Capítulo Diecisiete

Empezando a recordar


Draco contempló la figura de Hermione desapareciendo entre las llamas, camino a la Mansión Parkinson.

Esperó unos segundos y subió hasta su despacho, sacando cuatro frascos del cajón de su escritorio. Los escondió en un bolsillo de su chaqueta y volvió a bajar al salón, echando un puñado de polvos flu sobre la chimenea.

—San Mungo.


Draco recorrió el pasillo de la tercera planta, llegando a la habitación 49. Al abrirla vio que no había ningún sanador cerca. El Señor y la Señora Longbottom estaban en el mismo sofá de siempre pero Lockhart se encontraba junto a una de las ventanas, observando la lluvia que caía sobre Londres en silencio.

Draco se acercó a él y el hombre se sobresaltó cuando puso una mano en su hombro. Los ojos azules de Lockhart lo observaron con algo de temor.

—Hola otra vez, profesor.

—Hola, Malfoy.

Draco entrecerró los ojos.

—Recuerdas mi nombre.

—Recuerdo más que eso —contestó Lockhart en voz baja, mirando a su alrededor con nerviosismo.

Draco sujetó su brazo derecho y caminó con él hasta su habitación, cerrando la puerta y lanzando los tres hechizos de siempre para evitar que alguien pudiera ver o escuchar algo desde fuera.

—¿Qué recuerdas, profesor? —preguntó, avanzando hacia él lentamente.

Lockhart tartamudeó, andando hacia atrás hasta que sus piernas chocaron contra una de sus sillas.

—Siéntate.

Lockhart obedeció y Draco se sentó en la otra silla, dejando la mesa entre ambos.

—¿Me tienes miedo? —preguntó él con ojos burlones.

Lockhart tragó saliva.

—No entiendo... no entiendo lo que me estás haciendo.

—Te estoy ayudando a recordar tu pasado, profesor. Y parece que está funcionando —contestó Draco, observando su rostro con atención.

—Yo... ¿Cuánto tiempo llevó aquí?

—¿Le has contado a algún sanador lo que te está pasando? —preguntó Draco, frunciendo el ceño.

Lockhart negó con la cabeza y él relajó la postura, apoyando su espalda en la silla.

—Bien. No lo hagas, sigue fingiendo que no recuerdas nada ni a nadie hasta que hayamos terminado.

—¿Cuánto tiempo llevo aquí? —repitió Lockhart.

Draco pasó la lengua por sus dientes, pensando.

—Desde que fuiste profesor en Hogwarts. Casi ocho años.

Los ojos azules de Lockhart se abrieron como platos.

—¿Qué fue lo que me pasó?

—Todo a su tiempo, profesor. Si esto funciona volverás a recordarlo.

Draco dejó los cuatro viales sobre la mesa y Lockhart arrugó el entrecejo.

—¿Qué son esas cosas? ¿Y por qué las metes dentro de mi cabeza?

Draco sonrió, levantando una ceja.

—Hoy estás más hablador que nunca, eso es buena señal. Son recuerdos de tu familia y amigos sobre ti.

—¿Familia?

—Me ha resultado bastante difícil encontrar a tu hermana, pero fue mucho más fácil dar con el grupo de magos que frecuentabas antes de ser profesor.

Lockhart pestañeó varias veces, confundido, y Draco alzó la varita.

—Silencius.

Él abrió la boca y frunció el ceño al no poder hablar.

—Esto es un poco doloroso y no puedo permitir que grites, profesor. Incarcerous.

Unas cuerdas salieron de la varita de Draco, enredándose alrededor del cuerpo de Lockhart y atándolo a la silla.

—Tampoco puedo dejar que te muevas, es mejor que estés tranquilo. Seré lo más rápido que pueda, lo prometo. Al final merecerá la pena y podrás salir de aquí.

Lockhart suspiró y finalmente asintió.

Draco cerró los ojos, girando su cuello hasta que crujió, y alzó la varita al volvió a abrirlos.

—Legilimens.


Hermione caminaba junto a Luna por el pasillo de la enorme mansión, siguiendo el ruido de las voces. Vio una puerta entreabierta y se asomó.

—¡Hermione! Por fin, pasa. Me alegro de que estés bien —dijo Pansy al verla, levantándose para abrazarla.

Millicent estaba sentada en un sofá negro, mirando a Hermione con una sonrisa burlona en el rostro. Frente a ellas estaban las dos hermanas Greengrass, cada una con una copa de vino en la mano. Y Marissa estaba en el único sillón de una sola plaza, justo a la izquierda de una enorme chimenea.

Hermione se extrañó al ver a Astoria ahí y, tras sentarse en el único sofá libre con Luna, decidió preguntarle.

—¿Tú no estás todavía en tu último año de Hogwarts?

Astoria la miró fijamente, sonriendo.

—Sí, pero he pedido permiso y algunos fines de semana vengo de visita. A Slughorn no le importa.

Hermione asintió, aceptando la copa de vino que había levitado hasta estar delante de ella. Luna hizo lo mismo.

—Bienvenida, Lovegood —murmuró Pansy, alzando la copa en su dirección mientras se sentaba al lado de Millicent.

—Llamadme Luna. Es mi primera noche de chicas —respondió ella con emoción, recorriendo aquella enorme sala con sus ojos azules.

Hermione estaba sonriendo, pero frunció el ceño al escuchar a Millicent resoplar.

—¿Algún problema?

—A la defensiva desde el primer momento, Granger. Parece que no te agrada verme —comentó ella, levantando una ceja.

Hermione puso los ojos en blanco y decidió ignorarla.

—¿Cómo va la reconstrucción de tu tienda, Pansy? ¿Han descubierto quién lo hizo? —preguntó Dafne, intentando desviar el tema.

Pansy arrugó la nariz.

—Está casi terminada pero aún no se sabe nada. Creo que nunca sabré quién ha sido.

—A mí me daría miedo volver allí —murmuró Astoria, reprimiendo un escalofrío.

—Ahora siempre tengo a un auror cerca. Es agobiante.

—Al menos así nadie se atreverá a intentar hacerte daño otra vez —dijo Hermione, bebiendo un sorbo de vino.

—Si de verdad quieren matarme, lo conseguirán. Pero no se lo pienso poner fácil —contestó Pansy, entrecerrando los ojos.

—¡Pansy! ¡No digas eso! —protestó Astoria, sacudiendo la cabeza.

—Eso me recuerda a algo —murmuró Luna, buscando en un bolsillo de su chaqueta.

Sacó una pequeña pulsera hecha de piedras de color rojo y se levantó, ofreciéndosela a Pansy.

—Es un amuleto de protección, lo he hecho yo misma. Te protegerá de la magia oscura.

Pansy arrugó el entrecejo, mirando a Hermione de reojo.

—Recuerda que el de Draco funcionó —comentó ella, encogiéndose de hombros mientras sonreía.

Pansy suspiró, aceptando la pulsera.

—Gracias Loveg... Luna.

Luna sonrió y volvió a sentarse al lado de Hermione.

—¿Qué soléis hacer estas noches? —preguntó con curiosidad.

Pansy le dedicó una sonrisa traviesa.

—Criticar a todo el mundo... y hablar de chicos.

Dafne y Astoria soltaron una risita nerviosa.

—¿Chicos? —preguntó Hermione, con sus ojos fijos en Pansy y arqueando una ceja.

Pansy le lanzó una mirada de advertencia, apretando los dientes. Nadie sabía lo que había pasado con Blaise.

—Sí, aunque normalmente no tenemos mucho que decir. El martes tuve una cita con un tal Alexandre Fortier, es de París pero lleva viviendo aquí un par de años. Purasangre, pero muy aburrido —comentó Dafne, haciendo una mueca.

—Hermione y yo tenemos poco que contar. A las dos no nos interesa cambiar de chico por ahora —dijo Marissa, mirando a Hermione y sonriendo.

Ella correspondió a su sonrisa, asintiendo.

—No por mucho tiempo —susurró Millicent, pero todas la escucharon.

—¿A qué te refieres? —preguntó Hermione, mirándola con mala cara.

Ya se imaginaba que iba a tener problemas con ella. Draco le había advertido que todavía estaba resentida por su rechazo en Hogwarts.

—En el caso de Weasley no lo sé, no lo conozco —contestó ella, mirando a Marissa por el rabillo del ojo. —Pero a Draco sí, y sé que se aburre muy rápido. La verdad es que me extraña que todavía siga contigo.

Antes de que Hermione pudiera contestar, Pansy lo hizo por ella.

—Millicent, te lo advertí esta mañana. Nada de decirle estupideces a Hermione —murmuró, sujetando una de sus muñecas.

Millicent se encogió de hombros.

—No son tonterías. Tú sabes que es verdad.

—Era verdad antes, ya no. Draco nunca se había enamorado, ahora es diferente —dijo Luna de repente, haciendo que todas la miraran.

Millicent se rio entre dientes, chasqueando la lengua.

—Lo dudo mucho. Al final se aburrirá... o tal vez sus padres vuelvan a comprometerlo.

Todas se quedaron en silencio y Hermione palideció. Pansy frunció el ceño.

—Cállate, Millicent.

—¿Por qué? ¿Es que Granger no lo sabe? —dijo ella con ojos inocentes.

—¿Prometido? ¿Draco estaba prometido? —preguntó Hermione en un susurro.

Astoria se removió incómodamente en el sofá y Dafne suspiró.

—Sí, Granger. Estuvo prometido hasta el verano de nuestro sexto año —confirmó Dafne, lanzándole una mirada de odio a Millicent.

Ella tenía una sonrisa enorme en el rostro.

—¿Con quién?

—Conmigo —contestó Astoria, evitando su mirada.

Hermione jadeó. Las dos hermanas Greengrass eran preciosas con sus ojos verdes, pero el pelo oscuro de Astoria hacía que llamara más la atención que su hermana.

—No lo decidimos nosotros, fueron nuestros padres —se apresuró a añadir a Astoria. —Y cuando pasó todo lo de Dumbledore... Mi padre rompió el compromiso.

—Tal vez quieran volver a aceptarlo ahora que el nombre de los Malfoy está recuperando su prestigio —murmuró Millicent, levantando las cejas.

Dafne sacudió la cabeza.

—Saben que Draco está con Granger. Además, esta vez han decidido dejar que nosotras elijamos.

—¿Tú también estabas prometida? —preguntó Hermione, girando la cabeza para mirar a Dafne a los ojos.

Ella asintió.

—Con Crabbe.

Otro intenso silencio. Hermione suspiró, sacudiendo la cabeza.

—Lo siento, Dafne.

—No te preocupes. Ni siquiera éramos amigos, pero mis padres firmaron un contrato y estaba obligada a cumplirlo.

—Los contratos matrimoniales son algo normal entre las familias de sangre pura, Hermione. Aunque poco a poco están cambiando las cosas —añadió Pansy, asintiendo.

—No tan normal. Solo pasa entre las familias más antiguas... las que quieren seguir conservando la pureza de sangre. Mi padre jamás ha mencionado nada de eso, y ya sabes que los Weasley tampoco —comentó Luna, poniendo una mano sobre la de Hermione.

Ella sonrió, apretando su mano con cariño. Millicent resopló y puso los ojos en blanco.

—Bueno, Astoria. Cuéntanos lo de ese chico de Ravenclaw —pidió Pansy, rellenando su copa de vino.

Astoria se ruborizó, bajando la mirada.

—Se llama Thomas y está en sexto. Estamos hablando mucho este año, y yo... bueno... creo que me está empezando a gustar.

Pansy le mostró una gran sonrisa.

—Esto sí es interesante.


Cuando Hermione volvió a casa se sorprendió al ver que Draco no estaba. Encendió las luces y se sentó en el sofá, cruzando las piernas.

Media hora después la figura de Draco surgió entre las llamas verdes. Frunció el ceño al verla ahí sentada y acariciando el lomo de Crookshanks de forma ausente.

—¿Has cenado algo con Pansy?

—No tenía hambre —respondió ella, esquivando su mirada.

Draco entrecerró sus ojos grises y dio unos pasos hacia ella, agachándose y alzando su barbilla con los dedos.

—¿Qué te pasa?

Ella suspiró y lo miró fijamente.

—¿Por qué no me has dicho que estuviste prometido?

Draco cogió aire, soltándolo muy despacio.

—¿Quién te lo ha contado? —preguntó en un susurro.

Hermione entrecerró los ojos.

—¿No pensabas hacerlo tú?

—¿Para qué? Fue otra gilipollez de mis padres que terminó hace más de tres años, mucho antes de que pasara algo entre tú y yo.

Ella apretó los puños y Draco suspiró, sujetando sus manos.

—No tiene importancia, Hermione. Ni siquiera le fui fiel —murmuró, alzando las cejas mientras una sonrisa traviesa curvaba sus labios. —Estuve con varias mientras estábamos prometidos.

—Eso da igual.

Draco puso los ojos en blanco.

—No entiendo que te moleste algo así.

Hermione levantó una ceja, chasqueando la lengua.

—Vale, entonces supongo que a ti no te molestaría enterarte de que estuve prometida con Ron. O con Harry.

El rostro de Draco se endureció al instante y ella sonrió, victoriosa.

—Está bien, entiendo lo que quieres decir —aceptó él con voz grave, cruzándose de brazos y sentándose a su lado.

Hermione volvió a suspirar, apoyando la cabeza en su hombro.

—Creo que me lo ha dicho porque sabía que nos íbamos a pelear por esto.

—Déjame adivinar... ha sido Millicent.

Ella resopló y Draco la hizo girar hasta que pudo mirarla a los ojos.

—Debería habértelo contado... pero no le di importancia. Astoria nunca llamó mi atención, la verdad es que habría preferido a su hermana Dafne —comentó, riendo entre dientes.

Hermione frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque es mucho más guapa.

—¿Eso es todo lo que te importa? ¿El físico?

Él apretó los labios.

—¿A mi yo de quince años? Sí, es lo único que le interesaba.

El rostro de Hermione se relajó.

—¿Y al de veinte?

Draco inclinó un poco la cabeza, rozando sus labios.

—A ese solo le interesas tú.

Hermione sonrió y él correspondió a su sonrisa. Se levantó y miró sobre su hombro antes de entrar en la cocina.

—¿Entonces tienes hambre o no?

Hermione asintió, todavía sonriendo.


La navidad estaba cada vez más cerca y Hermione quería celebrarla a lo grande este año. Tenía pensado invitar a sus amigos y a los de Draco a cenar una noche con ellos y quería llenar la casa de adornos.

—Nunca has entrado aquí, ¿verdad? —preguntó mientras abría la puerta del garaje.

Draco la siguió, mirando a su alrededor con curiosidad. Las paredes estaban llenas de herramientas extrañas.

—Prefiero no tocar las cosas de tus padres, ya lo sabes —comentó, frunciendo el ceño al ver un pequeño coche rojo.

Hermione le revolvió un poco el pelo con su mano, dejando un beso en su mejilla.

—Ahora vives aquí. Puedes entrar en todas las habitaciones que quieras.

Él no contestó y su entrecejo se arrugó aún más al ver que se acercaba al coche con unas llaves en su mano.

—¿Vamos a ir en eso? —preguntó con incredulidad, abriendo mucho los ojos.

—Sí.

—Cuando dijiste que íbamos a viajar como los muggles pensé que te referías a esos trenes subterráneos que huelen tan mal.

—Se llama metro, Draco.

—Lo que sea.

—Pues no. Vamos a ir en el coche de mis padres.

Hermione abrió la puerta del conductor y señaló la otra con los ojos, impaciente. Draco no se movió.

—No confío en los coches muggles. Solo me he subido en los del ministerio de magia, que se conducen prácticamente solos.

—¿No confías en mí? —preguntó ella con una ceja levantada.

Draco entrecerró los ojos.

—Manipuladora —gruñó entre dientes, caminando hacia el coche.

Hermione sonrió y se sentó dentro, cerrando la puerta. Él no tardó en estar a su lado.

—¿Entonces cualquiera puede conducir este cacharro?

—Tienes que ser mayor de dieciocho años y hacer unos exámenes. Entonces te dan esto —explicó ella, enseñándole su carnet de conducir. —Una vez que lo tienes puedes conducir cualquier coche.

Draco miró fijamente el trozo de plástico un momento y levantó la mirada hacia Hermione con una sonrisa burlona en su rostro.

—Sí, ya lo sé. Salgo fatal en la foto —dijo ella, resoplando y poniendo los ojos en blanco.

Él se rio entre dientes pero volvió a ponerse serio en cuanto ella arrancó el motor.

—Ponte el cinturón, novato —comentó Hermione, sonriendo mientras salían hasta la carretera.

—Si muero será por tu culpa, muggle loca.

La carcajada de Hermione retumbó en el interior del coche.


—¿Te gusta?

Draco miró hacia arriba, contemplando el techo de cristal sobre el que se escuchaban las gotas de lluvia cayendo.

—Es más grande de lo que esperaba —admitió, recorriendo con las mirada todas las tiendas que iban dejando atrás.

—No me puedo creer que nunca hayas estado en un centro comercial.

Draco chasqueó la lengua, molesto, y Hermione sujetó su mano.

—Ven, lo que quiero está aquí —dijo, señalando una tienda de la que salía olor a chocolate.

Media hora después estaban sentados en una pequeña plaza dentro del edificio de cristal, tomando un té caliente antes de volver a casa con tres bolsas de plástico a sus pies.

—Podrías haber comprado las mismas cosas en el Callejón Diagon —comentó Draco, mirando a su alrededor para asegurarse de que nadie les estaba escuchando.

—Este año quiero que mi navidad sea sin magia, como... como cuando era pequeña —admitió Hermione en voz baja.

Draco se mordió la lengua. Sabía que era porque echaba de menos a sus padres, por lo que decidió no insistir.

—¿No hay adornos en tu casa? Has comprado medio centro comercial.

—Hay pocos y son muy viejos. Estos serán nuestros, de los dos.

Él sonrió, cogiendo su mano y apretándola.

—Te ayudaré a colocarlos, pero me tendrás que explicar cómo se hace. En mi casa siempre lo hacen los elfos.

Ella asintió, dándole un último sorbo a su té.

—Vamos, Harry nos está esperando. Le prometí que iríamos a cenar.

Draco se levantó, quejándose entre dientes.

—Otra vez ese Potter... es un pesado.

—Tiene algo nuevo que contarnos sobre el ataque de Pansy.

Eso cortó sus protestas al instante. Sujetó dos de las bolsas y empezó a caminar hacia el parking.

—Bien, vamos entonces.