Capítulo Veintisiete
La redada final
Minsy apareció al otro lado de la verja dos segundos después de que Hermione la tocara con su varita.
—¡Señorita! ¡Bienvenida!
La ayudó a atravesarla, acompañándola por el sendero de piedra. Las puertas de la mansión se abrieron de par en par en cuanto ambas se acercaron.
—Hacía mucho que la señorita no venía de visita —comentó la elfa al entrar en el recibidor.
Hermione apretó los labios.
—Lo sé.
—Los amos no están pero volverán pronto —añadió Minsy, mirándola fijamente. —¿La señorita se quedará a cenar con nosotros?
Ella sonrió. Narcissa le había escrito varias veces pidiendo que la acompañara a tomar el té y Hermione había ignorado sus lechuzas.
Todavía estaba dolida por lo que le había dicho Lucius, pero ella no tenía la culpa. La madre de Draco no había dejado de apoyarla desde el primer día que entró en aquella mansión.
—Sí —aceptó con un suspiro. —Me quedaré encantada.
La sonrisa de Minsy se amplió.
—La ama se alegrará mucho. Siempre está hablando de la señorita.
La elfa chasqueó los dedos y desapareció. Hermione desvió la mirada hacia uno de los pasillos, mordiéndose el labio inferior.
Necesitaba verlo, solo una vez.
Las lámparas se encendieron, iluminando el pasillo conforme ella iba avanzando por él hasta que se detuvo ante las puertas de la biblioteca.
Seguía siendo tan impresionante como la recordaba. Hermione ignoró los cientos de libros que estaba deseando leer y subió por la escalera de caracol, caminando hacia una de las estanterías de la pared.
Colocó la palma de su mano sobre un libro rojo, que se iluminó. La estantería chasqueó y se movió hacia abajo, hundiéndose en el suelo y dejando a la vista la entrada secreta.
Hermione bajó por las escaleras con los latidos de su corazón retumbando en sus oídos. Nunca había visitado ese lugar sola.
La luz verdosa de las antorchas iluminaba la sala cuadrada del pensadero. Ella se acercó hasta la estantería de Draco, rozando los frascos llenos de recuerdos con su dedo índice.
Una pequeña sonrisa se extendió por su rostro al leer la etiqueta de uno de ellos y lo cogió, caminando hacia el pensadero de piedra mientras lo destapaba.
El hilo plateado cayó dentro del agua, convirtiéndose en humo negro. Hermione hundió su rostro en ella y sus pies dejaron de pisar tierra firme.
Cerró los ojos y cuando los volvió a abrir estaba en los jardines de la Mansión Malfoy. Hermione jadeó cuando algo pasó a su lado a toda velocidad y se llevó una mano al pecho, pero ya no había nada cuando se giró.
Escuchó una risa a lo lejos.
—¡Os encontré!
Cinco pavos reales blancos salieron de un seto, volando hacia ella. A pesar de que no podían tocarla Hermione se apartó y vio un punto verde volar sobre el seto, deteniéndose a unos metros de altura.
Los latidos de su corazón se aceleraron. Era Draco, pero mucho más joven. Debía tener seis o siete años y estaba subido en una escoba plateada. Gritó, lanzándose de nuevo sobre las aves que huyeron despavoridas en todas direcciones.
—¡No podéis escapar!
Hermione no pudo evitar sonreír al escuchar de nuevo su risa infantil.
—¡Draco! ¡Te vas a hacer daño!
Narcissa estaba asomada en una de las ventanas con el ceño fruncido. Draco voló hacia ella con una gran sonrisa en su rostro y sus mechones rubios ondeando contra el viento.
Todavía no se los peinaba hacia atrás.
—¿Has visto eso, madre? Cada vez soy más rápido.
Narcissa suspiró, poniendo los ojos en blanco mientras sacudía la cabeza.
—Algún día serás el buscador de Slytherin —Alargó una mano y Draco la sujetó, atravesando la ventana hasta aterrizar a su lado. —Pero todavía eres muy pequeño para eso. Ve a ducharte, Minsy y Dobby están preparando la cena.
Hermione sintió un nudo en el estómago al escuchar el nombre del elfo. Sacudió la cabeza y miró hacia arriba, abandonando el recuerdo y volviendo a la sala del pensadero.
Tocó la superficie del agua con su varita y el humo negro se concentró alrededor, convirtiéndose en un hilo plateado cuando tiró hacia arriba. Hermione guardó el recuerdo de nuevo en el frasco y lo dejó en su sitio, pestañeando para contener sus lágrimas.
Echaba tanto de menos a Draco que quería verlo, aunque fuera a través de sus recuerdos.
Su mirada subió hasta esos frascos que le había pedido que no tocara.
Él no había cumplido su promesa de no dejarla sola. Ella también podía romper otra.
Hermione se puso de puntillas, leyendo las etiquetas hasta que una hizo que contuviera el aliento.
Siempre había querido saber lo que había pasado aquella noche tras la final de Quidditch antes de que ella, Harry y Ron se cruzaran con Draco en el bosque.
Hermione sujetó el frasco entre sus dedos, volviendo junto al pensadero.
Ver lo que había ocurrido desde la perspectiva de Draco resolvería parte de sus dudas sobre Lucius.
Vertió el nuevo recuerdo en el pensadero y, tras un gran suspiro, hundió el rostro en el agua.
La tienda donde se quedaban los Malfoy era tres veces más grande que la que ella había compartido con los Weasley y con Harry aquel fin de semana. Narcissa estaba sentada frente a una chimenea, bebiendo té y con la varita en su mano.
Hermione se acercó a Draco, que estaba apoyado en la pared a unos metros de ella y con los brazos cruzados.
Tenía sus ojos grises fijos en la entrada de la tienda y no dejaba de cuadrar la mandíbula.
Los dos Malfoy se tensaron al escuchar gritos que venían de la explanada. Narcissa dejó la taza a un lado y se levantó. Su mirada se posó en Draco.
—Tienes tu varita, ¿verdad?
Draco asintió, sacándola de su bolsillo y retorciéndola entre sus dedos.
—No te separes de ella hasta que tu padre vuelva.
Los dos esperaron en un silencio tenso, jadeando cuando una figura vestida de negro se adentró en la tienda. Sus varitas estaban levantadas, preparadas para lanzar un hechizo.
—Soy yo.
Narcissa suspiró aliviada al reconocer la voz de Lucius. Él se bajó la capucha y Hermione dio un paso atrás al ver que llevaba puesta la máscara de mortífago.
Lucius la tocó con su varita y la máscara plateada se transformó en humo, desapareciendo sin dejar rastro. Paseó la mirada entre los dos miembros de su familia con rostro serio.
—Están aquí, Cissa. Y tenemos que ir con ellos o empezarán a hacer preguntas.
La mujer asintió, sujetando su varita con más fuerza. Sacó una capa negra del baúl que había junto a la chimenea y la dejó caer sobre sus hombros, colocándose la capucha hasta ocultar su rostro. Tras eso se giró hacia su hijo, que no se había movido ni un centímetro.
—Escóndete, Draco. Ve al bosque que hay cerca de la colina y no salgas de allí hasta que todo haya terminado.
Hermione podía sentir la tensión que emanaba del cuerpo de Draco. Él descruzó sus brazos y dio unos pasos hacia su madre, mirándola a los ojos. Ya era igual de alto que ella.
—Quiero ir con vosotros, madre.
Lucius negó con la cabeza, volviendo a ponerse su capucha. Narcissa suspiró y acarició la mejilla de su hijo.
—Es demasiado peligroso —la mujer señaló la parte trasera de la tienda con su barbilla. —Ten cuidado y no confíes en nadie.
Él no parecía estar de acuerdo, pero asintió y dio un paso atrás. Lucius agitó su varita y dos máscaras plateadas cubrieron su rostro y el de Narcissa. Ambos salieron de la tienda en silencio a paso rápido.
Hermione siguió a Draco, que había cortado la tela de la tienda para salir por detrás. Él reparó el corte con un movimiento de varita y miró una última vez hacia el estadio, que estaba muy cerca de allí.
Los dos corrieron hacia el bosque tan rápido como les permitieron sus pies. Nadie podía hacerle daño, pero Hermione también había sacado su varita.
Recordaba perfectamente el miedo que había sentido esa noche.
Draco se ocultó tras una de las tiendas que estaba ardiendo y, tras asegurarse de que no había nadie cerca, recorrió los últimos metros hasta el bosque, suspirando al estar entre los árboles.
Estaba apretando la varita con tanta fuerza que Hermione podía ver sus nudillos blancos.
Se escuchó una explosión y Draco giró la cabeza, asustado. Hermione vio la luz verde del hechizo reflejada en sus ojos.
Los mortífagos venían hacia ellos.
Draco maldijo entre dientes y caminó por el bosque en dirección contraria, esquivando las raíces de los árboles en medio de la oscuridad.
Aún era menor y no podía usar magia fuera de Hogwarts a no ser que su vida estuviera en peligro.
Sus hombros se tensaron al escuchar pasos y se ocultó tras el tronco de un árbol, conteniendo la respiración.
—Ha sido una raíz.
Era la voz de Ron. Draco relajó su expresión al reconocerlo y apoyó la espalda en el tronco del árbol, esperando a que estuvieran más cerca para hablar.
—Bueno, con pies de ese tamaño lo difícil sería no tropezar.
Harry se detuvo de golpe y Ron siseó.
—Vete a la mierda, Malfoy.
Hermione apretó los labios al verse a sí misma al lado de Ron. Una sonrisa burlona se extendió por el rostro de Draco.
—Cuida esa lengua, Weasley —los observó a los tres, que no dejaban de jadear después de lo mucho que habían corrido, y su mirada se detuvo en la Hermione del recuerdo. —¿No sería mejor que echarais a correr? No os gustaría que la vieran, supongo...
Ella frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Dio un paso hacia delante, deteniéndose al lado del Ron del recuerdo, que parecía estar igual de enfadado que asustado.
Draco chasqueó la lengua con impaciencia.
—Que van detrás de los muggles, Granger —tanto Harry como Ron se tensaron, pero él siguió hablando mientras le dedicaba una mirada de desprecio a la Hermione del recuerdo. —¿Quieres ir por el aire enseñando las bragas? No tienes más que darte una vuelta... Vienen hacia aquí, y les divertiría muchísimo.
Harry apretó los puños con rabia.
—¡Hermione es una bruja!
Draco se encogió de hombros, apoyando la espalda de nuevo contra el tronco. Estaba aparentando tranquilidad, pero ella podía ver el sudor de su frente y el temblor de sus manos.
Estaba muy asustado.
—Lo que tú digas, Potter. Pero si crees que no pueden distinguir a un sangre sucia, quédate aquí.
—¡Te voy a lavar la boca!
La Hermione del recuerdo sujetó el brazo de Ron, que parecía estar a punto de abalanzarse sobre Draco.
—No importa, Ron.
Draco aún tenía la varita en su mano izquierda. Jugó con ella entre sus dedos, desviando la mirada hacia su espalda cuando se escuchó otra explosión y un estallido de luz iluminó el pequeño claro donde se encontraban.
—Qué fácil es asustarlos, ¿verdad? Supongó que papá os dijo que os escondiérais. ¿Qué pretende? ¿Rescatar a los muggles?
Harry apretó los dientes, dando un paso hacia delante, y la Hermione del recuerdo lo sujetó para que no se acercara más.
—¿Dónde están tus padres, Malfoy? Tendrán una máscara puesta, ¿no?
Draco arqueó una ceja.
—Bueno, si así fuera me temo que no te lo diría, Potter.
Ella tiró de sus dos amigos hacia atrás, intentando moverse en la dirección contraria a donde estaba Draco.
—Venga, vámonos. Tenemos que buscar a los otros.
Draco la miró por última vez.
—Mantén agachada tu cabezota, Granger.
Los tres desaparecieron entre los árboles y Draco no se movió hasta que dejó de escucharlos, avanzando tras ellos y mirando hacia atrás cada pocos segundos.
—Maldito Potter —siseó entre dientes, sacudiendo la cabeza y pateando una raíz.
Hermione cogió aire al volver a la sala del pensadero. Apoyó las manos sobre el borde, intentando respirar profundo y tranquilizarse.
Los padres de Draco habían estado entre los mortífagos que atacaron a la familia de muggles, pero no por decisión propia. Se habían visto obligados a unirse a ellos.
Y Draco había evitado que Harry, Ron y ella siguieran caminando hacia donde estaba el peligro al cortarles el paso en aquel bosque.
Hermione suspiró, recogiendo el recuerdo y dejándolo donde estaba.
Subió las escaleras, observando cómo la estantería volvía a cubrir la pared donde estaba la entrada secreta.
Se secó las lágrimas, mirándose en un espejo y arreglando el maquillaje de sus ojos.
No podía dejar que Narcissa la viera así.
Unas horas más tarde, Hermione surgió entre las llamas de la chimenea de Grimmauld Place. Ginny chilló de alegría al verla.
—¡Hermione! —corrió a abrazarla, ayudándola a quitarse el abrigo. —¿Has leído el Profeta de hoy?
Ella resopló, poniendo los ojos en blanco.
—Ya sabes que dejé de leerlo hace tiempo.
—Tienes que ver esto —insistió su amiga, cogiendo el periódico que había sobre el sofá y ofreciéndoselo. —¡Lockart ha salido de San Mungo! Y ha anunciado que va a escribir un libro sobre los años que ha pasado ingresado.
—¿Qué? —Hermione miró hacia abajo y vio el rostro de su antiguo profesor en la primera página, sonriendo mientras saludaba a sus fans. —¿Le han dado el alta?
—Ha recuperado la memoria —explicó Ginny, abriendo la primera página y señalando la entrevista que Rita Skeeter le había hecho a Lockart. —Los sanadores no saben cómo ha ocurrido, pero puede recordarlo casi todo.
—¿De verdad? —Hermione sujetó el periódico entre sus manos, leyendo los primeros párrafos. —No me lo puedo creer.
Nadie a quien hubieran borrado la memoria con magia la recuperaba así porque sí. Era imposible.
Ginny asintió, mirando sobre su hombro.
—Voy a ayudar a Harry con la cena.
Desapareció por el pasillo que llevaba a la cocina, dejando a Hermione sola. Ella apoyó la cadera en la mesita de té mientras leía, levantando la mirada al escuchar la voz de su mejor amigo.
—¿Cómo estás?
Harry la abrazó, besando su frente, y ella dejó el periódico a un lado para rodear su cintura con los brazos.
—Bien.
Él se alejó un poco, colocándose bien las gafas mientras sus ojos verdes escaneaban su rostro.
—Sigues triste.
—Tú también lo estarías si no supieras dónde está Ginny.
Harry torció los labios.
—Creo que no es buena idea que mañana participes en la redada, Hermione.
Ella sacudió la cabeza, cruzándose de brazos.
—Puedo hacerlo, Harry. Quiero hacerlo.
—¿Podrás concentrarte? —preguntó su amigo con una ceja levantada. —No quiero que te pase algo por estar distraida.
Hermione entrecerró los ojos. Tras tantos meses de amenazas y después de los ataques que Pansy, Greg y ella misma habían sufrido, no pensaba dejar que esos liberadores siguieran sin pagar por sus crímenes.
Eran unos asesinos. Y ella era la mejor usando hechizos protectores.
—No me separaré de vosotros —aseguró con voz firme.
Harry asintió y Hermione se relajó. Sabía que confiaba en ella.
—Está bien —aceptó él, volviendo a sonreír y rodeando sus hombros con un brazo. —Vamos a cenar. Necesitamos fuerzas para mañana.
Al día siguiente Harry, Ron, Hermione estaban en el recibidor de Grimmauld Place. Él no dejaba de pasear de un lado a otro con nerviosismo.
Las llamas cambiaron a color verde y Blaise apareció entre ellas, dando un paso hacia delante. Miró de reojo a Hermione y avanzó hasta estar frente a Harry, asintiendo.
—Estoy listo, Potter.
Él relajó su postura y lanzó la capa invisible que sujetaba en su mano hacia sus dos amigos. Hermione y Ron la cogieron, ocultándose bajo ella. Harry destapó un frasco y bebió un gran sorbo, haciendo una mueca al tragar.
Su cuerpo cambió de forma y su pelo se aclaró hasta convertirse en un muggle.
—¿Preparados? —preguntó, comprobando que no se podían ver los pies de sus amigos bajo la capa.
—Sí, Harry. Estamos listos.
—Silenciad vuestros zapatos —añadió él en voz baja.
Atravesó las llamas y Blaise no tardó en seguirlo.
Hermione se sujetó al brazo de Ron y ambos entraron en la chimenea, apareciendo poco después junto a la entrada de un pub.
Harry y Blaise los estaban esperando al lado de la puerta. Hermione tocó el brazo de Harry para que supiera que estaban allí y él asintió, saliendo al exterior.
Ambos bajaron por la calle principal del pueblo mientras Hermione y Ron los seguían a poca distancia con sus varitas levantadas.
Los aurores deberían estar ya en sus posiciones, pero antes de atacar tenían que asegurarse de que todos los líderes del movimiento estuvieran en la reunión.
No tendrían otra oportunidad.
Una chica joven estaba esperándolos en la esquina de la plaza.
—Dudley —saludó a Harry con un asentimiento de cabeza y después se giró hacia Blaise. —Llegáis justo a tiempo. La reunión está a punto de empezar.
Hermione sabía que Harry le había borrado la memoria a esa chica y la había obligado a seguir cooperando con ellos.
La chica dio media vuelta, dirigiéndose hacia las afueras del pueblo. Todos la siguieron hasta llegar a una casa que parecía ser una antigua mansión.
Ella abrió la puerta principal y se apartó a un lado. Harry sonrió.
—Gracias, Diane.
—John y los demás os están esperando —añadió ella, señalando la escalera.
Ambos asintieron y Hermione tiró de Ron, colándose en la casa antes de que entrara Blaise.
La puerta se cerró tras ellos y la chica se quedó fuera, vigilando el perímetro.
Las escaleras que bajaban al sótano eran tan oscuras que Hermione temió tropezar con el filo de la capa y caerse. Agradeció internamente que Harry encendiera su varita y se pegó más a Ron, escuchando los pasos de Blaise detrás de ella.
Aquella sala circular estaba iluminada con velas que flotaban sobre la única mesa que había en el centro. Una veintena de personas vestidas de blanco estaban repartidas a su alrededor y varias de ellas llevaban máscaras cubriendo sus rostros.
—Bienvenidos —saludó uno de los enmascarados, señalando las perchas donde había más capas. —Ahora que Dudley y Dominique ya están aquí podemos repasar nuestra maniobra final.
Harry y Blaise cogieron una y se la pusieron, acercándose a la esquina donde estaban los líderes.
Hermione y Ron siguieron a Blaise tal y como habían acordado, pegándose a la pared para evitar que alguien pudiera chocar con ellos y descubrirlos.
Uno de los líderes sacó un gran rollo de pergamino, extendiéndolo sobre la mesa.
—Esto es un mapa del estadio de Quidditch donde será la final —murmuró, mirando a su alrededor para comprobar que había captado tenía la atención de todos sus seguidores. —Ese día destruiremos a los sangre pura para siempre.
—Es lo que se merecen —siseó otro de los que llevaban máscara, dando un pequeño golpe sobre la mesa. —Esa basura tiene que morir.
Hermione jadeó, ganándose un codazo de Ron.
Aquella voz le resultaba muy conocida.
—Tres días antes nosotros colocaremos las bombas que estamos terminando de fabricar —continuó el primero, señalando las gradas del enorme estadio. —Al ser objetos muggles, los Aurores no podrán detectarlas cuando comprueben la seguridad del estadio.
Hermione palideció.
¿Bombas?
—En dos semanas tendré la lista de todos los sangre pura que van a asistir y los asientos que van a ocupar —añadió el otro con los brazos cruzados. —Así decidiremos dónde colocar las bombas.
Todos asintieron, acercándose más a mesa para observar el mapa.
—Cada uno de vosotros deberá llevar su varita y una de estas pistolas escondida entre la ropa —comentó otro líder, abriendo su maleta en una esquina de la mesa. —Si veis que algún sangre pura sigue con vida después de la explosión, no dudeis en disparar.
Dentro había más de veinte pistolas como las que habían usado para atacar a Hermione. Ella sujetó la mano de Ron al sentir que temblaba de rabia, apretándola.
No podían hacer nada todavía. Antes necesitaban enterarse de lo que tenían planeado para impedir que ocurriera.
El líder dejó la maleta abierta sobre la mesa, desviando la mirada hacia uno de los que no llevaba máscara.
—La maldición que hay dentro de las balas acabará con ellos en pocos minutos —explicó el hombre, sonriendo con malicia. —Y por fin seremos libres.
—Me temo que no.
Hermione y Ron alzaron sus varitas a la vez en cuanto Harry habló, y Blaise hizo lo mismo. Ella tiró del brazo de Blaise y lanzó un protego totallum sobre los tres justo cuando Harry apuntó con su varita al techo, haciendo que se derrumbara y confundiendo aún más a los liberadores, que retrocedieron hacia las paredes.
El polvo de los escombros no dejaba ver con claridad.
—¡No puedo aparecerme! —gritó uno de ellos. —¡Nos han atrapado aquí!
Hechizos y maldiciones rebotaban por las paredes sin cesar. Dos liberadores cayeron al suelo, golpeados por los hechizos de Ron y Hermione.
Ella jadeó al ver que uno de ellos tenía una pistola.
—¡Ron!
Blaise se lanzó sobre ellos, apartándolos de la trayectoria de la bala.
—¡Ahora! —gritó Harry tras petrificar a uno de los Líderes.
Diez aurores descendieron por el agujero del techo, aterrizando suavemente con las varitas levantadas.
Un liberador siseó y un rayo de luz verde salió de su varita pero el auror que tenía enfrente lo esquivó.
¿Estaban usando la maldición asesina?
Hermione tosió, usando los codos para incorporarse. Ron estaba a su lado, lanzando hechizos a todos los liberadores que tenía cerca, y la capa invisible había quedado tirada en el suelo.
Algo caliente caía por su rostro. Se limpió con una manga y su labio tembló al ver la sangre.
Se había golpeado la cabeza al caer y tenía una herida, aunque no parecía nada serio.
Un brazo se enroscó a su alrededor, levantándola del suelo.
—Quédate cerca de mí.
Hermione miró fijamente los ojos oscuros de Blaise y asintió.
—Gracias, Blaise.
Reforzó el escudo que los protegía de las maldiciones, enfocando sus esfuerzos en derrotar a los enemigos que aún quedaban en pie.
Los dos que habían usado pistolas estaban pegados a la pared con cuerdas alrededor de sus brazos y piernas. Los aurores inmovilizaron al último liberador y Harry corrió hacia ellos.
—¿Estáis todos bien?
Hermione asintió, pero sus ojos se agrandarón al ver sangre en el brazo derecho de Blaise.
—¿Estás herido?
Él se encogió de hombros y Hermione recordó haberlo escuchado gritar cuando los había empujado.
—La bala ha salido. Estoy bien.
—Oh, Blaise —Hermione empujó sus hombros hacia abajo, obligándolo a sentarse y cortando su camiseta hasta exponer la herida. —No te muevas, solo será un momento.
Ron estaba hablando con los otros aurores y comprobando que no había más heridos. Harry se agachó junto a ellos, arrugando el entrecejo cuando escuchó las palabras que Hermione estaba murmurando mientras pasaba su varita por la piel de Blaise.
—¿Cómo conoces ese hechizo?
—Fue el que Draco utilizó cuando me atacaron a mí —murmuró, sonriendo al ver que la herida se cerraba por completo. —No te preocupes, Harry. Yo me quedo con Blaise.
Él asintió y volvió junto al resto de aurores. Hermione se sentó junto a Blaise, apoyando la espalda en la pared y secándose el sudor de su frente.
—Gracias por protegerme.
Blaise se rio suavemente, sacudiendo la cabeza.
—Tú también me has salvado con tu escudo.
Hermione sonrió.
—Parece que somos un gan equipo.
Aquello hizo que la sonrisa de Blaise se agrandara, y sus dientes brillaron bajo la luz de las velas. Él la miró de reojo, frunciendo el ceño y acercando la punta de su varita a su frente.
Hermione sintió su magia cerrando la herida de su sien y observó la mano de Blaise que sujetaba su varita.
¿Desde cuándo era zurdo?
Pestañeó cuando él se alejó, señalando el corte que tenía en su barbilla.
—Tú también tienes cortes.
Blaise sacudió la cabeza, incorporándose y ofreciéndole una mano.
—Salgamos primero de este infierno.
Draco apareció en la cocina de los Granger, guardando la moneda en su bolsillo. Ambos jadearon al escuchar sus pasos y se levantaron del sofá.
—Draco —Jane lo observó con preocupación mientras se acercaba a ellos sujetando su brazo derecho contra su pecho. —¿Dónde estabas? ¿Estás bien?
Él sacudió la cabeza, pasando su mano por el corte que tenía en la barbilla. Debería habérselo curado antes de volver a la casa de los padres de Hermione, pero no quería perder más tiempo.
Los miró a ambos y sonrió.
—Ha llegado el momento de volver a casa.
Estaba deseando tener una excusa para escribir sobre la escena del caliz de fuego donde se encuentran con Draco en mitad del bosque, y por fin he podido hacerlo. Los diálogos que salen en ese recuerdo son los mismos que salen en el libro.
