Capítulo Diez

Primer ataque


Draco miró el reloj de oro blanco que llevaba en la muñeca izquierda, herencia de su abuelo Abraxas. Según sus cálculos Hermione estaría todavía reunida con el ministro muggle y Arthur Weasley, por lo que llegaría bastante tarde a casa.

Golpeó el artefacto plateado con su varita, haciendo que los tres cerebros volvieran a su tanque.

Al tocar el agua sus tentáculos se retorcieron y alargaron, saliendo a la superficie e intentando alcanzarlo. Draco recogió los tres frascos vacíos que había sobre la mesa y se mantuvo la distancia.

Sabía que a aquellos cerebros no les gustaba lo que les estaba haciendo y que buscaban venganza.

Conjuró un escudo sobre sí mismo y salió de la Cámara de los Pensamientos, haciendo una mueca cada vez que uno de los tentáculos golpeaba la barrera con furia.

Cerró la puerta y recorrió las estanterías llenas de profecías en dirección a la salida. Necesitaba darse prisa si quería que Hermione no sospechara nada.

Se encontró con Blaise en el recibidor del Departamento de Misterios, despidiéndose de los guardias.

—Blaise, necesito hablar contigo.

Su amigo lo miró de reojo y los dos salieron juntos al pasillo de azulejos negros, caminando en silencio hasta los ascensores. Las barreras mágicas los escanearon y los dejaron pasar, como todos los días. Se subieron en uno de los ascensores, que por suerte estaba vacío, y Draco se giró hacia Blaise.

—A partir de hoy le voy a decir a Hermione que me quedo trabajando hasta más tarde. Si te pregunta, cúbreme.

Blaise frunció el ceño.

—¿Y qué es lo que vas a hacer? ¿Es que la estás engañando?

—No digas gilipolleces —gruñó Draco entre dientes.

—¿Entonces?

—No te lo puedo decir por ahora, ni a ella tampoco.

Blaise puso los ojos en blanco y resopló.

—A mí me puedes contar cualquier cosa. Entre inefables no se rompe el juramento.

—Prefiero no decir nada hasta estar seguro.

—Tiene algo que ver con eso tan misterioso que estás haciendo con los cerebros... ¿no?

—Sí —admitió Draco en voz baja.

La verja dorada se abrió y los dos salieron al Atrio, dirigiéndose a las chimeneas conectadas a la Red Flu.

—Le diré que a veces tenemos que trabajar un par de horas más si me pregunta. Espero que sepas lo que estás haciendo, Draco.

Él le dedicó una mirada cansada.

—No sé ni si va a funcionar... pero quiero intentarlo.

Se despidió de Blaise y lo vio marcharse a su mansión por una de las chimeneas. Draco entró en otra y las llamas verdes envolvieron su cuerpo.

—San Mungo —susurró en voz baja.


Hermione llegó a casa a las ocho, completamente agotada. La reunión con el Primer Ministro se había alargado demasiado pero por fin lo tenían todo planeado para el próximo Mundial de Quidditch.

Se sorprendió al encontrar la habitación oscura al salir de la chimenea. Draco solía llegar sobre las siete todos los días.

Agitó su varita, encendiendo las luces, y Crookshanks se acercó a saludarla.

Decidió preparar algo rápido de cena, sacando un par de paquetes de ramen instantáneo de uno de los armarios de la cocina. Puso una olla sobre el fuego y, con un golpe de su varita hizo que el agua empezara a hervir. Resopló, pensando en que Draco tenía razón y era estúpido no utilizar la magia para cocinar más rápido. Echó los fideos con verduras en el agua y miró de reojo hacia la estantería donde tenían las botellas de alcohol.

A la mierda. Después del día tan complicado que había tenido, se lo merecía.

Cogió la botella de Whisky de Fuego y se sirvió en un vaso, conjurando varios hielos dentro. Le dio un trago y toda su garganta ardió como si de verdad estuviera bebiendo llamas.

—¿Cómo puede gustarle tanto esto? —murmuró, arrugando la nariz y mirando de reojo a Crookshanks.

El gato ronroneó y Hermione se encogió de hombros, bebiendo otro sorbo de whisky.

Escuchó el rugido de las llamas, señal de que Draco acababa de llegar. Repartió los fideos en dos cuencos y los puso sobre la mesa, sentándose y bebiendo un poco más.

Draco entró en la cocina y sus cejas se elevaron al ver lo que ella estaba bebiendo.

—¿Un día duro? —preguntó, cogiendo otro vaso y la botella llena del líquido color miel.

—Complicado... y largo —comentó Hermione, suspirando.

—Igual que el mío.

Draco se sentó frente a ella y los dos empezaron a comer.

—Es raro que hayas llegado tan tarde. ¿Ha pasado algo? —preguntó ella, extrañada.

Él sacudió la cabeza con la mirada fija en su comida.

—Hoy he tenido que quedarme un poco más en el Departamento.

—¿Por qué?

Draco levantó la vista y alzó una ceja, haciendo que Hermione pusiera los ojos en blanco.

—Odio que no puedas hablar de tu trabajo conmigo.

—A mí tampoco me gusta —admitió él en voz baja, bebiendo un sorbo de whisky.

Tras terminar de comer se quedaron en la mesa, con las manos alrededor de sus bebidas. Draco la observó sin decir nada con un gesto pensativo en su rostro.

—¿Está bueno?

Hermione pestañeó varias veces y bajó la mirada a su vaso, donde todavía le quedaba un poco de whisky.

—Es muy fuerte, aunque a partir del segundo trago el sabor mejora bastante.

Los labios de Draco se torcieron hacia arriba.

—Cuanto más bebes más bueno está. Ten cuidado con eso.

Los dos se rieron y terminaron lo que les quedaba de whisky de un trago, saliendo de la cocina. Draco se sentó en el sofá y Hermione se puso a su lado, apoyándose en su pecho y cerrando los ojos.

Él la rodeó con sus brazos y apretó la mandíbula.

No había nada que odiara más que mentirle... pero tenía que hacerlo.


"Draco Malfoy y Blaise Zabini, se solicita su presencia en el recibidor."

La voz resonó por todo el Departamento de Misterios, sorprendiendo a Draco y a Blaise. Estaban en la Sala de las Profecías, revisando las estanterías para hacer la limpieza semanal de aquellas que se habían apagado.

Corrieron hasta el pasillo central y al encontrarse se miraron, confundidos.

—¿Por qué nos llaman? —preguntó Blaise con el ceño fruncido.

—Ni idea.

Los dos caminaron a paso rápido hacia la puerta que daba al recibidor y, al salir, vieron que los guardias estaban sujetando a una persona.

—Señorita, no puede pasar. Ya les hemos avisado y no tardarán en venir.

—¡Pero es importante!

Draco frunció el ceño al escuchar la voz de Hermione y en tres pasos estuvo junto a ella, que estaba intentando que los guardias la soltaran.

—¿Qué haces, Granger? Sabes que no puedes venir aquí —preguntó, enfadado.

Ella lo miró y el estómago de Draco se retorció al ver que tenía lágrimas en los ojos.

—Es Pansy. Han atacado su tienda y está herida.

Blaise y Draco cruzaron una mirada y salieron hacia el pasillo de azulejos negros, caminando lo más rápido posible. Draco sujetó una de las manos de Hermione y se despidió con un gesto de los dos guardias, que estaban muy alterados.

Los tres pasaron las barreras mágicas juntos y entraron en uno de los ascensores.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Blaise, preocupado.

—No lo sé, he venido a buscaros en cuanto me he enterado. Harry me ha dicho que no ha sido grave y que la han llevado a su casa.

Draco rechinó los dientes y volvió a mirar a Blaise, que tenía el rostro sombrío.

A lo mejor era solo una coincidencia... o quizás era el primero de muchos ataques hacia los sangre pura, tal como prometía la profecía.

—Vamos —apremió Draco, tirando de Hermione para que caminara más rápido.

Los tres entraron en una de las chimeneas grandes y aparecieron en la Mansión Parkinson pocos segundos después. Un elfo les recibió, indicándoles que Pansy estaba en su habitación.

Draco y Blaise subieron las escaleras de dos en dos, seguidos de Hermione. Corrieron hasta la puerta del cuarto de su amiga y la abrieron bruscamente, entrando en su interior.

Pansy estaba tumbada en su cama, leyendo un libro. Lo cerró de golpe y los miró con ojos asustados.

—¿Qué forma es esa de entrar? ¿Queréis matarme del susto?

Los dos se acercaron a ella y Blaise se sentó en el borde de la cama, escudriñando su rostro. Tenía varios cortes cubiertos con una pasta viscosa y una de las manos vendada.

—Estábamos preocupados por ti. ¿Qué te han hecho? —preguntó Blaise.

Pansy abrió mucho los ojos al escuchar la voz grave de su amigo. Hermione se sentó al otro lado de la cama.

—Menos mal que estás bien, Pansy —murmuró, suspirando.

Ella miró a Hermione y le dedicó una sonrisa burlona.

—Hermione Granger preocupada por mí... creo que ya lo he visto todo —dijo entre risas.

Blaise sujetó su hombro, haciendo que volviera a mirarlo.

—¿Qué te han hecho? —repitió, agitándola un poco.

—No sé bien lo que ha pasado, los aurores me lo dirán en unos días. La tienda prácticamente ha desaparecido, el fuego demoníaco lo ha devorado todo.

—¿Fuego demoníaco? —repitió Draco, palideciendo.

Ya había perdido a un amigo así. No podía pasarle otra vez.

Pansy alargó una mano y sujetó la muñeca de Draco, tirando para que él también se sentara junto a ella.

—Estoy bien, Draco. La peor parte se la ha llevado mi pierna pero me han dicho que solo me van a quedar algunas cicatrices.

Blaise frunció el ceño y apartó las sábanas. La pierna derecha de Pansy estaba completamente vendada.

—¿Quién ha sido? —preguntó Draco, apretando los dientes.

—Por ahora no se sabe, seguramente estaban usando el encantamiento desilusionador porque nadie vio nada. De repente la tienda estalló en llamas y por suerte todos pudimos salir a tiempo.

Blaise apretó los puños y maldijo en voz baja. Pansy puso la mano derecha sobre uno de sus nudillos, acariciándolos con su dedo pulgar.

—Estoy bien, Blaise. De verdad, relajaros y dejad el drama.

Él levantó la mirada con ojos furiosos.

—¿Que nos relajemos? ¡Podrías haber muerto, joder!

Los tres se sorprendieron al escuchar el grito de Blaise. Era la primera vez que le veían alzar la voz.

—Estoy sana y salva, ya lo veis —respondió Pansy, mirando a Draco de reojo en busca de alguna explicación.

Él se encogió de hombros y buscó la mirada de Hermione.

—¿Vienes conmigo al Callejón Diagon? Quiero enterarme de lo que ha pasado.

Hermione asintió y los dos se levantaron. Draco se inclinó y abrazó a su amiga, acercando los labios a su oreja.

—Ahora eres tú la que no se da cuenta de nada —susurró muy bajo, para que solo ella lo escuchara.

Al incorporarse, los ojos verdes de Pansy lo miraban llenos de confusión. Draco movió un poco la cabeza hacia Blaise disimuladamente y agarró la mano de Hermione, saliendo de la habitación con ella y cerrando la puerta.

—¿Blaise siente algo por Pansy? —preguntó Hermione en un susurro mientras bajaban las escaleras.

Draco sonrió y pasó un brazo sobre sus hombros, acercándola a él y besando su frente.

—Por algo dicen que eres la más inteligente —murmuró con voz divertida.

—¿Tú lo sabías? ¿Y por qué no me lo has contado?

—No lo sabía, lo sospechaba... y su reacción me lo ha confirmado —dijo Draco, cogiendo un puñado de polvos flu de la bolsa que había en el borde de la chimenea y echándolo sobre las ascuas.

Dio unos pasos y apareció en el Caldero Chorreante. Tres segundos después, Hermione estaba a su lado.

Entraron juntos en el Callejón Diagon y pasaron por delante de Gringotts, girando a la derecha hacia la calle donde estaba la tienda de la madre de Pansy.

Las dos la llevaban juntas. Su madre se pasaba semanas viajando en busca de nuevas telas y Pansy supervisaba el trabajo de las modistas, asegurándose de que hicieran los vestidos y capas igual que en sus diseños.

Al acercarse, la zona estaba llena de aurores. Vieron a Harry cerca de la puerta, anotando datos en una pequeña libreta con un bolígrafo. Era el único usando algo muggle, los demás tenían plumas o cámaras de fotos en las manos y estaban asegurándose de que nada quedara sin revisar.

El local estaba completamente destrozado, lo poco que quedaba en pie todavía humeaba y todo era de color negro. Había cenizas por todas partes y olía a quemado.

Draco frunció el ceño y atravesó la línea de luz amarilla que habían instalado los aurores para que nadie se acercara a la escena del crimen. Hermione jadeó al verlo pero se apresuró a seguirlo.

Un auror se interpuso en su camino.

—¿Dónde creeis que vais? Solo los aurores pueden estar aquí.

Draco lo ignoró, buscando a Harry con la mirada.

—¡Potter!

Harry se giró al escuchar su nombre y abrió la boca al verlos. Sacudió la cabeza y corrió hacia ellos.

—¡No podéis estar aquí! Ya le he dicho a Hermione que Pansy está bien —dijo, palmeando el hombro del otro auror.

El hombre apretó los labios pero se marchó, dejándolos a los tres solos.

—Es mi mejor amiga, Potter. ¿Y si alguien hubiera atacado a Hermione? ¿Qué harías tú?

Harry miró un momento a Hermione y cerró los ojos, suspirando y apretándose el puente de la nariz.

—Está bien... venid, pero esto es información clasificada.

Los dos asintieron y lo siguieron en silencio, entrando en lo que quedaba de la pequeña tienda. Harry apartó un trozo de madera con el pie y caminó hasta el fondo, señalando la pared con el dedo índice.

Draco y Hermione se pusieron a su lado y los dos contuvieron la respiración. Había un mensaje escrito con grandes letras y tinta negra.

Sangre pura, sois los siguientes

Draco cerró los ojos y se llevó las manos al rostro, suspirando.

—Mierda... ella no.

—Encontraremos al culpable, Malfoy. Y Pansy llevará protección a partir de ahora. Quien haya sido no se atreverá a volver a atacarla —dijo Harry, apoyando una mano en su hombro.

Draco se tensó al sentirlo pero no se apartó. Sintió un brazo de Hermione rodeando su cintura y volvió a suspirar, bajando las manos.

—Gracias, Potter. Mejor nos vamos y te dejamos trabajar.

Harry asintió y los tres volvieron a salir a la calle en silencio. Draco y Hermione atravesaron la línea luminosa pero, tras un par de pasos, él se detuvo y se inclinó sobre ella, hablando en voz baja.

—Dile a Potter que te preste su capa invisible.

Hermione frunció el ceño y miró a Draco, que asintió una vez. Ella volvió a traspasar la línea de los aurores y corrió hacia Harry.

Draco los observó hablar un momento y los ojos verdes de Harry se posaron brevemente en él. Hermione volvió a su lado y se alejaron de allí.

—Esta noche me la traerá. ¿Para qué la necesitas? —preguntó ella, esquivando a los curiosos que se habían acercado para enterarse de lo que estaba pasando.

Draco no dijo nada hasta que estuvieron de nuevo en el Atrio del Ministerio, subidos en uno de los ascensores.

—Mañana vas a venir conmigo al Departamento de Misterios. Tengo que enseñarte algo.

Hermione jadeó, mirándolo con ojos sorprendidos.

—¿No es peligroso? ¿Y si te pasa algo por contármelo?

—No te voy a contar nada, solo te lo voy a enseñar. Irás bajo la capa para que nadie sepa que estás ahí. Si se enteran de que te he dejado entrar, acabaré en Azkaban —murmuró él con voz grave.

—No es la primera vez que me cuelo en sitios prohibidos —contestó ella, sonriendo.

—Ya lo sé, ibas con cara de buena y luego eras la peor de todas. Nos tenías a todos engañados.

Hermione sonrió pero no contestó. Estaban en la segunda planta y se acababan de subir dos mujeres al ascensor.

Se acercó un poco más a Draco y él colocó un brazo alrededor de su cintura.

—Luego hablamos en casa —susurró cerca de su oído.

Ella asintió y lo miró a los ojos antes de salir del ascensor, que ya estaba en la primera planta. Miró hacia atrás y él le guiñó un ojo con una sonrisa burlona en sus labios justo antes de que el ascensor saliera disparado hacia abajo.