Capítulo Doce

El Departamento de Misterios


—Tengo muchas preguntas —murmuró Hermione con voz grave.

—Y sabes que no puedo contestarte, de hecho no podré hablar contigo sobre lo que vas a oír... pero podré escuchar tu opinión —respondió él, sonriendo hacia el lugar desde donde sonaba su voz.

La esfera se iluminó en sus manos y la voz de su antigua profesora de adivinación resonó en el pasillo. Los dos permanecieron en silencio hasta que la profecía terminó y Draco volvió a dejar la esfera en su sitio.

—Esto... esto es grave —dijo Hermione en voz baja.

—Lo sé.

—¿Crees que lo que le ha pasado a Pansy está relacionado?

Draco miró hacia donde creía que estaba Hermione, levantando una ceja.

—Sé que piensas que sí. Tres años... eso coincide con...

—Con la final de la Copa de Quidditch, sí.

Hermione se acercó a él y sujetó una de sus manos, entrelazando sus dedos. Draco se dio cuenta de que estaba temblando.

—¿Crees que ese día van a asesinar a todos los sangre pura que haya allí? —preguntó ella en un susurro.

Él suspiró y ella supo lo que le respondería si pudiera.

—Tienes que irte, Hermione. Pronto llegarán más inefables y pueden descubrirte.

Ella tragó saliva y Draco empezó a andar sin soltar su mano, dirigiéndose a la misma puerta por la que habían entrado.

—Anoche le escribí a Blaise pidiendo que entrara despacio para que tú puedas salir a la vez, va a llegar justo dentro de un minuto. Yo te abriré esta puerta, espera a que él abra la que da al pasillo y sal lo más rápido posible de aquí.

—Vale. Nos vemos luego —susurró Hermione, rodeándolo con sus brazos.

Draco miró a ambos lados, asegurándose de que estaban solos, y besó su frente. Se sorprendió al sentir que la capa estaba helada al tacto aunque ella estuviera debajo.

—Ten cuidado —murmuró, abriendo la puerta.

Hermione y él salieron al recibidor. Draco se acercó a los guardias para preguntarles si ya había llegado Kate y ella recorrió la estancia hasta la puerta negra del final, quedándose a un lado.

No tardó en abrirse y vio la alta figura de Blaise. Salió a toda velocidad y le rozó la mano para que supiera que estaba ahí. Blaise miró hacia atrás, guiñando un ojo, y entró en el recibidor.

Cuando la puerta se cerró, Hermione corrió hacia los ascensores y se subió en el primero que llegó vacío. Se quitó la capa y la guardó en su bolso púrpura de cuentas, que todavía tenía el encantamiento de extensión indetectable. Saludó a las dos brujas que se subieron en la séptima planta y, cuando el ascensor anunció que ya estaban en la primera, salió en dirección a su despacho con el corazón latiéndole a toda velocidad.

Hermione dejó de andar al ver que, junto a su puerta, había otra muy parecida que no estaba antes. Sacudió la cabeza y entró en su despacho, quedándose con la boca abierta al ver que la puerta que lo unía con el del ministro había desaparecido.

Volvió a salir al pasillo y tocó en la puerta nueva dos veces.

—Pasa.

Hermione abrió la puerta y miró a Arthur con ojos sorprendidos. Él estaba sentado en su mesa, leyendo El Profeta mientras bebía una taza de café.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó, muy confundida.

Arthur levantó la mirada del periódico y le dedicó una pequeña sonrisa.

—Hace unos días solicité a Mantenimiento Mágico que cambiaran mi puerta de sitio. Creo que mi secretaria necesita tener un despacho propio y así ya no tendré que invadir tu espacio cada vez que necesite salir.

Ella pestañeó varias veces.

—Pero... ¿por qué?

Arthur suspiró, frotándose la frente.

—Vienen muchos de tus amigos a visitarte, especialmente Malfoy. El otro día iba a salir y vi que él te estaba... besando, por lo que pensé que este cambio era buena idea. Llamaré antes de entrar, lo prometo —dijo, sonriendo al ver que con cada palabra Hermione se ponía más roja.

—Oh, Dios... Lo siento muchísimo, Arthur. Él no suele besarme en sitios públicos, yo...

El Señor Weasley levantó una mano para detenerla.

—No te disculpes, yo también he sido joven y he estado enamorado. ¿Te importa subir esto al Departamento de Deporte y Juegos Mágicos? Ah, y cuando termines con lo de los trasladores lo puedes llevar directamente a la oficina de la sexta planta, no voy a revisarlo. Todo lo que haces está siempre perfecto, Hermione.

Ella seguía totalmente ruborizada y se había quedado sin palabras. Asintió y cogió la carpeta que el ministro había señalado, mordiéndose el labio inferior y volviendo a mirarlo a los ojos.

—Todo está bien, Hermione. No te preocupes —aseguró él.

Ella volvió a asentir y salió del despacho, cerrando la puerta. Entonces se dio cuenta de que ahora había dos placas en vez de una. El nombre de Arthur Weasley estaba junto a la puerta que acababa de cerrar y el suyo se podía ver cerca de la otra en una nueva placa dorada.

Hermione suspiró, sintiéndose muy avergonzada. Se dirigió a los ascensores y pulsó el botón de la séptima planta, deseando chocarse con algo peligroso al llegar al caótico Departamento de Deportes y así terminar con su sufrimiento de una vez.

Puso los ojos en blanco al pensar que se estaba volviendo tan dramática como su novio.

Maldito Draco Malfoy y sus besos intoxicantes. Seguro que no le iba a hacer gracia saber que el Señor Weasley los había visto aquel día, cuando se volvió loco al verla con los labios oscuros.


Hermione notó esa sensación en la parte de atrás de su cabeza, la misma que tenía cuando alguien la estaba observando.

Levantó la mirada y se encontró con Draco apoyado en el marco de su puerta. Tenía los brazos y los tobillos cruzados, y su típica sonrisa burlona en los labios.

—Hoy solo has tardado veinte segundos. Vas mejorando.

Hermione hizo una mueca y cerró el libro sobre leyes mágicas que estaba leyendo. Draco caminó hasta ella y frunció el ceño al mirar a la izquierda.

—¿Y la puerta del despacho del Ministro?

Ella agitó su varita, guardando todos los archivos que había sobre su mesa en las carpetas.

—Ahora está fuera.

Ambos salieron al pasillo y Hermione selló su puerta con magia para que nadie pudiera abrirla mientras no estaba. Tenía varios casos sobre los mortífagos de Azkaban en su despacho y toda esa información estaba clasificada como alto secreto.

Draco sujetó su mano y entraron juntos en uno de los ascensores.

—¿Y por qué la han cambiado de sitio?

Hermione suspiró y lo miró a los ojos, aprovechando que estaban solos para decírselo.

—Arthur nos vio el otro día, cuando tú... y por eso ha pedido que la cambien, para que yo tenga mi propio despacho.

Draco se quedó callado un momento, pero enseguida una sonrisa se extendió por su cara. Se inclinó sobre ella, rozando sus labios.

—Si lo hubiera sabido, lo habría hecho antes.

Hermione no pudo evitar sonreír y responder a sus besos. Cuando salieron al Atrio todavía se estaban riendo.

—Pensaba que no te iba a gustar que él te haya visto tan cariñoso conmigo.

Él se encogió de hombros mientras entraban en una de las chimeneas, con las llamas verdes lamiendo su piel. Aparecieron en el Caldero Chorreante y decidieron quedarse a comer en el Callejón Diagon.

—A partir de ahora te visitaré más. Por fin podré hacerte de todo en ese despacho.

Hermione puso los ojos en blanco y negó con la cabeza, estrujando su mano. Draco seguía siendo igual que cuando empezaron a salir, y todavía le hacía sentir mariposas en el estómago constantemente.

Él sujetó la puerta de uno de los pubs de la calle principal y levantó las cejas en su dirección. Ella sonrió, dejando una caricia en su mejilla antes de pasar.

Se sentaron en la mesa favorita de Draco, la más lejana de la puerta, y ella lanzó un muffliato sobre la mesa en cuanto pidieron la comida.

—Jamás habría imaginado que eras todo un caballero, Draco. Todavía me sorprende.

—Siempre lo he sido, pero solo con quien se lo merecía. Pregúntale a Pansy —contestó él, arqueando una ceja y lanzándole una mirada llena de burla.

—¿Solo eras así con ella?

—Con las chicas de Slytherin en general, excepto con las más insoportables.

—¿Las demás no éramos dignas de ver tus buenos modales?

—Exacto.

Hermione resopló, bebiendo un trago de su cerveza de mantequilla.

—No podía ser amable contigo, tenía que odiarte... ¿recuerdas? A tí y a todos los traidores a la sangre —añadió Draco en voz baja.

—Bueno, me alegro de ser digna ahora.

Él puso los ojos en blanco y movió su silla, sentándose más cerca de ella.

—El que no soy digno soy yo —susurró, alzando su barbilla con una mano y juntando sus labios.

Ella sonrió y apartó el flequillo de sus ojos grises, sonrojándose.

—¿Siempre tienes que ser tan dramático?

Draco correspondió a su sonrisa pero no contestó. Una vez que el camarero les dejó la comida, Hermione se inclinó hacia él.

—No puedo creer que no me hayas dicho nada sobre esa profecía antes.

—Sabes que no puedo y, además, solo iba a servir para preocuparte.

—¿Y por qué ahora sí? ¿Por lo de Pansy?

Draco asintió mientras masticaba.

—¿Entonces piensas que va a haber un ataque en la final de quidditch?

Draco la miró sin decir nada, pinchando otra zanahoria.

—¿Quién puede estar detrás de todo esto?

—No puedo decírtelo.

—Esa parte de amor y odio... ¿crees que se refiere a nosotros?

—No puedo.

—¿Hay algo que puedas decirme? —preguntó Hermione, dejando caer el tenedor sobre el plato con frustración.

Draco soltó los cubiertos y colocó una de sus manos en su cuello, apoyándola en su nuca y enredando los dedos en sus rizos.

—Muchas cosas. Me encanta tu olor, tus ojos, tu boca... —susurró, pasando el pulgar por su labio inferior.

Hermione sintió que su aliento se entrecortaba.

—Y me encantas tú, Hermione —añadió, acercándose hasta atrapar sus labios.

Hermione cerró los ojos y respondió a ese beso, que fue mucho más corto de lo que le habría gustado.

—Sé que eres capaz de adivinar lo que respondería a tus preguntas. Me conoces bien y eres tan inteligente como yo —dijo Draco al apartarse.

—Soy más inteligente que tú —protestó ella en voz baja, todavía algo aturdida por sus palabras.

Draco bebió un gran trago de agua y volvió a concentrarse en su comida, riendo entre dientes.

—Lo soy —repitió Hermione, dándole un codazo.

Él le dedicó una sonrisa burlona.

—Nunca aceptaré eso, por mucho que lo digas.

Hermione puso los ojos en blanco y suspiró.

—Debería haber escrito la profecía en cuanto llegué al despacho, ahora no sé si me voy a acordar de todo.

—Para eso tenemos un pensadero en la Mansión Malfoy.

Ella levantó la mirada, sorprendida.

—¿En serio? ¿Dónde?

—En un pasadizo, tras una pared de la biblioteca.

—¿Y tu padre me dejará utilizarlo?

Draco curvó sus labios y ladeó la cabeza, mirándola de reojo.

—A ver si se atreve a impedírtelo.

Hermione hizo una mueca y pinchó el último trozo de su lasaña, llevándoselo a la boca.

—Este fin de semana iremos a comer con ellos y después te enseñaré el pensadero.

—Está bien... pero no quiero que discutas con tu padre.

—No lo haré, pero si dice algo que no me guste pienso contestarle.

Hermione sacó un pequeño monedero de su bolso de cuentas y dejó un puñado de galeones sobre la mesa.

—¿Llevas ahí la capa? —preguntó él en un susurro.

Ella asintió y los dos se levantaron, saliendo del pub. De camino al Caldero Chorreante varios magos miraron mal a Draco.

—Escoria —murmuró uno de ellos entre dientes al pasar cerca.

Draco resopló.

—Muy original —contestó, cogiendo una de las manos de Hermione y mirando hacia atrás.

Los ojos oscuros de ese hombre todavía estaban clavados en él.

Hermione aceleró el paso y los dos volvieron al Ministerio. Se subieron en el mismo ascensor y él la acompañó hasta la primera planta, dejando un beso rápido en sus labios antes de que ella se bajara.

—Nos vemos esta noche —dijo ella, observando cómo se cerraban las rejas doradas.

Draco asintió y el ascensor volvió a descender, pero se bajó en la octava planta. Cruzó el Atrio y, tras comprobar que nadie se estaba fijando en él, entró en una de las chimeneas.

—San mungo.

Las llamas verdes lo engulleron y unos segundos después apareció en la recepción del hospital. Caminó tranquilamente hasta la mesa de información y tamborileó los dedos sobre ella, llamando la atención de la mujer que había tras el mostrador.

—¡Señor Malfoy! ¿Otra vez por aquí?

—Me gusta aprovechar cuando tengo tiempo libre para visitar a mi profesor favorito —respondió él, curvando una de las comisuras de sus labios.

—Y a él le encanta recibir visitas, aunque es una pena que no pueda recordar a nadie. Estará donde siempre, si no lo encuentra pregunte a las sanadoras. Tercera planta, sala 49.

Draco asintió y empezó a caminar por uno de los pasillos, en dirección a las escaleras. Todos estaban adornados con retratos de sanadores famosos y los iluminaban unas burbujas de cristal que flotaban por el techo llenas de velas. Eso siempre le recordaba un poco al Gran Comedor de Hogwarts y sus velas flotantes.

Saludó con una inclinación de cabeza a todos los sanadores que se encontraba. La mayoría le respondía igual, aunque un par de mujeres jóvenes se ruborizaron al verlo y empezaron a cuchichear entre ellas. Draco las ignoró y siguió subiendo las escaleras hasta llegar a la tercera planta.

En aquel piso todas las puertas eran de cristal y se podía ver a los pacientes dentro de las habitaciones. Recorrió el pasillo hasta el final, abriendo la puerta de la sala 49. Tres rostros conocidos giraron la cabeza.

Draco apretó la mandíbula al ver a los padres de Neville sentados en uno de los sofás. Él tenía la mirada perdida y nunca lo había visto hablar, pero ella sí lo miraba cada vez que iba allí.

Alice Longbottom clavó sus ojos marrones en él, sonriendo con timidez.

Draco se acercó a ella y sacó un caramelo de limón de su bolsillo, entregándoselo. La cara de Alice se iluminó y aceptó el regalo, abriendo el caramelo y guardando el papel en un bolsillo.

—Gracias.

Él asintió y se alejó hacia una de las ventanas, donde estaba la figura de su antiguo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras.

—¡Tú! ¿Quieres otro autógrafo? —preguntó Gilderoy Lockhart muy sonriente.

—Por supuesto, profesor.

—Tengo las fotos en mi habitación. Acompáñame —dijo muy animado, saliendo de la sala.

Draco miró de reojo a la sanadora que estaba allí y ella le dedicó una sonrisa.

—Desde que vienes a verlo está más animado, y a Alice le encanta que le traigas caramelos. Eres un buen chico.

Draco arqueó las cejas, preguntándose si esa mujer pensaría lo mismo si supiera lo que estaba haciendo. Se despidió de ella y siguió a Gilderoy, que le estaba esperando en la puerta de su habitación.

—¿Cuántas quieres hoy? ¿Cinco? ¿Diez? Las puedes repartir con tus amigos.

—Cinco está bien —aceptó Draco, cerrando la puerta.

Sacó la varita y lanzó un muffliato, un hechizo anti-apertura y uno cegador para que nadie pudiera ver lo que pasaba desde fuera de la habitación. Cualquiera que se acercara pensaría que estaba vacía.

Draco dio varios pasos hacia Gilderoy, que estaba sentado en un pequeño escritorio firmando fotos donde salía su rostro. Hizo una mueca al ver la típica sonrisa falsa que siempre ponía el profesor durante el año que estuvo en Hogwarts y se sentó frente a él.

—En realidad he venido para otra cosa, profesor.

—¿Para qué? —preguntó Gilderoy, levantando la pluma y mirándolo a los ojos.

—Para continuar con mi pequeño experimento —respondió él, apuntándole con su varita.

Gilderoy sonrió y siguió escribiendo. Por suerte para Draco, no se enteraba de nada y no recordaba sus encuentros.

—Silencius.

Gilderoy levantó la mirada y abrió la boca, pero no salió ningún sonido.

—Incarcerous.

Unas cuerdas rodearon todo su cuerpo y le ataron a la silla, pero Gilderoy seguía sonriendo.

—Lo lamento, profesor. Pero es la única forma —murmuró Draco, alzando la varita para apuntar a su cabeza. —Legilimens.