Capítulo Veinte
Visita inesperada
Un par de semanas después Draco resopló al ver que todavía quedaban varias fotografías de él y Hermione en los escaparates de las tiendas del Callejón Diagon.
La entrevista que había publicado El Profeta en navidad había estado en la boca de todos. Hasta sus padres la habían leído, y Narcissa ahora sonreía de una forma muy rara que a Draco no le gustaba nada cada vez que los veía juntos.
Él no la había leído, ni pensaba hacerlo.
Sabía que ella había hablado de su relación, sobre lo mucho que él había cambiado y lo enamorados que ambos estaban.
Solo de pensarlo se ruborizaba y a Hermione le pasaba lo mismo cuando alguien sacaba el tema.
Al menos gracias a eso tenía su nueva Nimbus 2010, que cuidaba como si estuviera hecha de oro.
Suspiró al llegar hasta la puerta del Caldero Chorreante. Theo aún no estaba ahí y él siempre era puntual.
Draco entrecerró los ojos y una pequeña sonrisa se extendió por su rostro. Volvió a descender por el callejón con los nuevos guantes de buscador que acababa de comprar en uno de sus bolsillos.
Sospechaba que su amigo había ido hasta allí aquella mañana de sábado por motivos muy diferentes. Theo estaba raro desde hacía unos días y evitaba sus preguntas.
Giró la esquina y se escondió tras una gran jaula donde había un cuervo negro, observando la calle a través de los barrotes.
El cuervo graznó y él siseó, intentando que se callara y no lo delatara.
Draco sonrió cuando vio a su amigo aparecer, confirmando sus sospechas.
Estaba con Luna. La acompañó hasta la puerta de la oficina del Quisquilloso y ella se despidió dándole un beso en la mejilla.
Luna ya se había marchado pero Theo seguía en mitad del callejón con cara de idiota y la mirada perdida, sin moverse.
Draco bufó, saliendo de su escondite y asustando a su amigo, que dio un respingo.
—Ni que fuera la primera cita que tienes en tu vida —murmuró con tono burlón.
—¡Mierda, Draco! No puedes salir así de repente —protestó Theo, presionando una mano contra su pecho.
Él puso los ojos en blanco y se cruzó de brazos.
—Estabas en las nubes. ¿Eso es lo que no querías contarme? ¿Que estás saliendo con Luna?
—No estamos saliendo —contestó Theo, caminando a su lado con las manos en los bolsillos. —Nos estamos conociendo.
Draco se rio entre dientes.
—Tú no conoces a las personas, Theo. Tan solo te interesa lo que tienen entre las piernas.
—Cállate. Con ella es diferente.
Aquello lo sorprendió y giró la cabeza para mirar a su amigo fijamente.
—Vaya, te debe gustar mucho esa chica.
Theo suspiró y su rostro volvió a relajarse.
—Nunca había conocido a nadie como ella.
—Sí, Luna es algo peculiar —añadió Draco en voz baja.
Theo resopló.
—Peculiar. Buena palabra.
Draco atravesó la chimenea del Caldero Chorreante el primero, apareciendo a los pocos segundos en el pub que había cerca del estadio de Quidditch de las afueras de Cambridge.
Blaise, Potter y tres hermanos Weasley los estaban esperando fuera ya con sus uniformes puestos.
—Llegáis tarde —protestó Pansy, que estaba apoyada en la pared con Daphne a su lado.
—Él tiene la culpa —gruñó Draco, señalando a Theo. —¿Dónde está mi escoba, Potter?
—En los vestuarios con las nuestras. Hermione me la trajo hace una hora antes de marcharse con Arthur.
Draco sonrió.
—¿La has probado?
—No —respondió Harry, frunciendo el ceño. —Me dijiste que no podía.
Draco se quitó su túnica y la dobló, sacando los guantes del bolsillo mientras entraban en el estadio. Ya tenía puesto su uniforme del equipo de Slytherin.
—Puedes probarla mientras dejo esto en una taquilla —comentó, dándole un golpe en el hombro. —pero cuídala bien, Potter.
Harry lo miró fijamente, intentando disimular su sorpresa.
—¿En serio?
Él asintió.
—Será divertido que pruebes la escoba con la que voy a derrotarte a partir de ahora —añadió con una sonrisa burlona.
Harry entrecerró los ojos y todos entraron en el vestuario. Los demás cogieron las escobas y salieron mientras Theo se cambiaba de ropa.
Draco se colocó sus nuevos guantes y miró a su amigo, muy sonriente.
—Hora de acabar con Potter.
Él correspondió a su sonrisa.
—Pero sin trampas, ¿no?
—Sin trampas —repitió Draco, asintiendo.
—¿Qué demonios hace una lechuza aquí?
Draco siguió subiendo, ignorando la voz de Blaise.
—¡Allí hay otra! —gritó Ginny.
—¡Y por allí se acerca una negra!
Draco gruñó, deteniendo su escoba. Había estado muy cerca de atrapar la snitch y Harry no podía alcanzarlo.
—¿Qué pasa con tanto grito? —preguntó, enfadado.
Al levantar la vista vio una lechuza negra que estaba volando hacia él. Otra se había posado en el palo de la escoba de Theo, y la última estaba llegando a donde estaba Blaise.
Draco vio otra lechuza marrón sobrevolar el estadio y bajar hacia las gradas, donde estaban Pansy y Daphne.
—¿Qué demonios es esto? —murmuró, quitándose un guante para desatar el trozo de pergamino que estaba atado en su pata.
La lechuza alzó el vuelo sin esperar respuesta, y las otras tres la imitaron poco después.
Draco sintió que todo el aire salía de sus pulmones al leer el pergamino y el grito que escuchó de Pansy le heló la sangre.
Si no fuera porque Harry lo sujetó, probablemente se habría caído de la escoba.
Señor Malfoy,
Usted está en la lista de contactos del Señor Gregory Goyle. Lamento informarle de que esta mañana ha sufrido un ataque en el Callejón Skylor, en Edimburgo, y ha fallecido.
Este asesinato está bajo investigación, por lo que si quiere saber más tendrá que venir a la oficina de aurores del Ministerio y preguntar por mí.
Lamento su pérdida y que tenga que enterarse de esta forma.
Atentamente,
Robert Taylor , Auror.
—¿Qué te pasa, Malfoy? ¿Por qué estás temblando? —preguntó Harry con preocupación.
Él le pasó la carta sin decir nada y Harry resopló con fuerza.
—Oh, joder.
San Mungo era un caos.
Él y Theo fueron juntos para identificar el cadáver. Los padres de Greg estaban en Azkaban y no tenía más familia.
Blaise y Harry se habían marchado para hablar con los aurores y averiguar lo que había ocurrido, y Daphne se había llevado a Pansy.
Apenas hablaron mientras estuvieron allí. Ver el cuerpo quemado de su amigo había sido demasiado duro para ambos.
Fuego demoníaco. Era la segunda vez que perdía a alguien por culpa de esa maldición tan difícil de controlar.
Un desconocido se la había lanzado a Greg y otros dos magos habían muerto. Tres más estaban recuperándose de sus heridas en San Mungo, y diez aurores aún seguían en el callejón que había oculto bajo el castillo de Edimburgo intentando apagar el fuego y neutralizar la maldición.
Los dos atravesaron la única chimenea del hospital por turnos. Al llegar a la mansión de Blaise encontraron a Pansy en el salón principal, llorando desconsolada en uno de los sofás al lado de Daphne mientras la Señora Zabini intentaba consolarla.
Draco se dejó caer en un sillón, llevándose las manos al rostro. Theo se sentó al otro lado de Pansy y la abrazó, susurrando algo en su oído.
Unos minutos después entraron Harry y Blaise en la habitación. La Señora Zabini se levantó, suspirando mientras abrazaba a su hijo.
—Estaré en mi habitación. El funeral será mañana.
Blaise asintió con mala cara y su madre se marchó, cerrando la puerta. Harry cogió uno de los vasos de agua que había en la mesa y caminó hacia donde estaba Draco, sentándose en el sillón de al lado.
—Siento lo de tu amigo, Malfoy.
Él se encogió de hombros, evitando su mirada.
—Nos habíamos distanciado bastante desde que salimos de Hogwarts. Él se mudó a Edimburgo y hacía más de dos meses que no lo veía.
—Aun así... lo siento —añadió Harry, colocando un brazo en su hombro.
Draco no se apartó y suspiró.
—¿Qué os han dicho, Potter? —preguntó con voz temblorosa.
Harry se colocó bien las gafas, apoyando la espalda en el sillón y cruzándose de brazos.
—Ha sido muy parecido a lo que pasó la otra vez con Parkinson —contestó en un susurro. —Alguien lo ha seguido y ha lanzado el fuego demoníaco en cuanto ha visto que estaba en una tienda de la que no podría escapar. Por lo visto Goyle llevaba varios meses saliendo con una chica muggle que había conocido en la ciudad.
Draco jadeó.
—¿Con una muggle?
—A mí también me ha sorprendido esa parte —añadió Harry, sacudiendo la cabeza. —Parece que alguno de los liberadores los ha visto juntos y eso lo convirtió en su objetivo. Lo tenían todo planeado. El fuego ha devorado la tienda y a las personas que había dentro. Los que han sobrevivido estaban fuera, en el callejón, donde todavía están intentando apagar las llamas.
Draco se pasó una mano por el pelo, mirando de reojo hacia donde estaba Pansy. Su amiga ya había dejado de llorar pero tenía los ojos muy rojos, y los de Theo todavía estaban vidriosos.
—Había otra inscripción en una de las paredes del callejón —murmuró Harry entre dientes para que solo él lo escuchara.
—¿Y qué ponía? —preguntó Draco en susurro, volviendo a prestarle atención.
Él sacó algo de su túnica y se lo enseñó. Era una fotografía hecha por aurores de la escena del crimen.
Draco tragó saliva al leer el mensaje escrito en la pared con tinta negra. Era muy parecido al que vio en la tienda de Pansy.
Los sangre pura deben pagar
—Esta investigación ha pasado a ser de primer nivel, Malfoy. Más de la mitad del departamento se va a dedicar a encontrar y capturar a estos asesinos —añadió Harry en voz baja, volviendo a guardar la foto.
Draco resopló.
—Ya es demasiado tarde.
—No hemos podido hacer nada por Goyle, pero podemos salvar la vida de muchas personas.
El estómago se le revolvió al recordar la profecía y la final del mundial de Quidditch. En menos de cuatro meses miles de magos estarían en peligro si no detenían a los culpables pronto.
Y Draco no pensaba quedarse de brazos cruzados sin hacer nada.
—Voy a ayudaros a atraparlos, Potter.
Harry negó con la cabeza.
—No eres un auror.
—Me importa una mierda —siseó Draco con voz grave.
Él lo observó un momento en silencio y eso lo puso nervioso.
—¿Qué miras, Potter?
—Sigues preparando pociones de vez en cuando, ¿no?
—Cuando tengo tiempo.
Harry lo miró fijamente y una de las comisuras de sus labios se curvó.
—Pues empieza a hacer poción multijugos.
Draco torció los labios.
—Te gusta demasiado esa poción, Potter.
—Pues está asquerosa —contestó él, arrugando la nariz.
—Lo sé.
Los ojos verdes de Harry se abrieron más.
—¿Cuándo la has tomado tú?
—Eso no es asunto tuyo —gruñó Draco, levantándose.
Harry iba a contestar cuando la puerta se abrió y entró una nube de rizos. Hermione vio a Draco y corrió hacia él, rodeándolo con sus brazos.
—¡Draco! Acabo de volver de la reunión y he visto tu nota.
Luna entró tras ella a pasos lentos, mirando a su alrededor con curiosidad. Theo jadeó al verla, poniéndose de pie.
—¿Luna?
Ella se acercó hasta Draco y colocó una mano en su hombro, apretando con cariño. Él le dedicó una pequeña sonrisa y apoyó la barbilla en la cabeza de Hermione, inspirando profundamente.
El aroma afrutado de su pelo siempre lo relajaba y le hacía sentir mejor.
Luna dio media vuelta, caminando hasta donde estaban los demás.
—¿Cómo estás? —preguntó Hermione en un susurro.
Draco tragó saliva.
—Está muerto, Hermione. Lo han matado.
Los brazos de ella se enroscaron con más fuerza alrededor de su cuerpo.
—Lo siento mucho, Draco —dijo, levantando la cabeza y mirándolo a los ojos. —No permitiremos que esto vuelva a pasar.
Él asintió, dejando un beso rápido en sus labios.
—Pansy es la que peor lo lleva —murmuró, señalando con su mirada el sofá donde estaban el resto de sus amigos.
Luna se había sentado al lado de Theo y tenía una de sus manos sobre su regazo, donde estaba trazando círculos con el dedo. Estaban hablando en voz baja y él sacudía la cabeza cada pocos segundos.
Hermione suspiró.
—Voy a hablar con ella. Enseguida vuelvo —contestó, apretando su mano antes de soltarla.
Draco la vio alejarse y agacharse delante de Pansy, cogiendo sus manos. Jamás imaginó que su mejor amiga y Hermione se pudieran llevar tan bien.
—¿Cuánto tiempo tardarías, Malfoy?
Draco miró a la derecha, observando el rostro de Harry mientras se pasaba la lengua por el labio inferior.
—Tengo varios frascos de poción multijugos en mi almacén. Y voy a hacer más.
Harry sonrió.
—Genial. Tengo una idea que tal vez funcione.
—Y es peligrosa, ¿verdad? —preguntó él, arqueando su ceja.
Harry se mordió el labio antes de contestar.
—Bastante.
—No esperaba menos de ti, Potter —comentó él con sorna. Desvió un momento la mirada hacia donde estaba Hermione con sus amigos y apretó los labios. —Cuenta conmigo.
A la tarde siguiente Ron, Harry, Ginny, Luna y Hermione estaban en el cementerio del pueblo de Burford, donde había vivido la familia Goyle durante siglos.
Acompañaron a los Slytherin en la pequeña ceremonia que celebraron para despedirse de su amigo y Hermione no soltó la mano de Draco en ningún momento.
Estaba segura de que se sentiría culpable, como le pasaba con Crabbe.
Él no había dicho una palabra desde que llegaron allí y tenía rostro serio. Miraba de reojo hacia donde estaban Theo y Pansy de vez en cuando, pero aparte de eso apenas se había movido.
Narcissa y Lucius también asistieron junto a la madre de Blaise y los padres de Daphne. Habían lanzado el encantamiento repelente de muggles en el cementerio y los cinco desaparecieron en cuanto terminó la ceremonia.
Los amigos de Draco se juntaron en la verja de entrada. Marissa se acercó a Ron y él rodeó sus hombros con un brazo, suspirando.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Daphne, secándose las lágrimas con un pañuelo.
Harry y Ginny cruzaron una mirada incómoda.
—Creo que deberíamos brindar por él —comentó Pansy en voz baja.
Todos asintieron.
—¿Qué tal en mi casa? Allí estaremos solos —propuso Theo, que no se había separado de Luna desde que llegaron.
Ron se encogió de hombros.
—De acuerdo.
Marissa sujetó la mano de Ginny y Hermione la de Harry. Todos desaparecieron con un crujido, materializándose de nuevo en los terrenos de la Mansión Nott.
Ron se quedó con la boca abierta.
—Es enorme.
—La mía es más grande —murmuró Draco al pasar por su lado con una sonrisa burlona.
Marissa puso los ojos en blanco y Ginny se rio entre dientes.
—Los hombres y su obsesión con los tamaños —comentó Luna con voz divertida.
Theo sonrió y le ofreció una mano. Ella se sonrojó, aceptándola.
Unos minutos después los doce estaban en el salón más grande de la mansión con una copa de whisky en cada una de sus manos.
—Por Greg —dijo Theo, alzando la suya.
Todos lo imitaron y bebieron un trago. Draco sintió que el Whisky de Fuego quemaba su garganta más que nunca.
Tenía un nudo en ella desde el día anterior.
Permanecieron en silencio un buen rato, bebiendo de forma ausente, hasta que Pansy habló.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó con ojos vidriosos, mirando a Harry. —¿Estamos en peligro?
Él hizo una mueca.
—Me temo que sí.
—Nadie volverá a ir solo a ninguna parte. Tenemos que estar acompañados en todo momento hasta que esos malditos hijos de puta estén en Azkaban —dijo Draco, recorriendo los rostros asustados de sus amigos con la mirada.
Ron se removió en el sofá.
—No todos. No van a venir a por nosotros, Malfoy.
—Tú también eres un sangre pura —comentó Blaise con voz grave, con su brazo alrededor de Pansy.
—No de los que ellos odian —respondió Ron, encogiéndose de hombros. —Mi familia y la de Luna están a salvo.
La mencionada pestañeó sin decir nada. Draco resopló, chasqueando la lengua con molestia.
—¿Desde cuándo los locos son razonables? Te recuerdo que yo debería haber estado a salvo cuando el Señor Tenebroso tenía el poder, pero se divertía torturándome y no le importaba que yo o mi familia muriera.
Ginny suspiró.
—Malfoy tiene razón. Todos deberíamos tener más cuidado a partir de ahora.
—Los cogeremos —aseguró Harry con rostro serio. —Nos lo están poniendo difícil, pero vamos a atraparlos.
—Permíteme que lo dude, Potter —dijo Theo, torciendo los labios. —Los aurores del Ministerio son unos inútiles.
Luna lo miró.
—No todos. Harry es un gran mago y tiene buen instinto, Theo. Sin él yo habría muerto aquel año en el Departamento de Misterios, o dos años después cuando estuve encerrada en las mazmorras de la Mansión Malfoy.
Draco se tensó de inmediato.
—Luna, yo...
Ella lo detuvo con un gesto de su mano.
—Tranquilo, Draco. Ya me pediste perdón y te dije que no fue culpa tuya. Además, fue interesante pasar por todo eso.
—¿Interesante? —repitió Theo, confundido.
—Sí. Una experiencia así cambia tu forma de ver la vida —aseguró ella, sonriendo.
Él correspondió a su sonrisa, levantando su mano y besando sus nudillos.
—Realmente eres única, Luna.
La sonrisa de ella se amplió.
—Tú también me gustas, Theo.
—Oh, por favor —se quejó Pansy, resoplando con fuerza. —Besaos de una vez y terminemos ya con esto.
La sonrisa de Theo desapareció y soltó la mano de Luna.
—Hoy no es el momento —murmuró con voz sombría, volviendo a concentrarse en su vaso.
Draco se inclinó sobre Harry, que estaba sentado a su lado.
—¿Cuál es tu gran plan, Potter? —preguntó en un susurro.
Él giró la cabeza hasta que sus miradas conectaron.
—Te lo contaré mañana.
—Blaise también se apunta —murmuró Draco, señalando a su amigo con la barbilla.
Cuando Harry lo miró, Blaise inclinó la cabeza en su dirección.
—De acuerdo —aceptó Harry, asintiendo. —Pero nadie puede enterarse de esto.
—Mis labios están sellados, Potter.
Él sonrió.
—A los inefables se les da bien guardar secretos, así que no debería preocuparme.
—Exacto —contestó Draco, mirando de reojo a Hermione que se había quedado dormida sobre su hombro. —Aunque a veces me gustaría no tener que hacerlo.
