Capítulo Dieciséis

Reviviendo la pesadilla


Draco palideció al ver a ese hombre apuntando a Hermione. Lanzó un protego totalum sobre ella, aunque sabía que no sería suficiente.

La bala pasó a través de la verja y atravesó el muslo derecho de Hermione. Ella calló al suelo, gritando de dolor.

Draco sintió que perdía el control al verla así otra vez, como en sus peores pesadillas.

Rechinó los dientes y apuntó con su varita a los encapuchados.

—¡Bombarda máxima!

Hubo una explosión y cuatro de ellos salieron volando por los aires, incluyendo el que había disparado a Hermione. Ella jadeó, todavía sintiendo un dolor insoportable, pero se levantó y, tras apoyarse en el hombro de Draco, empezó a lanzar encantamientos de protección alrededor de ellos.

No se dio cuenta de que Draco estaba sujetando su varita con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.

Estaba completamente furioso y seguía mirando fijamente al que tenía la pistola.

—¡Avada kedav...

—¡No! ¡Draco, no! —chilló ella, cubriéndole la boca con su mano y apartando su varita.

Draco se sacudió, alejándose unos pasos de ella.

—¡Te ha hecho daño, joder! ¡Pienso matarlo!

—¡No! ¡Acabarías en Azkaban por su culpa! —contestó Hermione, que estaba lanzando hechizos aturdidores contra los liberadores que aún se mantenían en pie.

Tres de ellos habían levantado un escudo donde rebotaban todos, y otros tres estaban comprobando que los cuatro heridos siguieran vivos.

—¡Retirada! Volveremos a vernos, asesino. Y tú, Hermione Granger... no te interpongas en nuestro camino o lo lamentarás. La próxima vez no fallaré —gruñó el que parecía el líder, apuntado hacia ella con un dedo.

Los seis desaparecieron con un crujido, llevándose a los heridos.

Hermione, todavía muy temblorosa y pálida, se acercó a Draco. Al tocar su mano notó que estaba muy fría.

—Draco, vámonos de aquí. No podrán atacarnos si estamos lejos de la verja —dijo, tirando de su brazo.

Él seguía sujetando su varita y mirando con mala cara hacia el lugar donde habían estado esas personas.

Hermione volvió a tirar de él hasta que consiguió que reaccionara y se moviera. Draco bajó la mirada hasta la herida de su pierna y apretó la mandíbula, agachándose.

—Vulnera sanentur —susurró tres veces, pasando la varita por su pierna varias veces.

El sangrado se detuvo y poco a poco la herida se fue cerrando. La bala había atravesado su pierna y al menos no se había quedado dentro.

Draco no tenía ni idea de cómo podría haberla sacado.

—Necesitas echarte díctamo para que no quede cicatriz. Creo que hay un poco en mi cuarto.

—Esa no era una bala normal, Draco —murmuró ella con voz ahogada.

Él frunció el ceño y recorrió el suelo del bosque con la mirada, hasta que vio algo plateado. Se acercó y lo cogió, jadeando al sentir un pinchazo.

—¿Qué es lo que han creado esos locos? —preguntó, alzando la bala plateada entre sus dedos para verla mejor.

—Creo... creo que tenía la maldición cruciatus almacenada en ella. He sentido el mismo dolor que cuando... —contestó Hermione, dejando de hablar cuando sintió que estaba a punto de llorar.

Draco maldijo entre dientes y guardó la bala en su bolsillo, volviendo a su lado y pasando un brazo por sus piernas. La levantó, sujetando su espalda con su otro brazo y sosteniéndola contra su pecho.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó, observando su rostro con preocupación mientras se adentraba en los árboles.

Hermione sonrió, apoyando la cabeza en su pecho.

—Ahora estoy bien.

Atravesaron de nuevo el bosque y volvieron a la mansión, con Hermione todavía en sus brazos.

Al pasar por el jardín escucharon varios gritos. Siguieron el ruido y vieron que había cinco personas con túnicas oscuras junto a la puerta de entrada.

—¿Dónde demonios están? ¡Diles ahora mismo que salgan! —gritaba un hombre de pelo oscuro, mirando a Minsy.

La elfa tembló, sacudiendo la cabeza.

—Los amos llevan toda la mañana fuera y el amo Draco está en el bosque.

—¡No nos mientas! ¡Sabemos que están aquí!

Draco chasqueó la lengua y los cinco se giraron hacia ellos. Harry jadeó al ver que llevaba a su amiga en brazos.

—¡Malfoy! ¡Hermione! ¿Estáis bien? —preguntó Harry, corriendo hacia ellos.

—¡Nada de eso, Potter! ¡Los dos son sospechosos de haber utilizado la maldición cruciatus! —gruñó el hombre.

—No han sido ellos, Robert —protestó Harry, que ya estaba al lado de Hermione y recorría su cuerpo con mirada preocupada.

—Estoy bien. Solo ha sido un segundo —dijo ella en voz baja, sujetando la mano de su amigo y apretándola.

—¿Te han atacado a ti? —preguntó él, palideciendo.

Draco se mordió la lengua, sintiendo que la rabia lo invadía otra vez.

—Sí, pero Draco los ha detenido y se han marchado —explicó Hermione, mirando de reojo a Draco.

Harry también lo miró y su expresión se relajó.

—Gracias por protegerla, Malfoy —dijo, suspirando.

—No lo he hecho por ti, Potter —escupió Draco entre dientes.

Hermione se mordió el labio con nerviosismo, recorriendo el brazo izquierdo de Draco con los dedos para intentar tranquilizarlo.

Robert ya estaba junto a ellos, extendiendo su mano.

—Vuestras varitas.

Ella frunció el ceño, sujetándose mejor al cuello de Draco, y él entrecerró los ojos.

—Tienes antecedentes, Malfoy. Es normal que sospechemos de ti —añadió el auror, arrugando la nariz.

Draco puso los ojos en blanco y le pidió a Hermione que sacara la varita de su bolsillo. Ella le entregó las dos a aquel hombre.

—Esto es ridículo, Robert. ¿Cómo va a haber sido Hermione? —preguntó Harry, resoplando.

—Conoces el protocolo, Potter. No hay excepciones.

Robert levantó su propia varita, apuntando a las dos que tenía en la mano.

—Prior incantato.

De ambas varitas salió un humo blanco, mostrando los dos últimos hechizos que habían hecho.

—¿Bombarda máxima? —preguntó Harry, mirando a Draco con el entrecejo arrugado.

Él se encogió de hombros.

—Estaban atacando a Hermione.

Ella sintió un escalofrío al recordar que Draco había estado a punto de lanzar la maldición asesina. Seguramente ya estaría esposado y camino de Azkaban si lo hubiera hecho.

Los otros tres aurores sacaron libretas y anotaron el testimonio de ambos.

Harry y Robert cruzaron una mirada cuando Hermione contó lo que les habían dicho los que se hacían llamar liberadores, y Harry guardó la bala plateada en su bolsillo para examinarla más tarde.

—¿Necesitas ir a San Mungo, Hermione? —preguntó, preocupado.

Ella negó con la cabeza, bajando las piernas y poniéndose de pie con el brazo de Draco alrededor de sus hombros.

—Estoy bien, la herida está cerrada. Solo necesito tranquilizarme y descansar.

Media hora después, los dos entraron en la mansión una vez que todos los aurores se habían marchado.

Ella suspiró, llevándose una mano a la cabeza. Todavía le dolía bastante y se sentía sin fuerzas.

Hermione sintió que se elevaba en el aire y jadeó cuando Draco la sujetó de nuevo entre sus brazos.

—¿Qué haces? No hace falta, Draco. Ya estoy bien.

Él negó con la cabeza y subió las escaleras sin soltarla, dirigiéndose a su habitación. Abrió la puerta con el codo y entró, dejando a Hermione sobre la cama.

Agitó su varita, cerrando las cortinas, y se tumbó junto a ella con un pequeño bote en la mano. Al destaparlo, ella reconoció el olor del díctamo. Draco untó un poco de esa pasta verde en las dos zonas de su pierna que había atravesado la bala y dejó el bote en la mesita de noche.

—Duerme un poco, lo necesitas.

Ella suspiró, apoyándose en su pecho.

—Me han pillado totalmente por sorpresa. No esperaba que se atrevieran a atacarnos.

—Yo tampoco.

—Gracias por protegerme, Draco.

Él besó su frente y ella notó que todavía estaba muy tenso.

—Jamás permitiré que vuelvan a hacerte daño.

—¿Ellos serán los de la profecía?

—Duerme, Hermione. Ya hablaremos de esto cuando te sientas mejor.

Ella asintió, acurrucándose más contra él. Draco la rodeó con sus brazos y suspiró, hundiendo la nariz en su pelo.

Malditos hijos de puta. Si alguna vez volvía a verlos acabaría con todos ellos.


Cuando Hermione volvió a abrir los ojos se encontró sola en la enorme cama de Draco. Empezó a agobiarse justo cuando la puerta se abrió.

—¿Ya estás despierta? —preguntó Draco, acercándose con un vaso lleno de una poción negra. —Bebe esto, lo ha preparado Minsy y hará que te sientas mejor.

Hermione asintió, bebiéndosela de un trago. Enseguida sus náuseas empezaron a desaparecer y dejó de sentir que sus músculos estaban doloridos.

—¿Qué es? —preguntó, levantando la mirada.

Él hizo una mueca, sentándose en el borde de la cama.

—Es algo que me daba a mí cuando... cuando me torturaban —admitió en voz baja, desviando la mirada.

Hermione jadeó.

—¿Te torturaron? ¿Quién?

Draco la miró fijamente.

—El Señor Tenebroso.

—¿Cuántas veces?

—Dos.

Ella se quedó en silencio, esperando que le contara algo más, y Draco puso los ojos en blanco.

—La primera vez fue cuando no fui capaz de matar a Dumbledore y la segunda cuando los tres escapasteis de la mansión. Ese día nos lanzó un cruciatus a todos, incluyendo a Bellatrix.

Hermione asintió, tragando saliva.

—¿Por qué no me lo habías contado?

—Prefiero no recordarlo.

Ella se inclinó sobre él y lo abrazó.

—Siento que pasaras por eso.

Draco bajó las manos por su espalda y suspiró.

—Es mejor que dejemos lo de conocer a Andrómeda para otro día.

—No. Estoy bien, de verdad. Me encuentro perfectamente y mi pierna está como si no le hubiera pasado nada —dijo Hermione, levantando la cabeza para mirarlo a los ojos.

Draco entrecerró los suyos, intentando averiguar si mentía. Al final, suspiró otra vez.

—Está bien. Pero si en cualquier momento te sientes mal, nos iremos.

Hermione asintió con una sonrisa. Se levantó de la cama y salieron al pasillo, caminando hacia las escaleras.

—¿Crees que la profecía se refiere a ellos? —preguntó cuando llegaron hasta la chimenea.

Draco apretó los dientes, mirándola de reojo, y ella supo lo que le diría si pudiera hablar.

—Yo también. Parecen un grupo bastante organizado y tal vez estén planeando un ataque a gran escala.

—Como vuelvan a tocarte...

—Draco, no puedes lanzarles un avada si los volvemos a ver. Prométemelo —susurró Hermione, sujetando una de sus manos y obligándolo a mirarla.

Él frunció el ceño.

—No lo haré, pero los mataré igualmente.

Ella suspiró, negando con la cabeza.

—Nadie va a morir. Vamos a parar esto antes de que pase algo.

Draco desvió la mirada, lanzando un puñado de polvos flu a la chimenea.

—Eso espero.


Hermione golpeó suavemente la puerta y escuchó a Draco suspirar con pesadez a su lado.

—Todo irá bien —susurró, sujetando su mano derecha y apretándosela.

Él la miró un segundo, volviendo a desviar sus ojos grises hacia la fachada de la casa que tenían delante.

La puerta se abrió lentamente y Draco contuvo el aliento.

Andrómeda sonrió, observándolos a ambos. Era muy parecida a Bellatrix, aunque su pelo no era rizado y su mirada no tenía esa chispa de locura que él siempre había visto en los ojos de su tía.

—Eres idéntico a tu padre cuando tenía tu edad.

Hermione cerró los ojos, sabiendo que aquello a Draco le iba a sentar como un jarro de agua fría. Odiaba parecerse a Lucius.

—No soy como él —contestó él con rostro serio.

—Lo sé, lo sé. Pero tus ojos, tu pelo... me recuerdas a él. Pasad, por favor —dijo la mujer, apartándose.

Ella entró y Draco la siguió, todavía muy tenso. Se escucharon pasos por el pasillo y una pequeña figura corrió hacia ella.

—¡Teddy! —gritó Hermione con alegría, agachándose para abrazarlo.

Volvió a levantarse con Teddy en sus brazos. Él escondió el rostro entre sus rizos, observando a Draco con sus ojos marrones. Tenía el pelo color verde esmeralda.

—¿Cómo estás? Este es tu primo, Teddy. Se llama Draco.

El pequeño siguió escondido, mirando a Draco con timidez. Él carraspeó, sin saber qué hacer.

—Hola, un placer conocerte —dijo, ofreciéndole una mano.

Hermione puso los ojos en blanco.

—No tiene ni tres años, Draco.

Teddy sonrió y agarró dos de sus dedos.

—¿Por qué tu pelo es blanco?

Ella se mordió el labio para no sonreír.

—No es blanco, es rubio —contestó Draco con el ceño fruncido.

Andrómeda pasó junto a ellos, dejando varios platos sobre la mesa.

—Espero que tengáis hambre.

Hermione se sentó y dejó a Teddy en el suelo, que caminó hasta donde se había sentado Draco y lo siguió observando con curiosidad.

Draco desvió la mirada, sintiéndose incómodo.

No sabía cómo tratar con un niño tan pequeño. Nunca lo había hecho.

Andrómeda estaba hablando sobre las visitas que había recibido de Narcissa, sonriendo mientras explicaba lo feliz que le hacía haber recuperado a su hermana después de tantos años. Draco la escuchó con atención, comiendo un poco del guiso que ella había preparado, hasta que alguien tiró de la manga de su camisa.

Bajó la mirada hasta Teddy, que seguía a su lado. Al fijarse mejor vio que ahora sus ojos eran de color gris.

Draco sonrió y Teddy se rio, apretando los labios para concentrarse. Su pelo cambió de verde a rubio platino.

Draco se rio entre dientes sin poder evitarlo, lo que cortó la conversación entre Andrómeda y Hermione.

—Eso significa que le has caído bien —murmuró Hermione, mirando el pelo rubio de Teddy con una sonrisa en el rostro.

Andromeda asintió, también sonriendo.

Teddy alzó las manos y él dudó, pero al final lo cogió en brazos y lo colocó sobre su regazo. El niño tocó su pelo con curiosidad, observando sus cejas y nariz.

A los pocos segundos todo el rostro de Teddy era exactamente igual que el de Draco. Él jadeó al verse a sí mismo con tres años.

—Joder.

—¡Draco! —exclamó Hermione, dándole un golpe en el hombro.

—Perdón. Es que es... es igual que yo —dijo él, sin poder apartar la mirada de Teddy.

—Le gusta imitar a sus amigos. Cuando viene Narcissa también cambia su apariencia hasta ser como ella —explicó Andromeda, bebiendo un sorbo de agua.

—Me gusta tu pelo —murmuró Teddy, que seguía observando el rostro de Draco con atención.

—A mí también me gusta el tuyo —respondió él con una sonrisa.

Teddy volvió a reírse y alejó las manos de su pelo.

—Suelo.

Draco lo bajó y el pequeño corrió hacia un baúl donde tenía todos sus juguetes.

—Le vendrá bien tenerte cerca, Draco. Siempre está preguntando por su primo mayor —susurró Andrómeda.

Draco sintió una sensación desagradable en el estómago. La mujer alargó una mano hasta sujetar la de él.

—No quiero que te sientas culpable, ahora estás aquí y eso es lo que importa. Sé que antes no estabas preparado para conocernos.

Draco entrecerró los ojos, mirando a Hermione. Ella se encogió de hombros.

—¿Vendrás a visitarnos más veces? —preguntó la mujer.

Él volvió a mirarla y asintió.

—Tenía muchas ganas de conocer a mi único sobrino, Draco.

—Y yo de conocer a mi única tía —contestó Draco con una sonrisa tímida.

Hermione también sonrió al ver que por fin se había relajado.

Llamaron a la puerta y Andrómeda se levantó, volviendo poco después con Harry y Ginny tras ella.

Draco se atragantó con su bebida.

—¿Qué haces aquí, Potter?

—Visitar a mi ahijado —respondió él, agachándose para saludar a Teddy que había corrido hacia él.

Harry frunció el ceño al ver que tenía el pelo rubio y los ojos grises, mirando de reojo a Draco, que levantó una ceja y le dedicó una sonrisa burlona.

—Primo Draco —dijo Teddy, señalando al aludido con una gran sonrisa.

—Sí, tu primo. Por fin ha venido a conocerte ¿eh? —contestó Harry, entrecerrando los ojos en dirección a Draco.

Él apretó la mandíbula y le lanzó una mirada de odio.

Ginny palmeó el hombro de Harry y él suspiró, volviendo a mirar al niño.

—Salgamos al jardín —sugirió Andrómeda, intentando aliviar la tensión que había en el ambiente.

Hermione sujetó la mano de Draco y lo llevó hasta la puerta trasera, hablando con la mujer.


Ya estaba atardeciendo y Draco estaba sentado en el banco que había bajo un roble con Ginny a su lado.

Harry y Hermione estaban sentados en la hierba, jugando con Teddy, y Andrómeda había entrado en la casa hacía unos minutos.

Draco rechinó los dientes al ver a Hermione apoyando la cabeza en el hombro de Harry. Y resopló cuando él la rodeó con uno de sus brazos.

—Oye, relájate. No tienes que estar vigilando a Harry cada vez que está cerca de Hermione.

Draco desvió la mirada hacia Ginny, que le estaba observando con ojos divertidos.

—Aún no confío en él —respondió en un susurro, abriendo y cerrando el puño de su mano izquierda.

Escuchó la risa de Ginny y entrecerró los ojos, mirándola con mala cara.

—¿Por qué a ti te da igual? Tu novio besó a otra chica, Ginevra.

—Besó a Hermione, y no significó nada. Es como si yo le diera un beso a Ron.

Draco arrugó la nariz, haciendo una mueca de asco.

—Joder, no necesitaba esa imagen en mi cabeza.

Ella soltó una risita burlona.

—De verdad, Malfoy. Ellos dos son como hermanos, te lo aseguro.

Él volvió a mirar hacia delante, torciendo los labios.

Harry estaba agitando la varita, creando pompas gigantes que Teddy explotaba sin parar de reír. Todavía seguía teniendo la misma apariencia que Draco, aunque ahora llevaba una cicatriz en forma de rayo en la frente.


Unas horas más tarde los dos volvieron a casa y Draco pasó de largo por el sofá, ignorando a Crookshanks.

Hermione frunció el ceño, viendo como subía las escaleras y se encerraba en el baño. Llevaba toda la tarde muy callado.

A ella aún le dolía un poco la cabeza así que sacó los frascos que le había dado Minsy de esa poción misteriosa, bebiendo uno de ellos y dejando el resto en la cocina.

En menos de un minuto se empezó a encontrar mucho mejor y suspiró, volviendo al salón.

Ni rastro de Draco.

Hermione subió las escaleras muy despacio, atenta a cualquier ruido. Se acercó a la puerta del baño y pegó la oreja.

Escuchó un sollozo ahogado y cerró los ojos, dejando salir un largo suspiro. Abrió la puerta y entró, cerrándola tras ella.

Draco estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared y sus brazos envolviendo sus piernas. Tenía la cabeza hundida entre ellos y sus hombros temblaban un poco, pero apenas hacía ruido.

Hermione se agachó junto a él, rodeándolo con sus brazos, y él se tensó de golpe.

Nadie lo había visto llorar nunca. Tan solo Potter cuando lo siguió hasta el baño en sexto curso.

—Estoy aquí, Draco. No te encierres en ti mismo, no estás solo —susurró Hermione, dejando un beso en su pelo.

Él suspiró y se movió, haciendo que Hermione quedara entre sus piernas. Apoyó la cabeza en su hombro y cerró los ojos, intentando controlarse.

—No pasa nada, desahógate.

—Los Malfoy no lloran —dijo él con voz grave.

—¿Y quién dice eso? Todo el mundo tiene derecho a estar triste.

—Él... él perdió a sus padres, Teddy... y tú... te han... ha vuelto a pasar, y tampoco he podido hacer nada —jadeó él, secándose las lágrimas con rabia y sin mirarla.

—Lo de Teddy no fue culpa tuya, y sí has hecho algo. Esta vez me has protegido, Draco.

—Está solo por mi culpa, y a ti te estoy poniendo en peligro al estar contigo.

Hermione resopló, cerrando los ojos ella también y pasando los dedos por sus mechones rubios.

—Eso no es verdad. Además... ¿vas a dejar que unos locos te digan con quién puedes estar?

—No —gruñó él, apretando los dientes.

Ella sonrió.

—Puedes estar ahora ahí para Teddy, ser un buen ejemplo para él. Y respecto a los liberadores, al final descubriremos quiénes son. No pueden atacar a todos los sangre pura en nombre de la justicia, ya fuisteis juzgados hace años y los culpables están encerrados.

—Ellos no estarían de acuerdo contigo —contestó Draco, riendo sin ganas.

Hermione apretó su abrazo.

—Me da igual lo que ellos piensen. Se equivocan y van a pagar por lo que están haciendo.

Draco se quedó en silencio, controlando su respiración. El aroma de Hermione lo ayudaba a relajarse.

—No vuelvas a intentar usar una de las maldiciones imperdonables, Draco. Dame tu palabra.

Él puso los ojos en blanco, levantando la cabeza hasta que pudo mirarla a los ojos. Chasqueó la lengua y asintió.

—Tienes mi palabra, aunque se lo merecía.

—No puedes terminar en Azkaban por su culpa. Eso es lo que ellos quieren, lo han hecho para provocarte.

Draco le dedicó una sonrisa malvada, pensando en todas las maldiciones que había aprendido durante sus años al servicio del Señor Tenebroso.

—Que se atrevan a volver a tocarte.

—Draco... —murmuró Hermione, entrecerrando los ojos.

Él se inclinó, besándola, y se levantó.

—Suficiente. Voy a hacer la cena.

—¿Ya te sientes mejor?

Él asintió, saliendo del baño y bajando las escaleras. Hermione suspiró y se miró al espejo, observando la cicatriz de su muñeca. Sacudió la cabeza y siguió a Draco.

La violencia nunca era la solución. La política del ojo por ojo no funcionaba, solo traería más problemas y volvería a dividir al mundo mágico en dos.

Había que detener a esos liberadores antes de que hicieran daño a alguien de verdad.