Capítulo Nueve
Sin aliento
Se bajaron en la octava planta y Draco sujetó su mano mientras atravesaban el Atrio, caminando hacia la cafetería.
Nada más entrar Hermione notó que él se tensaba. Harry estaba comiendo con otro auror en una de las mesas.
Ella apretó su mano y Draco suspiró.
—¿Hay alguna posibilidad de que Potter no nos haya visto?
Draco arrugó la nariz cuando los ojos verdes de Harry se posaron sobre Hermione y empezó a hacer gestos para que se sentaran en su mesa.
Ella caminó hacia su amigo y Draco fue a pedir la comida. Cuanto más tiempo pudiera estar lejos del idiota de Potter, mejor.
—Hermione, este es Sean. Terminó Hogwarts tres años antes de que nosotros empezáramos.
Hermione saludó al hombre, que parecía rondar los treinta años,y se sentó al lado de Harry.
—¿Cómo va el trabajo? ¿Seguís haciendo redadas de vez en cuando?
Sean tosió y Harry le dedicó una sonrisa tranquilizadora.
—No pasa nada, ella es de confianza y la secretaria del Ministro —aseguró, girándose hacia su amiga. —Sí, esta semana vamos a hacerle una visita sorpresa a un grupo de antiguos seguidores de Voldemort que hemos localizado. Se esconden al norte de Escocia y han atacado a varios muggles.
Draco dejó la bandeja con dos sándwiches sobre la mesa y se sentó frente a Hermione, saludando a Sean y a Harry con un gesto de su cabeza.
—¿Qué tal, Malfoy? —preguntó Harry.
—Bien, hasta hace dos minutos.
Hermione le dio una patada por debajo de la mesa y él apretó los dientes.
—Estoy bromeando, Potter. Ya sabes que me encanta pasar tiempo contigo —añadió con ironía, arrastrando las palabras.
Ella puso los ojos en blanco y Harry soltó una carcajada.
—¿Tú eres Draco Malfoy? ¿El inefable? —preguntó Sean con curiosidad.
—El mismo.
—¿Qué demonios hacéis allí dentro? Siempre me lo he preguntado.
Los labios de Draco se curvaron hacia arriba. Todo el mundo le hacía esa pregunta.
—Me temo que no tenemos permitido hablar de eso.
Hermione dio un bocado a su sándwich y Harry le preguntó por la Copa de Quidditch, desviando el tema.
Draco probó el suyo, haciendo una mueca al encontrarlo tan soso como siempre. Prefería mil veces salir a comer fuera, aunque eso significara gastar más dinero y tener menos tiempo.
La comida del Ministerio era penosa.
Hermione lo miró de reojo con una sonrisa burlona en el rostro. A veces era como si le pudiera leer la mente. Draco bajó la mirada a su boca y cuadró los hombros, tratando de controlar las ganas de devorarla y dejar que esos labios oscuros recorrieran todo su cuerpo.
Ella se ruborizó al ver su mirada llena de lujuria.
Draco carraspeó y siguió comiendo, esforzándose en pensar en el último libro muggle que había leído para que su cuerpo se calmara. Estaba teniendo la misma reacción que cuando la vio por primera vez después de la Batalla de Hogwarts y ya no era un maldito adolescente desesperado de dieciocho años.
No, ahora era un adulto y mantenía una relación formal con ella. No estaba bien que estuviera pensando en las cien formas distintas que podía hacerla suya encima de la mesa donde estaban sentados con Potter y un desconocido tan cerca.
—¿Entonces cuento contigo para el partido del sábado, Malfoy?
Draco salió de esa espiral de pensamientos al escuchar la voz de Harry.
Sean se había marchado y no se había dado ni cuenta. Solo estaban ellos tres en la mesa.
—Sí, me apunto como buscador.
—Entonces seremos rivales como en el colegio porque yo también voy a serlo.
Draco sonrió, levantando las cejas.
—Perfecto.
—Vendrán Ron y George. Puede que también se apunte Roger Davies y algunos Ravenclaws más, seremos todos antiguos alumnos.
—¿Dónde vais a jugar? —preguntó Hermione, mirando a Harry.
—En el estadio que hay a las afueras de Liverpool. ¿Vendrás a vernos?
—Pues claro que irá, Potter. Y me animará a mí —respondió Draco por ella.
Ella resopló y le dedicó una mirada seria, volviendo a centrarse en Harry.
—Allí estaré.
—Después podríais venir a casa a comer —añadió Harry, paseando su mirada entre ambos.
Draco entrecerró los ojos y Hermione agarró el brazo de su amigo.
—Por supuesto, Harry. Voy al baño, enseguida vuelvo —dijo ella, incorporándose y lanzando una mirada de advertencia a su novio antes de caminar hacia el final de la cafetería.
Harry se inclinó más sobre la mesa mirando a Draco con una chispa de diversión en sus ojos.
—En serio, deberías olvidar ya lo que pasó entre Hermione y yo.
—La besaste, Potter. Y encima fue solo para joderme... quién sabe si no serías capaz de hacerlo otra vez —escupió Draco con rabia.
—Ella es como una hermana para mí, y nunca la he visto de otra forma.
Draco se quedó callado un momento, bebiendo un sorbo de su vaso de agua.
—¿Eso es cierto? —preguntó, taladrándolo con la mirada.
Harry se rio suavemente y asintió.
—Sé que para ella yo también soy como el hermano que nunca tuvo, así que deja de ponerte a la defensiva cada vez que está cerca de mí. Te aseguro que no siento nada por Hermione.
—Más te vale. La chica Weasley te daría una paliza si la engañas.
—Lo sé —contestó Harry, volviendo a reírse.
Draco sonrió de verdad por primera vez delante de él.
—Me cae bien.
—Tú a ella también, Malfoy.
Hermione reapareció y se sentó otra vez al lado de Harry, dejando sobre la mesa tres trozos de tarta de chocolate.
—A ver si el azúcar os ayuda a llevaros mejor —murmuró en tono burlón.
Los dos chicos sonrieron y aceptaron el postre.
Aquella noche Draco sintió que se le secaba cuando llegó a casa.
Hermione lo estaba esperando tumbada en el sofá blanco. Llevaba un camisón negro bastante revelador puesto y su cabeza estaba apoyada en uno de los cojines. Sus rizos caían alrededor de su rostro de forma desordenada y toda la habitación olía a frutas tropicales, señal de que se acababa de lavar el pelo.
En su mano tenía una de esas plumas moradas y sus labios volvían a estar de color oscuro, como al mediodía.
Él dejó caer su túnica al suelo, recorriéndola lentamente con la mirada.
—Joder.
Sacó la varita y apuntó a la chimenea, bloqueándola para no recibir visitas indeseadas. Lo único que le faltaba es que en ese momento aparecieran Potter o Weasley por allí.
Hermione sonrió con sus mejillas un poco sonrojadas. Mordisqueó la pluma por última vez y la dejó sobre el sofá, levantándose.
Draco jadeó y dio dos pasos grandes hacia ella, atrapándola entre sus brazos. Sujetó su garganta con una mano, inclinando su cabeza hacia atrás y atacando sus labios en un beso hambriento mientras dejaba salir toda la ansiedad que tenía dentro.
Ella rodeó su cuello con los brazos y respondió al beso con la misma intensidad. La imagen de sus ojos grises oscureciéndose al mirarla se había pasado toda la tarde dando vueltas en su mente, y había decidido darle una sorpresa.
Draco la hizo andar hacia atrás hasta que su espalda chocó contra algo.
—Te advertí que te pondría contra una pared, Granger —murmuró con voz grave sobre sus labios.
Ella sonrió y él inclinó la cabeza, suspirando sobre su cuello. Hermione se estremeció cuando los dedos de él se clavaron sobre la fina tela de encaje, apretándola más contra su cuerpo.
Los labios y los dientes de Draco recorrieron su piel, dejando un rastro de besos húmedos desde su oreja hasta su hombro. Ella metió las manos bajo su camisa, levantándola y acariciando su espalda. Bajó los dedos hasta su cinturón y lo desabrochó, escuchando un pequeño gruñido cerca de su oreja.
El pantalón cayó al suelo y él lo apartó con el pie, mordiendo el hueco de su cuello.
Ella jadeó y empezó a desabotonar su camisa con dedos temblorosos. La piel se le estaba erizando y el corazón le latía a toda velocidad. Por fin terminó con los malditos botones y deslizó la camisa negra por los brazos de Draco, dejándola caer al suelo.
Al apoyar las manos sobre su pecho sintió el ritmo acelerado de sus latidos. Él volvió a levantar la cabeza, mirándola a los ojos.
—Hoy me he acordado de la primera vez que me dejaste sin aliento, ese uno de septiembre que entraste en mi compartimento sin querer. Me imaginé a mí mismo haciéndote algo parecido a esto —susurró, agarrando el camisón de Hermione y tirando hasta que la tela se rasgó.
Hermione se quedó con la boca abierta mientras Draco seguía rompiendo su ropa, hasta que dos grandes trozos negros cayeron al suelo, dejándola en ropa interior.
—Era nuevo, Draco —protestó ella, incapaz de enfadarse al verlo tan apasionado.
—Siempre he querido arrancarte la ropa —admitió él en voz baja, volviendo a buscar sus labios.
Hermione dejó salir una risita y atrapó su labio inferior con los dientes. La lengua de él invadió su boca y ella ladeó la cabeza, inhalando el aroma cítrico de su colonia. Draco descendió dejando besos hasta su sujetador mientras sus dedos trazaban el borde de sus braguitas.
Ella gimió al sentirlo tan cerca de su entrepierna y con sus dientes mordiéndole la piel. Enterró la mano izquierda en su pelo rubio, despeinándolo, y lo acarició por dentro de sus calzoncillos con la otra.
Él mordió más fuerte, marcándola, y Hermione dejó salir un pequeño quejido. Dos de sus dedos se adentraron en su interior mientras su pulgar trazaba círculos en su punto más débil.
Ella abrió los ojos y contuvo el aliento cuando Draco cerró el puño dentro de sus rizos, tirando suavemente para obligarla a levantar la barbilla.
Siguió besando y mordiendo desde su clavícula hasta la zona de su pecho, disfrutando de los sonidos que salían de la garganta de Hermione por su culpa. Gruñó cuando los dedos de ella se cerraron alrededor de él y la sintió estremecerse entre sus brazos. Al levantar la mirada la vio mordiéndose el labio demasiado fuerte, intentando no gritar. Draco sonrió y besó su piel, ascendiendo hasta llegar a su cuello. Ella gimió por última vez y pestañeó varias veces, buscando su mirada.
Draco contempló esos labios oscuros y maldijo en voz baja. Nunca la había deseado tanto.
—¿Dónde está tu varita? —preguntó en un susurro.
La suya estaba en el bolsillo de su túnica, junto a la chimenea, y no quería alejarse de Hermione en ese momento para buscarla.
Ella sacudió la cabeza y agarró sus manos, alejándolas de su cuerpo. Draco frunció el ceño cuando los hizo girar hasta que él tuvo la espalda apoyada en la pared.
Hermione dejó un beso muy intenso en sus labios.
—Hoy no nos hará falta.
Sus ojos se agrandaron cuando ella se apartó y la vio bajar lentamente por su cuello, besando y mordiendo cada centímetro de su piel.
Sus manos recorrían su torso mientras ella seguía bajando, provocándolo cada vez más.
Draco apretó los puños y apoyó la cabeza en la pared, cerrando los ojos mientras Hermione le quitó la única prenda de ropa que le quedaba y se ponía de rodillas.
—Mierda. Si me haces esto hoy... no me veo capaz de aguantarlo.
—Shh. No hables.
Draco suspiró, mordiéndose el labio inferior cuando sintió su aliento en su entrepierna. Bajó la mirada y vio esos labios que lo volvían loco rozándolo suavemente mientras sus ojos marrones se clavaban en los suyos.
Siseó y volvió a cerrarlos.
Si la veía así no iba a aguantar ni un minuto. Además, nunca había llegado así hasta el final con nadie.
Apretó la mandíbula al sentir que estaba cerca. Había estado esperando para vivir esa experiencia con.. ¿con su futura mujer? Sí, era algo que quería hacer solo con ella, pero Hermione iba a terminar siéndolo, probablemente... ¿verdad? Así que no pasaba nada por dejarse llevar.
Enterró los dedos en su pelo, lo que siempre hacía para avisarla de que tenía que parar. Ella no se detuvo y sus ojos se abrieron al sentir la intensidad de su orgasmo, jadeando y sujetando a Hermione más fuerte.
Ella se apartó y él liberó sus rizos. Hermione volvió a subir, besando su pecho hasta que llegó a su mejilla.
—Tenías que haber parado —dijo Draco en voz baja.
Hermione sacudió la cabeza.
—Quería probarlo.
—Yo también —admitió él en un susurro.
Sus ojos se abrieron llenos de sorpresa.
—¿Es la primera vez que alguien te lo hace?
—Yo... yo nunca había tenido tanta confianza con nadie.
Hermione sonrió y se acercó para besarlo pero se detuvo a pocos centímetros, dudando. Draco levantó una ceja y atrapando su rostro entre sus manos.
—Nunca dudes si besarme o no —susurró, uniendo sus labios.
Rozó su lengua y la besó lentamente, inclinándose más sobre ella. Poco después se separó, juntando sus frentes y mirándola fijamente.
—Sigues sabiendo a mora.
Ella se rio y pasó una mano por sus mechones rubios, intentando peinarlo. Él arqueó las cejas y sus labios se torcieron, formando una sonrisa malvada.
—Deberías preocuparte por tu pelo, Hermione.
Se apartó de ella y subió las escaleras a paso rápido. Hermione arrugó el entrecejo lo siguió, entrando en el baño del pasillo y acercándose al espejo.
Al verse se llevó una mano a la boca. Sus rizos estaban completamente enredados.
Draco apareció tras ella con un pijama puesto y riéndose entre dientes. Ella le lanzó una mirada de odio a través del espejo y él se encogió de hombros, extendiendo la mano donde llevaba su pijama violeta.
—No he podido evitarlo. Sabes que me gustan tus rizos.
Hermione maldijo entre dientes y aceptó la ropa, todavía mirándolo mal. Draco le dedicó una sonrisa torcida y levantó su varita, susurrando algunas palabras mientras la pasaba por su larga melena castaña.
Los nudos se deshicieron un poco.
—Arreglado... más o menos —dijo él con voz divertida.
Hermione resopló y se hizo una coleta como pudo, volviendo a bajar con él hacia la cocina.
Maldito Draco Malfoy y la obsesión que tenía con su pelo. Cada vez que la besaba o se acostaban él siempre enredaba sus rizos, tirando y entrelazando sus dedos entre ellos. Al final Hermione terminaba con un nido de pájaros en la cabeza, y era mucho peor si se lo acababa de lavar y el olor a frutas era más intenso.
Entonces Draco se volvía completamente loco... y sus rizos lo pagaban.
Hermione y Arthur caminaban por Downing Street vestidos como muggles. Dos guardias les permitieron atravesar la verja cuando se identificaron, y otro les abrió la puerta del número diez.
—Les está esperando en su despacho, al final del pasillo.
Arthur asintió y entró en el edificio seguido de Hermione. Tras dar unos golpes en la puerta, escucharon la voz del Primer Ministro inglés diciendo que podían pasar.
Tony Blair estaba de pie junto a la ventana, muy pálido y sudoroso. Hermione cerró la puerta y sacó su varita, silenciando la habitación.
—¿Qué ha pasado ahora? —preguntó el muggle con preocupación.
Arthur levantó las manos, intentando tranquilizarlo.
—No traemos malas noticias. Puedes sentarte y te lo explicaremos.
El ministro entrecerró los ojos pero obedeció, sentándose en la silla de su despacho. Hermione y Arthur tomaron asiento en las dos sillas que había al otro lado de la mesa.
—La última vez que nos vimos fue cuando vine a presentarme después de la guerra. Ese día le dije al ministro que la guerra mágica había terminado y que los mug... la gente no mágica no volvería a sufrir ningún ataque —explicó el Señor Weasley, mirando de reojo a Hermione.
Ella asintió y el Primer Ministro se fijó en ella.
—¿Y ella quién es?
—Mi secretaria. Estamos aquí porque el año que viene va a haber un campeonato y muchos magos de todas partes del mundo visitarán el país, por lo que tenemos que hablar contigo sobre cómo evitar que la gente no mágica se entere.
Tony Blair tragó saliva, paseando su mirada entre los dos.
—¿Y si no quiero que vengan más chiflados al país?
—Me temo que eso no es decisión tuya —respondió Arthur con voz dura.
El ministro suspiró, apoyando las manos sobre la mesa.
—Está bien, acabemos con esto cuanto antes. No pienso volver a presentarme a las elecciones, estoy deseando salir de aquí y olvidar todo lo que me habéis contado estos años.
Hermione y Arthur cruzaron una mirada. Sabían que, en cuanto dejara de ser ministro, un desmemorizador se encargaría de que no recordara nada sobre el mundo mágico.
Ella carraspeó y puso sobre la mesa un archivador naranja, abriéndolo y empujándolo hacia el ministro.
Él jadeó al ver que había más de sesenta folios dentro, esperando ser leídos.
Hermione miró de reojo al Señor Weasley, que asintió.
—Bien, vamos a estar aquí un buen rato. Escúcheme atentamente, Primer Ministro —dijo ella, inspirando profundamente.
