Capítulo Veintitrés
Los nuevos reclutas
Draco apareció con un crujido en el centro del salón principal de la Mansión Zabini tres días después. Su amigo frunció el ceño al verlo llevando vaqueros otra vez.
—Blaise —saludó, guardando la moneda en un bolsillo.
Blaise levantó las cejas.
—Interesante —murmuró, cruzando los tobillos sin dejar de observar su ropa con gesto serio.
Draco puso los ojos en blanco.
—No me mires así. Necesito vestir como un muggle en Australia, y ahora voy a hacerme pasar por un hijo de muggles así que no puedo cambiarme.
Blaise se pasó la lengua por los dientes, señalando los pantalones con su mano.
—¿Son cómodos?
—No están mal —admitió Draco, encogiéndose de hombros y cogiendo la varita de Blaise, que estaba encima de una mesa. La escondió en la manga de su jersey y se giró hacia él. —¿Enviaste a Potter todas mis reservas de poción multijugos?
Blaise asintió con su mirada fija en donde sabía que estaba su querida varita.
A Draco le había costado mucho que aceptara prestársela para llevar una extra por si la necesitaba en la misión. Diez botellas del mejor Chardonnay francés exactamente.
—Hemos quedado a las ocho y sigue exigiendo saber dónde estás —dijo, volviendo a subir la mirada hasta su rostro.
Draco soltó un resoplido.
—Como si tú fueras a decírselo.
Los dos compartieron una sonrisa complice, pero la de Blaise se convirtió en una mueca.
—Granger también está haciendo muchas preguntas.
El corazón de Draco se encogió, pero decidió ignorarlo y sacó un frasco de su bolsillo, bebiendo un gran trago del espeso líquido y apretando los dientes al sentir el dolor extendiéndose por todo su cuerpo.
Era como si la piel hirviera al cambiar de forma.
Blaise no dijo nada mientras se convertía en su doble.
—Está preocupada, Draco.
Draco-Blaise enderezó la espalda y lo miró de reojo, carraspeando antes de hablar.
—Lo sé —contestó, intentando imitar la voz de su amigo.
Blaise se mordió el labio para no sonreír.
—¿Por qué no le dices la verdad?
—No puedo. Todavía no.
Podía acabar en Azkaban si alguien descubría lo que estaba haciendo, aunque si conseguía su objetivo tarde o temprano todo el mundo mágico se enteraría.
Pero seguía siendo una técnica que había descubierto en el Departamento de Misterios, y por lo tanto no podía hablar de ello con nadie que no fuera Blaise.
Draco-Blaise caminó hacia la chimenea, mirando sobre su hombro antes de lanzar los polvos flu sobre las ascuas.
—Nadie puede saberlo, Blaise.
—Ya veo —su amigo entrecerró sus ojos oscuros. —Yo también quiero ir.
El plan de Potter era una locura, aunque Draco tenía la impresión de que iba a funcionar. Y no pensaba permitir que nadie más resultara herido.
—No quiero que otro de mis amigos corra peligro —murmuró, dándole la espalda a Blaise. —Potter y yo nos encargaremos de esos cabrones que le hicieron daño a Hermione.
—También atacaron a mi novia, Draco.
Se giró de nuevo con una gran sonrisa al escuchar las palabras de Blaise.
—Y pagarán por ello, te lo aseguro.
Blaise desvió la mirada, algo avergonzado ante su admisión. Pansy y él llevaban poco tiempo juntos, pero Draco sabía que estaba locamente enamorado de ella.
—Buena suerte, y ten cuidado.
Draco-Blaise asintió y desapareció entre las llamas verdes.
Como había acordado por carta con Blaise, Potter lo estaba esperando en Grimmauld Place.
Draco-Blaise inclinó la cabeza al salir de la chimenea y verlo, haciendo uso de todo su autocontrol para no comentar nada sobre el horrible jersey rojo oscuro que llevaba puesto.
Seguro que se lo había hecho la Señora Weasley.
—Potter.
—Zabini.
Potter abrió un pequeño cuaderno y se acercó para mostrárselo.
—¿Qué has descubierto? —preguntó Draco-Blaise mientras leía todas las anotaciones.
—Un grupo de encapuchados mantienen reuniones en una casa abandonada al norte de Gales —dijo Potter, destapando un frasco y bebiéndose su contenido. —Son ellos.
Su cuerpo cambió con rapidez, convertiéndose en el de un hombre mayor de unos cuarenta años que era tan pálido como Draco.
—¿Quién se supone que eres? —preguntó Draco-Blaise con irritación.
Potter se encogió de hombros.
—Un muggle con el que me crucé ayer.
Los labios de Draco-Blaise se torcieron hacia arriba.
—¿Aturdiendo muggles para robarles un poco de pelo, Potter? No esperaba esto del Elegido.
Potter le dedicó una mirada de odio con sus nuevos ojos azules.
—¿Y qué vas a hacer tú? —preguntó, arqueando una ceja.
—Mi familia viene de Italia y es poco conocida —comentó Draco-Blaise con tranquilidad. —Nadie me va a reconocer.
Potter lo miró una última vez antes de asentir y extender un mapa de Gran Bretaña sobre la mesa, señalando un punto en la parte izquierda.
—La casa que he mencionado en la carta está aquí, y...
—Joder, Potter. ¿Un mapa muggle? ¿En serio? —interrumpió Draco-Blaise con el ceño fruncido.
—Deja de quejarte —gruñó Potter, resoplando y moviendo su dedo. —Aquí se encuentra el pub mágico más cercano. Utilizaremos la Red Flu para llegar hasta él y después nos encontraremos con mi contacto.
—¿Qué contacto?
Potter volvió a abrir su cuaderno y sacó la foto de una mujer. Draco-Blaise la vio pestañear varias veces mientras miraba a la cámara con mala cara, incluso mostrando un poco los dientes.
—La detuvimos la semana pasada por intentar embrujar a la señora Greengrass en Callejón Diagon a plena luz del día —explicó Potter, dejando salir un suspiro. —Confesó todo al darle unas gotas de Veritaserum y la he dejado libre con la condición de que nos ayude a infiltrarnos en la organización.
Draco-Blaise lo miró fijamente, apretando los puños.
—¿Y cómo vas a asegurarte de que cumpla su palabra?
Potter le dedicó una sonrisa malvada que conocía demasiado bien.
—Hice con ella un juramento inquebrantable ese mismo día.
Draco-Blaise correspondió a su sonrisa, golpeando su hombro suavemente. Hermione y sus amigos eran famosos por saltarse las reglas y, después de tratar tanto con ellos, empezaba a entender por qué les gustaba tanto hacerlo.
—Estás rompiendo muchas leyes, Potter.
—Nadie ataca a mis amigos —contestó él con dureza, cerrando el mapa con un movimiento de varita y cogiendo una chaqueta del perchero. —Vamos.
Pronunció el nombre del pub y los dos dejaron que las llamas verdes los engulleran. Unos minutos después estaban caminando juntos por las calles de un pequeño pueblo en el norte de Gales que parecía desierto.
Potter señaló hacia la derecha con su barbilla.
—Es ella.
Draco-Blaise siguió su mirada y vio a la misma mujer de la foto esperando en una esquina. Llegaron hasta ella y Potter alargó su mano.
—Buckbeack.
Ella asintió, estrechándosela.
—Venid conmigo —murmuró, descendiendo por una de las calles hacia el final del pueblo.
Ambos empezaron a caminar tras ella. Draco-Blaise se aseguró de que ella no iba a escucharlo y juntó su hombro con el de Potter, susurrando en su oído.
—¿Qué demonios era eso?
—La contraseña para que sepa que soy yo —susurró él como respuesta, dándole un codazo para que se callara.
Draco-Blaise arrugó el entrecejo, pero no volvió a hablar mientras se acercaban a lo que parecía una antigua casa abandonada.
¿Por qué demonios habría elegido Potter el nombre de esa bestia como contraseña?
Las ventanas rotas y los trozos sueltos de madera en la fachada le daban un aspecto lúgubre. Cuando estaban tan solo a unos metros la puerta principal se abrió y tres hombres salieron al exterior, formando una especie de barrera.
—Diane —el que parecía estar al mando saludó con un asentimiento de cabeza a la mujer, lanzando una mirada llena de desconfianza hacia ellos dos. —¿Estos son los nuevos reclutas?
—Sí, John.
—¿Y ambos son hijos de muggles dispuestos a luchar contra los sangre pura?
Diane volvió a asentir y John dio dos pasos hacia delante, mirando a Potter a los ojos.
—¿Tu nombre?
—Dudley Dursley.
John se giró hacia él.
—¿Y el tuyo?
Draco-Blaise le sostuvo la mirada sin pestañear.
—Dominique Legrand. Fui a Beauxbatons.
John lo miró fijamente.
—Donc tu parles français, n'est-ce pas? Depuis combien d'années vis-tu en Grande-Bretagne?
Parecía que quería ponerlo a prueba. Draco-Blaise le dedicó una sonrisa torcida.
—Ton accent est terrible, tu sais —lo miró de arriba a abajo con una ceja levantada y chasqueó la lengua con desprecio. —Je suis revenu une fois la guerre terminée.
John apretó los labios y, tras mirar de reojo a sus acompañantes, asintió.
—Bien —miró una última vez a Potter y extendió su mano, pidiéndoles sus varitas. Una vez que las tuvo dio media vuelta y se adentró en la casa. —Seguidnos.
Los otros dos hombres esperaron a que Diane y ellos dos pasaran antes de cerrar la puerta.
Draco-Blaise sintió un dedo de Potter clavándose en sus costillas mientras bajaban las escaleras que conducían al sótano, llamando su atención.
—¿Desde cuándo hablas francés?
—Cállate, Potter —siseó como respuesta, pegando su brazo derecho a su cuerpo para comprobar que la varita de Blaise seguía en su sitio.
Dos horas más tarde ambos salieron por una de las chimeneas del Ministerio.
—No ha estado mal —comentó Draco mientras caminaban por el atrio, que estaba lleno de magos y brujas moviéndose en todas direcciones. —¿Has apuntado sus nombres?
Potter, que ya volvía a ser él mismo, asintió.
—Probablemente sean falsos.
Draco-Blaise arrugó la nariz, abriendo las rejas de uno de los ascensores.
—A lo mejor alguno de ellos fue el que atacó a Hermione... quiero decir, Granger.
Potter lo miró con gesto confundido y sacudió la cabeza.
Draco se maldijo internamente, recordando que Blaise nunca llamaba a Hermione por su nombre.
—Puede ser.
—Deberías haberlos detenido, Potter.
—¿Nosotros dos contra ellos veinte? — Potter soltó una carcajada. —Demasiado peligroso.
Tenía razón. Draco-Blaise miró su reloj de muñeca y sacó el frasco que llevaba en el bolsillo.
—¿Qué es eso? —preguntó Potter, extrañado.
—Un tónico. Escuchar todas las gilipolleces que decían esos idiotas me ha dado dolor de cabeza —se quejó Draco-Blaise, volviendo a guardar lo que le quedaba de poción multijugos en el bolsillo de su pantalón.
Potter suspiró, volviendo al tema del que estaban hablando.
—Si los detuviéramos, eso alertaría al resto del grupo. Primero necesitamos saber donde se reúnen los demás.
—Y conseguir que confíen en nosotros para que nos cuenten sus planes —añadió Draco-Blaise con voz grave.
Potter giró la cabeza, entrecerrando sus ojos verdes.
—¿Es que sabes que va a pasar algo?
Draco-Blaise puso los ojos en blanco.
—No puedo hablar del tema, Potter.
—Los Inefables y sus secretos —gruñó él, haciendo una mueca y desviando la mirada.
Las rejas volvieron a abrirse y Draco-Blaise sintió que todo el aire salía de sus pulmones.
Hermione.
Ella los miró a ambos con una sonrisa y entró en el ascensor, colocándose entre ellos.
El ascensor salió disparado hacia arriba y Hermione trastabilló. Él la sujetó por la cintura, estabilizándola.
Draco-Blaise inclinó la cabeza levemente cuando ella lo miró a los ojos con cara de sorprendida.
—Granger —saludó, soltándola cuando Hermione consiguió sujetarse a una de las cuerdas doradas que colgaban del techo.
—Hola, Blaise —contestó ella, recorriendo su rostro con la mirada. —¿Estás bien? Parece que has visto un fantasma.
Tras casi dos semanas sin verla, encontrársela sin previo aviso había sido como recibir un golpe en el estómago.
Estaba utilizando todo su autocontrol para no inclinarse e inspirar su aroma. Echaba de menos el olor afrutado de sus rizos.
—Estoy bien, Hermione.
Draco-Blaise hizo una mueca al ver sus caras, desviando la mirada.
Otra vez había dicho su nombre, joder.
Hermione pestañeó varias veces, colocándose un rizo tras la oreja.
—Sigues sin tener noticias de Draco, ¿verdad?
Draco-Blaise negó con la cabeza.
—Nadie sabe nada —aseguró en voz baja.
—No lo entiendo —dijo ella, y Draco-Blaise sintió un nudo en la garganta al ver lágrimas en sus ojos. —Pensaba que confiaba en mí.
Le dio un pequeño codazo amistoso para distraerla.
—Tendrá una buena razón para haberse marchado, Granger —murmuró, volviendo a concentrarse en las rejas para no seguir mirándola. —No dudes de él.
Un suspiro tembloroso salió de sus labios y su mejor amigo pasó un brazo por sus hombros, apoyando la mejilla en su cabeza para consolarla.
Maldito Potter.
—¿Quieres venir a cenar esta noche conmigo y con Pansy? —soltó Draco-Blaise de repente, intentando captar su atención. —Se lo diré también a Theo.
Hermione volvió a sonreír.
—Últimamente no se despega de Luna.
—Pues que vengan los dos.
—Vale —aceptó ella, sujetando las carpetas que llevaba contra su pecho. —Me animaría bastante pasar un rato con vosotros.
Draco-Blaise asintió.
—Te esperamos a las siete —miró de reojo a Potter y resopló. —Tú también puedes venir.
Él sacudió la cabeza, rechazando la invitación.
—Tengo planes con Ginny.
El ascensor se abrió de nuevo, mostrando el pasillo del Departamento de Misterios. Draco-Blaise dio un paso hacia delante y salió, escuchando la voz de Potter por detrás.
—Recuerda. El viernes a las ocho.
Se giró para asentir y vio la dura mirada que Hermione le estaba echando a Potter. Parecía lanzar chispas por los ojos.
—¿Estáis trabajando juntos?
Draco-Blaise pudo ver en el rostro de Potter el momento en que se dio cuenta de que había metido la pata. Tragó saliva y bajó la mirada hacia su amiga, que tenía las manos apoyadas en las caderas.
—Algo así.
—Harry Potter —siseó ella, arrugando el entrecejo. —¿Qué es lo que no me estás contando?
Draco-Blaise se rio suavemente mientras las rejas se cerraban.
—Buena suerte —murmuró al ver la cara de desesperación de Potter mientras el ascensor se perdía de vista.
Miró a su alrededor, asegurándose de estar solo, y se subió en el siguiente que llegó para volver al Atrio.
Poco después Blaise levantó la mirada cuando se vio a sí mismo surgir entre las llamas de su chimenea.
Cerró el libro que estaba leyendo, dejándolo sobre sus rodillas.
—¿Algo que deba saber?
Draco-Blaise se sentó a su lado, resoplando y cerrando los ojos. La mañana había sido tensa y agotadora, pero todo había salido bien.
Aunque esto no era nada más que el principio.
Sacó la varita que llevaba dentro de la manga, ofreciéndosela. Blaise no tardó ni un segundo en cogerla.
—Potter y tú habéis sido aceptados como miembros de los Liberadores.
—Vaya.
Sonrió al escuchar la voz sorprendida de su amigo y volvió a mirarlo a los ojos.
—No son muy inteligentes. Me recuerdan a los Carroñeros —comentó, torciendo los labios. —Volveré a venir el viernes para ir a la siguiente reunión.
Bajó la mirada a sus manos y vio que su piel se estaba aclarando. Blaise permaneció en silencio, dejando salir un suspiro de alivio cuando Draco volvió a ser él mismo.
—No me gusta verme a mí mismo.
Draco se rio entre dientes, palmeando su hombro antes de levantarse. Sacó la moneda de su bolsillo y la empezó a girar.
—Ah —murmuró, captando la atención de su amigo, que había vuelto a abrir el libro. —Hace un rato te has cruzado con Hermione en los ascensores del Ministerio y la has invitado a cenar hoy —los ojos de Blaise se agrandaron, pero Draco continuó hablando. —Y también a Theo y a Luna.
—Joder, Draco —siseó Blaise con enfado, cruzándose de brazos. —Tienes que evitar hablar con ella o se va a dar cuenta de que pasa algo raro.
—No he podido contenerme —admitió Draco, recordando la tristeza que había visto en los ojos de Hermione. —Anímala por mí, Blaise.
Su amigo sonrió en su dirección justo cuando la moneda empezó a emitir una luz azulada.
—Lo intentaré.
Estaba terminando su taza de té cuando escuchó ruido en el salón. Draco vertió unas gotas del frasco que guardaba en la alacena en las dos tazas que tenía preparadas y las cogió, saliendo de la cocina.
Los padres de Hermione se habían despertado y estaban incorporándose mientras se quejaban en voz baja.
Se sentó en uno de los brazos del sofá y esperó a que ambos estuvieran sentados para extender las tazas en su dirección.
—¿Qué tal la cabeza?
Jane gimió, frotándose la sien.
—Duele bastante —murmuró, aceptando el té. —Gracias.
Ambos ya recordaban sus verdaderos nombres desde hacía dos días. Además, gracias a las pociones de Draco mantenían a raya el dolor y la ansiedad que sentían después de cada una de sus sesiones.
Peter jadeó, dejando la taza sobre la mesita bruscamente. Sus ojos eran del mismo color que los de Hermione y Draco evitaba su mirada siempre que podía.
Ver el miedo reflejado en ellos era demasiado doloroso.
—Jane —Peter agarró el hombro de su mujer, sacudiéndola hasta que ella lo miró. —Jane, recuerdo a un bebé.
Los ojos azules de ella se abrieron, llenos de pánico.
—¿Qué?
El hombre tragó saliva, cogiendo una de sus manos y apretándola.
—Tiene... tiene unos grandes ojos marrones y rizos como los tuyos — suspiró, señalando la melena de su mujer. Giró la cabeza y centró su atención en Draco. —¿Cómo se llama?
Una gran sonrisa se extendió por el rostro de Draco.
Por fin uno de ellos la recordaba.
—Hermione Jean Granger.
Traducción:
(John)
Donc tu parles français, n'est-ce pas? Depuis combien d'années vis-tu en Grande-Bretagne: Así que hablás francés, ¿no? ¿Cuántos años llevas viviendo en Gran Bretaña?
(Draco)
Ton accent est terrible, tu sais. Je suis revenu une fois la guerre terminée: Tu acento es pésimo, ¿lo sabías? Volví cuando terminó la guerra.
