Capítulo Veintiséis

Una nueva amistad


La mañana había amanecido lluviosa y Hermione estaba con los brazos apoyados en el alféizar de la ventana, esperando.

La silueta de una lechuza no tardó en aparecer entre las nubes.

Ella suspiró y dio un paso atrás, dejándola entrar y posarse encima de su jaula.

Hermione desató la carta que llevaba en su pata izquierda y que estaba sin abrir. Cada pocos días volvía a intentar contactar con Draco, aunque siempre obtenía el mismo resultado.

La lechuza la miró fijamente.

—Lo sé, Dark —susurró ella, acariciando las plumas de su pecho. —Sé que tú también notas su ausencia.

Hermione pestañeó para contener las lágrimas y salió de la habitación, bajando las escaleras en silencio con un dedo enroscado alrededor de la cadena que colgaba de su cuello.

La pequeña runa plateada brilló cuando echó un puñado de polvos flu sobre la chimenea, reflejando el color esmeralda de las llamas.

Tras un último suspiro, Hermione las atravesó y desapareció.


Blaise golpeó suavemente la puerta dos veces.

—Pasa.

Suspiró y la abrió, entrando en el despacho de Potter.

Nunca antes había visitado la oficina de los aurores, y el salvador del mundo mágico tenía uno de los mejores despachos. En las paredes había colgadas imágenes cortadas de varios periódicos mostrando los rostros de los mortífagos que habían sido atrapados la noche anterior.

Todos los magos y brujas de Gran Bretaña estaban de celebración, pero en su opinión se estaban adelantando. El peligro no había pasado todavía.

Blaise sintió un escalofrío bajando por su espalda al ver que en una de las fotos salían varios encapuchados vistiendo capas blancas.

Aquellos que habían atacado a Pansy y asesinado a Greg. Los Liberadores.

Tragó saliva y desvió la mirada hacia el frente. Sus ojos se detuvieron unos segundos en una pequeña foto que estaba en la estantería donde salían Granger y Weasley muy sonrientes mirando y abrazando a Potter.

Tal vez debería hacer una así con sus amigos. No tenían ninguna juntos.

—Hola, Zabini. Puntual como siempre.

La voz de Potter lo sacó de sus pensamientos. Blaise pestañeó, cruzándose de brazos.

Era la primera vez que ambos se veían para hablar de la misión pero solo él lo sabía. Por suerte, Draco le había contado todo lo necesario para poder fingir ser el Blaise que él conocía.

—¿Te van a dar otra medalla por eso? —preguntó, señalando la portada del Profeta que había sobre la mesa.

En ella salían él y otros seis aurores transportando a los mortífagos hacia Azkaban.

Potter arrugó la nariz, doblándolo y guardándolo en uno de los cajones.

—No fue solo gracias a mí. Todo el departamento ha colaborado y el padre de Malfoy ha sido clave para atraparlos.

Blaise se sentó en la silla que tenía más cerca, colocando un tobillo sobre su rodilla como hacía Draco.

—¿Lucius os ha ayudado?

Al ver su asentimiento, Blaise cuadró la mandíbula.

—Como sea —agitó una mano, deviando el tema hacia lo realmente importante. —¿Entonces será la semana que viene?

Necesitaba enterarse bien para contarle todos los detalles a Draco más tarde.

—Estamos todavía planeándolo, pero sí —una de las comisuras de los labios de Potter se curvó hacia arriba. —He conseguido un permiso especial para que tú puedas acompañarnos. Esta vez no tendrás que esconderte.

Blaise resopló, poniendo los ojos en blanco. Draco siempre se quejaba de lo mucho que odiaba tener que ocultarse cada vez que acompañaba a Potter.

—Tengo varios trasladores preparados. Con solo tocarlos podremos escapar si estamos en peligro.

Los ojos verdes de Potter se abrieron y se le escapó un jadeo de sorpresa.

—Eso será muy útil —admitió, dejando a un lado su pluma azul. —¿Cuántos tienes? Hermione también va a venir, y sospecho que Ron se apuntará en cuanto se lo diga.

Blaise entrecerró los ojos.

A Draco no le iba a gustar enterarse de eso. Estaba demasiado preocupado por Granger y obsesionado con mantenerla a salvo.

Justo lo mismo que le pasaba a él con Pansy.

—¿Y eso está permitido? —preguntó entre dientes, apretando los puños.

—Los tres salvamos el mundo mágico, Zabini —Potter arqueó una ceja mientras se colocaba bien las gafas. —No creo que nadie se atreva a decirles que no pueden participar en la redada que va a acabar con esta nueva amenaza.

Malditos Gryffindor y su complejo de héroes.

—Supongo que tienes razón —Blaise desvió la mirada hacia los mortífagos de la pared, que lo miraban fijamente a través de sus máscaras. —Tengo seis, pero creo que me dará tiempo de terminar uno o dos más.

Y se encargaría de preparar uno especialmente para ella que la llevara directa a la Mansión Zabini ante la menor señal de peligro. Esa sería la única forma de conseguir que Draco se concentrara durante la posible batalla que estallaría en cuanto se enfrentaran a los Liberadores.

—Perfecto. Te avisaré de la hora a la que debes estar aquí por lechuza —Potter ladeó la cabeza, observándolo con interés. —¿Cómo se te dan los hechizos aturdidores?

Blaise sonrió.

—Bastante bien.

Draco, Theo y él habían entrenado muy duro durante el año que el Señor Tenebroso tuvo el control de Hogwarts y los tres dominaban toda clase de hechizos, incluyendo algunas maldiciones oscuras.

—No sé a lo que estáis acostumbrados los Slytherin, pero los aurores no usamos hechizos ofensivos —le advirtió Potter con un brillo extraño en sus ojos. —Nadie debe resultar herido a no ser que sea necesario para protegernos.

Blaise apretó los labios. Seguramente Potter sabía que el primer impulso de Draco había sido acabar con los Liberadores que atacaron a Granger. Y lo habría hecho si ella no lo hubiera detenido.

—Entendido, Potter.

Él le dedicó una pequeña sonrisa.

—Gracias por tu ayuda estas semanas, Zabini —su sonrisa desapareció y su entrecejo se arrugó. —Esperaba que Malfoy también nos hubiera acompañado como prometió.

Blaise tamborileó los dedos sobre el brazo de su silla.

—Tiene una buena razón para no estar aquí, Potter —levantó la mirada, clavando sus ojos oscuros en él. —Créeme.

Potter no dijo nada así que se levantó, caminando hacia la puerta.

—Nos vemos el miércoles.

Blaise miró hacia atrás, asintiendo antes de abrirla y recorriendo los pasillos del segundo piso a paso rápido.

Una vez que estuvo dentro de un ascensor y completamente solo apoyó la espalda en una pared y relajó los hombros.

—Joder —cerró los ojos, dejando salir un largo suspiro. —Eso ha estado cerca.

Le había dado la impresión de que Potter sospechaba que pasaba algo raro, y sabía que era capaz de cualquier cosa con tal de descubrir la verdad.

Todavía recordaba la historia de cuando se había transformado en Granger para descubrir si Draco estaba enamorado de ella.

Blaise se bajó en el Atrio, esperando hasta que una de las chimeneas estuvo libre y metiéndose dentro de ella.

—Mansión Zabini.

El recibidor de su hogar estaba desierto. Todavía faltaba más de una hora para la hora de comer y los elfos estarían en la cocina, preparando el almuerzo.

Iba a ser una ocasión especial. Había invitado a Pansy para presentársela oficialmente a su madre y a Theo para que les diera su apoyo si Regina Zabini no recibía bien la noticia.

Ambas se conocían y se llevaban bien, pero no estaba seguro de cómo le iba a sentar a su madre descubrir que no estaba interesado en salir con una bruja de origen italiano como ella quería.

Y Theo había pedido que Lovegood pudiera acompañarlo. También quería presentar su novia a la que había sido como una madre para él desde hacía años.

Blaise suspiró. Su madre no se imaginaba lo que le esperaba.

Escuchó un pequeño zumbido y la figura de Draco apareció ante él envuelta en luz azulada. Sonrió mientras guardaba la moneda en su bolsillo, sentándose a su lado.

—Justo a tiempo —comentó Blaise, mirándolo de reojo.

El rostro de Draco se tensó.

—¿Acabas de volver?

Blaise asintió.

—¿Cuándo será?

—El miércoles por la tarde.

Draco se pasó la lengua por los dientes con la mirada perdida.

—Estaré preparado —contestó con una sonrisa forzada. —Gracias, Blaise.

Al verlo levantarse y sacar la moneda, Blaise se aclaró la garganta.

—Hay algo más que deberías saber —suspiró al tener de nuevo su atención. —Granger y Weasley también van a ir.

Los ojos grises de Draco se oscurecieron.

—¿Qué?

Apretó los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Blaise se puso de pie, colocando una mano en su hombro.

—Quieren ayudar.

—Maldito Potter —masculló Draco con rabia, sacudiendo la cabeza. Estaba tan enfadado que todo su cuerpo temblaba. —¡Faltó poco para que esos desgraciados mataran a su mejor amiga!

Blaise puso los ojos en blanco. Tan dramático como siempre.

—¿Y crees que Granger se va a quedar mirando mientras ellos se juegan el cuello? —arqueó una ceja al verlo arrugar el entrecejo. —Entonces no la conoces tan bien como dices.

Draco resopló con fuerza.

Nadie en su sano juicio podía pensar que alguien como Granger se iba a mantener al márgen de todo aquello.

—Me aseguraré de que nadie la toque —chasqueó la lengua mientras giraba la moneda tres veces. —Mierda.

Draco siguió maldiciendo entre dientes hasta que la moneda empezó a brillar. Blaise lo soltó antes de que la luz azulada volviera a envolverlo y desapareciera.

—Sí —miró hacia la puerta por la que entraría Pansy muy pronto y suspiró. —Esto es una mierda.


Los ojos de la mujer se abrieron, llenos de pánico y gritó con todas sus fuerzas. Draco se inclinó sobre ella, sujetando su mano.

—Jane. Jane, tranquila. Estoy aquí.

Ella pestañeó y se llevó su mano libre a los labios, que no le dejaban de temblar.

—¡Draco! —exclamó, suspirando aliviada al verlo a su lado. Se incorporó hasta quedar sentada, aceptando la taza de té que él le estaba ofreciendo. —¿Qué ha sido eso?

Peter ya se había bebido la suya pero todavía seguía pálido.

Draco suspiró, sentándose de nuevo sobre la mesita de madera que había delante del sofá.

—Era el Señor Teneb... —sacudió la cabeza. —Voldemort. Ese era Voldemort.

—¿Voldemort? —repitió Jane, preocupada. —¿Harry tuvo que luchar contra esa cosa?

Draco asintió con rostro lúgubre. Verlos tan asustados no le gustaba.

—No sé si ha sido una buena idea compartir esa memoria —murmuró entre dientes, mirando de reojo su varita.

La mujer palmeó su rodilla con suavidad.

—Queríamos saber cómo era —dijo, suspirando y bebiendo otro sorbo de té. —Y te agradezco que nos la hayas enseñado.

Los dos habían insistido en ver una memoria que mostrara cómo era el Señor Tenebroso en realidad, y Draco había elegido una de la época en la que vivió en su mansión.

Era la menos cruel que tenía. Aquella noche, Voldemort había anunciado que Lucius y otros cinco mortífagos habían sido capturados en el Departamento de Misterios, y sus ojos rojos habían chispeado al mirar a Draco y preguntarle si estaba dispuesto a recibir la Marca Tenebrosa.

Como si existiera la opción de negarse.

Draco empujó aquel recuerdo al rincón más lejano de su mente y se centró en lo que tenía delante. Los padres de Hermione aún estaban muy nerviosos y Peter no dejaba de frotarse las manos.

—Ahora formará parte de vuestros recuerdos, como todas las demás.

—No importa —murmuró Jane, secándose el sudor de su frente con la mano. —No puedo creer que ella... que nuestra hija luchara contra ese hombre tan poderoso.

Draco sonrió. Todavía les costaba llamarla así.

—Harry Potter no habría conseguido derrotarlo sin ella —aseguró con voz firme. —Hermione fue una pieza clave en la guerra.

Y probablemente ni Potter ni el idiota de Weasley habrían sobrevivido ni un año en el castillo sin ella a su lado. Hermione había sido el cerebro del trío de amigos desde el principio.

—Ella es muy fuerte, Jane —dijo Peter, agarrando su mano y apretándola. —Y está a salvo.

Aquello era algo que Draco no dejaba de repetirles desde que estaban trabajando sobre la parte más oscura de sus recuerdos.

Hermione estaba en Londres. Sana y salva.

—Lo sé, lo sé —la mujer dejó salir un suspiro tembloroso, mordiéndose el labio al volver a mirar a Draco. —Pero me dan escalofríos al imaginarla luchando contra él y sus seguidores.

Verla hacer los mismos gestos que su hija a veces le resultaba doloroso. Draco apartó la mirada, rascándose la nuca.

—Tú formabas parte de su ejército, ¿no?

Frunció el ceño ante la pregunta de Peter y volvió a mirarlo.

—Nunca luché —confesó, entrelazando las manos sobre sus piernas. —Lo único que me importaba era no morir, así que me escondí hasta el final.

Vio una chispa de decepción en los ojos del hombre.

—Sí que eres un cobarde.

Draco apretó la mandíbula, mordiéndose la lengua.

—Ya no —la mano de la madre de Hermione rozó la suya y, cuando la miró, ella estaba sonriendo. —Esto que estás haciendo por ella es muy valiente.

El corazón de Draco se aceleró.

—Gracias —paseó la mirada entre ambos, bajándola hasta los frascos que quedaban sobre la mesa. —Ya falta poco para que vuelvan a verla.

La sonrisa de Jane se ensanchó.

—Tú también tendrás muchas ganas de volver a ver a Hermione, ¿verdad, cielo?

Draco sintió que su sangre se congelaba. En su mente apareció la imagen de Hermione apuntándolo con su varita, con sus rizos flotando entre las chispas de magia que salían de su piel y flotaban a su alrededor.

Había que ser estúpido para no asustarse de ella. Y sabía que, cuando volviera a verla, estaría realmente furiosa.

—Sí, pero no sé si sobreviviré.

Peter soltó una carcajada.

—No creo que te esté esperando con los brazos abiertos, eso seguro —comentó el hombre mientras se rascaba la barbilla. —Mi hija tiene el mismo carácter que Jane.

La mujer jadeó, ofendida.

—¡Peter!

—Es cierto, cariño —el padre de Hermione levantó una ceja, desviando su mirada hacia Draco mientras una sonrisa burlona se extendía por su rostro. —Y apuesto a que no le habrá gustado que te vayas sin darle una explicación.

Draco sintió un escalofrío recorriendo su columna vertebral.

—Ya pensaré en eso cuando llegue el momento de volver. Mientras tanto... —les mostró el frasco que tenía en la mano derecha, donde un hilo plateado muy brillante giraba dentro. —¿Se ven con fuerzas para una más?

Jane cruzó una mirada con Peter y ambos sonrieron, mirando de nuevo a Draco.

—Les aviso de que no les va a gustar —les advirtió él, arqueando las cejas mientras dejaba el frasco apoyado en su regazo. —Es el recuerdo de cuando Hermione les borró la memoria.

Los dos muggles dejaron de sonreír. Draco miró a Jane, que asintió.

Ambos se cruzaron de brazos y apoyaron la espalda en el sofá, pestañeando cuando varias cuerdas salieron de su varita y se enroscaron a su alrededor.

Una vez que estuvieron bien sujetos Draco levantó la varita y apuntó a la frente de la madre de Hermione, susurrando el encantamiento que llevaba semanas utilizando.

—Legilimens.


Hermione sonrió mientras recorría los imponentes pasillos del castillo.

Hacía más de un año que no visitaba Hogwarts, y McGonagall había pedido reunirse con ella para hablar de cómo podían preparar el viaje de los alumnos que iban a asistir a la final de Quidditch en Mayo.

Al final acordaron que lo más seguro era usar trasladores. Un oficial del Ministerio los estaría esperando en Hogsmeade la mañana del partido con cinco en su bolsillo, más que suficientes para los treinta alumnos que habían conseguido una entrada.

Y sus familias les estarían esperando junto a la entrada del recinto una vez que llegaran hasta allí.

—Hermione Granger.

Hermione se detuvo de golpe al escuchar su nombre. Estaba tan ensimismada en sus pesamientos que no se había dado cuenta de a dónde la llevaban sus pasos y había terminado en el pasillo que llevaba a la biblioteca.

Miró sobre su hombro, conteniendo la respiración a ver la figura translúcida que flotaba tras ella.

—Myrtle. Hola.

La fantasma miró a su alrededor, volviendo a posar su mirada en ella.

—Sígueme.

Empezó a alejarse por el pasillo y Hermione dudó un momento, pero sacudió la cabeza y la siguió hacia el piso de abajo, sujetando mejor la carpeta que llevaba en la mano.

Myrtle atravesó la puerta del baño de chicas del segundo piso y, cuando ella entró, la estaba esperando junto a uno de los lavabos.

Hermione se detuvo a poca distancia. Conocía demasiado bien el temperamento de aquella fantasma y sabía que era muy fácil conseguir que se enfadara.

—¿Cómo sabías que estaba aquí?

Ella puso los ojos en blanco, levitando hasta el alféizar de la ventana más alta.

—He oído a varios estudiantes de tercer curso diciendo tu nombre —comentó mientras se sentaba, observándola con interés. —¿Draco no ha venido contigo?

Su nombre siempre hacía que su corazón se encogiera. Hermione tragó saliva mientras negaba con la cabeza.

—Me ha contado que los dos sois amigos desde hace años —contestó, intentando sonreír.

Según Draco, Myrtle era agradable una vez que se acostumbraba a ti y conseguías ganarte su confianza.

La fantasma asintió con una sonrisa triste.

—Él es el primer amigo de verdad que tengo desde mi muerte.

Hermione sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas y pestañeó para mantenerlas a raya.

—¿Puedes decirle que venga a visitarme? Lo echo de menos —añadió Myrtle en voz baja.

Hermione torció los labios. Ella también lo echaba de menos, cada día más.

Aunque al menos ahora sabía que estaba bien. Pansy se lo había asegurado, pero no le había dicho nada más.

Y estaba empezando a cansarse de tantos secretos.

—Se lo diré —dijo Hermione, asintiendo.

La fantasma sonrió y bajó hasta el retrete más próximo, perdiéndose tras la puerta de madera.

Hermione se mordió el labio inferior.

—¿Myrtle?

Ella asomó la cabeza en cuanto la llamó y Hermione sonrió.

A pesar de haber pasado más de un mes en aquel baño nunca le había prestado atención a la fantasma, y se arrepentía de ello.

Todas las almas que se quedaban atrás tenían una razón para hacerlo y, gracias a los recuerdos de Voldemort que Harry había visto en su diario, sabían que la vida de Myrtle no había sido nada fácil.

Era una chica de descendencia muggle, como ella, y había sufrido las burlas de los estudiantes hasta el día en que murió.

—Estoy segura de que harías muchos amigos si te comportas con los demás como haces con él —Hermione amplió su sonrisa. —Tú y yo también podemos serlo si quieres.

Myrtle sacó su cuerpo por completo y levitó hasta estar delante de ella.

—Podría probar —admitió, haciendo una mueca. —Aunque los niños más jóvenes son muy irritantes.

Hermione se rio con suavidad.

—Pues prueba con los mayores —propuso, apretando la carpeta contra su pecho. —Incluso podías visitar a Helena Ravenclaw. Sé que ella también se siente sola.

Otra fantasma que había muerto siendo muy jóven y de forma trágica.

—¿La Dama Gris? —preguntó Myrtle con el ceño fruncido.

Hermione asintió.

—Creo que las dos tendríais mucho de que hablar.

Myrtle lo meditó durante unos segundos.

—Lo intentaré —aceptó, cruzándose de brazos. —Tú también puedes volver a visitarme.

—La próxima vez vendré con Draco —Hermione se despidió de ella agitando la mano. —Hasta luego, Myrtle.

Escuchó la voz de la fantasma justo cuando colocó la mano en el pomo de la puerta.

—¿Hermione?

—¿Sí?

Myrtle seguía con los brazos cruzados y la miraba fijamente.

—Él te quiere, ¿sabes? Venía por aquí a menudo con chicas y dejó de hacerlo cuando se fijó en ti.

Hermione jadeó. ¿Estaba hablando de Draco?

—¿Venía con chicas?

La fantasma puso los ojos en blanco.

—Las demás eran solo sexo, pero tú... —Myrtle sacudió la cabeza y resopló, desordenando su flequillo. —Lo vi en su mirada desde el principio. Estaba enamorado, aunque no era capaz de aceptarlo.

Hermione sintió algo cálido extendiéndose por su pecho.

Aquella mañana cuando se levantó y se vistió, apareciendo en Hogsmeade poco después, no se podía imaginar que terminaría hablando con la amiga fantasma de su novio. Y mucho menos que ella le contaría cosas sobre él.

—Gracias por contármelo, Myrtle.

Ella asintió.

—Cuida de él —pidió en un susurro.

La sonrisa de Hermione se torció y le dio la espalda, abriendo la puerta.

—Hasta pronto.

Al salir de allí los sentimientos la abrumaron. Hermione corrió hacia uno de los tapices que escondía un pasaje secreto hasta el piso superior, levantándolo y ocultándose tras él.

Las lágrimas empezaron a caer por su rostro sin que pudiera evitarlo. Sacó su varita y silenció el oscuro pasillo, sentándose en el suelo de piedra y apoyando la espalda en la pared.

Todos los días recordaba la promesa que Draco le había hecho el día que se mudó con ella.

Nunca volverás a estar sola, Hermione.

Hermione apretó los dientes mientras se secaba las lágrimas.

¿Dónde demonios estaba? ¿Y qué estaba haciendo que era tan importante como para abandonarla de esa forma?

En cuanto volviera iba a descubrir el gran error que era cabrear a Hermione Granger. Si pensaba que ya la había visto enfadada, estaba muy equivocado.