Puede que este capítulo necesite un aviso de contenido. No spoilers, así que si quieres saber más ve al final del todo antes de leer.
Capítulo Veintiuno
La carta
Draco salió de la chimenea de mal humor, dejando su abrigo sobre el respaldo de uno de los sillones.
Habían pasado casi tres semanas desde la muerte de Greg y todavía estaban muy lejos de atrapar a los culpables. El plan de Potter no estaba funcionando.
Todo su cuerpo se tensó al ver que las luces estaban encendidas pero no había nadie en la planta baja de la casa. Ni siquiera Crookshanks.
Muy mala señal.
Había tenido que mentirle demasiadas veces a Hermione en los últimos días, y sabía que ella se había dado cuenta.
¿Estaría intentando...?
No. No sería capaz.
Draco entrecerró los ojos al escuchar ruido en la planta de arriba.
Se le heló la sangre. Parecía que alguien acababa de abrir un cajón.
Apretó los puños con su imaginación llegando a la peor conclusión posible. Subió las escaleras lo más rápido que pudo, mordiéndose el interior de la mejilla al ver la puerta del estudio entreabierta.
Mierda.
Respiró hondo y la empujó, abriéndola de golpe. Lo que vio dentro hizo que todo su cuerpo temblara de rabia.
Hermione estaba detrás de su escritorio con su varita en la mano y un frasco entre sus dedos. Había conseguido romper todos los encantamientos protectores de su cajón.
—¿Qué demonios haces? —preguntó con voz fría.
Ella entrecerró los ojos, apretando los labios. Parecía que no esperaba ser descubierta.
—Voy a darte la oportunidad de explicarte, Draco Malfoy —dijo, chasqueando la lengua. —Aunque no sé si te la mereces.
—¿Explicarme? —repitió él, entrando en la habitación. —Te he pedido expresamente que no tocaras ese cajón, Hermione. ¡Lo que hay dentro es privado!
Le pareció ver que sus ojos marrones estallaban en llamas.
—¿Privado? —siseó ella, volviendo a dejar el frasco en su sitio y cerrando los puños para contener la rabia. —¡Ahí pone mi nombre! —gritó, señalando las decenas de frascos que había en el fondo del cajón. —¿Qué es esto?
Draco apretó la mandíbula, agitando su varita y cerrándolo.
—No es asunto tuyo.
—¡Sí lo es! —contestó Hermione, rodeando el escritorio hasta estar frente a él. —¿A qué se supone que estás jugando? Eso son recuerdos y te apuesto lo que quieras a que son míos.
Su enfado empeoraba por momentos y no era buena idea sujetar su varita mientras se sentía así. Draco la guardó en el bolsillo de su pantalón, mirándola a los ojos con mala cara.
—Para.
Ella seguía con la suya en su mano y mirándolo como si no lo reconociera.
—¡Qué has hecho, Draco! ¿Me estás robando mis recuerdos?
Dio un paso hacia delante, señalándola con un dedo.
—¡He dicho que pares! —gritó con rabia. —¡Sigues siendo insufrible, Granger! ¡Siempre tienes que saberlo todo!
Hermione inhaló con fuerza, sintiendo que su cuerpo se congelaba.
—¿Insufrible? —repitió con voz temblorosa. Sacudió la cabeza y levantó la barbilla de forma desafiante. —¡Me has estado mintiendo!
Draco levantó una ceja.
—¿Y no se te ha ocurrido pensar que a lo mejor tengo una buena razón para hacerlo? —preguntó con ironía, arrastrando las palabras.
—¡Estoy harta de tus secretos! —dijo ella, resoplando y cruzándose de brazos. —Dime lo que estás haciendo con esos recuerdos, o...
—¿O qué, Granger?
Draco dio un paso más y ella alzó su varita, interponiéndola entre los dos.
—No me provoques, Malfoy. Sabes de lo que soy capaz.
Él se rio sin ganas.
—¿Vas a lanzarme un maleficio? —la retó, dando otro paso.
—Ni un paso más —advirtió ella, apuntando con la varita a su corazón.
—Adelante, Granger —gruñó Draco, avanzando hasta que la punta de su varita se clavó en su camisa. —Atrévete.
Hermione apretó los dientes.
Su cara estaba completamente roja y los ojos le brillaban. Estaba realmente furiosa.
Draco siseó cuando salió una chispa de la varita, quemando su piel, y dio un paso atrás.
—Hacía años que no sentía tanto odio corriendo por mis venas —susurró, resoplando por la nariz.
Sabía que estaba a punto de perder el control, pero no le importaba.
—¡Te odio! —gritó ella, bajando la varita.
Él entrecerró sus ojos.
—Yo te odio más —siseó, cruzando la distancia que les separaba en dos pasos y agarrando sus muñecas.
—¡No! ¡Aléjate de mí!
Hermione forcejeó pero él la sujetó más fuerte.
—Suelta la varita —exigió con voz grave.
—¡No!
Ella retorció su brazo y Draco puso los ojos en blanco.
—Deja de luchar.
Hermione le lanzó una mirada llena de odio. Se puso de puntillas y lo besó, mordiendo con fuerza su labio inferior.
Draco siseó, separándose de ella. Rodeó su garganta con una mano, impidiendo que se moviera mientras se pasaba el dorso de la otra mano por su labio.
Cuadró la mandíbula al ver un pequeño rastro de sangre en sus dedos.
—¿Acabas de morderme?
Las manos de Hermione estaban sujetando la suya. Clavó las uñas en su piel, apretando los dientes.
—Suéltame. Ahora.
Draco le dedicó una sonrisa malvada, pasando su lengua por el corte. El sabor metálico de la sangre lo cabreó todavía más.
—No.
Se sentía como cuando era un estudiante y la miraba en clase. El odio que ella provocaba dentro de él le hacía querer hacerle daño... o, como descubrió unos años más adelante, besarla.
Y en ese momento la decisión era fácil de tomar.
Draco la apretó contra él, impidiendo que se alejara, y chocó sus labios contra los suyos.
Dejó salir toda la frustración y la furia que tenía acumulada en su interior en ese beso, reclamando sus labios con rudeza. Nunca la había besado de esa forma, por mucho que discutieran.
Ella todavía estaba forcejeando para escapar pero a los pocos segundos dejó de moverse y respondió a su beso con la misma rabia.
El agarre en su cuello se aflojó y los dedos de Draco bajaron hasta su clavícula, presionando suavemente. Hermione jadeó, soltando su brazo y hundiendo las manos en su pelo.
Draco no pudo evitar sisear cuando tiró de varios mechones, presionando su rostro contra el suyo y profundizando el beso. Ella también estaba siendo brusca, algo que no había experimentado desde que estaban juntos.
Tampoco el deseo abrasador que recorría todo su cuerpo, exigiéndole que no parara.
Y no lo hizo. Enterró una mano en sus rizos, tirando hasta que ella levantó la barbilla, y aprovechó para devorarla sin piedad.
Su otra mano se enroscó alrededor de su cintura, empujándola hasta que su espalda chocó contra la pared. Hermione gimió y él ladeó la cabeza, mordiendo y lamiendo la curva de su cuello mientras presionaba su cuerpo contra el de ella.
Estaba tan excitado que no podía pensar con claridad.
Las manos de ella bajaron hasta su cuello y Draco sujetó sus muslos, levantándolos hasta que tuvo las piernas de Hermione rodeándolo y subió su falda hasta sus caderas.
Sin pensarlo, apartó su ropa interior con los dedos y entró en ella con un solo movimiento.
Hermione reprimió un grito, agarrándose más fuerte a su espalda.
Él siguió moviéndose, cada vez más rápido, con sus labios succionando la piel de su cuello.
Podía escuchar los jadeos de ella en su oreja. Hermione también estaba disfrutando.
Aguantó hasta que la sintió estremecerse entre sus brazos y mordió su hombro, dejándose llevar por el placer.
Solo se escuchaban sus respiraciones agitadas en la habitación. Ninguno de los dos se movió mientras intentaban recuperar el aliento.
Tras unos minutos alzó la cabeza, mirándola a los ojos. Ella también lo miró, dejando salir un suspiro tembloroso. Tenía los labios muy hinchados y varias marcas rojas en el cuello.
La realidad de lo que había pasado entre ellos le provocó un nudo en su estómago.
Había sido demasiado bestia, y lo peor es que le había dado igual.
Draco tragó saliva, recorriéndola con su mirada para ver si había dejado más marcas en su piel y soltando sus piernas. Se sintió aún peor al ver cómo ella se colocaba bien la falda y se pasaba una mano por el cuello, rozando los futuros moratones con sus dedos.
—No hablaba en serio —admitió él en voz baja, colocando un rizo tras su oreja.
Ella volvió a suspirar, apartando un mechón rubio de su frente.
—Lo sé. Yo tampoco, estaba enfadada —murmuró, pasando el dedo índice por su labio inferior. Draco sonrió al sentir cómo su magia le curaba la herida. —Siento haberte mordido.
Movió la cabeza de un lado a otro y su sonrisa se amplió al ver el sonrojo de Hermione.
Todavía podía sentir la adrenalina bajo su piel. Lo que acababa de pasar había sido el mejor polvo de su vida, y sospechaba que ella estaba pensando en lo mismo.
Quien le iba a decir que mezclar sexo y rabia podía ser tan satisfactorio.
—¿Puedes confíar en mí? —pidió, recorriendo su mejilla con el pulgar. — Todo tiene una explicación, pero aún no puedo hablar sobre ello. Necesito más tiempo.
Hermione se mordió el labio inferior, mirándolo fijamente.
—No me gusta que haya tantos secretos entre nosotros.
—Ni a mí —confesó Draco con un suspiro. —Necesito que confíes en mí, Hermione.
—Lo hago.
Su corazón se saltó un latido y volvió a sonreír.
—Sabes que te quiero.
Ella correspondió a su sonrisa, apoyando la barbilla en su pecho y colocando los brazos alrededor de su cuello.
—Bésame —pidió en un susurro.
Draco inclinó la cabeza y la besó, atrapando su labio inferior entre los suyos. La rodeó con sus brazos y la levantó.
—Ven —murmuró entre besos, caminando con ella entre sus brazos. —Necesitas dormir. Te prepararé un vaso de leche caliente para que te relajes.
Hermione asintió sin dejar de besarlo. Sentía ganas de llorar después de la explosión de sentimientos que acababa de experimentar, pero ahora lo veía todo con más claridad.
Cada rincón de su alma amaba a Draco, y no iba a volver a dudar de él.
Tenían que confiar el uno en el otro.
La luz de la luna entraba por la ventana del cuarto de Hermione, iluminando la piel de sus brazos y dejando reflejos plateados en sus rizos.
Draco estaba tumbado junto a ella, observándola mientras dormía.
En el escritorio que había al pie de la cama todavía estaba el profeta del día anterior, donde habían dedicado la portada a la milagrosa recuperación de su antiguo profesor, Gilderoy Lockart.
Tras ocho años internado en San Mungo esa misma mañana había recibido el alta.
Draco frunció el ceño, intentando guardar en su memoria todos los detalles de su rostro. No sabía cuándo podría volver a estar tan cerca de ella.
Ya no podía esperar más. La estaba poniendo en peligro, y aquella noche Hermione había estado a punto de descubrir lo que estaba haciendo y echarlo todo a perder.
Marchándose solucionaría dos problemas de una sola vez... aunque no sabía si ella sería capaz de entender por qué lo había hecho.
Suspiró, reduciendo y guardando los ocho frascos que acababa de llenar con recuerdos de la mente de Hermione en su bolsillo.
Tenía cuarenta y seis en total, y esperaba que fueran suficientes.
Dejó un pergamino doblado sobre la almohada y volvió a mirarla, apretando los labios.
El somnífero que había bebido todavía hacía efecto y, cuando se despertara, él ya no estaría allí.
Draco se inclinó sobre ella, inhalando el aroma de su pelo.
—Espero que puedas perdonarme —susurró, besando su frente.
Tras una última mirada se levantó, recogiendo su abrigo y saliendo al pasillo.
Encontró a Dark en el estudio, dormida dentro de su jaula.
Había un par de huesos junto a sus patas. Probablemente no hacía mucho que había vuelto de cazar.
Draco metió una mano en la jaula, acariciando sus plumas con suavidad para despertarla. Los enormes ojos del búho real se abrieron, mirándolo fijamente.
—Necesito que le lleves esto a Blaise —susurró, mostrándole un trozo de pergamino.
Él búho ululó, extendiendo sus alas. Salió de la jaula y se posó en su rodilla, levantando una de las patas.
Draco sonrió mientras doblaba el mensaje y se lo ataba.
—Hermione te va a pedir que me busques, pero no vas a poder encontrarme. Cuida de ella, Dark.
La acarició de nuevo y ella lo miró una última vez antes de salir por la ventana, que siempre estaba abierta.
Draco suspiró mientras la veía alejarse, volviendo a ponerse de pie.
Sacó una moneda del bolsillo de su pantalón, girándola en sus dedos hasta que empezó a brillar con una luz azulada.
Unos segundos después no quedaba ni rastro de él.
Draco caminaba tranquilamente por las calles de las afueras de Melbourne. O, al menos, parecía estar tranquilo.
En realidad estaba asustado, triste y enfadado. Pero también decidido.
Llevaba la palma de su mano extendida con su varita sobre ella. En la otra sujetaba un pequeño frasco lleno de un líquido rojo y espeso.
La sangre de Hermione. Le había sacado un poco antes de marcharse, sanando el corte para que ella no lo notara.
Bajó la mirada hasta su varita, que giró levemente hacia la derecha.
La había hechizado para que los muggles la vieran como una brújula, justo la función que estaba cumpliendo en ese momento.
Draco suspiró, asegurándose de estar solo antes de dejar caer un par de gotas más de sangre sobre la punta para que siguiera señalando el camino correcto.
Estaba usando demasiada magia negra. El Ministerio tendría mucho que decir al respecto si se enteraba de lo que estaba haciendo.
Tras dos horas caminando, consiguió encontrar la casa.
Era tal y como ella la había descrito. De dos plantas, color amarillo y tejado gris oscuro.
Y había luz tras las cortinas de las ventanas del piso de abajo.
Metió la mano izquierda en su bolsillo, escondiendo su varita mientras caminaba por el pequeño sendero de piedra que conducía hasta la entrada.
Ya no había vuelta atrás. Había llegado el momento.
Solo esperaba que mereciera la pena.
Draco cogió aire, soltándolo muy despacio. Alzó una mano y golpeó suavemente la puerta de la casa con sus nudillos tres veces.
Al momento escuchó pasos al otro lado y se abrió unos centímetros, mostrando el rostro de una mujer que salía en casi todas las fotos que había en la casa de Hermione.
—¿Señora Wilkins?
—¿Sí? —dijo ella, abriendo un poco más la puerta y arrugando el entrecejo. —¿Nos conocemos?
Draco sonrió al ver que no estaba sola. Un hombre estaba caminando hacia ella con los brazos cruzados.
Perfecto.
—Si eres uno de nuestros pacientes, no te recuerdo —comentó el hombre, observándolo con desconfianza.
Cierto, ellos eran... ¿sanadores? ¿Médicos de los dientes?
¿Cómo lo había llamado Hermione?
Draco relajó la postura al recordarlo.
Dentistas.
—Hola —saludó, dando un paso hacia delante. —Me llamo Draco Malfoy.
Ninguno reaccionó al escuchar su nombre, lo que no era buena señal. Sabía que Hermione les había hablado mucho sobre él durante sus primeros años en Hogwarts.
Y no precisamente bien.
—Soy amigo de su hija —añadió, manteniendo el rostro serio.
Los dos muggles pusieron cara de sorprendidos.
—¿Hija? —repitió la mujer, lanzándole una mirada llena de preocupación a su marido. —Nosotros no tenemos una hija. Creo que te has equivocado de casa.
Draco resopló, empujando la puerta para abrirla del todo. Sacó la mano del bolsillo, sujetando su varita entre los dedos.
—Lo siento mucho, señora Granger —murmuró, levantándola y apuntando con ella a su frente.
A ambos muggles no les dio tiempo de reaccionar. Sus cuerpos cayeron al suelo un segundo después, aturdidos.
Draco miró hacia atrás, asegurándose de que ningún otro muggle hubiera visto nada. El sol se estaba escondiendo tras las montañas y la calle estaba desierta.
Cerró la puerta con el pie y levitó ambos cuerpos, dejándolos sobre el sofá con cuidado. Tras eso se quitó su capa, remangándose y sacando todos los frascos de su bolsillo.
Los colocó sobre la mesa del comedor, devolviéndolos a su tamaño original y girándose para observar a los muggles, que respiraban profundamente.
—Bien... —suspiró, pasándose una mano por el pelo. —Hora de trabajar.
Hermione abrió los ojos, pestañeando varias veces. La luz del sol estaba empezando a iluminar su cuarto por lo que aún era temprano.
Escuchó un maullido y giró la cabeza.
Crookshanks estaba tumbado a su lado. Al ver que tenía su atención volvió a maullar y agitó la cola en el aire.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, confundida.
¿Dónde estaba Draco?
Hermione se sentó sobre el colchón, mirando a su alrededor. Sus ojos se posaron sobre un trozo de pergamino doblado que había sobre la almohada de Draco.
Su corazón aleteó, asustado. Él nunca le dejaba notas, y algo le decía que aquel trozo de papel no diría nada bueno después de la pelea que habían tenido la noche anterior.
A Draco le gustaba despertarla para despedirse de ella si se marchaba, y siempre le decía dónde podía encontrarlo. Sobre todo desde que Pansy había sido atacada.
Tragó saliva al ver que sus manos temblaban al coger el pergamino y lo abrió, conteniendo la respiración al leer la primera frase.
Hermione,
Sé que vas a enfadarte cuando leas esto, pero tengo que hacer algo y no puedo esperar más.
Voy a estar alejado un tiempo, no te puedo decir cuánto. Tampoco puedo decirte de qué se trata. El Ministerio intentaría detenerme si se enterara y no pienso permitirlo.
Además, me niego a seguir poniéndote en peligro al estar a tu lado. No permitiré que te hagan daño otra vez.
Te vendrá bien la distancia mientras Potter y el resto de aurores siguen buscando a esos asesinos. Pero no estaré muy lejos de ti, lo prometo.
Confía en mí, Hermione. Volveré lo antes posible.
Espérame.
Draco
Hermione volvió a doblar el pergamino, secándose las lágrimas que estaban cayendo por sus mejillas.
Se cubrió la boca con la mano cuando un sollozo escapó de su garganta.
¿Draco se había marchado?
Aviso: sexo con odio
