Capítulo Veinticinco
Pillados
Draco suspiró, añadiendo tres gotas de la poción a cada taza de té. Tras meditarlo, hizo lo mismo con la suya.
La cabeza le daba vueltas debido la falta de sueño y no le vendría mal una pequeña ayuda para sentirse mejor.
Volvió hasta el salón con dos de las tazas levitando a su espalda y otra entre sus manos. Se sentó en la mesita que había delante del sofá, bebiendo un sorbo de té mientras observaba a los dos muggles que seguían profundamente dormidos.
Desvió la mirada hacia la ventana donde se veían los primeros rayos del amanecer y volvió a suspirar.
En pocas semanas había conseguido que ambos recordaran la infancia de Hermione. Los recuerdos que les implantaba se iban uniendo poco a poco a los que ya tenían, despertando esa parte de su cerebro que llevaba tanto tiempo dormida.
Y ambos estaban empezando a recordar cosas que ni él mismo sabía. Había visto los recuerdos de Hermione decenas de veces, y en ninguno de ellos salía montando en bicicleta o ganando un concurso de escritura.
Estaba funcionando.
Vio a Peter apretar los ojos y agitó la muñeca. Las dos tazas aterrizaron suavemente sobre la mesa, cerca de sus cabezas.
El hombre se incorporó el primero, apoyando la mano en el brazo de su mujer.
—Jane.
Ella abrió los ojos al escuchar su voz.
—¿Peter?
Los dos se miraron y Draco se removió, incómodo.
—¿Cómo están?
Sintió un escalofrío cuando la mirada de Peter se encontró con la suya. El hombre entrecerró los ojos y se levantó, cruzándose de brazos y dando un paso hacia él.
—¿Cómo decías que te llamabas?
Draco tragó saliva, intuyendo que esa pregunta no llevaría a nada bueno. Se puso de pie, ofreciéndole su mano igual que el primer día.
—Draco, señor. Draco Malfoy.
Lo último que vio fue el puño de Peter Granger volando hacia su cara.
Cuando volvió a abrir los ojos la luz del sol era tan brillante que lo cegó por un momento.
Draco gruñó, apretándose el puente de la nariz y haciendo una mueca de dolor. Jadeó al sentir algo húmedo encima de su labio superior y se sentó de golpe.
Tuvo que volver a cerrar los ojos cuando la vista se le nubló.
—Despacio, cielo. Te has dado un buen golpe contra el suelo.
Aquella voz femenina le resultaba familiar. El sofá se hundió a su lado y, al levantar la vista, vio a la madre de Hermione dedicándole una pequeña sonrisa.
—Te estaba sangrando mucho la nariz —murmuró ella, recogiendo el pañuelo que había caído al suelo.
Draco siseó al verlo lleno de sangre. Peter lo estaba observando con gesto serio a su derecha.
—¿Sabe quién soy?
—Recuerdo a mi hija hablando sobre ti —comentó el hombre con el entrecejo arrugado. —Y las cosas tan horribles que le decías.
Draco se pasó una mano por la frente, apartando su pelo manchado de sudor y probablemente de sangre.
—Ahora sé quién le enseñó a golpear —murmuró entre dientes, resoplando.
—¿Qué? —preguntó Peter con mala cara.
Draco sacudió la cabeza.
—Nada.
Sintió algo pinchando suavemente su pierna y bajó la mirada. Jane le estaba ofreciendo su varita.
—¿Podrás curarte con esto?
—Creo que sí —Draco se puso de pie, mirando de reojo al padre de Hermione. —Volveré enseguida.
Se encerró en el baño, silenciando la puerta, y jadeó al ver su rostro en el espejo.
Tenía la nariz rota y la camiseta manchada de sangre.
Con un movimiento de varita la colocó bien, deteniendo la hemorragia. Sacó una pomada de su bolsillo y aplicó un poco bajo sus ojos.
Aquello evitaría que le salieran moratones.
Draco sonrió con tristeza mientras lanzaba su ropa al suelo, metiéndose en la ducha y abriendo el grifo.
Sabía que llegaría el día en que los padres de Hermione recordarían su nombre y lo odiarían. Y estaba preparado, o eso pensaba.
Pero ver la mirada de Peter llena de frialdad había hecho que su corazón se encogiera.
Con suerte cambiaría de opinión... aunque eso no era lo importante.
Su objetivo era conseguir devolverle a Hermione sus padres. Lo demás era secundario.
Si para ello tenía que sufrir el rencor y las acusaciones de ambos, le parecía un buen precio.
Draco volvió a entrar al salón unos minutos después. Jane apuntó hacia su taza de té, que ya estaba fría. La golpeó con su varita, calentándola al instante, y suspiró aliviado al beber su contenido.
El dolor de cabeza remitió, despejando su mente.
—Antes de seguir necesito que me expliques cómo es posible que tú seas amigo de mi hija —dijo Peter, sentándose junto a su mujer en el sofá.
Draco volvió a dejar la taza ya vacía sobre la mesa y suspiró.
—No soy su amigo —se aclaró la garganta y desvió la mirada, intentando ocultar su nerviosismo. —Soy su novio. Llevamos juntos casi tres años.
Al volver a mirarlos, ambos tenían la misma cara de sorprendidos.
—¿Novio? —repitió Jane, pestañeando.
—No intentes engañarme. Sé que piensas que la gente como nosotros somos basura —gruñó Peter, apretando los puños.
Draco se inclinó hacia atrás. No le apetecía recibir otro de sus puñetazos.
—Es verdad, lo pensaba —reconoció en voz baja. —Pero con los años cambié de opinión y, cuando pude conocerla mejor, me enamoré de ella.
Los dos cruzaron una mirada pero no lo interrumpieron.
—He venido hasta aquí porque Hermione no es completamente feliz sin sus padres, y yo quiero que lo sea —aseguró Draco, alzando la barbilla. —Quiero hacer algo bueno por ella. Devolverle una parte de su vida que cree que ha perdido para siempre.
Jean se mordió el labio inferior, el mismo gesto que hacía su hija cuando estaba nerviosa o preocupada.
—¿No sabe que estás aquí?
—No —Draco torció los labios, dejando su varita a un lado. —Y no regresaré hasta que ustedes acepten volver conmigo.
Un largo silencio siguió a sus palabras. Jane fue la primera en romperlo.
—¿De verdad la quieres?
Draco asintió.
—Haría cualquier cosa por ella —sus labios se curvaron al pensar en Hermione. —Como romper unas decenas de leyes mágicas y probar una terapia ilegal en sus padres para devolverles sus recuerdos.
Los ojos de Jane se llenaron de lágrimas y sujetó una de sus manos entre las suyas.
—Quiero verla, Draco —pidió en un susurro.
Él tragó saliva y sacudió la cabeza.
—Aún no —contestó, apretando su mano y soltándola. —Primero tienen que recordarlo todo.
Jane dejó salir un largo y tembloroso suspiro.
—Está bien —miró de nuevo a su marido, que asintió. —¿Cuántos quedan?
Draco colocó los frascos que aún estaban llenos en la mesa, observando los hilos plateados que giraban en su interior.
—Diez —rozó el que tenía más cerca con la punta de los dedos y miró a Jane fijamente. —Y ahora empieza lo complicado.
Peter frunció el ceño.
—¿Complicado?
Draco se mordió el interior de la mejilla, paseando la mirada entre ellos mientras pensaba.
¿Cómo podía explicarles todo lo que había pasado en los últimos diez años?
—Un mago oscuro quería controlar el mundo mágico y atacó nuestro colegio varias veces —explicó, omitiendo gran parte de la verdad para no asustarlos demasiado. —Al final fue derrotado, pero estuvimos en guerra durante un año. Por eso Hermione les borró la memoria, para que se fueran lejos de Inglaterra y no estuvieran en peligro.
Los rostros de ambos palidecieron. Seguramente Hermione habría mencionado al Señor Tenebroso delante de ellos, pero todavía era muy pronto para que lo recordaran.
La primera pregunta vino de Jane.
—¿Hermione luchó contra él?
Draco asintió.
—Ella y sus amigos.
—¿Y tú? —preguntó Peter, confundido.
El rostro de Draco se oscureció.
—Yo era un cobarde.
Peter lo observó en silencio y chasqueó la lengua.
—Creo que no eres bueno para mi hija.
Draco se rio entre dientes.
—En eso estamos de acuerdo —volvió a coger su varita, retorciéndola entre sus dedos. —¿Seguimos?
Jane suspiró.
—Está bien —miró de reojo a su marido y asintió. —Cuanto antes terminemos, antes podremos volver a verla.
—¿Están seguros de que esta vez no quieren que los duerma? Ya saben que tendré que atarlos para asegurarme de que no se mueven.
Ambos negaron con la cabeza.
—Queremos saber lo que se siente —aseguró Peter, entrelazando sus dedos con los de su mujer.
Draco sonrió, apuntándoles con su varita.
—Tan valientes como ella —murmuró, tan bajito que no lo escucharon. —¡Incarcerous!
—Necesito que revises esto antes de marcharte a casa, Hermione.
—Claro, Arthur —dijo ella, aceptando las dos carpetas y colocándolas encima de un libro. —Lo terminaré todo hoy.
—Es emocionante, ¿verdad? —preguntó el Señor Weasley, frotándose las manos mientras sonreía. —Otra final del campeonato del mundo celebrada en nuestro país.
Hermione apretó los labios.
—Solo espero que esta vez la seguridad no falle.
—No lo hará —Arthur sacudió la cabeza, apoyando una mano en el borde de la mesa. —Además, Quien Tú Sabes ya no anda por ahí suelto.
—Cierto —admitió ella, mordiéndose el labio inferior. —Pero algunos de sus seguidores siguen libres.
Arthur agitó la mano, quitándole importancia.
—No por mucho tiempo —miró a su alrededor y se agachó hacia ella, bajando la voz. —No debería decirte nada, pero mañana va a haber una redada en el que los Aurores creen que es el último refugio de los mortífagos. Y algo me dice que allí vamos a encontrar a los tres fugitivos.
—Espero que sí —contestó Hermione, mirándolo a los ojos. —¿Se sabe algo más sobre los liberadores?
Arthur tamborileó los dedos sobre la madera con nerviosismo.
—Sé que están intentando infiltrarse en su círculo más privado, pero todavía no lo han conseguido.
Ella asintió, suspirando por la nariz.
—No te preocupes, Hermione. No volverán a hacerte daño —añadió el hombre, apretando su hombro.
Hermione sonrió.
—Gracias por contármelo —señaló las carpetas de su mesa mientras ataba sus rizos en un moño, apartándolos de su cara. —Tengo que empezar con esto ya si quiero dormir algo hoy.
Arthur se rio entre dientes y abrió la puerta del despacho, girándose para mirarla una última vez.
—Molly y yo te esperamos mañana para comer.
Tras su confirmación, salió al pasillo y cerró la puerta.
Hermione resopló al quedarse sola. Abrió una de las carpetas y cogió el primer dossier, reprimiendo un grito de sorpresa cuando su puerta volvió a abrirse de golpe.
Pansy Parkinson entró con paso decidido y la volvió a cerrar, silenciando la habitación. Sus tacones resonaron en el suelo de madera hasta que se detuvo delante de la mesa.
Hermione pestañeó, algo confundida.
—¿Pansy?
Era la primera vez que la visitaba.
—Hola —ella miró a su alrededor, arqueando una ceja. —Bonito despacho.
Se sentó en una de las sillas, cruzando las piernas y mirando fijamente a Hermione.
Ella dejó su pluma a un lado.
—Nunca has venido por aquí.
Pansy chasqueó la lengua.
—No me interesa la política.
Sus ojos verdes la estaban taladrando. Hermione frunció el ceño y apoyó la espalda en su silla.
—¿Por qué me miras así?
Pansy se pasó la lengua por los dientes y ella sintió un pinchazo doloroso en el estómago al verlo. Era un gesto que Draco también hacía.
La casa de sus padres no era lo mismo sin él. Lo echaba demasiado de menos.
—¿Hay algo entre tú y Blaise?
La pregunta de Pansy la sorprendió tanto que se echó hacia atrás como si la hubieran golpeado, y ella puso los ojos en blanco.
—Sé que no, pero tenía que preguntar. Desde hace unas semanas a veces actúa de forma extraña —añadió, mirándose las uñas.
Hermione suspiró, relajando la postura.
—Yo también lo he pensado.
Los ojos de Pansy centellearon.
—Aquí está pasando algo raro, Hermione.
—Sí... pero no sé qué podemos hacer.
—Creo que él sabe dónde está Draco —murmuró Pansy con voz grave. —Y no pienso parar hasta que me lo diga.
Su sonrisa malvada era contagiosa. Hermione no pudo evitar reirse, y Pansy hizo lo msimo.
—Pobre Blaise.
Pansy se pasó una mano por el pelo, todavía riendo.
—¿Te apetece tomar una copa esta noche?
—¿Estará Millicent? —preguntó Hermione, arrugando la nariz.
Pansy sacudió la cabeza y ella volvió a sonreír.
—Entonces Luna y yo iremos encantadas.
—Perfecto. Os espero a las ocho en mi mansión —Pansy se levantó, caminando hacia la puerta. —Daphne hace unos cócteles increíbles.
Estaba a punto de salir cuando Hermione la llamó.
—¿Pansy?
Ella se giró con rostro serio.
—¿Puedo invitar a Ginny?
Pansy puso los ojos en blanco, suspirando de forma dramática.
—Está bien —aceptó, apretando los labios. —Pero no más Weasleys.
Hermione sonrió.
—Solo ella. Prometido.
Blaise alzó la mirada al escuchar pasos por el pasillo y unos segundos después vio a Draco entrar en su despacho.
Estaba todavía más pálido que la última vez que lo había visto.
—¿Cómo estás?
—Bien —contestó él con indiferencia, deteniéndose a un lado de su escritorio y sacando la varita. —Necesito un poco más de tu pelo. Tengo que ir a ver a Potter y hablar con el sobre la redada que tiene planeada.
Blaise suspiró.
—Pansy está muy rara, ¿sabes? Me evita y apenas habla conmigo.
Arrugó la nariz cuando él tiró de un mechón de sus rizos, arrancando varios de ellos.
—Te dije que le podías contar la verdad —murmuró Draco mientras los dejaba caer dentro de un frasco.
La poción burbujeó y cambió a color azul oscuro.
—No puedo contarle nada si no quiere verme.
Draco bebió un gran trago, haciendo una mueca ante el sabor.
—Mierda —gruñó entre dientes, apoyando las manos sobre la mesa y jadeando mientras su cuerpo cambiaba y su piel se oscurecía. —Hablaré con ella en cuanto vuelva a Inglaterra oficialmente, Blaise. Y se lo explicaré todo.
—Eso no será necesario.
Los dos jadearon al escuchar esa voz femenina.
—¡Pansy!
Draco alzó la varita, pero ella tenía la suya apuntada a su corazón.
—No te muevas —le advirtió, entrecerrando los ojos. —Lo sabía. Sabía que tú y Draco estabais tramando algo —añadió, lanzándole una mirada de odio a Blaise.
Él tragó saliva, levantando sus manos.
—No es lo que piensas.
—¿Y qué es entonces? —Pansy ladeó la cabeza, señalando una de las sillas para que Draco se sentara. —Empezad a hablar.
Draco, que ya se había transformado en Blaise, sacudió la cabeza y guardó su varita.
—Tengo que irme.
—Tú no vas a ninguna parte —gruñó ella, avanzando hacia él hasta que la punta de su varita se clavó en su pecho. —¿Sabes lo preocupada que está Hermione por ti?
Draco-Blaise la miró fijamente.
—Pansy —paseó la mirada entre sus ojos y sujetó su muñeca, apartando la varita. —Tienes que confiar en mí.
Ella resopló con mala cara.
—No le digas que me has visto. Aún no —pidió Draco-Blaise en voz baja.
Pansy puso los ojos en blanco.
—Bien —se giró hacia Blaise, cruzándose de brazos. —Pero quiero una explicación.
—Y Blaise te la va a dar —aseguró Draco-Blaise, asintiendo. —Yo tengo que marcharme.
Probablemente Potter ya lo estaba esperando. Estaba a punto de salir de la habitación cuando escuchó la voz de su amiga.
—Sea lo que sea eso tan secreto que estás haciendo, ten cuidado.
Draco-Blaise se giró, dedicándole una pequeña sonrisa.
—Y tú cuida de Hermione por mí.
Desapareció a toda velocidad por el pasillo, en dirección a la chimenea. Pansy se cruzó de brazos y levantó una ceja.
Blaise apartó su silla, palmeando su pierna derecha.
—Es una historia muy larga.
Pansy se sentó sobre sus rodillas a regañadientes y él la rodeó con sus brazos, suspirando.
—Por fin me miras a la cara —murmuró, colocando un mechón de su pelo negro tras su oreja.
Ella suspiró, apartando la mirada.
—Estaba enfadada contigo.
—¿Por qué?
Blaise inclinó la cabeza, rozando la piel de su cuello con la nariz y cerrando los ojos al inspirar.
Solo habían sido unos días, pero la había echado de menos.
—¿Podrían ser celos? —susurró, dejando un beso tras su oreja.
La sintió temblar entre sus brazos.
—Podrían —admitió ella en voz baja.
Blaise se alejó y sus miradas se encontraron de nuevo.
—Yo solo tengo ojos para ti, Pansy —aseguró, mirándola fijamente.
Los labios de ella se curvaron, formando una pequeña sonrisa.
—Lo sé —suspiró, colocando los brazos alrededor de su cuello y juntando sus frentes. —Pero parecía que también los tenías para Hermione.
Blaise gruñó una maldición entre dientes.
—Ese no era yo.
Pansy se rio suavemente y besó su mejilla.
—Pobre Draco —suspiró, hundiendo una mano en sus rizos. —No puede disimular cuando ella está cerca.
Vio una chispa en los ojos oscuros de Blaise.
—Es lo malo de estar enamorado —dijo, arqueando las cejas.
Pansy puso los ojos en blanco.
—Cállate.
Juntó sus labios y Blaise sonrió, atrayéndola hacia su pecho y besándola con demasiadas ganas.
Le encantaba conseguir que se sonrojara.
