Capítulo Veinticuatro
El error
—Lo echo de menos, Luna.
Su amiga asintió, colocando su larga trenza rubia sobre su hombro derecho.
—Lo sé —suspiró, fijando sus grandes ojos azules en la lampara de cristal que colgaba del techo. —Draco es muy gracioso. Yo también echo de menos su sarcasmo.
Theo se sentó junto a ella, ofreciéndole un vaso de vino.
—¿Por qué teneis estas caras tan largas?
Hermione hizo una mueca y terminó lo que quedaba en el suyo de un trago.
El salón de baile de la Mansión Zabini era gigantesco. Estaba en el ala oeste y sus tres ventanales daban al jardín, donde había un pequeño viñedo con uvas traídas expresamente desde Italia.
La señora Zabini se había traído todo lo que había podido de su país al mudarse a Inglaterra, incluyendo a los elfos. Y la comida que servían en la mansión parecía haber sido hecha en el mejor restaurante de Roma.
Hermione se había quejado al principio, pero dejó de hacerlo cuando Blaise le aseguró que todos los elfos eran libres y cobraban un suelo. Él, Draco y Theo los habían liberado a todos tras la Batalla de Hogwarts.
Los tres habían sido esclavos de un loco, o habían tenido que esconderse para huir de él, y no querían que ninguna criatura se sintiera así por su culpa.
Hermione también había descubierto que Theo prácticamente vivía con Blaise. Se sentía demasiado solo en la Mansión Nott y solo iba por allí para estar a solas con Luna o cuando organizaban alguna fiesta en su piscina.
Pero, desde que Goyle había muerto, las celebraciones habían parado.
Gracias a la idea de Blaise habían empezado a juntarse todos los viernes en su mansión, y estar con todos ellos le hacía sentir un poco mejor. Los amigos de Draco estaban tan preocupados como ella y también querían saber lo que estaba pasando.
Pero nadie tenía respuestas. Ni siquiera sus propios padres sabían dónde estaba, y el Ministerio no conseguía localizarlo.
Simplemente había desaparecido. Se había esfumado en el aire sin dejar ningún rastro, y ni nadie lograba dar con él.
Hermione contuvo un sollozo al pensar en la carta que había recibido el día anterior, dirigida a Draco.
Tras más de dos semanas sin dar señales de vida, el Departamento de Misterios había decidido rescindir su contrato.
Draco estaba despedido, y eso lo destrozaría cuando volviera a Inglaterra.
Si es que volvía.
Hermione seguía temiendo que los Liberadores lo tuvieran encerrado, o algo mucho peor. Pero Blaise siempre insistía en que Draco estaba a salvo y que no debía preocuparse por él, tanto que ella estaba empezando a sospechar que sabía dónde estaba. Al fin y al cabo, los dos eran Inefables y podían compartir todos sus secretos.
Pero, si le preguntaba directamente, Blaise siempre respondía que sabía lo mismo que ella.
Arthur le había preguntado varias veces si quería que su desaparición se hiciera pública para poder organizar un equipo de búsqueda, pero Hermione se había negado.
Draco se había ido voluntariamente, como explicaba en la carta que le dejó. Y probablemente era porque no quería que nadie supiera lo que estaba haciendo.
¿Terminaría metido en un lío al volver al país?
Hermione se mordió la uña del dedo pulgar con nerviosismo hasta que Luna la detuvo.
—Volverá pronto, Hermione —murmuró, palmeando su mano suavemente.
Ella dejó salir un largo suspiro y miró de reojo a su amiga.
—Estoy preocupada por él.
—Todos lo estamos —contestó Luna, asintiendo con tristeza.
Theo paseaba la mirada entre ambas sin decir nada. Él también parecía estar triste.
La muerte de Goyle era todavía muy reciente, y Draco solo había conseguido incrementar el dolor que sentían sus amigos al desaparecer de esa forma.
Se había marchado justo cuando más lo necesitaban. Y ella también quería que estuviera a su lado.
El Ministerio estaba cada día más cerca de atrapar a los Liberadores, y ellos lo sabían. Los ataques habían aumentado y la mayoría de trabajadores del Ministerio no salían a la calle sin escolta.
Hasta pasear por el Callejón Diagon se había convertido en misión imposible. Los establecimientos llevados por personas de sangre pura solían tener un Auror en la puerta que controlaba el acceso y analizaba las varitas de todos los que querían entrar.
Pero, a pesar de todas esas medidas de seguridad, Hermione no se sentía a salvo.
No mientras él no estuviera con ella.
Su rostro se endureció.
—Lo voy a matar cuando aparezca.
La risa de Theo retumbó por la gran habitación. Pansy, que estaba sentada en el regazo de Blaise, se giró y los miró fijamente con una ceja levantada.
—¿En qué quedamos? ¿Te preocupas pero también quieres matarlo? —preguntó Theo en tono divertido, volviendo a llenar su copa.
Hermione torció los labios tras beber un sorbo.
—Ambas cosas.
Theo se rio entre dientes, sacudiendo la cabeza.
—No me gustaría ser Draco cuando vuelva a verte —comentó, enroscando su brazo alrededor de los hombros de Luna.
Su amiga asintió con ojos brillantes.
Hermione sintió un pinchazo doloroso al ver que era la única que no tenía su pareja al lado. Le pasaba lo mismo cada vez que estaba con ellos o con Harry y Ron, pero todos se estaban esforzando para que no se sintiera sola.
Ginny incluso la visitaba cada pocas noches y se quedaba a dormir en su casa para hacerle compañía. Y Harry ya le había pedido tres veces que se mudara con ellos a Grimmauld Place hasta que Draco regresara.
Pero Hermione no quería moverse de allí. Seguía echándolo muchísimo de menos y sabía que aquel sería el primer sitio que él visitaría si volviera.
Cada pocos días intentaba mandarle una carta. Dark siempre volvía en menos de una hora con el pergamino sin abrir, como si no pudiera encontrar a su dueño para entregársela.
¿Dónde demonios se había metido Draco?
Se lo imaginó apareciendo en el salón con su típica sonrisa y toda la preocupación desapareció.
Ya solo podía sentir rabia. Por haberla abandonado. Por no confiar lo suficiente en ella.
—A él tampoco le gustará —aseguró con voz dura, apretando los puños.
La sonrisa de Theo se borró de su rostro al ver su expresión y lo vio tragar saliva. Luna sonrió como si Hermione hubiera mencionado a los Nargles y se levantó, extendiendo una mano hacia ella.
—Venga, Hermione. Anímate y baila un poco conmigo.
Hermione arrugó el entrecejo. Estaba sonando música, cierto, pero solo estaban cinco personas allí. Y nadie estaba bailando ni pensaba hacerlo.
—Luna...
Ella pestañeó.
—¿Por qué no?
Suspiró al ver la gran sonrisa de su amiga y se puso de pie, cogiendo su mano. Luna la llevó hasta el centro de la habitación y la soltó, girando sobre su propio eje mientras movía las manos alrededor de su cuerpo.
Aquello le recordó a la boda de Bill y Fleur, cuando la vio bailando con su padre.
Hermione sonrió y la imitó, y Theo no tardó en unirse a ellas. Tres canciones más tarde los tres estaban riendo a carcajadas mientras se movían al ritmo de la música, y hasta Pansy no podía dejar de sonreír al mirarlos.
Hermione se sentó a su lado para descansar, sonriendo cuando ella palmeó su rodilla.
Sin duda era muy afortunada al poder considerarlos a todos ellos sus amigos.
Draco-Blaise surgió entre una nube de llamas verdes en la chimenea de Grimmauld Place. Sacudió su jersey al salir y se miró en el espejo que había junto a la entrada, utilizando su varita para peinar los pequeños rizos de su mejor amigo hacia atrás.
Empezaba a entender por qué Hermione tardaba tanto en arreglarse el pelo.
No tardó en escuchar pasos por la escalera y ver una cara conocida.
—Potter.
Tras coger una chaqueta, Potter se colocó a su lado y levantó la barbilla.
—Zabini.
Draco-Blaise asintió como saludo, cerrando los puños detrás de su espalda. Estaba nervioso y apenas había dormido, pero eso era algo que Potter no necesitaba saber.
Volver a enfrentarse a los Liberadores le traía recuerdos de cuando atacaron a Hermione, y pensar en aquello solo lo ponía más tenso.
Como si pudiera adivinar sus pensamientos, el mejor amigo de Hermione se giró hacia él y observó su rostro con el ceño fruncido.
—¿Preparado?
Draco-Blaise se mordió el labio inferior y desvió su mirada hacia la chimenea.
—Supongo que sí.
—Me dijiste que se te da bien combatir.
—Y es cierto, Potter. Pero no sabemos a cuántos nos vamos a tener que enfrentar.
—Habrá Aurores en los alrededores que atacarán unos minutos después de que hayamos entrado. Tenemos que intentar aislar a alguno de los liberadores y atraparlo para interrogarlo.
—Preferiría atraparlos a todos —gruñó Draco-Blaise entre dientes.
—Esa sería la mejor opción. Si alguno consigue escapar nos delatará y no podremos seguir infiltrados.
Ya habían ido a tres reuniones y, por ahora, nadie sospechaba de ellos.
Tan solo eran dos hijos de muggles que buscaban venganza, como todos los demás.
La semana anterior Diane había anunciado que iban a conocer a uno de los líderes. Asistiría a la reunión de aquella tarde, y era el momento oportuno para tenderles una emboscada.
Aunque iba a ser una maniobra muy arriesgada y había muchas cosas que podían salir mal.
Draco-Blaise apretó la mandíbula y sacó un pequeño frasco del bolsillo, dándole un trago a su poción.
Tan asquerosa como siempre.
—Entendido.
Potter arqueó una ceja pero no hizo ninguna pregunta al respecto. Bebió todo el contenido de un vaso y lo dejó a un lazo, haciendo una mueca.
Un minuto después volvía a ser el mismo muggle al que había llamado como su primo.
—Espera mi señal antes de atacar.
Ambos atravesaron las llamas juntos y aparecieron en el mismo pub del norte de Gales. Diane los estaba esperando en la plaza del pueblo.
—¿Preparados para conocer a uno de los líderes de nuestro movimiento?
—Lo estamos deseando —contestó Harry con una sonrisa torcida.
Draco-Blaise asintió en su dirección y ella dio media vuelta, descendiendo por la calle en silencio.
Al llegar a la casa abandonada, Diane abrió la puerta y ambos la siguieron, aunque antes Potter desvió su mirada hacia el pequeño bosque que había a pocos metros.
—Los refuerzos llegarán en dos minutos. Recuerda que no pueden verte, Zabini.
Draco-Blaise metió la mano en su bolsillo al escuchar el susurro de Potter, agarrando su varita con fuerza.
Aquel día la iba a necesitar.
Los ojos de Diane se abrieron como platos cuando el hechizo aturdidor la golpeó en la espalda y Draco-Blaise arrugó la nariz al verla caer a sus pies.
No esperaba que una chica así fuera tan buena combatiendo. Ni siquiera el líder había conseguido resistir tanto como ella.
Le recordaba un poco a Hermione.
Dio un paso atrás y le lanzó una mirada de odio a la única persona que quedaba en pie.
—Joder, Potter. Casi me aturdes a mí.
—¡Estaba intentando protegerte! — protestó él, dejando caer la mesa a un lado.
—¿En serio alguien como tú es Auror? —Draco-Blaise se cruzó de brazos y resopló. —Eres un peligro público.
—Me estoy cansando de tus quejas. Me recuerdas demasiado a Malfoy.
Draco-Blaise entrecerró los ojos y se mordió la lengua para no contestar.
Por supuesto el maldito de Potter no lo dejaba en paz ni cuando estaba bajo los efectos de la poción multijugos.
Potter lo observó unos segundos con los ojos llenos de sospecha y finalmente se encogió de hombros, neutralizando el hechizo anti-apertura que los liberadores colocaban en la puerta antes de cada reunión.
El mismo que él había usado con Hermione aquella primera vez en Hogwarts.
Draco-Blaise exhaló lentamente, dejando salir toda la tensión de su cuerpo. Necesitaba tener más cuidado o Potter no tardaría en reconocerlo.
—Parece que los Aurores ya han neutralizado a los vigilantes —comentó Potter mientras se asomaba a la escalera. Volvió a entrar y movió la barbilla en su dirección. —Ocúltate.
Draco-Blaise asintió y se golpeó la cabeza con su varita, sintiendo cómo unos hilos fríos descendían por su cuerpo hasta cubrirlo por completo.
Potter asintió al ver que el hechizo desilusionador había hecho efecto y desapareció a toda velocidad con la varita todavía en su mano.
Tras un suspiro, Draco-Blaise lo siguió.
—Buen trabajo, Harry.
—Gracias, señor —murmuró Potter, rascándose la nuca. —Quiero encargarme personalmente de las interrogaciones.
El Auror se pasó una mano por su barba, meditando la idea.
—Me parece bien —aceptó, girándose para dirigirse al resto de Aurores. —Volvamos al Ministerio.
Entre los tres hombres y las tres mujeres sujetaron a los ocho detenidos que estaban flotando aturdidos a su lado y desaparecieron con un crujido, apareciendo un segundo después dentro del pub del pueblo.
Uno a uno atravesaron la chimenea hasta que solo quedó Potter, que llevaba a Diane.
—¿Me estás siguiendo? —preguntó en un susurro, mirando hacia atrás.
Draco-Blaise le golpeó el hombro, haciendo que saltara.
—Sí, Potter. Cállate y camina.
Los siguió por el Ministerio hasta llegar a los ascensores. Draco-Blaise esperó a que todos se marcharan y se subió en el primero que llegó vacío, deshaciendo el hechizo desilusionador.
Tres magos más se subieron, y el ascensor se detuvo de nuevo en la tercera planta. Draco-Blaise contuvo el aliento al ver quién entraba.
—Ah. Hola, Blaise.
—Granger.
No la veía desde el día que Potter y él se infiltraron por primera vez en los liberadores. Hermione llevaba una coleta alta y algunos de sus rizos caían a ambos lados de su rostro de forma desordenada.
Draco-Blaise dio un pequeño paso hacia ella, inhalando muy despacio.
Frutas tropicales.
«Joder. La echo de menos.»
—¿Cómo estás?
Hermione se encogió de hombros con mirada ausente.
—Anímate —dijo Draco-Blaise, empujándola suavemente con el hombro. —Estoy seguro de que Draco volverá pronto.
Ella levantó la mirada, arrugando el entrecejo.
—Tú sabes algo que no me estás contando.
«Es demasiado lista. Lo mejor será no negarlo.»
Draco-Blaise apretó los labios, sujetándose mejor a la cuerda que colgaba del techo y desviando la mirada. Hermione resopló al ver que la ignoraba y volvió a girar su rostro.
Los dos salieron al Atrio y el estómago de Draco-Blaise se encogió al ver que sus ojos estaban demasiado brillantes.
Dejó salir un largo suspiro y la rodeó con sus brazos, apretándola contra su pecho y hundiendo la nariz en sus rizos.
—Solo un poco más, Granger —susurró, cerrando los ojos y dejando que su aroma afrutado lo envolviera por unos segundos.
Estaba deseando volver a besarla.
Al apartarse, Hermione le dedicó una pequeña sonrisa.
—Nunca habías sido tan cariñoso conmigo, Blaise.
La sangre de Draco-Blaise se congeló cuando se dio cuenta de que Hermione no era la única que había notado la diferencia.
Pansy estaba junto a una de las chimeneas del Atrio. Se notaba que acababa de salir, pero se había quedado clavada en el suelo al verlos.
Paseó su mirada entre los dos y desapareció de nuevo entre las llamas antes de que Draco-Blaise pudiera moverse.
Blaise no tardó en entrar en la habitación al escuchar el rugido de las llamas.
—¿Qué tal ha ido?
—Ocho prisioneros —comentó Draco, que ya volvía a ser él mismo. —Potter los interrogará mañana.
Limpió su ropa con un movimiento de varita y levantó la mirada. Blaise tenía las cejas levantadas.
—Eso es una buena noticia, ¿no?
—Sí.
—¿Y por qué estás tan serio?
Draco se mordió el interior de su mejilla, fijando su mirada en las llamas.
—Pansy me ha visto con Hermione.
El silencio que siguió a sus palabras fue sepulcral.
—Creo que se ha puesto un poco celosa —añadió en voz baja.
—¡Joder, Draco! —siseó Blaise, sacudiendo la cabeza con rabia. —¡Sabes que me ha costado mucho conseguir que me dé una oportunidad!
Tenía razón. Había insistido durante semanas hasta que consiguió que Pansy asumiera sus sentimientos y aceptara salir con él.
Su amiga era muy insegura, y la más mínima sospecha de que Blaise no era sincero podía mandarlo todo a la mierda. Y él no se lo merecía después de todo lo que estaba haciendo para ayudarlo.
Draco suspiró, avanzando hacia Blaise y palmeando su espalda.
La expresión de su amigo se había oscurecido. Dio un paso atrás, alejándose y evitando su mirada.
—Si está muy enfadada... cuéntale la verdad.
Blaise lo miró a los ojos al escuchar sus palabras, muy sorprendido.
—¿Estás seguro?
—Pansy sabe guardar un secreto —dijo Draco, encogiendo uno de sus hombros y sacando la moneda de su bolsillo. —Nos vemos pronto.
Vio por el rabillo del ojo que Blaise volvía a sonreír mientras la giraba en su mano.
—Cuídate.
—Y tú —respondió Draco antes de desaparecer.
