Capítulo Dieciocho
El secreto de Pansy
En cuanto escuchó el rugido de las llamas, Harry entró en el salón.
—Ya era hora.
Draco se pasó la lengua por los dientes y lo miró de reojo mientras Hermione limpiaba la ceniza de su abrigo.
—Sé que me echas de menos, Potter, pero deberías disimular un poco.
Harry puso los ojos en blanco.
—Cállate, Malfoy. Ginny va a llegar pronto y esto es confidencial.
Hermione asintió y los tres salieron al pasillo, recorriéndolo hasta el final.
Harry se sentó en una de las sillas. Había una gran fuente llena de comida en el centro de la mesa. Una vez que Hermione y Draco se sentaron frente a él sacó algo pequeño de su bolsillo y lo colocó entre ellos.
Ella contuvo el aliento.
—La hemos analizado y tenías razón. Han encontrado la forma de almacenar una maldición imperdonable dentro de estas balas —explicó Harry en voz baja, cruzándose de brazos.
Draco entrecerró los ojos.
—¿Y podrían hacerlo con las otras dos maldiciones?
Harry apoyó la espalda en su silla, pasándose una mano por su pelo negro y despeinándolo aún más.
—No lo creo. La maldición Imperius dejaría de funcionar en el momento que alguien extrayera la bala, y la maldición asesina es demasiado potente. Si lo intentaran, la bala estallaría.
Hermione suspiró. Era un alivio saber que, al menos, no iban a poder matar a nadie así.
—¿Y qué es lo que querías contarnos de Pansy?
El rostro de Harry se oscureció.
—Estaba escondida entre la ceniza, pero encontramos una bala igual que esta. Las dos están hechas del mismo material así que es muy probable que los dos ataques estén relacionados.
—¿Crees que ese grupo fue el que intentó asesinar a Pansy? —preguntó Draco, apretando los puños.
Harry asintió con gesto serio.
Los tres escucharon el ruido de la chimenea al activarse y él frunció el ceño, llevándose un dedo a los labios. Hermione y Draco asintieron una vez justo antes de que Ginny entrara en el comedor.
—¡Ya estáis todos aquí! Espero que no hayáis empezado sin mí.
—Te estábamos esperando —contestó Hermione, intentando sonreír.
Ginny se sentó al lado de Harry y besó su mejilla, sonriendo en dirección a Draco.
—¿Qué tal, Malfoy?
—Muy bien, Ginevra. ¿Y tú? —dijo él, arqueando las cejas.
Ginny arrugó un poco la nariz al escuchar su nombre.
—Bien, deseando que volvamos a medirnos contra Harry —respondió, revolviéndole el pelo todavía más.
Draco sonrió y Hermione no pudo evitar hacer lo mismo.
—Cuando quieras. La próxima vez morderás el polvo, Potter.
Harry ladeó la cabeza, clavando los dientes en su labio para no sonreír.
—Eso ya lo veremos.
Nada más despertarse Hermione se dio cuenta de que estaba muy nerviosa. No sabía si Draco se iba a enfadar al descubrir lo que había hecho, pero esperaba que lo entendiera.
Giró en la cama, sonriendo al ver sus ojos grises ya abiertos.
—Buenos días.
—Hola.
—¿Preparado para abrir tus regalos?
—¿Y tú? —preguntó él, levantando una ceja.
Hermione se rio entre dientes, asintiendo.
—Nada puede ser mejor que el viaje sorpresa a París del año pasado.
—Después de todo soy un Malfoy, pero este año he preparado algo diferente —comentó Draco, poniéndose de pie y buscando una camiseta en su armario.
Ella puso los ojos en blanco y salió de la habitación, bajando las escaleras con Crookshanks siguiendo sus pasos.
Sonrió al ver los regalos envueltos bajo el árbol de navidad, al lado de la chimenea, y se agachó para leer las etiquetas.
Había dos de Harry y Ginny, uno de Ron para ella, dos de parte de Molly Weasley y otros dos de Narcissa.
Un paquete pequeño de parte de Hagrid tenía una forma sospechosa y Hermione decidió dejarlo para lo último. Dos regalos de color amarillo chillón eran de Luna, dos violetas venían de parte de Andrómeda y el resto eran de los amigos de Draco.
Hermione cogió los dos que estaban envueltos en un papel de color verde Slytherin y que ponían "Para Hermione".
—¿Pensabas abrirlos sin mí?
Ella giró la cabeza hacia la escalera, negando con la cabeza.
—Te estaba esperando.
Draco se sentó junto a ella, cruzando las piernas y acariciando una de las orejas de Crookshanks.
—Empieza tú —murmuró, señalando los dos paquetes que Hermione tenía en el regazo.
Ella abrió el más grande, de forma rectangular. Era la foto que alguien les había hecho durante el último año de Hogwarts cuando Draco la besó en el partido de Quidditch.
Hermione jadeó, sujetando la foto enmarcada con sus manos. Era mucho más grande que la que ella había puesto en su álbum de fotos.
Se rio suavemente y Draco frunció el ceño.
—¿Qué es tan gracioso?
Ella le pasó un paquete de color dorado sin decir nada y él la miró de reojo antes de abrirlo.
Vio que sus ojos se habrían mucho al ver la cubierta de madera del álbum.
—Ábrelo, Draco.
Justo en la primera página estaba la misma foto, aunque bastante más pequeña. Hermione sonrió al ver su cara de sorpresa.
—Ahora entiendes por qué me reía, ¿verdad?
Él no contestó. Estaba pasando las hojas del álbum lentamente, observando cada una de las fotografías.
—¿Están todas las que han salido en el periódico? —preguntó, levantando la mirada.
Hermione asintió.
—Y la que nos hizo Harry la navidad pasada en la Madriguera. Son todas las fotos que tenemos juntos, y hay hueco para seguir añadiendo más.
Draco volvió a mirar su regalo, pasando las últimas tres páginas que estaban llenas.
—Sé que tienes pocas fotos de tus años en Hogwarts así que pensé que te gustaría —añadió ella con nerviosismo, retorciéndose las manos.
Él dejó el álbum a un lado y agarró sus manos, tirando de ella hasta atraparla entre sus brazos.
—Gracias, Hermione —susurró, ocultando el rostro entre sus rizos.
Ella volvió a sonreír, enredando los dedos en su pelo rubio.
—Eso no es todo. Tengo otro regalo para ti.
Draco se apartó de ella y la miró a los ojos, frunciendo el ceño. Hermione levantó su varita y la apuntó hacia una esquina de la habitación.
—Finite.
Un paquete alargado apareció y Draco jadeó, levantándose de golpe.
—¿Eso es lo que creo que es?
—Solo hay una forma de saberlo.
Él levantó el paquete, abriéndolo con manos temblorosas. El papel dorado cayó al suelo.
—¿Draco?
Hermione se puso de pie al ver que no le contestaba.
Ni siquiera se movía. Estaba sujetando la escoba de color verde oscuro con las manos, recorriendo el palo con sus dedos.
—¿No te gusta?
Él hizo un ruido parecido a un gruñido y la miró fijamente.
—¿Cómo no va a gustarme? Granger, esto es... ¿Cómo has podido pagarla?
Ella suspiró, cruzándose de brazos.
—No te enfades, pero hace unos días acepté una entrevista con Rita Skeeter. Saldrá en El Profeta de hoy.
—¿Y con eso has podido pagar esto?
Hermione levantó una ceja.
—Me ofreció mucho dinero por hablar de nuestra relación.
Draco arrugó la nariz.
—Esa maldita mujer estaba deseando volver a escribir un artículo interesante y tú se lo has ofrecido en bandeja.
—He visto la forma en que mirabas la Nimbus 2010 cada vez que pasamos por delante de la tienda, Draco. Quería regalarte algo que quisieras de verdad.
Hermione contuvo la risa al ver cómo él dejaba la escoba apoyada en la pared, casi como si temiera que pudiera romperse.
Enseguida estuvo otra vez entre sus brazos, con sus pies flotando en el aire.
—Es demasiado. No me lo merezco.
—Sí te lo mereces.
Draco la estrujó más fuerte, haciendo que ella soltara un quejido.
—Joder. Lo siento, yo... mis regalos son una mierda al lado de los tuyos —añadió él, aflojando su agarre y dejándola de nuevo en el suelo.
—No digas eso.
—Te has gastado mil galeones en esa Nimbus, Hermione.
Ella ladeó la cabeza, mirándolo a los ojos. Draco no podía dejar de sonreír.
—Y creo que ha merecido la pena.
Él sujetó su rostro entre sus manos.
—Aunque no te lo diga nunca... sabes que te quiero, ¿verdad?
—Es la cuarta vez que me lo dices —susurró Hermione, sonriendo.
Él arqueó una ceja.
—¿Llevas la cuenta?
Ella se sonrojó, sacudiendo la cabeza.
—Me lo dijiste dos veces el día que me salvaste de la sirena, y otra más cuando dormimos juntos en aquella torre.
Draco pasó el pulgar por su labio inferior, con sus ojos todavía fijos en ella.
—Te quiero, Hermione.
—Quinta vez —murmuró ella, poniéndose de puntillas.
Él sonrió y atrapó sus labios, besándola mientras la rodeaba con sus brazos y la acercaba más a su pecho.
—Aún tienes que abrir uno de mis regalos —susurró, separándose unos centímetros.
Hermione pestañeó varias veces, intentando volver a la realidad. Ese beso había sido increíble.
Volvió junto al árbol y cogió el otro paquete verde que era bastante más pequeño. Al abrirlo, vio una caja cuadrada de terciopelo y miró a Draco de reojo antes de abrirla. Dentro había un colgante y una pulsera.
Ella frunció el ceño, observando las piedras brillantes que tenían ambas joyas.
—¿Qué son, Draco?
—Diamantes.
Hermione jadeó, volviendo a cerrar la caja.
—¡Te dije que no puedes gastar todos tus ahorros en mí!
—No he gastado ni un galeón.
Ella arrugó el entrecejo otra vez, entrecerrando los ojos, y Draco le dedicó una sonrisa burlona.
—La habitación del pensadero no es la única sala escondida en la Mansión Malfoy. Aunque el Ministerio lo intentó, no pudo encontrar ninguna. Hay una pequeña bóveda oculta tras la pared del despacho de mi padre. Allí están todas las joyas de mi familia y un poco de dinero que Lucius prefería tener en casa por si lo necesitábamos.
Hermione relajó la postura, volviendo a abrir la caja.
—¿Esto pertenece a tu familia?
—Creo que era de mi tatarabuela o algo así —añadió él, sentándose a su lado.
—No puedo aceptarlo, Draco.
—Claro que puedes, ahora es tuyo. He elegido este conjunto porque no es muy ostentoso.
Hermione volvió a mirar el colgante, sintiendo que se ruborizaba. Él le estaba dando algo que pertenecía a sus ancestros y eso tenía un gran significado entre las familias de sangre pura.
Draco besó su mejilla.
—Acéptalo.
Ella suspiró, sacando las dos joyas de la caja.
—Está bien.
—Esa es mi chica —bromeó él, cogiendo otro paquete.
Tenía una pequeña nota pegada. Draco carraspeó, leyéndola en voz alta.
—La colonia que te regalé se te acabó hace unos meses y sé que te encanta, así que aquí tienes otra. Esta vez he dejado el paquete original para que puedas ver lo que es en realidad. No te enfades, Draco.
Abrió el regalo con el enrecejo arrugado. Levantó el pequeño paquete y le dio la vuelta, leyendo la descripción mientras Hermione abría el suyo.
—Maldita hija de puta.
—¡Draco! —chilló ella, dándole un codazo.
Él la ignoró, corriendo hacia la chimenea y lanzando un puñado de polvos flu.
—Mansión Parkinson.
Hermione maldijo entre dientes, levantándose y dejando su regalo en el sofá.
—Enseguida volvemos, Crookshanks.
El gato maulló, cerrando los ojos. Hermione entró en la chimenea y repitió las palabras de Draco, apareciendo segundos después en la mansión de su mejor amiga.
Los gritos retumbaban por toda la casa.
—¡Cómo pudiste hacerme eso!
—¡Deja de gritar y escúchame, Draco!
—¡No quiero volver a verte en mi vida!
Hermione entró en el salón con la varita levantada. Pansy estaba sentada en uno de los sillones, con su madre al lado, y él estaba de pie justo delante de ellas.
—¡No seas tan dramático! ¡Lo hice para ayudarte!
—Eso es una jodida...
Hermione resopló, lanzando un silencius no verbal sobre Draco. Él apretó los puños al ver que no podía hablar y se giró, mirándola con odio.
—No puedes hablarle así a tu amiga, y menos delante de su madre.
La Señora Parkinson se levantó, chasqueando la lengua.
—Mejor os dejo a solas para que solucionéis vuestros problemas. Estaré en el piso de arriba, Pansy.
Ella asintió y su madre desapareció a paso rápido. Hermione volvió a agitar la varita, devolviéndole a Draco su voz.
Él se mordió la lengua, mirando de nuevo a su amiga.
—Eres lo peor.
Pansy resopló, poniendo los ojos en blanco.
—Te ayudó a encontrarla. Deberías alegrarte en vez de gritarme como si te hubieras vuelto loco.
—¿Qué es lo que pasa? —preguntó Hermione, acercándose a ellos.
Draco alargó el paquete hacia ella, evitando su mirada.
—Léelo tú misma.
Hermione lo cogió y leyó la letra pequeña rápidamente. Draco se cruzó de brazos, dedicándole una mirada de odio a Pansy.
"Esta colonia incluye un par de gotas de esencia de Veela. Cuando la lleves puesta, se mezclará con tus feromonas y atraerá a tu pareja perfecta. Miles de magos ya la han probado y han quedado muy satisfechos. ¡Envíanos una lechuza y cuéntanos tu experiencia!"
Ella jadeó, levantando la mirada.
—¿Qué significa esto?
—¿Recuerdas lo mucho que te gustaba mi olor cuando nos volvimos a ver en Hogwarts? Pansy me regaló esa colonia después de mi juicio y empecé a utilizarla después de verano.
Hermione se sentó junto a Pansy.
—¿Eso significa que soy su pareja perfecta?
—¡Eso significa que mi olor te engañó! ¡Te acercaste a mí solo por eso! —siseó Draco, llevándose las manos al pelo y dando vueltas por la habitación.
—Draco, cálmate. Te estás equivocando.
—¿Eso crees? Explícame entonces por qué ella dejó que la besara y aceptó acostarse conmigo cuando me ha odiado durante años —gruñó él entre dientes.
Hermione sujetó su brazo, deteniéndolo.
—Yo fui la que decidió hacer todo eso. Es verdad que me encantaba tu olor y me ponía un poco nerviosa, pero tú fuiste el que llamó mi atención. Tú y tus palabras.
—Había días que no la llevabas puesta y ella también se acercaba a ti, ¿verdad? —preguntó Pansy, levantando las cejas.
Draco arrugó la nariz.
—Supongo que sí.
—Esta colonia no funciona de esa forma, Draco. Tienes que creerme. Lo único que hace es que huelas muy bien para alguien que podría ser una buena pareja para ti.
Él no contestó. Todavía estaba evitando mirar a las dos chicas.
—Te lo demostraré —murmuró Pansy, abriendo el bote y cogiendo una de las manos de Hermione.
Echó una gota y la extendió con sus dedos, haciendo que la piel la absorbiera.
—¿Sientes algo diferente ahora? —preguntó, volviendo a mirar a Draco.
Hermione vio sus grises posándose sobre ella. Su mirada era tan intensa que sintió un escalofrío.
—No, pero huele incluso mejor que antes. Su aroma afrutado es mucho más intenso.
—¿Lo ves? —dijo Pansy, sonriendo.
Hermione se puso de pie, dando unos pasos hacia él.
—No te enfades con ella —susurró, abrazándolo.
—Estabas muy solo y pasándolo mal, Draco. Solo quería ayudarte un poco —añadió Pansy, encogiéndose de hombros.
Él rodeó a Hermione con sus brazos, mirando a su mejor amiga fijamente.
—Me vengaré.
—No esperaba menos de ti —contestó ella, aguantando su mirada.
Draco resopló, sujetando una de las manos de Hermione y caminando hacia el pasillo.
—Feliz navidad, Pansy —dijo ella, mirando hacia atrás.
Pansy sonrió.
—Os espero mañana en mi fiesta de cumpleaños.
—Será una fiesta que no vas a olvidar —gruñó Draco en voz baja.
Hermione puso los ojos en blanco, apretando su mano.
—No seas así. Esa colonia no tuvo nada que ver en lo que pasó entre nosotros.
—¿Por qué estás tan segura?
—Porque he leído sobre todo eso, los aromas y las esencias. No influyó en mi decisión, te lo aseguro.
Draco soltó su mano en cuanto volvieron a estar en el salón de casa de los Granger. Enredó un dedo en uno de sus rizos, levantando su barbilla con la otra mano.
—Seguramente tengas razón.
—La tengo —murmuró ella, sonriendo.
Él levantó su mano izquierda, acercándola a su nariz.
—Es más intenso, pero sigues siendo tú.
—¿No notas nada diferente? —preguntó ella con curiosidad.
Draco se pasó la lengua por los dientes, fingiendo pensar.
—Tengo ganas de encerrarme contigo en el dormitorio y no volver a salir hasta mañana... pero puede que ya me sintiera así al despertarme.
Hermione se rio y él se unió a su risa, inclinando la cabeza hasta juntar sus frentes.
—Por cierto, feliz navidad.
—Feliz navidad —susurró ella, colocando las manos en su pecho.
Se puso de puntillas y volvió a besarlo, intentando demostrarle que nada podría haber cambiado lo que pasó. Con o sin la colonia, Hermione habría caído en su trampa tarde o temprano.
Era imposible resistirse a Draco, y estaba completamente segura de que se habría enamorado de él mucho antes si la hubiera tratado de forma diferente.
