Capítulo Trece
Malos recuerdos
Al terminar de trabajar Hermione decidió ir a casa de Harry para devolverle la capa. Atravesó una de las chimeneas del Ministerio y apareció en el pequeño recibidor del número doce de Grimmauld Place.
—¿Harry? ¿Ginny? ¿Hay alguien?
—¡Aquí! —se oyó la voz de Ginny gritando desde el salón.
Hermione sacó la capa invisible de su bolso y entró en la habitación. Ginny estaba de pie, con su varita en la mano derecha y mordiéndose el labio inferior mientras observaba el enorme sofá rojo que había frente a ella.
—No consigo hacer que sea más cómodo, aunque al menos esta habitación ya no es tan tétrica como antes —murmuró, girando la cabeza para mirar a Hermione y dedicándole una sonrisa.
Ella le dio un abrazo rápido a su amiga y apuntó con su varita al sofá.
—Prueba ahora.
Ginny se sentó en él y cerró los ojos, dando un largo suspiro.
—Ahora sí. Vas a tener que venir y ayudarnos a transfigurar los muebles, Hermione.
Las dos se rieron y Hermione se sentó a su lado, extendiéndole la capa plateada.
—Supongo que tú sabrás donde la guarda Harry. Dale las gracias por habérmela prestado.
—¿Para qué la necesitabas? —preguntó Ginny, levantando una ceja.
—Para colarme en el Departamento de Misterios con Draco. Él quería enseñarme algo... y no me preguntes porque no puedo hablar del tema. Se lo he prometido.
—Esos inefables y sus misterios... —respondió Ginny, poniendo los ojos en blanco.
—¿Te ha contado Harry lo de Pansy?
Ginny se tensó, cerrando y abriendo los puños varias veces.
—Sí, incluso me ha contado lo que había escrito en una pared. Estoy algo asustada, Hermione. Me ha recordado a... a lo que pasó con la Cámara de los Secretos.
—Es cierto. Entonces también aparecieron varios mensajes en la pared.
—Y los escribí yo.
Hermione suspiró, apoyando la cabeza en el hombro de su amiga.
—No sabías lo que hacías, Ginny. Ese diario te controlaba.
Se quedaron en silencio un momento, hasta que Ginny volvió a hablar.
—Hay algo que siempre he querido saber, pero no me he atrevido a hablar de ello con Malfoy. Tal vez podrías preguntárselo tú por mí.
—Claro, Ginny. Lo que quieras.
Ginny se apartó y cuadró los hombros, mirando a Hermione a los ojos.
—¿Por qué me daría su padre ese diario? ¿Querría matarme, o matarte a ti y a los que son como tú? ¿Y Malfoy sabría lo que estaba pasando? ¿Él sabía que yo iba a morir aquel año?
Hermione jadeó al oír sus palabras y sus ojos se abrieron mucho. Tardó un poco en contestar.
—Nunca he hablado de ese tema con Draco, pero le pienso preguntar.
—Harry dice que seguramente no sabía nada. Cuando estuvieron con él en la sala común de Slytherin no tenía ni idea de quién estaba abriendo la cámara... pero me cuesta confiar en Malfoy por eso.
—Lo entiendo, y creo que los dos deberíais hablar del tema.
Ginny palideció y sacudió la cabeza con fuerza.
—No puedo, yo... no puedo hacerlo.
—De acuerdo, lo haré yo. Pero estoy casi segura de que ni él ni su padre sabían lo que ese diario era realmente.
Ginny apretó los labios.
—A Draco puedo soportarlo porque es bueno contigo y me cae bien... pero a su padre no quiero ni verlo.
Hermione asintió. A ella tampoco le gustaba Lucius.
—Y después de que nos atacara en el Departamento de Misterios no sé cómo tú puedes soportar estar cerca de él —añadió Ginny.
Hermione suspiró.
—Porque es su padre... y él también está cambiando, intentando ser mejor persona. Los tres se merecen otra oportunidad, ¿no crees?
—Supongo que tienes razón.
Ginny apoyó la cabeza en el respaldo del sofá, cerrando los ojos.
Hermione cogió su mano y no dijo nada hasta que volvió a escucharse el rugido de las llamas. Harry entró en el salón y se detuvo al verlas, pero sacudió la cabeza y siguió andando hacia ellas.
—¿Qué hacéis aquí?
Ginny abrió uno de sus ojos marrones y miró a Harry fijamente.
—¿No puede tu novia venir de visita?
—Pues claro que puedes. Por mí te puedes quedar a vivir aquí.
—Mi madre me mataría, Harry. Y Ron a ti.
—Pero si ya prácticamente vives aquí —comentó Hermione, sonriendo.
Ginny abrió los dos ojos y la miró con una sonrisa burlona en sus labios.
—Eso ellos no lo saben.
Los tres se rieron y Harry se acercó más, apoyando una mano a cada lado de Ginny y agachándose para poder besarla. Ella hundió una de las suyas en su pelo oscuro, despeinándolo todavía más, y él suspiró, inclinándose y profundizando el beso.
Hermione miró hacia otro lado.
—No olvidéis que estoy aquí —comentó en voz baja, poniendo los ojos en blanco.
—Ayer yo te vi a ti así con Malfoy, así que no te quejes —respondió Harry, sin alejarse de los labios de Ginny.
Ella se rio, poniéndose de pie.
—Mejor me voy, que estáis ocupados. Nos vemos este fin de semana.
Se giró antes de salir por la puerta del salón y vio que Ginny ya estaba totalmente tumbada sobre el sofá, con Harry inclinándose más sobre ella mientras deshacía el moño con el que sujetaba su largo pelo rojo. Y seguían besándose como si ella no estuviera allí.
—¡Esperad a que me vaya! —se quejó, alejándose a toda velocidad hacia la chimenea de la salita.
Escuchó la risa de sus dos amigos.
—¿Has visto que ahora el sofá es muy cómodo, Harry? Es gracias a Hermione.
—Se lo agradeceré después de que lo probemos.
—¡Que os esperéis! —chilló Hermione, echando un puñado de polvos flu sobre la chimenea.
Lo último que escuchó antes de que las llamas verdes la engulleran fue una carcajada de Harry.
Cuando Draco apareció en el salón de la casa de los Granger, Hermione le estaba esperando sentada sobre la mesa del comedor.
Sonrió y se acercó a ella, colocándose entre sus piernas y buscando sus labios. Ella respondió a su beso, pero tras un par de segundos puso las dos manos en su pecho y lo empujó, obligándolo a alejarse.
—Tenemos que hablar, Draco.
Él alzó una ceja y recorrió su rostro con la mirada, intentando comprender por qué estaba tan seria.
—Eso es lo que dicen en tus películas muggles cuando van a romper una relación. ¿Debería asustarme?
Hermione puso los ojos en blanco y negó con la cabeza, sonriendo mientras subía las manos hasta su pelo rubio y entrelazaba los dedos entre sus mechones.
—No, pero necesito que hablemos de algo y seas sincero.
Draco se tensó de golpe.
—No es sobre la profecía ni nada de eso, tranquilo.
Él dejó salir un suspiro de alivio y, tras besarla de nuevo, se apartó para sentarse en una de las sillas. Hermione se sentó justo enfrente de él y cogió uno de los platos que tenía la cena que ella había preparado.
Sobre la mesa también había dos vasos llenos de Whisky de Fuego. Le alargó uno a Draco y ella levantó el suyo, bebiendo un gran sorbo.
—Vaya, parece que no me va a gustar esta conversación —comentó él, sujetando el tenedor y enrollando los espaguetis.
Hermione había hecho su plato favorito y los dos estaban bebiendo whisky. Eso no era buena señal.
—No, no te va a gustar... pero necesitamos hablar sobre esto. La verdad es que me extraña que no lo hayamos hecho ya.
Draco masticó y bebió un sorbo de whisky antes de contestar.
—Está bien, te escucho.
—Es sobre nuestro segundo año, cuando abrieron la Cámara de los Secretos.
Él tragó saliva y entrecerró los ojos, observando a Hermione. Ese año fue cuando empezó a llamarla sangre sucia, y también cuando le deseó la muerte (a ella y a todos los hijos de muggles que había en el colegio), y era algo que prefería no recordar.
—Si quieres que te pida perdón otra vez, yo...
—No es eso. No tienes que disculparte por nada, todo eso está en el pasado y ya no importa. Ahora me quieres y sé que solo repetías lo que te habían enseñado desde muy pequeño.
Draco se bebió lo que quedaba de whisky de un trago y suspiró.
—¿Entonces?
—Hace un rato he estado con Ginny y hay algo que ella necesita saber.
Él cerró los ojos y se llevó una mano a la frente, maldiciendo entre dientes. Ya sabía lo que le iba a preguntar.
—El diario de Vol-Voldemort, ese que le dio tu padre... ¿Tú sabías que ella lo tenía? ¿Y sabías lo que era?
Draco volvió a abrir los ojos y soltó los cubiertos, dejándolos sobre la mesa demasiado fuerte.
—Mi padre no me contó nada. Yo no tenía ni idea de nada de eso, ni de lo que le estaba pasando a tu amiga.
—¿Y si lo hubieras sabido? ¿Habrías hecho algo? —preguntó Hermione, aunque imaginaba la respuesta.
—Probablemente no. Tenía doce años, era estúpido y pensaba que mi padre siempre tenía la razón.
—¿Y tu padre? ¿Sabía lo que era ese diario?
Draco sacudió la cabeza.
—¿Crees que, si hubiera sabido que ahí dentro estaba parte del alma del Señor Tenebroso se lo habría dado a ella? No, él sospechaba que con eso se podía abrir la cámara... y usó a Weasley para colarlo en el colegio.
—No me gusta que llames a Voldemort así —murmuró ella, estremeciéndose.
—Es la costumbre. A mí tampoco me gusta que tú lo llames por su nombre.
Hermione resopló. Todavía le costaba, pero desde la Batalla de Hogwarts siempre decía su nombre.
—¿Y por qué no te lo dio a ti?
—Supongo que por si era algo peligroso. Mejor poner en riesgo a tu amiga que a su propio hijo.
Ella frunció el ceño.
—¿Has hablado del tema con él?
—Pues claro, más de una vez. Hablamos sobre el Señor Tenebroso y sobre ti cuando volví de Hogwarts el último año. Discutimos durante semanas hasta que conseguí que reconociera que se había equivocado en muchas cosas.
—¿Crees que... crees que se arrepiente? —preguntó ella en voz baja.
—Seguramente sí, pero Lucius Malfoy nunca va a disculparse. Ni contigo, ni con Ginny Weasley, ni con nadie. Los Malfoy no piden perdón —contestó él con voz fría.
—Tú sí lo hiciste.
—Yo soy la excepción.
—Seguramente seas el mejor Malfoy que ha existido nunca.
Los labios de Draco se curvaron hacia arriba.
—Probablemente. Soy el primero que acepta que todos los magos somos iguales, independientemente de nuestra sangre.
—Bueno, tu madre también piensa así.
—Mi madre es una Black, no lo olvides.
Ella asintió, recordando que Narcissa quería contarle a Draco que ahora volvía a tener relación con su hermana Andrómeda.
—Tu tía es un encanto y también es una Black. Deberías venir conmigo y conocerla de una vez.
Draco apretó los puños y resopló, volviendo a llenar su vaso de whisky.
—No.
—¿Por qué no quieres? Ella te aceptará, Draco. La conozco.
Él cuadró los hombros y la miró fijamente, haciendo que a ella le diera un escalofrío.
—¡Porque me siento culpable! Todos le dimos la espalda y no puedo presentarme ahora allí como si nada.
Hermione suspiró y se levantó, sentándose sobre su regazo y rodeando su cuello con los brazos. Junto sus frentes y dejó un beso pequeño en su nariz.
—Te he dicho muchas veces que te mereces una segunda oportunidad y tu tía está dispuesta a dártela. Además, tienes un primo de casi tres años que deberías conocer.
Los brazos de Draco le rodearon la cintura y él suspiró, pero sus ojos ya no estaban tan fríos como antes.
—No creo que me lo m...
Hermione le cubrió la boca con una de sus manos y negó con la cabeza.
—Como vuelvas a decir que no te lo mereces me voy a enfadar de verdad. Olvida ya todo eso y date una oportunidad a ti mismo como hemos hecho los demás.
Los ojos de Draco se abrieron más y sus brazos apretaron el agarre alrededor de ella.
—¿Te has enfadado conmigo?
—No, aún no —respondió ella, sonriendo al verlo preocupado.
Bajó la cabeza y sus labios se unieron.
—Prométeme que vas a dejar de pensar que no te mereces ser feliz, Draco.
—A ti te prometo lo que quieras —susurró él, deslizando los labios por su mandíbula hasta que llegó al hueco de su cuello, donde acarició su piel con los dientes.
—Promételo —insistió ella, cerrando los ojos y mordiéndose el labio para soportar sus besos.
Draco enredó una mano en los rizos que caían por su espalda mientras seguía mordiendo y succionando su clavícula.
—Te lo prometo, Hermione. Me merezco otra oportunidad y me merezco ser feliz, pero solo me interesa si es contigo.
Ella suspiró y ladeó la cabeza, dejando que los besos de Draco subieran hasta su oreja.
—Te estás aprovechando de que me vuelves loca —susurró, jadeando cuando él atrapó su lóbulo con los dientes.
Escuchó una pequeña risita junto a su cuello.
—Tú tienes la culpa. Se me va la cabeza cuando estás tan cerca —gruñó él, volviendo a atacar sus labios.
Se fundieron en un beso cargado de pasión y él se puso de pie, subiendo las escaleras hacia el dormitorio con Hermione riéndose entre sus brazos.
Llegó el viernes y Hermione apareció de nuevo muy cerca de los límites de la Mansión Malfoy con Draco a su lado. Ya era noviembre y había caído la primera nevada por lo que ambos llevaban un abrigo puesto.
Él sujetó su mano y atravesaron juntos la puerta metálica, como si fueran fantasmas.
—Me muero de ganas de ver el pensadero —admitió ella mientras caminaban por el sendero de piedra, dirigiéndose a la puerta principal de la mansión.
—Tendrás que esperar a después de la cena —contestó Draco con voz burlona.
En cuanto atravesaron las puertas de madera, Minsy apareció para recibirles. Aquel día llevaba puesto un vestido de color verde y calcetines rosas.
—¡Amo! ¡Señorita! Bienvenidos, la cena está casi lista.
—¿Cómo estás, Minsy? —preguntó Hermione, dejando su abrigo sobre uno de los percheros que había junto a la entrada.
—Minsy está muy contenta por tener visita. Esta casa es demasiado grande y normalmente no hay mucho que hacer.
—¿Has conseguido el vino que hacen tus primos de Francia? —preguntó Draco, agachándose para mirar a la elfa a los ojos.
Minsy enrojeció, asintiendo varias veces.
—Minsy lo tiene. Seis botellas.
—Tienes que decirme cuánto ha costado para que te lo devuelva. No voy a permitir que lo pagues tú.
La elfa sacudió la cabeza, golpeándose con sus propias orejas.
—¡A Minsy no le importa! Nunca gasta el dinero que le dan los amos, es la primera vez que lo utiliza.
Draco arqueó una de sus cejas sin apartar la mirada. Ella apretó los labios y al final suspiró.
—Diez galeones.
—Perfecto, te lo dejaré en tu caja fuerte. Muchas gracias, Minsy —dijo Draco, volviendo a ponerse de pie.
Minsy inclinó un poco la cabeza y desapareció con un chasquido.
—¿Le has pedido que lo traiga por mí? No hacía falta, Draco.
—No seas egocéntrica. A mí también me gusta —contestó él, empujándola suavemente con el hombro.
Hermione hizo una mueca pero volvió a sujetar su mano cuando Draco se la ofreció. Los dos recorrieron la planta baja de la mansión hasta llegar al comedor del ala este.
Allí dentro estaba Narcissa, sentada en un pequeño sillón con una copa de vino entre las manos.
—¡Draco! Habéis llegado antes de tiempo. Venid, quiero hablar con vosotros.
Ambos se acercaron a ella, sentándose en un pequeño sofá de dos plazas que había al otro lado de la chimenea.
—Hay algo que tengo que contarte, hijo.
Draco se tensó, estirando la espalda y entrecerrando los ojos. Hermione atrapó una de sus manos entre las suyas, dibujando círculos con el dedo sobre sus nudillos para intentar tranquilizarlo.
—Últimamente he estado visitando a mi hermana —comentó Narcissa, mirando a Hermione de reojo.
Draco dejó de respirar y también la miró. Ella le dio un apretón cariñoso en la mano.
—¿Y qué tal? —preguntó él entre dientes.
Narcissa sonrió.
—Muy bien, hemos hablado mucho y hemos decidido empezar de cero. Teddy es una monada, le he hablado de ti y tiene muchas ganas de conocerte.
Draco apoyó la espalda en el sofá y suspiró.
—Sí... supongo que iré pronto a visitarlos.
Los ojos azules de Narcissa se abrieron mucho y volvió a mirar a Hermione, que le dedicó una pequeña sonrisa.
—Me alegro de oír eso, Draco. Pensaba que te ibas a enfadar conmigo.
—¿Por qué iba a enfadarme? Si quieres reconectar con nuestra familia, estás en tu derecho —murmuró él, concentrándose en las cosquillas tan agradables que le estaba haciendo Hermione e intentando no pensar en que ni su madre ni él merecían estar cerca de esas personas.
Lucius entró en el comedor y cuatro platos aparecieron sobre la mesa al instante.
Narcissa se levantó y Draco y Hermione la siguieron. Como siempre, los dos Malfoy apartaron las sillas y ayudaron a las dos mujeres a sentarse. Y, como siempre, Hermione enrojeció ante ese gesto.
No sabía si alguna vez conseguiría acostumbrarse a que Draco la tratara de esa forma.
—¿Qué tal ha ido la semana, hijo? —preguntó Lucius.
Draco miró a Hermione por el rabillo del ojo y sonrió, sujetando la cuchara y empezando a comer.
