Capítulo Veintidós
El traslador secreto
Dos días después, Hermione estaba apoyada en el alféizar de la ventana de su cuarto con cinco pergaminos en la mano.
Eran las cartas que le había intentado enviar a Draco. Dark había vuelto pocas horas después, sacudiendo la cabeza como si no pudiera encontrarlo y con los sellos intactos.
Hermione frunció el ceño, arrugándolas y lanzándolas al suelo.
Probablemente había utilizado un hechizo indetectable para que nadie pudiera contactar con él.
¿Por qué? No era capaz de entenderlo.
Hermione resopló con desesperación, girándose hacia la percha donde estaba Dark.
—Necesito un último favor —susurró, acariciando las plumas de su espalda. —¿Podrías llevar esto a los amigos de Draco?
Hermione le mostró tres pequeños trozos de pergamino y el búho ladeó la cabeza, sujetándolos con su pico. Dio un salto y desplegó sus enormes alas, atravesando la ventana y perdiéndose en la lejanía.
Hermione la observó alejarse mientras se mordía el labio inferior.
Jadeó al pensar en ellos. ¿Cómo no se le había ocurrido antes?
Corrió escaleras abajo, lanzando un puñado de polvos flu sobre la chimenea y atravesando las llamas verdes.
Poco después salió de la chimenea del único pub conectado a la Red Flu que había en Westbury. Tras saludar al dueño, caminó por el pequeño pueblo en dirección a la colina donde estaba la Mansión Malfoy.
Los muggles no podían verla, pero ella distinguía a lo lejos el imponente edificio señorial.
Una vez allí, Hermione tocó la verja con su varita y esperó.
Minsy no tardó en aparecer junto a ella.
—¿Señorita?
—Hola, Minsy.
Sujetó la mano de la elfa, atravesando la verja metálica como si estuviera hecha de humo. Minsy no la soltó hasta que estuvieron ante la puerta principal.
—¿La señorita necesita algo?
—No te preocupes por mí, Minsy. Puedes volver a lo que estuvieras haciendo.
Ella asintió, desapareciendo con un crujido.
Hermione tomó aire, abriendo las puertas y adentrándose en la mansión.
—¿Hola? ¿Narcissa?
Nadie más parecía haber notado su llegada excepto la elfa.
Hermione vaciló, no muy segura de si era buena idea adentrarse en la mansión sola. Siempre que había estado allí había tenido a Draco a su lado.
Su corazón se saltó un latido cuando escuchó pasos por uno de los pasillos. Lucius apareció segundos después, deteniéndose al verla.
—Señorita Granger —dijo, caminando lentamente hacia ella. —¿A qué debemos esta maravillosa visita?
Hermione entrecerró los ojos. El sarcasmo de Lucius nunca le había gustado.
—¿Dónde está Narcissa?
Él arqueó una ceja, un gesto que le hacía parecerse aún más a su hijo.
—Me temo que ahora mismo está ocupada.
Hermione apretó los labios. Habría preferido mil veces hablar con ella, pero si no le quedaba otra...
—¿Sabéis algo de Draco?
—No desde hace un par de días, aunque prometió venir a cenar mañana —comentó Lucius mientras su entrecejo se arrugaba. —¿Por qué?
Parecía preocupado. Hermione suspiró y extendió una mano con la carta que había encontrado dos días antes al despertarse.
—Se ha ido —murmuró, conteniendo las lágrimas.
El nudo en su garganta era más doloroso que nunca. Si no le había dicho nada a sus padres significaba que se había marchado de verdad.
El rostro de Lucius se contrajo, pero cogió el trozo de pergamino y lo abrió, leyéndolo atentamente. Su expresión se fue oscureciendo hasta que, al terminar, levantó la mirada y Hermione dio un paso atrás al ver la rabia que había en sus ojos.
—Entiendo —dijo él, devolviéndole la carta y cruzándose de brazos. —Así que al final mi hijo te ha abandonado.
El corazón de Hermione se detuvo.
—¿Qué?
Lucius chasqueó la lengua, esquivando su mirada triste.
—Supongo que los ataques que están recibiendo los sangre pura han sido demasiado para él y ha decidido ocultarse.
Hermione levantó la barbilla.
—Draco no haría eso.
—Mi hijo es un cobarde, señorita Granger.
—Ya no —replicó ella entre dientes, apretando los puños. —Él nunca me abandonaría.
Lucius resopló, poniendo los ojos en blanco.
—Esto es culpa tuya —siseó con enfado, acercándose más a ella mientras la miraba fijamente. —Draco nunca se habría marchado si siguiera viviendo aquí con nosotros. La magia de esta mansión puede protegerlo y él lo sabe.
Hermione contuvo el aliento. Hasta ahora se había controlado, pero las ganas de mandar a ese hombre al infierno eran casi insoportables. Metió la mano dentro de su bolsillo, rozando el contorno de su varita con los dedos.
Lucius se dio cuenta y le dedicó una mueca de desprecio.
—Tú eres la única culpable. Si no vuelve...
—¡Lucius!
Los dos saltaron al escuchar el grito de Narcissa, que estaba bajando la escalera principal con muy mala cara.
—¿Qué le estás diciendo a Hermione? —preguntó, frunciendo el ceño al llegar hasta él. Se giró hacia Hermione y su rostro se suavizó. —¿Estás bien, querida? —añadió, sujetando una de sus manos entre las suyas.
Ella asintió, ofreciéndole la carta. Narcissa la leyó junto a ella con un brazo alrededor de sus hombros.
Cuando terminó, volvió a mirar a su marido y entrecerró sus ojos azules.
—Basta, Lucius —siseó, dando un golpe en el suelo de mármol con su tacón. Lucius se sobresaltó y su mueca de desprecio desapareció.—Dile a Hermione lo que realmente piensas.
Lucius arrugó la nariz, desviando la mirada hacia la ventana más cercana.
—Hazlo —exigió Narcissa con voz grave.
Él suspiró y clavó sus ojos grises en Hermione.
—Mi hijo nunca te abandonaría, señorita Granger. Sus sentimientos por ti son demasiado fuertes.
No sabía si estaba siendo sincero, pero sus palabras aliviaron un poco la presión que sentía desde hacía días dentro de su pecho.
—Si realmente se ha marchado, debe tener una muy buena razón para hacerlo —añadió Lucius en voz baja, acercándose hasta ellas y cogiendo la carta para volver a leerla.
Tras eso, asintió en dirección a Hermione y se dio media vuelta.
—Una cosa más, Lucius —sus pasos se detuvieron al escuchar la voz de Narcissa. —Si vuelves a hablarle así a Hermione, nuestro matrimonio se ha terminado.
Lucius jadeó, mirando a su mujer con los ojos muy abiertos.
—¡Cissa!
Ella sacudió la cabeza.
—Es la novia de nuestro hijo y debes tratarla con respeto —murmuró con una nota amenazante en su voz. Al girarse hacia Hermione, estaba sonriendo de nuevo. —Ven conmigo, querida. Vamos a tomar un té y a dar un paseo por el jardín, creo que nos vendrá bien relajarnos un poco.
Ella asintió, mirando de reojo a Lucius mientras se dejaba llevar por Narcissa hacia la puerta trasera de la mansión. Él todavía seguía paralizado, como si no pudiera creer lo que su mujer había dicho.
Hermione suspiró largamente cuando la madre de Draco abrió la puerta y la dejó salir primero. El cielo estaba cubierto de nubes, pero los jardines de la mansión estaban tan hermosos como siempre.
Su humor mejoraba con tan solo estar allí.
Narcissa se agarró a su brazo y sonrió mientras pasaban bajo un arco lleno de rosas.
—¿Te encuentras mejor?
—Sí, gracias.
—Ignora a Lucius —dijo ella, sacudiendo la mano con impaciencia. —Todavía no ha sido capaz de aceptar que Draco está enamorado de ti, pero no volverá a tratarte así si sabe lo que le conviene.
Hermione se rio suavemente.
—Gracias, Narcissa. Siempre eres muy amable conmigo.
Al final del sendero había una pequeña mesa de cristal con tazas, tetera y algunas pastas sobre ella.
—Para mí ya eres parte de la familia —aseguró Narcissa, apretando su brazo con cariño antes de soltarla. —Haces feliz a Draco y eso es lo único que me importa.
Hermione se ruborizó mientras se sentaba. Narcissa golpeó la tetera con su varita y se alzó en el aire, sirviendo té a ambas.
—Él te quiere, Hermione. Y volverá a tu lado en cuanto pueda, estoy segura.
Hermione asintió, mordiéndose la uña del pulgar con nerviosismo hasta que vio la mirada de Narcissa fija en ella. Bajó las manos hasta su regazo y resopló.
—¿Por qué se habrá ido así, sin decir nada a nadie?
—No lo sé —admitió la mujer, dejando salir un largo suspiro. —Pero cuando vuelva tendrá que darnos muchas explicaciones.
Draco estaba sentado en una de las sillas del comedor con la cabeza apoyada en sus brazos cuando escuchó un quejido.
Levantó la mirada, pestañeando varias veces para espabilarse. Los padres de Hermione se estaban despertando.
Escondió su varita en un bolsillo y se acercó a ellos, agachándose a su lado.
—Despacio —murmuró, ayudando a su madre a incorporarse hasta quedar sentada en el sofá. —¿Cómo se encuentran?
Los dos parecían estar muy confundidos.
—¿Qué ha pasado? —preguntó él hombre, haciendo una mueca de dolor y llevándose una mano a la sien. —Mi cabeza.
—Esto ayuda con el dolor —dijo Draco, ofreciéndole a ambos una taza de té caliente.
Él lo observó con desconfianza mientras bebía.
—¿Quién eres?
—¡Ya me acuerdo! ¡Estabas en la puerta! — gritó la mujer, señalándolo con una mano temblorosa. —Y luego has hecho algo raro y nos hemos desmayado.
Draco sacó su varita, sujetándola entre sus dedos.
—¡Eso! ¡Recuerdo verte sujetando ese palo! —añadió ella, mirando a su marido con ojos asustados.
—Esto no es un palo —murmuró Draco, sacudiendo la cabeza.
—¿Qué es? —preguntó ella muy bajito.
—Una varita.
El padre de Hermione frunció el ceño.
—Estás loco —se puso de pie, tirando del brazo de su mujer y alejándola de él. —Deberíamos llamar a la policía.
Draco seguía con la mirada fija en su varita y sin moverse, intentando no asustarlos todavía más.
—Sus teléfonos muggles no funcionan.
Al volver a mirarlos, ambos tenían el rostro pálido y la mirada llena de miedo.
—No quiero hacerles daño —añadió Draco, suspirando.
—¿Entonces qué es lo que quieres? —preguntó él, abrazando de forma protectora a la madre de Hermione.
—Ayudarlos a recordar.
Su respuesta consiguió sorprenderlos.
—¿Es que hemos olvidado algo? —preguntó ella, confundida.
Draco bajó la mirada a las tazas de té. Ambos habían bebido un poco, y la poción calmante que le había añadido era lo que estaba evitando que empezaran a gritar y a intentar escapar.
—Hasta hace unos años vivían en Inglaterra —explicó, señalando el sofá para que volvieran a sentarse frente a él. —Y tenían una hija.
—¿Una hija? —preguntó ella, mirando de reojo a su marido mientras ambos se sentaban. —¿Tenemos una hija, Wendell?
Draco sonrió.
Acababa de insertar los dos primeros recuerdos en sus cerebros una hora antes, y parecía que les estaban haciendo dudar.
Aunque tener que mantenerlos inconscientes para que no sintieran dolor lo complicaba todo más de lo normal.
—¿Wendell? —repitió el hombre con voz áspera, girando la cabeza para mirar fijamente a Draco. —¿Es ese mi nombre?
Draco sacudió la cabeza y su sonrisa se amplió.
—Esto va a ser más rápido de lo que yo pensaba —murmuró, suspirando por la nariz. —Debí haberlo sospechado.
Al fin y al cabo, ellos eran los padres de la bruja más inteligente de Gran Bretaña.
—No puedo dejarles salir de aquí hasta que terminemos todas las... sesiones. Una vez que hayan recuperado sus recuerdos, me marcharé y no volveré a molestarlos —añadió, intentando ser lo más sincero posible.
El rostro de la mujer se endureció.
—¿Y si no queremos recuperar nuestros recuerdos? —preguntó entre dientes.
—Hay una hija suya viviendo en Londres, señora Wilkins. ¿De verdad no quiere saber si estoy diciendo la verdad?
Draco tuvo que contener la risa cuando vio la misma curiosidad que había visto miles de veces en el rostro de Hermione extenderse por los de sus padres.
Finalmente, ella suspiró y bajó la mirada a sus manos, observando cómo retorcía la varita.
—Primero quiero que nos expliques qué es esa varita que tienes.
Draco asintió.
—De acuerdo —la levantó, dejando que ambos la pudieran ver más de cerca. —¿Les gusta la magia, señores Wilkins? Porque si la respuesta es sí, tengo una buena noticia que darles —chispas doradas salieron de la punta y los escuchó a ambos jadear. —La magia existe de verdad.
Blaise estaba tomando el té en el salón de su mansión cuando las llamas de la chimenea rugieron y se elevaron, cambiando a color esmeralda.
Fue tan inesperado que estuvo a punto de dejar caer la taza.
Unos segundos después Draco surgió entre ellas, sacudiendo su ropa antes de salir de la chimenea.
Blaise levantó las cejas al ver que iba completamente vestido de muggle.
—Joder, Draco. Me has asustado.
Él le dedicó una sonrisa burlona mientras miraba a su alrededor.
—¿Está Pansy aquí?
—Está dormida en mi cuarto —comentó Blaise, terminando el té de un trago.
La sonrisa de Draco se amplió.
—Me alegro por ti.
—Gracias —contestó Blaise, poniéndose de pie para esconder un sonrojo. —¿Me puedes explicar qué demonios significa la carta que recibí hace unos días?
Se giró al escuchar el suspiro de Draco.
—A eso he venido —dijo él, que se había acercado hasta el armario de las bebidas y estaba agitando su varita para abrirlo. —Creo que necesitamos una copa.
Blaise resopló, dejándose caer de nuevo en el sillón y aceptando el vaso que llegó flotando hasta él.
—Mi traslador —murmuró, observando a Draco con interés mientras se sentaba a su lado. —¿Ya lo estás usando?
—Funciona perfectamente —dijo él, asintiendo. —Al girarlo tres veces se activa. Eres un genio, Blaise —añadió, dedicándole a su amigo una sonrisa sincera.
Blaise torció los labios.
—Eres el único que sabe que existen. Si te pillan acabarás en Azkaban.
—No me van a pillar —aseguró Draco, bebiendo un sorbo de su whisky.
Blaise apoyó su espalda en el sillón, sacando un pergamino de su bolsillo.
—Hoy hemos recibido todos una carta de Granger preguntando si sabemos dónde estás —comentó, girando el trozo de papel en sus dedos mientras observaba su reacción.
Draco se tensó al escuchar sus palabras.
—¿Y qué has respondido? —preguntó, evitando su mirada.
—Todavía nada —respondió él, encogiéndose de hombros. —Estaba esperando a tener esta conversación contigo.
Draco chasqueó la lengua, bebiéndose el whisky que le quedaba y dejando el vaso sobre la mesa.
—¿Qué estás haciendo en Australia, tío?
La única pregunta que no podía contestar.
—Es mejor que no lo sepas —contestó, dejando salir un suspiro lleno de cansancio. —Pero lo estoy haciendo por ella.
Blaise asintió. Sabía que, fuera lo que fuera, lo estaba haciendo por Hermione Granger.
—¿Y cual es el gran favor que querías pedirme? —preguntó, refiriéndose a la carta que estaba escondida en un cajón de su escritorio.
—Son dos en realidad —dijo Draco, sonriendo. Miró a su amigo con ojos suplicantes antes de continuar. —Nadie puede saber dónde estoy, Blaise. Tienes que fingir no saber nada de mí.
Blaise puso los ojos en blanco.
—Estoy acostumbrado a mentir.
—Ya somos dos —murmuró Draco con voz grave, apretando los labios. Odiaba no poder contarle la verdad a Hermione, pero había sido parte de su trabajo desde el principio. —El otro favor es un poco más complicado.
Blaise arqueó una ceja, esperando a que se explicara. Los ojos grises de Draco subieron hasta los rizos oscuros que caían sobre su frente.
—Necesito tu pelo.
—¿Mi pelo? —repitió Blaise, extrañado.
Draco asintió.
—Y bastante.
—¿Para qué? —preguntó su amigo, arrugando el entrecejo. —No me lo digas, creo que lo sé.
Draco sonrió. Pocas personas sabían que había estado preparando tres calderos de poción multijugos en el último mes, y Blaise era una de ellas.
—Quiero estar cerca de Hermione y ayudar a Potter, pero no pueden saber que estoy aquí.
Blaise entrecerró los ojos.
—Así que piensas hacerte pasar por mí.
Draco se cruzó de brazos y Blaise resopló, señalando entre ambos con su mano.
—¿Y si alguien ve a dos Blaise?
—Te avisaré cuando vaya a estar en Inglaterra para que no salgas de aquí —explicó Draco, sacando un pequeño frasco de su bolsillo. —Serán solo unas semanas, Blaise.
Su amigo le lanzó una mirada de odio, pero arrancó algunos de sus pelos y abrió el frasco, guardándolos dentro.
—Me estoy jugando el cuello por ti.
Draco asintió, golpeando su hombro suavemente.
—Lo sé, y nunca podré agradecértelo lo suficiente.
Blaise cerró el frasco y lo sujetó en una mano, mirando a Draco con mala cara.
—Este será el último favor que te pida, te lo juro —añadió él en voz baja.
Blaise suspiró.
—Está bien —aceptó, devolviéndole el frasco. —Espero no arrepentirme.
Draco se rio entre dientes
—Tendré cuidado —miró el gran reloj familiar que colgaba en la pared y resopló. —Debo volver a Australia antes de que amanezca.
Blaise observó a su amigo mientras sacaba algo de su bolsillo.
—¿Dónde te deja el traslador cuando lo utilizas?
—En el mismo sitio que lo activé —dijo Draco, abriendo el trozo de tela donde guardaba la moneda con cuidado. —Por eso he venido tan tarde. No podía arriesgarme a que Hermione estuviera despierta y me viera aparecer en nuestro estudio.
Blaise asintió. Era mejor que lo usara a partir de ahora en su mansión, donde solo corría peligro de cruzarse con él. Su madre se fue a Italia cuando empezó la guerra y seguía viviendo allí, aunque venía de visita una vez al mes.
—¿Estás descansando? —preguntó al fijarse mejor en el rostro de su amigo.
Parecía agotado y tenía oscuras ojeras bajo sus ojos.
—No mucho —admitió Draco, suspirando de nuevo.
—Necesitas descansar, Draco. No podrás ayudar a nadie si no te encuentras bien.
Él le dedicó una pequeña sonrisa mientras empezaba a girar la moneda.
—Tienes razón —murmuró, mirándolo a los ojos. —Nos vemos pronto, Blaise.
Blaise asintió.
—Ten cuidado.
Draco la giró por tercera vez y la moneda empezó a brillar.
—Tú también, y cuida de Pansy —fue lo último que dijo antes de desaparecer.
