3


Sumire nunca había tenido curiosidad por su verdadera familia, a diferencia de Kawaki quien había un poco más lejos por sabe la verdad.

Para ella solo existía un hecho, y era que Akita y Katasuke Tono eran sus verdaderos padres, y con eso Sumire se quedó satisfecha. Sin perdidas de sueño y ningún rastro de ansiedad por ello en lo que llevaba de vida.

¿Por qué se interesaría por personas que posiblemente la abandonaron? O al menos ese era su pensamiento hasta ese día.

La joven que había estado a un lado de la carretera se había presentado de inmediato como su media hermana y que justamente se dirigían en ese momento a la residencia Tono para poder reunirse con ella.

Sumire lo primero que pudo hacer fue retroceder asustada, pero la chica se apresuró en mostrarle una miniatura de sus padres. Aun así algo dentro de ella quemó por rechazarla, su corazón saltó y la frenó, y de su boca solo salió de que si era cierto entonces hablarían en la residencia Tono.

Y ahora estaban ahí, en su salita.

Yuina Shigaraki la miraba desde el frente del otro sillón. La mujer que la acompañada mirada todo a su alrededor con evidente desconfianza.

Las palabras no habían volado mucho, dejando paso al silencio incomodó.

—Nunca imagine... — comenzó Sumire cansada del silencio, pero sintiéndose aun nerviosa. Yuina le prestó toda su atención —... Que esto algún día me pasaría. Es... confuso, no te voy a mentir.

La chica sonrío compresible con sus mofletes sonrosados.

—Se que es repentino, pero no podía quedarme tranquila tras descubrir tu existencia. — expresó Yuina mientras jugaba con su taza de té.

—Pero ¿por qué buscarme?

—Quisieras vinieras conmigo a Escocia.

Sumire apretó el ceño.

—¿Por qué?

La mirada desolada de la joven no le dio buena espina.

— A nuestro padre... no le queda mucho tiempo de vida — reveló, y tras decirlo, su voz se había entrecortado un poco. — Él desea verte, Sumire, antes de partir al otro mundo quisiera verte frente a frente aunque sea por una vez.

Algo se apretó en el pecho de Sumire.

—Perdón, pero aunque ese hombre sea mi padre de sangre, yo no tengo ningún vinculo que me ate a él. Solo reconozco a Katasule Tono como mi padre. — Sumire se sorprendió que su voz saliera más afectada de lo que esperó.— Dile de mi parte que no tiene ningún compromiso conmigo, que nunca me he sentido defraudada o enojada por su abandono.

Yuina mordió su labio inferior.

—Debes saber que padre nunca supo de tu existencia, hasta muchos años después.

—¿Y entonces por qué no hizo nada en ese momento? — Sumire movió una mano como para enfatizar ese punto.

—Eso si no lo sé. La historia de tus padres no la conozco, nunca me hablaron de ello — La chica se removió en su asiento incomoda. — Pero obvio que algo debió ocurrir ahí Sumire ¿no quisieras saber?

Sumire paso una mano por su trenza.

—¿Qué dice tu madre? — ante esa pregunta la señora que acompañada a Yuina siseo algo.

Yuina la ignoró.

—Mi madre no viene al caso, no te preocupes.

—¿Mi madre es escocesa? — preguntó Sumire recordando la miniatura.

—Como te dije. No se mucho de la relación que tuvieron tus padres, antes de mi madre. Esa miniatura la encontré entre las cosas de padre, ni él sabe que la hallé — Yuina inspiró. —Si deseas acompañarme, me estaré hospedando en la posada del Señor Thompson hasta el viernes — tras decir eso, se levantó.

Sumire hizo lo mismo.

Yuina entonces se acercó y tomo sus manos entre las suyas, para su sorpresa.

—Piénsalo ¿si?

Sumire sintió que debía ser sincera, en los ojos azules de aquella joven se veía mucha bondad.

—No lo creo, pero haré un esfuerzo.

La chica asintió al final, entiendo que todo aquello era enorme para procesar.

—Yuina —habló finalmente la mujer a su lado, indicándole que ya debían irse. Su mirada café taladro a Sumire, pero ella le resto importancia.

Sumire las acompaño hasta la puerta y solo hasta que abordaron el carruaje y este pasara del arco, se permitió sacar la miniatura entregada por Yuina del bolsillo de su falda.

En el había un joven hombre de cabello castaño y ojos café, junto a él, abrazados, una mujer muy parecida a ella. Su cabello color violáceo peinado en una trenza que caía por su hombro y sus ojos expresaban felicidad.

Felicidad.

Si eran tan felices como esa pintura lo mostraba ¿qué había pasado?

.

.

.

—Katasuke y yo no nos molestaría, si quieres ir.

Sumire alzó la mirada de su plato, casi ni había probado bocado. Sus padres la miraba con compresión.

Les había contado todo apenas llegaron de su pequeño viaje de la fabrica ubicada en Yorkshire.

Akita la había abrazado cuando en medio del relato sus ojos se había humedecido para su total sorpresa.

—¿Y si es mentira?

Aquella posibilidad si había pasado por su mente en todo momento desde que conoció a Yuina, pero no la había exteriorizado hasta entonces, y es que todo en la joven escocesa expresaba que era verdad lo que había contado.

—Puedo hablar con el agente Hatake, que investigue todo referente a los Shigaraki de Escocia. — habló Katasuke firme. —Era algo que tenía pensado igual apenas nos contaste de la aparición de esta joven. Así si hubieras dicho que si de una vez, no te hubiera dejado ir tan lejos sin meter mano en el asunto.

Sumire apretó sus manos por debajo de la mesa.

—Gracias, papá — pronunció a Katasule, a lo que este sonrío con cariño.

Katasuke y Akita eran unos padres adoptivos muy compresibles. Sumire no hubiera podido pedir mejores personas.

Cuando Kawaki se obsesionó con saber sobre sus orígenes, ellos dos no les cerraron las puertas y simplemente le ofrecieron toda la ayuda posible. Y cuando descubrió la verdad, Akita estuvo ahí para rodearlo con su brazos y calmar su desdicha.

Kawaki había sido hijo de un hombre violento residente de los bajos fondos londineses, quien mató además sin miramientos a su madre en un ataque de ira.

Tras eso, su hermano sufrió de pánico. Tenia miedo de llegar a comportarse de igual manera, e incluso en alguien peor. Y por ese motivo se alejó de su novia Himawari.

Pero fue ella misma, su ahora esposa, quien con paciencia y cariño, se acercó de nuevo y tras su apoyo, Kawaki se se dio de nuevo la oportunidad de amar y formar una familia con el amor de su vida.

Por ello Sumire, a pesar de su desdicha, comprendió y aceptó el amor de esos dos. Donde nunca dejó que su negativa afectara su dicha, porque principalmente ella no era así y menos con gente inocente de sus sentimientos.

Y la amistad de Himawari era algo que atesoraba por igual en su corazón.

—Tienes hasta el viernes para pensarlo ¿no? — la sacó de sus pensamientos su madre.

Sumire dejó el tenedor y paso una mano por su trenza.

—Si, la señorita Yuina estará en londres hasta ese tiempo.

—Le mandaré una misiva a Kakashi antes de acostarme — comunicó Katasuke. — De todos modos no tendrías que partir el mismo día que ella.

—Perdón, no tengo hambre — Sumire se levantó y miró a sus padres apenada. Ellos solo asintieron y Sumire abandonó el comedor con prisa, siendo seguida por su doncella apenas paso de las escaleras.

Llegó a su habitación, y con la ayuda de Namida se quitó el vestido y se coloco un camisón.

—¿Necesita algo más? — preguntó la castaña acomodando su vestido en el arcón.

—No, gracias Namida, ya puedes retirarte — le sonrío un poco cansada mientras se recostaba en su cama. Su doncella la miró a pasible, empatizando como debía estar su mente en esos momentos, y tras una reverencia abandonó la habitación.

Sumire recostó su cabeza en su almohada y miró hacia el techo. Se preguntó si Kawaki se había sentido de esa manera cuando descubrió algo de sus orígenes.

Sentía ganas de llorar pero las lágrimas no salían. Quería gritar pero no tenía fuerzas. Deseaba golpear algo pero su actitud correcta no la dejaba.

Se coloco de lado y miró hacías las estrellas.

¿Qué debía hacer?

Quedar en la ignorancia o saber su pasado.

.

.

.

Posiblemente se quedó dormida en algún momento, cuando abrió los ojos la luna estaba en su máximo esplendor y no se oía nada en la casa. Se levantó de la cama, tomo una bata y se coloco sus pantuflas, y sintiendo la garganta reseca marchó con cuidado a la cocina.

Cuando llegó alumbrando su paso con un candil, tomo un vaso y se sirvió agua fresca.

No paso mucho cuando escuchó la campana ubicaba en el portón principal sonar. Alzó una ceja en dirección al pasillo que conectaba con el recibidor principal.

Pensó en despertar al mayordomo para que fuera a ver, pero sintió pena de despertarlo cuando ella podía fijarse de quien era.

Llegó a la puerta y abrió con cuidado. La persona que estaba detrás de las rejas la sorprendió enormemente.

—¿Boruto? — salió al patio con prisa y abrió la reja.

El chico medio sonrío. Estaba despeinado y sudado, y se cubría un costado de su abdomen.

—Hola pollito — pronunció tan bajo que Sumire casi ni lo escuchó. Fue cuando el chico se tambaleo y Sumire lo sujeto con algo de dificultad.

—¡Demonios! ¿qué te ha pasado?— le expresó angustiada, metiendolo al patio.

—Yo... — fue lo único que pronuncio nada más, antes de caer a la inconsciencia.

— ¿Boruto? ¡Boruto! — chilló, luego miró hacia la puerta. Por suerte el mayordomo se había levantado —¡Llame a mi tío Amado! — gritó con todas las fuerzas que pudo.

.

.

.

Aquí en tercer capitulo.