de Potter, el fin de semana que viene vamos a jugar un partido y necesito cera para mi Nimbus —comentó Draco mientras abría la puerta del pub.
Las dos mujeres asintieron y un minuto después estaban de nuevo en el Callejón Diagon, que a esas horas estaba lleno de gente.
Bajaron la calle principal hasta la gran tienda. En el escaparate tenían una fotografía de la nueva Nimbus 2010, que todavía no estaba a la venta, y varias personas la estaban mirando con la boca abierta.
Draco fue directo a la zona donde estaba todo lo necesario para mantener las escobas y Hermione se quedó atrás junto a Narcissa, observando la Nimbus nueva.
—No veo la diferencia con las anteriores, la verdad —comentó Narcissa en un susurro.
—Yo tampoco —confesó Hermione, aguantando la risa.
Cada vez le caía mejor la madre de Draco. Parecía que tenían muchas cosas en común.
—Debería darle vergüenza.
Las dos se dieron la vuelta al escuchar la voz de una mujer.
—¿Disculpe? ¿Es a nosotras? —preguntó Hermione, confundida.
La mujer de pelo castaño tenía la mirada fija en Narcissa.
—Una sangre pura como usted, una clasista... una racista, eso es lo que es. No se merece estar cerca de alguien como Hermione Granger —siseó con dureza.
Todo el cuerpo de Narcissa se tensó y Hermione palideció, mirándola de reojo.
—Señora, no puede decir eso. Ella ya no es así, es una buena persona —aseguró Hermione, dando un paso hacia delante para interponerse entre Narcissa y aquella mujer mayor.
La mujer la miró con incredulidad.
—La gente como ellos nos desprecia y no se merecen nada.
—¿Usted también es hija de muggles? —preguntó Hermione, sorprendida.
—Sí, y no he olvidado la persecución que sufrimos hace unos años por culpa de gente como ellos —añadió ella, señalando a Narcissa con un dedo acusador.
Draco apareció al lado de su madre con el ceño fruncido.
—¿Qué es lo que pasa?
La mujer se giró hacia él con el rostro enrojecido por la ira.
—Y tú... tú eres un mortífago y un asesino. Deberías estar pudriéndote en Azkaban, tú y toda tu familia.
Hermione se quedó sin aliento al oír sus palabras, incapaz de asimilar lo que esa mujer estaba diciendo. Draco iba a contestar pero ella le detuvo con un gesto de su mano.
—No me gusta que le falte al respeto a mi novio y a su madre, señora. Aléjese de nosotros. Ahora.
La mujer rechinó los dientes y les dedicó a los dos Malfoy una última mirada de odio, dando media vuelta y dirigiéndose al final de la tienda. Draco dejó el kit de mantenimiento que había cogido sobre el mostrador y apretó la mandíbula.
—Ya no me apetece comprar nada.
Abrió la puerta y los tres salieron al callejón. Hermione podía escuchar el latido de su corazón en los oídos y Narcissa estaba más pálida que nunca.
—Tienes que saber que yo no pienso nada de eso —murmuró, acercándose a la madre de Draco mientras andaban.
—Lo sé, Hermione. Pero no todos son tan comprensivos como tú —respondió ella, intentando sonreír.
Hermione sentía ganas de llorar. La tarde con Narcissa se había estropeado de golpe.
Sintió la mano de Draco recorriendo su antebrazo, bajando hasta su mano y entrelazando sus dedos.
—No es culpa tuya. Precisamente tú no deberías sentirte mal por lo que ha pasado —susurró él en su oreja.
Le ofreció el otro brazo a su madre, que se sujetó a él sin pensarlo. Caminaron en silencio hasta el Caldero Chorreante y Hermione se fijó en que otras dos personas con las que se cruzaron los miraron mal.
Al llegar junto a la chimenea Narcissa sujetó una de las manos de Hermione entre las suyas.
—A pesar de cómo ha terminado el día me gustaría que repitiéramos en otra ocasión.
—Pues claro, cuando quieras. Y no hagas caso de lo que ha dicho esa mujer —contestó Hermione, apretando su mano.
Narcissa asintió y echó un puñado de polvos flu en la chimenea, desapareciendo entre las llamas verdes. Hermione pasó después y Draco no tardó en seguirla, encontrándola en el salón de la casa que compartían con expresión triste.
Hermione lo abrazó, apoyando la cabeza en su pecho.
—Siento mucho lo que ha dicho esa mujer. Ha sido horrible escuchar esas cosas —murmuró con voz ahogada, suspirando.
Draco hundió una de las manos en sus rizos, apoyando la barbilla en su cabeza.
—Tiene razón. No merecemos estar cerca de ti.
Hermione levantó la mirada y sujetó su rostro entre sus manos.
—No empieces otra vez. Ya sabes que estás más que perdonado y ahora eres muy diferente.
—Tal vez tú me has perdonado, pero yo todavía no —siseó él con voz dura.
—Pues tienes que perdonarte a ti mismo de una vez.
—No puedo.
Hermione suspiró y se puso de puntillas, atrapando los labios de Draco con los suyos.
Desde que vivían juntos él había crecido unos centímetros más. Los dos ya tenían veinte años y Hermione esperaba que no siguiera creciendo o pronto le resultaría imposible darle besos.
Draco la sujetó con más fuerza entre sus brazos y profundizó el beso, torciendo un poco la cabeza. Hermione suspiró entre sus labios y una lágrima cayó por una de sus mejillas.
Al sentirla, él se alejó y apoyó su frente sobre la de ella.
—Ni se te ocurra llorar por esto —exigió, limpiando la lágrima con el dedo pulgar.
—Me duele que os hayan dicho esas cosas. No es justo —susurró Hermione.
—Sí lo es.
—No, no lo es. No vuelvas a decir eso nunca más, Draco. Tú y tu familia os merecéis que os den una segunda oportunidad, todo el mundo tiene derecho a equivocarse —dijo ella con voz temblorosa, frunciendo el ceño.
Draco dejó salir un largo suspiro y asintió.
—Está bien, no lo diré más. Pero me temo que esta no va a ser la última vez que nos pase algo así.
Hermione cerró los puños con enfado. Si alguien se atrevía a volver a decir esas cosas tan horribles a Draco o a su madre, ella los defendería con uñas y dientes.
Draco arrugó el entrecejo, intentando concentrarse más.
Volvió a tocar con la punta de su varita dos de los tentáculos del cerebro que estaba en la mesa, y estos brillaron con un resplandor muy intenso. Cerró los ojos y se perdió entre los recuerdos de aquel cerebro, tratando de encontrar ese con el que llevaba trabajando más de un mes. Jadeó al encontrarlo y apretó los labios, fijándose en todos los detalles.
En cuanto el recuerdo terminó, abrió los ojos y tocó el artefacto plateado con su varita. El extraño objeto empezó a girar otra vez y el cerebro levitó, volviendo hasta donde estaba el tanque de agua verde. En cuanto entró en el agua empezó a moverse y sus tentáculos se estiraron, retorciéndose con furia.
Draco hizo una mueca. Esas cosas le daban mucho asco y un poco de miedo.
Suspiró y se levantó, saliendo de la sala mientras se mantenía lo más lejos posible de ese tanque.
Una sonrisa se extendió por su rostro y sus ojos centellearon al cerrar la puerta.
Casi lo había conseguido. Era el momento de la segunda parte del plan.
Hermione suspiró, mordisqueando el final de su pluma con nerviosismo.
Era la que he había dado George el sábado. Escribía con tinta negra como si fuera una pluma normal pero era de color morado oscuro, dulce y con sabor a mora.
Terminó el informe sobre todos los temas a tratar con Tony Blair, el Primer Ministro muggle, y se levantó. Dio unos golpecitos en la puerta de Arthur Weasley, que nunca estaba cerrada, y escuchó su voz pidiéndole que pasara.
Él tenía unas gafas puestas y estaba leyendo el borrador de una nueva ley que iban a debatir en el Wizengamot sobre los derechos de las criaturas mágicas.
Al terminar Hogwarts, Hermione estuvo planteándose entregar su curriculum en la cuarta planta del Ministerio donde estaba el Departamento de Regulación y Control de las Criaturas Mágicas.
Ron y Harry la convencieron de que apuntara más alto, seguros de que la iban a aceptar en cualquier sitio. Al final, cuando Harry le dijo que donde podría ayudar a cambiar el mundo de verdad era estando cerca del Ministro, Hermione se decidió y fue a hablar con el Señor Weasley.
Él ni siquiera quiso ver las notas que había sacado en Hogwarts. Sabía que era la mejor de todo su curso con diferencia.
Unos días más tarde se convirtió en su secretaria personal. Hermione asistía a todas las reuniones del tribunal mágico, ya fuera para aprobar nuevos decretos o para juzgar a antiguos seguidores de Voldemort.
Muchos de los mortífagos que estaban en Azkaban habían pedido la revisión de sus condenas, aunque por el momento ninguno había conseguido una reducción.
Hermione disfrutó como nunca cuando estuvo presente en un juicio rápido contra Dolores Umbridge, que llevaba dos años encerrada. Y, tras la negativa de todo el Wizengamot a su petición, le quedaban veinte años más.
Ella presentó sus propias memorias cuando Umbridge empezó a gritar que era una buena persona, derramando lágrimas de cocodrilo. Pero esas lágrimas desaparecieron cuando los recuerdos de Hermione mostraron todo lo que había hecho en Hogwarts, las torturas a Harry por decir la verdad y a otros muchos alumnos entre otras cosas.
Además, también llevaba un recuerdo de Harry sobre los juicios a los hijos de muggles que tuvieron lugar en el Ministerio mientras estuvo bajo el control de Voldemort.
Umbridge la maldijo mientras se la llevaban encerrada en esa jaula de metal y Hermione le dedicó una sonrisa malvada. Esperaba no volver a verla nunca.
—Ya lo tengo todo preparado, Arthur. Puedes revisarlo si quieres.
Él levantó la vista y asintió, señalando el único espacio que quedaba libre en su mesa. Hermione depositó ahí el portafolio y Arthur sonrió, mirándola con cariño.
—Aún quedan dos días y ya lo has terminado. Probablemente eres la empleada más eficiente de todo el Ministerio.
Ella se sonrojó y negó con la cabeza, sonriendo. Se despidió y salió a su despacho, volviendo a sentarse en su silla.
Cogió la pluma morada y siguió masticando el final. Hasta ese día su favorita había sido la de cereza pero el sabor a mora claramente era el ganador. George y Ron se seguían superando con los nuevos artículos que sacaban en su tienda.
Abrió la carpeta llena de solicitudes para cientos de nuevos trasladores en la próxima primavera, que solo necesitaban la firma del Ministro para que comenzaran a fabricarlos.
Hermione empezó a comprobar que los solicitantes no tuvieran ningún tipo de antecedentes en teletransportaciones ilegales hasta que escuchó un carraspeo. Levantó la mirada de los papeles y vio a Draco apoyado en el marco de la puerta que daba al pasillo, con la sonrisa torcida que siempre tenía reservada para ella.
Hermione apartó la pluma de su boca y le devolvió la sonrisa.
—Hola, Draco. ¿Ya es la hora de comer?
La sonrisa de Draco desapareció y lo escuchó contener la respiración. Sus ojos grises se agrandaron y la miraron fijamente.
—¿Qué pasa? —preguntó Hermione, asustada.
Draco dio unos pasos hacia ella y sacó la varita, lanzando un muffliato sobre la puerta medio abierta del despacho de Arthur. Hermione pestañeó varias veces, confundida, pero no le dio tiempo de preguntar otra vez porque de pronto los labios de él estaban devorando los suyos.
Jadeó y cerró los ojos, agarrando su corbata y hundiendo la otra en su pelo rubio. Él se inclinó más sobre ella, atrapándola entre la silla y su cuerpo, y volvió el beso más profundo.
Hermione sintió un escalofrío recorriendo su espina dorsal. Draco nunca la besaba de esa forma en sitios públicos.
Sus lenguas se entrelazaron y él mordió sus labios con más fuerza de lo normal, provocando que ella suspirara sin querer. Escuchó un sonido grave saliendo de su garganta y todo su cuerpo ardió. Una vez que ambos se quedaron sin aliento, él se apartó lo justo para poder hablar.
—La próxima vez que vayas al Callejón Diagon, entra en la maldita tienda de los Weasley y compra cien plumas como esa.
Hermione abrió los ojos y vio que las pupilas de Draco se habían expandido y parecían querer quemarla.
—¿Por qué dices eso? —preguntó en un susurro.
Todavía estaba un poco mareada por el beso tan intenso que acababa de recibir.
—¿No te has visto?
Ella negó con la cabeza y Draco se rio entre dientes, incorporándose. Apuntó con su varita a un pequeño espejo que colgaba de la pared y lo hizo levitar hasta que estuvo delante de su rostro.
Ella abrió mucho los ojos al verse. Parecía que se había pintado los labios de color berenjena, el mismo color de la pluma, y además los tenía un poco hinchados por culpa de sus besos.
—No sabía que esta pluma manchaba. Las otras no lo hacen —murmuró, volviendo a mirar a Draco.
—Compra cien —repitió él, arqueando las cejas.
—¿Te gusta este color en mí? —preguntó Hermione, sorprendida.
—Pareces una puta ninfa con esos labios oscuros. Si estuviéramos solos ya te tendría contra la pared.
Las mejillas de Hermione ardieron con furia y miró hacia la puerta entreabierta del despacho de Arthur con nerviosismo.
Menos mal que Draco había silenciado la habitación. Si el Señor Weasley escuchaba eso ella se haría a sí misma un Avada Kedavra en ese mismo momento.
—¡No me puedes decir eso con Arthur tan cerca! —siseó ella.
—¿Para qué crees que he lanzado el hechizo? —respondió él, sonriendo y volviendo a inclinarse sobre ella.
Sus labios se juntaron de nuevo.
Los dos sabían que estaban entrando en terreno peligroso pero a Draco parecía no importarle. Hermione notó sus manos subiendo por sus piernas y jadeó, alejándose un poco.
—Puede venir alguien en cualquier momento —le advirtió en voz baja.
Draco se apartó, resoplando.
—Ve pidiendo un despacho privado donde podamos encerrarnos.
Ella sonrió y sacudió con la cabeza, poniéndose de pie. Salieron juntos hacia el pasillo y se subieron a uno de los ascensores, rodeados de otras personas y con varios memorandums girando sobre sus cabezas.
