Los sentimientos te hacían débiles, frenaban tu potencial, eso pensó Uzumaki Boruto mientras era testigo de la desaparición de Annabeth a causa del doctor Espino, testigo de las emociones humanas que antaño poseyó.

La rabia, la impotencia, la tristeza y el miedo; emociones que alguna vez albergo como señal de humanidad. No sabía la razón, lo que lo hacía humano se iba desvaneciendo, se convertía poco a poco en algo que él desconocía.

Una máquina de matar, pensó. Luego se corrigió así mismo. Ya era una máquina de matar, un asesino que no sentía emociones a la hora de matar.

Escondido entre los árboles, observo la verdadera forma del doctor Espino, conservaba su rostro humano pero el cuerpo era de un enorme león. Su cola afilada disparaba espinas mortíferas en todas direcciones.

Bueno, decir que estaba oculto en la maleza era una burla a los shinobis, pues el ambiente donde se encontraba era contradictorio para la mente humana. Donde había un bosque, también se albergaba un bosque helado cubiertos de nieves.

El ruido de un helicóptero no lo desconcertó, pero era molesto para su oído. Justo cuando sujetaba la empuñadora de su katana, listo para derribar al objeto volador, oyó la llamada de un cuerno de caza que sonaba en el bosque.

Una sonrisa se formó en su impasible rostro, las felicidades no llegaron a sus ojos, resultando en una escalofriante sonrisa.

¡No! ¡No, maldita seas! —grito Espino enojado—. Maldigo a los dio…

Se interrumpió de golpe cuando una ráfaga de luz lo atravesó. De su hombro broto en el acto una resplandeciente flecha de plata.

Espino retrocedió tambaleante, gimiendo de dolor. Y solto una lluvia de espinas hacia el bosque del que había partido la flecha. Pero, con la misma velocidad, surgieron de allí infinidad de flechas plateadas.

La mantícora se arrancó la flecha del hombro con un aullido. Ahora respiraba pesadamente. Percy intento asestarle un mandoble, sin embargo, el subestimo la capacidad del monstruo.

Espino esquivo su espada y le dio un coletazo a su escudo que lo lanzo rodando por la nieve.

Entonces salieron del bosque los arqueros. Eran chicas, más o menos de la misma edad que los semidioses que partieron en esta misión. El niño del mar reconoció a algunas, después de todo, no había olvidado los encuentros anteriores contra aquel hombre que su vida salvo.

¡Las cazadoras! —grito con asombro, Annabeth.

Boruto era espectador de los sucesos, sin embargo, no entendía el cómo vio el futuro de un humano. La muerte estaba tocando los hilos de una humana.

¡Vaya, hombre! ¡Estupendo! — murmuro Thalia al lado de Percy, aunque fue para sí misma.

Una de las chicas mayores se aproximó con el arco tenso. Era alta y grácil, de piel cobriza. A diferencia del resto, llevaba una diadema en lo alto de su oscura cabellera, lo cual le daba todo el aspecto de una princesa persa. Al menos a los ojos del hijo del mar.

¡Esto es una interferencia divina! Va en contra las leyes antiguas.

No es cierto—exclamo otra chica, lucia joven; aparentaba de doce años. Llevaba el cabello castaño rojizo recogido en una cola. Sus ojos amarillos plateado como la luna. Tenía un rostro hermoso que dejaba sin alientos a los mortales, pero su expresión era seria y amenazadora. Esa cicatriz que tenía en su ojo derecho—. La caza de todas las bestias salvajes entra en mis dominios. Y tú, sucia criatura, eres una bestia salvaje. —miro a la chica de la diadema—. Zoe, permiso concedido.

Ya veo…. ¡Si no puedo llevármelos vivos! —gruño la bestia—, ¡Me los llevare muertos!

Y se lanzó sobre Thalia y Percy, sabiendo que estaban débiles y aturdidos.

¡No! —chillo Annabeth, y cargo contra el monstruo.

¡Retrocede, mestiza! —grito la chica de la diadema, Zoe—. Apártate de la línea de fuego.

Ella no hizo caso. Salto sobre el lomo de la bestia y hundio el cuchillo entre su melena de león. La manticora aulló y se revolvió en círculos, agitando la cola, mientras annabeth se sujetaba como si en ello le fuese la vida. Quizás así era.

El autor nada sabía.

¡Fuego! —ordeno Zoe.

¡No! —grito Percy.

Las cazadoras lanzaron sus flechas. La primera le atravesó el cuello al monstruo. Otra le dio en el pecho. La manticora dio un paso atrás y se tambaleo aullando.

¡Esto no ha acabado! ¡Los dioses pagaran su arrogancia!

Y antes de que alguien pudiese reaccionar, el monstruo con Annabeth todavía en su lomo, salto por el acantilado.

Lástima que había un factor que no conto.

Un destello sangriento impidió su escape con una patada al rostro de la bestia. La fuerza fue tan poderosa para su rostro humano que al momento de impactarlo su mandíbula se vio quebrada a tal punto de no poder regenerarse con normalidad en esa zona y enviado a volar por el suelo.

Ahí estaba.

Un humano. Su cuerpo inclinado mientras su pierna se veía apoyada sobre una roca, las corrientes movían el cabello. No existía un cuerno, ni ojos extraños.

Veían a un humano. El humano que temían siendo humano, una contradicción. Su rostro impasible no estaba, la frialdad no era más que un olvido cambiado por una sonrisa brillante.

Los ojos azules miraron a la bestia salvaje. La niña cayo inconsciente por el impacto, sin embargo, fue una sorpresa ver que estaba viva, después de todo no controlo bien su fuerza, por lo que fue un milagro ver que seguía con vida.

No quería sangre derramadas.

Se dispuso a caminar, ignorando a las tensas cazadoras que con temor apuntaban sus flechas al corazón, incluso fue lejos como para ignorar a la diosa, la líder de la caza.

¡No! ¡¿Quién eres?!

Oh…—Dijo Boruto—. Deberías saberlo.

Camino con lentitud lleno de gracia y elegancia. Su vestido era totalmente diferente al de antes. Llevaba puesta una larga gabardina oscura, debajo de ella tenía una camisa blanca sin ninguna arrugada, todo hecho a medida. Su pantalón también era negro, un chupín que mostraba sus piernas entrenadas. Sus manos estaban cubiertas por guantes azules.

Un asesino con modales.

Soy la sombra que acecha tus pesadillas—continuo—. La malicia que se alimenta de tu miedo, la justicia de los inocentes.

Del suelo cadenas de tierra sujetaron las extremidades del monstruo, serpenteando arrinconaron el cuerpo, sin posibilidad de tensar sus músculos para hacer fuerza. Preso del miedo, la bestia intento por todos los medios escapar, mas no conto que sería apuñalado, el metal perforo el pecho, su pulmón y finalmente al corazón llego.

El rostro doblegado de la manticora por el miedo se desvaneció en polvo dorado.

¡Eres tú! —Exclamo Percy, sin saber que las cazadoras le enviaban miradas nerviosas y miraban al humano con temor—. El hombre que nos salvó de Ares.

Boruto sonrió:

Así es, ese soy yo—admitió con gracia, de un momento a otro, apareció por detrás de Percy, con sus manos el hombro del niño toco. Y de repente, se convirtió en humo para reaparecer en frentes de todos.

Sus manos abiertas estaban a los costados, su pelo se sacudía con elegancia. Un pequeño genjutsu que coloco al resto les dio una escena digna de un shinobi, y por cada movimiento que hizo, palabras recitos:

¿Quién soy? Buena pregunta mocoso—paso su mano derecha por el mentón, pero después giro su cabeza sin perder su sonrisa, solo para que resto vean una larga escalera que no parecía acabar, y lentamente bajo, sus pies resonaban cada vez más fuerte.

Hijo de Uzumaki Naruto y Hyuga Hinata—unas imágenes pudieron observar, y conocer a la pareja, Artemisa quedo impresionada por las facetas de los padres, ahora tenía sentido las conexiones. Descendía del sol y la luna.

Un shinobi de la hoja, cuya voluntad de fuego heredo—Las escaleras fueron cambiadas por una hermosa y enorme aldea oculta por los bosques que cubrían al suelo verde con altos y gruesos árboles, causando que los demás quedasen impresionados, sin embargo, nadie pudo hablar.

un legado de la profecía—locura sonó en los tímpanos de los semidioses y cazadoras. La hermosa vista repentinamente se requebrajo, la oscuridad consumió a todos. La única que luz que quedo eran unos ojos escalofriantes que brillaban de azul blanquecino, su mirar hizo pensar que juzgaba sus almas como si de un Dios cristiano se tratase—. Un protector que ha convertido su oscuridad en un arma contra los inquebrantables males. —finalizo, y todo volvió a la normalidad.