Capítulo Veintiocho
Copos de nieve
Tardaron más de cinco horas en interrogar a los veintisiete detenidos.
Hermione y Ron se quedaron hasta el final, acompañando a Harry mientras él hacía todo tipo de preguntas a los que eran los líderes de aquel movimiento sin sentido. Aquellos que habían ocultado sus rostros con máscaras.
Cada uno de ellos había sido obligado a beber tres gotas de Veritaserum, y los aurores que dominaban la legeremancia invadieron la mente de los que consiguían resistirse en busca de respuestas.
Tras el asesinato de Gregory recibieron un permiso firmado por todos los miembros del Wizengamot que les autorizaba a hacer todo lo que hiciera falta para atrapar a los culpables, exceptuando el uso de la fuerza.
Harry suspiró con cansancio, dejándose caer en uno de los sillones en cuanto salieron de la sala cuadrada. Ron y Hermione se sentaron a su lado, apoyando las cabezas en la pared. Ella se pasó una mano por el rostro e hizo una mueca.
—Uno ha escapado.
—Lo sé —Harry arrugó la frente mientras sacudía la cabeza con frustración. —Había veinticuatro personas en ese sótano y cuatro vigilando la casa. Alguien no está.
—Aquella voz... —Hermione resopló con rabia. —No consigo recordar dónde la he escuchado antes.
Ron se giró hacia ella.
—¿Conoces la voz del que ha escapado?
Ella asintió.
—Ninguno de los otros suena como él.
Harry paseó la mirada entre sus dos amigos y colocó una mano encima de sus rodillas, apretando suavemente.
—Lo atraparemos. Deberíais descansar —murmuró, poniéndose de pie y colocándose bien las gafas. —Todos lo necesitamos.
Hermione dudaba mucho que fuera capaz de dormir. La voz de ese hombre desconocido no dejaba de reproducirse en su mente una y otra vez.
¿Quién era?
Los brazos de Harry la rodearon, sacándola de esa espiral de pensamientos. Dejó un beso sobre sus rizos y se apartó, mirándola con una pequeña sonrisa en sus labios.
—Tal vez te acuerdes cuando te despiertes.
Hermione sonrió. La conocía demasiado bien.
—Puede ser.
Dio un paso hacia Ron y lo abrazó a él también, suspirando ante el olor familar de su ropa.
Todos estaban a salvo... pero todavía no había terminado.
Hermione apretó los labios al recordar la profecía que había escuchado tantos meses atrás. Estaba escrito que Draco y ella tenían que unir fuerzas para acabar con ellos, y él seguía desaparecido.
¿Cuándo pensaba volver?
Harry palmeó su hombro y ella pestañeó.
La tensión que había sentido durante todo el día estaba abandonando poco a poco su cuerpo y se encontraba agotada. Y sabía que ellos se sentían igual.
—Ven a cenar con nosotros cuando te despiertes —pidió Harry en voz baja.
Ella asintió, desviando la mirada hacia los ascensores del final del pasillo.
—Nos vemos luego.
La oscuridad dejó paso a las llamas verdes. Hermione dio un paso hacia delante y pisó la chimenea de su hogar.
Cerró los ojos, sacudiendo sus rizos mientras apartaba las cenizas de sus mejillas, y cuando volvió a abrirlos se quedó sin aliento.
Draco estaba apoyado junto a las escaleras, mirándola fijamente con ojos brillantes y expresión nerviosa. Y Crookshanks no dejaba de dar vueltas alrededor de sus pies, enroscando su larga cola en sus piernas.
Una oleada de emociones la atravesó en un instante. Alivio, enfado, tristeza, confusión... y esa sensación solo empeoró al notar que todo estaba diferente.
Las paredes volvían a ser de color crema, el sofá había recuperado su tamaño normal y los cuadros que él había colgado habían desaparecido.
Hermione sintió un nudo en la garganta. Su casa estaba exactamente igual que el día que sus padres cogieron el vuelo en dirección a Australia, casi cuatro años atrás.
Pero lo que hizo que diera un paso atrás y su rostro perdiera todo el color fue ver a las dos personas que estaban sentadas en el sofá.
Jane y Peter.
Hermione pestañeó una vez, y otra, y otra. Se restregó los ojos y volvió a pestañear con incredulidad.
¿Estaba soñando?
—¿Qué...?
Volvió a mirar a Draco, incapaz de encontrar palabras con las que expresarse. Él se encogió de hombros y sonrió, señalando a sus padres con un movimiento de cabeza.
Hermione volvió a mirarlos, pestañeando otra vez para intentar contener las lágrimas.
Ellos estaban tan emocionados que ambos estaban llorando en silencio, contemplándola como si la vieran por primera vez.
Se levantaron y Hermione reaccionó, corriendo hacia ellos. Los brazos de sus padres la rodearon y Jane escondió el rostro en su pelo, sollozando con fuerza.
Hermione se alejó unos centímetros para volver a mirarlos, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
—¿Mamá? —preguntó con voz quebrada, tragando saliva cuando Jane sonrió y asintió. Giró la cabeza y las lágrimas le nublaron la vista al ver los ojos marrones de su padre. —¿Papá?
Peter volvió a abrazarlas a ambas, apretando hasta que no pudo tenerlas más cerca.
—Hermione —susurró su madre, acariciando su rostro. —Ahora te recordamos.
Ella sintió que su corazón iba a explotar.
¿Sus padres realmente estaban ahí? ¿Y sabían quién era?
—¿Cómo...? —su voz tembló y carraspeó, inspirando profundamente antes de intentarlo de nuevo. —¿Cómo es posible?
—Todo ha sido gracias a Draco.
Buscó con la mirada esos ojos grises que llevaba tantas semanas sin ver. Él no se había movido y seguía con su espalda apoyada en la pared, manteniendo la distancia.
—Lo siento tanto —Hermione volvió a mirar a sus padres y su labio inferior tembló. —No debí alterar vuestros recuerdos sin deciros nada.
—Eso ya no importa, cielo —Jane sonrió, apartando los rizos de su frente con cariño. —Volvemos a estar juntos.
Peter deshizo el abrazo y cogió una mano de cada una, llevándolas de nuevo al sofá.
—Tenemos mucho de lo que hablar —dijo una vez que los tres se sentaron. —Queremos saber todo lo que ha ocurrido en tu vida estos años.
—Aunque ya sabemos una pequeña parte —añadió su madre, mirando de reojo a Draco con una sonrisa cómplice.
Él se alejó de la pared al ver que tenía la atención de los tres y señaló la puerta con su pulgar.
—Creo que debería irme.
Hermione jadeó.
—¿Qué?
—Necesitas estar con tus padres —Draco metió las manos en sus bolsillos. —Me voy a casa.
¿A casa?
¿Acaso ya no quería seguir viviendo con ella?
Él le dedicó una sonrisa tranquilizadora al ver su cara de pánico.
—Mañana hablaremos —añadió en voz baja, paseando la mirada entre sus padres y volviendo a sonreír. —Disfruta de su compañía.
—Draco, espera...
Él la ignoró y abrió la puerta, saliendo al exterior. Hermione soltó una maldición entre dientes y se levantó para seguirlo.
—Enseguida vuelvo.
Cuando llegó hasta el umbral de la puerta principal Draco ya estaba en la acera, caminando hacia la esquina que usaban para aparecerse. Hermione apretó los puños y corrió tras él.
—¡Draco!
Sus pasos se detuvieron y miró sobre su hombro.
—¿De verdad pensabas marcharte así? —preguntó ella al llegar a su lado, cruzándose de brazos. —¿Después de todo este tiempo?
Su pelo rubio estaba más largo y le caía sobre los ojos, que brillaban cada vez que la miraba como si él también hubiera estado esperando con ansias el momento en que volvieran a verse.
Las ganas de abrazarlo eran tan fuertes que Hermione tuvo que clavarse las uñas en las palmas de las manos para contenerse.
Primero necesitaba saber por qué.
—Acabas de recuperar a tus padres —dijo él, encogiéndose de hombros y desviando la mirada hacia la casa de sus vecinos. —No quiero molestar.
El remolino de emociones que sentía se transformó en ira. Hermione volvió a apretar los puños, sacudiendo la cabeza.
—Eres... —se mordió la lengua y resopló, señalando la casa de sus padres. —Dame un minuto para silenciar mi habitación y espérame dentro.
Dio media vuelta, volviendo sobre sus pasos, y antes de entrar comprobó que Draco seguía ahí.
—Y ni se te ocurra volver a desaparecer.
Él sonrió sin ganas, sacudiendo la cabeza.
—No pensaba hacerlo —respondió en un susurro una vez que ella había cerrado la puerta.
Aquella primera charla con sus padres estuvo llena de lágrimas pero también de sonrisas y muchos abrazos.
Hermione siempre había pensado que ellos jamás perdonarían lo que había hecho, y le sorprendió descubrir que sus padres ya habían pasado página y lo único que querían era volver a tenerla en su vida.
Ni siquiera pestañearon cuando sacó la varita y usó varios encantamientos para ayudarles a deshacer el equipaje.
Hermione los acompañó hasta su cuarto y se despidió de ellos hasta la cena. Tanto sus padres como ella estaban agotados y necesitaban descansar.
Decidió asomarse al estudio antes de entrar en su habitación y se quedó paralizada al ver que también había desaparecido todo.
Ni siquiera estaba la jaula de Dark. Era como si Draco nunca hubiera vivido allí.
Abrió la puerta de su cuarto con el corazón en un puño. Él estaba sentado en el borde de la cama, que volvía a ser de tamaño individual, y se levantó al verla.
Hermione se acercó con pasos firmes y rostro serio. Cuando estuvo frente a él, Draco suspiró y cerró los ojos con fuerza.
Aquello hizo que su enfado desapareciera de golpe. Levantó una mano y acarició su mejilla, sonriendo cuando él pestañeó y la miró con gesto confundido.
—¿Creías que iba a golpearte?
Draco apretó los labios.
—No sería la primera vez.
Un suspiro tembloroso salió de sus labios y rodeó su cuello con los brazo, hundiendo la cabeza en su pecho.
—Draco —los sollozos ahogaron su voz y Hermione tembló cuando sus brazos la rodearon.
—Lo siento —una de sus manos se enredó en sus rizos y sintió su nariz hundiéndose en su pelo. —Lo siento mucho, Hermione.
Ella no se movió durante varios latidos, disfrutando de su calidez y de estar de nuevo entre sus brazos.
Finalmente levantó la cabeza y lo miró a los ojos.
—¿Por qué?
Draco limpió las lágrimas que caían por sus mejillas con sus pulgares.
—No podía decirte la verdad —admitió entre dientes, recorriendo cada centímetro de su rostro con la mirada, como si no pudiera creer que ella fuera real. —Sabes que no puedo hablar de lo que hago en el Departamento de Misterios.
Hermione sorbió por la nariz y dio un paso atrás, limpiándose los ojos.
—¿Y tus cosas?
—Están en la mansión —Draco sujetó sus manos, impidiendo que se alejara más. —Tus padres no saben que vivimos juntos y no quiero darles más razones para odiarme.
Ella se mordió el labio inferior, mirándolo fijamente mientras pensaba en todas las dudas y sospechas que habían surgido en su mente desde que se marchó.
Y recordó aquella noticia del periódico que parecía tener su firma.
—Hace dos meses Lockhart salió de San Mungo con casi todos sus recuerdos recuperados milagrosamente.
El rostro de Draco permaneció impasible pero vio una pequeña mueca en sus labios.
—¿Estuviste experimentando con nuestro antiguo profesor?
Su corazón se aceleró cuando él asintió.
—Necesitaba probarlo en otra persona antes de intentarlo con tus padres.
—¡Podrías haber destrozado su mente!
—Tampoco quedaba mucho que destruir —comentó Draco, poniendo los ojos en blanco.
Al menos seguía siendo el mismo de siempre. Hermione resopló y desvió la mirada hasta su escritorio, que ahora estaba en la habitación.
—Tu carta de despido llegó hace unas semanas —susurró, con sus ojos fijos en el cajón donde estaba guardada.
Las manos de Draco temblaron un segundo y agarraron las suyas con más fuerza.
—La estaba esperando.
—¿Y si descubren lo que has hecho? —preguntó Hermione con un nudo en la garganta. —¿Y si no te vuelven a aceptar?
Draco resopló con impaciencia, sujetando su rostro entre sus manos y acariciando su labio inferior con el pulgar.
—Esto era más importante que un estúpido trabajo.
Hermione no pudo contenerse más. Se puso de puntillas, reclamando sus labios y haciendo que ambos cayeran sobre el colchón. Draco la sujetó contra su pecho, devorándola con besos que le robaban el aliento.
Otra de las piezas del rompecabezas encajó y Hermione rompió el beso.
—Tú... —sus ojos se abrieron más cuando la misma sonrisa torcida que había visto en su amigo tantas veces curvó los labios de Draco. —¡Eras tú!
Él arqueó las cejas y su sonrisa se ensanchó. Hermione golpeó su hombro, enfadada.
—¡Has estado cerca todo este tiempo y no me has dicho nada!
—No podías saber que era yo —Draco volvió a sujetar su rostro, acercándolo al suyo hasta que sus labios se rozaron. —Me habrías hecho preguntas a las que no podía responder.
—Por eso Blaise a veces parecía diferente —murmuró Hermione, cerrando los ojos cuando sus labios bajaron por su cuello dejando un rastro de besos. —¿Sabes que Pansy llegó a sospechar que la estaba engañando conmigo?
Sintió su sonrisa contra su piel y sus labios subieron hasta su oreja, mordiendo suavemente y provocándole escalofríos.
—Era muy difícil resistirme a ti —susurró Draco, estrujándola más entre sus brazos.
Hermione no pudo evitar sonreír y apoyó la frente en su hombro, enredando las manos en sus mechones rubios y cerrando los ojos mientras disfrutaba de sus besos.
—Gracias por protegerme esta mañana.
Otro beso en la curva de su mandíbula.
—Tú también me has protegido.
—¡Pero no sabía que eras tú! —protestó ella, tirando suavemente de su pelo hasta que pudo mirarlo a los ojos. —Te echado muchísimo de menos.
La expresión de Draco se suavizó.
—Y yo a ti, Hermione —juntó sus frentes sin dejar de mirarla. —No imaginas cuánto.
—No vuelvas a hacerlo.
Draco se rio entre dientes.
—Tienes mi palabra.
—No puedo creer lo que has hecho por mí —ella peinó hacia atrás su flequillo rubio, resoplando por la nariz. —Estás loco.
Draco se encogió de hombros y se incorporó hasta quedar sentado con ella en su regazo, besándola profundamente.
—Y eres increíble —murmuró Hermione, abriendo los ojos y suspirando. —Lo mejor que tengo.
—¿Eso significa que me perdonas?
Él sonrió al verla asentir y levantó la barbilla, atrapando su labio inferior entre sus dientes y empujándola contra su cuerpo mientras una de sus manos se colaba bajo su camisa, trepando por su espalda.
Hermione lo besó una vez más y se separó, mirando fijamente sus ojos grises.
—Cásate conmigo.
Draco estaba ocupado repartiendo besos y mordiscos por su cuello.
—¿Mmm?
Levantó la cabeza e intentó besarla otra vez pero ella colocó una mano sobre sus labios para detenerlo.
—Cásate conmigo, Draco.
Su ceño se arrugó y sus manos se congelaron, dejando de moverse sobre su piel.
—¿Qué?
—Cásate conmigo —insistió Hermione, esforzándose en contener sus lágrimas. —Por favor —añadió en un susurro.
Vio el cambio en su expresión cuando comprendió lo que estaba diciendo.
—¿Lo dices en serio?
Ella asintió.
—Te quiero en mi vida para siempre.
Ambos se miraron fijamente en silencio, casi sin pestañear, y Hermione empezó a preocuparse.
—¿No vas a decir nada?
Los ojos de Draco volaron hasta la puerta que había a su espalda.
—Tus padres están dormidos, ¿verdad?
Tras su confirmación, se levantó con ella en brazos y la dejó sobre el colchón.
—Ven a la mansión en quince minutos —pidió, dando un paso atrás mientras sacaba la varita de su bolsillo. —Quince, Hermione. Ni uno menos.
Draco desapareció con un chasquido antes de que ella pudiera contestar.
Hermione estaba segura de que iba a hacer un agujero en el suelo de su habitación de tanto dar vueltas por ella. Miró de nuevo el reloj y suspiró aliviada al ver que habían pasado los quince minutos exigidos.
Se concentró en la verja metálica de la Mansión Malfoy y cerró los ojos, encontrándose ante ella cuando volvió a abrirlos.
Una pequeña elfa que estaba al otro lado saltó al verla, atravesándola como si estuviera hecha de humo y agarrando su mano derecha.
—¡Señorita!
Hermione cruzó la verja con su ayuda y sonrió mientras recorrían el camino que llevaba hasta la puerta principal.
—Hola, Minsy.
—¡El amo ha vuelto y la está esperando! —anunció la elfa con alegría. —¡Minsy está muy contenta, y los amos también lo estarán cuando vuelvan!
Hermione guardó la varita en su bolso y volvió a mirarla.
—¿Sabes por qué me ha hecho venir?
—¡Minsy no puede decir nada! ¡Es una sorpresa!
Las puertas de madera se abrieron y Hermione se detuvo al ver un camino de pétalos de rosas que se perdía por el pasillo derecho.
La elfa le dedicó una amplia sonrisa y chasqueó su dedos, desapareciendo.
Hermione se adentró en la mansión, tragando saliva cuando las puertas se cerraron a su espalda. El corazón se le iba a salir del pecho mientras recorría el pasillo siguiendo los pétalos de color escarlata.
Se mordió el labio hasta llegar a unas puertas que conocía demasiado bien. Hermione las abrió y su mirada volvió a recorrer los estantes llenos de libros con admiración, como cada vez que entraba en la gigantesca biblioteca de los Malfoy.
El camino de pétalos seguía por la escalera de caracol que llevaba hasta el piso superior y el olor a rosas era más intenso con cada escalón que subía.
Su corazón se saltó un latido cuando vio lo que le esperaba arriba.
Decenas de ramos de rosas rojas adornaban cada rincón de aquella sala, coronada por libros que llegaban hasta el techo e iluminada con candelabros repartidos por el suelo. Pequeños montoncitos de nieve se acumulaban sobre él y rozaban su piel mientras caían. Y justo en el centro estaba Draco.
Tenía una rosa en la mano y se había cambiado de ropa, poniéndose uno de sus trajes negros.
En su habitación no había detectado su colonia, pero el aroma cítrico era inconfundible. Hermione sintió un nudo en el estómago al recordar lo que ese olor significaba.
La nieve mágica crujió bajo sus zapatos cuando se acercó más. Draco sonrió y colocó la rosa en su pelo, encima de su oreja.
—Desde que salimos de Hogwarts he estado pensando en esto, y tenía planeado hacerlo este verano —susurró, rodeando su cintura con una mano mientras la otra sostenía su rostro. —Pero tú te has tenido que adelantar.
Hermione correspondió a su sonrisa y dio un paso más, colocando las manos en su pecho y cerrando los ojos al oler su aroma en todo su esplendor.
La esencia de Veela no mentía. Realmente era su pareja perfecta.
—Hermione —ella abrió los ojos, conteniendo el aliento al ver que Draco se arrodillaba y sacaba una pequeña caja cuadrada de su bolsillo. —¿Quieres concederme el honor de ser mi...?
Ella saltó sobre él y Draco jadeó, agarrándola y siseando cuando ambos aterrizaron en el suelo de mármol. Los labios de Hermione chocaron contra los suyos, impidiéndole hablar.
Draco gruñó al sentir sus dedos desabotonando su camisa blanca y sujetó sus muñecas, buscando su mirada.
Hermione tenía las mejillas sonrojadas, los labios entreabiertos e hinchados y lo miraba como si quisiera comérselo. Había copos de nieve enredados en su pelo y la luz de las velas arrancaba destellos dorados de sus rizos.
—Déjame terminar.
Ella soltó una risita nerviosa y volvió a abalanzarse sobre él.
—Sí —susurró contra sus labios sin dejar de besarlo. —Sí, sí.
Draco sonrió, rodando hasta quedar tumbado sobre ella. Agarró su mano izquierda y deslizó el anillo por su dedo anular, que se ajustó mágicamente hasta tener el tamaño ideal.
Hermione levantó la mano y lo miró. Oro blanco y diamantes, con una pequeña esmeralda en el centro. Él volvió a coger su mano, besando el anillo mientras la miraba a los ojos.
—Para siempre —susurró, apoyando un brazo a cada lado de su rostro y acercándose hasta que sus alientos se mezclaron.
Ella asintió, con cada célula de su cuerpo ardiendo por él.
—Para siempre.
Me cuesta mucho escribir capítulos así de empalagosos, pero creo que después de todo lo que han pasado ellos se lo merecían. ¡Espero que os haya gustado!
Ya solo queda el epílogo, que intentaré publicarlo pronto
