Capítulo Quince
Grimmauld Place
La snitch giró sobre sí misma y descendió en picado. Los dos la siguieron tan juntos que sus hombros chocaban.
Draco empujó a Harry hacia un lado y por todo el estadio se escuchó su maldición.
—¡Que te den, Malfoy! —gritó, cogiendo impulso y empujándolo con más fuerza.
Él gruñó algo entre dientes y volvió a colocarse al lado de Harry justo cuando estaban a punto de chocar contra el suelo. La snitch cambió la trayectoria, volviendo a subir, y los dos tiraron de sus escobas hacia arriba, siguiéndola a toda velocidad.
Pero la Saeta de Fuego era más rápida y Harry adelantó a Draco unos metros, atrapando la pelota dorada en su mano derecha.
—¡Mierda! —chilló Pansy, golpeando la baranda de metal con rabia.
Hermione sonrió, mirando hacia donde estaban los dos buscadores.
Draco tenía mala cara y Harry estaba unos metros por debajo, celebrando la victoria con Ron y Katie y agitando la snitch con gesto triunfal. Luna y Marissa también se habían puesto de pie y estaban coreando el nombre de Harry mientras se reían.
Ginny aterrizó en el suelo al lado de Charlie y los dos suspiraron. Hermione bajó las escaleras junto a las otras tres chicas y se acercaron al centro del campo, donde estaban los dos equipos.
Draco seguía en su escoba a unos veinte metros de altura y no parecía tener muchas ganas de unirse a ellos. Ella lo miró de reojo y puso una mano sobre el hombro de Harry, que estaba burlándose de Ginny por haber perdido.
—¿Me prestas tu escoba un momento?
Sus ojos verdes la observaron y asintió, pasándole la Saeta de Fuego. Al tocarla Hermione sintió cómo vibraba. La escoba se colocó a la altura perfecta para que ella pudiera subirse, esperando a que la montara.
Ella se mordió el labio inferior. Todavía le daba bastante miedo volar.
Pasó una pierna sobre la escoba y la inclinó un centímetro hacia arriba. Al instante, la saeta empezó a subir suavemente.
Hermione pestañeó, sorprendida por lo fácil de manejar que era esa escoba, casi como si leyera sus pensamientos. Tres segundos después llegó a la altura de Draco. Él la estaba observando con ojos burlones.
—¿Vienes a rescatarme? —preguntó, volando hacia ella hasta que tan solo unos centímetros los separaban.
—Parecías estar triste.
—Cualquiera estaría deprimido si el estúpido de Potter le acaba de ganar.
Hermione puso los ojos en blanco, agarrando más fuerte la escoba con sus manos.
—¿Algún día dejaréis de insultaros?
—No. Es divertido.
Justo lo mismo que respondía Harry a esa pregunta. Hermione sonrió y Draco alargó su mano, rozando su mejilla con los dedos.
—Solo me gana porque su escoba es mejor que la mía.
—Si tú lo dices... —murmuró Hermione con sarcasmo.
Él entrecerró los ojos.
—¿Acaso lo dudas, Granger?
Hermione se rio entre dientes y Draco se acercó más, sujetando el palo de la Saeta de Fuego con su mano izquierda y empujando un poco hacia abajo. La escoba bajó unos metros de golpe y ella gritó, agarrándose con desesperación al palo y al brazo de Draco. Él también había descendido con ella y se estaba riendo.
—Eso por burlarte de mí.
—¡Draco! Casi me da un infarto —protestó ella, llevándose una mano al pecho.
—Como si yo fuera a permitir que te pasara algo malo —respondió él con una ceja levantada.
Soltó la escoba de Hermione y aterrizó junto a los demás. Ella lo siguió, devolviéndole la saeta a Harry.
—¿Venís a casa con nosotros, no? —preguntó él, desviando la mirada hacia su antiguo enemigo.
Draco arrugó la nariz. Otra comidita en la morada Potter, justo lo que necesitaba.
Hermione asintió, sonriendo, y ayudó a Ginny a paralizar las bludgers para poder guardarlas.
Tras atravesar las llamas verdes de la chimenea de Grimmauld Place, Hermione sacó algo de ropa de su bolso de cuentas y se la pasó a Draco.
Él suspiró y se dirigió hacia el baño de la planta baja para darse una ducha rápida. Harry y Ginny estaban haciendo lo mismo en la planta de arriba, por lo que Hermione entró en la cocina levitando vasos y platos hacia el comedor.
Al abrir el frigorífico vio que había un enorme pastel de carne dentro. Encendió el horno y, tras meterlo dentro para que se calentara, volvió al comedor. Se sirvió un poco de agua en uno de los vasos y estaba bebiendo cuando Draco entró.
Ella casi se atraganta al verlo. Llevaba el pelo rubio mojado, cayendo desordenado sobre su rostro, y la camisa gris todavía abierta.
Bajó la mirada hasta sus vaqueros. No hacía mucho que lo había convencido para que empezara a usarlos.
Draco se acercó a ella sin darse cuenta de que estaba conteniendo la respiración, apoyándose a su lado en la mesa mientras abrochaba los botones de su camisa.
—Potter debería comprar otro champú. Esto de que mi pelo huela a miel cada vez que me ducho aquí es un fastidio.
Hermione sonrió.
—Si le sigues diciendo que te molesta no va a dejar de comprarlo.
—Ya tenemos veinte años. Sigue siendo demasiado infantil.
—¿Y tú no? —cuestionó ella, arqueando una ceja y tratando de no reír.
—No tanto como él —contestó él, resoplando.
Los dos se miraron y ella se mordió el labio inferior al ver que los ojos de Draco bajaban por su cuerpo, contemplando la sudadera de Slytherin.
Sus labios se curvaron en una sonrisa que conocía demasiado bien.
—Verte con eso puesto... me dan ganas de arrancártela y...
—Otra vez aquí. La sangre sucia se atreve a volver por esta noble casa como si fuera bienvenida.
Los dos giraron la cabeza al escuchar esas palabras y vieron a Kreacher en una de las esquinas de la habitación, mirando a Hermione con rostro sombrío. Abrió la boca para seguir protestando pero Draco había sacado la varita de su bolsillo.
—Silencius.
Kreacher estaba hablando pero no se escuchaba nada de lo que decía.
—¡Draco! No le hagas eso —protestó Hermione en voz baja, mirando al viejo elfo de reojo.
Él la ignoró, con sus ojos todavía fijos en Kreacher.
—Ya deberías saber que no puedes hablar de ella así. Me estoy cansando de tener que silenciar tu asquerosa bocaza.
Ella se incorporó y sujetó la barbilla de Draco, obligándolo a mirarla.
—Es muy mayor. Es lo que le enseñaron durante toda su vida y ya es imposible que cambie. Tú deberías entenderlo mejor que nadie.
Él apretó la mandíbula y de su varita salieron varias chispas doradas.
—Me refiero a que tú sabes lo que es vivir rodeado de tradiciones estúpidas. A ti también te costó cambiar... imagínate intentar hacer cambiar de opinión a tu abuelo —añadió Hermione al verlo tan enfadado.
—Si siguiera vivo, sería imposible —aceptó Draco, volviendo a apoyarse en la mesa.
Tras una última mirada a Kreacher, decidió ignorarlo. Atrapó la mano libre de Hermione, recorriendo el dorso con sus dedos mientras ella volvía a beber agua.
Ginny apareció en el comedor seguida por Harry, que llevaba el pastel en las manos. Él alzó sus cejas al ver que los labios de Kreacher se movían pero no se escuchaba su voz.
—¿Has vuelto a silenciarlo? —preguntó, buscando la mirada de Draco.
Él asintió y Harry dio unos pasos hacia Kreacher tras dejar la comida en la mesa.
—Te he dicho muchas veces que tienes que tratar a Hermione con respeto, Kreacher. Márchate y no vuelvas a insultarla —murmuró, agitando su varita.
—Lo que el amo Potter diga —gruñó el elfo, saliendo del comedor mientras miraba de reojo hacia donde estaba Hermione.
Los cuatro se sentaron y Ginny suspiró.
—Ese elfo es lo peor de esta casa... aunque al menos está en Hogwarts entre semana. Las habitaciones ya no están tan mal, ¿verdad? Harry ha hecho un buen trabajo —comentó muy sonriente.
—Bueno, tú me has ayudado mucho. Hace un año todavía me daba un poco de miedo vivir aquí —admitió Harry.
—De nada por ayudarte a deshacerte de los objetos malditos, Potter —murmuró Draco, pinchando un trozo de comida con su tenedor.
—Ya te di las gracias, Malfoy. Se nota que tú eres todo un experto en esos temas oscuros —contestó Harry, apoyando la espalda en la silla y entrecerrando los ojos.
—Soy experto en muchas cosas. Pregúntale a Hermione.
Ella enrojeció y Ginny soltó una carcajada.
—Tengamos la comida en paz, hurón —dijo ella, todavía riendo.
—De acuerdo, Ginevra.
Ginny puso los ojos en blanco y Draco le dedicó una pequeña sonrisa.
Hermione suspiró, sacudiendo la cabeza mientras sonreía. Todos habían conseguido llevarse bien, aunque de una forma bastante extraña.
—En el próximo partido tenemos que ganarle —añadió Draco, mirando a Ginny y señalando a Harry con su tenedor.
—Dalo por hecho, Malfoy —respondió ella.
—No sabes perder —susurró Hermione, bebiendo un sorbo del vaso de leche caliente que le acababa de dar Draco.
Ya era de noche y estaba metida en su cama. Él acababa de entrar en la habitación y se estaba poniendo un pijama.
—Pues claro que no, odio perder. Y más si es contra El Elegido —contestó, resoplando.
Apartó las sábanas y se tumbó junto a Hermione. Ella lo tapó y se acurrucó contra él, apoyando la cabeza en su pecho.
—Di lo que quieras pero cada vez te llevas mejor con Harry. Creo que estáis empezando a ser amigos.
La risa burlona de Draco resonó por el cuarto.
—¿Estás borracha?
—Solo he bebido agua en casa de Harry.
—Entonces estás loca.
Hermione se rio suavemente y suspiró, levantando la cabeza hasta que rozó su garganta con la nariz.
—Gracias por esforzarte en llevarte bien con ellos.
Sus brazos la rodearon.
—Haría cualquier cosa por ti.
Ella sonrió y los dos se quedaron callados. Pocos minutos después ella estaba completamente dormida.
Draco tenía los ojos abiertos y se estaba mordiendo el labio inferior, perdido en sus pensamientos. Suspiró y se movió con cuidado, dejando la cabeza de Hermione sobre la almohada.
Cogió su varita, que estaba en una de las mesitas de noche, y desvaneció lo que quedaba del vaso de leche. No podía arriesgarse a que Hermione se bebiera el resto por la mañana.
—Lumos.
Al levantarse vio los ojos brillantes de Crookshanks en una esquina.
—Enseguida vuelvo —dijo en voz baja, cruzando el pasillo.
Regresó poco después con ocho pequeños frascos en su mano. Se sentó en el filo de la cama y observó a Hermione, que seguía durmiendo profundamente.
Draco apretó los labios y alzó la varita.
—Legilimens.
Recorrió su mente, intentando no distraerse y centrándose en buscar los recuerdos que quería.
No tardó en encontrarlos. Abrió los ojos y tocó su frente con la punta de la varita. Al alejarla un pequeño hilo brillante se quedó pegado a ella, saliendo de la piel de Hermione.
Draco tiró hasta que el recuerdo se desprendió y lo guardó en uno de los frascos. Volvió a hacer lo mismo hasta que los ocho estuvieron llenos.
Salió de la habitación, iluminando el pasillo con la luz de su varita, y cuando entró de nuevo ya no los tenía.
Dejó su varita en la mesita de noche y volvió a acostarse al lado de Hermione. Acarició su mejilla con los dedos, apartando un rizo que caía sobre sus ojos.
—Espero que me perdones —susurró, besando su frente.
Tras cerrar los ojos, tardó bastante en dormirse.
No podía dejar de pensar en lo que diría ella si supiera lo que estaba haciendo.
A la mañana siguiente Hermione se despertó sintiéndose mejor que nunca. Había dormido toda la noche, sin despertarse ni una sola vez.
Era la primera vez que le pasaba desde que estuvo viviendo en el bosque con Harry y Ron.
Apagó la alarma y escuchó a Draco maldecir en voz baja.
—Hasta los domingos suena ese cacharro, joder.
Ella se incorporó y lo vio abrazando la almohada, con pocas ganas de levantarse.
—¿Y si te hago tortitas?
Sus ojos grises se abrieron de golpe.
—Entonces te querré para siempre.
Riéndose, Hermione se puso de pie y salió de la habitación.
La sonrisa desapareció del rostro de Draco en cuanto ella se fue. Siguió tumbado un buen rato hasta que escuchó el ruido de varios platos colocándose sobre la mesa.
Tras un suspiro, se puso las zapatillas y bajó las escaleras con Crookshanks siguiendo sus pasos. El enorme gato se subió al sofá de un salto y Draco entró en la cocina.
En la mesa había dos platos con tres tortitas cada uno y dos vasos llenos de batido de chocolate.
—Para ser hija de sanadores de dientes, te gusta demasiado el dulce.
—Dentistas.
—Dentistas, lo que sea —gruñó él, sentándose en una de las sillas.
—Idiota —murmuró Hermione.
Los dos empezaron a comer y ella le dio un gran sorbo al batido.
—Hacía años que no dormía tan bien, Draco.
Él se atragantó, tosiendo un par de veces.
—Me... me alegro —dijo cuando pudo hablar.
—A lo mejor es gracias a la idea que tuviste anoche. ¿Es que tú tomabas un vaso de leche antes de dormir cuando eras pequeño?
—No, lo leí en uno de esos libros muggles. Dicen que ayuda a descansar mejor —contestó Draco sin apartar la mirada de su plato.
—Pues fue una buena idea.
El teléfono sonó y Hermione salió al salón para contestar. Draco soltó los cubiertos y se llevó las manos al rostro, resoplando suavemente.
—Mierda.
Hermione estaba ocupada hablando por teléfono con Andrómeda así que Draco se adelantó.
Llegó a la Mansión Malfoy a través de la Red Flu y llamó a Minsy, que no tardó en aparecer a su lado.
—Hermione vendrá pronto, ayúdala a entrar cuando esté al otro lado de la verja. Yo estaré en el jardín.
Minsy asintió, volviendo a desaparecer. Él recorrió el pasillo del lado derecho hasta el final y atravesó una puerta, saliendo a los jardines de la mansión.
Escuchó un aleteo y sonrió al ver a Dark volando a su alrededor.
—¿Me acompañas a dar un paseo?
La lechuza ululó y siguió a Draco hasta el bosque que rodeaba la mansión.
Aquella tarde iba a ir por primera vez a casa de su tía. Necesitaba tranquilizarse y hacerse a la idea.
Hermione apareció con un crujido justo delante de la verja metálica que había alrededor de la Mansión Malfoy.
—¡Señorita! Minsy la estaba esperando.
Ella sonrió y sujetó la mano que la elfa le estaba ofreciendo, atravesando la verja de acero junto a ella.
—El amo está en el bosque con Dark —explicó Minsy, señalando los grandes árboles que había al final del jardín.
Hermione asintió y caminó hacia allí, observando cada flor y las dos fuentes de piedra que había por el camino. Pasó bajo un arco de mármol blanco y se adentró entre los árboles, buscando la figura de Draco.
No se escuchaba nada, tan solo el ruido del viento y de algunos animales.
Empezó a ponerse nerviosa tras unos minutos sin encontrarlo.
—¿Draco?
Siguió caminando, muy atenta a cualquier sonido. Había tantos árboles que la luz del sol apenas atravesaba sus hojas y el ambiente era algo siniestro.
Hermione escuchó un crujido y se giró, asustada, pero no vio nada. Pegó su espalda a uno de los troncos y suspiró, obligándose a recordar que nadie podía entrar en los terrenos de la Mansión Malfoy sin ayuda de alguno de ellos. Estaba a salvo.
De repente, sintió algo frío clavándose en su cuello y jadeó.
—Joder, Hermione. Me has asustado —susurró Draco, bajando la varita y rodeándola con sus brazos.
Dark pasó volando por delante de ellos. Apenas se escuchaba el batir de sus alas.
—¿Por qué? ¿Qué pasa? —preguntó Hermione, también en voz baja.
—He escuchado varias voces. Hay personas alrededor de la mansión.
Los ojos de ella se abrieron más y sacó su varita. Draco sujetó su mano y caminaron juntos, buscando entre la maleza.
—¿Dónde está la verja? —susurró Hermione.
—Debería estar a pocos metros.
Se acercaron en silencio con sus varitas en alto, y los dos se quedaron congelados al ver lo que había tras ella.
Diez personas, todas vestidas con túnicas blancas y blandiendo sus varitas.
Bueno, no eran exactamente túnicas. Hermione tembló al notar que lo que llevaban puesto era exactamente igual que el uniforme de los mortífagos, pero en color blanco.
Incluso llevaban máscaras.
—Ah. Por fin uno de los Malfoy nota nuestra presencia —comentó un hombre que estaba justo en el centro, el único que no estaba sujetando una varita.
—No sé qué hacéis aquí ni quiénes sois, pero no sois bienvenidos. Marchaos, ahora —contestó Draco con voz dura.
Hermione apretó su mano, recordándole que no estaba solo.
—Y, por supuesto, la traidora está contigo.
Todas las figuras encapuchadas se giraron hacia Hermione y ella se estremeció.
—¿Traidora? ¿Ella? —preguntó Draco con ironía.
—Los sangre pura sois escoria y la hija de muggles más famosa del país no debería acercarse a vosotros, mucho menos tocaros —respondió la voz de una mujer, chasqueando la lengua al ver sus manos entrelazadas.
—Si está con ellos, está contra nosotros —añadió otro.
—¿Quiénes sois? —preguntó Hermione.
—Somos los liberadores, y vamos a limpiar el mundo de la basura como él.
Draco resopló, riendo con burla.
—¿Liberadores? Podíais haber pensado un nombre mejor.
El hombre del centro alzó su mano, donde llevaba algo metálico, y apuntó a Hermione.
A ella no le dio tiempo de reaccionar antes de que sonara el disparo.
